viernes, 14 de agosto de 2020

Luis de Camoens, Los lusíadas

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En su clásica Historia de la literatura universal, Martín de Riquer y José María Valverde escriben así sobre Luis de Camoens (1524-1580): «Hay en su vida reyertas, luchas, naufragios, encarcelamientos y toda clase de azares; conoce la universidad y la corte, pero también las más exóticas y lejanas tierras; tiene amores con damas encumbradas y con esclavas, que le son incentivos literarios, y en sus versos se transparenta ora el paisaje lusitano ora el de tierras orientales. Vida intensa y zarandeada, que le lleva a conocer países que nunca hasta entonces había transfigurado literariamente ningún hombre de nuestra cultura y a estrenar piezas de teatro en lengua romance en ciudades del área de la vieja literatura sánscrita.»

Y más adelante: «Los lusíadas (Os Lusíadas), poema épico renacentista en diez cantos, escrito en octavas reales, es la obra cumbre de la literatura portuguesa y una de las creaciones más considerables de la literatura europea. Su título, los lusíadas, significa sencillamente los portugueses, y es un vocablo erudito creado por los humanistas del siglo XVI, de acuerdo con ciertas ideas mitológicas sobre los orígenes de Lusitania, cuya fundación era atribuida a Luso, compañero según unos, hijo según otros, de Baco. La palabra, mal entendida, fue transformada hasta tal punto que se llegó a llamar al poema Las lusíadas o La lusíada, en contradicción con el pensamiento de Camoens que, según manifiesta en las primeras estrofas del poema, quiere cantar la gloria y hazañas de aquellos portugueses que llegaron por vez primera a las Indias Orientales.

»El asunto de Los lusíadas es, fundamentalmente, la narración poética del viaje de Vasco de Gama, quien a impulsos del rey don Manuel el Afortunado, doblando el cabo de las Tormentas ―hoy de Buena Esperanza― llegó a Calicut, en la India, en el año 1498. Pero al propio tiempo, gracias a hábiles digresiones, a interpolaciones en forma de relatos, de sueños y de profecías, recursos consagrados por la técnica de la epopeya clásica y admitidos por la renacentista, Los lusíadas desarroll los más gloriosos episodios de la historia de Portugal, desde sus míticos orígenes hasta los tiempos del poeta.

»No hay duda de que Los lusíadas debe mucho a la epopeya clásica y a la italiana. De la primera imita infinidad de recursos, entre ellos el de iniciar la acción in media res, como la Eneida, y toda la máquina mitológica; de la segunda, la octava real e infinidad de recursos estilísticos. Los rasgos esenciales del poema portugués se advierten si lo comparamos con otras obras contemporáneas del mismo carácter, como son La Araucana de Alonso de Ercilla y La Francíada de Pierre de Ronsard, impresas las tres entre 1569 y 1572 (…) En Los lusíadas tiene amplia cabida el elemento mitológico, de origen virgiliano, pero no es básico ni general. Se trata de un mundo artificioso, y hasta artificial, que se superpone a un relato histórico y veraz, y aunque hay cierta vinculación entre ambos elementos, tienen una vida y un ritmo propios, algo así como los dos mundos que figuran arriba y abajo del Entierro del Señor de Orgaz de El Greco.

»Pero hay algo sumamente capital: la biografía de Camoens, comparada con la de Ronsard, y las maravillosas navegaciones de los portugueses del siglo XVI, comparadas con la desunión y luchas intestinas armadas e ideológicas de la Francia de aquella época. La Francíada es un fracaso por su fundamental falsedad; Los lusíadas y La Araucana, en cambio, son dos aciertos por responder a una realidad histórica y transparentar un espíritu heroico y aventurero totalmente real y situarse en un exotismo en el que vivieron intensamente los poetas que compusieron los dos poemas. No olvidemos que tanto Camoens como Ercilla realizaron unos viajes, y participaron en una luchas y se sumieron en una extraordinarias aventuras que no tan sólo jamás vivió Virgilio, sino que incluso superaron las andanzas y trances por los que pasaron los míticos Ulises y Eneas. Camoens narra en Los lusiadas un viaje histórico, efectuado un siglo antes por hombres de su país, de su raza y de su lengua, por tierras que él visitó y conoció y por las que tuvo que luchar y exponerse a penosas navegaciones, en las que no faltaron tormentas y naufragios.»

viernes, 7 de agosto de 2020

Sabino Arana, Artículos de Bizkaitarra (1893-95)

