lunes, 27 de junio de 2022

Manuel García Morente, Idea de la Hispanidad

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En sus Meditaciones del Quijote (1914), José Ortega y Gasset se pregunta: «Dios mío, ¿qué es España? En la anchura del orbe, en medio de las razas innumerables, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana sin fin, bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo astral, ¿qué es esta España, este promontorio espiritual de Europa, ésta como proa del alma continental? ¿Dónde está —decidme— una palabra clara, una sola palabra radiante que pueda satisfacer a un corazón honrado y a una mente delicada —una palabra que alumbre el destino de España? ¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesidad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia! El individuo no puede orientarse en el universo sino al través de su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera.»

Desde el origen de la escritura se testimonia el propósito de caracterizar a las más diversas agrupaciones humanas con los que se consideran sus rasgos físicos, intelectuales y morales. No importa el criterio empleado para determinar aquellas, que pueden ser etnias, religiones, estados, naciones, más recientemente ideologías políticas… y hasta equipos de fútbol. Estas características que se atribuyen a nuestro grupo o al extraño, pueden ser autoafirmadoras, ridiculizadoras, condenatorias; pueden compensar fracasos, o explicarlos; pueden ser el impulso de planes de futuro… Naturalmente, sean positivas y negativas, tienen un origen postizo, artificial, que tiende a proyectarse sobre los individuos y a modelar, por activa o por pasiva, al grupo. Se acepten o se rechacen, influyen poderosamente en su conducta.

Con los nacionalismos modernos ―construidos a partir del humanismo, de la Ilustración, de las revoluciones, del romanticismo...― se generaliza la idea del Volksgeist, el espíritu nacional. Se considera que cada nación tiene una esencia propia y diferenciada que le proporciona unos rasgos comunes e inmutables, que podrán ser conculcados y traicionados, pero que siempre renacerán. Naturalmente este concepto es siempre, asimismo, artificial y polimorfo: de cualquier nación existe tantas concepciones diferenciadas y contradictorias como el número de individuos que se ponen a determinarlas. Cada uno de ellos escoge, entre los múltiples caracteres, personajes, costumbres, modas y acontecimientos que le proporciona cualquier grupo humano, aquellos que le permiten demostrar su intuición, su idea previa de la nación. Y así, España es para unos la patria de las libertades (Padilla, Bravo y Maldonado, Lanuza, Cádiz…), y para otros la nación católica por excelencia (Trento, san Ignacio de Loyola, la cristianización de América…)

Nuestro autor de esta semana, Manuel García Morente (1886-1942), desde su abundante labor filosófica (son suyas una parte importante de las traducciones al castellano de las obras capitales del pensamiento moderno), en unas circunstancias determinadas y calamitosas de la sociedad y de su propia vida personal, va a intentar dar respuesta ―una nueva respuesta― a la angustiada pregunta de Ortega con la que que comenzamos. Quiere definir lo que considera una cuasi-persona histórica, España. Pero «la España a que nos referimos y que aspiramos a definir no es el territorio material en que la historia española se ha desarrollado; ni es tampoco la lengua con que los españoles se entienden; ni es tampoco ninguna de las realidades concretas —instituciones, artes, costumbres, ciencia, etc.— que España ha producido. La España que queremos definir y simbolizar no es la que en la historia se ha hecho, sino la que ha hecho la historia. No es un cuerpo, no es el cuerpo de España en tal o cual momento de su historia, sino la íntima fuerza que propulsa la historia, la energía morfogenética que crea todos y cada uno de los contenidos de la vida española actual y pretérita.» Y esa íntima fuerza es la hispanidad, como fenómeno expansivo, y la catolicidad, como fenómeno universal.

Naturalmente, esta interesante filosofía de la historia es hija de su tiempo y del posicionamiento ideológico de su autor en los últimos años de su vida. Pero es lo mismo que podemos decir de las anteriores España invertebrada de Ortega, Defensa de la Hispanidad de Maeztu, o El destino de España en la historia universal de García Villada, y de las obras posteriores que nos quieren definir el ser de España, tanto desde el exilio republicano ―La realidad histórica de España de Américo Castro (1948 con el título de España en su historia, y definitivamente 1954) a la que se enfrentará Claudio Sánchez Albornoz con su monumental España: un enigma histórico (1956)―, como dentro del franquismo ―España como problema (1949) de Pedro Laín Entralgo, frente a España sin problema (1949) de Rafael Calvo Serer.

