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viernes, 22 de septiembre de 2017

Juan Luis Vives, Tratado del socorro de los pobres


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Comunicamos hoy otra obra del autor de los Diálogos o Linguæ Latinæ Exercitatio. Pero el humanista Juan Luis Vives fue también innovador en el campo del pensamiento social con su De subventione pauperum. José Vicente Gómez Bayarri, en su Vigencia actual de la obra del humanista valenciano Juan Luis Vives (Revista Valenciana d'Estudis Autonòmics, 60, 2015: 5-55) lo expone así: «En este tratado, nuestro humanista se plantea y analiza la problemática de la beneficencia como función social y está considerado como un monumento pragmático de la sociología de la época y una obra precursora de muchas de las ideas de la sociología moderna e, incluso, algunas de sus propuestas tienen de vigencia en el mundo actual. Es un verdadero ensayo sobre la organización municipal o estatal de la beneficencia pública con el objetivo primordial de remediar la pobreza, no valiéndose sólo de la limosna sino acudiendo a otras medidas que las instituciones públicas y privadas deben poner al servicio de la sociedad para atajar la plaga del pauperismo. Vives en De subventione pauperum interpreta, según Marcel Bataillon, el espíritu de las ciudades que empezaban a tener conciencia de la necesidad de organizar la beneficencia pública y los deseos de una reforma de orden intelectual, moral y religiosa que encarna perfectamente nuestro pensador, a la vez que su mentalidad puritana y laboriosa concuerda con las aspiraciones de ciertos sectores de la ciudad de Brujas que soñaban en la prosperidad por medio del trabajo. Su sentido social de la vida municipal le llevó a identificarse con los regidores que aspiraban a poner ciertos intereses particulares al servicio del bien común de los ciudadanos.»

Por su parte, Víctor Lillo Castañ, en su artículo Un reformista en la corte de los Austrias: sobre el autor de Omníbona, una utopía castellana anónima del siglo XVI (Studia Aurea, 10, 2016: 105-129), se refería así a la obra que presentamos, a la que considera una de las fuentes de la que estudia. Dice así: «Las reformas que acabamos de exponer guardan un evidente parecido con el De subventione pauperum (1526) de Juan Luis Vives, tratado en el que el humanista valenciano abogaba por acabar con la mendicidad. Vives censuraba a los que, pudiendo trabajar, preferían pedir limosna por las calles y las iglesias, proponía censar a los pobres que vivían en sus casas, y que aquellos que pudieran trabajar pero no supieran ningún oficio recibieran instrucción de forma gratuita. El plan asistencial de Vives desplazaba a la Iglesia del papel que tradicionalmente había desempeñado en la beneficencia; la tarea de recolectar y distribuir el dinero entre los pobres recaía ahora en los consejos municipales, encargados de la correcta administración de los hospitales y las casas de acogida (...)

»El De subventione pauperum no estuvo exento de polémica. En una carta fechada en agosto de 1527, Vives confesaba a su amigo Cranevelt que Nicolas de Bureau había “atacado con fortísimas críticas mi librito sobre los pobres. Lo declara herético y fautor de la facción luterana; parece ser que amenaza con denunciarlo”. Aunque no sabemos con certeza qué motivó esta airada reacción, Bataillon sugiere que podría deberse a que Bureau era un fraile franciscano y que, al pertenecer a una orden mendicante, no debió ver con muy buenos ojos las propuestas de Vives. A pesar de que el humanista valenciano se mostrara sorprendido ante tal acusación, pues admite que se esmeró en no ofender a nadie con su tratado, lo cierto es que el De subventione pauperum estaba destinado a levantar ampollas. En 1530, cuatro años después de su publicación se escuchan ecos de la misma polémica en Ypres donde “representantes de las cuatro órdenes mendicantes (...), denunciaban los estatutos reformistas de la ciudad” (Santolaria) que prohibían la mendicidad y apostaban por secularizar las ayudas a los pobres, al considerar que estaban basados en la doctrina luterana.

»Pero, dejando de lado la comprensible oposición de las órdenes mendicantes, ¿había motivos para considerar que las reformas del De subventione pauperum (...) eran de cuño luterano? El tratado de Vives, como se ha señalado, era mucho más revolucionario por su fondo que por su forma —en vano buscaremos en sus páginas ataque alguno a los frailes mendicantes, aunque en parte fuera por ahí por donde le vinieran las críticas—. En palabras de Bataillon, “el tema que abordaba —la extinción del pauperismo, como dirá el siglo XIX— desde luego tenía el alcance suficiente como para poner en tela de juicio la estructura económica de la sociedad al mismo tiempo que la moral” (Bataillon). El opúsculo del valenciano, además, coincidía en lo esencial con las medidas en contra de la mendicidad aprobadas unos años antes en Wittenberg (1522), Altemburg (1522) o Leising (1523) “cuyas ordenanzas de pobres habían sido inspiradas por adalides del luteranismo (…) como Andreas Carlstadt, Wenzel Lick o el mismo Lutero” (Pérez García). A pesar de estas coincidencias, no me atrevería a tildar de luterano el De subventione pauperum. Creo, con Michele Fatica, más sensato suponer que tanto Lutero como Vives participan de una mentalidad común, la de una clase media urbana que busca soluciones nuevas y radicales al problema inveterado de la pobreza.»