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Con la publicación de Bizcaya por su independencia. Cuatro glorias patrias en 1892, y el discurso que pronuncia en Larrazabal al año siguiente, Sabino Arana (1865-1903) comienza su actuación política dirigida inicialmente a la independencia de Vizcaya, aunque con el objetivo futuro de la confederación de lo que entonces denomina Euskeria. Su actividad en esta primera fase se basa en el enfrentamiento radical y de gran violencia verbal (y en ocasiones material), contra todo lo que aprecia como español o españolista (incluyendo la mayor parte de la sociedad vizcaína), como medio de difundir un planteamiento nacionalista que durante mucho tiempo será extremadamente minoritario. Su órgano de propaganda será Bizkaitarra (El Vizcaíno), que con periodicidad variable se publicará durante algo más de tres años, y del que hemos recogido buena parte de su contenido, en gran parte redactado por nuestro personaje con cierto apresuramiento, y en el que hemos respetado la ortografía original, ya que no es fácil distinguir entre sus personales preferencias gráficas y las muy abundantes erratas que se agolpan en las diferentes entregas.

Su contenido es muy conocido, aunque con frecuencia ha sido dado a conocer mediante la selección de citas, escogidas con aparentes o patentes intenciones denigratorias. Aquí reproduciremos completos los artículos de los que dichos párrafos han sido extraídos, lo que nos proporcionará el contexto necesario, con numerosas referencias a acontecimientos, partidos, periódicos y personajes del momento. De este modo nos proponemos acercarnos al fenómeno histórico del nacimiento de un nuevo nacionalismo escuchando directamente a su propugnador. Constataremos una vez más, como lo hemos hecho con los correspondientes a otros territorios, la identidad de comportamientos: la creación ex novo de una historia imaginada que retrotrae la existencia de la Nación a la noche de los tiempos; la enumeración prolija de agravios sangrantes en el pasado y en el presente; la construcción de un enemigo externo con caracteres diabólicos, responsable de la casi destrucción de la Nación; la existencia de innumerables connacionales traidores a la Nación, que deben ser denunciados, desenmascarados y erradicados.

Pero el nacionalismo sabiniano añade como un ingrediente más el racismo moderno, con raíces en Gobineau y visos a Der Stürmer, que le lleva en esta etapa a manifestar un odio profundo a todo lo español o maketo. No sólo porque haya arrebatado (¡hace poco más de medio siglo!) la independencia a Vizcaya, sino porque infecciona y destruye la pureza racial de los vizcaínos, valor enormemente superior incluso al propio euskera. Y de ahí el rechazo a los mestizos. Este racismo profundo es el mismo que en aquellos tiempos está dando lugar al antisemitismo europeo que se resume en los conocidos Protocolos de los Sabios de Sion. En ocasiones las acusaciones a maketos y maketófilos son asombrosamente coincidentes. Escojamos, por ejemplo el artículo Nuestro invasor, publicado bajo el pseudónimo Egiarte en el número 8 de Bizkaitarra, y sustituyamos la palabra maketo por judío, así como Vizcaya y vizcaíno por Alemania y alemán. El resultado es éste:

