miércoles, 1 de abril de 2026

Manuel de Faria y Sousa, Epítome de las historias portuguesas

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Manuel de Faria y Sousa (1590-1649) es un espléndido y prolífico polígrafo barroco: poeta, historiador y sobre todo estudioso, comentador y editor de la obra cumbre de la literatura portuguesa, Os Lusíadas de Camoẽs. Como tantos otros escritores de la época tuvo que emplearse al servicio de destacados personajes, algunos de las ramas más preclaras de su extensa familia fidalga. Y asimismo como tantos otros paisanos suyos, Faria fue bilingüe y utilizó preferentemente el castellano, lengua que valoraba así: «siendo de común consentimiento, a quien la entiende, suave y majestuosa, no puedo acabar de entender la razón de hacerse difícil a algunas naciones, y principalmente a aquellas que le son tan cercanas, y en sus idiomas no diferencian de éste cosa considerable.» Se estableció en Madrid, donde publicó una parte importante de su obra, y permanecerá en la villa y corte hasta su muerte, tras la separación de Portugal de la monarquía compuesta hispánica.

Como historiador, Faria publicó su Epítome de las historias portuguesas en 1628, obra que fue varias veces reeditada y gozó de considerable difusión por Europa, constituyéndose en la fuente principal para el conocimiento del pasado portugués. Pero también fue discutida, lo que le impulsó a llevar a cabo un trabajo de documentación, rectificación, análisis y ampliación enorme, cuyos frutos sólo se publicarán unos años después de su muerte por impulso de su hijo, ya en Lisboa: los tres tomos de Europa portuguesa, los otros tres de Asia portuguesa y uno de África portuguesa. Desgraciadamente, el dedicado a la América portuguesa, o no fue concluido, o se perdió.

La historia de Portugal que hoy comunicamos es un excelente ejemplo de historia barroca, heredera y continuadora de la renacentista. Naturalmente, inicia su historia con Túbal, y prosigue con los reyes míticos, sus sucesores: Ibero, Idubeda, Brigo…, lo que le lleva a lanzar una andanada a las «opiniones escrupulosas», esto es escépticas, de Juan de Mariana. En cualquier caso, para Faria, Lusitania, esto es, Portugal, ya está constituido desde estos tiempos primigenios, y se explayará en la exposición de las admirables acciones de sus habitantes en sus tierras y fuera de ellas. Y así seguirá el paso de los siglos hasta la creación del reino de Portugal con Alfonso I, a partir del cual se sucederán los reinados de sus sucesores, en cuya narración ya podrá echar mano de la tradición cronística y cada vez más de fuentes diversas. Concluirá con la descripción geográfica y organizativa de Portugal.

El Epítome es, naturalmente, obra de su tiempo. Podemos reprocharle un talante crítico menor que el de Ambrosio de Morales o Mariana. Por otra parte, no faltan los pulidos discursos y arengas puestos en boca de personajes destacados, como en sus admirados modelos clásicos. Sobreabunda hasta el agotamiento la búsqueda de paralelos antiguos para cualquier acontecimiento moderno que se narra. El lenguaje es típicamente barroco, y aunque Faria es amigo de Lope de Vega (que escribe sobre él y le admira) y abomina de Góngora y su escuela, observamos una cierta exuberancia de lo que podríamos considerar períodos salomónicos y estípites verbales, que pueden acabar fatigando un tanto.

Hemos incluido en esta entrega de Clásicos de Historia los grabados que figuran en la edición original de Madrid 1628, con la evolución del escudo de armas portugués, y la galería de los reyes de Portugal que se estampa en la edición del Epítome de Bruselas 1677. Inicia la serie el conde don Henrique, y se continúa hasta Felipe IV (III de Portugal y de Aragón). Por la coincidencia con las descripciones de Manuel de Faria en el texto, los grabados parecen corresponderse con los retratos oficiales que se exponían en el palacio real de Lisboa, y luego en el de Madrid. Tras describir el aspecto físico de Alfonso IV, al tratar de su reinado, Manuel de Faria escribe: «Débese crédito a esta imagen, porque él mismo se hizo retratar, y con sus antecesores: imitáronle los herederos, y están hoy en el Palacio de Madrid estos retratos originales de nuestros reyes.»

