jueves, 4 de junio de 2015

Jerónimo de Pasamonte, Vida y trabajos

Ilustración de Juillard
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Hemos incorporado por ahora en Clásicos de Historia tres autobiografías de aventureros del Siglo de Oro: el tremendo, experto y veraz Alonso de Contreras, la peleona y busca problemas Catalina de Erauso, y el bondadoso e inocente Bartolomé Lorenzo. Añadimos ahora al lastimoso y aventurero a pesar suyo Jerónimo de Pasamonte (1553–1626?).

Julio Caro Baroja, en su Vidas mágicas e Inquisición (1967), lo estudió bajo el epígrafe «Magia y desequilibrio mental, o el soldado hechizado». Comenzaba así: «Que un fraile tenga vocación de soldado o que un soldado tenga vocación de fraile son dos cosas que en España se han repetido muchas veces. Más común ha sido todavía que el soldado, harto de guerras y matanzas, busque la soledad del claustro y que las vocaciones sean sucesivas en el mismo hombre. Pero ahora nos encontramos ante la figura extraña en verdad de uno que fue soldado sin ninguna vocación real para serlo, que no pudo ser fraile (que era lo que deseaba) y que a última hora vivió, víctima de los demás y de sí, casi enloquecido por miedo a los malos ángeles y a sus agentes en la tierra, anotando en un libro sus experiencias, horribles en verdad.»

En sus memorias, concluidas hacia 1605, Pasamonte nos cuenta de su niñez desgraciada, entre enfermedades y accidentes, y de su carrera militar que le depara estar presente en la batalla de Lepanto, la conquista de Túnez y en la Goleta, donde será hecho prisionero por los turcos. Su cautiverio le llevará a Constantinopla, Alejandría y Argel y durará casi veinte años. Tuerto, desgarbado y cada vez más achacoso volverá al ejército en Italia. El matrimonio que contrae será un fracaso absoluto que incrementará su paranoia sumergiéndolo en un delirio persecutorio de hechiceras, espíritus malignos y envenenadores, a los que combate con una incrementada devoción religiosa que nos detalla pormenorizadamente. Será por entonces cuando escriba su Vida y trabajos. Sin embargo, si Alfonso Martín Jiménez está en lo cierto en su Cervantes y Pasamonte. La réplica cervantina al Quijote de Avellaneda (2005), nuestro autor logró salir de esta crisis profunda, y entre 1622 y 1626 firma un documento como Fray Gerónimo Pasamonte Alcayde. Finalmente habría logrado cumplir sus deseos infantiles de profesar, haciéndolo en el sugestivo Monasterio de Piedra.

Pero el interés por este enloquecido autor se incrementó considerablemente cuando en 1969 Martín de Riquer le atribuyó la autoría del Quijote apócrifo de Avellaneda, posiblemente con el propósito de vengar las ofensas y alusiones maliciosas que su compañero de armas Cervantes había incluido en la primera parte de la inmortal obra. En ella Jerónimo de Pasamonte habría sido transmutado en el Ginés de Pasamonte, galeote como él pero por motivos bien diferentes: es un peligroso jaquetón que también ha escrito su Vida. A pesar de que numerosos críticos han aceptado esta hipótesis, y han multiplicado los argumentos a su favor, sin embargo parece permanecer en pie el contraste descomunal entre ambas obras: la lastimera, quejumbrosa y desquiciada Vida, y el divertidísimo, malicioso e inteligente falso Quijote. Grande tuvo que ser su cambio anímico en los diez años que separan la conclusión de las dos obras, y el documento exhumado por Alfonso Martín, si no lo prueba, a lo menos lo hace posible.

Autógrafo de Pasamonte

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