       De él puede decirse en verdad: «sí la desdicha te enviara uno de visita, no le dejes colgar el sombrero en el colgador; porque, así como se ha apoderado de él, se apoderará de toda tu casa.»
       Raquítico de cuerpo, mirada rastrera (es nictálope, porque todo lo hace en la oscuridad), sangre envilecida, corazón seco, alma... no la tiene: allí donde se implanta, crece como la cizaña. Tantea el terreno, y ¡ay del que por incuria no se aperciba de ello!: su casa, las de sus deudos, su pueblo, serán pasto de la voracidad del intruso. Se humillará, os adulará, os besará; siempre llevando en sus labios algo de vuestro cuerpo; si pudiera, la sangre. Si el clima es frío, se acomodará a él; si húmedo, se aclimatará; si es caluroso, llegará a vivir en él como los naturales: adonde no llegará es allí donde sus uñas nada encuentren.
       Escarabajo al principio, siéntese águila después, y ejecuta hechos de milano ó buitre.
       Shylok consentía en la muerte de Antonio, a trueque de cobrar su deuda: nuestro invasor asesina a su amigo para vender su sangre. Y... ¡el amigo del judío es el alemán, y se deja matar! ¡Hierve la sangre en las venas del alemán, y... permanece impávido como estatua de alabastro! ¡Su Madre ha muerto, su Patria agoniza, y... ¡el alemán vive todavía! La víbora que hiere el pecho de su salvador... ¡he allí el judío!
       En tierra extraña es algo menos que hombre; en su país es algo más que bestia. Las preocupaciones, los vicios, las vilezas ocupan su corazón todo: lo asqueroso le encanta; lo injusto le seduce; el crimen es su medio.
       Como el milano en el aire, parece dormido y perezoso; y cae sobre su presa como el rayo en el buque. Aún no es visto, y ya consumó su obra.
       Odia a nuestro Pueblo santo, pero su cara risueña asemeja la hermosa enseña que preside los combates. Hablará de venerandas leyes: las almas viles se encubren a veces en risueñas caras; la fruta más lozana y olorosa abriga en su seno al vil gusano.
       Cuando se haya encumbrado os rechazará con el pie, como a vagabundo perro: por sus duras obras mide las intenciones de los demás; sus ojos nunca mirarán a su víctima, sino es para escarnecerla.
       Sus promesas son bellas, como las flores de Mayo al despertar de la aurora; seguras... como gradas labradas en la arena. Serán simultáneas la noche y el día, el fuego y la nieve vivirán unidos en estrecho lazo... pero sus promesas nunca serán cumplidas.
       Jacob, apacentando los ganados de su tío Labán, llegó a poseer, favorecido por el Cielo, más cabezas que su tío: el judío penetrará en vuestro hogar como amigo, para después despojaros. Os pedirá vuestra hacienda, pretextando la ha de acrecentar en vuestro beneficio: ¡ay de vosotros, si le creéis!: mendigaréis de puerta en puerta, padeceréis con la lluvia, os mortificarán las nieves, os molestará el cansancio, desfalleceréis de hambre, moriréis de sed; las espinas se os clavarán en los pies, los rosales os herirá, las fieras os perseguirán famélicas... No vayáis a pedir al judío: sufriréis más. El cielo os dará el sol para calentaros; la tierra, sus frutos para alimentaros; las fieras, su compasión... Vuestro verdugo, ¡nada!
       Libraos de sus dientes, huid de su lengua, no os acerquéis a sus garras. El tigre, la pantera, la víbora os mataría al punto... Vuestro invasor os martirizará cuanto pueda: abrirá vuestras entrañas, estrujará vuestro corazón, beberá en vuestro cráneo... Todo, si permanecéis como hoy.
       Mostradle los dientes, y esconderá los suyos. Pero no le abráis vuestro corazón. Si queréis hacerle daño, guardaos de las reticencias: por ellas conocerá vuestra intención, y huirá y se guardará de vosotros. En hombre vil y aleve, son hábitos comunes estas mañas; en vosotros, son secretos que del alma se desprenden, cuando ésta arde en noble ira.
       ¡Ay de vosotros, si a vuestra vez no evitáis sus lazos! Revolverá y mezclará el cielo con la tierra, los bosques con los mares, los astros con los montes, y, velando o durmiendo, mil espíritus os rodearán portadores de su crimen. ¿En qué palacio no puede penetrar lo inmundo?
       Es perjuro, y bastardeará vuestra religión amada; es traidor, y os introducirá su cizaña; es lujurioso, y os robará vuestras hijas; es tahúr, y os sumirá en el juego para arruinaros; es avaro, y os hará pobres; es perverso, y os arrojará unos sobre otros para que os destrocéis y aniquiléis. La desdicha pesará sobre vuestras cabezas; los hermanos matarán a los hermanos; las madres serán asesinas de sus hijos; los campos se tornarán áridos y desiertos; los cadáveres quedarán sobre la tierra, y los buitres y los grajos tendrán festines en el inmenso cementerio; la luna se enrojecerá, se estremecerá la tierra, se derrumbarán los templos y las casas... y vuestro enemigo contemplará satisfecho vuestra ruina!
       ¡Huid de los judíos! ¡Antes hediondo sapo respirando en un calabozo, que consentir la ruina de Alemania!
       Acumulan horrores sobre horrores; sus maldades predicen la desdicha; cometen atroces crímenes, que al cielo a llanto y a la tierra a espanto mueven... y ¡vosotros nacisteis en Alemania! Están cebándose en los cadáveres de vuestros abuelos... y ¡vosotros sois los hijos de vuestros padres!
       ¡Rompa el cielo sus cataratas, desgarre sus entrañas y anegue la tierra, acribillen al mundo sus centellas, bramen y rujan los mares y los cielos, y vomiten fuego y agua y aniquilen a Alemania, antes de que el tiempo llegue de verla judía!



