lunes, 8 de julio de 2024

Jerónimo Münzer, Viaje por España y Portugal en los años 1494 y 1495

De la Crónica de Nuremberg

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M.ª Carmen Lacarra Ducay escribe en su aportación al volumen colectivo Con otros ojos. El arte aragonés visto por los viajeros (Zaragoza 2023):

«Son escasas la noticias que se tienen de este viajero que en los años de 1494 y 1495 hizo un largo viaje, que luego publicó con el título de Itinerarium sive peregrinatio per Hispaniam, Franciam et Alemaniam, cuya parte correspondiente a nuestro país publicó el señor L. Pfandl en la Revue Hispanique, con el título de Itinerarium hispanicum, en 1920 (t. XLVIII). El manuscrito se conserva en la Biblioteca de Munich (Codex Latinus Monacensis 431, fols. 96-103), perteneciente a la biblioteca de Hartmann Schedel, famoso humanista de la ciudad alemana de Nuremberg. El hispanista italiano Arturo Farinelli (1867-1948) que había consultado el manuscrito de Münzer en la Biblioteca de Munich, recomendaba vivamente su publicación, afirmando: “Es este, según mi humilde parecer, el más interesante viaje por España de la Edad Media… Su peregrinaje por España y Portugal está diligente y ampliamente descrita en buen latín y es solo comparable al viaje famoso de Andrés Navagero, gentilhombre veneciano.”

»De su autor, que firmaba sus escritos como Hierónimus Monetarius, únicamente se sabe que habría nacido probablemente en Feldkirch (Austria), población que se encuentra en el límite occidental de la región del Tirol, en una fecha imprecisa que, no obstante, suele situarse en torno a 1460. Se supone que pertenecía a una familia acaudalada, y que en 1479, a los 18 o 20 años, recibió el grado de doctor en Medicina por la Universidad italiana de Pavía, ciudad en donde había cursado sus estudios. En 1480 trasladó su residencia a Nuremberg, donde ejerció durante algún tiempo su profesión de médico, y contrajo matrimonio, alcanzando cierta notoriedad por sus conocimientos de cosmografía y astronomía, hasta que en 1484, al declararse una epidemia de peste en la ciudad, hubo de trasladarse a Italia, donde permaneció diez años, visitando las ciudades de Roma, Nápoles y Milán (...)

»De regreso otra vez a Nuremberg, un nuevo brote de peste le obligó a abandonar por segunda vez la ciudad, en 1494, acompañado en esta ocasión por tres jóvenes amigos suyos, hijos de ricos comerciantes y mercaderes alemanes, que hablaban italiano y francés. Los cuatro juntos emprendieron viaje el día 2 de agosto de 1494 y, tras atravesar Alemania, Suiza y el sur de Francia, llegaron a Perpiñán el 17 de septiembre, y a lo largo de casi cinco meses, hasta el 8 de febrero de 1495, recorrieron los reinos de la península ibérica antes de volver a su patria (...)

»La finalidad del viaje bien pudiera haber sido la de tratar con el rey Juan II de Portugal una posible participación alemana en las empresas de Ultramar por encargo del emperador Maximiliano. Hay que recordar que Cristóbal Colón había llegado a Lisboa el 4 de marzo de 1493, tras su primer viaje, y hay que preguntarse si Münzer ya estaba al corriente del resultado del mismo. Jerónimo Münzer escribe el 14 de julio de 1493 una carta al rey Juan II de Portugal (1481-1495), sobrino del rey Enrique el Navegante, en la que propone al rey portugués una empresa marítima similar a la de Cristóbal Colón para ir en busca de las costas de Asia por el Atlántico, con el consentimiento, si no por indicación, del emperador Maximiliano de Austria (...)

»Esta circunstancia ha dado sobrados motivos para especular acerca del verdadero motivo del viaje de Jerónimo Munzer a la península ibérica, considerando, con buen sentido, que bien pudiera tratarse de un trabajo como embajador secretamente enviado por el emperador Maximilano con una doble misión: averiguar cuanto le fuera posible sobre los resultados de los primeros viajes colombinos y conocer las intenciones que al respecto se fraguaban en la Corte española y, al mismo tiempo, estudiar las posibilidades de un acuerdo de colaboración con Portugal en la empresa ultramarina.

»Existe la certidumbre de la extrema dureza de las condiciones del viaje, que fue realizado a caballo, alquilándose las monturas a los arrieros en los meses de invierno, haciendo doble jornada y cabalgando mañana y tarde. La llegada a una ciudad de los cuatro viajeros alemanes no significaba, como pudiera creerse, dedicarse al descanso sino, bien al contrario, recorrerla acompañados por atentos compatriotas o amables anfitriones que tratarían a los viajeros con especial deferencia. Jerónimo Münzer no conocía el español ni la Historia de España pero posiblemente lo hablaban alguno de los tres amigos que lo acompañaban. Él conocía bien el latín y el italiano, y en España se encontraría con numerosos mercaderes alemanes en su recorrido. En el texto se observan alusiones frecuentes al mundo conocido por su autor y por los probables destinatarios del texto, estableciendo repetidas comparaciones con las ciudades y ríos alemanes a la hora de describir los lugares que se visitan.

