lunes, 10 de mayo de 2021

Mariano de Castro y Duque, Descripción de China

Retrato de desconocido

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El interés por conocer a fondo la civilización china se multiplicó en Europa desde el siglo XVIII, fundamentalmente a través de la labor de los misioneros jesuitas, de los que hemos comunicado las pasadas semanas diversas obras de tres personajes destacados: Diego de Pantoja, Dominique Parennin y Joseph de Moyriac de Mailla. Por otra parte, en el siglo XIX los contactos de las potencias europeas se incrementaron, en buena medida por medio de un intervencionismo violento, que se resume en las dos guerras del opio (1839-42 y 1856-60) promovidas por el Imperio Británico. El resultado son concesiones territoriales y comerciales, que se reproducen con otros países como Rusia, Estados Unidos, Francia, y más tarde Alemania, Japón… China entró por tanto en una situación semicolonial, de la que sólo saldrá en el siglo XX tras el establecimiento del comunismo.

En cualquier caso, continuó creciendo el interés por la cultura y especialmente por los productos chinos (seda, porcelana, té, lacas…) durante el siglo XIX. Ahora bien, la admiración que ha provocado en los siglos anteriores comienza a verse afectada por el naciente racismo contemporáneo fruto de la Ilustración, de los avances científicos y tecnológicos y de las revoluciones políticas. La consecuencia es el patente “complejo de superioridad” que oscila entre un paternalismo comprensivo y una crítica despectiva hacia las sociedades que se consideran primitivas o fracasadas, y en cualquier caso destinadas a aculturarse satisfactoriamente con Occidente. En las cartas de jesuitas se discrepaba y se criticaban algunos valores o comportamientos chinos, pero se respetaba la cultura, la sociedad y las personas chinas; este respeto es el que aparentemente se ha diluido con rapidez ante el embate de la modernidad.

La obra que comunicamos esta semana es una mera descripción de China, breve, somera y superficial, casi apropiada para incluirla en una enciclopedia, publicada en 1862 con el equívoco título Compendio de la Historia de la China. Su gobierno, leyes, ciencias, artes, industria, comercio, navegación, usos y costumbres. Su autor (del que no tengo referencias) la presenta como traducida del francés, y como resumen “que aunque rápido, es muy fiel”, de la magna Histoire générale de la Chine, ou Annales de cet Empire, de nuestro conocido Moyriac de Mailla, con la que es evidente que no guarda ninguna relación: la historia es meramente orillada. Sin embargo, su valor puede radicar en que nos muestra la percepción general de China que se generaliza a mediados del XIX, y que se reproducirá por medio de la literatura, las artes, la música y, más tarde, del cine.

Hergé, El Loto Azul (1936)

lunes, 3 de mayo de 2021

Joseph-Anne-Marie de Moyriac de Mailla, Cartas desde China (1715-1733)

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Si en la entrega de la pasada semana observábamos cómo las cartas de Parennin transmitían a los europeos de su tiempo el conocimiento de la cultura china, con satisfacción y no poca admiración, hoy presentamos las de otro misionero jesuita en China, de recorrido vital semejante: Joseph-Anne-Marie de Moyriac de Mailla (1669-1748), generalmente conocido como el padre Mailla. Sin embargo, sólo la primera de las cinco cartas seleccionadas puede comparase con las que publicamos de Parennin: es un extenso informe sobre la isla de Miuan, bautizada como Hermosa (Formosa) por los portugueses, que se encuentra en proceso de conquista por parte del imperio chino. Una buena parte de la isla todavía permanece en manos de sus habitantes nativos, emparentados con los de las islas Filipinas… Desde la capital, Taiuan (que acabará por dar nombre a la isla) mandarines, soldados y comerciantes chinos se esfuerzan en afianzar su posesión.

Pero las restantes cartas seleccionadas son informes rigurosos dirigidos a las autoridades superiores de la Compañía de Jesús, a las que se quiere poner al tanto sobre los conflictos que periódicamente se producen y afectan a la marcha de la misión. Son consecuencia del choque cultural que supone la introducción y difusión del cristianismo y de otros valores occidentales en el seno de la milenaria civilización china. A través de la reproducción de las disposiciones que se publican, podremos observar las reacciones de las élites del Imperio, y las variadas maniobras políticas que se emprenden. Y asimismo, las abundantes gestiones que los misioneros llevan a cabo en su defensa, movilizando simpatizantes, publicando memoriales, aduciendo leyes y pronunciamientos previos, y siempre pretendiendo lograr la protección del emperador. Los resultados de este activismo son parvos, y los misioneros serán proscritos progresivamente de las distintas provincias y deberán trasladarse al Macao portugués. Sólo subsistirá el núcleo establecido en Pekín, por las elevadas funciones culturales que desempeñan en la Corte.

