viernes, 25 de mayo de 2018

Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII

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Jon Juaristi, en un pasaje de su sugestivo El bucle melancólico, nos presentaba así a «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895), autor de la más famosa novela del renacimiento cultural regionalista, Amaya o los vascos en el siglo VIII (1879). Durante la primera guerra civil, Navarro Villoslada se distinguió como miliciano liberal en Viana, su pueblo natal. Espartero le encargó inspeccionar los telégrafos ópticos de Navarra, y él agradeció la confianza del general escribiendo un poema de timbre épico, Luchana (1841), sobre la batalla en que éste obligó a los carlistas a levantar el cerco de Bilbao, en la Navidad de 1836. Pero su esparterismo juvenil fue cediendo bajo el reinado de Isabel II, y ya a comienzos de la década de 1869 se unió al grupo neocatólico dentro de las filas del partido moderado. De ahí pasará al carlismo tras la revolución de 1868 y recorrerá Europa con el Pretendiente, don Carlos de Borbón y Austria-Este, en busca de apoyos políticos para su causa. Sin embargo, abandonaría toda actividad política en 1872 por hallarse disconforme con el belicismo de don Carlos. Llamado de nuevo por éste en 1885, asumió la jefatura del partido carlista, para dimitir al cabo de un mes y retirarse a su casa familiar de Viana.»

Los nacionalismos decimonónicos se azacanaron en revestir con todo tipo de oropeles la que en esencia es una creencia sencilla y bastante escueta: lo existente es la Nación, y nosotros somos (en el pasado, en el presente y en futuro) meras partículas al servicio de esta realidad que nos supera y de la que nos sabemos átomos. La Nación es perfecta; los individuos, por desgracia, son limitados, y por error o por malicia pueden traicionar y dañar a la Nación: es lo que explica los declives, los oscurecimientos, y su supeditación a otras naciones, a pesar de que objetivamente sean inferiores. Pero la Nación (por lo menos la nuestra ―da igual cual sea―), necesariamente ha de renacer y salir de la esclavitud o postración en que se encuentra, y recuperará el puesto de cabeza que en justicia le corresponde. En situaciones parejas siempre surgió el personaje providencial que empujó hacia adelante a la Nación. No importa si su patente esfuerzo, generosidad, inteligencia y fortaleza, siempre admirables, tengan éxito o no: en cualquier caso su heroica vida avivará la conciencia nacional, asegurará su pervivencia, y afirmará la seguridad en un futuro de plenitud. Las derrotas, por tanto, no son tales, sino el medio imprescindible por el que se purifica la Nación para así alcanzar su indudable destino de plenitud.

Pero naturalmente, junto con los héroes están los traidores que maquinan por motivos siempre inconfesables contra la Nación, y que resultará tentador caracterizar con las herramientas racistas que el darwinismo social ha proporcionado a la intelectualidad occidental, Así, Juaristi nos cuenta cómo en Amaya, la conocida novela que comunicamos, «se describe la situación de Vasconia en los tiempos de la invasión de España por los árabes. Buena parte de los vascos ya se ha convertido al cristianismo, pero persiste un grupo refractario, pagano, encabezado por la sacerdotisa Amagoya, que practica aún la antigua religión natural del patriarca Aitor, tal como [Joseph-Augustin] Chao la había imaginado en el Voyage en Navarre (digamos de paso, que la propia figura de Aitor, padre del pueblo vasco, es creación exclusiva de Chaho). Pues bien, por las páginas de Amaya transita un inquietante personaje que se hace pasar por bizantino entre los visigodos y por aquitano entre los vascos; que se hace llamar por aquellos Eudon y Asier (El Principio) por estos; que es prohijado por la anciana Amagoya, a la que engatusa fingiéndose un fiel seguidor de la religión primitiva, y que se revelará finalmente como el espía judío Aser, que conspira con los de su casta para entregar España a los musulmanes. No es difícil trasladar a términos más actuales el universo novelesco de Amaya. Los cristianos vascos y visigodos corresponden a los carlistas, llamados a salvar a España de la opresión de los revolucionarios, representados aquí por los invasores árabes. La trasposición de los judíos en masones resulta aún más fácil si se tiene en cuenta que el fantoche que agitaba con predilección la extrema derecha de la época (tanto los neocatólicos como los carlistas) era el de la conspiración judeo-masónica, que ya había conseguido arrebatar al Papa sus territorios y trabajaría en la sombra para apoderarse de la muy católica España.»

viernes, 18 de mayo de 2018

Pompeyo Gener, Cosas de España (Herejías nacionales y El renacimiento de Cataluña)