viernes, 31 de julio de 2020

Bernardino de Sahagún, Las ilustraciones del Códice Florentino, de la Historia general de las cosas de Nueva España

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Reproducimos la presentación de esta obra en la Biblioteca Digital Mundia y la Librería del Congreso: «Historia general de las cosas de Nueva España es una obra enciclopédica sobre la gente y la cultura del centro de México compilada por el fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), un misionero franciscano que llegó a México en 1529, ocho años después de que Hernán Cortés finalizara la conquista española. El manuscrito, al que comúnmente se llama Códice Florentino, llegó a manos de los Médici a más tardar en 1588 y ahora se encuentra en la Biblioteca Laurenciana de Florencia.

»Sahagún comenzó a realizar investigaciones sobre las culturas indígenas en la década de 1540, utilizando una metodología que, en opinión de los estudiosos, es precursora de la técnica moderna en el campo antropológico. Sus motivos eran principalmente religiosos: creía que, para convertir a los nativos al cristianismo y erradicar su devoción a los dioses falsos, era necesario entender esos dioses y la influencia que tenían en el pueblo azteca. Si bien gran parte de la cultura nativa le producía rechazo llegó a admirar muchas cualidades de los aztecas. Según lo que expresa en el prólogo al Libro I de su obra, los mexicanos eran considerados bárbaros, gente de muy poco valor; sin embargo, él consideraba que, en materia de cultura y refinamiento, estaban un paso adelante de otras naciones que presumían de ser muy diplomáticas.

»Sahagún obtuvo la ayuda de dos grupos indígenas importantes: los ancianos (principales) de numerosas ciudades de México central y los estudiantes nahuas y exalumnos del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, donde Sahagún trabajó durante gran parte de su estadía en México. Los principales respondían cuestionarios que preparaba Sahagún sobre la cultura y la religión, y sus respuestas eran registradas en su propia forma pictórica de escritura. Los estudiantes nahuas interpretaban las imágenes y ampliaban las respuestas, transcribiendo fonéticamente el náhuatl con caracteres latinos. Sahagún luego revisaba el texto en náhuatl y agregaba su propia traducción al español. Todo el proceso llevó casi 30 años y finalmente se completó entre 1575 y 1577 con una copia nueva y completa del manuscrito preparado.

»Este manuscrito fue llevado a España por el fray Rodrigo de Sequera, comisario general de los franciscanos y partidario de la obra de Sahagún. Los 12 libros del códice se encuadernaron originalmente en cuatro volúmenes, aunque más adelante se volvieron a encuadernar en tres. La obra está organizada en dos columnas: a la derecha está el texto original en náhuatl y a la izquierda, la traducción de Sahagún al español. La mayoría de las magníficas 2.468 ilustraciones, realizadas por los alumnos, están en la columna de la izquierda, cuyo texto es más corto. Las ilustraciones combinan los rasgos sintácticos y simbólicos de la antigua tradición nahua de pintura-escritura con las cualidades formales de la pintura renacentista europea.»

Los doce libros en que se divide la obra se ocupan de las siguientes cuestiones:
Libro I: de los dioses
Libro II: de las ceremonias
Libro III: del principio que tuvieron los dioses
Libro IV: de la astrología judiciaria o arte adivinatoria indiana
Libro V: de los agüeros y pronósticos
Libro VI: retórica y filosofía moral
Libro VII: el Sol, la Luna y las estrellas, y la unión de los años
Libro VIII: de los reyes y señores
Libro IX: de los mercaderes
Libro X: del pueblo, sus virtudes y vicios, y otras naciones
Libro XI: de las cosas naturales
Libro XII: de la conquista de México.

viernes, 24 de julio de 2020

Felipe Guaman Poma de Ayala, Ilustraciones de la Nueva crónica y buen gobierno

Autorretrato
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Tomo II   |  PDF  |