Propuestas distintas y opuestas entre sí, cuyos autores no parecen advertir lo que García Morente señala en la obra que comunicamos, y que él mismo parece dejar pronto un tanto de lado: «El intento es, por la índole propia del problema, irrealizable. La esencia de una nación, como la de un individuo, no se puede definir, no se puede reducir a conceptos intelectuales; es tan característica, tan singular y única, que resulta imposible subsumirla en un conjunto de notas lógicamente inteligibles. Por eso lo único que podremos ―acaso― lograr será dar una sensación general de lo que es la hispanidad, ayudar al lector a tener una intuición de lo hispánico; nunca, empero, definir en conceptos ese germen, a la vez producto y productor, que ha engendrado y engendrará todavía un indefinido número de formas concretas y particulares en la sucesión del tiempo.»

Tiziano, La Religión socorrida por España, 1572-75

lunes, 20 de junio de 2022

Vaclav Schaschek y Gabriel Tetzel, Viaje de León de Rosmital por España en 1466

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Escribe José García Mercadal en su España vista por los extranjeros: «Ya entrado el año de 1466, cuando nuestro país sufría la guerra civil a que diera lugar la deposición en Ávila por los nobles del rey de Castilla para alzar en su lugar a su hermano don Alfonso, fuimos visitados por el barón bohemio León de Rosmithal de Blatna, cuyo relato de viaje es el más completo y detallado de la época, conteniendo curiosas descripciones de ciudades y lugares de importancia y dando abundantes noticias sobre el gobierno y situación del país, las que vienen a modificar opiniones equivocadas sobre la vida y carácter de la sociedad española en la Edad Media.

»El barón bohemio León de Rosmithal de Blatna, que vino a España el año de 1465, es, entre todos los viajeros que llevamos repertoriados, el primero cuyo relato despierta en nuestra curiosidad un interés extraordinario. Ello se debe a que Rosmithal no viene a España exclusivamente traído por los anhelos de su fe religiosa, en ruta de peregrinación, aunque una vez en nuestra patria no salga de ella sin haber visitado el sepulcro de Santiago; ni le traen tampoco únicamente solicitaciones de un ideal romántico, por deseo de intervenir en combates y realizar hazañosas empresas contra el infiel agareno.

»Rosmithal es el primero a quien con justicia corresponde, por su viaje a España, el moderno calificativo de turista. Era noble y hombre de armas, como todos los nobles de aquel tiempo, trayéndole a España el deseo de estudiar la disciplina militar, comparándola con la de su país y países por él visitados, que fueron casi todos los de Europa, deteniéndose preferentemente sus observaciones, y de aquí el interés del relato de su viaje sobre todos los demás viajes de la época, en el aspecto del país y en los usos y costumbres de sus moradores. Por esta razón el relato de este viaje resulta el más completo y detallado de cuantos se escriben durante el siglo XV.

»Hay del viaje del noble Rosmithal dos distintas relaciones, escritas ambas por personas que figuraban en su acompañamiento. Schaschek llámase el autor de la más extensa de estas dos relaciones, cuyo texto se conserva merced a una traducción latina de Estanislao Paulowiski, canónigo de Olmutz, impresa en 1577; por la forma respetuosa como está redactada, pues en ella se da a Rosmithal repetidamente el calificativo de «el señor», adivínase que el citado Schaschek debía ser uno de los secretarios del noble bohemio. Un patricio de Nuremberg, llamado Gabriel Tetzel, es el autor de la segunda relación, también compañero de viaje de Rosmithal.

»Entre las dos relaciones adviértense diferencias originadas por el tiempo en que se escribieron. La de Schaschek es como un Diario de viaje, hecho por mandato del noble señor y conforme se deslizaban las incidencias de la ruta. En cambio la de Tetzel ofrece caracteres de cosa menos fresca, algo así como recuerdos de tiempos pasados, revividos en la memoria de un anciano para solaz y enseñanza de hijos y de criados, auditorio sumamente curioso en pláticas para henchir el tiempo, junto al fuego, de largas veladas invernales.»

