lunes, 21 de septiembre de 2026

Miguel Primo de Rivera, Balance de la Dictadura y otros textos

Retrato, por Bagaría

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Rafael Sánchez Ferlosio nos transmite el testimonio de Yarfoz, que corresponde a un género literario muy practicado en la era grágido-atánida. Los testimonios comenzaban ritualmente con «la autopresentación del autor, que lo caracteriza expresamente como relato personal, y, como era igualmente ritual, por la exposición del motivo… A veces, sin embargo, el único efecto que buscaba el testimonio era el de producir como verdad ante los demás una versión de los hechos ignorada o, más a menudo, no creída en su día. El no creído escribía para después de su muerte, porque juzgaba que solo desinterés o indiferencia de difunto podía garantizar y autorizar una verdad como verdad, supuesto que pasión, temor ni empeño alguno podían llevarle ya a preferir una versión mejor que otra. El testimonio era, pues, la verdad sobre aquello, la reivindicación de los hechos y, con ella, la del no creído.»

Algo así parece querer trazar, en febrero de 1930, unas pocas semanas después de haber abandonado el poder, el general Miguel Primo de Rivera (1870-1930). Aprovechando el encargo que le hace un periódico argentino, redactará cuatro artículos que luego, tras su próxima muerte, serán muchas veces reimpresos y traducidos. Comienza así el primero de ellos: «La Nación, de Buenos Aires, gran periódico que, por tantas razones, merece mis simpatías, me ha requerido a publicar en él una serie de artículos que, por dedicados a la génesis, nacimiento, desarrollo y fin del período de gobierno dictatorial por que España ha pasado, han de ofrecer innegable interés histórico y un matiz de muy viva actualidad. De mi parte, he de poner toda la objetividad y templanza que un estudio de esta naturaleza exige, y anticipo la declaración de que el ambiente en que escribo, París, evocador de días de alegre juventud, siempre acogedor benévolo de ideas y personas, no puede ser más propicio a la reconstitución serena de tiempos y sucesos, que, por agitados y rápidamente vividos, a mí mismo me parecen ya lejanos.»

Lo cierto es que, como balance, como testimonio de su dictadura, resulta excesivamente somero, aunque no carente de interés. Una y otra vez se lamenta del escaso espacio de que dispone, y promete explayarse largamente en el futuro para relatar por extenso su obra política. Su muerte, sólo tres semanas después, lo impedirá. Parece adivinarlo cuando afirma: «Todo queda a disposición de los que, en su día, con mayores aptitudes que yo, quieran ser sus cronistas.» Son muchos los aspectos de la Dictadura que no llega a tocar en sus artículos, y su tono es claramente autojustificativo. Pero todo ello no les priva de interés.

* * *

Con el golpe de estado de 1923, Primo de Rivera inició lo que puede llamarse el medio siglo autoritario español, que sólo concluirá con la Reforma Política de 1976, y las consecuentes elecciones generales del siguiente año. A lo largo de esos cincuenta años se sucederán diversos regímenes, cada uno con su perfecta receta para remediar por completo los males del país; eso sí, con muy escaso respeto a las ideas políticas diferentes y a las personas que las sostienen; la dictadura militar, la segunda república, la guerra civil y el régimen de Franco son sus hitos principales. Totalmente diferentes entre sí, sin embargo presentan una inquietante coincidencia: todos ellos fueron recibidos con gran entusiasmo por unas amplias mayorías.

Allison Peers, en La tragedia española, enjuició así la dictadura: «El 28 de enero de 1930, Don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, Marqués de Estella y Dictador de España, dejó el cargo para el que se había autoproclamado seis años y cuatro meses antes, y se retiró a París, donde, apenas siete semanas después, falleció. El experimento de Primo de Rivera con la dictadura había comenzado bien, pues representaba un intento novedoso y atractivo de acabar con el fenómeno español de los gobiernos en constante cambio y de resolver el problema de la ineficacia administrativa, que hasta entonces se había resistido a ser solucionada. Terminó mal, y se esgrimen diversas razones para explicar su desenlace, pero las verdaderas causas residían en los caracteres del Dictador y del pueblo español.

»El Dictador era un andaluz benevolente, con todas las virtudes y defectos propios de los andaluces. Le encantaba la ostentación y el boato; hablaba demasiado, sobre todo a través de fantásticos comunicados oficiales; exageraba sin reparos; sus generosas promesas a menudo superaban su capacidad de cumplimiento; y, cuando se enfurecía, actuaba como un padre imprudente e impulsivo, imponiendo los castigos más severos, para luego modificarlos o condonarlos por completo en cuanto se le pasaba la ira. Le gustaba creer que su gobierno era suave y paternal, no una dictadura, parafraseando el juego de palabras de moda en España en aquella época, sino una dictablanda

* * *

Miguel Primo de Rivera pretendió mantener durante la dictadura un contacto permanente con la ciudadanía a través de numerosos viajes, alocuciones, cartas públicas, manifiestos y las famosas Notas oficiosas (de inserción obligada en los periódicos). Por ello, además de los cuatros artículos de 1930, hemos agregado algunos de estos textos, en los que se revela en mayor o menor grado el carácter y personalidad del dictador, o por lo menos la imagen que pretende mostrar ante el público. Por otro lado, una selección de los principales textos oficiales de la Dictadura (decretos, órdenes, el anteproyecto de constitución…) se recogió en su día en Medio siglo de legislación autoritaria en España (1923-1976).