»Jerónimo Münzer es un viajero excepcional por muchos motivos y, especialmente, por su disposición a dejarse sorprender a cada instante, su deseo de alabar sin reticencias cuanto aparece ante sus ojos, ajeno a cualquier actitud de superioridad ante un país y unas costumbres que, necesariamente, habían de resultarle extraños. Se trata de un minucioso relato de un itinerario cuyo mayor interés reside en la multitud de preciosos detalles que proporciona acerca de la vida cotidiana en la España de finales del siglo XV, al margen de las razones que pudieran estar en su origen.

»Deben destacarse en él sus valiosas descripciones de las costumbres y situación de los moriscos del reino de Granada, cuando aún no se habían cumplido tres años de su reconquista por los Reyes Católicos (1492). La obra atesora otras muchas informaciones sobre los asuntos más dispares. Los comerciantes alemanes afincados en los lugares visitados por Jerónimo Münzer y sus acompañantes, las construcciones y los monumentos de las distintas ciudades que visitan, la variedad y riqueza de los productos agrícolas, los tesoros y riquezas que se guardaban en los templos, los gustos de la nobleza española, las curiosidades de la población morisca…»

Lorenz Fries, Tabula Nova Hispania, 1535

lunes, 24 de junio de 2024

Conde de Robres, Historia de las guerras civiles de España desde 1700 hasta 1708

Armas del autor

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Agustín López de Mendoza y Pons (1662-1721), marqués de Vilanant, conde de Robres y de Montagut, y señor de Sangarrén y de otras baronías aragonesas y catalanas, de ilustres ascendientes y descendientes (entre ellos el famoso conde de Aranda), ha nacido en Barcelona, aunque se identifica repetidas veces como aragonés en la obra que presentamos esta semana. Ha vivido con preocupación la división creciente, con tomas de postura enfrentadas, que se genera con la problemática sucesión de Carlos II: «Y respondiendo a las sátiras con otras sátiras que también eran reciprocadas con igual amargura, se empezó ya desde este tiempo a encenderse una guerra civil de plumas, que debía ser preliminar de otra más sangrienta. Estas consecuencias las conocían los que menos penetraban, con que fue tanto más de extrañar que los ministros en vez de atajarlas las fomentasen.»

Y la guerra llega, y teme «que faltando a la posteridad una verdadera relación de las causas y progresos de tan gran mal, falte también la instrucción conveniente para evitarle en adelante.» Pero «es peligroso desplegar al público con la pluma la verdad, porque se ha hecho ya carácter de entrambos partidos el esforzar la mentira, y fuera de eso, dominando enteramente a la razón la voluntad, nos vemos miserablemente reducidos en un caos por todas partes inaccesible… Por eso desearía poder trasmitir a mis sucesores una Historia de nuestra infelice era, que reservada en lo muy secreto de una gaveta, pudiese en tiempos menos peligrosos aprovecharles, y al público.» 

Las Memorias para la historia de las guerras civiles de España permanecerán inéditas hasta su publicación en Zaragoza en 1882. Resulta una obra sorprendente en muchos sentidos, pero principalmente por su independencia de criterio: aunque el conde de Robres optó por los Borbones en lugar de los Austrias, mantiene un patente esfuerzo en pro de la imparcialidad al narrar acontecimientos y enjuiciar personajes de la guerra de sucesión. Se documenta, en la medida de lo posible, respecto a los diferentes derechos dinásticos de los competidores por el trono. Compara, con perspicacia, las semejanzas y diferencias del proceso homogeneizador de la monarquía por parte de Felipe V, con el fenómeno paralelo que está teniendo lugar en Gran Bretaña (a la que denomina así). Critica y deplora, en fin, los decretos de nueva planta para Aragón y Valencia, consecuencia de la Batalla de Almansa...