Roberto Viereck escribe sobre Felipe Guaman Poma de Ayala en la Biblioteca de Traducciones Hispanoamericanas. «De su vida se sabe realmente muy poco, más allá de lo que él mismo afirma por escrito. Nació probablemente en Huamanga (departamento de Ayacucho, Perú). Según declara el autor en su Nueva crónica y buen gobierno (1615), se trata de un indio puro, descendiente de una dinastía de los Yarovilcas de Huánuco, cuyos padres habrían sido Huaman Malqui y Curi Ocllo, hija menor del Inca Túpac Yupanqui. Al igual que sucede con su abuelo, Huaman Chava-Yarovilca Allauca Huánuco, Guaman Poma resalta la figura de su padre para elevarlo a la categoría de “segunda persona del Inca” Túpac Yupanqui, su suegro, pero sin explicar cómo descendió después a la modesta categoría de curaca de la región de Lucanas. Notoriamente marcada por una constante motivación de reivindicación social y económica (especialmente por los litigios por tierras) en el interior de la incipiente y compleja sociedad colonial a partir de la segunda mitad del siglo XVI, la vida de Felipe Guaman Poma de Ayala se caracteriza por ser itinerante, como la de miles de personas andinas de su generación.

»Presentándose a sí mismo como un cristiano devoto (probablemente para evitar sospechas sobre la honestidad de su conversión, como indio, a la nueva religión), habría trabajado como asistente de inspector eclesiástico en el área de Lucanas hacia el final de la década de 1560, donde regresaría posteriormente como funcionario nativo de la administración colonial al final de la década de 1590 y donde, además, se instalaría después de 1600. Al parecer, inició la redacción de su única obra a partir de poco después del 1600. La escritura de Guaman Poma revela, en cuanto a su contenido esencial, una visión profundamente crítica de la sociedad colonial del Perú antiguo, revelándose en ésta, incluso, una perspectiva ideológica oral y andina de resistencia cultural que subyace tras una apariencia letrada y occidental. Tras permanecer el texto en la oscuridad por casi trescientos años (fue descubierto por Richard Pietschmann en la Biblioteca de Copenhague, en 1908, y su primera edición facsimilar la realizó Paul Rivet en 1936) la Nueva crónica y buen gobierno es considerada en la actualidad como una de las piezas únicas para el conocimiento del mundo indígena de la región de los Andes.»

La extensa y monumental obra de Felipe Guaman Poma contiene como elemento más llamativo un conjunto de casi 400 ilustraciones a página completa, objeto de la comunicación de Clásicos de Historia de esta semana, que en su conjunto suponen un exhaustivo reportaje gráfico del Perú de antes y después de la conquista. Recientemente se ha publicado en Lima un número monográfico de Letras. Revista de Investigación de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, dedicado a nuestro autor. En su estudio, Carlos García-Bedoya M. pone de relieve que «Guaman Poma ocupa un lugar de excepción en la cultura del Perú colonial. Es la única figura a la cual cabe considerar, en todo el sentido de la palabra, un letrado indígena.» Pero, a diferencia de Garcilaso Inca, «no intenta fusionar códigos andinos y occidentales, sino que se desplaza discursivamente entre esos dos polos diferenciados» y toma partido por lo indígena (aunque también por el cristianismo y por la monarquía):

«Guaman Poma no se conforma con establecer la superioridad moral de los indios, también busca dejar sentada su superioridad simbólica (…) Bastará traer a colación un conocido dibujo que lleva por título Pontifical Mundo: allí, contrariando las representaciones cartográficas entonces vigentes (y aún vigentes ahora), aparecen en la mitad de arriba las Indias, con el Cuzco como centro de un espacio cuatripartito (Tawantinsuyo), y en la mitad de abajo Castilla como centro de un espacio en que se aplica el tradicional modelo andino de la cuatripartición: las Yndias del Pirú en lo alto de España [...] Castilla en lo auajo de las Yndias. España queda relegada a la posición inferior de urin, mientras que las Yndias (el mundo andino tawantinsuyano) ocupan la posición superior de hanan. Para reforzar esta operación, recurre Guaman Poma a elaborar una peculiar etimología del nombre: En este tiempo se descubrió las Yndias del Pirú, y ubo nueua en toda Castilla de cómo era tierra en el día, yndia, más alto grado que toda Castilla y Roma y Turquía. Y ací fue llamado tierra en el día, yndia, tierra de rriqueza de oro, plata

