lunes, 19 de febrero de 2024

Pedro Mártir de Anglería, Cartas del Nuevo Mundo 1493-1525

Retrato de un humanista, atribuido a Scorel
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Con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento de América, Marcelino Menéndez y Pelayo se ocupó del autor de esta semana en su ensayo De los historiadores de Colón:

«El humanista milanés Pedro Mártir de Anglería o Anghiera, andante en corte de los Reyes Católicos y de sus sucesores desde 1488 a 1526, preceptor de la juventud cortesana en las artes liberales; canónigo de Granada, que vio conquistar; primer Abad de la Jamaica, donde no residió nunca; embajador al Sultán del Cairo; miembro del primitivo Consejo de Indias; corresponsal asiduo de Papas, Cardenales, príncipes, magnates y hombres de letras, ofrece en su persona uno de los más antiguos y señalados tipos del periodismo noticiero. Mientras otros latinistas se esforzaban en renovar las formas clásicas de la historia y vestir con la toga y el laticlavio a los héroes contemporáneos, él escribía al día, en una latinidad moderna muy abigarrada y pintoresca, muy llena de chistosos neologismos, cuanto pasaba a su lado, cuantos chismes y murmuraciones oía, dando con todo ello incesante pasto a su propia curiosidad, siempre despierta, y a la de sus amigos italianos y españoles.

»Tenía para su oficio la gran cualidad de interesarse en todo y de no tomar excesivo interés por ninguna cosa, con lo cual podía pasar sin esfuerzo de un asunto a otro, y dictar dos cartas mientras le preparaban el almuerzo. Acostumbrado a tomar la vida como un espectáculo curioso, gozó ampliamente de cuantos portentos le brindaba aquella edad, sin igual en la historia, y estuvo siempre colocado en las mejores condiciones para verlo y comprenderlo todo, desde la guerra de Granada hasta la revuelta de las Comunidades. Su espíritu, generalmente recto, propendía más a la benevolencia que a la censura, sobre todo con aquellos de quienes esperaba honores y mercedes que contentasen su vanidad, muy subida de punto, aunque inofensiva, y su muy positivo amor a las comodidades y a las riquezas, que la fortuna le concedió ciertamente con larga mano.

»Hombre de ingenio fino y sutil, italiano hasta las uñas, quizá presumía demasiado de su capacidad diplomática; pero poseyó en alto grado el don de observación y el conocimiento de los hombres. Sus juicios no han de tomarse por definitivos, pero reflejan viva y sinceramente la impresión del momento. Él mismo, como todos los escritores de su género, rectifica a cada paso y sin violencia alguna lo que en cartas anteriores había consignado. El Opus Epistolarum es un periódico de noticias en forma epistolar, dividido en 812 números, y así es como debe juzgarse. Por desgracia, no lo poseemos en su forma primitiva. Retocado por el autor cuando había perdido ya la memoria de muchos incidentes, refundido (probablemente) después por mano desconocida, que dio a la mayor parte de las cartas una cronología absurda, barajó unas con otras y quizá se permitió graves intercalaciones, el Opus Epistolarum comienza a ser mirado como documento sospechoso (...) Tal paradoja no ha prosperado mucho, porque el carácter personalísimo de la correspondencia y el tono de actualidad que en ella reina parecen alejar la idea de un fraude, cuyo objeto tampoco se comprende; pero siempre quedan en pie graves sospechas de adulteración, y el testimonio de Pedro Mártir, cuando no está confirmado por otras autoridades más seguras, no obtiene ya aquella ilimitada confianza que le daba Prescott, por ejemplo.

