viernes, 27 de abril de 2018

Juan I de Inglaterra, La Carta Magna

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Escribía Juan Reglá en su conocido manual de Historia de la Edad Media, tomo II: «La derrota angloangevina de Bouvines obligó a Juan Sin Tierra a capitular ante sus barones sublevados, los cuales, con el apoyo del clero y de la burguesía londinense, impusieron al monarca la Carta Magna (1215), primer monumento de las libertades inglesas. La curia de los reyes ingleses, limitada a una misión consultiva, integrada por los barones, prelados y delegados de la ciudad de Londres ―Concilium magnum generale― se convertía ahora en órgano esencial del gobierno, ya que era indispensable su consentimiento para establecer cualquier impuesto real. Los barones, la Iglesia y la burguesía limitaron el absolutismo a que tendía la realeza en nombre de los derechos nacionales. En 1216, ya bajo Enrique III, el Concilium tomó el nombre de Parlamento y se convirtió en una asamblea política. En la Carta Magna de 1215 radica la base de las instituciones sobre las cuales se levantaría el edificio de la Historia británica. El país, con un mayor grado de centralización que las restantes monarquías de la época, se divide en condados gobernados por funcionarios, los sheriffs. El monarca posee en todo el territorio los poderes jurisdiccionales, que ejerce por medio de jueces y jurados de notables. A fines de la centuria se organiza el procedimiento de apelación para las causas criminales. Bajo la influencia directa del Derecho romano, a través de la famosa escuela de Bolonia, la jurisprudencia y los statuts del monarca crean un Derecho nacional coherente.»

Por su parte, el siempre sugestivo Gilbert Keith Chesterton, en su Breve historia de Inglaterra, la valoraba así hace casi un siglo: «Durante el reinado de Juan y de su hijo, siguieron siendo los barones los dueños del poder, y no el pueblo; pero entonces comenzaron sus contemporáneos ―y los historiadores constitucionales después― a percibir cierta justificación para hacerse con él (…) La Carta Magna no fue un paso adelante en el camino de la democracia, sino un paso atrás en el despotismo. Esta doble interpretación nos facilita la inteligencia de todos los ulteriores sucesos. Un régimen aristocrático algo tolerante vino así a conquistar, y muchas veces lo mereció, el nombre de libertad. Y toda la historia de Inglaterra podría resumirse advirtiendo que, de los tres ideales de la divisa francesa —Libertad, Igualdad, Fraternidad— los ingleses han demostrado gran apego al primero y han perdido, en cambio, los otros dos.»


viernes, 20 de abril de 2018

El orden público en las Cortes de 1936

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 El 17 de julio de 1936 el dirigente socialista Indalecio Prieto, escribía en El Liberal, de Bilbao, su habitual artículo, titulado en esta ocasión Reflexiones de la hora.

Madrid, 16.―Los ciudadanos de un país civilizado ―perdóneseme la redundancia, porque en un país sin civilizar no existe ciudadanía― tienen derecho a la tranquilidad, y el Estado, tiene el deber de asegurarla. Hace ya algún tiempo ―¿a qué vamos a engañarnos?― que los ciudadanos españoles se ven desposeídos de ese derecho porque el Estado no puede cumplir el deber de garantizárselo. Cuando la intranquilidad proviene de elementos sociales sobre los que carece de control directo el Gobierno, la protesta contra ella no hiere tan hondamente a los gobernantes como cuando la intranquilidad se produce por la agitación de organismos adscritos al servicio estatal. En este último caso, el desasosiego público resulta francamente intolerable, y más todavía si lo ocasionan individuos de institutos armados.

La fuerza pública ha de estar sometida en todo instante a las órdenes del Gobierno, bueno o malo, perfecto o defectuoso, como sea. A ella no le incumbe medir la capacidad o incapacidad de los Gobiernos, ni le es lícito acogerlos con distintos grados de simpatía. La fuerza pública, en tanto no se la invite a salirse de la órbita legal, ha de estar sometida incondicionalmente a quienes gobiernen. Otra conducta equivale a seguir caminos de anarquía.

Del mismo modo que la Historia llega a justificar las revoluciones del paisanaje, puede aprobar las insurrecciones militares cuando unas y otras concluyen con regímenes que, por cualquier causa, se hayan hecho incompatibles con el progreso político, económico o social exigido por los pueblos. Pero la Historia no aplaudirá jamás en el elemento civil el desorden constante, ni en el elemento militar la indisciplina continua porque ni ese desorden ni esa indisciplina son factores verdaderamente revolucionarios.

