domingo, 1 de marzo de 2026

Eduardo Barriobero, Un Tribunal Revolucionario. Cuenta rendida por el que fue su presidente

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Eduardo Barriobero (1875-1939) fue un republicano federal en la estela pimargaliana, masón y miembro antiguo de la CNT. Diputado frecuente desde 1914, en las primeras Cortes republicanas forma parte de los antigubernamentales catalogados como jabalíes, que tanto disfrute proporcionan a los comentaristas políticos, como Wenceslao Fernández Flórez. Lo podemos observar en sus intervenciones en los debates sobre el voto femenino o sobre Casas Viejas, por ejemplo. Con patente desencanto por su parte quedó fuera del parlamento en 1933 y otra vez en 1936.

Fue abogado ejerciente, e intervino en muchos de los más importantes procesos político-sociales, especialmente en defensa de activistas de la CNT y la FAI (entre otros a García Oliver). Su actividad en este sentido se produjo tanto durante la monarquía como durante la República. En esta última defendiendo a los libertarios que pretendían llevar a cabo la huelga general revolucionaria y que se sublevan en enero de 1932, en enero y diciembre de 1933, y finalmente en octubre de 1934, ahora aliados con sus tradicionales enemigos los socialistas. Y por último, fue también un prolífico escritor: artículos de prensa, novelas, ensayos jurídicos y políticos, traducciones (por ejemplo, de Rabelais), teatro...

Con el triunfo del Frente Popular Barriobero parece destinado a escalar las cúspides del sistema judicial: presidente del Tribunal Supremo, o de su Sala de lo Criminal… Pero «se interpusieron la Guerra y la Revolución.» Rápidamente se convierte en miliciano: «tres días anduve por las calles de Madrid con mi fusil al hombro.» Tras entregar a la Dirección de Seguridad a dos monjas y un cura a los que acusa de haber tiroteado a su cuadrilla desde un convento, participa en las incautaciones a favor del Partido Federal para establecer un hospital de convalecientes y un Ateneo Popular.

Sin embargo su carrera revolucionaria en Madrid se interrumpe ante el goloso ofrecimiento que se le hace por parte de los anarquistas de Barcelona: «Nos hemos incautado —me dijeron— del Palacio de Justicia y es preciso que venga usted en seguida para ponerse al frente de la Justicia revolucionaria de Cataluña.» Ahora bien, cuando llega a Barcelona, sus expectativas se reducen considerablemente: la oposición de los nacionalistas catalanes hacen que su papel se reduzca desde las alturas de un Tribunal Revolucionario a una simple Oficina Jurídica de la Audiencia de Barcelona. Sus funciones, sin embargo, aunque indeterminadas y básicamente consultivas, le permiten actuar revolucionariamente, y resolver por su cuenta las consultas que se les presentan.

Barriobero convierte la Oficina Jurídica en un ente autosuficiente, que se financia con un porcentaje de los fondos que pasan por sus manos. Se actuará duramente contra usureros y prestamistas, contra propietarios de fincas y patronos de fábricas, estableciendo multas e indemnizaciones. Y naturalmente, se ocuparán de la «represión de las actividades contrarias al régimen». Respecto a esto último «para cumplir nuestro cometido organicé cuatro equipos de milicianos que trajesen a nuestra presencia los presuntos enemigos del Régimen y, en busca de pruebas, registraran sus domicilios». Y «si en los registros no se les encontraba cosa que probara actividades actuales, nos limitábamos a imponerles una multa... Si en sus casas se encontraba algo que hiciera presumir el auxilio actual a los rebeldes, los entregábamos a los Tribunales Populares.»

En el curso de estas operaciones hallaron documentos que comprometían a ciertos nacionalistas catalanes con la dictadura de Primo de Rivera, con los Sindicatos Libres, con las administraciones de Lerroux... Esto provocó un fuerte reacción por parte de la Generalitat en su defensa, y un incremento de la animadversión a la Oficina. Menudean las acusaciones y finalmente en noviembre del mismo 1936, quedarán disueltas las Oficinas Jurídicas. Y comienzan las acusaciones: si falta cierta cantidad de dinero, si Barriobero pasó a Perpiñán y contrató una caja de seguridad… Y Barriobero se justifica: puede demostrar las entregas del dinero incautado a las autoridades y a diversas instituciones de la República; llevó los documentos comprometedores de personajes de la Esquerra a Francia ante el temor de robos y asaltos… Y con esa intención escribe en 1937 el libro que presentamos.