»Afortunadamente, para nuestro objeto, estas dudas importan poco, puesto que no son muchas ni muy extensas las cartas del Opus Epistolarum que hablan de Colón, si bien todas ellas son curiosísimas como primeras nuevas y boletines de la victoria lograda sobre el Océano. La obra de Pedro Mártir que derecha y exclusivamente se refiere a los descubrimientos de América, es decir, sus ocho Décadas de Orbe Novo, no han sido de autenticidad sospechosa para nadie ni pueden serlo, puesto que en parte fueron publicadas en vida del autor mismo. De la veracidad de sus noticias responde no menor autoridad que la de Fr. Bartolomé de las Casas. “De los que escribieron cerca de estas primeras cosas, a ninguno se debe dar más fe que a Pedro Mártir, que escribió en latín sus Décadas, estando aquellos tiempos en Castilla, porque lo que en ellas dijo tocante a los principios fue con diligencia del mismo Almirante, descubridor primero, a quien habló muchas veces, y de los que fueron en su compañía inquirido, y de los demás que aquellos viajes a los principios hicieron. En las otras, pertenecientes al discurso y progreso destas Indias, algunas falsedades sus Décadas contienen.”

»Tenemos, pues, en las Décadas de Pedro Mártir una nueva versión de origen colombino (a lo menos en su mayor parte), favorable por consiguiente al descubridor, menos detallada y menos técnica que la de sus diarios y cartas, más artificiosa que la de Bernáldez: acomodada en suma al paladar del público letrado de Italia, que ávidamente devoraba estas Décadas, dando ejemplo de ello el mismo Papa León X, que las leía de sobremesa a su sobrina y a los Cardenales. Pedro Mártir debía buscar, por sus instintos de periodista, lo más ameno, lo más exótico, lo más pintoresco y divertido de aquella materia novísima, deteniéndose sobre todo en las rarezas de historia natural y en notar maligna y curiosamente los ritos y costumbres y supersticiones de los indígenas en aquello que más contraste presentaban con los hábitos del Viejo Mundo. Predominan en él, por consiguiente, los detalles antropológicos, y algunos se encuentran por primera vez en sus Décadas. sirva de ejemplo la exposición de la mitología de los indios en la Española, tomada de un librillo manuscrito que había compuesto Fr. Román Pane, de la Orden de San Jerónimo, primer catequista de aquellos salvajes; libro que luego insertó a la letra don Fernando Colón en la biografía de su padre. Esta especie de carnosidad científica realza sobremanera el libro de Pedro Mártir, además del habitual agrado de su estilo, incorrectísimo ciertamente y nada clásico, pero muy suelto, chispeante e ingenioso (...)

»De todos modos, es harto evidente el servicio que Pedro Mártir hizo a la historia de nuestro más glorioso reinado para que por defectos de forma hayamos de regatearle sus méritos de observador incansable y curioso, no menos que de abreviador sensato y lúcido. Trabajó, como Bernáldez, sobre papeles del Almirante, y además recogió de la tradición oral muchas noticias, porque “hablaba con todos y todos se holgaban de darle cuenta de lo que veían y hallaban, como a hombre de autoridad, y él que tenía cuidado de preguntarlo”, según dice Fr. Bartolomé de las Casas. Estaba en Barcelona en 1493, y presenció el triunfal recibimiento de Colón, sobre el cual por raro caso guardan absoluto silencio los documentos de nuestros archivos. El Almirante mismo le escribía de continuo y vivía con él en íntima familiaridad, intima familiaritate devinctus, como quien le había conocido aún antes de la toma de Granada. Tuvo, por consiguiente, las mejores ocasiones de informarse: convidaba a los conquistadores a su mesa, los abrumaba a preguntas como un reporter, y con el buen juicio que tenía, procuraba separar de sus relaciones la parte de hipérbole y de vanagloria. Algunas veces tropezó, no obstante, por la ligereza con que escribía; otras por falta de conocimientos náuticos.»

En esta entrega de Clásicos de Historia reproducimos las cartas en que Pedro Mártir se ocupa del Nuevo Mundo. La traducción procede del primer tomo de Joaquín Torres Asensio, Fuentes históricas sobre Colón y América, Madrid 1892. Los correspondientes textos originales en latín los hemos extraído de Opus epistolarum Petri Martyris Anglerii mediolanensis, París 1670.