José María Iñurritegui, inicia así su estudio de Las Memorias del Conde de Robres: la nueva planta y la narrativa de la guerra civil: «En las entrañas de la traumática contienda civil del amanecer del Setecientos hispano el Conde de Robres, Agustín López de Mendoza y Pons, encuentra el momento adecuado para el sutil y delicado cultivo de la memoria histórica. La participación política activa de un noble aragonés de filiación borbónica en el certamen sucesorio desemboca en la primavera de 1708 en la composición de unas atípicas Memorias que elocuentemente se dicen para servir a la historia de las guerras civiles de España. La propia operatividad pretendida por el autor para su texto, y la profunda reformulación del sentido moral y político del valor didáctico de la historia que destila, convierten esas páginas en una pieza ciertamente singular en el complejo panorama de la narrativa de la guerra civil. Frente al uso político común de la historiografía en el turbulento teatro de la confrontación dinástica y civil, la glosa laudatoria de las glorias del monarca, las Memorias asumían ya por principio el inusual empeño de arrojar luz y levantar acta sobre las causas de fondo que motivan el desastre del encuentro doméstico. Apegadas en todo momento a la más pura y feroz dimensión civil del combate y a su más honda esencia política, siempre fieles al preciso estímulo al que responde la opción misma de la escritura, las Memorias forjan sobre esa peculiar mirada una acusada personalidad narrativa y política con novedades de subido valor en su género y en su contexto.»

Archivo Histórico Provincial de Zaragoza

lunes, 10 de junio de 2024

Isidoro de Sevilla, Historia de los reyes godos, vándalos y suevos

De un códice del siglo X
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Ramón Menéndez Pidal, en su Universalismo y nacionalismo. Romanos y germanos (1940), extensa introducción al tomo III de la monumental Historia de España que dirigía, se refiere así a la obra que comunicamos esta semana.

«Al leer a Idacio asistimos al laborioso parto de España y de su historia; en el Biclarense vemos crecer una historia de España , aunque sujeta todavía a una crónica de emperadores; Isidoro es el primero que saca esta historia de la tutela imperial, para darle independencia y espíritu propio. El metropolitano de Sevilla no es godo, como el monje Biclarense es romano, y, sin embargo, participa del mismo entusiasmo goticista, pues ya para unos como para otros los destinos de España estaban indisolublemente ligados a los del pueblo que había hecho de la Península una monarquía poderosa. La historia isidoriana del pueblo glorioso temido de Alejandro, de Pirro, de César, toda ella computada por la era española, termina en el año 624 con las victorias de Suintila, en especial la conquista de las últimas ciudades que el Imperio romano conservaba en la Bética; así se repite: Suintila fue el primero que tuvo la monarquía de toda España, totus Hispaniæ, del lado de acá del Estrecho. La marina creada por Sisebuto acechaba el momento de transfretar, para hacerse con la Tingitana, que aún retenía el Imperio bizantino y que era parte integrante de la España romana.

»Es época de entusiasmo gótico, y ese entusiasmo dicta a Isidoro el prólogo de su Historia, en loor de España, De laude Spaniæ, donde define qué es para él España y qué es lo que la hace amable.

»De todas las tierras cuantas hay desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sacra España, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos. Bien se te puede llamar reina de todas las provincias…; tú, honor y ornamento del mundo, la más ilustre porción de la tierra, en quien la gloriosa fecundidad de la raza goda se recrea y florece. Natura se mostró pródiga en enriquecerte; tú, exuberante en fruta, henchida de vides, alegre en mieses…; tú abundas de todo, asentada deliciosamente en los climas del mundo, ni tostada por los ardores del sol, ni arrecida por glacial inclemencia… Tú vences al Alfeo en caballos y al Clitumno en ganados; no envidias los sotos y los pastos de Etruria, ni los bosques de Arcadia… Rica también en hijos, produces los príncipes imperantes, a la vez que la púrpura y las piedras preciosas para adornarlos. Con razón te codició Roma, cabeza de las gentes, y aunque te desposó la vencedora fortaleza Romulea, después de florentísimo pueblo godo. Tras victoriosas peregrinaciones por otras partes del orbe, a ti te amó, a ti raptó, y te goza ahora con segura felicidad, entre la pompa regia y el fausto del Imperio.

»Esta férvida Laus Sapaniæ se inspira, a mi ver, principalmente en la Laus Serenæ de Claudio, que ya conocemos. Isidoro, con su vaga mención de la riqueza de España en príncipes y gentes, nos impresiona menos que Claudiano con sus precisas alusiones a los augustos hispanos; es que Isidoro tiene el mal acuerdo (lo mismo en todo su relato histórico) de buscar elevación o elegancia en la vaguedad, huyendo la individuación de personas y lugares; no estima, como Claudiano, el alto valor poético de lo concreto. Sin embargo, él comunica más emoción a sus palabras y mayor alcance desde el momento que, lejos de hablar de una región del mundo entero, habla como historiador de un pueblo. Por esto el loor isidoriano se aparta de toda la serie de loores de España que produjo la literatura latina. No es el postrero en la serie de ellos; no es, como se ha dicho, el canto del cisne de la provincia romana, sino, al contrario, es el canto auroral de la alondra que acompaña a los desposorios de España con el pueblo godo y anuncia el advenimiento de la nueva nación. El nuevo loor lo dice; por eso Isidoro, que sabe bien lo que en la nueva edad del Occidente significa el germanismo, confunde la historia de España con la del antiquísimo pueblo emigrante introducido en ella por Ataúlfo.