El castillo de Rosmital

lunes, 13 de junio de 2022

Andrea Navagero, Viaje por España 1524-1528

Retrato, por Rafael

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Jorge Urcelay nos presenta así la obra de esta semana: «El Viaje hecho en España y Francia es un breve y encantador relato del periplo por ambas naciones de Andrea Navagero (Venecia, 1483 – Blois, Francia, 1529). Celebrado poeta e historiador, fue embajador de Venecia sucesivamente ante el emperador Carlos V y ante el rey francés Francisco I. Navagero fue inmortalizado en un famosísimo cuadro de Rafael Sanzio,  siendo también referido en nuestras historias de la literatura por su decisiva influencia  en el poeta Juan Boscán, introductor en España de las formas italianizantes. El Viaje es una obra de relevancia.  Y no tanto por su contenido político e histórico ―como, en principio, cabría esperar del punto de vista de un embajador en un periodo histórico tan excepcional― como por el alarde de curiosidad y sensibilidad de un genuino humanista del Renacimiento que capta y describe con rigor lugares, monumentos y costumbres, tal y como se encontraban en el primer tercio del siglo XVI (…)

»La primera edición del Viaje se realizó en Venecia en 1563 por el impresor Domenico Farri, quien se la dedicó al obispo Lepido Malaspina. Consta de 68 páginas por las dos caras; los párrafos no están numerados. Por la dedicatoria sabemos que el manuscrito original llegó a manos del amigo de Navagero e ilustre geógrafo Giovanni Battista Ramusio, Secretario que fue del Ilustre Consejo de los Diez, y de él pasó a su hijo Paolo, quien se lo mostró al impresor Farri. En 1718 los hermanos Cayetano y Joanne Antonio Volpi editaron la Opera Omnia de Andreas Naugerius o Andreae Naugerii o Andreae Naugerio (por estos nombres latinizados le citan) en Padua. En 1754 la Tipografía Remondianiana de Venecia publicó una segunda edición de aquella. En las dos aparecen un estudio biográfico y crítico redactado por Joanne Antonio Volpi sobre Navagero y su tiempo. Los párrafos del texto del Viaje están numerados.

»La primera traducción y edición españolas del Viaje no llegará hasta 1879 y fue el resultado de un meritorio trabajo de Antonio María Fabié . El erudito y político sevillano integró la traducción del relato de Navagero en un volumen más amplio que tituló Viajes por España de Jorge de Einghen, del Barón de Rosmithal, de Francisco Guicciardini y de Andrés Navajero. Fue publicado en la colección Libros de Antaño de la Librería de los Bibliófilos, en Madrid. Fabié inicia su volumen con una amplísima introducción del contexto histórico de cada uno de los cuatro viajes que tradujo y anotó. Parece, por otro lado, haber desconocido la primera edición italiana de 1563, basándose en la de la obra completa, como sugiere la utilización de la numeración de los párrafos del texto. El Viaje va seguido de las cinco cartas que el veneciano escribió al ya mencionado Ramusio con las descripciones, reproducidas también en el Viaje, de algunos de los lugares que visitó en España. No incluye, en cambio, la parte del relato correspondiente a Francia.» Es ésta la traducción que reproducimos.

Tras enumerar las ediciones posteriores de la obra, Urcelay expone así el objetivo de la embajada de Navagero: «Navagero había arribado a la Corte imperial, en ese momento en Toledo, el 11 de julio de 1525. Su misión diplomática no era sencilla para un hombre honesto y sensible como él: después de la derrota francesa de Pavía, salvar la cara de una Venecia que desconfiaba de Carlos V, y ganar tiempo simulando intentos de llegar a una paz acordada. Se ha dicho que quizá esa contradicción entre la personalidad de Navagero y la pretensión de la Señoría veneciana explique que la crónica reflejada en el Viaje apenas haga mención de acontecimientos de significación política, conteniendo en cambio, como ya he señalado, una atractiva narración de las cosas que llamaron su atención en los diferentes lugares que recorrió… Cuenta Navagero en su libro que desde el 17 de octubre de 1527 la Corte imperial se instaló en la ciudad de Burgos y allí los embajadores de la Liga negociaban con Carlos V para tratar de ajustar la paz. El 21 de enero de 1528, viendo que estos intentos diplomáticos no llegaban a buen término, los embajadores de la Liga deciden regresar a sus respectivos lugares de origen, pero el Emperador ordena retenerlos y que sean conducidos a Poza hasta que los embajadores imperiales pudieran regresar a España.»

