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Naturalmente, no existe la historia imparcial. Todo indagador honesto en el pasado, ya se centre en acontecimientos o personas o ideas o sociedades o economías o culturas, busca respuestas a las preguntas que se hace para comprenderlo. Y siempre es consciente de que esas respuestas son parciales y provisionales, y de que en mayor o menor grado derivan de sus propios planteamientos previos: la respuesta depende de la pregunta. Y eso conduce al historiócalo a avanzar un poco a tientas, y a dudar de sí mismo y de sus certezas. Por eso son tan múltiples las interpretaciones de la historia, y tantas de ellas válidas y enriquecedoras, por más contradictorias que sean entre sí. Y es que no existe, en tantas dimensiones de la vida, el conocimiento absoluto de la realidad. Por lo menos en este mundo.
Por tanto, no existe una interpretación canónica sobre cualquier fenómeno histórico, sean las guerras púnicas o el franquismo. Esa pretensión podemos cedérsela al historiócaco que considera la historia como una mera herramienta para «ganar el relato», es decir, para lograr un beneficio que en resumidas cuentas es propio, personal. Es el terreno abonado de la propaganda, la agit-prop de toda la vida, la memoria histórica o democrática: todo se resume en decirle a la gente lo que debe creer, y obligarle a creerlo. Sobran los interrogantes, sobra el acercamiento titubeante al pasado, sobra el mismo pasado. El pasado se crea en función de los intereses del presente.
En los grandes historiadores (y también en los pequeños, claro) es patente, sobre todo con el paso de los años, lo que deben a sus planteamientos ideológicos, a sus presupuestos antropológicos: interpretan la historia como interpretan el mundo en que viven. Pero esto no quita nada de valor a su obra; al contrario, se compartan o no, nos permite observar las cosas desde otro punto de vista, lo cual resulta enriquecedor. No se trata de creerse lo que dicen, sino de prestarles atención, comprenderlos y reflexionar. No importa si sus planteamientos son marxistas, nacionalistas, liberales o tradicionalistas. Se trata de distinguir, separar y aprovechar.
Un buen ejemplo de lo anterior es Francisco Javier Simonet (1829-1897), ilustre arabista del que ya comunicamos en su día su Historia de los mozárabes de España. Pues bien, en esta nueva entrega se han reunido una serie de memorias, discursos y artículos de fechas comprendidas entre 1860 y 1895: La mujer arábigo-hispana, El Siglo de Oro de la literatura arábigo-española, Influencia del elemento indígena en la cultura de los Moros de Granada, Biografía de Omar Ebn Hafsun, Caída del reino visigodo y conquista de España por los sarracenos, y por último el Prólogo que redacta para la traducción española de La Croix et le Croissant de Godefroid Kurth, incluida en la anterior entrega de Clásicos de Historia.
Simonet lleva a cabo un exhaustivo estudio de las fuentes existentes, publica numerosas de ellas, y naturalmente las interpreta, sin ocultarlo, desde sus planteamientos tradicionalistas y nacionalistas. Esto le lleva progresivamente a subrayar (y privilegiar) el factor indígena e hispánico de muladíes y mozárabes en la cultura y realizaciones de la España musulmana, que superaría ampliamente a la influencia árabe y norteafricana. Como todo escrito interesante sobre el pasado, esta tesis no sólo es discutible, sino que es un acicate para una fructífera discusión, y Simonet no la rehúye: en sus obras son incontables las referencias elogiosas al gran arabista holandés Reinhart Dozy, por más que rechace buena parte de sus tesis.
No ocurre lo mismo con las obras de propaganda ideológica o política, o de mero propósito crematístico, pero revestidas de aparato (o revestimiento) historiográfico. Un ejemplo de ello sería Ignacio Olagüe (1903-1974), que dio una curiosa vuelta de tuerca a la tesis de Simonet en su Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne, título con el que se publicó en 1969 lo que después se llamaría La Revolución Islámica en Occidente. Como nacionalista español (había militado en las JONS) Olagüe hispaniza totalmente Al-Ándalus: no habría sido invadido en ningún momento, sino que los antitrinitarios arrianos españoles se transmutaron ellos mismos en musulmanes. Mientras que el valor de esta obra para la mejor comprensión de la España musulmana es nulo, puede resultar de interés observar el contraste entre el autor (que afirma que Al-Ándalus no debe nada a árabes y norteafricanos) y los actuales defensores y promotores de dicha obra (que defienden la pertenencia de España a Dar al-Islam).
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| La Alhambra, por supuesto. |


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