jueves, 11 de junio de 2026

Gareth Jones, Un periodista galés en la Unión Soviética (1930-1935)

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La víspera de cumplir treinta años, tras apenas cinco de carrera periodística, Gareth Richard Vaughan Jones fue asesinado por los bandidos que lo habían secuestrado, en algún lugar de la Mongolia china, colindante tanto con la Unión Soviética como con la Manchuria ocupada por Japón. El ex primer ministro británico David Lloyd George recordaba así al que había sido su secretario:

«Esa parte del mundo es un hervidero de intrigas y conflictos, y seguramente uno u otro grupo de personas involucradas sabía que el señor Gareth Jones estaba demasiado al tanto de lo que sucedía. Le apasionaba descubrir qué ocurría en tierras extranjeras, dondequiera que hubiera problemas, y en el discurrir de sus investigaciones no rehuía ningún peligro. Siempre temí que se arriesgase demasiado. Nada escapaba a su observación, y no permitía que ningún obstáculo lo desviara de su camino cuando creía que había algún dato que podía obtener. Tenía la habilidad casi infalible de llegar a lo que importaba.»

Gareth Jones (1905-1935) tuvo una preparación, una actividad y una influencia considerable a pesar de su corta vida. Con una extraordinaria capacidad para las lenguas, además de sus nativos galés e inglés, hablaba francés, alemán y ruso. Esto le permitió contactar directamente con la gente corriente de muchos países, más allá de la esfera oficial. Fue principalmente un periodista independiente, que publicó sus reportajes, crónicas y entrevistas en un gran número de periódicos británicos y norteamericanos, aunque mantuvo una especial relación con The Western Mail, de Cardiff. Se interesó especialmente por los estados totalitarios de los años treinta, a todos los cuales viajó: Unión Soviética, Alemania y Japón; y en general, por las relaciones internacionales. Pero no descuidó asuntos más próximos, como Irlanda y su Gales natal.

La mayor repercusión de su trabajo la obtuvo con sus artículos sobre la hambruna soviética. Viajó a la URSS en 1930, 1931 y 1933, y en los sucesivos artículos que publica se puede apreciar cómo se deteriora progresivamente la situación económica y social con la colectivización agraria. En su último viaje logra desembarazase de la tutela gubernamental y recorre a pie zonas rurales de Ucrania, donde comprueba la extrema gravedad de la hambruna. Nada más salir del país convoca en Berlín una conferencia de prensa en la que denuncia la catastrófica situación en que se encuentra el mayoritario campesinado de Ucrania y otras zonas. Corrobora así lo que había expresado por esas mismas fechas Malcom Muggeridge en los artículos que incluimos en la pasada entrega de Clásicos de Historia.

La información tuvo una enorme difusión, y naturalmente fue negada rápidamente por intelectuales de izquierda y compañeros de viaje. El corresponsal de The New York Times, Walter Duranty, se apresuró a negar la hambruna y a minimizar aquellas dificultades alimentarias. Las justificó, además, de un modo que será recordado: «Pero, para decirlo sin rodeos, no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos.» En su respuesta, Gareth Jones denuncia el esfuerzo por maquillar la terrible situación: «A la hambruna la llaman eufemísticamente escasez de alimentos y suavizan la expresión morir de hambre para que se lea como mortalidad generalizada por enfermedades debidas a la desnutrición

Hemos tomado estos modélicos ejemplos de investigación periodística de la excelente web de The Gareth Jones Society, con la que su familia y amigos velan por la memoria y la obra de este gran periodista. Son unos cuarenta artículos publicados en The News Chronicle, The Times, The Western Mail, New York Evening Post, The Daily Express, The London Evening Standard, The New York Times, New York American, y Los Angeles Examiner. Quizás puedan resultar un tanto reiterativos, ya que las anécdotas y las reflexiones se repiten necesariamente. Y sin embargo este hecho puede contribuir a que el lector reciba un poderoso efecto acumulativo de la angustia y desesperación que trasmiten al autor los campesinos ucranianos con los que convive.

Ivan Vladimirov, Lección de comunismo a los campesinos

lunes, 1 de junio de 2026

Malcolm Muggeridge, La denuncia de la hambruna soviética

Retrato por Amrita Sher-Gil, 1935

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Las catástrofes humanas (que no humanitarias) se producen por causas naturales o por la acción del hombre, y en este segundo caso con frecuencia son consideradas como meros daños colaterales, consecuencias no deseadas o no previstas (aunque por lo general previsibles). Pero en ocasiones la catástrofe parece ser el fin realmente buscado con unas acciones determinadas. Es el caso de la hambruna que en los años treinta asoló buena parte de la Unión Soviética: especialmente Ucrania, pero también el Cáucaso, Asia central y otras zonas. Posiblemente su objetivo fue doble: sojuzgar definitivamente al campesinado imponiendo la colectivización de la agricultura, y doblegar a las poblaciones culturalmente no rusas.

Sus trágicos resultados, evidentes sobre el terreno, se pretendió que fueran rigurosamente ignorados en el extranjero mediante una cerrazón informativa severa, y también por medio de una propaganda desbocada, en buena parte gracias a la afectuosa colaboración de los numerosos compañeros de viaje occidentales. Sólo unos pocos periodistas, como Muggeridge o Gareth Jones, fueron capaces de atravesar el cordón sanitario establecido por las autoridades soviéticas, visitar las zonas afectadas, y alertar a la opinión mundial.

Malcolm Muggeridge (1903-1990) fue un destacado periodista y escritor británico. Socialista convencido, se trasladó a Moscú en 1932 como corresponsal de The Manchester Guardian. En marzo de 1933 envía por valija diplomática las tres primeras crónicas sobre la hambruna que llegan a Occidente, con el título general de El Soviet y el campesino. Notas de un observador. Aunque su periódico las publica (sin identificar a su autor, como era usual), las evidencias que presenta chocan con su línea editorial. Muggeridge es despedido, y expulsado lógicamente de la URSS. Poco después publicará otra serie de artículos bajo el título Rusia al descubierto, ahora en el diario conservador The Morning Post. Son los artículos que reproducimos aquí en traducción propia. 