No fue suficiente. Los intentos de lograr un cargo en Valencia que le mantenga a salvo no dan resultado, por la animadversión de Azaña y los republicanos de izquierda, por la misma división de los anarquistas, y no digamos tras los sucesos de mayo. Será procesado y encarcelado, aunque la protección de la que aun goza por sus actividades pasadas, hace que pronto sea recluido en un hospital penitenciario, donde es de suponer que persistieron sus padecimientos y se incrementó su desencanto. Se dice que ante la próxima caída de Barcelona se le ofreció el traslado a Francia, y que él lo rechazó. Capturado por el ejército franquista, su fama, su actividad durante la República, y su propio testimonio expresado en sus libros aseguraron el resultado del consecuente consejo de guerra: fue fusilado apenas tres días después de la toma de la ciudad.

La Oficina Jurídica de Barcelona, con Barriobero.

sábado, 21 de febrero de 2026

Winston S. Churchill, La guerra civil española. Artículos y discursos 1936-1939

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En un artículo publicado el 23 de febrero de 1939, cuando ya se da por descontado el final de la guerra civil española, Winston Churchill acuñará la expresión sangre, sudor y lágrimas, que recuperará al año siguiente para aplicarla al propio Reino Unido lacerado por la Batalla de Inglaterra. Pero ahora se refiere con ella a los dos bandos españoles, a los que no ve tan disímiles en su forma de actuar y en sus padecimientos, y a los que reclama un necesario mutuo entendimiento: «La mitad de una nación no puede exterminar ni subyugar a la otra mitad. Debe reconciliarse con el resto de sus compatriotas.»

Pero esta consideración no le ha impedido afirmar desde el principio unas causas determinantes de la guerra: «A finales de julio de 1936, la creciente degeneración del régimen parlamentario en España y la fuerza de los movimientos que impulsaban una revolución comunista, o alternativamente una anarquista, desembocaron en una revuelta militar que llevaba tiempo gestándose. Inmediatamente estalló una feroz guerra civil, con ejecuciones masivas, asesinatos de clase y las correspondientes represalias.» Y la reacción de las potencias europeas le parece hipócrita: se acuerda una política de no intervención que impide la ayuda militar a cualquiera de los bandos, pero desde el principio no se respeta por parte de los estados totalitarios (y tampoco por Francia), en beneficio de ambas partes enfrentadas.

Winston S. Churchill (1874-1965) se encuentra en los años treinta un tanto sumido en el ostracismo, sexagenario y con una espléndida carrera que parece haber quedado ya definitivamente a su espalda. Había ocupado importantes cargos ejecutivos desde 1908: presidente de la Junta de Comercio, ministro de Interior, primer lord del Almirantazgo (hasta el fracaso de Gallípoli), ministro de Municiones, secretario de Estado de Guerra y Aire, secretario de Estado para las Colonias, y Canciller, esto es, ministro de Hacienda. Pero el triunfo laborista de 1929 le aparta del poder, y cuando los conservadores lo recuperan progresivamente a partir de 1931, primero Baldwin y luego Chamberlain parecen considerarle ya amortizado y se le ignora a la hora de los nombramientos. Churchill discrepa de algunas políticas del gobierno (la colonial, el apaciguamiento…) y se esfuerza en mantener su presencia pública desde el Parlamento, y por medio de sus siempre abundantes artículos, conferencias y libros.

Se han recogido para esta entrega de Clásicos de Historia la decena de artículos y tres intervenciones en la Cámara de los Comunes, que dedicó a la situación de España (la había visitado apenas unos meses ante del estallido de la guerra); lógicamente le preocupa ante todo cómo podía afectar la guerra a la situación interna británica y a los intereses del imperio, y cómo desestabilizaba todavía más la tambaleante Europa. También se incluyen diez breves pasajes de otros tantos discursos en los que incidentalmente se refiere a España.