viernes, 17 de julio de 2020

Juan Suárez de Peralta, Noticias históricas de la Nueva España

Retrato imaginario
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En realidad, el título original de la obra es mucho más preciso, aunque prolongado: Tratado del descubrimiento de las Yndias y su conquista, y los ritos y sacrifiçios, y costumbres de los yndios; y de los virreyes y gobernadores que las han gobernado, espeçialmente en la Nueva España; y del suçeso del Marqués del Valle, segundo, Don Martín Cortés; del rebelión que se le ynputó y de las justiçias y muertes que hizieron en México los juezes comisarios que para ello fueron por su magestad; y del rompimiento de los yngleses, y del prinçipio que tuvo Francisco Draque para ser declarado enemigo. Compuesto por Don Joan Suarez de Peralta, vezino y natural de México. Y aun trata de otras interesantes cuestiones, como el comercio de esclavos en la costa de Guinea, los espectaculares festejos en la corte novohispana, las sospechas de asesinato en la muerte de la primera mujer de Cortés, las expediciones en busca de las Siete Ciudades de Cíbola, y especialmente de la malhadada de Coronado… Suárez de Peralta no es historiador, y ni siquiera se considera letrado, «que no tengo sino una poca de gramática, aunque mucha afición de leer historias y tratar con personas doctas.» Es crédulo en ocasiones (especialmente de lo que encuentra escrito), pero resulta apasionante cuando nos cuenta lo que ha visto o lo que le cuenta un interlocutor. Nos proporciona así un animado fresco del México virreinal que conoció.

Miguel A. Márquez, en su Vida y obra de don Juan Suárez de Peralta, cronista y protoalbéytar de América, nos lo presenta así: «Don Juan Suárez de Peralta nació en la ciudad de México-Tenochtitlán en 1541, habiendo sido sus padres Don Juan Suárez Marcayda y Doña Magdalena de Peralta; el padre también conocido como Juan Suárez de Ávila, o como Juan Suárez “El Viejo”, hizo la campaña militar de la conquista del Imperio Azteca como compañero de armas de Don Hernán Cortés. Suárez de Peralta escribió tres grandes obras: Tractado de Alveiteria hacia 1575, Tractado de Cavallería de la Gineta y Brida en 1580 y Tractado del Descubrimiento de las Indias y su Conquista en 1589. Estos tres tratados hacen de Suárez de Peralta, una inevitable y riquísima fuente de información para todo historiador investigando las vetas de la Historia Virreinal Novohispana y de la Historia de España del siglo XVI. Su obra sobre medicina equina y zootecnia de los caballos, es un magnífico y estupendo trabajo que se levanta como el primer libro de su tipo escrito en América. Suárez de Peralta asociado con su hermano mayor, Don Luis, establece un criadero de caballos de raza fina en Tacubaya, en el poniente de la antigua ciudad de México, y es ahí en donde aprende el arte científico de la médica equina, de la reproducción y de la zootecnia caballar y sus habilidades como jinete y gran caballista.

»En 1579, Don Juan debido a una serie de circunstancias decide exiliarse a España arribando al puerto de Sanlúcar de Barrameda, como huésped en el Palacio de su pariente el VII Conde-Duque de Medina Sidonia, para después habitar en Trujillo y en Sevilla en donde escribe y publica sus otras dos grandes obras. Se muda a Madrid en donde contrae nupcias con una aristócrata dama de la alta nobleza castellana, Doña Isabel Hurtado de Mendoza, perteneciente a la poderosa Casa del Infantado. Con ella procrea un hijo, llamado Don Lorenzo Suárez de Peralta, quien viaja a la Nueva España para tomar posesión de los bienes de su padre, su abuelo y de su tío Luis. Don Juan, nuestro albéitar, quien “alládese enfermo de calenturas”, fallece el 8 de enero de 1613 y es enterrado en la Iglesia del Spiritu Sanctus de los Clérigos Menores en el Madrid de los Austrias (…) Sin duda alguna, el escenario de la albeitería novohispana y americana durante el siglo XVI es luminosamente monopolizado por Don Juan Suárez de Peralta por un lado, y por el otro, como primer criollo cronista de Indias, ocupa igualmente un lugar protagónico en la historiografía virreinal mexicana y en la historia colonial española. Suárez de Peralta con estilo sencillo y ameno relata vívidamente la vida cotidiana de los habitantes de la naciente ciudad de México-Tenochtitlán, capital del Virreinato de la Nueva España a mediados del siglo XVI, a través de su obra intitulada Tractado del Descubrimiento de las Yndias y su Conquista

Libro de Difuntos correspondiente a 1613, de la parroquia de San Sebastián de Madrid.