lunes, 5 de febrero de 2024

Juan Moneva y Puyol, Política de represión y otros textos

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Julián Marías, en su siempre sugestiva España inteligible, caracterizaba así las circunstancias a las que nos acercamos esta semana: «A medida que la modernización de España se va consiguiendo, que la industrialización va teniendo más peso en la economía y la sociedad, el problema obrero se hace más apremiante. Y a esto se añade que los movimientos de resistencia, o francamente subversivos como el anarquismo, se extienden al campo, donde las condiciones de vida son precarias... Las organizaciones son más poderosas, más capaces de presión; se reacciona a ello con temor o coacción, más que con esfuerzos de plantear inteligentemente los problemas; las tensiones aumentan. Esta situación es aprovechada con fines estrictamente políticos, en ambos sentidos; no se buscan, o demasiado poco, soluciones técnicas que procuren el aumento de la riqueza, muy escasa, y una distribución más justa de ella… Acontecimientos como la Semana Trágica en Barcelona (1909) o la huelga general de 1917 agravan la situación. Cada vez más van tomando cuerpo la subversión y la represión, actitudes que hacen imposible el diálogo, y más aún el tratamiento razonable de los problemas reales… Finalmente, sobre todo en Cataluña y en su tendencia anarquista, se producirá una oleada de terrorismo obrerista, combatido en ocasiones por otro de signo contrario, y las tensiones llegarán a tener suma gravedad.»

Son los años de plomo, una época de luchas sociales en progresión constante. Y es en 1921 cuando el abogado y catedrático de Derecho Juan Moneva y Puyol pronuncia la interesante conferencia que presentamos, en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid. En ella parte de la evidencia todavía negada por muchos: existe una auténtica guerra social, con los mismos modos y procedimientos y justificaciones de la guerra militar. Ambas son equiparables. Ahora bien, con esta afirmación no quiere dignificar la guerra social: le niega cualquier tipo de gloria al igual que hace con la guerra militar. «Los intelectuales, los hombres de paz, y más que todo eso, los cristianos, no tenemos para qué distinguir especies de guerra; todas las guerras, toda clase de guerras, son catálogos de hechos tales que cada uno, en sí, es crimen patente.»

Clases acomodada y proletaria se encuentran enfrentadas, ambas defendiendo su derecho al bienestar. Y hoy por hoy no existe un superior dirimente que haga justicia, que reconozca a cada una lo que corresponde. Al contrario, los gobiernos toman partido por los fuertes, los acomodados, y quieren solucionar el enfrentamiento mediante la aplicación de la ley, mediante la represión. Y hay un error de fondo en ello, el de caracterizar como delitos tan sólo a los crímenes de la otra clase, mientras se toleran, se disimulan o se embellecen los de la propia. Todo el rigor se reserva para el enemigo: «ha habido represión; está habiendo represión; no es calculable el término de ella, y en cada disposición represiva no es tan de temer el rigor de una Autoridad, sanguinaria que fuese, como la inevitable abdicación de esa Autoridad en el criterio de sus informadores», esto es, de la arbitrariedad. Y refiere listas de proscripciones, torturas, ley de fugas…

Pero Moneva no atribuye el mal sólo a gobernantes y acomodados, sino a la violencia que caracteriza a la sociedad española. «El pueblo español es sanguinario… desde niños aprenden la violencia, padecida de todo mayor con quien topan; a veces también les es enseñada la crueldad como virtud en las figuras de los grandes atormentadores de individuos y pueblos; Cortés y Pizarro son más glorificados en las escuelas de primera enseñanza que San Francisco de Asís y que Newton.» Y, con ribetes de profecía, se lamenta: «es la revelación de una conciencia colectiva, y también un augurio de cómo será cada generación así formada.» Y concluye: «la Justicia no ha de venir de superponer una mano a otra mano en señal de triunfo y de dominio, sino de juntar una mano a otra mano en alianza de amor; y esto sin ilusiones de una Arcadia inactual, utópica y fantástica, mas en realidad social plena de Paz lograda por el sacrificio de todos, principalmente por el sacrificio de quien tiene muchas ventajas que sacrificar.»