Bagaría, en El Sol, 14 septiembre 1923

viernes, 11 de septiembre de 2026

Gastón Maspero, Historia antigua de los pueblos de Oriente

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Las viejas pirámides de Gizeh siempre han destacado, dominantes, en el panorama de los siglos, impidiendo el olvido de la prodigiosa civilización que las construyó, y conservando la admiración por sus logros. Pero su recuerdo quedó durante mucho tiempo reducido a lo contenido y mediatizado en las tradiciones clásicas y bíblicas, y su originaria cultura cayó, con su idioma, rápidamente en la oscuridad. Su recuperación fue obra de una plétora heroica de sabios que a lo largo del siglo XIX, desde los trabajos de desciframiento de sus escrituras por parte de Champollion, hicieron revivir el conocimiento directo de la cultura egipcia.

El francés Gastón Maspero (1846-1916) representa la edad dorada de la egiptología. Sus abundantísimas transcripciones e interpretaciones de los viejos textos faraónicos, sus estudios sobre arquitectura y arte, su larga estancia en Egipto como director de la misión arqueológica francesa, el descubrimiento del escondrijo de Deir-el-Bahari, el estudio de las momias reales, la reorganización y catalogación del museo de El Cairo, numerosas excavaciones y trabajos de conservación de monumentos, dan fe de ello. Y no menos decisivo resultó que, cuando lord Carnavon, rico inglés deseoso de financiar nuevas investigaciones, le pidió en 1907 un arqueólogo experto, Maspero le recomendase al joven Howard Carter, que ya había trabajado anteriormente para él. Decisión especialmente trascendente por sus resultados futuros...

Pero además, Maspero contribuyó poderosamente a la difusión de unos resultados científicos que podrían haber resultado tremendamente herméticos incluso para el público culto en general, fuera del reducido círculo de los especialistas, con publicaciones que comprenden desde manuales escolares hasta obras de alta divulgación. Y hoy comunicamos un auténtico clásico de la historiografía, que fue —durante muchos años— la decisiva obra de conjunto sobre el Próximo Oriente antiguo. Publicada originariamente en 1875, continuamente revisada y reelaborada, a la muerte de su autor había alcanzado la duodécima edición en lengua francesa y numerosas traducciones a las principales lenguas modernas.

En un artículo publicado tras su fallecimiento (que incluimos anexo en nuestra entrega), su discípulo y continuador Alexandre Moret se refería así a la Historia antigua de los pueblos de Oriente: «Esta resurrección del pasado... constituye el principal atractivo de su gran Historia, que comenzó a publicarse por entregas en 1894; era su manual de 1875, pero rehecho, enriquecido con una documentación formidable, ilustrado con todo lo que los monumentos figurativos podían proporcionar para aclarar el texto. Aquí nuevamente, a pesar de sus tres volúmenes, el libro de Maspero no revela ni la décima parte de su trabajo. La materia histórica de todo el Oriente antiguo, la había trabajado y vuelto a trabajar en todos sus detalles; cuanto más ingrata o difícil parecía, más parecía complacerse en ella y jugar con ella. Tal es la impresión que a menudo he sentido en los cursos del Collège de France donde Maspero nos iniciaba en la preparación de su obra.

»En primer lugar, se atrevió a escribir una historia sincrónica del Oriente; sus predecesores habían tratado por separado Egipto, Caldea, Palestina, Persia, dejando al lector la tarea, bastante ardua, de restablecer en el mismo plano las civilizaciones paralelas. Maspero suprimió esos tabiques impermeables; comenzando por Egipto, lo muestra en relaciones de comercio, religión y política con sus vecinos del este y del oeste. Tras los orígenes, describe los primeros contactos de los pueblos y finalmente los imperios rivales de Egipto, Asiria y Persia, hasta la llegada de Alejandro, señalando sus acciones y reacciones mutuas.

»Se puede imaginar la erudición que supone una tarea así de compleja. De hecho, las páginas relacionadas con los países no egipcios están tan documentadas y cuidadas como la historia de Egipto. En su juventud, Maspero había estudiado el hebreo y los cuneiformes; era capaz de supervisar el trabajo de los asiriólogos y hebraístas refiriéndose a los documentos originales. Él confesaba a sus alumnos que le daba cierto gusto revelar a los especialistas en Asia documentos escritos o figurativos poco conocidos por ellos. Esta erudición nunca resulta abrumadora para el lector, porque nada iguala la viveza de los cuadros que dibuja sobre las grandes épocas del mundo oriental. No es que abuse de vastas síntesis ni de ideas generales; al contrario, desconfiaba de ellas, tanto en historia como en religión, y prefería una acumulación de detalles expresivos. Entre tantos materiales, Maspero se sentía cómodo; lejos de sentirse aplastado por la documentación enorme, levantaba esa masa con ambas manos, la modelaba con toques precisos y repetidos, y dejaba figuras con un relieve tan exacto que parecía haber vivido con los grandes reyes y los pueblos cuya historia milenaria resucitaba.»

