viernes, 4 de marzo de 2016

Lucas Mallada, Los males de la patria y la futura revolución española

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Lucas Mallada y Pueyo (1841-1921) fue ingeniero, geólogo y uno de los padres de la paleontología española. Y también, como otros científicos, juristas y literatos de su tiempo, atento observador de la sociedad española. Y como ellos se sintió responsable y obligado a comunicar sus reflexiones a la opinión pública por medio de frecuentes artículos en El progreso, en la Revista Contemporánea… Algunos de ellos acabarán componiendo Los males de la patria, en 1890. Con antelación a los regeneracionistas, como Costa, y a la generación del 98, como Unamuno y Maeztu, Mallada inicia el estudio del entonces llamado problema de España. Nos proporciona un exhaustivo análisis del estado del país, enfocado al mismo tiempo con el distanciamiento del científico y con la pasión del patriota. La mayoría de estos artículos se redactan en los años de mayor éxito del sistema canovista, durante la regencia de María Cristina y el gobierno largo de Sagasta, con el funcionamiento pleno de la alternancia pacífica que posibilita el establecimiento de reformas: ley de asociaciones, jurados, sufragio universal masculino… Y ante el triunfalismo que se extiende ―se quiere percibir que España está en camino de recuperar su estatus de potencia―, Mallada pondrá de relieve el revés de la trama: un cúmulo de carencias e incompetencias, falta de recursos y mala gestión de ellos, atraso generalizado, inmoralidad pública, desbarajuste administrativo y partidos políticos manifiestamente mejorables…

Lo que observa no le gusta, pero añade: «En medio de nuestro pesimismo, queremos alejarnos de toda exageración, de toda intransigencia de escuela y de todo espíritu de partido. Queremos juzgar a la patria de hoy puestos los ojos en la patria de mañana, como la juzgaría un extranjero enteramente imparcial, o como nos juzgará la historia dentro de medio siglo. Sin más esperanza que en Dios, y con escasa fe en las cosas humanas, séanos permitido impugnar fatales preocupaciones, muy arraigadas aún en el país, hijas de la fantasía nacional y origen de crasos errores, constantemente opuestos a toda suerte de adelantos.» Y es que «la loca fantasía es nuestro principal defecto; la fantasía convierte en un verdadero laberinto la administración pública; la fantasía nos hace ser los mayores proyectistas y los más holgazanes de Europa; a la fantasía debemos ese lujo de fiestas, romerías y ferias en que se negocia poco y nos divertimos mucho; la fantasía nos hace creer que España es un país privilegiado; la fantasía nos induce a reclamar un puesto de honor entre las grandes naciones, aunque continúa flotando el pabellón británico en Gibraltar; la fantasía nos hace esperar que seamos algún día los redentores de ese continente que colonizan los franceses desde la Argelia y los ingleses desde el Cabo; la fantasía nos cierra los ojos y nos tapia los oídos para no ver ni oír una sola verdad.»

Los males proceden, pues, de la fantasía hispánica, concepto en el que reúne las carencias que percibe en la sociedad y en los individuos que la componen: pereza, imprevisión, falta de iniciativa, envidia… Acomodamiento a las circunstancias, buscar la solución a los propios problemas en el Estado, talante de leguleyo que domina la vida política y administrativa, ocultar las taras del presente con las glorias del pasado. En resumen, confundir los sueños con las realidades. Y ante esta situación propone soluciones, no como fórmulas mágicas, sino como meros pero necesarios medios de mejora. Así la repoblación forestal, la concentración parcelaria, la simplificación administrativa, la descentralización, etc. En estos cambios consiste la revolución necesaria (interna, no meramente política) en España. Costumbres e instituciones deben adaptarse, modernizarse y cambiar. Y si no lo hacen, naturalmente la corriente de la historia las arrastrará, incluso a la propia monarquía.

Unos años después el deterioro, las debilidades del sistema, se harán más patentes: la reanudación de la guerra colonial en Cuba, y el inicio de la filipina, el asesinato de Cánovas, llevarán a Lucas Mallada a elaborar una segunda parte ―prometida pero retrasada― sobre esta revolución pendiente (en expresión que utiliza). A lo largo de 1897 redactará un puñado de artículos, finalizados con una última entrega en enero del año siguiente. El pesimismo se hace mayor. La fantasía de la sociedad española es abrumadora, repleta de patriotismos altisonantes. Nuestro autor será una de las escasas voces que abogará de forma clara por el abandono de unas colonias que ya da por perdidas. Y el colofón de la inevitable derrota, teme, pudiera ser una nueva ―la cuarta― guerra civil...

Ricardo Baroja, grabado

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