Completamos el texto de esta conferencia con varios artículos de prensa en los que Moneva se refiere a concretos conflictos sociales y políticos, y a la represión que provocan. Podríamos considerarlo aplicaciones prácticas de lo anterior. Los tres primeros se refieren a unos asesinatos en el marco de un duro conflicto laboral en la Zaragoza de 1920. Otro, de 1931, se refiere al revanchismo y represión que ha emprendido la nueva clase dirigente contra los considerados enemigos políticos de la naciente república. La crítica en este sentido se agudiza al año siguiente, y le lleva a recordar la conferencia de 1921; y en otro artículo posterior a la sublevación de Sanjurjo insiste en la necesidad de reconciliación. Los acontecimientos, como sabemos, evolucionaron en sentido contrario, y cuando en 1936 España llegue a la senderiana «orilla donde sonríen los locos», todavía levantará públicamente la voz en el último artículo que publicamos, con un transparente llamamiento al cese de fusilamientos y represión desaforada que se ha generalizado.

Moneva, desde su arraigado talante moral que le había impuesto enfrentamientos y denuncias de diversas autoridades en tiempos de la monarquía, de la dictadura de Primo de Rivera y de la República, aprovechará ahora su prestigio y relaciones, y multiplicará las gestiones en este sentido. Naturalmente esta actitud le saldrá cara: temporalmente suspendido de empleo y sueldo, multado y sometido a proceso por parte primero de la Comisión Depuradora de Universidades, y después por el Tribunal de Responsabilidades políticas. De todos ellos, sin embargo, saldrá bien parado. Incluimos en esta entrega los dos escritos con los que se defiende de los cargos que se le imputan, así como algunos de los informes que se presentaron. 

Juan Moneva y Puyol (1871-1951) fue un destacado intelectual aragonés. Su carácter tan personal, su independencia de criterio, su tendencia a la contradicción, hicieron de él un personaje popular fuente de continuas anécdotas en la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX. Se licenció en Química y en Derecho, fue abogado ejerciente y catedrático de Derecho canónico. Pero sus intereses superaron su dedicación oficial, al igual que ocurre con el catedrático de griego que fue Unamuno. Durante gran parte de su vida fue un fecundísimo colaborador de la prensa. Se ocupó de gran variedad de temas, pero entre todos ellos destacan los aragonesistas (un tanto al modo de Cambó), los pedagógicos (centrados en la enseñanza universitaria, lo que le depara algunos enfrentamientos con sus compañeros y algún expediente), los políticos (especialmente en tiempos de la segunda república), y siempre los moralistas. Aunque se han publicado diversas selecciones de sus artículos, muchos quedan todavía enterrados en las hemerotecas...

Jesús Bogarín Díaz, en su contribución a La memoria del jurista español (2019) lo califica así: «además de destacar su mérito en la ciencia canonística que oficialmente profesó, podríamos describir a don Juan Moneva Puyol, siquiera de modo impresionista, llamándolo de estirpe zaragozana, hombre de gran personalidad, docente práctico, erudito investigador del derecho histórico aragonés, defensor y promotor del derecho foral, apasionado aragonesista, exiliado canónico en Huesca, amigo no separatista de Cataluña, examinador multilingüe, innovador en el mundo de la fotografía, reconocido lingüista y, en particular, lexicógrafo, pionero laboralista, político escasamente militante, literato cabal, crítico literario y tertuliano… a man for all seasons

E indudablemente, un Quijote.

lunes, 22 de enero de 2024

Francisco Cambó, Un catalanismo de orden; textos 1907-1937

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Se puede considerar a Francisco Cambó (1876-1947) como el principal colaborador y sucesor de Enric Prat de la Riba, el primero de los patriarcas del nacionalismo catalán que ocupó una importante parcela de poder al ser nombrado presidente de la Diputación Provincial de Barcelona y de la Mancomunidad catalana. A su muerte en 1917, Cambó se convirtió en el máximo dirigente de la Lliga Regionalista (luego Catalana), fuerza política conservadora, dominante hasta que fue desplazada por Esquerra Republicana en la Segunda República.

Pero su protagonismo era anterior: en 1906 jugó un papel decisivo en la creación de Solidaridat Catalana, la efímera coalición de partidos tan opuestos entre sí como los carlistas, los republicanos, los integristas, además de los catalanistas. Su triunfo en las elecciones del año siguiente llevó a Cambó al Congreso de los Diputados, desde donde su creciente influencia contribuyó a la expansión de la Lliga y a la creación de la Mancomunidad de Cataluña y, más tarde, a su nombramiento como ministro en dos ocasiones.