»Esa concepción de San Isidoro era participada por todos. La patria y los godos son dos cosas inseparables; Gothorum gens ac patria es la expresión corriente, lo mismo en las leyes que en los cánones, para significar el interés general del Estado.

»En esta edad germanorromana el universalismo imperial desaparece, quedando sólo representado por el universalismo eclesiástico, y surge un sentimiento contrario: el nacionalismo político y cultural. Los germanos son los que suelen dar nombre a estos círculos nacionales nuevos: Anglia, Francia, Burgundia, Lombardía…; España está a punto de ser una Gotia si no es porque Ataúlfo dijo que no quería que eso sucediera; pero aunque el rasgo fisonómico más saliente de los nuevos países es germánico, el sentimiento nacional es una creación románica. Lo vimos, como escabulléndose del universalismo agustiniano, surgir de la provincialización del Imperio en Paulo Orosio. Isidoro nos lo da ya perfecto, en cuanto a lo político, en el loor de España; y en cuanto a lo cultural, nos lo formula el concilio IV por él presidido, proclamando la unificación de la Iglesia en toda España (téngase presente que en esta época la cultura es exclusivamente eclesiástica): una misma disciplina, una liturgia, unos mismos himnos para todos los que vivimos —dice el concilio— abrazados por una misma fe y un mismo reino, qui una fide complectimur et regno. Al lado del Estado nacional se crea, no digamos una Iglesia nacional en el sentido propio de la frase, pero sí una Iglesia nacionalizada y coherente, bajo la supremacía de Toledo, Iglesia unificada por una liturgia especial, que fue llamada isidoriana, la cual no dejará de existir sino en el siglo XI por tenaz empeño de Gregorio VII.

»A pesar de la desaparición del Estado godo, las posteriores historias de España se llamaron frecuentemente Historia de los godos, imitando a la de Isidoro; y la autoridad del gran polígrafo hizo que la Laus Spaniæ, el himno natalicio del pueblo hispanogodo, quedase entre los connacionales del obispo hispalense como el credo nacionalista profesado durante muchos siglos, reiterado y refundido en múltiples formas, lo mismo en tiempos muy críticos para el amor patrio que en épocas de nueva exaltación optimista.»

Presentamos el texto original del año 624, ampliación de otra versión anterior más reducida, y una traducción propia. También hemos agregado unos pocos pasajes de las Etimologías —la gran obra de Isidoro y la de mayor difusión a lo largo de los siglos—, referentes a su concepción de la Historia, a los pueblos godos, vándalos, suevos e hispanos, y a la propia Hispania. En su día ya comunicamos su Crónica Universal.

El inicio de la Historia Vandalorum en un códice de los siglos XI o XII.

lunes, 27 de mayo de 2024

Ángel Salcedo Ruiz, Contra el regionalismo aragonés

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El nacionalismo moderno, con potentes fundamentos desde la afirmación de las monarquías autoritarias y con el aporte ideológico decisivo de la Ilustración y el romanticismo, se generaliza en España con la guerra de Independencia, tanto entre los partidarios del liberalismo como entre los de la tradición. Coincide en el tiempo, por tanto, con el acelerado declive del reino, que le apea del estatus de gran potencia a causa de su prolongada inestabilidad política y de la pérdida de su imperio.

Sólo más tarde, en el último cuarto del siglo XIX, nacerán y se difundirán los nacionalismos particularistas, primero en Barcelona, luego en Bilbao y finalmente en otras regiones. En cierta medida, y a pesar de que persigan la distinción o ruptura con España, estos nacionalismos alternativos son reflejos especulares del nacionalismo español, con múltiples coincidencias. A aquellos y a éste se les puede aplicar por igual conocidas expresiones que han dado título a algunos libros imprescindibles: la nación siempre es una Mater dolorosa cuyo dificultoso servicio supone a su adorador el ingreso en un bucle melancólico.

Pues bien, el aragonesismo político también surge en ese ambiente finisecular, y aunque con menos resultados que el catalanismo y el vasquismo, dará lugar a un movimiento minoritario que perdurará en el tiempo. Uno de sus representantes fue Juan Moneva y Puyol, de quien comunicamos algunos de sus artículos aragonesistas en Cuestiones políticas (republicanas y regionalistas). Los dos centros principales del nacionalismo aragonés fueron Zaragoza y Barcelona, esta última a causa de la abundancia de inmigrantes (en ese tiempo proceden del valle del Ebro y del Levante mediterráneo) que capta su poderosa industrialización. Habrá una relación difícil entre los nacionalismos catalán y aragonés, en la que se alterna atracción y repulsión.

