martes, 11 de marzo de 2014

Andrés Bernáldez, Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel

De un monumento vulnerado en Los Palacios
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 «Yo, el que estos capítulos de Memorias escribí, siendo de doce años, leyendo en un registro de un mi abuelo difunto, que fue escribano público en la villa de Fuentes, de la encomienda mayor de León, donde yo nací, hallé unos capítulos de algunas cosas hazañosas que en su tiempo habían acaecido, y oyéndomelas leer mi abuela viuda, su mujer, siendo en casi senitud me dijo: “Hijo, ¿y tú porqué no escribes así las cosas de ahora como están esas? Pues no hayas pereza de escribir las cosas buenas que en tus días acaecieren porque las sepan los que después vinieren, y maravillándose desque las lean, den gracias a Dios”. Y desde aquel día propuse hacerlo así (...). E por ser imposible poder escribir todas las cosas que pasaron en España por concierto, durante el matrimonio del Rey Don Fernando e de la Reina Doña Isabel, no escribí, salvo algunas cosas de las más hazañosas de que ove vera información, e de las que vi, e de las que a todos fueron notorias y públicas que acaecieron, e fueron e pasaron, porque viva su memoria; y porque algunos caballeros y nobles personas que lo vieron, e otros que no lo vieron, e los que nacerán y vernán después de estos tiempos, habrán placer de lo leer e oír, e darán gracias a Dios por ello.» (Capítulo VII).

El niño con deseos de historiar se convertirá en el bachiller Andrés Bernáldez (hacia 1450-1513), en cura de Los Palacios, cerca de Sevilla, y también en capellán del arzobispo Diego de Deza. Así tendrá acceso a la corte de los Reyes Católicos y podrá desarrollar el papel de cronista, de gran relevancia en el proceso de construcción de la nueva monarquía (un estado moderno) que Isabel y Fernando han emprendido: se deben documentar los hechos, las empresas de los grandes actores del momento, para salvaguardar su memoria en el altar de la fama. Estamos en pleno Renacimiento... No es el único cronista, ni el más destacado (este puesto parece quedar reservado a Fernando del Pulgar), pero su obra, difundida en copias manuscritas, despertará un gran interés que se mantendrá en los siguientes.

A ello contribuye el talante y el talento del autor. Aparentemente sin excesivas pretensiones, el uso frecuente de la segunda persona del plural supone una continua llamada de atención que implica al lector en el texto. Y el lector se ve ganado por la curiosidad omnímoda de Bernáldez: no se limita a los grandes acontecimientos (las guerras civiles, la Inquisición y la expulsión de los judíos, la guerra de Granada, la conquista de las Canarias, el descubrimiento de América, las campañas de Italia, la conquista de Navarra...), sino que los enriquece con la copia de numerosos documentos oficiales a los que tiene acceso. Pero es que también se interesa y acopia información referente a las cosechas y a la evolución de los precios; a los terremotos y eclipses; a las hambrunas, epidemias de peste y plagas de langosta..., fenómenos de los que nos transmite, además, sus propias vivencias y sentimientos.

Y también está lo anecdótico: cuando acoge a Colón en su casa de Los Palacios, la recepción en la Corte de la supuesta lanza que atraviesa a Cristo, la descripción detallada de un desfile o de un funeral (con atención a las libreas de los personajes), el tremendo ajusticiamiento del desequilibrado que atentó contra el rey don Fernando en Barcelona, o el nacimiento de un pintoresco monstruo en Rávena... Pero además el propio Bernáldez nos sorprende siempre, vivo y contradictorio: inconmovible y gélido ante los procesos inquisitoriales, conmovido y compasivo ante la expulsión de los judíos, subyugado por las noticias de los nuevos mundos, y siempre partidario acérrimo y admirativo de Fernando el Católico.

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