También incluimos, como anexo, la carta pública del también periodista Gareth Jones en corroboración de los artículos de Muggeridge; un pasaje de la obra de éste último The Thirties in Great Britain, publicada en Londres en 1940, en el que se refiere a los numerosos intelectuales y periodistas compañeros de viaje de los comunistas, admiradores absolutos de la URSS, que naturalmente se posicionaron en contra de las informaciones de Muggeridge; y como representación de estos últimos, otra carta pública de Bernard Shaw, también de 1933.

En Clásicos de Historia disponemos de un cierto número de obras en las que sus autores quieren transmitir su experiencia personal en la Unión Soviética: el comunista Anton Makarenko, el socialista Fernando de los Ríos, el anarquista Ángel Pestaña, el conservador belga Joseph Douillet, el periodista liberal Manuel Chaves Nogales. Y también sus análisis: el norteamericano John Reed, los españoles Francisco Cambó y Andrés Nin, y el británico Francis Yeats-Brown.

Iván Vladimirov, Requisando el trigo en las cercanías de Pskov, 1922

* * *

Como complemento, traducimos aquí el artículo que Ian Hunter en Report Magazine del 27 de marzo de 2000, con el título A tale of truth and two journalists. Ian Hunter es profesor emérito de la Facultad de Derecho de la Universidad de Western Ontario y fue el primer biógrafo de Malcolm Muggeridge.

UNA HISTORIA VERDADERA Y DOS PERIODISTAS

Cuesta creer que haya pasado una década desde la muerte de Malcolm Muggeridge el 14 de noviembre de 1990. Siendo uno de los periodistas más fascinantes, casi no pasa un día sin que recuerde alguna de sus reflexiones o me maraville de nuevo ante su visión profética.

La integridad periodística de Muggeridge se forjó a raíz de una experiencia traumática: en 1932 viajó a Moscú como corresponsal de The Manchester Guardian. Las dos grandes obsesiones de Joseph Stalin —la colectivización de la agricultura y la deskulakización de los campesinos— se encontraban entonces en su apogeo más sangriento, pero pocos occidentales podrían haberlo intuido a partir de la servil cobertura periodística extranjera. El máximo exponente de la prensa en Moscú era Walter Duranty, del New York Times. Joseph Alsop diría más tarde de él: «Mentir era el oficio de Duranty.»

Durante dos décadas, Duranty fue el corresponsal extranjero más influyente en Rusia. Sus crónicas eran consideradas fidedignas; de hecho, Duranty contribuyó a moldear la política exterior norteamericana. Su biógrafa, Susan Taylor (autora de Stalin’s Apologist, Oxford University Press, 1990), ha demostrado que los reportajes de Duranty fueron un factor crucial en la decisión del presidente Roosevelt en 1933 de reconocer oficialmente a la Unión Soviética.

Duranty, un hombrecillo poco atractivo, hipersexualizado y con una pierna de palo, falsificó hechos, difundió mentiras y medias verdades, inventó sucesos que nunca ocurrieron e hizo la vista gorda ante la hambruna provocada por el hombre que causó la muerte por inanición de más de 14 millones de personas (según una Comisión Internacional de Juristas que examinó esta tragedia entre 1988 y 1990). Cuando comenzaron a filtrarse fragmentos de la verdad, Duranty acuñó la frase: «No se puede hacer una tortilla sin romper huevos». Esta frase, o alguna variante, ha resultado útil desde entonces para una gran variedad de ideólogos que sostienen que un fin noble justifica los medios viles. Sin embargo, cuando el comité del Pulitzer le otorgó el premio a Duranty (en 1932, en el apogeo de la hambruna), citaron su «erudición, profundidad, imparcialidad, buen juicio y excepcional claridad».

Una historia que circulaba entre los informantes de Moscú que intentaban explicar a Duranty era que era necrófilo; a cambio de reportajes favorables, las autoridades soviéticas podrían haberle permitido acceso nocturno sin supervisión a las morgues de la ciudad. Sea cierto o no (y la biógrafa de Duranty, Susan Taylor, deja esta cuestión abierta), lo cierto es que el régimen ejercía algún tipo de control sobre Duranty; lo colmaban de privilegios: un lujoso apartamento, un automóvil y caviar fresco a diario.

Entra entonces en escena Malcolm Muggeridge. En la primavera de 1933, Muggeridge hizo algo audaz: sin permiso, emprendió un viaje en tren a través de lo que antes había sido el granero de la Unión Soviética, Ucrania y el Cáucaso Norte. Muggeridge jamás olvidó lo que presenció. En una serie de artículos que sacó clandestinamente en la valija diplomática, describió una hambruna provocada por el hombre que se había convertido en un holocausto: millones de campesinos muriendo como ganado hambriento, a veces a la vista de graneros repletos, custodiados por el ejército y la policía. «Una madrugada, en una estación de tren, vi una fila de personas con las manos atadas a la espalda, siendo empujadas a punta de pistola hacia vagones de ganado; todo tan silencioso, misterioso y horrible en la penumbra, como un macabro ballet». En una granja cooperativa alemana, un oasis de prosperidad en la colectivización del desierto, vio a campesinos arrodillados en la nieve, mendigando un trozo de pan. En su diario, Muggeridge escribió: «Sea lo que sea que haga o piense en el futuro, jamás fingiré no haber visto esto. Las ideas van y vienen; pero esto es más que una idea. Son campesinos arrodillados en la nieve pidiendo pan. Algo que he visto y comprendido.»

Pero pocos le creyeron. Sus despachos fueron recortados. Fue despedido por The Guardian y obligado a abandonar Rusia. Muggeridge fue vilipendiado, calumniado y difamado, sobre todo en las páginas de The Manchester Guardian, donde la simpatía por lo que se denominaba «el gran experimento soviético» era la norma. La voz de Walter Duranty encabezó el coro de denuncias y negaciones, aunque en privado Duranty le comentó a un conocido del Ministerio de Asuntos Exteriores británico que al menos diez millones de personas habían muerto de hambre, añadiendo, con su característico humor: «Pero sólo son rusos.»

