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En un artículo publicado el 23 de febrero de 1939, cuando ya se da por descontado el final de la guerra civil española, Winston Churchill acuñará la expresión sangre, sudor y lágrimas, que recuperará al año siguiente para aplicarla al propio Reino Unido lacerado por la Batalla de Inglaterra. Pero ahora se refiere con ella a los dos bandos españoles, a los que no ve tan disímiles en su forma de actuar y en sus padecimientos, y a los que reclama un necesario mutuo entendimiento: «La mitad de una nación no puede exterminar ni subyugar a la otra mitad. Debe reconciliarse con el resto de sus compatriotas.»
Pero esta consideración no le ha impedido afirmar desde el principio unas causas determinantes de la guerra: «A finales de julio de 1936, la creciente degeneración del régimen parlamentario en España y la fuerza de los movimientos que impulsaban una revolución comunista, o alternativamente una anarquista, desembocaron en una revuelta militar que llevaba tiempo gestándose. Inmediatamente estalló una feroz guerra civil, con ejecuciones masivas, asesinatos de clase y las correspondientes represalias.» Y la reacción de las potencias europeas le parece hipócrita: se acuerda una política de no intervención que impide la ayuda militar a cualquiera de los bandos, pero desde el principio no se respeta por parte de los estados totalitarios (y tampoco por Francia), en beneficio de ambas partes enfrentadas.
Winston S. Churchill (1874-1965) se encuentra en los años treinta un tanto sumido en el ostracismo, sexagenario y con una espléndida carrera que parece haber quedado ya definitivamente a su espalda. Había ocupado importantes cargos ejecutivos desde 1908: presidente de la Junta de Comercio, ministro de Interior, primer lord del Almirantazgo (hasta el fracaso de Gallípoli), ministro de Municiones, secretario de Estado de Guerra y Aire, secretario de Estado para las Colonias, y Canciller, esto es, ministro de Hacienda. Pero el triunfo laborista de 1929 le aparta del poder, y cuando los conservadores lo recuperan progresivamente a partir de 1931, primero Baldwin y luego Chamberlain parecen considerarle ya amortizado y se le ignora a la hora de los nombramientos. Churchill discrepa de algunas políticas del gobierno (la colonial, el apaciguamiento…) y se esfuerza en mantener su presencia pública desde el Parlamento, y por medio de sus siempre abundantes artículos, conferencias y libros.
Se han recogido para esta entrega de Clásicos de Historia la decena de artículos y tres intervenciones en la Cámara de los Comunes, que dedicó a la situación de España (la había visitado apenas unos meses ante del estallido de la guerra); lógicamente le preocupa ante todo cómo podía afectar la guerra a la situación interna británica y a los intereses del imperio, y cómo desestabilizaba todavía más la tambaleante Europa. También se incluyen diez breves pasajes de otros tantos discursos en los que incidentalmente se refiere a España.
Por último, se incluye como Apéndice el capítulo XII de Cómo se fraguó la tormenta, primero de los seis volúmenes de las extensas Memorias de Churchill referentes a La Segunda Guerra Mundial, que fue publicado en 1948. Lo cierto es que respecto a la guerra de España no añade gran cosa a lo que ya había publicado en los periódicos en su momento, y que luego había recogido en su libro de 1939 Step by step, de donde los hemos tomado para esta entrega de Clásicos de Historia. En realidad los reproduce en buena medida. Sin embargo puede resultar de interés para encuadrar las observaciones de Churchill sobre la guerra, en el contexto de las otras cuestiones que le preocupaban y ocupaban durante aquellos años.
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| Clive Branson, Demonstration in Battersea, 1939 |











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