lunes, 6 de junio de 2022

Georg von Ehingen, Viaje por España en 1457

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Escribe José García Mercadal en su España vista por los extranjeros: «El siglo XV señálase en el interés de muchos de los viajeros que visitan por entonces nuestra patria por la exaltación del espíritu aventurero de ciertos jóvenes paladines, acudidos al olor de la lucha contra los moros, como respuesta a las notas que los monarcas españoles solían enviar a las cortes extranjeras, anunciando las guerras que tenían pensado emprender; o simplemente se manifiesta como una floración del encendido romanticismo de la época, cuyos atacados venían a romper lanzas en torneos de amor y cosos de bizarrías. (…) Influido por las ideas caballerescas de la época viene también a nuestro país Jorge de Einghen, caballero de Suabia, de treinta años de edad, quien desde la corte de Carlos VII de Francia, donde se encontraba, trasladóse a España en 1457 para luchar contra los moros y tomar parte en la guerra preparada por Enrique IV de Castilla. Entretenido en su camino por haberse desviado de él para visitar en Angers a Renato de Anjou, titulado Rey de Sicilia, al llegar a Pamplona sorprendióle en la Corte del famoso don Juan II la noticia de que la expedición de los castellanos contra los moros granadinos estaba ya de vuelta.

»Menos mal que hubo de saber cómo el gran Alonso V de Portugal disponíase a mover guerra a los africanos, trasladándose inmediatamente a la corte portuguesa después de haber sido agasajado en la de Navarra con cacerías, bailes, banquetes y otros regocijos, no obstante las preocupaciones que tenían ganado el ánimo del monarca por las diferencias surgidas con su hijo, el príncipe de Viana. En África este aventurero desempeñó papel principal en cierto singular combate en el que tomó parte, obteniendo brava y resonante victoria, siendo obsequiado cumplidamente y otorgándosele licencia del monarca portugués para ausentarse, acudiendo entonces al lado de Enrique IV de Castilla y siendo herido en la toma de Jimena.» Y más adelante: «Los paladines caballerescos no se preocupaban más que de sus hazañas y del botín que éstas les producían. El país les tenía sin cuidado, dándoles igual España que África, no hablando de él más que cuando las dificultades de los medios de comunicación se hacían tan grandes que habían de enterrar, al margen de los caminos, alguno de sus corceles de guerra. Lo más interesante del manuscrito de Jorge de Ehingen, que se conserva en un códice de la Biblioteca real y pública de Stugart, son unas miniaturas que aquel mandó hacer, representando a los reyes cuyas cortes hubo de visitar en sus viajes.»

Hemos incluido en esta entrega de Clásicos de Historia esta interesante galería de soberanos. Aparecen representados de cuerpo entero, con el blasón de sus estados, y las siguientes inscripciones explicitando su nombre y sus títulos: «Ladislao, por la gracia de Dios, Rey de Hungría y de Bohemia, Duque de Austria, Margrave de Merhen. Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Francia. Enrique, por la gracia de Dios, Rey de Castilla y de León, Toledo, Galicia, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén, Algarve, Algeciras; Señor de Vizcaya y de Molina. Enrique, por la gracia de Dios, Rey de Inglaterra y de Francia, Señor de Irlanda. Alfonso, por la gracia de Dios, Rey de Portugal y del Algarve, Señor de Ceuta y de Algogiro. Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Chipre. Renato, por la gracia de Dios, Rey de Sicilia y Duque de Calabria. Juan, por la gracia de Dios, Rey de Navarra y de Aragón, Duque de Viana y de Momblanc, Conde de Ribagorza, Señor de la ciudad de Balaguer. Jacobo, por la gracia de Dios, Rey de Escocia.»

lunes, 30 de mayo de 2022

Francesco Guicciardini, Relación de España 1512-1513

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Escribe José García Mercadal en su España vista por los extranjeros: «Veintinueve años contaba el famoso historiador Francisco Guicciardini, autor de la celebrada Historia de Italia, cuando vino a España como embajador de Florencia cerca del Rey católico. Tanto aprovechamiento había puesto en el estudio del Derecho en Ferrara y Padua, que a los 23 años la Señoría de Florencia le nombraba catedrático de Instituto, en Octubre de 1505, doctorándose al mes siguiente. De modo tal creció su reputación, que el gremio de comerciantes designóle por su cónsul, no pudiendo desempeñar semejante oficio por no alcanzar la edad de treinta años exigida fiara ello.