Beatrice Webb (tía política de Muggeridge) admitió que «en la Unión Soviética, la gente desaparece», pero aun así calificó los informes de Muggeridge sobre la hambruna como «viles mentiras». El reverendo Hewlett Johnson, decano de Canterbury, aplaudió la «firmeza y generosidad» de Stalin. George Bernard Shaw realizó una gira relámpago y se declaró plenamente satisfecho de que hubiera comida suficiente para todos en el paraíso obrero.

Si bien la reivindicación tardó en llegar, no pudo ser más dulce que cuando la biógrafa de Duranty, Susan Taylor, escribió en 1990: «De no ser por los relatos de Muggeridge sobre la hambruna de la primavera de 1933 y su tenaz crónica del suceso, las consecuencias del crimen para quienes lo sufrieron bien podrían haber permanecido ocultas al escrutinio público, tal como pretendían sus perpetradores. Ha recibido poco reconocimiento por ello a lo largo de los años, aunque cada vez son más quienes reconocen el singular acto de honestidad y valentía que supuso su reportaje.»

Por desgracia, cuando estas palabras se escribieron, Muggeridge ya había fallecido. Aun así, merece la pena recordarlas.

Ivan Vladimirov, Requisando la vaca.

jueves, 21 de mayo de 2026

José Amador de los Ríos, Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España

Retrato por Federico de Madrazo en 1875

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El profesor Norman Roth, en su artículo Algunos de los primeros hebraístas de España y sus influencias, se refería así a nuestro autor Clásico de esta entrega: «El primer investigador de la cultura y la historia de los judíos españoles fue José Amador de los Ríos. Sin embargo, no fue un hebraísta como (Fidel) Fita, por ejemplo. Amador de los Ríos (1818-1877) es conocido también por sus libros y artículos sobre el arte y la arquitectura de España (tal es el caso de su importante libro Toledo Pintoresca). Fue catedrático de lengua y literatura española en la Universidad de Madrid, y su más importante trabajo sin duda (aunque hoy no es utilizado suficientemente por los investigadores modernos, ni de la literatura ni de la historia) es su Historia de la Literatura Española. También en aquellos magníficos volúmenes hay muchas cosas importantes sobre la literatura y la filosofía judía.

»Pero fue por su libro Estudios Históricos, Políticos y Literarios sobre los Judíos de España (1848) por el que ganó su entrada en la Real Academia de la Historia, y en gran medida también su cátedra en la Universidad de Madrid. Evidentemente, conoció un poco el hebreo, pero no bien; hay errores elementales como, por ejemplo, mashmidim (en caracteres hebreos) en lugar de meshumadim por “conversos”. Más graves son las numerosas erratas de transcripción de nombres hebreos (o arábigos) de autores o sabios judíos, en todos sus libros: Estudios, Historia de la Literatura, y su Historia... de los Judíos. Como Fita, también Amador de los Ríos fue no sólo un investigador objetivo sino simpático. Muchas veces deploró el trato de los judíos españoles a manos de los cristianos —y también a manos de los conversos. Sus “conclusiones” sobre la historia de los judíos en la España medieval son, aun hoy, de gran valor.»

Unos pocos años antes de su muerte, José Amador de los Ríos recordaba así la publicación de la obra juvenil que aquí reproducimos, al iniciar el primer tomo de su Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, versión considerablemente corregida y ampliada de la anterior:

«Hace ya veintisiete años que di a luz los Estudios históricos políticos y literarios sobre los Judíos de España (1848). Logrando estos Ensayos, así en la Península como fuera de ella, acogida sin duda muy superior a su mérito, impúsome desde luego aquel satisfactorio éxito el indeclinable deber de quilatarlos de nuevo, acaudalándolos y perfeccionándolos en lo posible. Ocho años habían apenas trascurrido desde que salieron al público, y más de cinco, sin que hubiera un ejemplar en el mercado: sólo satisfacía los pedidos del extranjero la traducción francesa, debida al entendido Mr. de Magnabal, apasionado cultivador de las letras españolas (…) Otros, en fin, me han favorecido, ahora extractando los expresados Ensayos en revistas y diarios, ahora traduciéndolos parcialmente, no siendo para olvidado en este sitio el peregrino trabajo que, a poco de ser conocidos los indicados Estudios, hicieron los judíos de Constantinopla, imprimiendo en caracteres rabínicos la parte histórica, que constituía el primer Ensayo.»

Pero de lo que se muestra más satisfecho el autor es del reconocimiento general de su imparcialidad, «que me han otorgado no ya solamente los escritores católicos, sino en general los protestantes y los judíos. Dirigiéndose los israelitas de Alemania y en su nombre el doctor Philipson, Rabino de Magdeburgo y redactor principal del Universal del Judaísmo, a las Cortes Constituyentes de 1854, declaraba en efecto de un modo solemne que eran los Estudios sobre los Judíos de España obra enteramente imparcial.»

Y luego concluye: «Inspirados única y exclusivamente por el amor de la verdad... hemos dirigido a este ambicionado blanco, con viva fe y no desmayado anhelo, todos nuestros tiros. Jamás hemos creído que es lícito al historiador apartar su corazón y su inteligencia de la inflexible vara y fiel balanza de la justicia: por eso al publicar en 1848 los Estudios históricos, políticos y literarios sobre los Judíos de España y al trazar ahora, con mayor copia de documentos y mayor severidad expositiva, la Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, hemos esquivado con todo empeño así el cobijar nuestra cabeza con el thephilin de los judíos, como el cubrir nuestro pecho con el escudo del Santo Oficio.»