Por último, se incluye como Apéndice el capítulo XII de Cómo se fraguó la tormenta, primero de los seis volúmenes de las extensas Memorias de Churchill referentes a La Segunda Guerra Mundial, que fue publicado en 1948. Lo cierto es que respecto a la guerra de España no añade gran cosa a lo que ya había publicado en los periódicos en su momento, y que luego había recogido en su libro de 1939 Step by step, de donde los hemos tomado para esta entrega de Clásicos de Historia. En realidad los reproduce en buena medida. Sin embargo puede resultar de interés para encuadrar las observaciones de Churchill sobre la guerra, en el contexto de las otras cuestiones que le preocupaban y ocupaban durante aquellos años.

Clive Branson, Demonstration in Battersea, 1939

miércoles, 11 de febrero de 2026

Francisco Javier Simonet, La mujer arábigo-hispana y otros estudios andalusíes

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Naturalmente, no existe la historia imparcial. Todo indagador honesto en el pasado, ya se centre en acontecimientos o personas o ideas o sociedades o economías o culturas, busca respuestas a las preguntas que se hace para comprenderlo. Y siempre es consciente de que esas respuestas son parciales y provisionales, y de que en mayor o menor grado derivan de sus propios planteamientos previos: la respuesta depende de la pregunta. Y eso conduce al historiócalo a avanzar un poco a tientas, y a dudar de sí mismo y de sus certezas. Por eso son tan múltiples las interpretaciones de la historia, y tantas de ellas válidas y enriquecedoras, por más contradictorias que sean entre sí. Y es que no existe, en tantas dimensiones de la vida, el conocimiento absoluto de la realidad. Por lo menos en este mundo.

Por tanto, no existe una interpretación canónica sobre cualquier fenómeno histórico, sean las guerras púnicas o el franquismo. Esa pretensión podemos cedérsela al historiócaco que considera la historia como una mera herramienta para «ganar el relato», es decir, para lograr un beneficio que en resumidas cuentas es propio, personal. Es el terreno abonado de la propaganda, la agit-prop de toda la vida, la memoria histórica o democrática: todo se resume en decirle a la gente lo que debe creer, y obligarle a creerlo. Sobran los interrogantes, sobra el acercamiento titubeante al pasado, sobra el mismo pasado. El pasado se crea en función de los intereses del presente.

En los grandes historiadores (y también en los pequeños, claro) es patente, sobre todo con el paso de los años, lo que deben a sus planteamientos ideológicos, a sus presupuestos antropológicos: interpretan la historia como interpretan el mundo en que viven. Pero esto no quita nada de valor a su obra; al contrario, se compartan o no, nos permite observar las cosas desde otro punto de vista, lo cual resulta enriquecedor. No se trata de creerse lo que dicen, sino de prestarles atención, comprenderlos y reflexionar. No importa si sus planteamientos son marxistas, nacionalistas, liberales o tradicionalistas. Se trata de distinguir, separar y aprovechar.

Un buen ejemplo de lo anterior es Francisco Javier Simonet (1829-1897), ilustre arabista del que ya comunicamos en su día su Historia de los mozárabes de España. Pues bien, en esta nueva entrega se han reunido una serie de memorias, discursos y artículos de fechas comprendidas entre 1860 y 1895: La mujer arábigo-hispana, El Siglo de Oro de la literatura arábigo-española, Influencia del elemento indígena en la cultura de los Moros de Granada, Biografía de Omar Ebn Hafsun, Caída del reino visigodo y conquista de España por los sarracenos, y por último el Prólogo que redacta para la traducción española de La Croix et le Croissant de Godefroid Kurth, incluida en la anterior entrega de Clásicos de Historia.

Simonet lleva a cabo un exhaustivo estudio de las fuentes existentes, publica numerosas de ellas, y naturalmente las interpreta, sin ocultarlo, desde sus planteamientos tradicionalistas y nacionalistas. Esto le lleva progresivamente a subrayar (y privilegiar) el factor indígena e hispánico de muladíes y mozárabes en la cultura y realizaciones de la España musulmana, que superaría ampliamente a la influencia árabe y norteafricana. Como todo escrito interesante sobre el pasado, esta tesis no sólo es discutible, sino que es un acicate para una fructífera discusión, y Simonet no la rehúye: en sus obras son incontables las referencias elogiosas al gran arabista holandés Reinhart Dozy, por más que rechace buena parte de sus tesis.

