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domingo, 11 de enero de 2026

Carlos Pereyra, El mito de Monroe

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Carlos Pereyra (1871-1942), de quien ya hemos comunicado algunas obras, escribió cargado de pasión la que hoy presentamos, quizás como reacción a la ocupación norteamericana de Veracruz en 1914, durante la revolución y guerra civil mejicana de la segunda década del siglo XX, prolongada en la siguiente con las guerras cristeras. Los acontecimientos actuales todavía en curso, quizás aviven el interés por esta centenaria obra del hispanista mejicano.

Pereyra se propuso analizar la llamada doctrina Monroe, incluida por el secretario de Estado John Quincy Adams en el mensaje del presidente James Monroe, el 2 de diciembre de 1823. En un momento en el que la América española ya había accedido en la práctica a la independencia (excepto Cuba y Puerto Rico), a falta del solemne final de Ayacucho, la declaración presidencial rechazó el establecimiento de nuevas colonizaciones europeas en América, y al mismo tiempo aseguró el respeto de las colonias ya existentes. En realidad todo ello parecía obedecer al interés británico por salvaguardar su predominio económico en los nuevos estados, en parte resultado de su impulso y protección, y poner trabas a la intervención de otras potencias de Europa. Y así había sido aparentemente acordado entre Washington y Londres.

Ahora bien, esta doctrina nunca se aplicará en sentido estricto: no se impedirá la ocupación y colonización del Canadá occidental, de las islas Malvinas, de la costa de los Mosquitos por parte de Gran Bretaña, así como la expansión de sus posesiones en las Guayanas a costa de Venezuela. Tampoco se aplicará en la intervención francesa en Méjico para establecer el desgraciado imperio de Maximiliano de Austria, o con ocasión de la breve recuperación de Santo Domingo por parte de España. Y lo mismo ocurrirá (o más bien no ocurrirá nada) cuando en numerosas ocasiones las potencias europeas se impongan por medios políticos, económicos o militares a los gobiernos de los nuevos estados aduciendo los más dispares agravios o reclamaciones.

Y sin embargo, la doctrina Monroe será prontamente mitificada, resumida en el pegadizo lema de América para los americanos. Y se atribuye a su mera proclamación la misma existencia y persistencia del mapa político americano. Y no sólo triunfa en los Estados Unidos esta leyenda rosácea y autosatisfactoria, sino incluso entre buena parte de las clases intelectuales y políticas hispanoamericanas, a pesar de la real carencia de resultados prácticos. Pereyra la expone así:

«Mr. Monroe radica las nueve décimas partes de su fuerza en el hecho de no tener historia. Como su historia es la historia de lo que no ha sucedido, pero que sin él hubiera sucedido de otra manera, el retablo del monroísmo tiene tantos milagros cuantas repúblicas hay en América. La Argentina le debe no ser inglesa; Cuba lo mismo, así como la libre Nicaragua; Méjico tiene la enorme deuda de no gemir bajo un yugo francés; Venezuela y Colombia no son alemanas por un prodigio igual a los anteriores; sin Monroe, Chile sería colonia y Perú virreinato; el Paraguay, establecimiento. En suma, la América entera no ha sido abierta a la colonización y a la conquista, como el África tenebrosa y no tenebrosa, porque Mr. Monroe dijo que los dos Continentes Americanos habían asumido y mantenían una condición independiente que los cerraba para siempre a las expansiones europeas.»

Pero, según escribe Pereyra, junto al original y al mito, ha de contemplarse el uso práctico de la doctrina Monroe: históricamente ha funcionado como el disfraz del nacionalismo exacerbado y orgulloso que subyace en la creencia del destino manifiesto del pueblo norteamericano. Es un mecanismo de justificación de su política internacional frecuentemente expansiva, supremacista, imperialista, en ocasiones profundamente injusta, y muchas veces causa de múltiples desmanes y desgracias. Estados Unidos se autoproclamó gendarme de América y no dudó en aplicar la ley del más fuerte en defensa de sus propios intereses, aunque revestidos siempre con un envoltorio humanitario. Theodore Roosevelt será un acabado ejemplo de esta postura.

