viernes, 8 de septiembre de 2017

Zacarías García Villada, Paleografía Española


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«Esta pérdida es toda la vida mía, toda la ingrata y afanosa labor de veintinueve años (...)¿Quién había de decir que en pleno siglo XX no había de tener uno reposo y seguridad suficientes para la investigación, y había de verse obligado a ocultar los materiales, arrancados a los archivos para la construcción de un edificio histórico, por temor a que los abrasasen aquellos mismos que alardean de querer formar una sociedad más humana, más culta y más civilizada? ¡Escarnio de los tiempos y de la verdadera ciencia!» Así se lamentaba Zacarías García Villada (1879-1936) del incendio provocado del 11 de mayo de 1931, que había destruido su archivo y biblioteca. Ya hemos comunicado otras obras suyas: su Metodología y crítica histórica, y El destino de España en la historia universal. Hoy aportaremos una de sus obras mayores, su Paleografía Española (1923). Desgraciadamente, la destrucción de su archivo (más de treinta mil fichas) le impidió concluir la obra de conjunto sobre la diplomática española en la que venía trabajando. Pocos años después, cuando España llega a la orilla donde ríen los locos (Sender) tendrá lugar su prematura muerte, asesinado en Madrid el 1 de octubre de 1936.

El profesor Fernando de Lasala publicó en 1996 un artículo en el que hace la semblanza de nuestro autor, «historiador, paleógrafo y diplomatista», de donde entresacamos algunos párrafos: «Después de muchos sudores, había publicado un tratado de Paleografía Española (1923). Conocía los logros alcanzados por investigadores no españoles acerca de la escritura visigótica. No había sucedido lo mismo en España. La Paleografía, como las ciencias históricas en general, había quedado casi olvidada por parte de los estudiosos españoles. Con la honrosa excepción de J. Muñoz y Rivero, quien el año 1881 había publicado un manual, e incluso lo había editado nuevamente en 1889. Pero, después de Muñoz y Rivero, nada consistente se había editado en España sobre cuestiones paleográficas. Por otra parte, aquella obra había caducado en algunos aspectos, en especial en lo referente las reproducciones de los manuscritos (…) Los facsímiles de manuscritos presentados por García Villada en su Paleografía Española constituyen, todavía hoy, una expresiva colección, utilísima para el estudio de la escritura latina en la Península Ibérica, especialmente en lo que se refiere a los códices y documentos en letra visigótica. García Villada afirma en su tratado que la escritura había sido inventada por los hombres con la finalidad de transmitir sus hechos y sus pensamientos a las generaciones venideras. Apoyado en esta tesis, concede más valor al contenido de los escritos que a la tipología de las escrituras. Siendo toda escritura vehículo de un contenido, la meta fundamental de sus investigaciones y de su método didáctico es la correcta interpretación de las fuentes.»

Ahora bien, su fructífera labor se realiza desde un talante nacional, cuando no nacionalista, propio y característico de su tiempo: «Apasionado investigador de lo visigodo, lo hace convencido de que, de ese modo, estudia las raíces de España, tan necesitada entonces de recuperar su sentido histórico y su identidad como nación. Está convencido de que las raíces del destino histórico de España se fraguaron, preferentemente, en León y Castilla, es decir, en las tierras del centro de la Península. De ahí su pasión por el fenómeno del visigotismo. Esta perspectiva histórica sobre España era una de las tendencias entonces dominantes (...) Concebía a España dentro de un paradigma histórico peculiar en donde se unían elementos sociales, políticos y religiosos: una nación que había rebrotado de la Reconquista, de la lucha contra los invasores musulmanes, iniciada en los viejos reinos de Asturias y de León (...) La Hispania romana, unificada bajo la monarquía visigótica toledana, había alcanzado cimas de unidad social y religiosa. En el discurso de recepción en la Academia de la Historia, recordaba el jesuita que, durante la época de la dominación musulmana, los escritorios cenobíticos continuaron dedicándose a copiar libros litúrgicos, canónicos, ascéticos y tal cual clásico. El mérito principal de estos centros estriba en haber elevado a su perfección el tipo de letra nacional, o sea la escritura llamada visigótica, mozárabe y toledana, y el haber contribuido a crear esa ornamentación que en el paisaje, en la indumentaria y en el perfil de los personajes ―tales como se manifiestan en las Biblias catalanas y en los Comentarios al Apocalipsis de San Beato de Liébana―, revela un influjo marcadamente oriental.»

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