viernes, 11 de octubre de 2019

Las miniaturas del Códice Manesse

Rudolf von Neuenburg
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El Códice Manesse, elaborado hacia 1310-1340 en la región del lago Constanza, contiene la más destacada colección de la lírica cortesana alemana, con poesías de 140 minnesänger de los siglos XII al XIV, en su mayoría nobles, aunque también figuran burgueses y juglares. Pero lo que comunicamos aquí son las 137 miniaturas (más un dibujo a pluma sin iluminar) que representan a los poetas. Éstas nos acercan visualmente al mundo caballeresco del amor cortés que, poco después de concluir el códice va a ser profundamente afectado por el azote de la peste negra de mediados del siglo. Gran parte de la Cristiandad se tambaleará ante esta plaga, y cuando se supere la profunda crisis, el mundo comenzará a cambiar a marchas forzadas hacia la modernidad y el renacimiento. Pero el Códice Manesse todavía nos muestra una sociedad (o más bien a una parte de la sociedad) plena y que confía en sí misma.

Ingo F. Walther, en su Codices illustres (2005), recalca lo innovador y atractivo de este aspecto: «El iluminador del Codex Manesse no se limita en su trabajo a reproducir 137 veces al poeta en actitud de meditar, de de dictar o de recitar; lo presenta también interviniendo en combates como caballero armado, cazando, jugando, participando en en espectáculos cortesanos como la música y el baile, comiendo, bebiendo, bañándose en plena naturaleza o conversando familiarmente y abrazando con ternura a su amada. Introduce variaciones en los retratos asignando determinados atributos a los personajes: una espada al caballero, una cinta (o cartela) escrita o un adorno floral al poeta, un castillo como residencia de la dama, o una serie de almenas desde donde los espectadores contemplan los acontecimientos (…) Las ilustraciones reflejan vivamente el variado mundo de la nobleza en la época de los Hohenstaufen, a principios del siglo XIV; lo hacen, desde luego, a través del ojo del artista, siendo el mundo real totalmente distinto.»

Aunque intervinieron cuatro miniaturistas, la mayor parte de las ilustraciones fueron realizados por el llamado Maestro del Fondo, en un estilo deudor de los espléndidos modelos franco góticos, de colores vivos e intensos, pero cada vez más refinados y elegantes. Se reconocen sus miniaturas, señala Walther, por su marco de bandas en azul, rojo y dorado. Respecto a los otros tres iluminadores, algo más tardíos, el mismo autor los caracteriza «por su riqueza de figuras, su amplitud narrativa y sus escenas de género. Reproducen acciones escénicas en las que también intervienen sirvientes, músicos, y ayudantes de caza y de torneos.»

Folio 82 verso, Der Schenk von Limpurg

viernes, 4 de octubre de 2019

Oliver Goldsmith, Historia de Inglaterra desde los orígenes hasta la muerte de Jorge II

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Oliver Goldsmith (1729-1774) forma parte de la Ilustración británica, algunos de cuyos miembros se reconocen en el grabado inferior, con la representación de una reunión literaria en casa del gran pintor Joshua Reynolds, también autor del retrato superior. De izquierda a derecha, James Boswell, el reconocido doctor Samuel Johnson, Reynolds, el gran actor David Garrick, nuestro conocido Edmund Burke, el patriota corso Pasqual Paoli, Charles Burney, Thomas Warton y Goldsmith, que es el que nos interesa. Nacido en Irlanda, médico y escritor, tuvo una ajetreada vida que le hizo subir y bajar continuamente en la escala social, en buena medida por su despreocupación y por su gusto por la vida bohemia. Su fama le vino por sus poesías y por su novela El vicario de Wakefield (que es la obra que mejor ha resistido el paso del tiempo), y sólo su relación con el círculo del doctor Johnson le permitió lograr cierta estabilidad.

Presentamos su Historia de Inglaterra desde los orígenes hasta la muerte de Jorge II (1771). Es una obra apresurada y un tanto superficial, pero amena y bien escrita, lo que le aseguró múltiples reediciones y traducciones, como la que presentamos. Sin embargo palidece considerablemente cuando la comparamos con la gran historia de Inglaterra redactada en el siglo XVIII, la del filósofo David Hume, que confío presentar próximamente. En 1846 escribía su editor en español, Ángel Fernández de los Ríos: «…la Historia de Inglaterra, cuya traducción hemos emprendido, además del encanto del estilo propio de todas las producciones de Goldsmith, y del interés que sabe dar siempre a su narración , se distingue por una gran imparcialidad de opiniones; mérito generalmente raro en las historias inglesas, escritas todas bajo tres influencias casi siempre ciegas y apasionadas, el espíritu de partido, el de doctrina religiosa y un orgullo nacional exagerado.»