Durante el primer siglo de la República, la relación de intervenciones en el continente es larga, en su práctica totalidad contra estados hispanoamericanos, además de la debilitada España del siglo XIX: la compra forzada de la Florida, la anexión de Tejas, California y Nuevo Méjico, los proyectos de construcción de un canal en Nicaragua, la creación del estado de Panamá para asegurar el definitivo canal, la guerra hispano-norteamericana y la ocupación de Cuba y Puerto Rico, y otras muchas intervenciones e imposiciones sobre los gobiernos de numerosos países, por las más peregrinas razones. En resumidas cuentas, América para los norteamericanos.

Al libro de Pereyra se le ha añadido como anexo el artículo El crimen de Woodrow Wilson, publicado en 1915.

Europa: No eres el único gallo en América.
Tío Sam: Ya lo sabía cuando os encerré.

lunes, 10 de marzo de 2025

Martín Hume: Historia del pueblo español; su origen, desarrollo e influencia

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«Yo podría citaros, y aquí los traigo, algunos textos admirables del gran historiador Martín Hume, que honra hoy a la ciudad de Madrid que le hospeda. No los leo; son tan vivos, afirman con tanta intensidad esa diferencia [la personalidad nacional de Cataluña, a la que acaba de referirse], que supongo que, al través de mis labios, esos textos os ofenderían, y yo no he venido aquí para ofenderos.» Es Francisco Cambó el que se dirige así en 1907 a los diputados en el Congreso, en el curso de la discusión sobre la Ley de reforma de la Administración Local presentada por el gobierno largo del conservador Antonio Maura.

El historiador al que se refiere es Martin Andrew Sharp Hume (1843-1910), y posiblemente los textos a los que alude proceden de la obra The Spanish people; their origin, growth, and influence (1901), cuya temprana traducción (1904) comunicamos hoy aquí. Este importante hispanista británico, establecido en España durante una parte considerable de su vida, gozó de una considerable fama en nuestro país por sus estudios, centrados sobre todo en los siglos XVI y XVII y en las relaciones entre España e Inglaterra.

Trató y fue apreciado por buena parte de la intelectualidad española de su época, que se refirieron así la obra que presentamos. Rafael Altamira, en su Psicología del pueblo español: «Merece respeto, aunque cabe discutirla en muchos puntos, la opinión de míster Martin A. S. Hume formulada en su libro The Spanish people.» Julián Juderías, en La leyenda negra y la verdad histórica: «Hasta ahora no ha escrito ningún español un… análisis de la época de Felipe IV como el de Martin Hume.» Miguel de Unamuno: «Pocos libros me han sido más sugestivos de reflexiones respecto a nuestra España y a nosotros los españoles, que este libro de un inglés que nos conoce y nos estima. Es a primera vista un excelente compendio de historia de España; pero si bien se mira, resulta un excelente tratado de psicología del pueblo español.» En cambio, tras reconocer su popularidad e influencia, el hispanista mejicano Carlos Pereyra concluye: Hume ha construido una «fantástica historia de un pueblo imaginario».

Y hoy, siglo y cuarto después de su publicación, ¿cómo podemos valorarla? Y ¿qué interés tiene su lectura? Hume no muestra ninguna animadversión hacia España y los españoles. Al contrario, muestra ese interés y cercanía característico de tantos hispanistas, que les lleva a emprender la confección de síntesis históricas sobre España con las que pretenden darla a conocer a sus compatriotas y explicarla, y que suelen ser recibidas con interés y reconocimiento en los medios cultivados españoles. (Una de las últimas muestras de ello, que todavía no he tenido ocasión de leer, es The Penguin History of Modern Spain, 1898 to the Present, de Nigel Townson.)

Quizás el problema (y por tanto el interés en su lectura) radique en el punto de partida de Martin Hume: «Se intenta en este libro trazar la evolución de un pueblo muy complejo, a partir de sus varias unidades étnicas, y buscar en las particularidades de su origen y en las circunstancias de su desarrollo la explicación de su carácter e instituciones, y de las principales vicisitudes que ha atravesado como nación.» El subrayado es mío.

A la hora de emprender su síntesis totalizadora de la historia de España, Hume acude ante todo a la herramienta entonces aun no desprestigiada que oscila entre el etnicismo y el racismo: los pueblos constituyen entidades cerradas en sí mismos que conservan a través de los siglos sus características primordiales, para bien y para mal. Un acercamiento a dicho planteamiento lo hicimos en Las razas europeas en la Antropología racista, y una manifestación clara es La Raza, de Pere M. Rossell. Así, Hume considera el sustrato hispánico-ibérico como africano, beréber, que continuamente aflora a través de los siglos, pero que cuando interesa se fragmenta en etnias contrapuestas, «los celtíberos romanizados y bautizados, y los francogodos feudales». Aquí radica el entusiasmo que mostraba Cambó por nuestro autor.