Y concluye con esta valoración de su maestro: «Maspero cierra la serie de aquellos que él llamaba los egiptólogos universales. Le escuché decir de él mismo: Seré el último egiptólogo completo. Tal es de hecho el lugar que ocupó, tal será su título ante la posteridad: el último de los fundadores de la egiptología y uno de los más grandes. Al principio, se encontró frente a una ciencia aún limitada, un campo inmenso pero que una inteligencia como la suya podía sin embargo abarcar; gramática, historia, religión, arqueología, se entrelazaban allí como la vegetación en los pantanos del Nilo, y los pioneros la recorrían sin examinar los detalles ni descubrir las perspectivas. Más tarde, después de haber fluido desde su fuente como un río único, la egiptología, al expandirse como el Nilo en un delta, se dividió en ramas abiertas sólo a especialistas. Las circunstancias favorables colocaron a Maspero en la misma bifurcación de este delta, ahí donde todo el curso aún es canalizable, pero desde donde se pueden ver abrirse delante de uno las ramas divergentes. Participando de la antigua generación, tuvo la alegría de poder seguir con la mirada los diversos caminos en los que se involucrarían sus sucesores; contribuyendo a los avances de las ciencias especializadas, siguió siendo para el gran público aquel que reunía en sí los resultados obtenidos y la intuición de las investigaciones futuras.»

Maspero examina la momia de Ramsés II ante el jedive Tewfik
en el museo de Boulaq (El Cairo). Le Monde Illustré, 10 de julio de 1886.

martes, 1 de septiembre de 2026

Julián de Toledo, Historia de la expedición y victoria del rey Wamba

Wamba

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Escribe Justo Pérez de Urbel en Las letras en la época visigótica, que forma parte de la obra colectiva España visigoda (414-711 de J. C.), tomo III de la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal, en la segunda edición corregida y aumentada, publicada en Madrid el año de 1963:

«La ciudad real encontraba siempre un hombre sabio para gobernar su Iglesia, y esto es lo que dio origen a aquel aforismo que encontramos en el códice emilianense: Disciplina atque scientia de Toleto. Después de San Ildefonso aparece Quirico, que es tal vez autor del bellísimo símbolo del concilio XI de Toledo, y después de Quirico, San Julián, que es el escritor más fecundo y original de la escuela toledana. Ocupó la sede metropolitana diez años, desde el 680 hasta el 690. Colocado en las postrimerías del siglo, Julián se esfuerza por detener la decadencia, que se iba insinuando lo mismo en las letras que en los demás órdenes de la vida. Su primer cuidado fue conservar y aumentar la biblioteca catedralicia, corregir los códices viciados y completar los que estaban sin terminar. Para uso de los estudiantes de la escuela episcopal compuso un comentario de la gramática de Donato y otros escritos gramaticales.»

Escribió otras muchas obras: De comprobatione sextae aetatis (686), Prognosticum futuri soeculi (688), Antikemeinon, y otras de las que sólo quedan fragmentos. En conjunto alcanzaron una considerable difusión en la época carolingia, lo que se constata por el número de copias y citas conservadas. Y continúa así:

«Uno de los escritos más interesantes de San Julián es su Historia de la rebelión de Paulo contra Wamba y de la derrota de la Galia. Nada hay en ella de la sequedad de las crónicas anteriores. La narración es rápida, minuciosa y llena de vida. Hay descripciones de un realismo extraordinario, y la preocupación literaria del autor se descubre en los discursos que pone en boca de los principales personajes, y que nos recuerdan los de las historias romanas.

»El historiador encontrará, además, en estas páginas numerosos detalles de gran interés para el conocimiento de las costumbres en la época visigoda. Estos escritos hacen de San Julián el personaje más representativo de su tiempo después de San Isidoro; como escritor tal vez le supera, aunque no tiene su universalidad. Su erudición patrística es tan exacta como extensa; y no es menos profundo su conocimiento de las letras profanas.»

Presentamos el texto latino editado por W. Levinson en 1910 en los fecundos Monvmenta Germaniae Historica, y la excelente traducción del profesor Rafael Díaz y Díaz, publicada en 1990 en la revista Florentia Iliberritana. Revista de Estudios de Antigüedad Clásica. También reproducimos un pasaje del profesor José Orlandis, en el que se ocupa de la rebelión del conde Paulo y de la expedición del rey Wamba. Se ha tomado de Época visigoda (409-711), tomo 4 de la Historia de España coordinada por Ángel Montenegro Duque, y publicada en Madrid en 1987.

viernes, 21 de agosto de 2026

Publio Virgilio Marón, Eneida

Mosaico procedente de Tréveris, s. III

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Escribe Jorge Luis Borges, en su Biblioteca personal:

«Una parábola de Leibniz nos propone dos bibliotecas: una de cien libros distintos, de distinto valor, otra de cien libros iguales todos perfectos. Es significativo que la última conste de cien Eneidas. Voltaire escribe que, si Virgilio es obra de Homero, éste fue de todas sus obras la que le salió mejor. Diecisiete siglos duró en Europa la primacía de Virgilio; el movimiento romántico lo negó y casi lo borró. Ahora lo perjudica nuestra costumbre de leer los libros en función de la historia, no de la estética.