Cambó fue en su tiempo el máximo representante de un catalanismo conservador que rechazaba el separatismo, preocupado por la economía y por el orden público, en los años de los eufemísticamente llamados problemas sociales. Fue un catalanista de orden, lo que a veces ha llevado a aplicarle el calificativo de moderado. Y desde el punto de vista ideológico no lo fue en absoluto, sino un nacionalista estricto: «Ante una afirmación nacionalista, las opiniones callan y hablan únicamente los sentimientos. El nacionalismo no se discute, no se analiza; se repudia o se ama... es un hecho, es una realidad, más fuerte y más sólida que una montaña, y ante esa realidad no caben más que dos caminos: o aceptarla como cosa fatal, como cosa santa, como son santas todas las cosas vivas, o considerarla como una monstruosidad, como un pecado, combatirla sin compasión, combatirla con todo el ímpetu, con toda la intensidad del odio, y mirar si se puede acabar con ella.»

La personalidad nacional catalana (para la que luego acuñará la expresión del hecho diferencial) existe desde hace milenios, y se entronca con la etnia ibérica. Y si el nacionalismo crea este pueblo catalán idealizado, abstracto, necesita asimismo crear el antagonista perfecto: un pueblo castellano igualmente abstracto siempre obsesionado por asimilar al pueblo catalán. Contra asimilistas y contra separatistas, ambos considerados extremistas, Cambó exige una autonomía política total, integral, aunque dentro de España, que tenga la capacidad de influir en la marcha del conjunto, de la España grande.

Cambó es nacionalista, conservador, de orden… pero también oportunista. Supo reaccionar y adaptarse a las cambiantes circunstancias históricas: de la petición de la descentralización administrativa, a la defensa de la autonomía política total; del enfrentamiento a la colaboración; de promover una ruptura del régimen político (1917), a ser nombrado ministro al año siguiente… La variación de estas circunstancias durante la Segunda República le llevarán a constituir el Frente Catalá d’Ordre para las elecciones de febrero de 1936, y su derrota, junto con los desmanes de la primavera trágica, le conducirán a apoyar la sublevación militar, como hicieron también otros muchos liberales, republicanos, y también nacionalistas vascos y catalanes.

Una cosa más. Puede resultar de interés (y quizás de actualidad) algunas reflexiones que Cambó hace sobre los revolucionarios y sublevados de octubre de 1934. Su opinión sobre Companys y Esquerra no puede ser más dura: «El 6 de octubre es la primera locura en la que Cataluña ha quedado en ridículo; ¡y eso es lo que Cataluña no puede perdonar! El 6 de octubre es una cosa tan vergonzosa que no me explico, si no es por debilidad, cómo hombres respetables puedan asociarse a una campaña en la que se defiende esta fecha. El 6 de octubre es un movimiento revolucionario único en la historia; es un movimiento revolucionario que concluye en el momento exacto en que comienza la violencia. ¿Para qué los fusiles, las armas, las municiones, si habían hecho la reserva mental de no utilizarlos?»

Y sobre la amnistía con la que ya se cuenta un mes escaso después, en una intervención parlamentaria del 5 de noviembre de ese año (no incluida en esta selección de textos) afirma: «Yo pediría a todos los Sres. Diputados que nos comprometiéramos a que el día en que se discuta la reforma constitucional se establezca en ella un precepto que dificulte la concesión de la amnistía en España para los delitos que se llaman políticos y sociales... Recordad, Sres. Diputados y señores del Gobierno, que en menos de cuatro años se han dado tres amnistías generales. ¿Creéis, Sres. Diputados, que cualquier pena que no sea la de muerte —que todos hemos de tener interés en que no se prodigue— tiene ejemplaridad alguna? Si todos los que están hoy encausados y tienen la convicción de que no se les ha de aplicar la pena de muerte, están convencidos de que los años de presidio que se les impongan no han de tener efectividad alguna, porque regirán las mismas normas que han regido en los últimos años, y a los ocho, diez o doce meses se verán amnistiados, entonces el espíritu de justicia habrá desaparecido en el animo de los legisladores... La legislación española, en realidad, es una legislación que consagra el más absoluto impunismo.»