España vive un período ya excesivamente largo de trastornos, que tienen su origen en perturbaciones de esa clase en uno y otro sector. Con que tales perturbaciones sólo existieran en uno de los campos, sería ya bastante para que su mantenimiento indefinido fuera dañosísimo; pero si persisten simultáneamente en ambas zonas, resulta del todo irresistible. Hay enfermos cuya dolencia no es mortal, pero la fiebre producto de la dolencia les consume. España está en este caso. La temperatura febril que padece la está aniquilando. ¿No hay modo de hacerla remitir?

A la generación que le ha tocado vivir época tan agitada no le es fácil, atenta como se halla al incidente de cada día, apreciar en conjunto, panorámicamente esta descomposición. Eso lo podrán apreciar mejor que nosotros las generaciones venideras, cuando la Historia agrupe los sucesos, no sólo por su orden cronológico, sino también por su carácter. Quizá entonces se advierta que al período presente de la vida española, en el que tantas cosas están en crisis, hay que señalarle como punto inicial el año 1917, cuando nacieron las Juntas militares de Defensa.

Para la Historia, ese será un jalón. Para el periodismo —historia al menudeo, en que los acontecimientos grandes aparecen envueltos y casi ocultos entre nubes de sucesos chicos—, el jalón lo clavaríamos nosotros en el 16 de abril último, cuando el famosísimo entierro del alférez de la Guardia civil.

La postura de Indalecio Prieto que aquí se observa ofrece un cambio drástico respecto a la que ha manifestado (tanto él como los restantes dirigentes de todo el arco político de la Segunda República) en las sesiones de Cortes y de la Diputación permanente en los meses anteriores, al tratar del problema del orden público: ahora, se avizora ya el inicio de la guerra civil.


viernes, 13 de abril de 2018

Homero, La Ilíada

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Jacob Burckardt, en su monumental Historia de la cultura griega publicada en el penúltimo y nacionalista y liberal cambio de siglo, escribía: «A todos los pueblos jóvenes les proporciona la poesía mítica la posibilidad de vivir en lo durable y permanente, en la imagen iluminada de la nación; pero especialmente debieron los griegos esta vida a su Homero. Por eso tampoco en ninguna nación tuvo jamás un poeta tal posición entre viejos y jóvenes. Dice hermosamente Plutarco: “Homero solo ha triunfado sobre la variabilidad del gusto de los hombres; es siempre nuevo y de placentera hermosura juvenil” (…) Pero su fuerza se hizo incalculable cuando, de modo reconocido, se convirtió en el principal medio de educación de la nación a partir de la juventud. Los griegos son quizá la única nación culta que ya a los niños les ofrecía una imagen del mundo, éticamente muy libre y ―a diferencia de los libros de Moisés y el Shah Name― teológica y políticamente sin tendencia, contra lo cual Pitágoras, en seguida Jenófanes y (en los dos primeros libros de su República) Platón, más tarde, se levantaron; y así Homero les ha creado, no sólo los dioses, sino esencialmente mantenido o despertado en ellos la libertad humana. Es verdad que además de él se empleaban en la educación de la juventud poesías escogidas; pero La Ilíada y La Odisea eran con mucho las materias principales (…)

»Homero es para los griegos la fuente de las cosas divinas y humanas, en amplio sentido su código religioso, su maestro de guerra, su historia antigua, con la que aun más adelante se enlaza toda historia, y también suele referirse a él toda geografía; es para ellos mucho más de lo que hubiera podido ser un escrito y garantizado canto religioso, Hasta los literatos posteriores de época imperial, incluso hasta muy dentro ya de la época bizantina, llega un continuo estudio sobre él, crítico, estético, arqueológico, lingüístico. Se estudia su manera de designar las cosas y se busca explicar los pasajes oscuros, que no faltan, en lo que, desde luego, cuando no se sabe nada seguro, como Estrabón dice en una ocasión de éstas, se deja a veces obrar libremente a la fantasía. Había gentes que en cuestiones discutidas sólo a él seguían, y el mismo Estrabón encuentra necesario, con ocasión de una cita del catálogo de las naves, subrayar que se debe exponer la realidad, y sólo traer a colación las palabras correspondientes del poeta en cuanto convengan con aquélla; antes había sido su predominio en la educación tan grande, que toda afirmación se la creía confirmada cuando nada contradecía a la tan creída afirmación homérica sobre el asunto.»

Publicamos la atractiva traducción que publicó Luis Segalá y Estalella (1873-1938), también autor de una versión en catalán.