Hagadá Dorada, Barcelona, 1320

lunes, 11 de mayo de 2026

Joaquim Pedro de Oliveira Martins, Brasil y las colonias portuguesas

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En su Historia de Portugal Joaquim Pedro de Oliveira Martins (1845-1894) se ocupó de la primera fase del imperio portugués, centrado en el Oriente, y expuso su creación y su pronta destrucción. El Brasil y las colonias portuguesas, en cambio, se dedica al imperio americano y africano. Su punto de vista quiere ser riguroso y severo, naturalmente a partir de su posicionamiento ideológico: radical, anticlerical, ejemplo acabado del socialismo de cátedra de tipo fabiano, tan dominante por entonces entre la intelectualidad occidental que se consideraba avanzada.

Y naturalmente, profundamente racista: asume como evidente la superioridad de la raza aria, su necesaria expansión, y por tanto el justificado dominio o erradicación de las consideradas razas inferiores o salvajes: «Contra las patéticas opiniones de un Las Casas se observa el hecho de la incapacidad del indio para pasar por sí mismo de la condición de cazador a la de pastor, y mucho menos a la de agricultor; lo atestigua el fracaso de los asentamientos, experimentos estériles que solo condujeron, por un camino diferente, a la idéntica esclavitud obligatoria, precursora de una extinción fatal.»

Y es que: «los diferentes tipos de hombre forman una jerarquía, dotados de forma diferente; y entre el indio antropófago, entre el hombre que engorda a sus hijos para devorarlos y los vende; entre la madre de cuyos pechos cuelga de un lado al recién nacido, del otro un perro o un mono, y que amamanta a ambos con igual amor; entre estas insignificantes razas humanas y los hombres superiores, existen diferencias tan esenciales como entre ellas y los tipos superiores de animales mudos. En la lucha por la vida, no solo las bestias luchan contra los hombres: los hombres luchan entre sí, y la naturaleza condena a la extinción a quienes están más próximos de las bestias.»

Desde estos presupuestos valora Oliveira Martins el imperio portugués. La distinción clave se encuentra entre las colonias de plantación, que exigen un considerable capital y la servidumbre de muchos trabajadores no blancos, férreamente dominados cuando no directamente esclavizados, y las auténticas colonias formadas por colonos blancos que se adaptan a las nuevas condiciones físicas, reemplazan en su caso a la población preexistente, y recrean las sociedades y cultura de la metrópoli. Es el caso del Brasil y es el modelo preferible para el autor. De hecho recomienda la emigración de los excedentes de población portugueses al todavía imperio brasileño, independiente desde hace años, antes que a las precarias colonias africanas.

El propósito del imperialismo, de las colonias, sostiene Oliveira Martins, radica en el interés de los imperialistas, de los colonizadores, y no en el de las poblaciones dominadas. Considera inútiles los esfuerzos de misioneros y filántropos para elevarlas por encima de su situación presente: «La idea de educar a los negros es, por lo tanto, absurda no solo a la luz de la historia, sino también a la luz de la capacidad mental de estas razas inferiores. Sólo un mestizaje lento y prolongado con sangre más fértil puede transformarlos gradualmente; y eso es precisamente lo que ha estado ocurriendo de forma espontánea y natural desde una época en que los europeos aún no se interesaban por África.» Sostenido este mestizaje a lo largo de los siglos, se producirá un blanqueamiento progresivo, hasta la definitiva desaparición de las razas inferiores y la omnipresencia de la blanca. La ilustración que adjuntamos ejemplifica este planteamiento, que el paso de los años hasta hoy ha demostrado absolutamente erróneo.

* * *

Traducimos a continuación el artículo titulado O deplorável racismo de Oliveira Martins, neurastenia oitocentista e o mito ariano del escritor Joaquim Magalhães de Castro, tomado de Nova Portugalidade (tan nacionalista como nuestro autor, pero aparentemente en sus antípodas ideológicas), 19 de febrero de 2018:

El deplorable racismo de Oliveira Martins,
la neurastenia del siglo XIX y el mito ario

En su obra Entre chinos y malayos, el cardenal José da Costa Nunes (1880-1976), obispo de Macao, responsable de las misiones de Malaca, Singapur y Timor en las primeras décadas del siglo XX, nos da pruebas de la vitalidad de las comunidades cristianas existentes allí, especialmente las de Serembam y Kuala Lumpur, adonde viajó en compañía de «un portugués de Malaca llamado Lopes». Allí lo esperaban 200 personas de ascendencia portuguesa, entre ellas funcionarios del gobierno inglés, médicos, abogados, profesores, comerciantes, terratenientes, empleados de banca y empresas comerciales, «muchas damas y caballeros», en resumen, toda una población euroasiática que se expresaba en papiá kristang y presumía de sus apellidos y su ascendencia portuguesa.

Quizás debido a esta experiencia sobre el terreno, el prelado nacido en las Azores se rebeló contra la postura que, al respecto, mantenía una de las figuras más importantes de la vida intelectual portuguesa de finales del siglo XIX, el historiador, político y sociólogo Joaquim Pedro de Oliveira Martins. Costa Nunes escribe lo siguiente: «Cuando escritores de cualquier país pretenden reivindicar sus glorias nacionales, Oliveira Martins parece sentir un cruel placer en negarlas, como sucede, por ejemplo, en la cuestión de la prioridad del descubrimiento de Australia atribuida a Manuel Godinho de Erédia, natural de Malaca.»

Asumiendo un tono derrotista y padeciendo la neurastenia que afectaba a los hombres de su tiempo, Oliveira Martins atribuyó la posesión de Macao a «una banda de piratas portugueses», y en su opinión, Malaca no era más que «un convento y un cuartel donde comerciaban frailes y soldados», considerando miserables a las poblaciones mestizas de la ciudad y clasificándolas de «degeneradas, simiescas y abyectas». He aquí algunas de sus declaraciones: «Por encima de todo se alza el portugués, con su Erx, templo o fortaleza, que debería haber sido de civilización o de exterminio, y que al final, es una lástima decirlo, fue simplemente el barco que nos llevó, a los portugueses de Malaca, a descender a la condición de degenerados, contaminando nuestra sangre aria, olvidando nuestras tradiciones europeas. Ya he dicho con melancolía que aún hoy hay portugueses en Malaca, pero que estos portugueses son como los orangutanes. Al entrar en contacto con la descomposición venenosa del Lejano Oriente, nos intoxicamos.»

