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| Micaela Díaz Rabaneda, maestra asesinada en 1936 |
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Julián Marías resumió la España contemporánea en un movimiento pendular entre el espasmo y el marasmo. En ese sentido, Miguel Primo de Rivera, con su golpe de estado, quiso frenar el creciente espasmo de la guerra de África, de los asesinatos anarquistas y sus reacciones, de la agitación catalanista, de la inoperancia de los partidos dinásticos… Y sus aparentes o reales éxitos le incitaron a prolongar su régimen excepcional, estableciendo un real o aparente marasmo. Fueron poco más de seis años de dictadura (menos que el actual gobierno de Pedro Sánchez), pero sus contemporáneos, habituados a unos gobiernos de pocos meses de duración, los percibieron como eternos.
Y sin embargo… la paz social, política, militar, lograda en último término manu militari, paradójicamente dio lugar en su interior al fortalecimiento de numerosos grupos y proyectos que tendrán un enorme protagonismo en las posteriores etapas también autoritarias. Unos protegidos e impulsados por el Directorio, como los socialistas y las mujeres; otros en oposición a aquel, como los republicanos y los anarquistas. Pues bien, esta entrega de Clásicos de Historia se va a ocupar de la población femenina.
En los años veinte existe ya un feminismo desarrollado y variado, aunque todavía minoritario. Las mujeres ocupan un papel importante en el mundo de trabajo, en sectores muy poco valorados: servicio doméstico, limpiadoras, lavanderas…, pero también en otros más o menos reconocidos, desde costureras y dependientas hasta enfermeras y maestras. Junto a las escasas médicas y abogadas, son ya numerosas las periodistas, escritoras y conferenciantes que difunden el feminismo, entendido ante todo como el activismo en defensa de la igualdad jurídica de la mujer respecto del varón. En los periódicos y revistas generalistas y en otros específicos, escriben veteranas feministas como Colombine (Carmen de Burgos), Celsia Regis (Consuelo González Ramos) y María Cambrils, y otras más jóvenes como Teresa de Escoriaza y Julia Vega...
Se fundan instituciones como la Unión del Feminismo Español, la casa de la Mujer, el Instituto de Cultura Femenina y el publicitado Lyceum Club de Madrid, siguiendo el modelo difundido por toda Europa. La presidenta de este último es María de Maeztu, directora de la afamada Residencia de Señoritas que contribuye al acceso femenino a la universidad, y que formará parte de la Asamblea Nacional; y su vicepresidenta (y luego presidenta) Victoria Kent, que será diputada radical-socialista en las primeras Cortes de la República.
Ante este panorama, el Directorio decide aprobar el reconocimiento del voto femenino, y lo que es más importante, propiciar la participación de las mujeres en los ayuntamientos, en las instituciones socio-laborales y en la mencionada Asamblea Nacional.
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En la primera parte de esta entrega se incluyen las decisivas reformas legales que van a permitir por primera vez la participación política y la ocupación de cargos públicos por parte de la mujer. Seis meses después del golpe de estado se aprueba el Estatuto Municipal, que transforma profundamente la organización, recursos y funcionamiento de los ayuntamientos. En la línea con lo que habían hecho otros países, como Gran Bretaña, se reconoce a una parte significativa de las mujeres el derecho a elegir y a ser elegidas concejales y alcaldes. Unas semanas después se establece la confección del nuevo Censo Electoral, con el que ya parece facilitarse una mayor participación femenina.
Puesto que el Directorio no llegará a convocar elecciones, serán los gobernadores civiles los que nombren a los concejales, entre ellos numerosas mujeres: serán las primeras concejales, las primeras tenientes de alcalde y las primeras alcaldes de la historia. Con frecuencia se insiste en el hecho de que no fueron elegidas democráticamente, y por tanto tienden a ser relegadas en la sedicente memoria de estos últimos tiempos. Curiosamente, la Segunda República imitó a la Dictadura también en este sentido: sustituyó unos dos millares y medio de ayuntamientos por comisiones gestoras gubernamentales nombradas a dedo. Cuando por fin se celebren elecciones parciales en abril de 1933 en estos municipios (menos en Cataluña, donde se retrasaron hasta 1934), en su mayoría darán el triunfo a la oposición derechista y radical, provocando la conocida exclamación de Azaña: ¡son burgos podridos!