Presentamos hoy un serie de artículos que un observador ajeno (que podríamos considerar nacionalista español) consagra a este regionalismo aragonés. Los publica entre 1918 y 1920 en el venerable Diario de Barcelona, ciudad en la que reside tras una estancia anterior de más de un año en Zaragoza. El gaditano Ángel Salcedo Ruiz (1859-1921) fue un abogado, jurídico militar, intelectual y político, de abundante obra publicada. En julio de 1918 fue nombrado Auditor de la capitanía General de la 5.ª Región Militar, con destino en Zaragoza, donde permaneció hasta septiembre de 1919, cuando se trasladó a Barcelona, desempeñando el mismo cargo en la 4.ª Región hasta marzo de 1920.

La postura del autor es clara: «Recién llegado a Zaragoza me apresuré a manifestar en el Diario mi primera impresión sobre el regionalismo aragonés; y... escribí que, a mi juicio, hay en Aragón mucho afecto a la tierra natal; sentimiento de solidaridad regional en cuanto que los aragoneses todos se sienten un pueblo, o, quizá mejor, una gran ciudad campesina cuyo barrio central y verdaderamente urbano es Zaragoza, en la clase culta entusiasmo por el pasado glorioso, y en todos vivo deseo de fomentar los intereses económicos de la región, singularmente los agrícolas, cifrados hoy en las obras hidráulicas; que, fuera de esto, en ninguna ciudad española es el natural de otras regiones menos forastero que aquí; y, finalmente, que el regionalismo a la catalana, sostenido por algunos intelectuales, no encuentra eco en la opinión, sino una resistencia formidable, porque es la de todos, y más que airada, pasiva y zumbona, propia del intenso temperamento satírico de un pueblo como el aragonés.»

Hemos agregado en anexo varios artículos citados por Salcedo y otros de sus contradictores, a favor o en contra de Aragón y el aragonesismo.

lunes, 13 de mayo de 2024

Juan Moneva y Puyol, Disertaciones políticas (republicanas y regionalistas)

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Hace unos meses presentábamos Política de represión y otros textos del interesante personaje que fue el catedrático, abogado y publicista Juan Moneva y Puyol (1871-1951). Ahora traemos una selección de los artículos que publicó entre 1930 y 1933 en el diario zaragozano La Voz de Aragón, muchos de ellos con el epígrafe común de Disertaciones políticas. Aunque siempre había estado interesado en estas cuestiones, e incluso había desempeñado una dirección general durante varios meses en un gobierno Maura, es ahora, tras el fin de la dictadura de Primo de Rivera en la que había sido procesado por un tribunal militar, cuando sus constantes y abundantes colaboraciones periodísticas se centran más en las cuestiones políticas.

Consciente de los desaciertos de los gobiernos Berenguer y Aznar, recibe esperanzado la proclamación de la república. Juzga así las elecciones municipales que la trajeron: «El acierto de la elección del 12 abril 1931, aun afectada como está la incongruencia de no atender a su finalidad mas a otra diversa, finca en que corresponde exactamente a la opinión pública; la gente sentía al igual de lo que expresaron los escrutinios; la gente se hallaba conforme con dar a los sufragios una aplicación diferente de la legalmente confesada, que era elegir concejales.»

Y pocos días después: «Afirmo... ser lo que llaman la derecha... sostenemos el derecho a ser cristianos católicos y el de inspirar en eso toda nuestra actuación de las cosas humanas… Nos queda solamente la República; ni aun podemos decir que nos han quitado la Monarquía y el Monarca que preferíamos; había, respecto de eso, en las derechas, muchos descontentos; todos los que detestábamos la Dictadura; todos los que consideramos primer tesoro político la libertad ciudadana. Por eso... porque la República no repugna a nuestra conciencia ni es incompatible con nuestro programa de fondo, opino que todo político de derecha debe avenirse llanamente, sinceramente, cuanto antes, a la República, laborar en ella y formar en sus partidos o, si ninguno de ellos satisface a nuestras ideas, formar otro de sus partidos.»