El renombrado historiador, reconocido como «derrotado por la vida», iría más allá, avalando las apreciaciones de un antropólogo, el Dr. Yvan, quien había analizado la constitución física de los cristianos portugueses de Malaca, afirmando que «son físicamente horrendos y moralmente abyectos, que tienen rasgos bestiales, que son moralmente degenerados, que son inferiores a los malayos y que ya ha sido borrada de su memoria la tradición, esa añoranza de las razas caídas.» En resumen, un pensamiento muy en línea con el filósofo francés Arthur de Gobineau, autor de Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1855) e inventor de uno de los grandes mitos del racismo contemporáneo, el mito ario, a quien se atribuye la famosa frase: «No creo que descendamos de los monos, pero creo que vamos en esa dirección.»

Cabe recordar que fue en hombres como Gobineau, y posteriormente en el inglés Houston Stewart Chamberlain, en quienes Adolf Hitler se inspiró para poner en práctica su tristemente famosa «solución final».

Al igual que Gobineau, Oliveira Martins era abiertamente racista, pues defendía la tesis de que los pueblos formados por negros e indígenas eran incapaces del tan ansiado progreso. Parece obvio que el distinguido historiador nunca pisó el Lejano Oriente, si es que alguna vez abandonó la Península Ibérica, que tanto admiraba, pues era un iberista acérrimo.

Persistentes, conscientes de sus tradiciones centenarias, los habitantes de aquel vecindario, los calificados como orangutanes por Oliveira Martins, afortunadamente sobrevivieron a todas estas dificultades y continúan celebrando la Navidad, el Carnaval, la Pascua y, sobre todo, la festividad de San Pedro, patrón de los pescadores, a finales de junio, incluida en el calendario oficial de los servicios turísticos de Malasia. La festividad más popular del país, San Pedro, como se le conoce, es una excelente excusa para el reencuentro entre residentes y sus familias de Singapur, Kuala Lumpur y otras provincias de Malasia. Pero hablaremos de esa festividad otro día.

Joaquim Magalhães de Castro

La Redención de Cam (1895), del hispano-brasileño Modesto Brocos, es una muestra del planteamiento racista dominante en buena parte de las sociedades de la época: la abuela negra, la hija mulata, la nieta blanca. La satisfacción del padre blanco de esta última, al igual que el título de la obra, atestigua el enaltecimiento del blanqueamiento, el objetivo de hacer desaparecer de la población del Brasil (y quizás en todas partes) los caracteres considerados inferiores.

viernes, 1 de mayo de 2026

Joaquim Pedro de Oliveira Martins, Historia de Portugal

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El portugués Joaquim Pedro de Oliveira Martins (1845-1894) fue un autor afortunado en nuestro país, repetidamente encomiado por autores tan disímiles como Menéndez Pelayo, Valera, Juderías, Unamuno y Altamira, y en su día comunicamos su Historia de la Civilización Ibérica, que fue traducida al español en vida del autor. No así otras dos interesantes obras que nos proponemos incluir en Clásicos de Historia: la Historia de Portugal y la que podemos considerar su complemento, Brasil y las colonias portuguesas (dejamos por ahora de lado su Portugal contemporáneo). En una Advertencia preliminar en la primera de estas obras, Oliveira Martins se expresa así:

«En la Historia de la Civilización Ibérica intentamos estudiar el sistema de instituciones e ideas de la sociedad peninsular para explicar su vida colectiva, orgánica y moral. Allí consideramos la sociedad como un individuo y buscamos representarla física y moralmente. Ahora nuestro propósito es diferente... La mitad de la historia portuguesa está, por lo tanto, escrita en la Historia de la Civilización Ibérica: la mitad que trata de la vida de la sociedad, como un ente orgánico y moral. Se entenderá, pues, que nos abstendremos ahora de repetir lo dicho y que nos limitaremos a remitir al lector al libro precedente, indicando, cuando sea necesario, dónde se encuentra la explicación de las causas generales a las que el texto alude.

»Queda por hacer la segunda mitad; queda por caracterizar lo particular de la historia portuguesa. Resta dar vida a sus personajes y representar de forma realista el escenario en el que se desenvuelven: tal es el propósito de este libro, cuyas dificultades de ejecución superan con creces las del anterior. Antes, bastaban el conocimiento y el pensamiento; uno para describir cómo eran las cosas, el otro para indicar el principio y el sistema de la civilización. Ahora se requiere un talento especial, intuición histórica y un estilo que transmita la vitalidad propia de los seres vivos. Será necesaria toda la paciencia del lector para disculpar las imperfecciones del libro.

»Es necesario señalar otro aspecto y evitar una impresión equivocada en quien lea ambas obras sucesivamente. La Historia de Portugal consiste en una serie de escenas en las que, en su mayoría, el carácter de los hombres, sus acciones, los motivos inmediatos que las determinan y las condiciones y la forma en que se realizan, merecen más reproche que aplauso. Crímenes brutales, pasiones viles, abyecciones y miserias suelen componer la existencia humana; y por ello, más de un moralista ha condenado el estudio de la historia como perjudicial para la educación. En cambio, la Historia de la Civilización Ibérica destila un entusiasmo optimista que, a primera vista, parecería contradictorio con el carácter mezquino y ruin que presentan las acciones humanas. Un ejemplo bastará para demostrar este antagonismo: antes considerábamos las conquistas americanas y asiáticas una hazaña heroica; y ahora veremos la montaña de ignominia que es el imperio portugués en Oriente.»

Naturalmente, esta Historia de Portugal resulta bien diferente del Epítome barroco de Manuel de Faria, que presentamos hace unas semanas. En primer lugar, parte de lo evidente: Portugal nace con la creación del condado de Portugal y de su separación del reino de León; la nación es el resultado de la actuación de una persona determinada. Y Oliveira, además, puede aprovechar el ingente trabajo realizado por numerosos investigadores, como Alexandre Herculano (1810-1877), autor de una documentada y extensa Historia de Portugal (que sólo alcanza el siglo XIII).