Eric Shanower, ilustración para su monumental Age of Bronze.

viernes, 6 de abril de 2018

Manuel Chaves Nogales, Crónicas de la Revolución de Asturias

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¿Qué hacemos con las revoluciones, con los golpes de estado que fracasan? ¿Cómo las relatamos, cómo las explicamos, cómo las gestionamos? Refiriéndose a una época ya distante, aunque aun presente recta o torcidamente, escribe Andrés Trapiello (“La dura realidad”, en Cuatro historias de la República, Destino, Barcelona 2003):

«El peligro de los periodistas son las prisas y el de los políticos la lentitud. Aquellos tienden a ser superficiales y éstos a la retórica, que es el arte de dar vueltas. Para unos las cosas vuelan y para los otros no acaban de llegar. Chaves es en todo caso un buen observador. Veamos este ejemplo. Está escribiendo un reportaje sobre el agro andaluz, en los primeros meses de la República. En el ambiente flota la necesidad de una Reforma Agraria que los terratenientes temen como el pedrisco y los braceros esperan como el maná. “Sin ningún propósito derrotista ―nos dice―, ateniéndose objetivamente a la dura realidad de su vida, los braceros del campo andaluz, los pequeños colonos, los arrendatarios y hasta los propietarios mismos, ponen el grito en el cielo y afirman que la situación es catastrófica, hasta el punto de que tendrá que venir una revolución formidable que acabe con este angustioso estado en que se encuentran; revolución formidable que unos esperan del lado de las izquierdas y otros del de las derechas. Todos están ciertamente incómodos, angustiados si se quiere, y por no ser capaces de sufrir esta incomodidad o esta angustia, sueñan con una convulsión que lo eche todo a rodar.” Esto, cuando fue escrito, en noviembre de 1931, bajo los efectos de la borrachera del catorce de abril, tenía por fuerza que sonar a una intemperancia, pero cuando la profecía vino a cumplirse, en julio de 1936, ya nadie se acordaba de ella.»

...Y ya antes en octubre de 1934. Manuel Chaves Nogales (1897-1944) había escrito entonces en el diario Ahora: «Es cierto, rigurosamente cierto, que la rebelión ha tenido esta vez caracteres de ferocidad que no ha habido nunca en España. Ni siquiera durante la gesta bárbara de los carlistas hubo tanta crueldad, tanto encono y una tan pavorosa falta de sentido humano. Todo cuanto se diga de la bestialidad de algunos episodios es poco. Dentro de cien años, cuando sean conocidos a fondo, se seguirán recordando con horror. La revolución de los mineros de Asturias, fracasada, no tiene nada que envidiar, en punto a crueldad, a la revolución bolchevique triunfante. No creo que los guardias rojos de Lenin se echasen sobre la burguesía rusa con tan terrible ímpetu. Asturias en dos semanas ha quedado arrasada para mucho tiempo. Pasarán varios lustros antes de que pueda levantar cabeza si España entera no acude en su auxilio. Oviedo, la ciudad muerta, recuerda, apenas se entra en ella, aquellas ciudades del frente occidental devastadas por el fuego cruzado de dos ejércitos potentísimos. Más de sesenta edificios destruidos totalmente —la mayor parte de ellos, en el corazón de la ciudad— y el medio millar de muertos habidos en el casco de la población y los alrededores dicen elocuentemente lo que ha sido la revolución.

»Pero, con ser esto cierto, no es posible, sin embargo, silenciar que, aparte determinados episodios de ferocidad jamás igualada, que harán pasar a la historia este alzamiento como una de esas etapas en las que la humanidad retrocede a la barbarie, ha habido una gran masa humana lanzada a la revolución que ha sabido detenerse en los umbrales de la bestialidad y que incluso ha podido hacer gala en ocasiones de unos sentimientos humanitarios de los que no se les creería capaces. Para reconocer esto basta advertir, por una parte, el ensañamiento con que se han cometido algunos crímenes, y por otra, la cifra relativamente exigua de las víctimas, dado el hecho de que en muchos sitios los titulados guardias rojos han sido dueños absolutos de vidas y haciendas durante quince días. Preveo que, en esto como en todo, la opinión española se dividirá en dos bandos igualmente irreconciliables. El de los que afirmarán que la población minera de Asturias lanzada al movimiento es una horda de caníbales y el de los que sostendrán que todo fue un juego de inocentes criaturas o, a lo sumo, de cabezas alocadas sin responsabilidad. Para contribuir en lo posible a dar una sensación exacta de lo que ha sido la intentona revolucionaria, no encuentro más camino que el de ir acumulando testimonios para que cada cual, con arreglo a su conciencia, pueda formular su veredicto.»

Oviedo tras la revolución