No ocurre lo mismo con las obras de propaganda ideológica o política, o de mero propósito crematístico, pero revestidas de aparato (o revestimiento) historiográfico. Un ejemplo de ello sería Ignacio Olagüe (1903-1974), que dio una curiosa vuelta de tuerca a la tesis de Simonet en su Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne, título con el que se publicó en 1969 lo que después se llamaría La Revolución Islámica en Occidente. Como nacionalista español (había militado en las JONS) Olagüe hispaniza totalmente Al-Ándalus: no habría sido invadido en ningún momento, sino que los antitrinitarios arrianos españoles se transmutaron ellos mismos en musulmanes. Mientras que el valor de esta obra para la mejor comprensión de la España musulmana es nulo, puede resultar de interés observar el contraste entre el autor (que afirma que Al-Ándalus no debe nada a árabes y norteafricanos) y los actuales defensores y promotores de dicha obra (que defienden la pertenencia de España a Dar al-Islam).

La Alhambra, por supuesto.

domingo, 1 de febrero de 2026

Godefroid Kurth, ¿Qué es la Edad Media? y otros artículos polémicos

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Durante un milenio, la Cristiandad divide la Historia en seis edades, conjuntando las tradiciones clásicas, judías y cristianas, y las reflexiones de san Agustín y de Orosio. La primera edad arranca con la Creación, la segunda con el Diluvio, la tercera con Abraham, la cuarta con la construcción del Templo, la quinta con el Cautiverio, y la sexta con el nacimiento de Cristo. Si le añadimos una más futura, con el Anticristo y el fin del mundo, obtenemos la prodigiosa cifra de siete que nos permite relacionarlas con los siete días de la Creación, con los siete planetas, con las siete edades del individuo... Macrocosmos y microcosmos. Vemos ya explícita esta compartimentación del tiempo en la Crónica Universal de Isidoro de Sevilla, y todavía será reverencialmente seguida casi mil años después, por ejemplo en la espléndida Crónica de Nuremberg de Hartmann Schedel.

Sin embargo a partir del siglo XII algunos escritores, ante la prolongada duración de la sexta edad y el interés por el pasado reciente, comienzan a distinguir entre antiquitas y modernitas. Esta última sería «el curso de los últimos cien años, cuyo término aún se desarrolla, cuyo recuerdo de todas las cosas que han sido dignas de contar es suficientemente reciente y claro, cuando hay todavía algunos ancianos centenarios vivos, y hay innumerables hijos que poseen, por la narración de sus padres y abuelos, un conocimiento cierto de cosas que no han visto.» (Gualterio Map, muerto en 1209, lo escribe en su De nugis curialium, cit. por José Miguel de Toro Vial.) Naturalmente, antiquitas será lo anterior…

Pero los humanistas del siglo XV, que aunque parezca difícil incrementan la reverencia hacia griegos y romanos mantenida por la Cristiandad a lo largo de los siglos, se autoconvencen de ser ellos los descubridores de ese Mediterráneo glorioso del pasado, para el que reservan el término de Antigüedad. Y, lógicamente, su Modernidad quiere reproducirla, quiere ser una nueva Antigüedad. ¿Y qué son los mil años que separan estos dos polos de la historia? Nada, un periodo intermedio, medioevo, caracterizado por la barbarie y la regresión: un largo descenso seguido de una lenta ascensión. Nace así el concepto de Edad Media, con su carga de significado negativo, que pesará poderosamente no sólo en el imaginario popular, sino también en el de los especialistas.

Godefroid Kurth (1847-1916) fue un prestigioso historiador belga que publica en 1905 un breve texto con el título Qu’est-ce que le Moyen Age? con el que quiere deshacer esa falsa percepción de la Edad Media en la que «era inevitable llegar a creer que era completamente cruda, bárbara, ignorante, falta de inteligencia, sucia, engañada por sacerdotes astutos y por sus propios prejuicios, sometida a toda forma de violencia o que la cometía, incapaz de espíritu cívico, incapaz de alcanzar los grandes ideales de nación, progreso, justicia social y vida intelectual.»

