martes, 18 de marzo de 2014

Francisco de Moncada, Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos

Francisco de Moncada, por Van Dyck
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El valenciano Francisco de Moncada (1586-1635), marqués de Aytona (antes conde de Osona) y grande de España, fue uno de los eximios representantes de la Monarquía Hispánica, en la época anterior a la gran crisis que se inicia a mediados del siglo XVII. Hijo del virrey de Aragón, formado militarmente con el marqués de Santa Cruz, fue político, diplomático y militar. Desempeñó numerosos cargos al servicio de Felipe III y, sobre todo, Felipe IV: embajador en Alemania, canciller de la gobernadora de Flandes, la infanta Isabel Clara Eugenia, y jefe de la armada y, más tarde, de las fuerzas terrestres en los Países Bajos. Cuando aquella muere en 1633 le sucederá interinamente en su elevado puesto. Morirá poco después de su relevo por Fernando de Austria, el cardenal-infante.

Pero en paralelo a esta ajetreada vida centrada en la acción, fue un hombre de sólida cultura y de variados intereses. Escribió varias obras de diversa temática: la genealogía de su propia Casa, sobre el santuario de Montserrat, una vida del antiguo filósofo Boecio, y la obra de carácter histórico que nos ocupa: Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos.

El Mediterráneo es uno de los escenarios clave sobre los que se construye la hegemonía hispánica, enfrentada de forma permanente con el imperio turco. Y hacia él dirige su interés. Estudia el asombroso precedente de principios del siglo XIV: una expedición compuesta por los temidos almogávares, es enviada por los reyes de Aragón y de Sicilia en apoyo del declinante imperio griego de Bizancio. Lograrán contener a los turcos en la península de Anatolia, pero pronto demostrarán ser más peligrosos y dañinos para la población griega a la que supuestamente protegen. El intento de descabezarlos por parte del emperador conducirá a la atroz venganza catalana, una vorágine de saqueos, batallas y matanzas indiscrimanadas. Tras establecerse en la estratégica Galípoli, la locura irá a más: se aliarán con los turcos, se enfrentarán a muerte diversos sectores de la expedición, hasta su establecimiento final en el Ducado de Atenas (que mantendrán durante varias generaciones).

Moncada se documentará a fondo. No se limita a la vieja crónica de Ramón Muntaner, protagonista de los acontecimientos, sino que utiliza todas las fuentes de información de que dispone, desde los exhaustivos Anales de la Corona de Aragón de Zurita, hasta varias obras de autores griegos: Jorge Pachimerio, Nicéforo Gregoras... Se esfuerza por mantener una cierta ecuanimidad y deplora con frecuencia los excesos de los almogávares, aunque siempre insiste en los motivos que, hasta cierto punto, los justifican, y muestra admiración ante su valor y destreza guerrera. Establece paralelos con la famosa retirada de los diez mil de Jenofonte, con la destrucción de las naves de Hernán Cortés, y otras famosas hazañas de todos los tiempos. Pero, no nos engañemos, al lector actual quizás le recuerde más la aventura equinoccial de Lope de Aguirre...

Roger de Flor en Constantinopla, por José Moreno Carbonero

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