Parece un poco exagerado el juicio. Veamos como termina su Historia, con un orgullo netamente prenacionalista: «Inglaterra suministraba un subsidio al rey de Prusia; un cuerpo considerable de tropas inglesas mandaba en la vasta península de la India; otro ejército de veinte mil hombres protegía las conquistas de la América septentrional; treinta mil hombres había empleados en Alemania, y otros muchos cuerpos se hallaban en las guarniciones de las diferentes partes del mundo. Y todo esto era nada en comparación de la fuerza que los ingleses tenían en el mar, y que dominaba donde quiera, haciendo totalmente nula la preponderancia de los franceses sobre este elemento. El valor y la habilidad de los almirantes ingleses superaban todo lo que se había visto en la historia: ni la superioridad de fuerzas, ni el temor del peligro y tempestades podían intimidarlos. (…) Tal es el aspecto glorioso que en esta época presentaba la Gran Bretaña en todo el universo; pero al paso que sus esfuerzos siempre dirigidos al bien de la nación, obtenían los más prósperos resultados, un acontecimiento fatal vino a oscurecer por algún tiempo el brillo de sus victorias.» Naturalmente, se refiere a la muerte de Jorge II.

Otras de sus reflexiones se han convertido en lugares comunes. En un momento determinado, al inicio de la narración del reinado de Jorge II, Goldsmith comenta (y reflexiona): «En todo el tiempo que duró la paz, apenas hubo suceso alguno digno de ser referido. Tales intervalos son épocas de ventura para un pueblo, porque la historia en general no es más que un gran registro de crímenes y calamidades de la especie humana.»


viernes, 27 de septiembre de 2019

Sor Juana Inés de la Cruz, Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz

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Escribe Lourdes Royano Gutiérrez, en su Marcelino Menéndez Pelayo frente a sor Juana Inés de la Cruz: «Una mujer adelantada a su tiempo, increíblemente inteligente, que ya desde niña compone loas, conoce el latín, lee todos los libros que están a su alcance y desde los trece años vive en la Corte del virrey marqués de Mancera, hasta los dieciséis años en que ingresa en un convento como religiosa hasta su muerte. Su personalidad es interesante, su obra lo suficientemente atractiva para la investigación histórica. Porque ser monja, escritora de encargo, poetisa, investigadora y defensora de la mujer puede parecernos interesante o incluso común; pero serlo en México, en el siglo XVII, es extraordinario. Y solo esa clara condición de saberla diferente en un mundo diseñado para la mujer desde la cuna, nos hace acercarnos con cierta expectativa a su obra. Cuando luego comprobamos que sus versos amorosos son de una calidad insuperable para cualquier poeta de su tiempo no podemos menos que reconocer las palabras justas de Menéndez Pelayo cuando afirma que sor Juana es superior a todos los poetas del reinado de Carlos II (…)

»A su afán de saber, hay que añadir la importancia y fama que logró en su momento histórico. Sor Juana vivió sumergida en la vida literaria, se escribe con profesores, poetas de México y España, teólogos... incluso llega más lejos y se opone rebatiéndolo a un sermón del padre jesuita Antonio de Vieyra, célebre por sus prédicas. Su Carta a sor Filotea de la Cruz obra muy estudiada por los investigadores, es un rico y brillante documento autobiográfico, de los más hermosos que existen en castellano, un género poco frecuente hasta el siglo XX. Incluso al lector de hoy le sorprende la propiedad de su lenguaje filosófico, la exactitud de las citas bíblicas y sobre todo la habilidad con que somete a crítica y va rebatiendo los argumentos de Vieyra, a los que encuentra siempre el punto débil que atacar y, al mismo tiempo, mostrar su agudeza. La respuesta a sor Filotea no es autobiografía propiamente dicha sino la narración de la evolución de sus conocimientos; si se prefiere la autobiografía de su saber: cómo aprendió, por qué pensó... Sus palabras al respecto son muy claras:

»El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones ―que he tenido muchas―, ni propias reflejas ―que he hecho no pocas―, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga que daña. Tesis y vida se funden en una respuesta magistral. La tesis de la conveniencia y el derecho de la mujer al campo intelectual y su propia autobiografía mental: pide la igualdad de conocimientos con el hombre.»