Pero volvamos a nuestro tema. En 1926 la gubernamental Unión Patriótica convoca un Plebiscito Nacional en apoyo de la Dictadura, para el que reclama la firma de todos los varones y mujeres mayores de dieciocho años. Parecería la primera manifestación de un sufragio universal masculino y femenino, lo que se debe considerar radicalmente falso, ante la ausencia de garantías independientes. Si a algo se parece es al referéndum de independencia de Cataluña de 2017.
En cualquier caso, tras el plebiscito se convocará la Asamblea Nacional Consultiva, un legislativo que no legisla, con miembros seleccionados por el gobierno, y organizado de forma corporativa. Serán nombradas dieciséis mujeres, en su mayoría profesoras, maestras y activistas sociales, pero también periodistas, abogadas, sindicalistas y concejales. Entre sus tareas estará discutir el Presupuesto nacional, y elaborar por parte de la sección correspondiente de un anteproyecto de Constitución, en el que se establece el sufragio universal masculino y femenino; eso sí, en paralelo al sufragio corporativo.
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En la segunda parte recogemos las diecinueve intervenciones que realizaron nueve de las asambleístas en las sesiones plenarias. No disponemos, en cambio, de las actas de su trabajo en las correspondientes secciones de la Asamblea. Nos proporcionan información sobre las cuestiones que más les interesaban. La educación es un tema frecuente, con el que se insiste en la necesidad de mejorar las condiciones laborales y de trabajo de maestros y maestras, incluso con prioridad sobre el programa de construcciones escolares que lleva a cabo y publicita el Directorio. Cuando se discuta el Presupuesto de 1929 abundarán las enmiendas presentadas en este sentido.
También son varias las intervenciones referentes a las cuestiones socio-laborales: la emigración del medio rural, la dignificación del trabajo femenino, la protección de la mujer y el niño, la necesidad de atención en las cárceles y tras su salida para propiciar la reinserción, el seguro de maternidad, la beneficencia…
Especial interés la intervención de Carmen Cuesta reclamando la igualdad de derechos de la mujer con respecto al hombre, en contra de lo que establecen los napoleónicos Códigos Civil y Penal: «Los derechos políticos que se han reconocido a las mujeres tienen una importancia trascendental; soy la primera en reconocerlo… (Pero) agradeciendo mucho, extraordinariamente, esos derechos políticos, la labor del Gobierno no se completará si no nos concede los derechos civiles.» Y más adelante: «He leído este artículo del Código Civil para que empecemos a ver cómo está la mujer en un plano de inferioridad que es —pudiendo hablar las mujeres desde esta tribuna— algo verdaderamente inaudito.»
Muy llamativo resulta el arranque de la intervención de la prestigiosa María de Maeztu, en el que realiza un patente elogio del parlamentarismo clásico: «No en vano es esta Cámara el recinto histórico donde han combatido frente a frente los más altos ideales de la vida. Nos decía una tarde D. Gabriel Maura, que fatalmente este lugar ejerce sobre nosotros un influjo al emitir en él nuestras ideas. Y, en efecto aunque éstas sean las mismas que las que exponemos a diario en la cátedra, en la revista o en el libro, no cabe duda que este extraño temblor que me acompaña es debido al recuerdo de los nombres gloriosos que al emitir aquí sus doctrinas, labraron un trozo de la historia de España.»
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En la tercera parte se incluye una veintena de artículos de distintos periódicos y revistas, a través de los que se pueden percibir los debates y las distintas posturas de la opinión pública (o mejor dicho, de la opinión publicada), por más limitada que esté por la censura oficial. Es general la aceptación del derecho a voto de la mujer. En cualquier caso, tanto los más distanciados del régimen como los más alineados no dejan de subrayar la cicatería de la reforma inicial, que niega el sufragio a la mujer casada.