Pero es que además, Hume en su esfuerzo de entender y explicar la historia de España, asume buena parte de la leyenda negra: el esplendor y tolerancia de Al Ándalus, donde «la gran mayoría de la población civil mozárabe estaba muy contenta con su suerte»; el papel de la Iglesia es dominante en lo social, económico y cultural; la Inquisición española parece asumir en sí toda la intolerancia europea; la casi eterna decadencia española, que se inicia apenas se sale de las brumas medievales, que dura casi hasta el presente, y sólo se interrumpe brevemente por la acción limitada de ilustrados y liberales…

En realidad estos despropósitos y exageraciones ya habían sido aceptados como hechos evidentes por una parte significativa de la intelectualidad y de la clase política española, especialmente desde la orilla progresista y radical. Y, naturalmente, no resultaron eficaces para contrarrestarlos la leyenda rosa del nacionalismo más conservador o tradicionalista. Ya lo señaló Julián Juderías: «Esta leyenda, convertida en dogma, hace que los liberales, para serlo, tengan que afirmar públicamente que la historia de España va envuelta en las sombras de la intolerancia y de la opresión, y que los reaccionarios, para serlo también, entonen himnos de alabanza al Santo Oficio y consideren como un timbre de gloria para nuestra patria el haber mantenido tan benéfica institución por espacio de tres siglos.»

Hemos incluido como Anexos dos interesantes artículos en los que se enjuicia y valora la Historia del pueblo español. El primero, patentemente laudatorio, de Unamuno, que encuentra coincidencias de pensamiento con Hume en lo referente al individualismo español. El segundo, de Pereyra, evidentemente crítico, que enumera lo que considera errores, omisiones y contradicciones por parte de Hume.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Carlos Pereyra, Tejas: la primera desmembración de Méjico

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Los mexicas, mucho después llamados aztecas, derrotaron a otros pueblos en el Altiplano, crearon su poderoso estado y desarrollaron su espléndida civilización… y sus sacrificios humanos. Los españoles, con la ayuda de los pueblos sojuzgados por los anteriores, derrotaron a los mexica y establecieron la Nueva España, y crearon una nueva y espléndida civilización mestiza... con una ávida sed de oro y un coste incalculable para las sociedades anteriores. Los criollos, aprovechando las posibilidades que les deparaban las circunstancias políticas, expulsaron a los españoles y modelaron el nuevo Méjico independiente, con su personalidad propia… y con una persistente inestabilidad y luchas intestinas que frenaron su considerable desarrollo anterior. Y finalmente los norteamericanos se infiltraron abundantemente en el norte de Méjico, y tras breve guerra lo conquistaron e incorporaron a su país, a su cultura y a su idioma… ignorantes de los cambios que el futuro les depararía.

En Clásicos de Historia nos hemos ocupado ya de este último suceso: el francés Alexis de Tocqueville predijo los acontecimientos posteriores; el mejicano progresista Lorenzo Zavala se ocupó de la atracción de inmigrantes anglosajones para poblar Tejas, antes de tomar partido por la secesión; su rival político Lucas Alamán analizó la guerra desde el punto de vista conservador y unitarista; el neoyorquino Jesse Ames Spencer nos proporcionó en su Historia la visión canónica de la guerra, desde el punto de vista norteamericano, repleta de orgullo patrio y destino manifiesto; en cambio, su paisano William Jay condenará la conquista del territorio mejicano, y la considerará una mera argucia en pro de los intereses de los estados esclavistas...

A todo ello añadimos hoy la breve obra del hispanófilo mejicano Carlos Pereyra (1871-1942), enfocada a a la confrontación con el planteamiento y narración dominante sobre el conflicto, la de los Estados Unidos. «Mientras seamos incapaces de llevar a cada aldea una antorcha, como decía el gran romántico, la verdad histórica se quedará en los archivos y triunfarán las falsedades, porque los Estados Unidos tienen una fuerza que realiza prodigios: su oro, y otra fuerza de igual potencia: su hipocresía. Lo más odioso en ellos no es el poder militar. Y no es eso lo odioso, porque la violencia reviste siempre un aspecto de belleza heroica. Lo infame es la sonrisa fraternal que asoma a sus labios cuando han golpeado con la bota; la santurronería cuando roban; la expresión evangélica cuando corrompen. De ahí la necesidad de un libro, o más bien, de muchos libros, no de uno, que inviten al quitamiento de caretas y provoquen debates.»