¿Resulta o no aplicable esta reflexión al momento presente?

Asistentes a la conferencia de Cambó en San Sebastián, el 15 de abril de 1917.

lunes, 8 de enero de 2024

Macalister y otros, Palestina en 1911 (Encyclopædia Britannica)

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En la entrada anterior de Clásicos de Historia comunicamos el viaje de George Robinson a Siria y Palestina en 1830. Describió un territorio complejo con una población de abundantes identidades contrapuestas. Fenómenos y acontecimientos posteriores agudizaron esta complejidad: el incremento de la decadencia otomana; los efectos de la guerra de Crimea; el intervencionismo creciente de las grandes potencias; la misma modernización progresiva del país con la construcción de carreteras y ferrocarriles; el aumento de la colonización judía, cada vez más organizada; la profunda transformación en un sentido nacionalista moderno que impulsaron desde el poder los Jóvenes Turcos…

Ochenta años después del viaje citado, en 1911, se publicó la décimo primera edición de la prestigiosa Encyclopædia Britannica, y puede resultar interesante consultar en ella el extenso artículo consagrado a Palestina, así como otros artículos conexos, entre ellos el que se ocupa del reciente fenómeno del sionismo. Vistos en conjunto, consisten básicamente en una síntesis de la geografía y sobre todo la historia de este viejo territorio, realizada por varios reconocidos profesores: arqueólogos, orientalistas, historiadores. Todos ellos tenían un conocimiento directo del territorio y abundantes publicaciones; y alguno de ellos estaba en relación con el más tarde famoso Thomas Edward Lawrence…

Lógicamente, el enfoque de la Britannica es totalmente distinto a la obra de Robinson. Del talante romántico y religioso de éste, pasamos a un trabajo básicamente académico, que se quiere científico, con abundantes notas y referencias. Naturalmente, se elabora desde la óptica y los valores dominantes en la alta cultura europea de la época, desde el positivismo y el laicismo, y por ello puede observarse un cierto esfuerzo por distanciarse en estos artículos de la tradicional Tierra Santa bíblica y sus Santos Lugares, desmitificándolos a fondo. La monumental enciclopedia rezuma optimismo desde su seguridad en un inevitable futuro de progreso para la Humanidad.

Chesterton, en una de sus primera obras, se explayó con lo que llamó el juego de ¡estafa al profeta!, para subrayar la imposibilidad de adivinar el futuro, en unos años —los anteriores a la Gran Guerra— en los que se multiplicaron las certidumbres en un futuro con progresos, paraísos y superhombres, siguiendo las contradictorias recetas de las más variopintas ideologías. Y, por supuesto, nuestros autores tampoco vislumbraron el futuro de Palestina, con la caída del Imperio Otomano, la ocupación británica y francesa de las regiones situadas al sur y al este de Asia Menor, la partición de la Palestina tradicional por el Jordán, y, sobre todo, la afirmación y enfrentamiento de dos nacionalismos extremos, judío y árabe-musulmán.

El optimismo todavía decimonónico de la sociedad europea de ese tiempo, la confianza en un progreso humano indefinido, impide a estos eruditos autores (y a tantos otros) adivinar el negro futuro que se acerca, con las guerras mundiales y los totalitarismos. Resulta ejemplar en este sentido el artículo sobre el Sionismo, obra del periodista e historiador Lucien Wolf, judío reformista, cuya confianza en el éxito del asimilacionismo le lleva a unir su patriotismo británico con su pertenencia al judaísmo, y considerar poco viable la creación de un estado judío, propuesta fundamental de Herzl. De hecho, unos años después, en 1917, fundará con otros personajes destacados la League of British Jews que se opondrá a la conocida Declaración Balfour.