viernes, 20 de septiembre de 2019

El voto femenino: debate en las Cortes de 1931

Clara Campoamor
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Desde principios del siglo XX las reclamaciones para el reconocimiento del derecho del voto femenino en España, existentes desde tiempo atrás, se hacen más frecuentes en la vida política: aumenta el asociacionismo de mujeres en todo el arco ideológico y en todos los campos sociales, así como su presencia activa en los medios de comunicación y en la vida de la cultura. En 1907 se produce el primer intento de modificar en este sentido la legislación electoral, aunque sin éxito alguno. Otras enmiendas y proyectos de ley se presentarán en 1908 (por parte de un senador conservador y, de forma independiente, por un grupo de diputados republicanos), y en 1919, por parte de un diputado conservador.

El primer reconocimiento legal del voto femenino tuvo lugar apenas iniciada la dictadura del general Primo de Rivera. En 1924 se aprobó el Estatuto municipal redactado principalmente por Calvo Sotelo, que reconocía el derecho a voto en las elecciones de Ayuntamientos a las españolas mayores de veintitrés años, no sujetas a la patria potestad, autoridad marital, ni tutela, que fuesen vecinas con casa abierta. Consecuencia de ello fue el nombramiento de las primeras mujeres concejales y, en 1927, el de de trece mujeres como miembros de la Asamblea Nacional reunida por el dictador. Entonces, en el Anteproyecto constitucional que se elaboró, se amplió el reconocimiento del voto femenino y se estableció el voto para todos los españoles mayores de 18 años, sin distinción de sexo. Ahora bien, estos cambios se produjeron en un régimen autoritario, en el que no se reconocían las libertades políticas básicas, y en el que no existían elecciones libres, y con su hundimiento quedaron truncados dichos cambios.

En 1931 se produjo la proclamación de la República, con un propósito expreso de democratización de la vida política española. Sin embargo, el gobierno provisional no mantuvo los avances establecidos por la dictadura respecto al voto femenino. La vieja Ley electoral liberal fue modificada, pero sólo concedió a las mujeres el sufragio pasivo, es decir el derecho a presentar su candidatura y ser votadas, y no el sufragio activo, es decir el derecho al voto. Para cambiar la situación hubo de esperarse a la elaboración de la nueva Constitución. Los debates a que dio lugar, tanto en la Comisión correspondiente como en el Pleno de las Cortes, fueron extensos y acalorados, fruto de la división de opiniones en el seno de la mayoritaria conjunción republicano-socialista, dominante entonces, e incluso en el seno de cada uno de los partidos que la componían. El voto femenino fue rechazado sobre todo por sectores radicales y radical-socialistas por motivos de oportunidad: se temía que las mujeres apoyaran en buena medida a las derechas no republicanas.

Este debate se desarrolló en varias sesiones, principalmente en septiembre de 1931, y concluyó con la definitiva aprobación del voto femenino en iguales condiciones que los varones. Aunque intervinieron una treintena de diputados, la voz principal a la que puede atribuirse el resultado fue la de la republicana radical Clara Campoamor, que tuvo que combatir la oposición de miembros de su propio partido, de los radicales-socialistas (entre los que estaba Victoria Kent), y de otros grupos republicanos. Presentamos un completo extracto de las sesiones celebradas entre los días 1 de septiembre y 1 de octubre de 1931, tomadas del Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes de la República Española.

Parte de los miembros de la Comisión Constitucional en las Cortes de 1931

viernes, 13 de septiembre de 2019

Hartmann Schedel, Crónicas de Nuremberg

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Tomo II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo III  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Hartmann Schedel (1440-1514) fue un humanista, médico e historiador alemán, impulsor y autor de uno de los incunables más bellos, el Liber chronicarum, más conocido como las Crónicas de Nuremberg. Lo editó doblemente en latín y en alemán en 1493, e incluye casi dos millares de grabados en madera (un buen número de ellos repetidos), obra de Michael Wolgemuth y Wilhelm Pleydenwurff. La voluminosa obra contiene una completa historia del mundo, según la concepción tradicional cristiana que se inicia con san Agustín y que amalgama la historia bíblica con las concepciones historigráficas clásicas, como vemos en las Historias contra los paganos del Paulo Orosio. El decurso del tiempo se divide en seis edades, a la que algunos añadirán una séptima y concluyente, el fin de los tiempos. La presente obra narra las cuatro primeras edades a partir del Antiguo Testamento, pero se centra sobre todo en la quinta (desde la deportación de Babilonia) y la sexta (desde el nacimiento de Cristo), lo que le permite explayarse con la historia griega, romana y la que por ese tiempo va a proponerse denominar medieval. Al final se incluye una somera geografía del mundo. Pero la razón por la que presentamos en Clásicos de Historia esta obra es la riqueza informativa de sus grabados. Rosario Quirós los presenta así en el excelente blog La Cámara del Arte.