El padre Mailla, matemático y lingüista, destaca sobre todo por su labor como historiador al emprender la traducción de una de las obras cumbres de la historiografía china, de compleja elaboración. El erudito Sima Guang (1019-1086), en tiempos de la dinastía Song, compiló la historia de China desde el siglo V a. C. en su Zizhi Tongjian (Espejo completo en ayuda de la gobernanza), en 294 volúmenes. Un siglo después, los discípulos del confuciano Zhu Xi (1130-1200), basándose en las enseñanzas de su maestro elaboraron el Tongjian Gangmu (1172), extracto del anterior, y al mismo tiempo reinterpretación crítica. Con la dinastía Quing fue traducida al idioma manchú, y es esta la versión que usó el padre Mailla para su traducción al francés. Se publicará póstumamente en París entre 1777 y 1783, al cuidado del abate Grossier, con el título Histoire générale de la Chine, ou Annales de cet Empire, en doce volúmenes. A partir de entonces constituirá la principal fuente para el conocimiento de la historia china en Occidente.

Xu Yang, Vista de Suzhou (siglo XVIII)


lunes, 26 de abril de 2021

Dominique Parennin, Sobre la antigüedad y excelencia de la civilización china (Cartas 1723-1740)


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La semana pasada comunicamos el relato que Diego de Pantoja nos hizo del establecimiento de los jesuitas en China. Durante los siglos XVII y XVIII floreció esta misión gracias a su permanente contacto con la corte del emperador, donde desempeñaron un importante papel a la hora de introducir progresivamente abundantes elementos de las ciencias europeas. Pero hoy nos fijaremos en la dirección contraria, en la difusión del conocimiento en Europa de la civilización china y de otras culturas extraeuropeas, gracias a la abundante correspondencia (escritos, traducciones, obras completas) que los jesuitas establecidos en China mantuvieron con sus superiores, con familiares, académicos y científicos de toda Europa, ya que su procedencia era así de variada. Muchas de estas cartas se coleccionaron en fecha temprana en las Lettres édifiantes et curieuses ecrites des missions etrangeres, par quelques missionnaires de la Compagnie de Jesus, publicadas en Francia entre 1702 y 1776 en 34 tomos. El interés que despertaron hizo que se multiplicaran las traducciones a los principales idiomas modernos. En español, entre 1753 y 1757, en dieciséis volúmenes.

En esta ocasión hemos escogido cinco cartas de Dominique Parennin (1665-1741), uno de los más destacados e influyentes sabios jesuitas, dirigidas unas a Bernard Le Bovier de Fontenelle, de la Academia Francesa y secretario perpetuo de la Academia de las Ciencias, y otras a Jean-Jacques Dortous de Mairan, director de la citada Academia de las Ciencias. Su larga estancia en China de más de cuarenta años, su privilegiada posición en la corte, especialmente en tiempos del emperador Kangxi (1654-1722), y su dominio de las lenguas china y manchú, le permitieron transmitir una visión profunda y realista de la cultura china, nada sesgada en un sentido u otro, con un talante acorde con los valores de la Ilustración. Parennin se admira de los logros chinos, pero no oculta lo que considera elementos retardatarios, y rechaza teorías entonces vigentes como la consideración de la cultura egipcia como origen de la china. (Sin embargo, este planteamiento hiperdifusionista llegará hasta el siglo XX, con autores como Grafton Elliot Smith y William James Perry.) Su prestigio convirtió a Parennin en un importante referente de los cristianos en China y principal interlocutor con las autoridades, especialmente en los reiterativos conflictos y persecuciones, que relata en otras cartas que aquí no incluimos.

