martes, 24 de marzo de 2015

Liutprando de Cremona, Informe de su embajada a Constantinopla

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En 962 el rey germánico Otón I restaura la corona imperial occidental con el apoyo del papa Juan XII en la simbólica Roma: es el origen del Sacro Imperio Romano-Germánico, al que le aguarda una larga existencia que sólo concluirá con las guerras napoleónicas. Sin embargo, en estos pasos iniciales se topará con la animadversión de Constantinopla, que se considera a sí misma como el auténtico Imperio Romano, sin solución alguna de continuidad respecto de la antigua Romania. Cuestiones de prestigio y prevalencia, y otras más utilitarias referentes al dominio sobre Italia, llevarán al emperador Nicéforo Focas a enfrentarse con el nuevo emperador. No reconocerá el título que Otón se atribuye, y en justa correspondencia, desde occidente se generalizarán las expresiones imperio griego o imperio bizantino para referirse a los herederos de los romanos. En este marco tendrá lugar la embajada del obispo Liutprando de Cremona a Constantinopla, donde ya había estado con anterioridad. El profesor José Marín Riveros expone la situación de este modo:

«Interesado Otón el Grande en casar a su hijo, Otón II (973-983), con una princesa bizantina, decidió enviar a Constantinopla, aprovechando su experiencia, al obispo de Cremona, quien llegó a la capital imperial el 4 de junio de 968, según él mismo relata. La misión del embajador consistía en limar asperezas entre el Sacro Imperio Romano Germánico y el Imperio Bizantino, cuyas relaciones se habían deteriorado por las incursiones de Otón en Italia, con el fin de aunar esfuerzos en la lucha contra los sarracenos en el sur de la península; la paz quedaría sellada, idealmente, con la alianza matrimonial. En la Relatio de Legatione Constantinopolitana, una larga carta-informe dirigida a los Otones, Liutprando da cuenta de las peripecias vividas en Constantinopla, pintando un cuadro vívido ―aunque desproporcionado por su resentimiento― y dando rienda suelta a su encono contra los griegos por el trato recibido, en un relato cargado de subjetividad que contiene ridiculizaciones grotescas ―algunas muy sabrosas, por cierto― del emperador y su entorno. La Relatio es, así, un documento notable al momento de ponderar las relaciones entre el occidente latino y el oriente griego.»

«La Relatio de Legatione Constantinopolitana se puede clasificar también dentro del mismo género de relatos, y es, en la práctica, una larga carta-informe dirigida al emperador para explicarle las peripecias del viaje y la causa de su retraso para volver a Occidente (Liutprando estuvo, forzadamente dice, durante cuatro meses en Constantinopla). Tiene la Relatio 65 capítulos de desigual extensión, en los cuales el autor, en orden cronológico, refiere su llegada a la Capital, su recibimiento y sus discusiones ―políticas, sobre todo, pero también religiosas― con sus interlocutores. El yo del narrador tiene una fuerte presencia, otorgando al relato, a menudo, un tono dramático... No estamos frente a un frío informe político-diplomático, sino a una exposición sabrosa e irónica, a veces grotesca y otras de aguda fineza, escrita por un testigo culto y sensible, aunque a veces también arrogante. A menudo el relato destila amargura, y lo que asombraba a Liutprando en su primer viaje, ahora lo fastidia. Y es que en 949 él era un diácono legado de un rey (Berengario) ante el emperador, pero en 968 es ya obispo, y ha sido enviado por el emperador, y quiere, pues, que se le trate con la dignidad que su cargo, misión y emisario merecen. Por cierto es su situación o posición la que ha mutado, y no la del Imperio Bizantino, que con justicia considera que no puede existir otro Imperio, por lo que considera al embajador como un enviado real y nada más. El contraste entre la pretensión de cada parte lleva a largas discusiones de carácter político entre el emperador bizantino y Liutprando.»

«A pesar del subjetivismo imperante en la obra y de aquella retórica presta ya para adular, ya para condenar, es considerada como una de las más relevantes para conocer la realidad política de su época y, en relación con sus viajes, elabora una descripción ―a veces caricaturesca, eso sí― bastante interesante de la Constantinopla del siglo X, y de los sentimientos de un latino frente a ella, su gente y sus costumbres, que a veces le causan admiración, y otras las encuentra chocantes. Según P. Bádenas, la Antapodosis y la Relatio muestran un vívido retablo, no exento de sarcasmo, de sus peripecias en la capital imperial, constituyendo un documento extraordinario sobre la percepción occidental, más bien hostil, del oriente griego del siglo X, amén de suministrar una cantera de información de todo tipo sobre la cultura, vida cotidiana y la lengua de Bizancio.»

José Marín Riveros, “Liutprando de Cremona en Constantinopla. La retórica del desquite”. Byzantion Nea Hellás 24, 2005.


El emperador Nicéforo Focas entra en Constantinopla en 963 (Crónica de Juan Skylitzes)

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