Sin embargo, y desde la izquierda, son abundantes las voces que consideran el voto femenino un error, cuando no una trampa. Así, en un editorial El Socialista: «La incorporación de la mujer a la vida pública sin limitación de edad y estado es un progreso político muy discutible en país como el nuestro, donde las organizaciones confesionales ejercen tanta influencia sobre las hijas de Eva.»
Y en el mismo sentido: «Si las mujeres mandasen... hoy, en España, sucedería lo que sucedió en Bélgica hace unos años, cuando se concedió allí el voto a la mujer: triunfaron los católicos y con ellos vinieron todas las restricciones de las libertades femeninas. Así, pues, esa concesión, que a primera vista parece un considerable avance hacia la conquista de nuestros derechos, es un paso hacia atrás.» (Teresa de Escoriaza en La Libertad)
Sin embargo esta misma periodista cambia de opinión rápidamente, y con el triunfo del partido laborista en las primeras elecciones británicas con sufragio universal masculino y femenino, reflexionará así: «He aquí la magnifica lección de Inglaterra. ¿Sabrán los españoles sacar algún provecho de ella? ¿O continuarán nuestros hombres liberales esgrimiendo el argumento de que la participación de la mujer española en la política no serviría sino para conducir a ésta por derroteros derechistas?»
Otra cuestión muy debatida es la conveniencia o no de trabajar unidas todas las mujeres en defensa de sus interesantes. En un extremo están las que defienden la unidad; eso sí, en su propia y exclusiva organización. Escribe Celsia Regis en La Voz de la Mujer: «Dice la Marquesa de Casa Pelayo que debiéramos fundar un organismo que envolviera a todos, para que en él se fusionasen las aspiraciones de todas las mujeres sin distinción de clases. Ese organismo... ya lo tenemos formado: llámase la Unión del Feminismo Español, y tiene sanción legal desde el cuatro de noviembre de 1924.»
En el mismo sentido, aunque en dirección opuesta, asevera un editorial de El Socialista: «Lo que triunfará: Feminismo, no; Socialismo... (Porque el feminismo) que cultivan algunas encopetadas damas… pretende extender su tutela sobre la mujer, sobre la verdadera mujer, la mujer del pueblo, inexperta y poco instruida, que en determinados casos usará del derecho ciudadano del sufragio sin una orientación precisa.» Y María Cambrils en el mismo periódico hace un llamamiento a «la agrupación en un solo sector de todas las individualidades femeninas, bajo la bandera del sano feminismo, que propugna, según hemos dicho ya, las libertades ciudadanas y la equidad económica, sin perder el tiempo en demandar recompensas celestes para los que sufren en este bajo mundo de intereses antagónicos.» Es decir, en el PSOE.
En oposición a lo anterior, fueron muchas las feministas que sin exclusivismos, consideraron prioritario que las mujeres se movilizaran para actuar, al igual que los varones, en el movimiento, grupo, ideología o partido de su preferencia. La ya citada Teresa de Escoriaza lo expresó así: «Cumplamos las mujeres españolas los deberes políticos para merecer el disfrutar luego los políticos derechos… Los republicanos se unen y atraen a los espíritus liberales a una gran inteligencia de izquierdas, al tiempo que trata de constituirse la Unión Patriótica como un gran partido nacional, y que prohombres conservadores hablan de la reconstitución de las fuerzas que a la dinastía trajeran. El socialismo permanece organizado y firme, y hay una opinión constitucionalista que reúne para nueva campaña a los vencidos de la pasada situación. Las extremas derechas subsisten poderosas... Son, pues, muchos y de muy diversos colores los banderines de enganche alzados. Incorporémosnos a ellos (a unos o a otros) las mujeres para cumplir nuestros deberes políticos.»