Nuestro autor murió en Pekín en 1741, pocos meses después de redactar su última carta. Uno de sus compañeros jesuitas, Chalier, remitirá una carta necrológica que se publicará en la Lettres édifiantes y tendrá considerable repercusión. Entre otros, se extractará en el tomo segundo del Nouveau Supplement au grand Dictionnaire Historique, genealogique, geographique, &c. de M. Louis Moreri, publicado en París en 1749. También Voltaire se referirá a Parennin en su Diccionario Filosófico, de un modo un tanto ambivalente, dado su arraigado y pertinaz prejuicio anticatólico. Es lógico, ya que el conocimiento de China que explaya en esta obra y en su La Filosofía de la Historia, procede básicamente de las Cartas edificantes. No dejará sin embargo de condenar la obra de los misioneros, y de felicitarse de su definitiva prohibición. En esta edición de las cartas de Parennin de temática científica y cultural, reproducimos también la necrología del padre Chalier.


lunes, 19 de abril de 2021

Diego de Pantoja, Relación de las cosas de China (1602)

Retrato ideal por Wan Li

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Diego de Pantoja nació en Valdemoro en 1571, y joven todavía se embarcó en Lisboa con destino a las misiones jesuitas de Oriente. En 1597 se encontraba en Macao a la espera de dirigirse a Japón. Sin embargo, las circunstancias alteran sus planes: dos años después marcha a Nankín para colaborar con Matteo Ricci en sus esfuerzos para integrar el cristianismo en la cultura y la sociedad china; eso sí, cultura confuciana y sociedad acomodada. Las dificultades serán abundantes, pero finalmente lograrán establecerse en Pekín, y relacionarse estrechamente con letrados y mandarines. La carta que remite a Luis de Guzmán, un superior de su orden, en 1602, y que hoy reproducimos, contendrá una relación de la aventura, y sobre todo una extensa descripción de la China de los Ming. Pronto será impresa, con apresuramiento y abundantes erratas que hemos corregido en algunas ocasiones, bajo el título de Relación de la entrada de algunos padres de la Compañía de Jesús en la China, y particulares sucesos que tuvieron, y de cosas muy notables que vieron en el mismo reino. Será pronto traducida y reproducida por toda Europa, y contribuirá a corregir viejos errores, como la distinción entre China y Catay. Aunque también generalizará nuevos estereotipos...

Escribe Ignacio J. Ramos en el volumen colectivo dedicado a nuestro autor con motivo del cuarto centenario de su muerte, titulado Diego de Pantoja SJ. Un puente con la China de los Ming (Aranjuez 2018): «Diego de Pantoja llegó a China por sus grandes dotes para las lenguas, su excelencia en conocimientos humanísticos y científicos (por ejemplo, en retórica, música, matemáticas, astronomía o cartografía), y por la flexibilidad, sagacidad y apertura de su carácter. Fue embajador de valores y creencias alternativas a los de la China Ming, siendo, a la vez, aprendiz aventajado de la cultura autóctona. Eso le hizo protagonista de un modo de inculturación no visto hasta entonces, alternativo a cualquier tipo de parasitismo o actitud colonizadora. Esta forma de vivir como “puente entre culturas” le hizo acreedor de la mayor confianza mostrada por un emperador Ming hacia un extranjero hasta entonces: se le concedió un pedazo de terreno para poder enterrar a su maestro (Matteo Ricci) y asentarse para poder tratar en paz con toda clase de gente, erudita y sencilla, que viniese a verlo. Dicha pieza de terreno se conserva hasta hoy y es el cementerio de Zhalan, un lugar muy especial dentro del propio Beijing que merece la pena conocer.»

Y en el mismo volumen, Fernando Mateos se refiere a su producción escrita: «El P. Pantoja intensificó asimismo su labor de escritor en temas históricos, geográficos, bíblicos, catequéticos y apologéticos. Desde 1611 a 1616 publicó en Pekín nueve obras escritas en chino; entre ellas sobresale la titulada Las siete victorias qikedaquan (contra los siete pecados capitales), varias veces reimpresa en los siglos siguientes. Esta obra mereció que el emperador manchú Chien Lung la incluyera en el año 1778 en su gran colección de libros excelentes.» En relación con estos éxitos literarios de la misión jesuita, escribía ya en 1640 el portugués Álvaro Semmedo en su Imperio de la China y la cultura evangélica en él (Madrid 1642): «Agradábanse mucho de los libros que imprimíamos y derramábamos de nuestra doctrina, compuestos en su propia lengua, como eran un Catecismo copioso, algunos Tratados de cosas morales, algunos de Matemáticas, y otros de religiosas curiosidades. El padre Diego Pantoja publicó uno de las Siete virtudes y de sus siete contrarios, con tanto espíritu, que los propios letrados mandarines, solamente de verlo, fueron conmovidos a imprimirlo por su gusto en diversas provincias, añadiéndole proemios y poesías en alabanza de los padres y de nuestra fe.» Sin embargo, en 1617 los jesuitas serán temporalmente expulsados de Pekín, y Pantoja regresó al Macao portugués, donde fallecerá pocos meses después, tras veintiún años de estancia continuada en China.