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Pompeyo (o Pompeu, cuando escribía en catalán) Gener (1850-1920) fue un conocido periodista, escritor, publicista y funcionario en la Barcelona del penúltimo cambio de siglo. Fue progresista radical, republicano federal, y catalanista… racial. Desde una curiosa amalgama de cientifismo, positivismo y darwinismo social, bien cimentada con un historicismo romántico y emocional, rechazó la monarquía, el catolicismo, el krausismo y la España castellana. El resultado de esta mixtura es quizás un tanto endeble: las costuras (y costurones) son demasiados patentes, las contradicciones demasiados evidentes, y el complejo de superioridad demasiado racista. Con facilidad deja de lado aquellos datos que harían desentonar sus planteamientos. Por ejemplo, el entonces omnipresente carlismo catalán simplemente no existe. El lector no puede menos de sentirse tentado, muy a poco de iniciar la lectura de la obra, a aplicar al autor éste su periodo: «A partir de aquí, empieza a considerarlo todo inferior a lo suyo; toda opinión que en algo le contradiga le parece falsa; créese posesor de la verdad absoluta e indiscutible y desprecia toda razón, toda observación y todo invento, como una impertinencia.» Naturalmente, Gener lo aplica a los españoles…

Cosas de España fue publicada en 1903, pero en realidad es la reedición de su Herejías. Estudios de crítica inductiva sobre asuntos de España (Madrid 1887), al que añade La cuestión catalana, o sea la resurrección de un pueblo, materiales, nos dice, para un libro sobre el catalanismo que no llegará a escribir. Su tesis es la característica de los sectores supremacistas catalanes; sus objetivos son hartos conocidos, y sus argumentos son tan endebles como lo son hoy en día: «España está paralizada por una necrosis producida por la sangre de razas inferiores como la Semítica, la Bereber y la Mogólica, y por el espurgo que en sus razas fuertes hicieron la Inquisición y el Trono, seleccionando todos los que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos, serviles e imbéciles. La compresión de la inteligencia ha producido aquí una parálisis agitante. Del Sur al Ebro los efectos son terribles; en Madrid la alteración morbosa es tal que casi todo su organismo es un cuerpo extraño al general organismo europeo. Y desgraciadamente la enfermedad ha vadeado ya el Ebro, haciendo terrible presa en las viriles razas del Norte de la Península. (…) Desesperamos de que el elemento indogermánico verdaderamente humano que hay en la Península se levante y triunfe de esos neo-moros adoradores del Verbo, raza de gramáticos y de sofistas, y de esos neo-judíos que explotan en beneficio propio, hasta producir la esterilidad o apelar a la falsificación, desde el simple obrero que rueda un huso, al genio que concibe un invento. Mucho tememos que estas razas mestizas de Sarraceno, Vándalo y Mogol, unas; de Cartaginés e Israelita, otras, predominen ayudadas por el medio en que se vive en la Península, y que tan favorable les es. Desgraciadamente la Historia parece indicarlo. Expulsamos los franceses en seis años, los moros en setecientos; lo que es a los judíos no les echamos hasta que nos apercibimos que nos hacían la competencia en agiotaje.»

Y es que esta obra es una interesante muestra de la influencia que alcanzó el autodenominado racismo científico en los planteamientos políticos del XIX y del XX (y parece que más acá también). Lo que tiene de superficial, de pura agitación propagandística, de excesiva si queremos, nos atestigua la influencia enorme que alcanzó: sirve para justificar la expansión colonial, para defender la integridad nacional, para exigir la emancipación de la nación… y siempre para considerarse superior a los demás. El racismo de Gener es el moderno, y sobre él fundamenta todo su análisis. No es de extrañar la frecuencia con la que utiliza algunas palabras. Como es lógico, dada la temática del libro abundan las referencias a Cataluña y lo catalán (unas quinientas veces) y a España y lo español (una cifra similar). Pero es que raza o razas aparece en casi dos centenares de ocasiones, a los que hay que añadir sus denominaciones específicas, como arios, habitualmente identificados con los catalanes y contrapuestos a las otras supuestas razas que caracterizarían a castellanos, manchegos, andaluces… Resulta curioso la frecuencia (más de cien veces) con que Gener utiliza los comparativos inferior/superior para definir personas, poblaciones, territorios, literatura, ciudades, costumbres… El peso de su racismo sólo se modula cuando se interponen otras de sus obsesiones. Así, parece lamentar que la expulsión en masa de los moriscos a principios del siglo XVII se llevara a cabo «no por cuestión de raza alguna, sino por el interés de la religión católica.»


