miércoles, 2 de abril de 2014

Carlos V, Memorias

Cranach, Carlos V
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Es Carlos V el que dicta en 1552:

«Esta historia es la que yo hice en romance, cuando vinimos por el Rin, y la acabé en Augusta; ella no está hecha como yo quería. Y Dios sabe que no la hice con vanidad, y si de ella Él se tuvo por ofendido, mi ofensa fue más por ignorancia que por malicia; por cosas semejantes Él se solía mucho enojar, no querría que por ésta lo hubiese hecho ahora conmigo. Así por ésta como por otras ocasiones no le faltarán causas. Plegue a Él de templar su ira, y sacarme del trabajo en que me veo. Yo estuve por quemarlo todo, mas porque si Dios me da vida confío ponerla de manera que Él no se deservirá de ella, para que por acá no ande en peligro de perderse, os la envío, para que hagáis que allá sea guardada y no abierta hasta...»

Y el destacado historiador Manuel Fernández Álvarez comenta en el exhaustivo estudio que realiza al editar esta obra:

«He aquí, lector, las Memorias de aquel Emperador que se llamó Carlos V. Es posible que, admirado, corras tras ellas, aunque no es ciertamente cosa insólita que un gran personaje de la Historia escriba sobre su vida. Al punto vienen al recuerdo los Comentarios de Julio César, las Memorias de Luis XIV o las escritas en el destierro por Napoleón. Tras la figura histórica late el hombre, y éste, sea el vencedor de las Galias, el creador de Versalles o el que muere en Santa Elena, se deja ganar por la vanagloria de escribir sobre sí mismo; aunque también por algo más que por mera vanidad: por el imperioso afán de dejar oír su propia voz a todos aquellos que han de conocerle. Quiero decir que sienten la ineludible necesidad de encararse con la posteridad. Se presentan, quieren presentarse espontáneamente ante el Tribunal de la Historia.

»Y esto mismo ocurre con Carlos V, aunque no sea cuestión tan conocida. En efecto, puede que no sean muchos los que sepan que también él escribió sus Memorias, si descontamos −claro está− el grupo de los historiadores profesionales (…) Quizá, tampoco se debieran llamar Memorias, sino Comentarios, como sugiere Brandi; pues en verdad Carlos V sólo trata con alguna extensión los acontecimientos bélicos desarrollados entre los años 1544 y 1547. Es cierto que, conforme a su modo de ser, se remonta a la adolescencia, arrancando desde los años de Flandes, los años en que todavía no era más que Duque de Borgoña y Archiduque de Austria.

»Por esa razón, por nacer sobre todo como un diario de campaña, no se encuentran aquí al punto aquellas intimidades que pediría de buena gana nuestra curiosidad: los detalles por los que pudiéramos entrar en el por qué y el cómo de los principales problemas históricos surgidos a lo largo de su vida, o bien el sabor de su reacción ante los sucesos más íntimos.

»Al menos ésa es la impresión que se saca de una lectura precipitada; pues cuando se lee con más sosiego van apareciendo ante los ojos muchos de los rasgos del Emperador: su sentido de la responsabilidad, su acendrada fe religiosa, su amor a las armas... Al pasar las páginas de las Memorias se oye hablar al depositario del triple legado: el borgoñón, el austríaco, el español. Junto al caballero cruzado se ve surgir al político renacentista; al lado del que siente vivos los ideales de la Baja Edad Media se percibe también al que ama la gloria ante la posteridad.

»Todo esto asoma a las páginas de las Memorias de Carlos V. ¿Será preciso añadir algo más para destacar su importancia?»


De las exequias de Carlos V

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