miércoles, 3 de diciembre de 2014

Roque Barcia, La federación española

Barcia en 1856
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En ocasiones las sociedades se agitan y se obsesionan ante una calamidad o problema intrincado, y con una solución que se presenta como definitiva. Se produce un auténtico ensimismamiento, una vuelta hacia lo interior del problema que paradójicamente lo simplifica y hace perder de vista su complejidad y su propia realidad, hasta convertirlo en objeto de creencias, emociones y sentimientos. Y la misma convivencia social puede quedar amenazada... Una situación de este tipo es la que narró sarcásticamente Torrente Ballester en La saga/fuga de JB, cuando la mítica Castroforte del Baralla concluye levitando y alejándose en el aire: «Cuando se levantaron, riendo todavía, pero ya un poco serios, Castroforte parecía una nube lejana, donde quizás el Rey Artús empezase a proponer al pueblo la proclamación inmediata, definitiva, del Cantón Independiente, hasta que en el Reloj del Universo sonara la hora del regreso.»

Un buen ejemplo de todo ello es el denominado Sexenio democrático, y uno de sus protagonistas señalados fue el destacado republicano federal Roque Barcia (1821-1885), «el confuso e inseguro ideólogo Roque Barcia», en palabras de José María Jover. Reformador y revolucionario, propagandista y movilizador de un pueblo que aparentemente se le resiste; irreverente, excolmulgado y emigrado; pero al mismo tiempo fino lexicógrafo y autor de un extenso Diccionario general etimológico... Y siempre vehemente, en su estilo y en sus ideas. La obra que presentamos es del año 1869, cuando los demócratas que han apoyado el año anterior la revolución comprueban la deriva impulsada por Prim hacia el monarquismo. Los republicanos pasan a la oposición (y Barcia abandona las Cortes) y ante el previsible fracaso del régimen que se crea comienzan a proponer como solución la república federal.

Pues bien, en situaciones como ésta suelen multiplicarse los escritos, manifiestos y folletos, verdaderos termómetros de la agitación social. Generalmente su valor es circunstancial, su talante simplificador (cuando no directamente manipulador), aunque por ello mismo resultan muy útiles para el conocimiento de la época. Éste es el marco de La federación española: es un texto de combate, una proclama para ser difundida y para convencer, y no una serena reflexión de doctrina política. Ahora bien, muestra perfectamente los planteamientos dominantes entre lo que entonces constituía la extrema izquierda revolucionaria. Dejando a un lado la verbosidad típicamente decimonónica, podemos observar una coincidencia de enfoques con posturas similares de épocas posteriores, hasta nuestros días. Y ello a pesar de que algunas de las propuestas de solución no pueden ser más diversas: nacionalismo, rechazo del papel del estado (hasta de las clases pasivas de funcionarios) y de sus monopolios, iberismo en el que se incluye a Portugal...

La evolución posterior del autor ya no nos compete, a pesar de su interés. Ejemplo claro de republicano intransigente, detentará el poder en el Cantón Murciano, junto con Antonete y el general Contreras. Y sin embargo tras la caída de Cartagena manifestará su disconformidad con sus propios compañeros: «Todos mis compañeros son muy santos, muy justos, muy héroes, pero no sirven para el gobierno de una aldea. (...) Republicanos federales: no nos empeñemos, por ahora en plantear el federalismo. Es una idea que está en ciernes. (...) Sin abjurar de mis ideas, siendo lo que siempre fui, reconozco al Gobierno actual y estaré con él en la lucha contra el absolutismo».

La Flaca, nº 84 (4 oct. 1873). Detalle con Roque Barcia en Cartagena.

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