Moneva se definirá, pues, como liberal, católico, de derechas y aragonesista. Pero su talante crítico le llevó pronto a reprochar algunas actuaciones de la naciente república, si al principio menores e incluso disculpables y disculpadas, pronto de mayor gravedad, como el tan desacertado como interesado sistema electoral impuesto, que mantenía fuera del censo a las mujeres, que sí había incluido la pasada dictadura, y que conjugaba el sistema mayoritario con el predominio de distritos electorales provinciales, favoreciendo así el monopolio del poder de la coalición gobernante:

«Pero los hombres del Nuevo Régimen, cuyo único título, para comenzar a imperar y para seguir imperando, es llevar la representación del Pueblo, no quisieron exponerse a que el Pueblo pudiera votar con criterio político, eligiendo en listas homogéneas; fue conservado el sistema antiguo, invitatorio a la promiscuidad, que hace imposible conocer el criterio político del País. Y hubo promiscuidad en las candidaturas; a veces, más candidaturas promiscuas que de las otras; de las otras; no sé caracterizarlas de otro modo, pues la más extendida, por ser la ministerial, era promiscua; la formaban, como queda ya dicho, representantes de políticas incompatibles entre sí; y esto, cuando más interesaba definir la actitud política de cada cual, pues la labor de las Cortes elegidas había de ser Constituyente; más política, pues, que la de otras Cortes cualesquiera.»

Posteriormente sus críticas aumentarán a causa de la política represiva del gobierno, por su talante cada vez más anticatólico, y por su descomunal ocupación del Estado, repartido como un botín: «botín, premio útil de la victoria, no ganado por el esfuerzo laborioso, son los haberes, únicos pocas veces, múltiples las más; las comisiones retribuidas; la acumulación de favores; tales puestos dados graciosamente, sin que en el nombrado preceda la prueba de un concurso, o de aquel esfuerzo y sobresalto que es una oposición; ingreso en carreras por lo alto de sus escalafones; dispensa de servir un cargo, sin disminución de sus ventajas. Y botín, para otro estamento, es el nuevo régimen agrario… y botín —enorme paradoja—, todo el régimen administrativo del Trabajo, iniciado, no ya sólo en tiempo de Monarquía, mas en tiempo de Dictadura… (cuando) en el Ministerio del Trabajo imperó la Unión General de Trabajadores tanto como ahora.»

Además, y en paralelo, buena parte de estos artículos se ocuparán de la promoción del nacionalismo o regionalismo aragonés (que Moneva considera lo mismo) y su rechazo del centralismo estatal. Aunque partícipe en Acción Popular, su influencia en este sentido fue muy limitada o nula, porque las «derechas detestan el Regionalismo, a no ser lo que ellas dicen un Regionalismo sano, lo cual quiere decir cantador de loores, en primer lugar, a la omnipotencia del Estado; un Regionalismo con la bandera estatal en lugar preferente; después de lo cual aun alguna vez se atreven a izar la bandera de la Región; pero nunca osan ensalzar la Región sin dar, oficiosas, la excusa no pedida de sin perjuicio de la supremacía de la Patria u otro giro análogo.» Con impotencia, considera su incapacidad para cambiar la situación como su último fracaso político.

El viejo sistema de la Restauración había garantizado medio siglo de funcionamiento ordinario del sistema liberal, de enorme inestabilidad hasta entonces, por medio de una alternancia política pacífica, y con la aceptación e inclusión de aquellos que rechazaban el propio sistema: tradicionalistas, republicanos, nacionalistas, socialistas… Pero con el fracaso de los esfuerzos modernizadores (Maura, Canalejas…), en 1923 se entraba definitivamente en lo que en otras ocasiones he llamado la etapa autoritaria de la España contemporánea, que se prolongará hasta la transición a la democracia. Cada ideología se reafirma y se hace más intolerante, rechazando cualquier componenda con aquellas otras que se le oponen. El poder se ocupa, y ya no se está dispuesto a compartirlo: todo lo más, a llegar a acuerdos oportunistas en los que cada parte quiere prevalecer.

Este conjunto de artículos de Moneva nos muestra su percepción muy personal sobre el devenir de la segunda república, con múltiples facetas y matices. Pero, además, muchas de sus reflexiones pueden ser confrontadas con acontecimientos actuales. Por ejemplo, la incidental que escribe el 15 de mayo de 1930: Sánchez-Guerra «quiso procesarme, año de 1914, por un artículo en el cual acusé de insinceras aquellas elecciones en las que fueron usados contra Maura y los mauristas papel sellado, talegos y trabucos. Me libró de aquella molestia una amnistía que dio aquel Gobierno; las amnistías son siempre modos que usa una situación política, no primordialmente para perdonar algo malo que otros han hecho, mas para hacerse perdonar algo malo que ha hecho ella.»

Plaza de la Constitución de Zaragoza, 14 de abril de 1931

lunes, 29 de abril de 2024

Andrés Nin, Las dictaduras de nuestros tiempos

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Andrés Nin (1892-1937) nos presenta así su obra desde Moscú, donde reside a la sazón (aunque a punto de ser expulsado por la limpieza que lleva a cabo Stalin entre los revolucionarios por entonces): «Tres motivos principales nos han movido a escribir estas páginas en respuesta al libro del Sr. Cambó (Las dictaduras): primero, el deseo de contribuir a la aireación de la casa abriendo las ventanas que dan al mundo; segundo, oponer al punta de vista de uno de los hombres más representativos de nuestra burguesía el punto de vista del sector más avanzado del proletariado; tercero, demostrar que la idea fundamental del Sr. Cambó consiste en asegurar, en una u otra forma, la dictadura de la clase capitalista.»