»Una difícil comisión diplomática cerca del rey aragonés fue causa de que Guicciardini viniera a España. Su juventud no fue obstáculo para que los florentinos le eligiesen por embajador de la Señoría, que harto fiaban en su talento y discreción para detenerse ante la razón de los pocos años. Requeridos los de Florencia para ingresar en la «Liga santa» que el Papa Julio II formó el 5 de Octubre de 1511 contra Luis XII de Francia, interesábales explorar el ánimo del rey de Aragón don Fernando V, antes de decidirse, pretendiendo permanecer neutrales en la próxima lucha. Para esta comisión fue designado Guicciardini, no habiendo memoria de que Florencia hubiera elegido nunca a un enviado tan joven para trasladarse a una corte tan lejana y espléndida. Guicciardini tomó consejo de su padre antes de aceptar el honor que se le dispensaba, saliendo de Florencia el 19 de Enero de 1512.

»Por aquel tiempo el Rey católico, mostrando su habilidad diplomática, harto acreditada en los asuntos de Italia, apoderóse del reino de Navarra. Guicciardini, que llenó de anotaciones interesantísimas una especie de apuntes autobiográficos que llamó Ricordi, habla de don Fernando, figura a la que muchos historiadores han querido oscurecer al lado de la Reina católica, en los siguientes enaltecedores términos:

»Observé, cuando era embajador en España cerca del rey D. Fernando de Aragón, príncipe prudente y glorioso, que, cuando meditaba una empresa nueva o algún negocio importante, lejos de anunciarlo primero para justificarlo en seguida, se arreglaba hábilmente de modo que se dijera por las gentes: «El Rey debía hacer tal cosa por estas y aquellas razones», y entonces publicaba su resolución, diciendo que quería hacer lo que todo el mundo consideraba necesario, y parece increíble el favor y los elogios con que se acogían sus proyectos. Una de las mayores fortunas es tener ocasión de mostrar que la idea del bien público ha determinado acciones en que se está empeñado por interés particular. Esto es lo que daba tanto lustre a las empresas del Rey: hechas siempre con la mira de su propia grandeza o de su seguridad, parecía que tenían por objeto la defensa de la Iglesia o la propagación de la fe cristiana

Por su parte, Antonio María Fabié, en la introducción que incluimos en esta entrega, señala que «esta relación tiene un carácter especial y distinto de otras, porque en ella no se dan pormenores de las ciudades y villas ni de los accidentes geográficos de la Península, sino que consiste en un juicio general, y como ahora se dice, sintético, del nuevo Estado que acababa de formarse por la unión de los reinos de Aragón y de Castilla, y que pesaba ya tanto en todos los negocios de la cristiandad, y más especialmente en los de Italia, campo en aquella sazón abierto a las ambiciones de todos los soberanos de Europa; este aspecto de la nueva monarquía y reino de España no podía menos de llamar la atención de un político como Guicciardini.»

Abraham Ortelius, Theatro del orbe de la Tierra

lunes, 23 de mayo de 2022

Santiago Ramón y Cajal, Patriotismo y nacionalismos. Textos regeneracionistas

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España fue uno de los primeros países en implantar el liberalismo, a partir de las revoluciones de 1808. Y sin embargo al liberalismo español le resultó muy complicado el construir un estado liberal estable. Es lógico; la sustitución de autoridades e instituciones, auténticamente revolucionaria, con la participación de buena parte de la población, se hizo contra los franceses y con el lema omnipresente de la defensa de la patria, la religión, el rey, las costumbres… (es decir, el futuro lema carlista). Y aunque tempranamente, la gran capacidad de maniobra de los sectores propiamente liberales les permite hacerse con el poder político y diseñar un estado liberal, tardarán bastante en lograr una base social suficientemente amplia como para hacerlo triunfar definitivamente tras la muerte de Fernando VII. Su funcionamiento, sin embargo, seguirá siendo muy defectuoso: problemas exteriores (la emancipación de América), resistencias interiores (las guerras civiles), pero sobre todo el temprano enfrentamiento entre las distintas facciones liberales, tan en absoluto dispuestas a convivir entre ellas, que el medio ordinario de alternancia política pasa a ser el castizo pronunciamiento militar.

