martes, 20 de junio de 2017

Enrique Cock, Jornada de Tarazona hecha por Felipe II en 1592

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Hace un tiempo disfrutamos con los Anales del año ochenta y cinco, de Henricum Coquum, excelente ejemplo de humanista sin excesiva fortuna, que a una edad ya madura se vio obligado a compaginar su vocación intelectual con el desempeño de la protección de las reales personas en el cuerpo de Archeros de Borgoña, conocida como la guardia de la cuchilla, por su característica arma. Y apenas ingresado, se vio en la obligación de acompañar a la familia real en su viaje político a las tres capitales de los viejos estados de la Corona de Aragón, con la finalidad de asistir a cortes y de solemnizar matrimonios. El culto holandés llevó a cabo su cometido, pero recogió todo tipo de informaciones sobre las localidades que recorrió, proporcionándonos un cúmulo de informaciones geográficas, históricas, legendarias, y meramente anecdóticas. La obra en que recogió este prolongado viaje corrió manuscrita y copiada hasta ser impresa en 1879.

Otras circunstancias muy distintas motivaron un nuevo viaje de Felipe II a las cortes aragonesas de Tarazona en 1592: las llamados alteraciones del reino de Aragón motivados por la huida de Antonio Pérez y la protección que éste obtiene del joven Justicia Juan de Lanuza, con los alborotos zaragozanos y el desastrado final de su resistencia al rey en Épila. Todos estos sucesos fueron espléndidamente narrados por Lupercio Leonardo de Argensola en su Información de los sucesos del reino de Aragón en los años 1590 y 1591, mostrando una clara lealtad al rey, pero al mismo tiempo una patente independencia de criterio. El rey apenas permaneció una semana residiendo en el palacio episcopal de la ciudad del Moncayo, y Enrique Cock no alude para nada al trasfondo político del viaje. Pero no debemos lamentar esta carencia, ya que a cambio, nos dicen Alfredo Morel-Fatio y Antonio Rodríguez Villa en la introducción a su edición de la obra:

«La Jornada, como los Anales, abunda en cuadros de costumbres, pintados al vivo, y en noticias históricas, etnográficas y estadísticas, tanto más preciosas cuanto que han sido registradas por un testigo ocular. Merecen, entre otras, particular mención las observaciones humorísticas sobre Valladolid y sus habitantes; sobre la avaricia de los regidores y jurados de Palencia; sobre el antiguo comercio de lanas en Burgos y las causas de su decadencia; las repetidas alusiones a los Jesuitas, que por sus industrias buscan lo mejor y más gordo de la tierra; la pintura de la extraordinaria prosperidad y bienestar de los Navarros, que tanto contraste forma con la miseria relativa de los habitantes de las dos Castillas, y finalmente, el dato desconocido referente a la habilidad y exclusiva industria de los vecinos de Torrellas en construir objetos de mobiliario con adornos de taracea, hoy tan estimados como raros. Si alguna vez las descripciones de Cock parecen un poco secas y su narración demasiado rápida, no debe olvidarse lo que el autor nos dice en su prólogo. Habiendo perdido la redacción original de su viaje unos amigos a quienes se la había prestado, escribió de nuevo Cock la que ahora se publica, algunos años después de verificado el viaje, valiéndose de sus primitivos apuntes. Por esta razón no puede pedirse a este relato ni la frescura de las primeras impresiones ni ese género de detalles de que el viajero toma lacónica nota en su cartera, y cuya explicación exacta olvida después de pasado algún tiempo.»

Croquis del itinerario seguido en la Jornada, de mano del propio Cock.

viernes, 9 de junio de 2017

José Echegaray, Recuerdos

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José Echegaray (1832-1916) fue un polifacético personaje que presenta y resume en sí el complejo siglo XIX español, con sus luces y sus sombras; sus éxitos y sus tremendas contradicciones; sus generosos proyectos y sus patentes mezquindades… Nuestro autor fue ingeniero, matemático y físico, académico de la Real de Ciencias y catedrático; economista defensor del librecambismo; político demócrata y radical, y ministro durante el sexenio revolucionario, y más tarde senador; dramaturgo de considerable éxito en su época, miembro de la Real Academia Española y premio Nobel de Literatura… La profesora Josefina Gómez Mendoza lo analizaba recientemente aquí, de donde extraemos algunos significativos párrafos:

«Tenemos la suerte de que el premio Nobel dictara (ya no escribía por su falta de vista) sus Recuerdos a solicitud de Lázaro Galdiano, que se los había pedido para su revista España Moderna en 1894. Parece que empezó desganado y fue ilusionándose hasta confesar que era con lo que más disfrutaba, ya que consistía casi en una conversación consigo mismo. A su muerte, los artículos se recopilaron en tres tomos publicados por Ruiz Hermanos (1917), que es la edición ahora recuperada: el relato llega hasta el desembarco de Amadeo de Saboya en el puerto de Cartagena, acontecimiento del que Echegaray fue singular (y divertido) protagonista, porque estaba en la comitiva de tres ministros que habían ido a buscarlo después del atentado contra Prim. Para la continuación hay que acudir a los artículos que siguió publicando, en este caso en Madrid científico. Algunos de ellos se encuentran también en la Revista de Obras Públicas (...)

»De todos cuantos hemos leído (o releído) en los últimos meses los Recuerdos de Echegaray no conozco a nadie a quien no le hayan entretenido, divertido e ilustrado. Por las circunstancias del personaje, desde luego, pero también porque, de forma hábil, los utiliza para ir contando la historia de la segunda mitad del siglo XIX, llena de acontecimientos, revoluciones y personajes. Como bien ha visto Martín Pereda, es, efectivamente, la historia de una época. Lo interpreta incluso en términos de dramatización buscada: cuando se levanta el telón, la acción alcanza su clímax, para acabar cayendo el telón. Llama, en efecto, la atención hasta qué punto Echegaray juega con el tiempo y con el espacio; él, tan individualista, tendría, dice, una memoria socialista, de modo que todo lo recuerda en su cuadro correspondiente, con sus figuras y su acción formando un todo. Las escenas con sus compañeros de Caminos en la Escuela, como espectador de teatro, o las de las Cortes constituyentes de la revolución, son estampas inolvidables.

»Es más, logra en muchas ocasiones vincular recuerdos particulares a los grandes acontecimientos del siglo, de forma que su biografía queda jalonada por ellos, algunas veces con bastante ironía. Cito algunos de los mejores ejemplos: justo el día de la abdicación de María Cristina y del inicio de la regencia de Espartero, pudo desechar un odiado traje verde de una pieza, con el calzón unido a la chaqueta, en el que era un suplicio saber si se metían antes las manos o las piernas, de modo que para él la libertad siempre estuvo vinculada al progresismo; en otra ocasión volvía de Almería, donde había tenido su primer (y único) destino de ingeniero, cuando quedó paralizado en Aranjuez por la Vicalvarada, y fue él quien, por sus relaciones con un general sublevado, consiguió hacer llegar a todos los viajeros hasta Madrid, lo que le hizo sentirse muy importante; o el momento en que se encontraba en San Juan de Luz con muchas personalidades exiliadas esperando que se decidiera Prim a dar el golpe, y llegó la batalla de Alcolea, se inició la revolución de septiembre y él se encontró como uno de los protagonistas; mejor aún, cuando era un diputado algo apocado en las Cortes Constituyentes y tuvo que intervenir en la sesión en que se discutía la cuestión religiosa, en contra del canónigo integrista Vicente Manterola, que había defendido la unidad religiosa, y justo después del célebre discurso de Castelar [el de Grande es Dios en el Sinaí]: fue entonces cuando pronunció su discurso más famoso, el conocido como el de la trenza y el quemadero (...)

»Más ejemplos: cuando se buscaba rey y los liberales promovían al duque de Montpensier, mal visto por los progresistas por sus connivencias con la dinastía derrocada, a Prim y a Ruiz Zorrilla se les ocurrió para desactivar esa candidatura hacer rey al duque de Génova y casarlo con la hija mayor de Montpensier. Fue a Echegaray al que recurrieron para hacer esas gestiones ya que un antiguo alumno pertenecía a la casa de Montpensier, gestiones que, como era de esperar, fracasaron estrepitosamente. Finalmente, fue Echegaray, cuando era ministro de Fomento, quien, junto con Juan Bautista Topete y José María Beránger, tuvo, tras el atentado contra Prim, que ir a buscar a Amadeo de Saboya a Cartagena, en un viaje en el que le tocó hablar en todas las paradas del tren en su nombre y en el de los otros dos, incluso en Cartagena en nombre del futuro rey, porque este no sabía castellano, lo que el ingeniero disimuló diciendo que estaba afónico. Es uno de los episodios más divertidos de unas memorias que abundan en ellos.