viernes, 10 de julio de 2020

Étienne de la Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria

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En el capítulo XXVII del libro primero de sus Ensayos, Michel de Montaigne se ocupó de la amistad, y la ejemplificó en la que mantuvo con el autor de la aportación de esta semana: «...mi capacidad no llega, ni se atreve, a emprender un cuadro magnífico, trazado y acabado según los principios del arte. Así que, se me ha ocurrido la idea de tomar uno prestado a Esteban de La Boëtie, que honrará el resto de esta obra: es un discurso que su autor tituló la Servidumbre voluntaria. Los que desconocen este título le han designado después acertadamente con el nombre de el Contra uno. Su autor lo escribió a manera de ensayo, en su primera juventud, en honor de la libertad, contra los tiranos. Corre ya el discurso de mano en mano tiempo ha entre las personas cultas, no sin aplauso merecido, pues es agradable y contiene todo cuanto contribuye a realzar un trabajo de su naturaleza. Cierto que no puede asegurarse que es lo mejor que su autor hubiera podido componer, pues si más adelante, en el tiempo que yo le conocí, hubiera formado el designio que yo sigo de transcribir sus fantasías, hubiéramos visto singulares cosas que lindarían de cerca con las producciones de la antigüedad, pues a ciencia cierta puedo asegurar que a nadie he conocido que en talento y luces naturales pudiera comparársele.

»Sólo el discurso citado nos queda de La Boëtie, y eso casi de un modo casual pues entiendo que después de escrito no volvió a hacer mérito de él, dejó también algunas memorias sobre el edicto de 1588, famoso por nuestras guerras civiles, que acaso en otro lugar de este libro encuentren sitio adecuado. Es todo cuanto he podido recobrar de sus reliquias. Con recomendación amorosa dejó dispuesto en su testamento que yo fuera el heredero de sus papeles y biblioteca. Yo le vi morir. Hice que se imprimieran algunos escritos suyos, y respecto al libro de la Servidumbre, le tengo tanta más estimación, cuanto que fue la causa de nuestras relaciones, pues mostróseme mucho tiempo antes de que yo viese a su autor, y me dio a conocer su nombre, preparando así la amistad que hemos mantenido el tiempo que Dios ha tenido a bien, tan cabal y perfecta, que no es fácil encontrarla semejante en tiempos pasados, ni entre nuestros contemporáneos se ve parecida. Tantas circunstancias precisan para fundar una amistad como la nuestra, que no es peregrina que se vea una sola cada tres siglos (...)

»Pero oigamos hablar un poco a este joven cuando tenía dieciséis años. Porque veo que este libro ha sido publicado con malas miras por los que procuran trastornar y cambiar el estado de nuestro régimen político, sin cuidarse para nada de si sus reformas serán útiles, los cuales han mezclado la obra de La Boëtie a otros escritos de su propia cosecha personal, renuncio a intercalarla en este libro. Y para que la memoria del autor no sufra crítica de ningún género de parte de los que no pudieron conocer de cerca sus acciones o ideas, yo les advierto que el asunto de su libro fue desarrollado por él en su infancia y solamente a manera de ejercicio, como asunto vulgar y ya tratado en mil pasajes de muchos libros. Yo no dudo que creyera lo que escribió, pues ni en broma era capaz de mentir; me consta también que si en su mano hubiera estado elegir, mejor hubiera nacido en Venecia que en Sarlac, y con razón. Pero tenía otra máxima soberanamente impresa en su alma: la de obedecer y someterse religiosamente a las leyes bajo las cuales había nacido. Jamás hubo mejor ciudadano, ni que más amara el reposo de su país, ni más enemigo de agitaciones y novedades; mejor hubiera querido emplear su saber en extinguirlas que en procurar los medios de excitarlas más de lo que ya están: su espíritu se había moldeado conforme al patrón de otros tiempos diferentes de los actuales. En lugar de esa obra se publicará otra [los veintinueve sonetos de La Boëtie, del capítulo siguiente] que igualmente escribió en la misma época de su vida, y que es más lozana y alegre.»

Manuscrito de la obra, del siglo XVI

viernes, 3 de julio de 2020

Tomás de Mercado y Bartolomé de Albornoz, Sobre el tráfico de esclavos

Retrato anónimo de desconocido
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Hugh Thomas escribe en su La trata de esclavos. Historia del tráfico de seres humanos de 1440 a 1870: «Tomás de Mercado, fraile dominico que de joven estuvo en México, hizo otra firme declaración en contra de la trata. Escribió una relación del comercio entre España y el Nuevo Mundo. Conocía, gracias a su observación personal, las miserables condiciones en que transportaban a los esclavos en los barcos. De modo que podía mostrarse más directo de lo que habían sido de Soto y otros. En su Tratos y contratos de mercaderes, publicado en Salamanca en 1569, aceptaba abiertamente la esclavitud como institución, reconocía también que a lo largo de la historia los prisioneros de guerra habían sido esclavizados y hasta creía que los esclavos estaban mejor en las Américas que en África.