* * *

Si bien Faria logró reconocimiento (más bien moral que de otro tipo) en vida y en la inmediata posteridad, pronto se convirtió en un autor relegado o conscientemente rechazado, a causa de su elección del castellano como medio principal de expresión escrita, sus abundantes conexiones con los medios culturales y políticos de la monarquía hispánica, y su permanencia en Madrid tras la independencia de Portugal. El profesor y poeta Jorge de Sena, en un interesante estudio de 1972 escribía:

«No se puede decir que la personalidad y la vasta obra de Faria e Sousa hayan sido controvertidas, pues se generalizó y aceptó fácilmente, sin visión crítica, condenarlo sin apelación, basándose en dos cuestiones convergentes: el hecho de que, en 1640, permaneciera en España, y la valoración peyorativa que la mayoría de los eruditos del siglo XIX hicieron de su inmensa labor como polígrafo —poeta, crítico, historiador, ensayista, etc. Se acumularon errores de perspectiva, y quizás también el intento más indecente de ocultar cuánto, al despreciarlo ostentosamente, se extraía de su erudición, de sus enfoques críticos, etc., especialmente en los estudios sobre Camões, al que había elevado a la categoría de gigantesco monumento.

»La cuestión de juzgar a un autor por el hecho de no haber regresado a Portugal después de la Revolución de 1640, que restableció el país separado del esquema de la Monarquía Dual, que, muy del agrado de las oligarquías portuguesas, había funcionado durante sesenta años (hasta que las dificultades españolas hicieron peligrar esa estructura, que daba a la aristocracia portuguesa una posición privilegiada en el complejo hispánico, y la hizo para ellos menos interesante que la independencia restaurada), es claramente una extrapolación política, e incluso desde una perspectiva histórica: muchos de los grandes portugueses y sus sirvientes no regresaron hasta después de que sus privilegios fueran garantizados por el tratado de paz de 1668, y el mismo anatema no pesa sobre ellos. Ni, que se sepa, llevaron a cabo una tarea semejante —la defensa y difusión internacional, en la lengua franca de la Europa del siglo XVII que era el castellano, de las glorias y la dignidad de Portugal—, a la que desempeñó Faria e Sousa con sus obras historiográficas y su actividad como polígrafo.»

Y más adelante: «La obra de Faria e Sousa, como la de tantos otros de uno de los períodos más curiosos y menos estudiados de la historia portuguesa, debe juzgarse en el contexto político y cultural de su época, y no con los anacronismos del nacionalismo burgués y romántico que aún pesan tanto sobre los prejuicios historicistas portugueses. Portugal fue durante mucho tiempo —si no lo es ya— un país hispánico y actuó como tal, cuya historia y cultura resultan incomprensibles si se toman aisladamente del complejo ibérico, del mismo modo que la historia y la cultura de España, debido a la tremenda vanidad del imperialismo castellano, son de hecho incomprensibles sin la influyente y decisiva presencia de ese Portugal que, en 1580, ya contaba con más de cuatro siglos, no sólo como nación independiente, sino como una nación que se había proyectado, antes que ninguna otra, en una expansión deslumbrante, y desde fronteras que, con ligeras diferencias, se mantienen estables hasta nuestros días, tal como se habían establecido a mediados del siglo XIII.»

Lusitania triunfante, flanqueada por la Fe y la Fortaleza,
entronizada sobre el Orbe arrastrado por América, Europa, Asia y África.
Cada una de estas personificaciones cabalga sobre el animal que se le asocia:
caballo, toro, elefante y león, respectivamente.
Grabado incluido en la edición de Bruselas 1677.

sábado, 21 de marzo de 2026

Johannes Scherr, Germania: dos mil años de historia alemana

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Johannes Scherr (1817-1886) fue un afamado historiador de la cultura; aunque alemán, desarrolló casi toda su carrera académica y literaria en Suiza, a la que se exilió tras su dedicación a la política en el parlamento de Württemberg y en la fracasada revolución de 1849. En 1852 publicó su extensa Geschichte deutscher Cultur und Sitte, “que comienza en el período de las migraciones, se extiende hasta el siglo XIX e incluye acontecimientos políticos únicamente para ilustrar los cambios en los estilos de vida y las actitudes intelectuales, y para criticar las formas despóticas de gobierno y la guerra. Sus descripciones de la cultura material, las condiciones sociales y las desigualdades, así como las costumbres y tradiciones, son particularmente significativas. Es una historia contada desde la perspectiva de la gente común. Scherr criticó la ortodoxia eclesiástica con la misma dureza con la que, en sus escritos posteriores a 1871, criticó la falta de contenido democrático en la constitución imperial de Bismarck.” (Hans Schleier)

En 1876, poco después de consumada la unificación alemana, publicó una síntesis de la anterior con el título Germania. Zwei Jahrtausende deutschen Lebens, que gozó de considerable difusión al ser traducida a otras lenguas. En español la edita Montaner y Simón en 1882, y es la versión que comunicamos esta semana. Es un interesante y acabado ejemplo de historia cultural, en este caso realizado desde un planteamiento liberal avanzado y radicalmente nacionalista. Supone al mismo tiempo una personal interpretación de la historia de Alemania, con continuos avances y retrocesos hacia su destino teleológicamente presentido: su unidad estatal y su primacía en el concierto de las naciones. Este planteamiento es la piedra de toque que le permite enjuiciar acontecimientos, actuaciones, costumbres y modas en cuanto a que contribuyan o no al cumplimiento de este destino.