Sólo con la llamada Restauración (en puridad, la segunda de las tres restauraciones borbónicas contemporáneas), se establecerá un auténtico estado liberal eficaz, pacífico y ordenado, plenamente comparable con los de los países de su entorno. Los resultados serán patentes: crecimiento sostenido de la población, de la economía, de la cultura (tanto de la alfabetización como de la ciencia). Ni siquiera el Desastre del 98 interrumpirá definitivamente esta senda ascendente. Y aquí es donde se constata una llamativa paradoja: es en esta etapa, con la que se ha superado siete décadas de conflictos, cuando toma una importancia decisiva el llamado problema de España entre los intelectuales (Lucas Mallada, Ángel Ganivet, Joaquín Costa, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno…), que en buena medida supone una descalificación global del estado presente del país, de su historia considerada como fracaso, de sus élites y de sus realizaciones. Y en lógico paralelo surgen los nacionalismos periféricos, con sus propuestas de naciones alternativas (Valentín Almirall, Pompeyo Gener, Prat de la Riba, Sabino Arana, Antonio Rovira y Virgili…)

En cualquier caso, fueron muchos los que tomaron parte en este debate. Hoy presentamos la contribución del más prestigioso científico de la época, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). Él mismo explica en su Recuerdos de mi vida (que comenzó a publicar en 1901 en la Revista de Aragón) cómo se sintió implicado a raíz de la derrota ante los Estados Unidos: «La prensa solicitaba apremiantemente la opinión de todos, grandes y chicos, acerca de las causas productoras de la dolorosa caída, con la panacea de nuestros males. Y yo, al igual de muchos, jóvenes entonces, escuché la voz de la sirena periodística. Y contribuí modestamente a la vibrante y fogosa literatura de la regeneración, cuyos elocuentes apóstoles fueron, según es notorio, el gran Costa, Macías Picavea, Paraíso y Alba. Más adelante sumáronse a la falange de los veteranos algunos literatos brillantes: Maetzu, Baroja, Bueno, Valle-Inclán, Azorín, etc.» Pero «la retórica no detuvo nunca la decadencia de un país. Los regeneradores del 98 sólo fuimos leídos por nosotros mismos: al modo de los sermones, las austeras predicaciones políticas edifican tan sólo a los convencidos. La masa permanece inerte. ¡Triste es reconocer que la verdad no llega a los ignorantes porque no leen ni sienten, y deja fríos, cuando no irritados, a los vividores y logreros!»

A partir de entonces, Ramón y Cajal, sin descuidar su labor científica, la compatibilizará con un esfuerzo para contribuir a la regeneración de España mediante escritos más literarios y ensayísticos que puedan influir en un círculo más amplio de lectores. Presentamos un selección de textos desde aquellos iniciales de 1898, hasta la época de la segunda República. Algunas preocupaciones son constantes en el autor, como la necesidad de corregir y llevar a cabo una política educativa que eleve el nivel cultural de la población, y que posibilite una auténtica labor investigadora y científica, condición necesaria para el crecimiento económico. Asimismo, el problema del caciquismo, y, cada vez más el auge de los separatismos catalán y vasco.


Cajal jugando al ajedrez con Federico Olóriz en Miraflores de la Sierra (verano de 1898)

lunes, 16 de mayo de 2022

Julián Ribera, Lo científico en la Historia

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El arabista Julián Ribera (1858-1934), algunas de cuyas obras hemos comunicado en Clásicos de Historia, lleva a cabo su tarea cuando el positivismo y el historicismo dominan ampliamente en el mundo intelectual, y tienden a imponer su visión del mundo en la cultura popular. En 1898, Langlois y Seignobos han publicado su Introduction aux études historiques, que se convertirá en uno de los referentes metodológicos más respetados. Sin embargo, diversos pensadores han puesto de relieve los límites del positivismo, desde el idealismo, el neokantismo..., lo que influye en la concepción de la historia. Y se avizoran los cambios que se multiplicarán tras la Gran Guerra.

En estas circunstancias, Ribera se cuestiona su propio trabajo. En una serie de artículos publicados en la Revista de Aragón entre 1902 y 1905, y finalmente editados en un volumen en 1906, valora algunos aspectos de este debate, reflexiona, y concluye por plantear sus propias consideraciones. No tienen nada de revolucionarias, pero, resultan bastante atractivas en buena medida por su sentido común y la consecuente actualidad de muchas de ellas. Su punto de partida está en la dificultad de precisar el concepto de historia: «unos incluirán en su significado los relatos mentirosos inventados por un poeta, sin más realidad que la de un sueño; otros entenderán por historia la relación de un hecho realmente acontecido, o la relación tramada de sucesos ocurridos unos tras otros; y de esa manera llegaremos hasta las grandes construcciones artísticas en que se han lucido eminentes literatos, al desplegar su fecundo ingenio retórico o de invención, y a las magistrales investigaciones llevadas a efecto, del modo más nimio y apurado, por los hombres de ciencia.»