»No creo que hagan falta más ejemplos para permitir otorgar a estos recuerdos de Echegaray un estatuto de episodios nacionales. Muestran, además, una fina ironía y el autor da prueba de la suficiente distancia crítica y sentido del humor como para reírse de sí mismo. Es esa narración de una historia personal al hilo de la de su tiempo lo que hace que los Recuerdos resulten tan amenos. Y lo que justifica que todos los que hablamos de Echegaray quedemos enredados en sus historias y los utilicemos como fuente.»

viernes, 2 de junio de 2017

Aurelio Prudencio Clemente, Peristephanon o Libro de las Coronas

Prudencio en un códice hacia 900
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«Tengo en la actualidad cincuenta y siete años. Se aproxima el fin, y Dios va mostrando a mi ancianidad el día vecino. ¿Qué cosa de provecho he llevado a término en el decurso de un tiempo tan largo? La edad primera la pasé bajo las férulas batientes de los maestros. La mocedad viciosa me enseñó luego a fingir y no pasó inocuamente por mi alma. La insolencia peligrosa y la ostentación provocativa, ¡ay, me avergüenzo y me pesa!, manchó mi juventud con sus inmundicias y su lodo. Luego, los pleitos predispusieron mi alma ya confusa, y la funesta obstinación del triunfo forense me guió en multitud de casos escabrosos. Dos veces goberné ciudades nobles con las riendas de las leyes, e hice justicia, siendo la égida de los buenos y el terror de los malos. Por fin, la liberalidad del príncipe me puso en el escalafón militar, destinándome cerca de sí en un orden próximo a su persona. Mientras la vida me conducía voluntaria por estas vicisitudes, cayó sobre mi cabeza de anciano la canicie, arguyéndome del olvido del viejo cónsul Salia, bajo cuyo consulado nací. Cuántos inviernos hayan pasado y cuántas veces hayan substituido las rosas al hielo de los prados, la nieve de mi cabeza te lo dice.»

Así se presenta a sí mismo, en el Praefatio a sus obras, Aurelio Prudencio Clemente (348-c. 413), natural de Calahorra o de Zaragoza. Martín de Riquer y José María Valverde se refieren así a su Peristephanon o Libro de las Coronas, «colección de himnos dedicados en su mayoría a españoles que habían recibido el martirio. Este libro constituye el monumento más importante de la primitiva poesía latina cristiana y se caracteriza no tan sólo por la belleza de los versos, a veces ampulosos y preciosistas, siempre fervorosos y apasionados, sino también por el hecho de aceptar tradiciones populares que se habían formado en torno de los mártires. Es de suma importancia reparar en este aspecto, insólito en las letras latinas, donde es raro que un poeta culto, extraordinariamente cuidadoso de la forma y sabio en la versificación, deje entrar elementos tradicionales.»

Para valorar el Peristephanon se debe tener en cuenta este múltiple carácter ―literario, religioso, ritual, didáctico...―, y que proporciona más bien información sobre los valores, actitudes y formas de comportamiento en la compleja sociedad tardorromana, en pleno proceso de cambio, que información fidedigna sobre los procesos a los mártires que nos narra. Así, por ejemplo, en una obra reciente (Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente), Peter Brown ejemplifica con un conocido pasaje de la obra que nos ocupa los cambios de valoración de la riqueza y de la pobreza que se afirman en esta época. Y es lógica su utilidad en este sentido, dado el propósito tácito de Prudencio, que hace tiempo resumió así el profesor John Matthews: sus himnos presentan «no otra cosa que una alternativa cristiana al patriotismo cívico del Imperio pagano.» (cit. Por Javier Arce en su Bárbaros y romanos en Hispania).

De otro códice del siglo X con las obras de Prudencio.