Scherr observa la continuidad del carácter germano desde la Antigüedad. Así con la derrota de los germanos que invaden la Galia Cisalpina en la batalla de Vercelas (101 a. de C.): “De esta manera se inició el contraste histórico entre el carácter germánico y el romano, contraste que existe desde hace casi dos mil años, y que, si bien presentándose durante este tiempo bajo diversas formas, se ha conservado esencialmente el mismo, constituyendo hoy todavía el polo sobre el que gira el desarrollo europeo.” La oposición entre romanismo y germanismo constituye así para Scherr un eje perenne de la historia: ésta constatará los sucesivos avances y retrocesos de uno y otro:

“Fácilmente se comprenderá que el espíritu nacional debe lamentar que no se permitiera al pueblo alemán desarrollar su individualidad independientemente y libre de contacto con el extranjero, o en aquel caso con los romanos; pero la historia de la civilización tiene que prescindir muchas veces de tan bellos sentimientos para consignar hechos positivos, por más que no sean agradables, y para confirmar que en todas partes se ha dado el caso de que allí donde una cultura inferior se pone en contacto con otra superior, ésta es la que domina, o por lo menos influye en ella mucho, y no puede menos de suceder así.”

Carlomagno crea el gran imperio germánico sobre las tierras y las gentes dominadas por los germanos. Pero el momento decisivo es el posterior reparto de Verdún: “Del año 843 data, pues, la separación nacional, la independencia política de Alemania. La forma de gobierno siguió siendo por lo pronto la monárquica-carolingia, pero la debilidad de los ineptos sucesores de Ludovico el Alemán dio lugar a la paulatina decadencia de la monarquía.” Y la creación del Sacro Imperio Romano Germánico no será la solución, al disolverse en múltiples estados enfrentados. Las realizaciones culturales alemanas, científicas, técnicas, literarias…, serán espléndidas, pero su insuficiencia política trabará durante siglos su debido desarrollo. Y así, siglo tras siglo, hasta la prodigiosa resolución final que llevará a cabo el genio alemán representado por el reino de Prusia:

“Sabemos que la estupidez, la ignorancia, la mentira, la envidia y la malicia son grandes potencias en la tierra; pero el poder reunido de estas cinco grandes potencias no basta para oscurecer el esplendor glorioso del trabajo titánico que Alemania efectuó en siete meses. Con duraderas letras de fuego, como el rayo las inscribe en las rocas, la historia apuntará el trascurso de este trabajo en el libro de la eternidad, y allí podremos leer, cuando las pasiones, las calumnias y el odio de la edad presente hayan desaparecido, que la grandiosidad del drama heroico alemán de 1870 y 1871 fundóse primero, en la pureza y justicia de nuestra causa; segundo, en la unidad, hasta ahora sin ejemplo en la historia de nuestro país, de todas las clases, castas y oficios, en el pensamiento nacional (pues no importó nada que una minoría apenas visible hubiera querido hacer traición a este pensamiento), y tercero, en el aislamiento de la nación alemana; de modo que sin auxilio alguno de fuera, confiada sólo en su propia fuerza, logró tan asombrosos resultados y el justo premio de sus victorias, la Alsacia y la Lorena, propiedad nuestra antes robada y ahora reivindicada a sangre y fuego.”

miércoles, 11 de marzo de 2026

José María Salaverría, El instante dramático y otros artículos

Retrato por Juan de Echevarría

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José María Salaverría (1873-1940) fue un escritor guipuzcoano de la llamada Generación del 98, tanto por lo cronológico como por sus intereses, sus planteamientos formales, su individualismo… y su nacionalismo. Su obra fue abundante, sobre todo periodística, pero también publica novelas y cuentos, libros de viaje, ensayos, biografías. Se le cataloga habitualmente entre las figuras menores del noventayochismo, quizás solamente por el escaso interés que ha despertado entre críticos, académicos de la literatura, y en consecuencia, infortunadamente, entre editores y lectores.

Y también habrá contribuido a ello su evolución política desde posturas regeneracionistas hasta un radicalismo colindante con los fascismos. Ya en 1931 contribuirá con un artículo en la publicación La conquista del estado, de Ledesma Ramos. Admira a José Antonio (incluimos la entrevista que le hace en 1935), y naturalmente tomará partido por el bando nacional en la guerra civil, al que apoyará con su labor periodística. Ahora bien, deberá firmar sus artículos con seudónimo porque parte de su familia se encuentra en la zona republicana. Su evolución ha sido parecida a la de otros de sus compañeros generacionales, especialmente a la de Ramiro de Maeztu.