Pero la obra de Oliveira es, como todas, hija de su tiempo… y de sus planteamientos ideológicos: el autor juzga, toma partido ante los acontecimientos, y hace responsable a los culpables. Así, en lo referente al fracaso del imperio portugués en Asia (capítulo «El viaje a la India»), la deplorable casa de Avis, la incuria de la Inquisición, la catástrofe de la Jornada de África, el dominio español, la incapacidad de la casa de Braganza... Y durante tres siglos el papel atroz que atribuye a los jesuitas en el decurso de los acontecimientos, que resulta curiosamente similar al que desde las orillas ideológicas contrarias se atribuye a la masonería.

Oliveira tiene claro que el resultado necesario de todo ello es, por tanto, la decadencia: tras el éxito en la creación de la nación portuguesa, que culmina con la victoria en Aljubarrota y con la prodigiosa época de los descubrimientos, se produce la progresiva descomposición del reino. La responsabilidad está en las élites, imbuidas de un jesuitismo atroz, pero también en el pueblo, seducido por un sebastianismo adormecedor, esperanzado en la llegada de un redentor prodigioso. Los intentos de corregir la situación (el marqués de Pombal, el oro del Brasil, el liberalismo…) han dado unos resultados limitados por la persistencia de tendencias negativas en la sociedad portuguesa. Olivera concluye así: «¿Continúa la decadencia nacional, aparentemente interrumpida tan solo por ideas revolucionarias y por la restauración de las fuerzas económicas impulsadas por el utilitarismo universal? ¿O estamos presenciando un fenómeno de oscura reconstitución?»

Armada portuguesa, Livro de Lisuarte de Abreu.

martes, 21 de abril de 2026

Edgar Allison Peers, La tragedia española 1930-1936. Dictadura, república y caos

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El pasado martes fue el nonagésimo quinto aniversario de la proclamación de la Segunda República, que falleció a la tierna edad de cinco años tras sufrir abundantes penalidades en su corta vida. Y como ocurrió con el Cid y con Lenin, su cadáver fue traído y llevado hábilmente durante casi tres años más… y también hasta nuestros días su recuerdo mitificado y manipulado en aras de la propaganda. En rigor, no parece que todo esto sea motivo de celebración, como no lo es el noningentésimo nonagésimo quinto aniversario de la deposición del último de los califas de Córdoba. Las consecuencias de estos hechos complejos de hace 95 o 995 años fueron diversos y abundantes, con aspectos positivos y negativos, y los comportamientos de las gentes implicadas, desprendidos e interesados, generosos y egoístas, violentos y pacíficos, justos e injustos… Pero si no hay mucho que celebrar, ni siquiera conmemorar, sí que merecen ser rememorados, es decir, traídos a la memoria, analizados e investigados.

Comunicamos hoy una de las primeras historias de la Segunda República que se publicaron, si no es la primera de todas: habrá que esperar hasta 1940 para que lo hagan las de Josep Plá, Melchor Fernández Almagro y Henry W. Buckley, pero esta última con un carácter de reportaje periodístico muy acusado. Aunque son muy abundantes las obras memorialísticas, las de propaganda, la recogida de documentos y los estudios sobre aspectos determinados, no fueron numerosas las síntesis con cierta exigencia científica. En 1956 se publicó el primero de los cuatro tomos que le dedicó Joaquín Arrarás; en 1961 la síntesis, más equilibrada, de Carlos Seco; en 1965 la de Gabriel Jackson

Pues bien, a todas ellas se adelantó el prestigioso hispanista británico Edgar Allison Peers (1891-1952), quizás no tan conocido como otros hispanistas de su tiempo o posteriores. Con largas estancias en España año tras año, Peers fue un importante experto en literatura española, especialmente en el campo de la mística renacentista y barroca, y en el del romanticismo, con numerosas publicaciones y traducciones al inglés. También editó en 1930 una interesante guía de viaje: Spain. A companion to Spanish travel. Un año antes, dedicado a sus alumnos y con la colaboración de otros hispanistas, había coordinado una atractiva síntesis de la geografía, historia, literatura, arte y música española titulada Spain, a Companion to Spanish Studies, que gozará de larga vida con nuevas versiones y nuevos autores.

Allison Peers fue también el fundador en 1923 y editor del importante Bulletin of Spanish Studies, en el que desde 1929 informó sobre la actualidad española en la sección que se llamó «Spain Week by Week», que se convertirá en la fuente principal, junto con los periódicos españoles e ingleses, de su historia de la Segunda República. La redactará fundamentalmente en 1935 y se publicará a finales del año siguiente, por lo que podrá referirse al estallido de la guerra civil en el prefacio, datado en septiembre de 1936, y en el último capítulo de la obra. Y ¿cómo podemos valorarla? ¿qué tendencia política manifiesta? ¿hacia qué lado se inclina? El mismo Peers nos contesta:

«Si bien la imparcialidad absoluta siempre es difícil de alcanzar, he intentado describir los acontecimientos de estos años con la mayor objetividad posible; y los políticos de cualquier bando buscarán en vano sus exageraciones favoritas. No he afirmado, por ejemplo, junto con un autor reciente, que el rigor con el que se libra la guerra contra los católicos supera cualquier cosa imaginable, ni con otro, aún más reciente, que la represión del gobierno fascista español contra los trabajadores de Asturias es tan espantosa que supera cualquier cosa que se haya oído hasta ahora sobre cualquier otro país del mundo.» De todos modos, y a pesar de su sostenido esfuerzo en no tomar partido, pienso que Peers no se molestaría si se le recordara que el interés y simpatía que en él despierta la sociedad catalana, le lleva a aceptar con cierta facilidad algunos planteamientos catalanistas, que no catalanes…

