viernes, 10 de marzo de 2017

Juan Pablo Forner, Oración apologética por la España y su mérito literario

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Tradicionalmente se percibió a Juan Pablo Forner (1756-1797) a través de la visión encomiástica de Menéndez Pelayo: «Forner, aunque malogrado a la temprana edad de cuarenta y un años, fue varón sapientísimo, de inmensa doctrina al decir de Quintana, que por las ideas no debía admirarle mucho; prosista fecundo, vigoroso, contundente y desenfadado, cuyo desgarro nativo y de buena ley atrae y enamora; poeta satírico de grandes alientos, si bien duro y bronco; jurisconsulto reformador, dialéctico implacable, temible controversista y, finalmente, defensor y restaurador de la antigua cultura española y caudillo, predecesor y maestro de todos los que después hemos trabajado en la misma empresa (...) No ha dejado ninguna construcción acabada, ningún tratado didáctico, sino controversias, apologías, refutaciones, ensayos, diatribas, como quien pasó la vida sobre las armas, en acecho de literatos chirles y ebenes o de filósofos transpirenaicos. Su índole irascible, su genio batallador, aventurero y proceloso, le arrastraron a malgastar mucho ingenio en estériles escaramuzas, cometiendo verdaderas y sangrientas injusticias, que, si no son indicios de alma torva, porque la suya era en el fondo recta y buena, denuncian aspereza increíble, desahogo brutal, pesimismo desalentado o temperamento bilioso, cosas todas nada a propósito para ganarle general estimación en su tiempo, aunque hoy merezcan perdón o disculpa relativa.»

Y más adelante continúa: «Forner, enemigo de todo resto de barbarie y partidario de toda reforma justa y de la corrección de todo abuso, como lo prueba el admirable libro que dejó inédito sobre la perplejidad de la tortura y sobre otras corruptelas introducidas en el derecho penal, fue, como filósofo, el enemigo más acérrimo de las ideas del siglo XVIII, que él no se cansa de llamar siglo de ensayos, siglo de diccionarios, siglo de diarios, siglo de impiedad, siglo hablador, siglo charlatán, siglo ostentador, en vez de los pomposos títulos de siglo de la razón, siglo de las luces y siglo de la filosofía que le daban sus más entusiastas hijos. Contra ellos se levanta la protesta de Forner más enérgica que ninguna; protesta contra la corrupción de la lengua castellana, dándola ya por muerta y celebrando sus exequias; protesta contra la literatura prosaica y fría y la corrección académica y enteca de los Iriartes; protesta contra el periodismo y la literatura chapucera, contra los economistas filántropos, que a toda hora gritan: humanidad, beneficencia, y protesta, sobre todo, contra las flores y los frutos de la Enciclopedia. (… Y) aprovechó un instante de tregua para lanzar contra los enciclopedistas franceses su Oración apologética por la España y su mérito literario, (en respuesta a) un geógrafo oscuro, Mr. Masson de Morvilliers.»

Naturalmente, esta apreciación le situó, por mucho tiempo, entre las filas mal denominadas reaccionarias. Hubo que aguardar a las interpretaciones mucho más ricas de José Antonio Maravall y de François Lopez para obtener una percepción más completa de su compleja y poliédrica posición política. Pedro Carlos González Cuevas, en su Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días, lo sintetiza así: «Otro protonacionalista español de la época es Juan Pablo Forner. Pero con el extremeño entramos en otro horizonte filosófico, muy distinto al de Zeballos o el de los jesuitas expulsos. Forner era acérrimo partidario del absolutismo real, en cuanto éste suponía una racionalización del Antiguo Régimen. En este sentido, para Forner la monarquía debía ser regalista y el absolutismo implicar anticlericalismo. Por ello, José Antonio Maravall ha aportado una coherencia a toda la obra forneriana en el sentido de introducir las nociones significativas de nación y patria como conceptos anuladores de las diferencias entre el Forner racionalista e ilustrado y el Forner supuestamente reaccionario. Forner es, ante todo, un nacionalista español, cuyo objetivo es defender a España de las acusaciones de incultura y brutalidad proferidas por Masson de Morvilliers y otros ilustrados franceses. En su célebre Oración apologética por España y su mérito literario, el extremeño ataca a Rousseau y Voltaire como sofistas ultramontanos y hace un balance positivo de la cultura española desde la época romana a la de Carlos III para apostar claramente por las ciencias experimentales, las únicas realmente útiles. Aunque reconoce que no hemos tenido un Cartesio o un Newton, hemos tenido justísimos legisladores y excelentes filósofos prácticos.»

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