Salaverría publicó El instante dramático en 1934, a fines de año, después de la revolución de octubre. Es una obra breve, prácticamente un folleto, en la que reflexiona y valora los tres años de la República, dice, fuera de obediencias políticas a la izquierda «que vive en un trance de frenesí» y a la derecha que «tienen de la idea conservadora un concepto demasiado restringido.»

El autor asiste a la jornada del 14 de abril, se sorprende de la revolución y se pregunta: «¿Pero quién había destruido la monarquía? ¿Los delitos y maldades del propio rey? Entonces tendríamos que sumarnos a las voces escandalosas y sectarias de la calle. ¿Fue destruida por el empuje inteligente de los republicanos? Pero los republicanos fueron los primeros en asombrarse de su fácil e inesperada victoria. La facilidad y compostura con que se desplomó la monarquía en España sorprendió por igual a monárquicos y republicanos. Digamos entonces que a la monarquía no la ha derribado nadie; se cayó ella sola.»

Seguidamente analizará diversas facetas de los que considera una nueva realidad: especialmente el parlamento, al que ve rebosante de palabrería y puesto de espaldas al mundo real: «Al cruzar frente al palacio de las Cortes, tan resonante, tan custodiado por guardias de pistola y porra al cinto, yo no he podido impedir que me asaltase una mezcla de melancolía y de horror. Melancolía de las cosas que están minadas por dentro; horror de cuanto se ha hecho y dicho ahí dentro en los últimos años. Ahí han mugido en libertad los jabalíes y han cacareado las cotorras hasta enronquecer. Ahí se ha zarandeado la piel de toro de nuestra Península y se la ha desgarrado y humillado. Se han decretado todas las aventuras reformistas con una confianza alegre y valerosa. Han surgido las leyes más atrevidas e imposibles como si España, en vez de ser una vieja nación hecha y derecha, fuese el territorio mostrenco donde se pueden probar todas las fantasías sociales.»

Salaverría urge: «la República tiene rápidamente que encontrarse a sí misma; España, lo más aprisa posible, tiene que encontrarse y recuperarse a sí misma...», y es que España «es el país que no sabe jugar a la democracia, y, en efecto, ya ha tomado todo el aire de una convulsa República hispanoamericana. Los partidos políticos no son tales partidos a la europea, sino bandos inspirados por la ferocidad y llenos del ansia descarada de asaltar el Poder sea como sea, para desahogar los odios y para conquistar los cargos y los sueldos. Y el gobernar, en el sentido de una actividad directora y administradora, pierde toda eficacia para ceder el paso a un frenético politiqueo, más absorbente e infecundo que nunca.

»Las fuerzas de disgregación y anarquía, entre tanto, se desarrollan violentamente; Cataluña se aleja un poco más cada día del núcleo nacional, y el obrerismo, libre de toda represión, formando un mundo nutrido frente al Estado, en realidad se ha montado sobre el país y hace lo que quiere y cuando quiere. Y con un espíritu francamente marcial. Así es como ha podido ocurrir lo que era inevitable: esa feroz y desatinada revolución del mes de octubre, en la que se habían confabulado todas las fuerzas desintegradoras de la sociedad y la nacionalidad. La revolución ha podido ser vencida por la fidelidad del Ejército. ¿Pero se han matado las raíces del mal? ¿Se le han arrancado las uñas y los dientes al separatismo y al marxismo?»

Salaverría concluye atribuyendo el fracaso de la República al hecho de ignorar o pisotear a la media España católica, que es la que ahora debe reparar los daños desde el gobierno. Pero, parece lamentar, no son fascistas, por más que así se les moteje desde el obrerismo. «El fascismo a la italiana y a la alemana es, ante todo, un movimiento marcial y principalmente patriótico y nacionalista, en tanto que el derechismo católico español está orientado del lado del Vaticano, y para Roma sólo existe la Iglesia; lo nacional y patriota se pierde en un distante segundo término. Y la Iglesia, además, hoy es pacifista, incapaz de movilizar en sus masas una corriente de violencia combativa, una actividad marcial frente al guerrerismo obrerista. Para eso únicamente sirve el auténtico fascio.»

Hemos agregado una decena de artículos del autor de los años de la República. Salaverría vivió ante todo de sus abundantísimas colaboraciones publicadas en múltiples cabeceras de la prensa española y americana (residió varios años en Argentina). La mayoría de los que se reproducen aquí proceden del monárquico ABC y del conservador El Pueblo Vasco. Varios de ellos los he tomado de la tesis doctoral de Miren Bilbao Notario titulada José María Salaverría: España en su pensamiento político.