Pero es que esa visión deleznable de la Edad Media se basa en buena medida en leyendas sin base y falsedades clamorosas, que Kurth disecciona y rechaza. Y concluye: «lejos de ser un período intermedio entre la civilización antigua y la moderna, la Edad Media es en sí misma el comienzo de la civilización moderna. Lejos de situar su punto de partida en el Renacimiento, cabe señalar, por el contrario, que surge del cristianismo... Estas sociedades todavía subsisten con la base que recibieron entonces, esto es, la moral cristiana. Iniciándose en los siglos conocidos como la Edad Media, continúa en los llamados modernos y contemporáneos. Somos herederos de la Edad Media, y no, como suele decirse, hijos de Grecia y Roma.»

Hemos incluido otros dos artículos, también orientados hacia la polémica con sus contemporáneos, en los que se ocupa de otros aspectos conexos. En uno de ellos, Le Concile de Maçon et les femmes, explica el curioso origen del fake sobre la supuesta carencia de alma en las mujeres, que todavía se aduce de vez en cuando hoy en día. En el otro, La Croix et le Croissant, lleva a cabo un intento de interpretación del papel que ha jugado el Islam en la historia, hasta el presente. Su valoración es en buena medida negativa, al enmarcar su análisis en el marco de un conflicto de civilizaciones opuestas que compiten entre sí (y en el momento álgido del imperialismo contemporáneo en que se escribe, podemos añadir.)

El último texto de esta entrega de Clásicos de Historia es diferente. Escrito en los últimos meses de su vida, se publicará póstumamente en 1919. Le guet-apens prussien en Belgique trata de la ocupación de la neutral Bélgica por parte de Alemania en la primera Guerra Mundial. Kurth, originario de la zona belga de lengua alemana, describe pormenorizadamente con los datos de que dispone el proceso del ultimátum, invasión y especialmente los intentos alemanes de justificar sus actos. «Invoco a Alemania ante el tribunal de la conciencia humana: ¡que intente responder a mi acusación! Aquí solo encontrarán hechos que ella misma admite; ¡hablo basándome en sus periódicos y revistas! Cuando cito testimonios belgas, han sido cuidadosamente verificados. He enseñado y practicado la crítica histórica durante cuarenta años, y he aplicado aquí su método con aún mayor rigor porque siento plenamente el peso de la responsabilidad que recae sobre mí. ¿Es necesario decir que esta no es una obra de odio ni de venganza?»

Les Tours de Bois-Maury, de Hermann, es una larga novela gráfica iniciada en 1984, en la que se pueden
apreciar buena parte de los tópicos que aun hoy se aplican a la Edad Media. Eso sí, con gran calidad artística.

miércoles, 21 de enero de 2026

Juan Valera, Sobre el concepto que hoy se forma de España y otros artículos sobre la leyenda negra y la guerra de Cuba

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El egabrense Juan Valera (1824-1905) es uno de los más destacados intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX. Diplomático, escritor especialmente epistolar, crítico literario y político ocasional, es el autor de Pepita Jiménez, una de las más afamadas novelas realistas españolas. Su carrera y su dominio de las principales lenguas clásicas y modernas le llevará por gran número de países de Europa y América: Nápoles (cuando la revolución de 1848), Lisboa y Río de Janeiro (le hicieron iberista convencido), Dresde y Francfort (el reino de Sajonia y la ciudad-estado), San Petersburgo (donde escribe sus Cartas desde Rusia, que tanto interesarán a Azaña), Washington (de 1884 a 1886, cuando se incrementan las campañas antiespañolas), Bruselas (dice de los belgas que combinan la arrogancia francesa con la pesadez alemana) y finalmente Viena, su último destino, del que se retirará en 1896. Vuelto a España, desde entonces incrementará su labor literaria, también en los periódicos.