Y es que, desde la estricta ortodoxia marxista del autor, la única realidad política es la lucha de clases, esto es, la incuestionada fe en la existencia de las clases, esas poderosas entidades sociales, que con necesidad fatal engloban, determinan y predestinan a los individuos, meras células de aquellos organismos, plenamente supeditadas a ellos. (Otros cambian clases por razas, naciones y géneros siempre escogidos.) Derechos humanos, asociacionismo libre, elecciones, autodeterminación, sólo son respetables en la medida en que resulten instrumentos útiles para la derrota del enemigo social. La clase que inevitablemente ha de triunfar es la proletaria, compuesta básicamente por obreros industriales y mineros; pero como buen leninista, subraya la necesidad de una élite —el partido— que encabece y dirija la lucha, y que recoja la justa admiración, el respeto y la obediencia de aquellos.

El problema de la democracia, por tanto, es sencillo: la democracia no existe: es sólo un disfraz del dominio de la clase capitalista: «La dictadura burguesa, incluso en sus formas más democráticas, es un poder político ejercido por una minoría al servicio de una minoría, la dictadura proletaria es un poder ejercido de hecho por la mayoría al servicio de la mayoría.» Y aquí radica el craso pecado que, aparentemente escandalizado y ofendido, Nin reprocha a Cambó: «Al enfocar el problema, el Sr. Cambó comete un error fundamental: el de considerar la dictadura en los países burgueses como un fenómeno idéntico a la dictadura en el país de la revolución proletaria triunfante.» La cuestión no es ya que Cambó defienda el sistema democrático, sino que expresa numerosas coincidencias entre la dictadura comunista rusa y la dictadura fascista italiana, coincidencias que las separa a su vez de otras dictaduras más bien tradicionales.

Juan Avilés Farré, en La fe que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (Madrid 1999), nos presentaba así a nuestro autor «Nin era [hacia 1920] un joven maestro y periodista catalán, que había iniciado su actividad política en las filas republicanas y se había afiliado más tarde al PSOE, para abandonarlo decepcionado después de que en diciembre de 1919 éste rechazara por primera vez su incorporación a la Internacional Comunista. En esas mismas fechas… la CNT celebraba en Madrid el congreso en que decidió incorporarse a aquella y Nin aprovechó la ocasión para informar a los congresistas que él se consideraba un fanático de la acción, era partidario de la III Internacional porque ésta representaba por encima de las ideologías un principio de acción y se había dado de baja en el PSOE para luchar incondicionalmente con la CNT en el puro terreno de la lucha de clases. Poco más de un año después, cuando el 2 de marzo de 1921 fue detenido el secretario general de la CNT Evelio Boal, quien meses después sería asesinado, por la policía o con la complicidad de ésta, asumió sus funciones Nin, quien entonces era ya secretario de la confederación regional catalana y a su vez había salido indemne de un atentado en noviembre de 1920.»

Formó parte junto con Ángel Pestaña de la delegación de la CNT que viajó a Moscú en 1921, defendiendo desde entonces la incorporación de los anarcosindicalistas a la Internacional comunista. Y a diferencia de Pestaña, fue uno de los conversos al comunismo ruso, aunque pocos años después el enfrentamiento entre Trotsky y Stalin le hará volver a España, donde acabará por crear en 1935, junto con Joaquín Maurín, el minoritario POUM, Partido Obrero de Unificación Marxista, con cierto protagonismo en la Cataluña de principios de la guerra civil, y abundante fama en buena medida gracias a la que le dio Orwell. Finalmente en las jornadas de mayo de 1937 —una guerra civil dentro de la guerra civil— el POUM será violentamente disuelto por imposición del gobierno soviético, y su máximo dirigente asesinado en fecha y lugar desconocidos.

Vladimir Serov, Lenin en Smolny (1952)

lunes, 15 de abril de 2024

Francisco Cambó, Las dictaduras

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      Resulta llamativo cómo mucha gente ensalza las revoluciones y deplora las dictaduras, cuando las segundas suelen ser hijas de las primeras.