«Las más de 1.800 ilustraciones, realizadas en los talleres de Wolgemuth, en el que aprendía el joven Durero, y Pleydenwurff, son imágenes de muy variada temática: religiosa, mitológica, histórica y geográfica, ofreciendo además un amplio repertorio de vistas de ciudades. Estas vistas son lo más característico del Liber Chronicarum y de ellas una tercera parte son reconocibles por su topografía y edificios principales, reproduciendo fortificaciones, puentes, palacios e iglesias con rasgos de los estilos arquitectónicos locales. Mención especial merece la vista de Nuremberg, ciudad del editor, a doble página completa, con indudable carácter propagandístico. La obra contiene, además, dos mapamundis: el primero, basado en la configuración de Ptolomeo; el segundo, un mapa de Europa Central y Oriental, y además el primero que aparece en un libro impreso. Las ilustraciones realizadas con grabados a página completa son auténticas obras maestras dentro de la técnica. Ejemplo de ello es la primera ilustración que aparece, dando comienzo a la primera parte, un retrato de Dios entronizado en el momento de la creación del mundo. Toda esta parte está repleta de grandes ilustraciones con escenas del Génesis, incluyendo la creación de Adán, el Pecado original y el Arca de Noé. Por lo general, estas xilografías de mayor tamaño se utilizan para representar los eventos más importantes, recurso también empleado en las laboriosas ilustraciones referentes al Apocalipsis, muy detalladas y cargadas de un expresionismo propiamente centroeuropeo.

»Contiene cientos de retratos acompañados de breves reseñas biográficas, estos se ubican a los lados izquierdo y derecho intercalando el texto e incluyen a personajes históricos en ocasiones acompañados de su genealogía, que desde una perspectiva textual eran muy difíciles de descifrar, motivo por el que los ilustradores emplearon varios diseños para explicar claramente las relaciones familiares altamente complejas descritas en el texto. Además de dioses y reyes, también nos encontramos retratados a filósofos, como Sócrates, Platón o Aristóteles, dramaturgos como Sófocles, y Cleopatra, faraona ptolemaica, entre otros eruditos medievales. Es interesante notar que todos ellos visten con ropajes de época contemporánea a la creación del libro, del mismo modo en que se hacía en las pinturas de la época. Junto a los relatos de la vida y sufrimientos de múltiples mártires y santos reconocidos, a modo de hagiografía, aparecen su retratos o representación de sus martirios, a veces mostrándonos escenas con cierto nivel de acción, como la Judith que porta la cabeza de Holofernes, a quien acababa de decapitar, o las crudas escenas del martirio de San Bartolomé. Las razas imaginarias también tienen su lugar, son fantasiosas criaturas de origen mitológico y medieval, seres marginados, que viven en los extremos más externos del mundo, lugares inhabitables que no aparecen en los mapas.»

Incendio de la Biblioteca de Alejandría por las tropas de Julio César

viernes, 6 de septiembre de 2019

Conrad Cichorius, Los relieves de la Columna Trajana. Láminas

Trajano
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La llamada Columna Trajana de Roma fue construida en piedra y mármol por Apolodoro de Damasco en 113. Estaba situada en el foro de Trajano, en un patio limitado por las Bibliotecas griega y latina, frente al templo dedicado a este emperador. Mide 39,81 m. de alto por 3,83 m. de diámetro. El alto podio cúbico sobre el que se levanta, decorado con relieves de trofeos militares, acoge una cella que contuvo las cenizas del emperador. Desde allí, una escalera de caracol de 185 escalones conduce a lo más alto de la columna. La basa es un gran toro esculpido como corona de laurel, y el fuste culmina en un gran capitel dórico que sostenía una estatua en bronce del emperador (sustituida siglos después por un San Pedro).

Pero lo que nos interesa es el fuste. Está cubierto por un friso helicoidal de más de 200 metros lineales por un metro de alto, y narra dos campañas dirigidas contra los dacios (región del Danubio) por el propio emperador entre los años 101 y 106. Es una narración continuada: los episodios se suceden uno tras otro pero no se confunden, aunque no hay un marco de separación entre ellas. Destaca el realismo y detallismo de sus 2.500 figuras (los setenta retratos de Trajano con diferentes indumentarias, los soldados romanos, los bárbaros) y de sus escenarios naturales y arquitectónicos.