Mateo Ricci y Paulo Guangqu,
en Athanasius Kircher,
China Monumentis, qua sacris qua profanis (1667)

lunes, 12 de abril de 2021

Charles-Jacques Poncet, Relación de mi viaje a Etiopía (1698-1701)

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Charles-Jacques Poncet (1655-1708) nació en Saint-Claude del Franco Condado, y por tanto súbdito de la monarquía hispánica. Sin embargo, la Guerra de los Treinta Años había provocado tales padecimientos a este territorio, que hacia la fecha del nacimiento de nuestro autor había perdido dos terceras partes de su población, por las muertes y la emigración hacia las actuales Suiza e Italia. Y a pesar del preponderante sentimiento antifrancés, con el tratado de Nimega (1678) pasó a orbitar definitivamente alrededor del rey-sol, Luis XIV. Poncet, médico, farmacéutico y químico, encomiará (en el texto que nos ha dejado) al rey francés, pero se extrañará joven del reino, y se establecerá en Egipto, desde donde, años después, realizará la expedición cuyo relato hoy reproducimos. Su regreso a Francia será de breve duración, y pasará los últimos años de su vida en Persia, donde morirá en 1706 o 1708, en Ispahan.

Sobre el texto que nos ocupa, escribe Marta Torres Santo Domingo en La aventura de los misioneros en Etiopía: recorrido bibliográfico desde la Biblioteca Histórica (Pecia Complutense 2010): «Un breve testimonio nos queda, todavía, de la visita del único europeo que consiguió entrar en Etiopía en el siglo XVII tras la expulsión de los jesuitas. Nos referimos a Charles Jacques Poncet, físico francés del que se sabe que estaba establecido en El Cairo hacia el año 1698. Un enviado del emperador etíope requirió sus servicios para tratar al emperador de una rara enfermedad que podría ser lepra. Poncet emprendió viaje desde El Cairo remontando el Nilo y atravesando Nubia y Sudán hasta llegar a Gondar, en Etiopía. Consiguió curar al enfermo y, mientras duraba el tratamiento, pasó varios meses en el país, explorándolo y conociéndolo. Tras su regreso, fue a Francia a relatar su viaje e intentó establecer relaciones diplomáticas entre el Emperador y Luis XIV pero, finalmente, el intento fracasó y el viaje quedó desacreditado.

»Fueron los jesuitas quienes tuvieron interés en publicar el relato de este viaje porque, en su inicio, a Poncet le acompañó un jesuita, el padre Brevedent, quien vio la oportunidad de intentar restablecer la misión. Dadas las circunstancias de la marcha de la Compañía de Etiopía años antes, Brevedent viajó de incógnito disfrazado de sirviente, aunque de poco sirvió la estratagema pues murió poco antes de llegar a Etiopía. El relato se difundió a través de las Lettres edifiantes et curieuses cuyo tomo cuarto lo incluye (Paris, chez Nicolas Le Clerc..., 1704; y Paris, chez Jean Barbou.., 1713). A partir de ahí se hizo alguna traducción del viaje. En español, contamos con las Cartas edificantes y curiosas, cuyo primer volumen (Madrid: en la oficina de la viuda de Manuel Fernandez..., 1753) incluye el viaje de Poncet.

»Este viaje ha sido objeto recientemente de una recreación novelada, de mucho éxito, a cargo del escritor francés Jean-Cristophe Rufin quien, con el título El Abisinio, lleva a cabo una fabulación en la que conjuga intrigas palaciegas, misiones diplomáticas e historias de amor y amistad con Etiopía al fondo. Con las aventuras de Charles Jacques Poncet y el padre jesuita Brevedant terminamos estas notas sobre los misioneros en Etiopía. En el siglo XVIII, los misioneros dejan paso a los científicos y comienza una nueva etapa en los viajes de exploración que, para el caso de Etiopía y las fuentes del Nilo, tiene en James Bruce su protagonista indiscutible.»

John Senex, hacia 1725

viernes, 9 de abril de 2021

NUEVO AVISO DE GOOGLE

 


He recibido el aviso cuya captura de pantalla reproduzco arriba. No he recibido ningún correo electrónico, por lo que no dispongo de ningún dato. Tras una tediosa búsqueda, sólo he encontrado una entrada en borrador, perteneciente a un viejo blog de aula inactivo, sin enlaces de descarga. También he revisado los Drive que alojan a los Clásicos de Historia, y aparentemente todos están activos. ¡Lástima de tiempo dedicado a ello!