»La Eneida es el ejemplo más alto de lo que se ha dado en llamar, no sin algún desdén, la épica artificial, es decir la emprendida por un hombre, deliberadamente, no la que erigen, sin saberlo, las generaciones humanas. Virgilio se propuso una obra maestra; curiosamente la logró.

»Digo curiosamente; las obras maestras suelen ser hijas del azar o de la negligencia.

»Como si fuera breve, el extenso poema ha sido limado, línea por línea, con esa cuidadosa felicidad que advirtió Petronio, nunca sabré por qué, en las composiciones de Horacio. Examinemos, casi al azar, algunos ejemplos.

»Virgilio no nos dice que los aqueos aprovecharon los intervalos de oscuridad para entrar en Troya; habla de los amistosos silencios de la luna. No escribe que Troya fue destruida; escribe Troya fue. No escribe que un destino fue desdichado; escribe De otra manera lo entendieron los dioses. Para expresar lo que ahora se llama panteísmo nos deja estas palabras: Todas las casas están llenas de Júpiter. Virgilio no condena la locura bélica de los hombres; dice El amor del hierro. No nos cuenta que Eneas y la Sibila erraban solitarios bajo la oscura noche entre sombras, escribe:

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram

»No se trata, por cierto, de una mera figura de la retórica, del hipérbaton; solitarios y oscura no han cambiado su lugar en la frase; ambas formas, la habitual y la virgiliana, corresponden con igual precisión a la escena que representan.

»La elección de cada palabra y de cada giro hace que Virgilio, clásico entre los clásicos, sea también, de un modo sereno, un poeta barroco. Los cuidados de la pluma no entorpecen la fluida narración de los trabajos y venturas de Eneas. Hay hechos casi mágicos; Eneas, prófugo de Troya, desembarca en Cartago y ve en las paredes de un templo imágenes de la guerra troyana, de Príamo, de Aquiles, de Héctor y su propia imagen entre las otras. Hay hechos trágicos; la reina de Cartago, que ve las naves griegas que parten y sabe que su amante la ha abandonado. Previsiblemente abunda lo heroico; estas palabras dichas por un guerrero: Hijo mío, aprende de mí el valor y la fortaleza genuina; de otros, la suerte.

»Virgilio. De los poetas de la tierra no hay uno solo que haya sido escuchado con tanto amor. Más allá de Augusto, de Roma y de aquel imperio que a través de otras naciones y de otras lenguas, es todavía el Imperio. Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la Comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres.»

Reproducimos la conocida y excelente traducción prosificada de Eugenio de Ochoa (1815-1872) publicada originalmente en 1869 en su edición de las Obras completas de Virgilio, como mero apoyo del texto latino. Pronto sin embargo adquirió relevancia en sí misma y ha gozado de gran difusión hasta nuestros días. Incluimos la parte de sus Comentarios correspondientes a la Eneida, las notas, los Argumentos de cada libro (que trasladamos al frente de cada uno), y el Índice alfabético de todos los personajes que entran en la acción de la Eneida.

Así la enjuicia: «Reúne este poema, en su indisputable unidad, por más que algunos críticos descontentadizos se la disputen, lo que pudiéramos llamar una fusión de los dos pensamientos que dan asunto y vida a los dos más grandes poemas de la antigüedad pagana, la Odisea y la Ilíada de Homero; los seis primeros libros de la Eneida, destinados a referir las peregrinaciones del héroe troyano, son, así puede decirse, su Odisea, y los otros seis, en que se cuentan sus afanes y batallas en el Lacio, son su Ilíada: dos acciones en realidad, o mejor dicho, dos grandes períodos distintos de una misma acción, desarrollada en un poema perfectamente uno.»

Vergilius Romanus (s. V) folio 74v.
Venus se aparece a su hijo Eneas.

martes, 11 de agosto de 2026

Alphonse Daudet, Tartarín en los Alpes. Nuevas hazañas del héroe de Tarascón

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Casi veinte años después de su Tartarín de Tarascón, Alphonse Daudet (1840-1897) publicará en 1885 Tartarín en los Alpes, una segunda entrega de las aventuras de su héroe provenzal, tan quijotesco como sanchopancesco. Para entonces ya es famoso, y el mismo Daudet había celebrado satisfecho el triunfo de su personaje en un artículo de La Nouvelle Revue (julio-agosto de 1883), y bromea (galéja, en provenzal) con la inquina que todavía le mantienen los de Tarascón:

«Aunque hace casi quince años que publiqué Las aventuras de Tartarín, Tarascón todavía no me ha perdonado, y viajeros fidedignos me aseguran que cada mañana, a la hora en que la pequeña ciudad provenzal abre las persianas de sus tiendas y sacude sus alfombras al aliento del gran Ródano, de cada umbral, de cada ventana, surge el mismo puño irritado, el mismo resplandor de los ojos negros, el mismo grito de rabia dirigido hacia París: ¡Oh! ese Daudet... si un día se le ocurre bajar por aquí...»