Cu-cut, 10 de septiembre de 1910

viernes, 11 de mayo de 2018

Homero, La Odisea

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M. I. Finley, en su luminoso El mundo de Odiseo, señalaba cómo las obras atribuidas a Homero «se ocupan de una era desaparecida, y su contenido es inequívocamente antiguo. La Odisea, en particular, abarca un amplio campo de actividades y relaciones humanas: estructura social y vida familiar, realeza, aristócratas y plebeyos, celebración de banquetes, arado de la tierra y cría de cerdos. De estas cosas sabemos algo en lo que se refiere al siglo VII, en el cual parece que fue compuesta la Odisea; pero lo que sabemos y lo que narra la Odisea simplemente no concuerda.» Y más adelante: «Si el historiador determinó que ni la Ilíada ni la Odisea fueron esencialmente contemporáneas a los sucesos que narran, debe examinar después su validez como cuadros del pasado. ¿Hubo alguna vez en Grecia una época en que los hombres vivían como lo describen los poemas (tras de haberlos desnudado de la intervención sobrenatural y de capacidades sobrehumanas)?»

Aparentemente, la acción de ambas obras transcurre en época micénica, pero «nuevamente Homero y la arqueología difieren repentinamente: en conjunto, aquél sabía dónde había florecido la civilización micénica, y sus héroes vivieron en grandes palacios en la Edad del Bronce, desconocidos en los propios días de Homero. Y esto es en realidad todo lo que sabía acerca de los tiempos micénicos, por lo que el catálogo de sus errores es muy extenso. Sus armas se parecen a las de su propio tiempo, totalmente distintas de las micénicas, aunque de manera persistente los arma con el bronce anticuado, y no con hierro. Sus dioses tenían templos, y los micénicos no construyeron ninguno; en cambio construyeron grandes tumbas abovedadas en las cuales sepultaban a sus jefes, mientras que el poeta los incinera. Un pequeño rasgo típico lo proporcionan los carros de combate. Homero había oído hablar de ellos; pero no sabía lo que realmente se hacía con los carros en una guerra. Y así sus héroes normalmente se alejan poco más de un kilómetro en los carros, de sus tiendas de campaña, se apean cuidadosamente de los mismos y luego proceden a combatir a pie. No menos completo es el contraste entre el mundo de los poemas y la sociedad revelada por las tablillas en Lineal B. La existencia misma de las tablillas es decisiva: el mundo homérico no sólo desconocía la escritura o los registros, sino que su sistema social era demasiado sencillo y sus operaciones demasiado limitadas, en escala demasiado pequeña, para que se necesitaran los inventarios o los registros que aparecen en las tablillas. En éstas se han identificado cerca de cien distintas ocupaciones agrícolas e industriales; Homero sólo conocía una docena, poco más o menos, y el porquerizo Eumeo las conserva todas fácilmente en la memoria, junto con el inventario de los rebaños de Odiseo.»

Y después: «Solemos olvidar que Homero no tenía ninguna idea de una edad micénica, ni del súbito rompimiento entre ella y la nueva época que siguió a su destrucción. La edad micénica es un concepto puramente moderno; el poeta creía que estaba cantando al heroico pasado de su propio mundo griego, a un pasado que él reconocía por la transmisión oral de los bardos que lo habían precedido. Las materias primas del poema consistían en las numerosas fórmulas heredadas, y a medida que pasaban a lo largo de las generaciones de bardos, sufrían cambio tras cambio, en parte por acción deliberada los poetas, sea por razones artísticas, sea por consideraciones políticas más prosaicas, y en parte por falta de cuidado y por indiferencia respecto a la veracidad histórica, producidos por los errores que son inevitables en un mundo sin escritura. No hay duda alguna de que hubo un núcleo micénico en la Ilíada y en la Odisea; pero era pequeño, y lo poco que contenía deformado hasta perder el sentido y la posibilidad de reconocimiento. Con frecuencia se contradecía a sí mismo el material, pero esto no era un obstáculo para su empleo.»

Definitivamente, «el mundo de Odiseo no fue la edad micénica, anterior en cinco o seis o siete siglos, pero tampoco fue el mundo del siglo VIII o VII a. C. La lista de exclusiones de instituciones y prácticas de la época es muy larga y significativa: no hay Jonia, no hay dorios de que hablar, no hay armas de hierro, no hay caballería en las escenas de batalla, no hay colonización, no hay mercaderes griegos, no hay comunidades sin reyes. Así pues, si hemos de colocar en el tiempo al mundo de Odiseo, como todo lo que sabemos por el estudio comparativo de la poesía heroica nos dice que debemos hacerlo, los siglos más probables parecen ser el X y el IX. Para entonces ya se había olvidado la catástrofe que acabó con la civilización micénica y se dejó sentir por todo el Mediterráneo oriental. O, antes bien, se había convertido en el “recuerdo” de una ya inexistente edad de héroes, de auténticos héroes griegos. Había comenzado la historia de los griegos como tales. En lo esencial, el cuadro de la sociedad y su sistema de valores que nos ofrecen los poemas es coherente. En algunos lugares, se les adhieren fragmentos anacrónicos, algunos demasiado antiguos y otros, particularmente en la Odisea, demasiado recientes, reflejos del propio tiempo del poeta.»