»Sin embargo, también describía gráficamente el modo en que tantos seres eran secuestrados o engañados, sin importar que los secuestradores y quienes les engañaban fuesen generalmente africanos; señaló que el elevado precio que pagaban los europeos impulsaba a los monarcas africanos a atacarse entre sí y hasta convencía a los padres para que vendieran a sus hijos, en ocasiones por despecho. Los barcos de esclavos que cruzaban el Atlántico estaban tan abarrotados que sólo el hedor mataba a muchos: ciento veintinueve esclavos habían muerto, decía, la primera noche de una travesía reciente. De nada servirían, añadía, las normas oficiales acerca de la carga de esclavos, como las que habían intentado dictar los portugueses, de modo que, debido a la indulgencia respecto a la trata destinada a las Américas, los hombres incurrían automáticamente en pecado mortal, y aconsejaba que quienes en Sevilla, como Jorgess y otros distinguidos mercaderes, participaban en la trata, hablaran de inmediato con su confesor. Esta severa amonestación no causó efecto y el Arenal de Sevilla siguió lleno de barcos que partían hacia las islas de Cabo Verde, cuando no hacia el África continental.

»Unos años después, Bartolomé Frías de Albornoz, abogado oriundo de Talavera que había emigrado a México, fue más lejos que Mercado, en su Arte de los contratos, publicado en Valencia en 1573. Fue el primer profesor de Derecho civil en la Nueva España y ahora se le considera el padre de los juriconsultos mexicanos, paternidad que ciertamente ha tenido una numerosa progenie. En su libro ponía en duda que a los prisioneros de guerra se les pudiera esclavizar legalmente. A diferencia de Mercado, creía que a ningún africano le suponía un beneficio vivir como esclavo en las Américas y que el cristianismo no podia justificar la violencia de la trata y el secuestro. Obviamente, declaró, los sacerdotes eran demasiado perezosos para ir a África y actuar como auténticos misioneros (...)

»Pero un jesuita, frei Miguel García, opinaba como Frías de Albornoz. Al llegar a Brasil en 1580, uno de los primeros miembros de su orden en ese dominio, se horrorizó al ver que la Sociedad de Jesús poseía africanos que, según creía, habían sido esclavizados ilegalmente. Decidió negarse a oír la confesión de quienes poseyeran esclavos africanos y él y un colega, frei Gonzalo Leite, regresaron a Europa para protestar, pero ya no se oyó hablar de ellos. En 1580 el historiador Juan Suárez de Peralta, sobrino político de Hernán Cortés, expresó un punto de vista similar. Se preguntó por qué nadie abogaba por los africanos negros cuando tantos lo hacían por los indios. No había más diferencia entre unos y otros, señaló con sensatez, sino la de que unos eran de color más oscuro que otros.* Su libro, sin embargo, al igual que la Historia de las Indias en que Las Casas decía algo semejante, no se publicó hasta el siglo XIX.

»También el obispo portugués del archipiélago de Cabo Verde, frei Pedro Brandão, lanzó un feroz ataque contra la trata a finales del siglo XVI. Trató de ponerle fin y propuso que se bautizara y manumitiera a todos los negros. Estos dispares desafíos a la antigua institución pararon, como los demás, en oídos sordos. España, y con ella Portugal, iniciaba una época muerta, desde el punto de vista intelectual, en la que se daba por supuesto que había de conservarse el statu quo. La era de la aventura había terminado y aún no había llegado la de la atenta filantropía considerada (…) No obstante, gracias a estas denuncias aisladas la Iglesia puede, con mayor credibilidad de la que se le suele reconocer, presentarse como precursora del movimiento abolicionista. A lo largo del siglo XVII la Congregación para la Doctrina de la Fe en Roma continuó recibiendo cartas de protesta acerca de la trata por parte de capuchinos, jesuitas y obispos.»

* En realidad, Juan Suárez de Peralta no es tan tajante en este punto como señala este ilustre historiador. Incluso se duele de que se hayan liberado todos los esclavos indios por mandato de las autoridades: «Tanta injusticia es quitar el esclavo a su dueño, si le tiene con justo título, como contra ella hacer al libre esclavo, y menos justicia fue, porque hubiese algunos mal hechos, darlos a todos por libres, sin diferenciar.»