De la portada de una novela de Salaverría

domingo, 1 de marzo de 2026

Eduardo Barriobero, Un Tribunal Revolucionario. Cuenta rendida por el que fue su presidente

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Eduardo Barriobero (1875-1939) fue un republicano federal en la estela pimargaliana, masón y miembro antiguo de la CNT. Diputado frecuente desde 1914, en las primeras Cortes republicanas forma parte de los antigubernamentales catalogados como jabalíes, que tanto disfrute proporcionan a los comentaristas políticos, como Wenceslao Fernández Flórez. Lo podemos observar en sus intervenciones en los debates sobre el voto femenino o sobre Casas Viejas, por ejemplo. Con patente desencanto por su parte quedó fuera del parlamento en 1933 y otra vez en 1936.

Fue abogado ejerciente, e intervino en muchos de los más importantes procesos político-sociales, especialmente en defensa de activistas de la CNT y la FAI (entre otros a García Oliver). Su actividad en este sentido se produjo tanto durante la monarquía como durante la República. En esta última defendiendo a los libertarios que pretendían llevar a cabo la huelga general revolucionaria y que se sublevan en enero de 1932, en enero y diciembre de 1933, y finalmente en octubre de 1934, ahora aliados con sus tradicionales enemigos los socialistas. Y por último, fue también un prolífico escritor: artículos de prensa, novelas, ensayos jurídicos y políticos, traducciones (por ejemplo, de Rabelais), teatro...

Con el triunfo del Frente Popular Barriobero parece destinado a escalar las cúspides del sistema judicial: presidente del Tribunal Supremo, o de su Sala de lo Criminal… Pero «se interpusieron la Guerra y la Revolución.» Rápidamente se convierte en miliciano: «tres días anduve por las calles de Madrid con mi fusil al hombro.» Tras entregar a la Dirección de Seguridad a dos monjas y un cura a los que acusa de haber tiroteado a su cuadrilla desde un convento, participa en las incautaciones a favor del Partido Federal para establecer un hospital de convalecientes y un Ateneo Popular.

Sin embargo su carrera revolucionaria en Madrid se interrumpe ante el goloso ofrecimiento que se le hace por parte de los anarquistas de Barcelona: «Nos hemos incautado —me dijeron— del Palacio de Justicia y es preciso que venga usted en seguida para ponerse al frente de la Justicia revolucionaria de Cataluña.» Ahora bien, cuando llega a Barcelona, sus expectativas se reducen considerablemente: la oposición de los nacionalistas catalanes hacen que su papel se reduzca desde las alturas de un Tribunal Revolucionario a una simple Oficina Jurídica de la Audiencia de Barcelona. Sus funciones, sin embargo, aunque indeterminadas y básicamente consultivas, le permiten actuar revolucionariamente, y resolver por su cuenta las consultas que se les presentan.

Barriobero convierte la Oficina Jurídica en un ente autosuficiente, que se financia con un porcentaje de los fondos que pasan por sus manos. Se actuará duramente contra usureros y prestamistas, contra propietarios de fincas y patronos de fábricas, estableciendo multas e indemnizaciones. Y naturalmente, se ocuparán de la «represión de las actividades contrarias al régimen». Respecto a esto último «para cumplir nuestro cometido organicé cuatro equipos de milicianos que trajesen a nuestra presencia los presuntos enemigos del Régimen y, en busca de pruebas, registraran sus domicilios». Y «si en los registros no se les encontraba cosa que probara actividades actuales, nos limitábamos a imponerles una multa... Si en sus casas se encontraba algo que hiciera presumir el auxilio actual a los rebeldes, los entregábamos a los Tribunales Populares.»

En el curso de estas operaciones hallaron documentos que comprometían a ciertos nacionalistas catalanes con la dictadura de Primo de Rivera, con los Sindicatos Libres, con las administraciones de Lerroux... Esto provocó un fuerte reacción por parte de la Generalitat en su defensa, y un incremento de la animadversión a la Oficina. Menudean las acusaciones y finalmente en noviembre del mismo 1936, quedarán disueltas las Oficinas Jurídicas. Y comienzan las acusaciones: si falta cierta cantidad de dinero, si Barriobero pasó a Perpiñán y contrató una caja de seguridad… Y Barriobero se justifica: puede demostrar las entregas del dinero incautado a las autoridades y a diversas instituciones de la República; llevó los documentos comprometedores de personajes de la Esquerra a Francia ante el temor de robos y asaltos… Y con esa intención escribe en 1937 el libro que presentamos.

No fue suficiente. Los intentos de lograr un cargo en Valencia que le mantenga a salvo no dan resultado, por la animadversión de Azaña y los republicanos de izquierda, por la misma división de los anarquistas, y no digamos tras los sucesos de mayo. Será procesado y encarcelado, aunque la protección de la que aun goza por sus actividades pasadas, hace que pronto sea recluido en un hospital penitenciario, donde es de suponer que persistieron sus padecimientos y se incrementó su desencanto. Se dice que ante la próxima caída de Barcelona se le ofreció el traslado a Francia, y que él lo rechazó. Capturado por el ejército franquista, su fama, su actividad durante la República, y su propio testimonio expresado en sus libros aseguraron el resultado del consecuente consejo de guerra: fue fusilado apenas tres días después de la toma de la ciudad.