En fin, esto resulta un tanto reiterativo, lo que comunico a todos los usuarios.

lunes, 5 de abril de 2021

Thomas Robert Malthus, Ensayo sobre el principio de la población

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A lo largo de la historia, numerosos intelectuales han propuesto lo que aprecian como un valioso descubrimiento que les permite reinterpretar en todo o en parte el mundo y el pasado de la humanidad. Hemos visto muchos casos en Clásicos de la Historia: las razas en Gobineau, la lucha de clases en Marx, la magia como origen de la religión en Frazer… A partir de una afirmación inicial, que se presenta como evidente e indiscutible, se desarrollan unas admirables estructuras lógicas que influirán poderosamente en sus contemporáneos, y darán origen a nuevas construcciones racionales. Ahora bien, el punto de partida en todos los casos, tiene mucho de intuición, cuando no de creencia.

Nuestro aporte de hoy es un buen ejemplo: Thomas Robert Malthus (1766-1834) parte de una aseveración que se hará famosa: los recursos aumentan en progresión aritmética, la población lo hace en geométrica. Y a partir de ahí, se adentra en las consecuencias que advierte en la política, la economía y la moral. Y aprovecha para poner los cimientos de la Demografía, y para criticar a numerosos personajes de su época: Condorcet, Godwin, Owen, y al mismo Adam Smith. Naturalmente, sus propuestas quedaron pronto desfasadas y superadas, cuando no directamente rechazadas, lo que no impide reconocer su importancia al abrir nuevas direcciones a la investigación. Sin embargo, en muchos aspectos puede resultar de gran interés apreciar las continuidades que generó y que se han prolongado hasta el presente. El pasado 16 de enero, José Luis Mateos escribía en Heraldo de Aragón un artículo titulado Un virus muy maltusiano, que reproducimos aquí, y que constituyó el acicate para revisitar a Malthus.

«En 1798, un clérigo anglicano llamado Thomas Malthus discurrió la necesidad de todo lo que nos está ocurriendo en la actualidad en su Ensayo sobre el principio de la población. Tanta influencia tuvo el pastor inglés, protegido del primer ministro británico William Pitt, que el mundo actual está bañado en malthusianismo. Charles Darwin, que estuvo estudiando por el mundo la evolución de las especies, no escapó al influjo maltusiano. Su idea de la evolución de las especies nos abrió los ojos al criticar nuestro antropocentrismo, y defender la idea de que el hombre no es sino el primate que mejor se supo adaptar a las dificultades climáticas y de todo tipo. El mejor. Y Malthus propugnó que era necesario que el hombre aprendiese a controlar su excedente de población ―ya lo hacía a través de las guerras― para que los mejores pudiesen sobrevivir con fortuna. Eso cuando no eran las epidemias las protagonistas. Guerras y epidemias han cribado históricamente a la población. Estas ideas, que pasaron también por las cabezas de Nietzsche, de los jerarcas nazis, comunistas (para quien los mejores son sus mejores) o muchos otros totalitarios, tienen su reflejo en las sociedades actuales.

»Precisamente la China comunista impulsó todo un programa de reducción ―obligatoria, claro― de la natalidad. Pero también en el occidente más o menos democrático vamos en la misma dirección: anticoncepción (qué remedio), retraso en la edad del matrimonio (o como lo queramos llamar), eutanasia… Más claro: se trata de quitar gente de en medio. Antes se decía (Malthus) que era porque faltaban recursos para tanto incremento de la población. Ahora se dice que tanta población humana está acabando con el planeta. Y en lugar de luchar contra los que quieren cargarse la Tierra ―por ejemplo, los que deforestan nuestro gran pulmón, la inmensa cuenca del Amazonas― vamos a cortar por arriba y por abajo a la humanidad. Que haya el menor número de viejos y de bebés. Y de enfermos y discapacitados. Sólo debe sobrevivir el superhombre de Nietzsche. Una manera sutil de acabar con los más débiles es por medio de las epidemias, aunque a veces yerran en el blanco. Históricamente las epidemias estaban fuera del control humano. Pero la ciencia ha avanzado tanto por medio de las vacunas que nos creíamos a salvo. Pero también podemos dejar escapar microbios a investigar, queriendo o sin querer. Y es que 7.700 millones de personas dan mucho quehacer. Máxime cuando la inteligencia artificial ya está sustituyendo a muchas.»