William Russell Flint

viernes, 4 de mayo de 2018

Sancho Ramírez, El primitivo Fuero de Jaca

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Escribió José María Lacarra en su clásico Aragón en el pasado (Zaragoza 1960): «Desde comienzo del siglo XI hay una renovación de la actividad comercial por las rutas de Europa, y, en lo que a nosotros afecta, entre la España musulmana y la España cristiana, que estaban smetidas a dos economías complementarias. Mientras la Europa cristiana tiene una economía esencialmente agrícola, con escaso metal amonedado, y éste a base del patrón plata, el mundo islámico ―y con él el bizantino― están más industrializados, con una industria de lujo y para la exportación, y disponen a la vez de grandes reservas auríferas. Tanto los reinos de la España cristiana como la Europa occidental necesitan completar su paupérrima economía con los productos industriales que adquieren en el ámbito musulmán o bizantino. Ruta obligada de este comercio eran los pasos del Pirineo ―por Narbona, Jaca y Pamplona―, todos ellos en manos de los cristianos españoles, y los dos últimos en territorio de Sancho el Mayor. Nada tiene, pues, de extraño que la primera tarifa que regule el intercambio de tales productos se deba a este monarca. Cristianos y moros pasan por las rutas de Pamplona y Jaca especias, tinturas, monedas de oro, tejidos de seda u otras ricas telas, tan apreciadas en los países del Norte, e incluso moros cautivos que sin duda venderían los cristianos de Aragón; del Norte llegan pieles, tejidos franceses o flamencos mucho más baratos, metales y armas, necesarias éstas para los reinos cristianos. Al constituirse Aragón en reino independiente, Ramiro I hereda esta organización aduanera, cuya cobranza se hacía en Jaca y Canfranc (...)

»El paso de mercaderes entre la España musulmana y la Europa cristiana se ve reforzado a fines del siglo XI por otra corriente de viajeros, que también nos llegan de Europa por la ruta de Canfranc-Jaca: son los peregrinos, que en gran número empiezan a acudir a Santiago de Compostela. El arancel de aduanas a que antes hemos hecho alusión ya prevé que al peregrino no se cobre nada por las cosas que lleve por razón de su viaje. Pero si en la ruta de peregrinación se dedica al comercio, sus mercancías serán pesadas a la ida y a la vuelta, pagando las tasas correspondientes por las mercancías vendidas. Las parias musulmanas, los peajes de Jaca, así como los impuestos que se pagaban en su mercado, hubieran constituido un ingreso de excepcional importancia para cualquier Estado de la Europa cristiana, cuanto más para el reino de Aragón, país de paupérrima economía agraria y ganadera, que además tenía que sustraer del trabajo gran número de brazos para emplearlos en las defensas de las fronteras (…)

»En este ambiente se explica la revolución que supuso la creación de la ciudad de Jaca, y la instalación en ella de un grupo de hombres libres, con un estatuto de libertad personal y aun de franqueza, gente que en buena parte se dedican al comercio y a la artesanía y que no están sujetas a la dependencia de otro por razón del suelo que cultivan o de la tierra en que viven. Sancho Ramírez concedió, en efecto, a quienes acudieran a poblar Jaca el que pudieran comprar y vender sus heredades a quienes quisieran, y sin que quedaran gravadas por ningún censo que implicara sujeción a ningún señor; se acortaron los plazos de prescripción para estas adquisiciones y se eximió a sus moradores de algunas limitaciones a su libertad, aneja a su anterior condición villana. Como mercaderes que eran, se castigaba el falseamiento de pesas y medidas, se reducían considerablemente sus obligaciones militares, se suavizaban las penas y se humanizaban los procedimientos judiciales, tomándose medidas para asegurar la inviolabilidad de domicilio.

»No se trataba tanto de aumentar el número de hombres libres como de atraer una masa de pobladores que desarrollasen unas actividades que se estimaban necesarias y que no se practicaban en el reino: eran pequeños comerciantes, artesanos, cambiadores de moneda u hospederos de mercaderes y peregrinos. Los había judíos y sarracenos, pero la masa de los recién llegados procedían del sur de Francia, probablemente de la zona de Toulouse y de Gascuña (…) De esta forma surgirá en Jaca una sociedad nueva, sobre nuevas bases jurídicas; en suma, un derecho urbano de hombres libres.»