martes, 3 de junio de 2014

George Borrow, La Biblia en España

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Borges nos resume lo problemático de los relatos de viajes en la patética figura de Abulcásim, viajero que desde Córdoba ha alcanzado la remota China: «...instaron a Abulcásim a referir alguna maravilla. Entonces como ahora, el mundo era atroz; los audaces podían recorrerlo, pero también los miserables, los que se allanaban a todo. La memoria de Abulcásim era un espejo de íntimas cobardías. ¿Qué podía referir? Además, le exigían maravillas y la maravilla es acaso incomunicable: la luna de Bengala no es igual a la luna del Yemen, pero se deja describir con las mismas voces. Abulcásim vaciló; luego, habló.» (La busca de Averroes)

Y hablar y escribir es lo que hizo el inglés andariego y políglota George Borrow (1803-1881). Y nos contó maravillas. Tras una juventud repleta de viajes emprendidos un tanto a la aventura, se dedica al mundo literario, y The Bible in Spain, or the Journey, Adventures, and Imprisonment of an Englishman in an Attempt to Circulate the Scriptures in the Peninsula (1843) constituirá su gran éxito. En esta obra narra su estancia en la España de la primera guerra carlista, como propagandista y representante de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, ocupado en la impresión y distribución de Nuevos Testamentos en español. Su interés por lo marginal y excepcional le llevan a editar traducciones del Evangelio de san Lucas al vasco y al caló, esta última de su autoría. Sus recorridos por la península le convierten en un personaje singular y famoso, don Jorgito el inglés.

Ahora bien, La Biblia en España debe ser considerada y valorada como lo que realmente es: un delicioso relato de viajes aderezado al gusto de sus potenciales lectores ingleses, en el que se mezcla sin ningún problema realidad y ficción. Entre los objetivos de Borrow no está el documentarse rigurosa y críticamente sobre la sociedad que recorre y que, claramente, le apasiona. Detectamos rancios recuelos de la leyenda negra; reiterativos (pero un tanto vaporosos, como por obligación) apóstrofes antipapistas; abundante parafernalia romántica (que incluye una misteriosa y poderosa sociedad judaica) muy poco original; una percepción del paisaje también deudora del romanticismo, pero que en ocasiones nos parece más sentida por el autor; una preferencia constante por los tipos dramáticos y extraordinarios; y una orgullosa superioridad inglesa ante todo lo que observa. Tampoco faltan abundantes préstamos de otras obras: por ejemplo las escenas de su estancia en la cárcel de Madrid recuerdan a los entonces recién publicados Papeles póstumos del Club Pickwick.

Pero en el centro de todo ello, dominando los acontecimientos y a las personas, un ser superior, su mejor personaje: él mismo. Como señala Azaña en su nota introductoria, «vemos la imagen de un Don Jorge muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le adoraban; era la admiración de los manolos; temíanle los pícaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía la serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote, pero sin burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del pabellón británico.»

La facundia narrativa de Borrow nos atrapa desde las primeras páginas, y construye ante nuestros ojos un mundo real, aunque imaginario: el de la España romántica, violenta y oriental, la España de Carmen, la España diferente que reniega del mundo moderno... Y que acabará constituyendo una percepción bastante generalizada de nuestro país hasta nuestros días.

David Roberts, La Casa del Carbón en Granada, hacia 1835.

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