En cualquier caso, su talante es centrado y comprensivo, pero también lúcido y riguroso. Rechaza las fatuas interpretaciones puramente propagandísticas: «En el extranjero, hemos tendido a considerar la guerra como un enfrentamiento entre fascistas y comunistas, entre la mano alzada y el puño cerrado, entre Mussolini y Moscú… (Sin embargo se ha de reconocer) la naturaleza muy heterogénea de las fuerzas de ambos bandos... Entre los rebeldes, unos luchan por distintas manifestaciones del antiguo régimen: por la Iglesia, por la nobleza, quizá por el Rey. Algunos, sin duda, por un retorno a 1923 y a un Estado fascista en una Europa ahora plagada de fascismo. Otros, sin duda, por un retorno a 1931 y un nuevo comienzo en el camino de las reformas, pero con un progreso lento y moderado, no por una continuación del ritmo al que España se había precipitado cuesta abajo hacia su propia destrucción. Las tropas leales (a la República) luchan por objetivos bastante más diversos: algunos simplemente por el derecho inalienable del pueblo a un gobierno de su elección; otros por las reformas que la izquierda ya había emprendido para esa otra República...; algunos por la revolución proletaria...; otros finalmente, por la destrucción de las instituciones odiadas, por la destrucción de cualquier cosa, por la destrucción a secas.»

George Orwell, en 1937, refiriéndose a otra de las obras de Peers de la misma temática, Catalonia Infelix, comenta: «El profesor Allison Peers es la principal autoridad inglesa en Cataluña. Su libro es una historia de la región y, naturalmente, en este momento, los capítulos más interesantes son los del final, en los que describe la guerra y la revolución. A diferencia del Sr. Lunn, el profesor Peers comprende la situación interna del bando gubernamental, y el capítulo XIII de su libro ofrece un excelente análisis de las tensiones y los conflictos entre los distintos partidos políticos. Cree que la guerra puede durar años, que es probable que Franco gane y que no hay esperanza de democracia en España cuando termine la guerra. Todas son conclusiones desalentadoras, pero las dos primeras son muy probablemente correctas y la última, sin duda alguna.» (Time and Tide, 11 de diciembre de 1937; cit. por Joaquim Nadal en Edgar Allison Peers: un hispanista británico y la guerra civil española.)

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La Universidad de Liverpool recuerda así al que fue uno de sus más ilustres profesores:

«Edgar Allison Peers (1891-1952) nació en Leighton Buzzard, hijo de un funcionario que, debido a su trabajo, viajaba frecuentemente al extranjero, lo que le inculcó desde niño una gran pasión por España y todo lo español. Peers estudió en la Dartford Grammar School y posteriormente en el Christ's College de Cambridge. Se licenció en Filología Inglesa y Francesa por la Universidad de Londres y obtuvo la máxima calificación en Lenguas Modernas en Cambridge. Después, cursó estudios de magisterio y enseñó Lenguas Modernas en la Millhill School, la Felstead School en Essex y, finalmente, en el Wellington College.

»Peers fue nombrado profesor de español en 1920 y catedrático Gilmour de español en 1922 en la Universidad de Liverpool, donde permaneció el resto de su vida. Tras la Primera Guerra Mundial, reconoció rápidamente la importancia de los estudios hispánicos en Gran Bretaña y, en 1923, fundó el Bulletin of Hispanic Studies, que incluía su columna de análisis contemporáneo, “Spain, Week by Week”. Peers mantenía una estrecha relación con España, a la que consideraba su segundo hogar, pasando allí cuatro meses de cada doce. Publicó varios libros de viajes, entre ellos Santander (1927), reeditado en español en 2008.

»Cuando estalló la Guerra Civil Española en julio de 1936, Peers se encontraba en una posición privilegiada para explicar al mundo angloparlante las causas subyacentes del conflicto. Lo hizo en The Spanish Tragedy (1936), The Spanish Dilemma (1940) y Spain in Eclipse (1943). De manera aún más significativa, también contribuyó a que un grupo de estudiantes de la Universidad de Liverpool, que habían viajado a un curso de verano en San Sebastián, regresaran a salvo a sus hogares tras verse atrapados en el estallido de la Guerra Civil.

»Edgar Allison Peers fue autor o editor de unos 60 libros, entre ellos Studies of the Spanish Mystics (1927-1930), The History of the Romantic Movement in Spain (1940) y traducciones de las obras completas de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, así como Spain, the Church and the Orders (1939). Bajo el seudónimo de Bruce Truscot, publicó dos libros controvertidos y de gran influencia: Redbrick University (1943) y Redbrick and these Vital Days (1945). Edgar Allison Peers falleció de insuficiencia cardíaca el 21 de diciembre de 1952, y su albacea legó a la Universidad una selección de libros de su biblioteca en 1953.

»La Facultad de Culturas, Lenguas y Estudios Regionales (SOCLAS) patrocina un programa de escritores visitantes residentes en honor a Edgar Allison Peers, y también existe un Peers Memorial Prize

sábado, 11 de abril de 2026

Jorge de Sena, El polígrafo barroco Manuel de Faria e Sousa

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Como complemento de la entrega anterior de Clásicos de Historia, presentamos el brillante y sugestivo estudio que dedicó Jorge de Sena a nuestro conocido Manuel de Faria en 1972, con motivo del IV Centenario de la publicación de Os Lusíadas. Apareció al frente de la cuidada edición en facsímil de Lusíadas de Luis de Camões, Príncipe de los poetas de España. Al Rey N. Señor Felipe Cuarto el Grande. Comentadas por Manuel de Faria y Sousa, Caballero de la Orden de Cristo, y de la Casa Real, publicado originalmente en 1639, y que puede ser considerado como la obra cumbre del polígrafo barroco.

Sena muestra no sólo su extenso conocimiento de la época, sino su comprensión profunda de las circunstancias, fenómenos y actitudes que se producen en respuesta a la grave crisis de aquellos años cruciales de de la Monarquía Hispánica. Subraya lo innegable: el arraigado patriotismo portugués de Faria, patente en toda su obra, con la que desea impulsarlo y darlo a conocer, que sin embargo coexiste aparentemente sin problema con la desacomplejada aceptación del marco superior hispánico, que se expresa tanto en la elección del castellano como su lengua de expresión escrita preferente, como en la obediencia debida al señor natural, valor clave de larga tradición.