martes, 26 de diciembre de 2023

George Robinson, Viaje a Palestina y Siria en 1830

Un George Robinson de principios del XIX

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Son muy abundantes las relaciones de viajes a Tierra Santa, desde los tiempos del relato venerable de la dama Egeria. A veces no son muy fiables, como el incluido en los viajes del fantástico John de Mandeville. En el siglo XV, el del deán de Maguncia Bernardo de Breidenbach fue un auténtico best-seller de la época, con múltiples ediciones. Buena parte de su éxito procedía de los espléndidos grabados que acompañaban al texto. Su traducción por el humanista aragonés Martín Martínez Dampiés fue impresa por Juan Hurus en Zaragoza en 1498, y es uno de los más destacados incunables españoles. Y muchos otros más.

Muy distinto es el caso de la obra que presentamos esta semana. George Robinson es un británico (del que desconozco su biografía) que viajó por Oriente en 1830, y que unos años después publicó el relato de su estancia en Palestina y Siria. Aunque en la tradición del género se ocupa también de monumentos y reliquias religiosas, corresponde ya a una época muy distinta a los anteriores. Sus intereses y sensibilidad son ya románticos, y presta especial atención a los paisajes, a sus propias emociones, y a la búsqueda de lo exótico, esto es, a lo distanciado cultural o cronológicamente del mundo moderno del que procede.

El territorio que Robinson recorre forma parte del Imperio Otomano, y está administrado por los valíes de Beirut y de Damasco, ambos pertenecientes a la gran provincia de Siria. Palestina está dividida entre estos dos valiatos, y es fundamentalmente un término geográfico, con límites precisos al oeste (el Mediterráneo) y al sur y al este (los desiertos del Sinaí, del Néguev y de la Arabia Pétrea), e imprecisos al norte del lago de Tiberíades, aunque incluyendo Tiro y Sidón. Abarca, por tanto la zona costera, ambas márgenes del valle del Jordán y del mar Muerto, y las colinas existentes entre ellas.

La población no está en absoluto cohesionada: la división básica es entre los ganaderos beduinos itinerantes y la mayoría sedentaria, profundamente dividida entre los mayoritarios musulmanes sunnitas y las dos considerables minorías, cristiana (a su vez con múltiples divisiones: ortodoxos, católicos latinos y maronitas, armenios...) y judía. A ellos han de agregarse otros grupos, como los drusos con un cierto origen chiita, y los turcos dominantes, que traen consigo gentes procedentes de todo el Imperio, como los soldados albaneses.

Tras el viaje de Robinson la región se transformará con rapidez: primero con la ocupación temporal por parte del Egipto de Mehemet Alí, que intenta separarse del Imperio Otomano; después, el gobierno directo de Jerusalén y su territorio por parte de las autoridades de Constantinopla, en paralelo a las creciente intervención occidental. Luego, el incremento sostenido de la inmigración judía, la procedente de Rusia y la de carácter sionista. Finalmente, la formación y eclosión de dos novedosos nacionalismos, el judío y el musulmán (autodenominado palestino), cada uno de los cuales se identificará con el territorio y se esforzará por controlarlo, se impondrá en su comunidad respectiva, y ante todo se enfrentará a las identidades rivales. Y se iniciará así el proceso por el que abundantes personas y grupos de la compleja Palestina, al quedar al margen de estos encuadramientos, tenderán a ser ignoradas en el mejor de los casos, cuando no borradas más o menos sistemáticamente.

domingo, 24 de diciembre de 2023

viernes, 15 de diciembre de 2023

Augusto Conte, Recuerdos de un diplomático

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Stefan Zweig, en sus conmovedoras memorias El mundo de ayer, señala que «si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad.» Es la llamada Belle Époque, ese medio siglo sucesor de la larga etapa revolucionaria, orgulloso de sus logros políticos, sociales y económicos, firmemente confiado en la inevitabilidad de un progreso acelerado y sin fin, rebosante de un desmedido complejo de superioridad edificado sobre certidumbres nacionalistas y racistas. En realidad, ese mundo tan satisfecho de sí mismo está incubando el atroz siglo XX, que lleva a Zweig a idealizar la época anterior:

«Antes de la guerra había conocido la forma y el grado más altos de la libertad individual y después, su nivel más bajo desde siglos. He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre. Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea. Me he visto obligado a ser testigo indefenso e impotente de la inconcebible caída de la humanidad en una barbarie como no se había visto en tiempos y que esgrimía su dogma deliberado y programático de la antihumanidad.»