Pereyra publica su estudio en 1917 y considera urgente su difusión: «Si se quiere comprender toda la importancia americana de la cuestión de Tejas, basta reflexionar un poco y ver que Tejas es sólo un episodio, y que Jackson, el héroe de la cuestión de Tejas, es sólo uno de tantos personajes que en una larga serie de acontecimientos y en una larga lista de hombres, realizan el destino manifiesto, es decir, un hecho que se está desarrollando a nuestra vista. Después de Tejas, vienen California y Nuevo Méjico; a continuación, Cuba y Puerto Rico; en tercer lugar, Panamá. Y Nicaragua no será la última. La acompaña Santo Domingo. Y otras repúblicas la seguirán. Hay tela para mucha historia.»

En su día comunicamos de este autor La obra de España en América.

Hermann Lungkwitz, San Antonio de Bexar, 1857

lunes, 4 de marzo de 2024

Carlos Pereyra, La obra de España en América

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«La tendencia del autor es esencialmente crítica. Estima que una admiración indiscreta daña tanto o más que una hostilidad cerrada, sobre todo cuando lo que se busca no es defensa de causas sino descubrimiento de verdades. Convertir leyendas negras en leyendas blancas es tan ilegítimo para la crítica como lo contrario. Y en los tiempos de fineza analítica que alcanzamos, puede ser más temible para los que escriben sobre asuntos históricos verse condenados por una sonrisa que por una franca desaprobación.»

Así manifiesta su propósito Carlos Pereyra; y el lector, también críticamente, valorará hasta qué punto lo alcanza. La obra de España en América se publicó en 1920, y más que un estudio histórico es un combativo ensayo contra la leyenda negra (está reciente la publicación del libro de Julián Juderías), y en un segundo plano, también contra la actuación de los Estados Unidos en la llamada América latina. Predomina, por tanto, lo comparativo: no oculta desmanes ni desmesuras, aunque tiende a pasar a la ligera sobre ellos; y se centra en buena medida en los resultados, valorados positivamente, de la conquista y la colonización, en comparación con las de franceses, ingleses y norteamericanos:

«Se afirma aquí la admiración a España, pero es una admiración que nace del objetivismo, del estudio ecuánime de los hechos, emprendido con espíritu desinteresado… La obra de España fue colosal. Lo fue militarmente. Pero se muestra más grande aún en el orden económico y en el orden moral. Todo ello aparece aquí con el propósito de señalarlo francamente, para despertar sentimientos de admiración. Pero como esos sentimientos no existían en el autor antes de comenzar sus estudios, y como le fueron sugeridos por vía tan indirecta que muchos de ellos nacieron revisando afirmaciones antiespañolas de historiadores a quienes consideraba en posesión de la verdad, tienen toda la desinteresada pureza de su origen intelectual.»

El jurista, diplomático e historiador mejicano Carlos Pereyra (1871-1942) fue uno de los numerosos intelectuales americanos hispanófilos (hoy un tanto difuminados con el auge/moda del indigenismo). En el centenario de su nacimiento Luis Rublúo Islas, historiador, poeta y ensayista mejicano fallecido recientemente, reinterpretaba así las críticas con que se le motejaba: «lo llaman reaccionario, conservador e hispanista; términos, los primeros dos, tan elásticos y caprichosos como oír de algunos, revolucionario y socialista… En cuanto al tercer vocablo, ¡en buena hora existe el hispanismo, como el helenismo y el hebraísmo! Términos que sintetizan el esfuerzo gigante de culturas que no reconocen tiempo ni espacio, el único poder humano perdurable y siempre bien recibido… Pereyra como reaccionario llevó simplemente la acción contraria a la opinión y al hecho que juzgó equivocados, y como conservador guardó los principios para darlos en oportunidad como guía para seguir un camino, el único permitido al hombre para conservar su fe en el futuro; como hispanista, por último, observó nítidamente las raíces de una cultura que nos honra y anticipa ahora de nuestra condición como grupo humano.»

Oswaldo Guayasamín