      «—¡Vaya! —exclamó irritado Syme—, ¿qué tiene de poética la rebelión? También se podría decir que es poético estar mareado. La enfermedad es una revuelta. Tanto enfermar como rebelarse puede ser el único remedio posible en ciertas ocasiones desesperadas; pero que me cuelguen si tienen algo de poético. La revuelta en abstracto es... repugnante. Sólo es un vómito.
      La chica hizo una mueca por un instante ante la desagradable palabra, pero Syme estaba demasiado acalorado para prestarle atención.
      —El que las cosas vayan bien —exclamó—, ¡eso es poético! Que nuestra digestión, por ejemplo, discurra sagrada y silenciosamente, ése es el fundamento de toda poesía. Sí, lo más poético, más poético que las flores, más poético que las estrellas… lo más poético del mundo es no estar enfermo.
      —De verdad —dijo Gregory, desdeñosamente—, los ejemplos que elije usted…
      —Le pido perdón —dijo Syme con gravedad—, olvidé que habíamos abolido todas las convenciones.»

Esto que Chesterton nos cuenta en El hombre que fue Jueves se puede aplicar a la opinión sobre las dictaduras que tiene Francisco Cambó (1876-1947). Éste publica la obra que comunicamos en 1929, veinte años después de la premonitoria novela del escritor inglés, cuando, tras «el reverdecimiento de la democracia» al concluir la Gran Guerra, proliferan los regímenes dictatoriales en Europa y América. «Hoy en Europa viven en régimen francamente dictatorial: Rusia, Italia, España, Portugal, Turquía, Lituania, Yugoeslavia y Albania. Polonia alterna los períodos de libertad con los de dictadura, según los estados de humor y de fatiga del mariscal Pilsudski. Grecia, Bulgaria y Hungría han pasado por el régimen dictatorial, y en cuanto a las dos últimas es difícil decir si en ellas la dictadura ha cesado...». Eso sí, afirma, las dictaduras se establecen en los países atrasados, con poco desarrollo económico y un bajo nivel cultural… ¡Es imposible que eso ocurra en Alemania, por ejemplo!

Las dictaduras se originan «en un acto de violencia: revolución civil, sublevación militar o acaparamiento ilegítimo, por una persona investida de autoridad, de facultades que no le eran propias. Significa en todas las ocasiones un golpe de Estado en que la fuerza se impone y el derecho es atropellado y vencido. En su funcionamiento estas dictaduras dan a quienes las ejercen una autoridad que no tiene, ni en las leyes ni en las instituciones, ninguna limitación. La razón de interés público, definida y apreciada por el dictador, es la suprema legitimación de sus actos. Los derechos de las personas individuales y colectivas son a veces abolidos explícitamente; pero cuando no son abolidos, resultan inexistentes por haber desaparecido las instituciones que los protegían. El fin de estas dictaduras suele ir acompañado de la violencia que ha presidido su nacimiento.»

Para Cambó, como para Chesterton, las sublevaciones que dan lugar a las dictaduras son intentos de solucionar graves problemas, aparentemente irresolubles por medios ordinarios y constitucionales. Y puede parecer que los soluciona con la concentración de autoridad, de medios y de recursos. Sin embargo, el remedio es siempre peor que la enfermedad, ya que desactiva entre la población ese civismo básico que lleva a interesarse y participar en la gestión de la comunidad, y que ahora desaparece ante la represión del régimen. La demagogia, el nacionalismo, el personalismo, son características propias de cualquier dictadura. Y sus consecuencias perdurarán y dificultarán la marcha del país una vez caída aquella.

Cambó analiza sobre todo las tres dictaduras «que presentan características esenciales y dignas de ser consideradas particularmente. La de Rusia, la de Italia y la de Turquía… Encarnan, en primer lugar y ante todo, no un simple golpe de Estado, sino una verdadera revolución… Una revolución puede comenzar, tan sólo, por un golpe de Estado; pero no llega a ser revolución hasta que tiene un alma, una idea que la forja y que la inspira. Un golpe de Estado es un mero acto de fuerza que puede, en determinados casos, salvar a un país de la crisis por que atraviese; hasta es posible que pueda ser pródigo en ventajas. Una revolución, iniciada también por un acto de fuerza, tiene un impulso y una orientación ideológica salvadora o catastrófica, propia de ángeles o propia de diablos, y en su trayectoria esparce el bien abundantemente… o es una nueva caja de Pandora.» No utiliza, aunque por entonces ya se ha acuñado, el término totalitarismo.

Cambó publicó Las dictaduras en España, en castellano y en catalán, durante el último año de la dictadura de Primo de Rivera (soy «ciudadano de un país que vive en régimen de dictadura y que ésta, con su actuación, ha ofendido mis sentimientos más arraigados y más íntimos.») Tuvo una considerable difusión, se tradujo a otros idiomas, y dio lugar a una interesante polémica, como veremos próximamente. En Clásicos de Historia ya hemos comunicado una selección de conferencias, discursos parlamentarios, folletos y artículos de Cambó que hemos titulado Un catalanismo de orden; textos 1907-1937.

Giacomo Balla, Marcia su Roma, 1930