En realidad, «Tarascón era para mí simplemente un nombre que escogí en el ferrocarril París-Marsella, porque sonaba bien con el acento del sur y resonaba, en los avisos de las estaciones, como el grito de un guerrero apache. En realidad, la tierra de Tartarín y de los cazadores de gorras está un poco más allá, a cinco o seis leguas, al otro lado del Ródano. Fue allí donde, de niño, vi al baobab languideciendo en su pequeña maceta, vi la figura de mi héroe refugiado en su pequeño pueblo, donde los Rebuffa cantaban el dúo de Roberto el Diablo; fue desde allí, finalmente, que un día de noviembre de 1861, Tartarín y yo, armados hasta los dientes y vistiendo la chechia, partimos a cazar al león en Argelia.»

En la nueva entrega Tartarín viajará a los Alpes, y sus andanzas permitirán a Daudet construir una bienhumorada y acabada sátira (aunque superficial) de ese mundo burgués fin de siècle, que cuestiona los propios valores y convenciones burguesas, por supuesto sin renunciar a su disfrute (algún paralelismo podríamos encontrar con la actualidad…) Encontraremos divertidas descripciones del turismo de alto nivel que coloniza/falsea los espacios naturales, del recién nacido culto al deporte y a sus récords, de la adoración a los mitos nacionales, aunque realmente no se crea en su veracidad. Y para que no falte nada del elenco de la época, Daudet introduce en la trama al grupo de nihilistas rusos, aparentemente ricos de familia… Chocantemente, son los que permiten introducir personajes típicamente románticos: Sonia, la joven terrorista de la que se enamora Tartarín, y su infortunado hermano, que morirá tuberculoso.

Naturalmente, toda la acción gira en torno a Tartarín. Dufief y Melison-Hirchward, en su estudio de uno de los borradores de Daudet (Le Petit Chose, nº 109, 2020), lo caracterizan así: «Tartarin es el héroe del relato; como en el primer volumen, se encuentran elementos característicos de un tipo cómico: su equipamiento innecesario (ropa y material de alpinismo), su gusto por la caza, su ingenuidad, su tendencia a la vanidad y a la invención de historias, así como cualidades como su alegría de vivir, su buen humor y su necesidad de hablar. Se ha humanizado, y ha ganado profundidad psicológica: aunque todavía encarna la coexistencia en un solo cuerpo de Don Quijote y Sancho Panza, también es capaz de experimentar un sentimiento amoroso, de mostrar cierto valor, altruismo y dedicación.»

Respecto a los demás personajes: «Bompard es su doble exagerado; caricaturesco, está únicamente caracterizado por su imaginación fabuladora que le vale su apodo, el impostor. Alrededor de Tartarín, los personajes se distribuyen en varios grupos: los turistas, los suizos, los nihilistas, los tarasconenses. Los turistas son solo marionetas, apenas individualizados por palabras, expresiones que se repiten como leitmotivs: dantsir, ballir, el miembro del Jockey Club (...); su repetición indica que los clientes del circulaire Cook son intercambiables. Daudet emplea técnicas de caricatura: estereotipos físicos, comparaciones con animales o tipos convencionales.»

En cambio, «el grupo de los nihilistas cuenta con cuatro personajes claramente individualizados (…) La jerarquía social está presente dentro del grupo, pero sus miembros están unidos por la ideología y la determinación de luchar contra el zar mediante acciones violentas. Todos son jóvenes (…) La importancia que se le da a los nihilistas desde la redacción del borrador se puede analizar de dos maneras. Tienen una importancia funcional en la trama: Tartarín simpatiza con ellos, les ayuda, casi forma parte del grupo. Pero también defienden una causa que atrae a Daudet/Tartarín, por más que la rechace.»

Pero volvamos al artículo de Daudet con el que iniciamos esta presentación: «Juzgado libremente, años después, Tartarín, con su espíritu desenfrenado y salvaje, me parece poseer las cualidades de la juventud, de la vida y de la verdad; una verdad de más allá del Loira que se hincha, exagera, nunca miente y siempre está tarasconeando. La escritura no es ni muy fina ni muy escogida. Es lo que yo llamo literatura de a pie, hablada, gesticulada, con las maneras desbordantes de mi héroe. Pero debo confesar, por mucho que aprecie el estilo, la prosa bella, armoniosa y colorida, que en mi opinión no lo es todo para el novelista.

»Su verdadera alegría seguirá estando en la creación de seres, en el establecimiento, a través de la pura verosimilitud, de tipos de humanidad que luego circulan por el mundo con el nombre, el gesto, la mueca que se les dio, y que hacen que se hable de ellos —ya sean odiados o amados— independientemente de su creador y sin que se pronuncie el nombre de éste. Por mi parte, me sigo emocionando cuando, refiriéndose a uno de los miles de títeres de la comedia política, artística o social, oigo a alguien decir: Es un Tartarín... Un escalofrío me recorre el cuerpo, el escalofrío orgulloso de un padre, oculto entre la multitud mientras aplauden a su hijo, y que siente constantemente ganas de gritar: ¡Ese es mi chico!»

* * *

La traducción es del periodista y escritor aragonés Eusebio Blasco (1844-1903), que en el Prólogo presume de su amistad con Daudet, reproduce una carta que éste le dirige, y nos explica el significado de una de las muletillas tarasconesas que continuamente repiten los personajes. La publicó en 1887.