La Oficina Jurídica de Barcelona, con Barriobero.

sábado, 21 de febrero de 2026

Winston S. Churchill, La guerra civil española. Artículos y discursos 1936-1939

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En un artículo publicado el 23 de febrero de 1939, cuando ya se da por descontado el final de la guerra civil española, Winston Churchill acuñará la expresión sangre, sudor y lágrimas, que recuperará al año siguiente para aplicarla al propio Reino Unido lacerado por la Batalla de Inglaterra. Pero ahora se refiere con ella a los dos bandos españoles, a los que no ve tan disímiles en su forma de actuar y en sus padecimientos, y a los que reclama un necesario mutuo entendimiento: «La mitad de una nación no puede exterminar ni subyugar a la otra mitad. Debe reconciliarse con el resto de sus compatriotas.»

Pero esta consideración no le ha impedido afirmar desde el principio unas causas determinantes de la guerra: «A finales de julio de 1936, la creciente degeneración del régimen parlamentario en España y la fuerza de los movimientos que impulsaban una revolución comunista, o alternativamente una anarquista, desembocaron en una revuelta militar que llevaba tiempo gestándose. Inmediatamente estalló una feroz guerra civil, con ejecuciones masivas, asesinatos de clase y las correspondientes represalias.» Y la reacción de las potencias europeas le parece hipócrita: se acuerda una política de no intervención que impide la ayuda militar a cualquiera de los bandos, pero desde el principio no se respeta por parte de los estados totalitarios (y tampoco por Francia), en beneficio de ambas partes enfrentadas.

Winston S. Churchill (1874-1965) se encuentra en los años treinta un tanto sumido en el ostracismo, sexagenario y con una espléndida carrera que parece haber quedado ya definitivamente a su espalda. Había ocupado importantes cargos ejecutivos desde 1908: presidente de la Junta de Comercio, ministro de Interior, primer lord del Almirantazgo (hasta el fracaso de Gallípoli), ministro de Municiones, secretario de Estado de Guerra y Aire, secretario de Estado para las Colonias, y Canciller, esto es, ministro de Hacienda. Pero el triunfo laborista de 1929 le aparta del poder, y cuando los conservadores lo recuperan progresivamente a partir de 1931, primero Baldwin y luego Chamberlain parecen considerarle ya amortizado y se le ignora a la hora de los nombramientos. Churchill discrepa de algunas políticas del gobierno (la colonial, el apaciguamiento…) y se esfuerza en mantener su presencia pública desde el Parlamento, y por medio de sus siempre abundantes artículos, conferencias y libros.

Se han recogido para esta entrega de Clásicos de Historia la decena de artículos y tres intervenciones en la Cámara de los Comunes, que dedicó a la situación de España (la había visitado apenas unos meses ante del estallido de la guerra); lógicamente le preocupa ante todo cómo podía afectar la guerra a la situación interna británica y a los intereses del imperio, y cómo desestabilizaba todavía más la tambaleante Europa. También se incluyen diez breves pasajes de otros tantos discursos en los que incidentalmente se refiere a España.

Por último, se incluye como Apéndice el capítulo XII de Cómo se fraguó la tormenta, primero de los seis volúmenes de las extensas Memorias de Churchill referentes a La Segunda Guerra Mundial, que fue publicado en 1948. Lo cierto es que respecto a la guerra de España no añade gran cosa a lo que ya había publicado en los periódicos en su momento, y que luego había recogido en su libro de 1939 Step by step, de donde los hemos tomado para esta entrega de Clásicos de Historia. En realidad los reproduce en buena medida. Sin embargo puede resultar de interés para encuadrar las observaciones de Churchill sobre la guerra, en el contexto de las otras cuestiones que le preocupaban y ocupaban durante aquellos años.

Clive Branson, Demonstration in Battersea, 1939

miércoles, 11 de febrero de 2026

Francisco Javier Simonet, La mujer arábigo-hispana y otros estudios andalusíes

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Naturalmente, no existe la historia imparcial. Todo indagador honesto en el pasado, ya se centre en acontecimientos o personas o ideas o sociedades o economías o culturas, busca respuestas a las preguntas que se hace para comprenderlo. Y siempre es consciente de que esas respuestas son parciales y provisionales, y de que en mayor o menor grado derivan de sus propios planteamientos previos: la respuesta depende de la pregunta. Y eso conduce al historiócalo a avanzar un poco a tientas, y a dudar de sí mismo y de sus certezas. Por eso son tan múltiples las interpretaciones de la historia, y tantas de ellas válidas y enriquecedoras, por más contradictorias que sean entre sí. Y es que no existe, en tantas dimensiones de la vida, el conocimiento absoluto de la realidad. Por lo menos en este mundo.