Cuando Zweig nace, el diplomático español Augusto Conte y Lerdo de Tejada (1823-1902) se encuentra ya próximo a su jubilación. Su vida se desarrolló, pues, en esa época de plenitud y soberbia europea, y desempeñó su carrera sucesivamente en Lisboa, México, Roma, Florencia, Turín, Nápoles (capitales de cuatro estados anteriores a la unificación italiana), Londres, Copenhague, y tras el paréntesis del sexenio revolucionario, Constantinopla y Viena. Cosmopolita y políglota, con parientes por toda Europa (su padre era francés y su esposa inglesa), y muy bien relacionado con la extensa y todavía poderosa aristocracia europea, se establecerá definitivamente en Florencia, donde redactará las memorias que comunicamos esta semana.

A diferencia de las de Zweig, no destacan por su profundidad aunque sí por su amenidad. Conte nos describe como espectador los principales acontecimientos y personajes de su época, y sólo en un par de ocasiones ejerce un cierto protagonismo: en Roma durante su efímera república, y en Viena con los tratos sobre el matrimonio de Alfonso XII. El papel secundario de España en el siglo XIX no da para más. En compensación, se extiende en la descripción de los distintos países en los que vive, con especial atención a su historia, sus monumentos y sus museos, sus escritores, músicos y artistas, y por supuesto su buena sociedad: bailes, recepciones y tés de las cinco de aristócratas y diplomáticos. Sus opiniones son por lo general conservadoras y convencionales, y en ocasiones un tanto ramplonas, aunque en ocasiones nos sorprende abogando (un tanto a toro pasado) por el abandono de Cuba y el rechazo a la ocupación del norte de Marruecos.

Las críticas a su obra no fueron siempre positivas. Por eso, en el tercer volumen (publicado póstumamente) el autor se cura en salud: «Mas antes de proseguir, quiero justificarme de una tacha que quizá merezca a primera vista. El severo censor podrá decirme que hago con harta frecuencia toda clase de digresiones, ora históricas, ora descriptivas, las cuales no tienen mucho que ver con el objeto principal de mi libro, de tal suerte que más parece éste un Manual de Historia o una Guía del viajero que no una relación de recuerdos. Yo, sin embargo, creo poder justificar esta, que parece falta, haciendo advertir que mal podrían comprenderse las cosas que de cada país voy refiriendo, si no las acompañase de aquellos antecedentes que las explican y de aquellas descripciones que les dan un color local, no de otra suerte que el novelista las introduce a cada paso en sus ficciones a fin de comunicar más vida a los personajes que pinta.»

En fin, el Augusto Conte que en su retiro florentino compone sus memorias, benevolente y superficial, nos recuerda al Mr. Audley de Gilbert Keith Chesterton en Las pisadas misteriosas: «Era un anciano afable que todavía gastaba cuellos a lo Gladstone: parecía un símbolo de aquella sociedad, a la vez fantasmagórica y estereotipada. Nunca había hecho nada, ni siquiera un disparate. No era derrochador, ni tampoco singularmente rico. Simplemente, estaba en el cotarro y eso bastaba. Nadie, en sociedad, lo ignoraba; y si hubiera querido figurar en el Gabinete, lo habría logrado… Mr. Audley, que nunca se había metido en política, trataba de estas cosas con una seriedad relativa. A veces, hasta ponía en embarazos a la compañía, dando a entender, por algunas frases, que entre liberales y conservadores existía cierta diferencia. En cuanto a él, era conservador hasta en la vida privada. Le caía sobre la nuca una ola de cabellos grises, como a ciertos estadistas a la antigua; y visto de espaldas, parecía exactamente el hombre que necesitaba la patria. Visto de frente, parecía un solterón suave, tolerante consigo mismo, y con aposento en el Albany, como era la verdad.»

Proclamación de la república romana en 1849