Daudet alude en el segundo capítulo de Tartarín en los Alpes a un breve texto publicado originariamente en 1871, La defensa de Tarascón, que se refiere a la guerra franco-prusiana. Por entonces ya se habían publicado en Le Figaro las primeras versiones de su Tartarín, aun con los nombres de Chapatín primero y de Barbarín después. En La defensa no figura nuestro personaje, aunque sí el presidente del Círculo Bompard, el general Bravida, el recaudador Pegoulade… y el ambiente y la misma ciudad son plenamente tartarinescas. Finalmente, el texto pasará a formar parte de los Cuentos del lunes (1873). Lo hemos incluido como Apéndice.

Cartel de la adaptación teatral (1913)

sábado, 1 de agosto de 2026

George Orwell, La Bomba Atómica y tú. Artículos para después de una guerra

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Eric Arthur Blair (1903-1950), el reconocido Georges Orwell, publicará tras la Segunda Guerra Mundial sus dos grandes novelas, Rebelión en la Granja (1945), y 1984 (1949), eficaces y clásicas (y por tanto vigentes) condenas del comunismo. Éste resultaba ser el totalitarismo que había triunfado sobre sus rivales, a los que nuestro autor también había combatido con anterioridad; incluso brevemente con las armas en la mano. Y ahora lo va a hacer sin renunciar ni a su ideología socialista, que ha de considerarse revolucionaria, ni a sus acendradas exigencias éticas.

Y es que Orwell es ante todo un periodista que se implica profundamente en las cuestiones que investiga, sumergiéndose en ellas como un actor más para poder narrarlas desde dentro, comprenderlas y valorarlas, mejor que juzgarlas, aunque sin miedo a tomar partido. Sustanciosos frutos de esta actitud habían sido sus anteriores y espléndidos libros-reportaje Sin blanca en París y Londres (1933), El camino a Wigan Pier (1937) y Homenaje a Cataluña (1938).

En esta entrega de Clásicos de Historia se han traducido una veintena de artículos seleccionados entre los más de un centenar y medio de artículos que coleccionaron Sonia Orwell y Ian Angus en su In front your Nose 1945-1950 (Londres 1968). Hemos elegido preferentemente aquellos en los que Orwell reflexiona sobre el mundo que ha surgido tras la guerra. Puede resultar sorprendente en ellos su percepción profundamente humana y su mirada ética por encima de ideologías y modas dominantes.

Lo vemos así en el artículo La venganza es amarga, escrito en un momento en el que menudeaban los ajustes de cuenta con el enemigo vencido, «en el incómodo y autojustificativo periodo de caza a los colaboracionistas que siguió a la Liberación», como dice Orwell en otro artículo que también reproducimos. Pues bien, afirma que «la venganza es un acto que se desea cometer cuando uno se siente impotente y precisamente por eso, en cuanto desaparece la sensación de impotencia, el deseo también se desvanece.» Qué distante del viejo refrán español...

Orwell aborda muchas otras cuestiones, por ejemplo el cientifismo dominante que ensalza al científico y convierte la ciencia en una verdad revelada, con desprecio de las humanidades: «¿Pero es realmente cierto que un científico, en este sentido más restringido, tenga más probabilidades que otras personas de abordar problemas no científicos de manera objetiva? No hay muchas razones para pensarlo.»

Su rechazo constante al imperialismo no le impide condenar también los nacionalismos recalcitrantes: «Pero, ¿por qué se tienen que tolerar los peores extremos del jingoísmo y el racialismo cuando provienen de un irlandés? ¿Por qué una afirmación como Mi país, tenga razón o no, es reprensible si se aplica a Inglaterra y digna de respeto si se aplica a Irlanda (o, para el caso, a la India)?»

En otro artículo acuña la fórmula del Gradualismo Catastrófico como el medio al que se acude para justificar lo injustificable (un régimen, un gobierno). «Según esta teoría, nada se logra sin derramamiento de sangre, mentiras, tiranía e injusticia, pero, por otro lado, no se debe esperar un cambio considerable para bien como resultado incluso de la mayor agitación (…) La fórmula que se emplea habitualmente es No se puede hacer una tortilla sin romper huevos. Y si uno responde, Sí, pero ¿dónde está la tortilla?, la respuesta probablemente sea: Bueno, no se puede esperar que todo suceda de inmediato.»

Orwell toca asuntos muy diversos: Los que llamó Buenos malos libros, siguiendo una expresión de Chesterton; el maniqueísmo político que tienta a los periodistas en A través de un color de rosa; la influencia política en determinadas actuaciones policiales, en Libertad en Hyde Park; una interesante confrontación de Un mundo feliz con Nosotros, de Huxley y Zamiatín, justo cuando ha iniciado la escritura de 1984; el antisemitismo, a raíz de un texto de Sartre en el que percibe cierta cercanía paradójica al prejuicio racial; una reseña de las memorias de Churchill, al que equivocadamente considera «realmente desahuciado» en lo político, y a las que, a pesar de situarlas en sus antípodas ideológicas, elogia porque «en general, los escritos de Churchill se parecen más a los de un ser humano que a los de una figura pública.»