Jacques Callot, Mendigos, talla dulce y aguafuerte, 1622

viernes, 4 de agosto de 2017

Juan Luis Vives, Diálogos o Linguæ Latinæ Exercitatio


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En ocasiones, los lectores de una obra descubren en ella propósitos y valores que manifiestamente escapan a la intencionalidad de su autor. Y esto puede ocurrir tanto a sus contemporáneos como a las generaciones posteriores. Un ejemplo claro lo tenemos en esta obra tardía del gran humanista valenciano Juan Luis Vives (1492-1540). En la dedicatoria al príncipe Felipe explicita su objetivo: «De utilidad suma es el conocimiento de la lengua latina para hablar y aun para pensar rectamente. Viene a ser esta lengua como un tesoro de erudición y como una disciplina, porque en latín escribieron sus enseñanzas grandes y óptimos ingenios. Y para la juventud este estudio no embaraza, sino que, al contrario, hace fáciles otros estudios y ocupaciones del entendimiento. Para el conocimiento de la lengua latina escribí estos primeros ejercicios, que espero sean provechosos a la niñez, y me pareció que debía dedicártelos a ti, Príncipe dócil y grande esperanza, y ello por ti y por la benevolencia que me mostró siempre tu padre, que educa tu ánimo excelentemente en las rectas costumbres de España, que es la patria mía, cuya conservación estará mañana fiada a tu probidad y sabiduría.»

El interés propedéutico de Vives es manifiesto, y este uso ha tenido la obra hasta bien entrado el siglo XIX, multiplicando sus ediciones. Muchos ejemplares sobreviven con las anotaciones manuscritas que testimonian su prolongado uso escolar. Ahora bien, el humanismo renacentista, del que ya hemos comunicado numerosos ejemplos en Clásicos de Historia, acude con frecuencia a la forma dialogada: la admiración por lo greco-romano, su uso continuado a lo largo de los siglos medievales, y el nuevo prestigio que le conceden las obras de Erasmo de Rotterdam o Tomás Moro, explican su uso en una obra que quiere enseñar a los jóvenes el uso del latín como nueva lengua viva, renacida y depurada de lo que se consideran barbarismo escolásticos. Los objetivos se alcanzaron plena y prolongadamente, como testimonian las más de cincuenta ediciones sólo durante el siglo XVII, y las numerosas traducciones a todas las lenguas modernas. Pero a estos logros suma uno más: nos describe con gran viveza la vida común de su tiempo. Carmen Bravo-Villasante, en su Los Diálogos escolares de Juan Luis Vives, lo exponía así:

«Los Ejercicios de lengua latina o Diálogos resumen y concentran estas dos intenciones : el uso del diálogo y la enseñanza. Pero hay algo nuevo e interesantísimo para nosotros en la actualidad. Del interés que pudieran tener los diálogos de Vives como libro didáctico se ha pasado a considerarlo como libro costumbrista, como vademecum de la vida diaria de la Europa de 1537 (…) En este sentido, el libro de Vives es un verdadero documento histórico, y el diálogo contribuye a acentuar el realismo de las escenas. En el Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés, escrito en 1528, aunque no se publicó hasta mucho más tarde (aunque es seguro que correría en copias, como era costumbre), se insiste en que hay que escribir como se habla. Precisamente la función del diálogo en el Renacimiento (aparte de revivir los diálogos platónicos) y en nuestro Vives, es llevar a cabo este deseo de escribir como se habla. Los niños, los estudiantes, los príncipes, las mujeres, los maestros, los vendedores, todos, en sus conversaciones están reflejados en los Diálogos con absoluto realismo. El diálogo es un intento de reflejar la conversación coloquial, aunque también había diálogos escolásticos y pedantes. (…)

»Vives utilizó los diálogos como método de enseñanza y al mismo tiempo como género de esparcimiento... No era un dómine pedante, el libro correspondía a un maestro de nuevo estilo. El diálogo era la forma de comunicación humana más real y más próxima, lo contrario de la reflexión de un solitario. El diálogo presentaba los distintos puntos de vista de los coloquiantes, y procuraba sensación de libertad y soltura. En la simple conversación, con sencillez y claridad y gracia el diálogo era la representación de la vida en toda su complejidad. El diálogo estaba en el extremo opuesto del dogmatismo de los tratados, y sobre todo de la pesadez y el aburrimiento. Frente a la rigidez de la pedagogía escolástica, el diálogo era amenidad y soltura. Si como método de enseñanza era perfecto y muy nuevo el libro de los Diálogos de Juan Luis Vives, pasados los siglos la obra queda como dechado de costumbrismo y reflejo de la vida real. Es curioso, pues, que un libro que fue concebido como Ejercicios de la lengua latina se haya convertido en una obra literaria documental de una determinada época que revive a través de los animados diálogos.»