En realidad, podemos añadir, las dos lealtades, a la Nación y a la Monarquía, son perfectamente compatibles en aquella época, como lo son las otras muchas identidades parciales que conforman las complejas personalidades de entonces: la Religión, el Grupo, la Familia, la Condición... Habrá que aguardar al mundo contemporáneo para encontrarnos con el esfuerzo denodado para hacer depender al individuo de una sola identidad que le determina y domina de forma excluyente. El problema surgirá (además de lo impositivo del intento) en el conflicto entre las diversas propuestas de identidad, que se rechazan unas de otras de forma absoluta: la Nación (al modo nacionalista), la Ideología (al modo liberal), la Clase (al modo revolucionario).

La postura intelectual de Faria al respecto, la lealtad a Portugal compatible con la lealtad a España, es absolutamente común a muchos otros literatos, historiadores, fueristas y letrados, que agotan las prensas con las defensas de sus patrias y tradiciones. Y la elección del castellano como lengua franca española, es también habitual, por lo menos desde el siglo XV. Incluso entre muchos de los partidarios o contrarios a la separación de Cataluña de la Monarquía, como Gaspar Sala y Berart, Alejandro de Ros, o el portugués Francisco Manuel de Melo.

Y sin embargo, tradicionalmente se han valorado de forma muy negativa los personajes que se consideraron españolizados (y no sólo en Portugal). Y Sena considera que «ese juicio contra los hispanizados, no ha sido en gran medida objeto de una revisión adecuada, debido a la perpetuación superpuesta de actitudes polémicas superficiales que, desde la Ilustración del siglo XVIII, han visto sucesivamente con hostilidad la castellanización o el bilingüismo del siglo XVII, identificándolos —sin una comprensión crítica actualizada— con composiciones ideológico-literarias opuestas a las luces que brillaban, o se suponía que brillarían, más allá de los Pirineos. El setecentismo portugués disimuló mucho de lo que heredó y continuó del Barroco en esta transferencia de lealtades culturales, el romanticismo siguió naturalmente sus pasos, matizándolas con convicciones de nacionalismo mitológico, y el positivismo del siglo XIX aportó a éstas el aparato crítico de una pseudo-ciencia etnográfica-histórica.»

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Jorge de Sena (1919-1978) es uno de los más destacados intelectuales portugueses del siglo XX. Ingeniero de formación y ejercicio durante bastantes años, compatibilizó aquel con una esforzada y muy abundante dedicación a la escritura. En 1959 abandona Portugal y se establece en el Brasil, con la intención de dedicarse exclusivamente a la literatura; quizás también a causa de una ligera implicación en la conspiración antisalazarista de carácter predominantemente militar conocida como la Revolta da Sé. A partir de entonces se centra exclusivamente en el desarrollo de una considerable labor académica y literaria, primero en el Brasil y tras ocho años, en los Estados Unidos, donde fallecerá. Mantuvo sin embargo estrechos contactos con el mundo cultural portugués, con publicaciones frecuentes y su participación en distintos eventos. Además de destacado poeta, Sena fue un profundo conocedor de la literatura y cultura portuguesa y española, que enseñó en São Paulo, Wisconsin y California.

En un escueto affiche de la Biblioteca Nacional de Portugal con motivo de una exposición sobre el autor, se resume así su obra: «Su obra, además de más de 12 libros de poesía (sin incluir antologías y ediciones póstumas), abarca cuentos (Andanças do demónio y Novas andanças do demónio, Os grão-capitães), novelas (Sinais de fogo), teatro (O Indesejado, Mater imperialis, Amparo de mãe, etc.), y traducciones de obras de ficción (Hemingway, Faulkner, Erskine Caldwell, Thomas Love Peacock, Graham Greene, DuBose Heyward, Evelyn Waugh, etc.) y la poesía (Cavafi, Emily Dickinson, poemas ingleses de Fernando Pessoa, y decenas de otros poetas, reunidos en Poesia de 26 séculos). Además de su extensa obra crítica y académica, que abarca temas que van desde la Edad Media hasta el Renacimiento, el hispanismo y la época contemporánea, destaca el trabajo de Jorge de Sena sobre Inês de Castro, estudios sobre Camões (incluida su tesis doctoral sobre Uma Canção de Camões e o Soneto Quinhentista Peninsular), Maquiavelo, Marx, Florbela, Pessoa, la literatura brasileña, la generación de Presença y la poesía moderna y contemporánea, entre otros. Jorge de Sena también se dedica a la crítica cinematográfica (recogida en Sobre Cinema) y la crítica teatral (recogida en Do teatro em Portugal).»

El profesor y también poeta José Luis García Martín, con motivo de la publicación de una antología de la obra poética de Sena, nos proporcionó hace unos años un interesante retrato del autor: «Jorge de Sena vivió siempre con la convicción de que era un hombre demasiado grande para un país demasiado pequeño. Y era, en verdad, un hombre extraordinario, capaz de destacar en cualquier género literario y en la más minuciosa erudición universitaria (...) Todo su empeño estaba puesto en obtener el premio Nobel de Literatura; se creía con derecho a ser el primer escritor de lengua portuguesa al que se concediera ese galardón. El último artículo que escribió —se publicó unos días después de su muerte— llevaba el título de Aleixandre o el premio Nobel a los insignificantes; no comprendía que en 1977 los académicos suecos hubieran optado por Aleixandre, sólo poeta, y no por él, poeta e infinitas cosas más (...) Jorge de Sena aspiró a desempeñar en Portugal el papel que Unamuno había ejercido en la España de su tiempo: a ser el maestro reconocido por todos y a la vez el jefe de la oposición intelectual. No pudo conseguirlo y siempre vivió con la sensación de que no era suficientemente reconocido y admirado.»

Grabado de El Gran Iuſticia de Aragõ Don Martin Batiſta de Lanuza…
por Manuel de Faria i Souſa, Cav.° 
đ la Ordẽ đ Chriſto i de la Caſa Real.
Madrid 1650.