Por tanto, no existe una interpretación canónica sobre cualquier fenómeno histórico, sean las guerras púnicas o el franquismo. Esa pretensión podemos cedérsela al historiócaco que considera la historia como una mera herramienta para «ganar el relato», es decir, para lograr un beneficio que en resumidas cuentas es propio, personal. Es el terreno abonado de la propaganda, la agit-prop de toda la vida, la memoria histórica o democrática: todo se resume en decirle a la gente lo que debe creer, y obligarle a creerlo. Sobran los interrogantes, sobra el acercamiento titubeante al pasado, sobra el mismo pasado. El pasado se crea en función de los intereses del presente.

En los grandes historiadores (y también en los pequeños, claro) es patente, sobre todo con el paso de los años, lo que deben a sus planteamientos ideológicos, a sus presupuestos antropológicos: interpretan la historia como interpretan el mundo en que viven. Pero esto no quita nada de valor a su obra; al contrario, se compartan o no, nos permite observar las cosas desde otro punto de vista, lo cual resulta enriquecedor. No se trata de creerse lo que dicen, sino de prestarles atención, comprenderlos y reflexionar. No importa si sus planteamientos son marxistas, nacionalistas, liberales o tradicionalistas. Se trata de distinguir, separar y aprovechar.

Un buen ejemplo de lo anterior es Francisco Javier Simonet (1829-1897), ilustre arabista del que ya comunicamos en su día su Historia de los mozárabes de España. Pues bien, en esta nueva entrega se han reunido una serie de memorias, discursos y artículos de fechas comprendidas entre 1860 y 1895: La mujer arábigo-hispana, El Siglo de Oro de la literatura arábigo-española, Influencia del elemento indígena en la cultura de los Moros de Granada, Biografía de Omar Ebn Hafsun, Caída del reino visigodo y conquista de España por los sarracenos, y por último el Prólogo que redacta para la traducción española de La Croix et le Croissant de Godefroid Kurth, incluida en la anterior entrega de Clásicos de Historia.

Simonet lleva a cabo un exhaustivo estudio de las fuentes existentes, publica numerosas de ellas, y naturalmente las interpreta, sin ocultarlo, desde sus planteamientos tradicionalistas y nacionalistas. Esto le lleva progresivamente a subrayar (y privilegiar) el factor indígena e hispánico de muladíes y mozárabes en la cultura y realizaciones de la España musulmana, que superaría ampliamente a la influencia árabe y norteafricana. Como todo escrito interesante sobre el pasado, esta tesis no sólo es discutible, sino que es un acicate para una fructífera discusión, y Simonet no la rehúye: en sus obras son incontables las referencias elogiosas al gran arabista holandés Reinhart Dozy, por más que rechace buena parte de sus tesis.

No ocurre lo mismo con las obras de propaganda ideológica o política, o de mero propósito crematístico, pero revestidas de aparato (o revestimiento) historiográfico. Un ejemplo de ello sería Ignacio Olagüe (1903-1974), que dio una curiosa vuelta de tuerca a la tesis de Simonet en su Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne, título con el que se publicó en 1969 lo que después se llamaría La Revolución Islámica en Occidente. Como nacionalista español (había militado en las JONS) Olagüe hispaniza totalmente Al-Ándalus: no habría sido invadido en ningún momento, sino que los antitrinitarios arrianos españoles se transmutaron ellos mismos en musulmanes. Mientras que el valor de esta obra para la mejor comprensión de la España musulmana es nulo, puede resultar de interés observar el contraste entre el autor (que afirma que Al-Ándalus no debe nada a árabes y norteafricanos) y los actuales defensores y promotores de dicha obra (que defienden la pertenencia de España a Dar al-Islam).

La Alhambra, por supuesto.

domingo, 1 de febrero de 2026

Godefroid Kurth, ¿Qué es la Edad Media? y otros artículos polémicos

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Durante un milenio, la Cristiandad divide la Historia en seis edades, conjuntando las tradiciones clásicas, judías y cristianas, y las reflexiones de san Agustín y de Orosio. La primera edad arranca con la Creación, la segunda con el Diluvio, la tercera con Abraham, la cuarta con la construcción del Templo, la quinta con el Cautiverio, y la sexta con el nacimiento de Cristo. Si le añadimos una más futura, con el Anticristo y el fin del mundo, obtenemos la prodigiosa cifra de siete que nos permite relacionarlas con los siete días de la Creación, con los siete planetas, con las siete edades del individuo... Macrocosmos y microcosmos. Vemos ya explícita esta compartimentación del tiempo en la Crónica Universal de Isidoro de Sevilla, y todavía será reverencialmente seguida casi mil años después, por ejemplo en la espléndida Crónica de Nuremberg de Hartmann Schedel.