En su día incluimos la extensa continuación de la Historia General de España de Modesto Lafuente, que realizó junto con Andrés Borrego y Juan Pirala. En esta entrega de Clásicos de Historia se han reunido diversos textos en los que Valera se ocupa de cómo se percibe a España en el exterior (y también en el interior). El más antiguo de ellos, y que sirve de título al conjunto, se publica en el umbral del caótico sexenio democrático, y el autor se lamenta de la creciente distancia a la que queda «el poderío, la riqueza y el bienestar de Francia, Inglaterra, Rusia, Alemania y otros Estados». Y señala:

«El concepto que en el día forman de España los extranjeros es casi siempre pésimo. Es más; en el afán, en el calor con que se complacen en denigrarnos se advierte odio a veces. Todos hablan mal de nuestro presente: muchos desdoran, empequeñecen o afean nuestro pasado. Contribuye a esto, a más de la pasión, el olvido en que nosotros mismos ponemos nuestras cosas. En lo tocante al empequeñecimiento de nuestro pasado hay, a mi ver, otra causa más honda. En cualquier objeto que vale poco o se cree valer poco, en lo presente, se inclina la mente humana a rebajar también el concepto de lo que fue, y al revés, cuando lo presente es grande, siempre se inclina la mente a hermosear y a magnificar los principios y aun los medios, por más humildes y feos que hayan sido.»

Los restantes textos que incluimos corresponden ya a la época de la Restauración, cuando ha cesado (o al menos se ha mitigado por un tiempo) el espasmo revolucionario del medio siglo anterior. En ellos analiza y critica lugares comunes como la atribución de la decadencia española a una supuesta y excepcional intolerancia española, que Valera observa similar o mayor en los restantes países europeos. Como hombre de letras que es, se ocupa ante todo de los libros en que se describe tergiversada o erróneamente a España, como los de J. W. Draper, C. King o H. C. Chatfield-Taylor. En otro extenso trabajo expone sus planteamientos iberistas, al comentar diversas obras de J. P. Oliveira Martins, sus coincidencias y discrepancias, lo que le permite precisar el significado que da a conceptos como nación, cultura, estado, región...

A partir de su jubilación, y durante un tiempo, se multiplican sus colaboraciones periodísticas, muchas de ellas de crítica literaria, pero también de temas de actualidad, como los tardoseculares nacionalismos regionales, los atentados anarquistas y su represión... Pero sobre todo de la guerra de Cuba y del apoyo norteamericano a los rebeldes, cuestiones con las que había tenido que bregar durante su embajada en Washington. Su pretensión es ante todo el análisis y crítica de los argumentos empleados por los independentistas cubanos. Lástima que algunos de sus planteamientos participen, aunque sea de forma templada, de ese racismo dominante en el liberalismo decimonónico.

Sin embargo tras el Desastre, en el último artículo que incluimos, parece contrarrestarlo en este lastimero párrafo: «La idea, por ejemplo, de la constante y creciente superioridad de unas razas humanas sobre otras, y de que se da una lucha por la vida en la que deben extinguirse más o menos lentamente los pueblos inferiores o decaídos, a fin de que ocupen su lugar y prevalezcan e imperen los pueblos superiores, más inteligentes y briosos, y la idea de la selección por cuya virtud van elevándose y magnificándose los mencionados pueblos y pereciendo los que decaen y se hunden, hacen que en nuestra época, aunque se hable mucho de filantropía y de justicia, sólo se atienda a la fuerza, se aprecie al que la tiene y el débil sea desdeñado y vejado; se profetice su próxima muerte como cosa segura y hasta se le niegue el derecho de seguir viviendo.»

Puck, Nueva York, noviembre de 1898

domingo, 11 de enero de 2026

Carlos Pereyra, El mito de Monroe

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Carlos Pereyra (1871-1942), de quien ya hemos comunicado algunas obras, escribió cargado de pasión la que hoy presentamos, quizás como reacción a la ocupación norteamericana de Veracruz en 1914, durante la revolución y guerra civil mejicana de la segunda década del siglo XX, prolongada en la siguiente con las guerras cristeras. Los acontecimientos actuales todavía en curso, quizás aviven el interés por esta centenaria obra del hispanista mejicano.