Acabemos con una ligera referencia al premonitorio artículo titulado La bomba atómica y tú, en el que denuncia la atrocidad que ésta entraña, y anuncia el equilibrio del miedo que caracterizará a la Guerra Fría: posiblemente la bomba atómica «ponga fin a las guerras a gran escala a costa de prolongar indefinidamente una paz que no es paz.» Pero podemos constatar una interesante coincidencia entre dos autores tan considerablemente disímiles. Orwell elogia a «varios físicos británicos y estadounidenses (que) se negaron desde el principio a investigar la bomba atómica, sabiendo bien para qué se usaría. Aquí tienen un grupo de hombres sensatos en medio de un mundo de lunáticos.»

Apenas un par de meses antes, Tolkien había escrito en una carta a su hijo movilizado Christian: «La noticia de hoy acerca de las bombas atómicas es tan aterradora que uno queda aturdido. La completa locura de esos físicos lunáticos al consentir llevar a cabo un trabajo semejante con fines belicistas: ¡planear con calma la destrucción del mundo! Semejantes explosivos en manos de los hombres, mientras su condición moral e intelectual declina, es poco más o menos tan seguro como dar armas de fuego a los internos de una cárcel diciendo que se espera que eso asegure la paz.» Y en otra carta: «No se puede luchar con el Enemigo con su propio Anillo, sin convertirse uno a su vez en Enemigo; pero desdichadamente la sabiduría de Gandalf parece haber desaparecido con él hace mucho en el Verdadero Oeste...»

Las dos ilustraciones son de Sébastien Verdier

martes, 21 de julio de 2026

Gilbert Keith Chesterton, El hombre que fue Jueves. Una pesadilla

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Jorge Luis Borges en Otras inquisiciones (1952): «Edgar Allan Poe escribió cuentos de puro horror fantástico o de pura bizarrerie; Edgar Allan Poe fue inventor del cuento policial. Ello no es menos indudable que el hecho de que no combinó los dos géneros. No impuso al caballero Auguste Dupin la tarea de fijar el antiguo crimen del Hombre de las Multitudes o de explicar el simulacro que fulminó, en la cámara negra y escarlata, al enmascarado príncipe Próspero. En cambio, Chesterton prodigó con pasión y felicidad esos tours de force…  Chesterton pensó, como Whitman, que el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna  desventura debe eximirnos de una suerte de cósmica gratitud… (Y así) Chesterton se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka, pero... algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central.»

Aprovechando este tiempo de descanso veraniego, traemos aquí El hombre que fue Jueves, la gran novela que Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) publicó en 1908. Fantástica narración en la que, junto a una trama policíaca y un fondo metafísico, se nos permite acercarnos y contemplar los años finales de la Belle époque, los años en que culmina la soberbia de ese Occidente formado a partes alícuotas por capitalismo, nacionalismo, imperialismo, racismo, cientifismo, esteticismo… un gigante con pies de barro aun bastante ignorados, pero que se pondrán de manifiesto con el estallido de la Gran Guerra. Pero mientras tanto, la enorme seguridad en sí misma de esta sociedad burguesa, convencida de caminar con firmeza por la senda del Progreso (lo que hoy llaman «estar en el lado correcto de la historia») hace que se desprecien las amenazas, y entre éstas la del Anarquismo, que tiende a percibirse como una mera molestia que, por más magnicidios y atentados indiscriminados que lleve a cabo, no deja de ser la reacción impotente de seres brutales e inferiores.

La reflexión, o mejor fábula, de Chesterton no podrá ser más diversa. Pero quizás sea mejor que atendamos a lo que el mismo autor nos dice sobre esta obra en su Autobiografía (1936), al hilo de la narración de sus preocupaciones u obsesiones juveniles:

«Todavía estaba esclavizado por aquella pesadilla metafísica de contradicciones entre mente y materia, por la perversa imaginería del mal y el peso de los misterios del cuerpo y el cerebro, pero para entonces ya me había rebelado contra ellos e intentaba construir una cosmología más saludable, aunque me pasara de la raya en lo relativo a la salud; incluso me califiqué a mí mismo de optimista porque estaba a un paso de ser un pesimista. Esa es la única excusa que puedo ofrecer. Toda esta parte del proceso fue después recogida en la informe forma de una novela titulada El hombre que fue Jueves (The Man Who Was Thursday). En su momento, el título llamó mucho la atención y los periodistas hicieron bromas a su costa. Algunos, al referirse a mis supuestas opiniones jocosas, simulaban confundirlo con El hombre que tenía sed (The Man Who Was Thirsty). Otros suponían naturalmente que Jueves era el hermano negro de Viernes. Y también los había que, con mayor perspicacia, lo trataban como un título totalmente anárquico como La mujer que fue ocho y media o La vaca que fue mañana por la noche. Pero me interesa lo siguiente: apenas nadie entre quienes leyeron el título parece haber visto el subtítulo —Una pesadilla— que daba respuesta a muchísimas preguntas de la crítica.