Y más adelante: «los hechos pasados pueden estudiarse con idénticos fines que los hechos presentes; la historia, como la pradera de que hablamos, puede servir para todo; si a la pradera puede ir el naturalista a estudiar la flora, el poeta para inspirarse en los colores de la primavera, el labrador para segar el heno con la dalla, y el ternero a juguetear, sin embargo, no deben confundirse con denominación común tales faenas; la vaca que tiende la barriga sobre la verde alfombra y rumia perezosamente, no hace el mismo oficio que el naturalista. Mas lo que en la realidad presente nadie confunde, lo confunden muchos en el estudio de lo pasado ¡cuántos borregos insignes se figurarán hacer ciencia, rumiando perezosamente las noticias de lo pasado! (…) No hay que ponerse nerviosos porque los hechos del pasado sirvan para todo, como la antedicha pradera: a unos lo histórico sólo proporciona entretenimiento; a otros satisface curiosidad; otros buscan experiencia; otros motivos para novelar y reír; otros, como el poeta, van tras el interés de una acción que a todo el mundo impresione por lo conocida; otros irán por argumentos de drama, etc., y, por fin, ¿no podrá servir de objeto para la observación científica?»

Y por ello distingue entre la necesaria y rigurosa erudición, con la que alude al estudio de las fuentes, y la necesaria y propiamente histórica observación, con sus operaciones características. Y deberán evitarse comunes errores, que podemos constatar bien presentes más de un siglo después: «Es sencillamente tonto proponerse fin extraño a la ciencia y decir que es científico, v. g., acudir a los hechos pasados para probar una tesis no sacada del estudio de los hechos mismos, sino forjada por el interés personal o la pasión de secta o partido. Forzando la interpretación de los hechos se ha llegado a descubrir una naturaleza humana que no ha existido jamás, y se ha dificultado por medio de fábulas, hasta el conocimiento científico de lo existente. Ciertas amistades platónicas con falsas edades pretéritas, ciertos cariños arqueológicos, han tenido la virtud de transformar a ciertos eruditos, convirtiéndolos, de personas discretas, en eximios botarates.

»Son muchos los que sacan de la historia lo que no hay. Para extraer esencia de muchas rosas frescas, que se palpan, que son reales, se trabaja mucho y a la postre se consigue extraer unas gotitas; en cambio con operaciones de la mente se puede sacar a montones todo lo que uno imagina; y quien tiene en la propia cabeza el grifo para hacer chorrear, no es difícil que suelte inundaciones de conceptos políticos, morales, etc., que no responden a nada verdadero y real.

»Concebir la historia como tribunal que juzga de la moralidad, rectitud, etc., de los hombres pasados, es la negación del espíritu científico; eso no es más que la parodia ridícula del juicio final: oficiar de Dios que reparte a diestra y siniestra premios y castigos. El tribunal inapelable de la historia es una insustancialidad completamente incientífica.

»Los hechos de los hombres podrán discutirse apasionadamente al tiempo de ejecutarse, cuando influyen de cerca en nuestra felicidad o infelicidad; pero cuando se estudian con intentos científicos, es preciso despojarse de todo interés pasional. Algunos creen esto imposible: ¡como si fuera imposible estudiar el oro, olvidándose al propio tiempo de que es metal que sirve para las transacciones del mercado; como si no fuera posible mirarlo por otro aspecto que el del avaro!

»Tampoco es científico proponerse resucitar lo antiguo entero, vivo y moviéndose, y, cuando falten materiales, suplirlos con invención o adivinación, no; el fin científico no es crear un ser viviente; pues aunque la ciencia pudiera ser útil para tales oficios, no es ése el fin directo de la ciencia; no es decir que sea abominable esa tarea, sino que no es científica, y nada adelanta la ciencia con tales aplicaciones. La historia no es cosa viva, sino muerta. Quede para el arte esa virtud de resucitar a los muertos.»