Pereyra se propuso analizar la llamada doctrina Monroe, incluida por el secretario de Estado John Quincy Adams en el mensaje del presidente James Monroe, el 2 de diciembre de 1823. En un momento en el que la América española ya había accedido en la práctica a la independencia (excepto Cuba y Puerto Rico), a falta del solemne final de Ayacucho, la declaración presidencial rechazó el establecimiento de nuevas colonizaciones europeas en América, y al mismo tiempo aseguró el respeto de las colonias ya existentes. En realidad todo ello parecía obedecer al interés británico por salvaguardar su predominio económico en los nuevos estados, en parte resultado de su impulso y protección, y poner trabas a la intervención de otras potencias de Europa. Y así había sido aparentemente acordado entre Washington y Londres.

Ahora bien, esta doctrina nunca se aplicará en sentido estricto: no se impedirá la ocupación y colonización del Canadá occidental, de las islas Malvinas, de la costa de los Mosquitos por parte de Gran Bretaña, así como la expansión de sus posesiones en las Guayanas a costa de Venezuela. Tampoco se aplicará en la intervención francesa en Méjico para establecer el desgraciado imperio de Maximiliano de Austria, o con ocasión de la breve recuperación de Santo Domingo por parte de España. Y lo mismo ocurrirá (o más bien no ocurrirá nada) cuando en numerosas ocasiones las potencias europeas se impongan por medios políticos, económicos o militares a los gobiernos de los nuevos estados aduciendo los más dispares agravios o reclamaciones.

Y sin embargo, la doctrina Monroe será prontamente mitificada, resumida en el pegadizo lema de América para los americanos. Y se atribuye a su mera proclamación la misma existencia y persistencia del mapa político americano. Y no sólo triunfa en los Estados Unidos esta leyenda rosácea y autosatisfactoria, sino incluso entre buena parte de las clases intelectuales y políticas hispanoamericanas, a pesar de la real carencia de resultados prácticos. Pereyra la expone así:

«Mr. Monroe radica las nueve décimas partes de su fuerza en el hecho de no tener historia. Como su historia es la historia de lo que no ha sucedido, pero que sin él hubiera sucedido de otra manera, el retablo del monroísmo tiene tantos milagros cuantas repúblicas hay en América. La Argentina le debe no ser inglesa; Cuba lo mismo, así como la libre Nicaragua; Méjico tiene la enorme deuda de no gemir bajo un yugo francés; Venezuela y Colombia no son alemanas por un prodigio igual a los anteriores; sin Monroe, Chile sería colonia y Perú virreinato; el Paraguay, establecimiento. En suma, la América entera no ha sido abierta a la colonización y a la conquista, como el África tenebrosa y no tenebrosa, porque Mr. Monroe dijo que los dos Continentes Americanos habían asumido y mantenían una condición independiente que los cerraba para siempre a las expansiones europeas.»

Pero, según escribe Pereyra, junto al original y al mito, ha de contemplarse el uso práctico de la doctrina Monroe: históricamente ha funcionado como el disfraz del nacionalismo exacerbado y orgulloso que subyace en la creencia del destino manifiesto del pueblo norteamericano. Es un mecanismo de justificación de su política internacional frecuentemente expansiva, supremacista, imperialista, en ocasiones profundamente injusta, y muchas veces causa de múltiples desmanes y desgracias. Estados Unidos se autoproclamó gendarme de América y no dudó en aplicar la ley del más fuerte en defensa de sus propios intereses, aunque revestidos siempre con un envoltorio humanitario. Theodore Roosevelt será un acabado ejemplo de esta postura.

Durante el primer siglo de la República, la relación de intervenciones en el continente es larga, en su práctica totalidad contra estados hispanoamericanos, además de la debilitada España del siglo XIX: la compra forzada de la Florida, la anexión de Tejas, California y Nuevo Méjico, los proyectos de construcción de un canal en Nicaragua, la creación del estado de Panamá para asegurar el definitivo canal, la guerra hispano-norteamericana y la ocupación de Cuba y Puerto Rico, y otras muchas intervenciones e imposiciones sobre los gobiernos de numerosos países, por las más peregrinas razones. En resumidas cuentas, América para los norteamericanos.

Al libro de Pereyra se le ha añadido como anexo el artículo El crimen de Woodrow Wilson, publicado en 1915.

Europa: No eres el único gallo en América.
Tío Sam: Ya lo sabía cuando os encerré.

jueves, 1 de enero de 2026

Ramón del Valle-Inclán, Visión estelar de un momento de guerra. La Media Noche. En la luz del día.