»Hago aquí una pausa porque esto es hasta cierto punto importante para comprender aquella época. Me han preguntado con frecuencia qué significado tiene en esta obra la monstruosa pantomima del ogro que recibe el nombre de Domingo; algunos han sugerido, y en cierto sentido no sin razón, que representaba una versión blasfema del Creador. Pero la cuestión es que toda la historia es una pesadilla sobre las cosas, no tal como son, sino como le parecían al joven ligeramente pesimista de los años noventa; y el ogro, que aparece brutal pero que  también es, en el fondo, benevolente, no es tanto Dios, en un sentido religioso o antirreligioso, sino la Naturaleza a los ojos de un panteísta cuyo panteísmo naciera del pesimismo. En cuanto al sentido de la historia, intentaba empezar pintando un cuadro negro del mundo y avanzar hasta dar a entender que el cuadro no era tan negro como se había pintado en un principio. Ya he explicado que todo esto era fruto del nihilismo de los noventa, patente ya en la dedicatoria que escribí a mi amigo Bentley, quien había vivido una etapa y unos problemas parecidos, y en la que preguntaba retóricamente: “¿Quién puede comprenderlo sino tú?” Un crítico respondió con mucha sensatez diciendo que si nadie salvo Mr. Bentley entendía el libro, no parecía razonable pedir a otros que lo leyeran.

»Pero hablo de ello aquí porque, aunque sucedía al principio de la historia, estaba destinado a significar otra cosa antes del final de la novela. Sin aquel lejano efecto final, el recuerdo puede parecer tan absurdo como el libro, pero de momento sólo puedo dejar aquí constancia de los dos hechos que, de alguna forma y en cierto sentido, conseguí ratificar. En primer lugar, intentaba de una manera vaga fundar un nuevo optimismo, no sobre el máximo bien sino sobre el mínimo. No me importaba demasiado el pesimista que se quejaba de que lo bueno existiera en una proporción tan pequeña, sino que me enfurecía —al borde del asesinato— el pesimista que preguntaba para qué servía lo bueno. En segundo lugar, incluso en los primeros tiempos y por los peores motivos, yo ya sabía demasiado como para fingir que me libraba del mal. Al final, introduje un personaje que, con total comprensión de lo que hace, realmente rechaza y desafía al bien. Mucho después, el padre Ronald Knox, con aquel modo suyo tan singular, me dijo que estaba seguro de que usarían el resto del libro para probar que yo era un panteísta y un pagano, y que los futuros críticos demostrarían fácilmente que el episodio del Acusador era una interpolación escrita por algún cura.

»Ese no era el caso, sino realmente todo lo contrario. En aquella época, me habría molestado tanto como a cualquier otro escritor en millas a la redonda si hubiera descubierto que un cura se metía en mis asuntos o hacía acotaciones a mis manuscritos. Escribí aquella declaración en la novela para dar testimonio del peor pecado (el imperdonable pecado de no desear ser perdonado), no porque lo hubiera aprendido de algunos de los millones de curas que nunca había conocido, sino porque lo había aprendido de mí mismo. Yo ya estaba bastante seguro de que, si lo deseaba, podía apartarme de la vida completa del universo. Cuando le preguntan a mi esposa quién la convirtió al catolicismo, siempre responde: “el diablo”.

»Pero todo aquello sucedió tanto tiempo después que no guarda relación con la filosofía llena de vacilaciones y conjeturas de la novela en cuestión. Preferiría citar el homenaje de un hombre totalmente distinto que fue, no obstante, uno de los pocos que, por una u otra razón, han sacado algo en limpio de esta desgraciada historia de mi juventud. Era un distinguido psicoanalista de los más modernos y científicos, no un cura, ni mucho menos; podríamos decir como el francés al que le preguntaron si había almorzado en el bote: “au contraire”. No creía en el demonio, Dios no lo quisiera, si es que existía algún Dios para quererlo. Pero era un entusiasta y vehemente estudioso de su especialidad, y me puso los pelos de punta cuando me comentó que había encontrado muy útil aquella novela mía de juventud como remedio para sus pacientes más patológicos; sobre todo, el proceso por el que los anarquistas más diabólicos resultan ser buenos ciudadanos disfrazados. “Conozco unos cuantos hombres que casi se volvieron locos —dijo gravemente—, pero se salvaron porque habían entendido realmente El hombre que fue jueves.” Es posible que fuera generosamente exagerado y por supuesto, es posible que él mismo estuviera loco, pero entonces también lo estaba yo. Confieso que me halaga pensar que, en aquella época mía de locura, pude resultar de alguna utilidad a otros lunáticos.»

La novela tuvo una considerable repercusión y fue rápidamente traducida a las principales lenguas. El gran escritor mejicano Alfonso Reyes (1889-1959) llevó a cabo la excelente versión española, y le antepuso un Prólogo muy interesante, fechado en 1919. Es la vieja edición de Austral. Más tarde la profesora Alicia Bleiberg (n. 1938) realizó otra, también excelente, para Alianza. Como ambas traducciones están todavía protegidas por los derechos de autor, hemos preparado otra más, que lógicamente no podrá competir con aquellas; tan sólo se propone salir del paso. Fueron también muy numerosas las adaptaciones radiofónicas de la novela, y entre todas debemos mencionar la que realizó en 1938 Orson Welles para el Mercury Theatre on the Air, unas semanas antes de la tan célebre emisión de La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Podemos imaginar qué papel habría hecho como Domingo el desaforado Orson en una conjetural película sobre la novela...

En Clásicos de Historia ya incluimos en su día otra novela de Chesterton, La esfera y la cruz, publicada en 1909, en la traducción de Manuel Azaña.

Ilustración de Chesterton para otra historia.