Asistimos a escenas muy variadas: marchas de los romanos y de los bárbaros, fortificaciones, combates, arengas, construcción de puentes o fortificaciones, etc., desde los aspectos más crudos (un legionario avanza atenazando con los dientes los cabellos de un enemigo al que acaba de decapitar), hasta los más benévolos (el emperador acoge generosamente a los enemigos derrotados). En cualquier caso, el elemento que unifica toda la acción es Trajano, que acude en los momentos difíciles, toma las decisiones, e interviene en la batalla como un simple soldado. La glorificación del emperador queda realzada, además, con la presencia de elementos simbólicos y míticos (augurios, genios) que, por contraste, hacen más real la narración.

El historiador alemán Conrad Cichorius (1863-1932) publicó en 1896 un completo estudio sobre los relieves de la Columna Trajana, del que proceden las láminas que aquí reproducimos.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Trescientos Clásicos de Historia (2014-2018)

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«Volviendo este mismo folio aparece bajo un arco muy perfecto el Lector, sentado en rico y delicado sillón, de muchas molduras y labores, con almohadón y respaldo: adorna su cabeza un nimbo verde con estrellas pintadas de color rojo y blanco. La túnica que viste es larga hasta cerca de los pies, que aparecen envueltos en raro calzado, semejante a la madreña de Asturias, dejándose ver también su media corta y verde. Sobre todo lleva un manto abierto por delante, pero sujeto sobre el pecho por una fila de botones blancos, rojos y de fondo azul. Con la mano izquierda sostiene un bastón de punta metálica y puño redondo en el otro extremo. Señalando está con su diestra al códice de los cánones, que bajo otro arco bizantino se ve abierto y colocado en un atril, de molduras y trabajos hechos con elegancia. En la parte más alta del libro asoma una mano muy toscamente dibujada (mano de Dios), que lo mantiene abierto, y por encima está escrito: Codex: por debajo del pequeño facistol dice: Analogium, y a los pies del profesor (Lector) hay estas palabras: Incipit versificatio interrogatioque aput codicem lectoris. Lo que resta del dicho folio está ocupado por la inicial elegantísima de los versos que en preguntas y respuestas siguen sobre lo contenido del códice. En toda esta página abundan los vermiculados bizantinos, y otros mil caprichosos y raros adornos de aquel estilo arquitectónico.» La escena fue así descrita en 1874 por José Fernández Montaña, en el tomo III del Museo español de antigüedades.

En el Índice cronológico de este blog reproduje esta conocida miniatura del folio 20v del Códice Albeldense, en la que el lector conversa animadamente con el libro, convenientemente dispuesto, abierto sobre el atril o analogio (que cobija otros volúmenes). Ambos levantan su respectiva mano derecha, en característico ademán del orador. Y este ha sido el único propósito de Clásicos de Historia a lo largo de sus cinco años de existencia: facilitar que todos aquellos interesados entablen este animado diálogo con tantos testigos de otros tiempos y otros lugares que en muchos casos duermen un sueño persistente en bibliotecas con frecuencia sólo interrumpido por el interés encomiable y fructífero de estudiosos, especialistas e historiadores profesionales. Sus descubrimientos, planteamientos e hipótesis también nos interesarán e iluminarán, pero para nosotros, los meros consumidores de cultura, no sustituyen el contacto, la conversación a veces pausada, pero con frecuencia apresurada (e incluso descuidada), con lo que constituye nuestra verdadera memoria del pasado, con su esfuerzo por entenderse, sus patentes verdades, mentiras y tergiversaciones, sus obsesiones, y sus abundantes ángulos ciegos. Todo ello nos proporcionará espesor, profundidad y perspectiva a los actuales status quaestionis (además de una inconmensurable satisfacción intelectual).

Y la inmensidad de Internet nos posibilita y al mismo tiempo nos dificulta un multiplicado acceso a los textos, que con frecuencia quedan ocultos por océanos de otros productos que obedecen a propósitos diversos. Clásicos de Historia ha querido actuar en este sentido reuniendo y proponiendo el presente elenco, sin pretensiones académicas, científicas ni profesionales. Pero concluyamos ya; y un buen modo será acudir a Jorge Luis Borges en La Biblioteca de Babel (1941): «Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza.»

Ilustración de Joost Swarte