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Escribe Margarita Santos Zas en su Introducción a la vida y obra de Valle-Inclán: «El estallido de la I Gran Guerra en 1914 coincide, desde el punto de vista personal del escritor, con una etapa de reflexión que se traduce en silencio literario. Pero ese silencio está preñado de cambios que cristalizarían en breve. Valle se había declarado aliadófilo y había firmado con otros intelectuales un manifiesto a favor del bando aliado, que se publicó en el periódico El Liberal (5 de julio de 1915).

»La oportunidad de visitar el frente de guerra se presentó a través de Jacques Chaumié, cónsul francés en España, amigo, traductor y gran admirador del escritor, que fue el portavoz oficial de su Gobierno para invitarlo a París, probablemente en la visita que Chaumié hizo a Madrid con editores franceses en la primavera de 1915. Sin embargo, el viaje se retrasaría hasta 1916. El 30 de abril sale Valle con destino a París (según consta en su pasaporte), comisionado por Prensa Latina como cronista de guerra; y el 2 de mayo está en la capital francesa, como atestiguan sus primeras impresiones recogidas de puño y letra en un pequeño cuaderno de notas inédito (...), en el que el escritor dio cuenta puntual —a veces minuciosa y otras apresurada— de su sobrecogedora experiencia como testigo de guerra.

»Si el cuaderno citado es de excepcional valor para conocer la vivencia bélica del escritor y su posterior transmutación literaria, son también de gran interés las cartas que desde París escribió a su mujer y amigos, así como las entrevistas concedidas durante su estancia en Francia y posteriormente en España. De la reelaboración artística de aquella experiencia surge la serie de crónicas sobre la guerra, que se publicaron, a su regreso, en Los Lunes del Imparcial bajo el título genérico de Un día de guerra (Visión estelar), que daba cobijo a dos partes: la primera, La Media Noche (octubre-diciembre de 1916), versión que transformó considerablemente al editarla como libro en 1917; la segunda, En la luz del día (enero-febrero de 1917), quedó olvidada durante cincuenta años en las páginas de dicho periódico hasta que la rescató en 1968 Roberta Salper.

»Aquella excepcional experiencia, a mayores de su significado humano, tiene una importante trascendencia estética. Valle tuvo ocasión de recorrer las trincheras aliadas, ver la ciudades bombardeadas, los hospitales de la retaguardia, conocer a altos mandos del Estado Mayor francés y participar del horror, la destrucción y la muerte de una guerra distinta a todas las que le precedieron. Pero la vivencia que más hondamente caló en el escritor fue un vuelo sobre los campos de batalla, que relataría, entre otros, a su amigo Tanis —Estanislao Pérez Artime— en carta fechada el 3 de junio de 1916: Yo he volado sobre las trincheras alemanas, y jamás he sentido una impresión que iguale a ésta en fuerza y belleza.

»Aquel vuelo, confiesa a Corpus Barga, acompañante en este viaje: Será el punto de vista de mi novela, la visión estelar. A partir de ella escribe La Media Noche. Visión estelar de un momento de guerra (1917). Este importante hallazgo comporta el protagonismo múltiple, la reducción y la simultaneidad temporal, la multiplicidad de focos espaciales y el fragmentarismo constructivo. Estas implicaciones técnicas determinan la modernidad de este texto y de la novelística posterior.»

Ahora bien, además de un aguzado reportaje, un gran aporte estético, y una denuncia de las calamidades de la guerra, no podemos soslayar que en buena medida es también un inteligente producto de propaganda, en el marco del crudo enfrentamiento que se desarrolló en la neutral España entre aliadófilos y germanófilos. Valle-Inclán no duda en absoluto a la hora de tomar partido entre los poilu (a los que él traduce por peludos) y los boches. La cuestión es que lo hace de un modo no sólo inelegante sino también injusto. Las condenas se restringen a los alemanes, acompañadas de gruesas descalificaciones. En cambio se elude cualquier crítica hacia la dirección de la guerra por parte francesa, y se narra con indiferencia (que roza la justificación) la decisión temporal del mando inglés de no hacer prisioneros...

Trinchera en Souchez (Artois), diciembre 1915. Acuarela de Francois Flameng (1856-1923)