Sin embargo a partir del siglo XII algunos escritores, ante la prolongada duración de la sexta edad y el interés por el pasado reciente, comienzan a distinguir entre antiquitas y modernitas. Esta última sería «el curso de los últimos cien años, cuyo término aún se desarrolla, cuyo recuerdo de todas las cosas que han sido dignas de contar es suficientemente reciente y claro, cuando hay todavía algunos ancianos centenarios vivos, y hay innumerables hijos que poseen, por la narración de sus padres y abuelos, un conocimiento cierto de cosas que no han visto.» (Gualterio Map, muerto en 1209, lo escribe en su De nugis curialium, cit. por José Miguel de Toro Vial.) Naturalmente, antiquitas será lo anterior…

Pero los humanistas del siglo XV, que aunque parezca difícil incrementan la reverencia hacia griegos y romanos mantenida por la Cristiandad a lo largo de los siglos, se autoconvencen de ser ellos los descubridores de ese Mediterráneo glorioso del pasado, para el que reservan el término de Antigüedad. Y, lógicamente, su Modernidad quiere reproducirla, quiere ser una nueva Antigüedad. ¿Y qué son los mil años que separan estos dos polos de la historia? Nada, un periodo intermedio, medioevo, caracterizado por la barbarie y la regresión: un largo descenso seguido de una lenta ascensión. Nace así el concepto de Edad Media, con su carga de significado negativo, que pesará poderosamente no sólo en el imaginario popular, sino también en el de los especialistas.

Godefroid Kurth (1847-1916) fue un prestigioso historiador belga que publica en 1905 un breve texto con el título Qu’est-ce que le Moyen Age? con el que quiere deshacer esa falsa percepción de la Edad Media en la que «era inevitable llegar a creer que era completamente cruda, bárbara, ignorante, falta de inteligencia, sucia, engañada por sacerdotes astutos y por sus propios prejuicios, sometida a toda forma de violencia o que la cometía, incapaz de espíritu cívico, incapaz de alcanzar los grandes ideales de nación, progreso, justicia social y vida intelectual.»

Pero es que esa visión deleznable de la Edad Media se basa en buena medida en leyendas sin base y falsedades clamorosas, que Kurth disecciona y rechaza. Y concluye: «lejos de ser un período intermedio entre la civilización antigua y la moderna, la Edad Media es en sí misma el comienzo de la civilización moderna. Lejos de situar su punto de partida en el Renacimiento, cabe señalar, por el contrario, que surge del cristianismo... Estas sociedades todavía subsisten con la base que recibieron entonces, esto es, la moral cristiana. Iniciándose en los siglos conocidos como la Edad Media, continúa en los llamados modernos y contemporáneos. Somos herederos de la Edad Media, y no, como suele decirse, hijos de Grecia y Roma.»

Hemos incluido otros dos artículos, también orientados hacia la polémica con sus contemporáneos, en los que se ocupa de otros aspectos conexos. En uno de ellos, Le Concile de Maçon et les femmes, explica el curioso origen del fake sobre la supuesta carencia de alma en las mujeres, que todavía se aduce de vez en cuando hoy en día. En el otro, La Croix et le Croissant, lleva a cabo un intento de interpretación del papel que ha jugado el Islam en la historia, hasta el presente. Su valoración es en buena medida negativa, al enmarcar su análisis en el marco de un conflicto de civilizaciones opuestas que compiten entre sí (y en el momento álgido del imperialismo contemporáneo en que se escribe, podemos añadir.)

El último texto de esta entrega de Clásicos de Historia es diferente. Escrito en los últimos meses de su vida, se publicará póstumamente en 1919. Le guet-apens prussien en Belgique trata de la ocupación de la neutral Bélgica por parte de Alemania en la primera Guerra Mundial. Kurth, originario de la zona belga de lengua alemana, describe pormenorizadamente con los datos de que dispone el proceso del ultimátum, invasión y especialmente los intentos alemanes de justificar sus actos. «Invoco a Alemania ante el tribunal de la conciencia humana: ¡que intente responder a mi acusación! Aquí solo encontrarán hechos que ella misma admite; ¡hablo basándome en sus periódicos y revistas! Cuando cito testimonios belgas, han sido cuidadosamente verificados. He enseñado y practicado la crítica histórica durante cuarenta años, y he aplicado aquí su método con aún mayor rigor porque siento plenamente el peso de la responsabilidad que recae sobre mí. ¿Es necesario decir que esta no es una obra de odio ni de venganza?»

Les Tours de Bois-Maury, de Hermann, es una larga novela gráfica iniciada en 1984, en la que se pueden
apreciar buena parte de los tópicos que aun hoy se aplican a la Edad Media. Eso sí, con gran calidad artística.