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lunes, 23 de enero de 2023

Auca de l’Estatut de Cataluña (1932)

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L’Esquella de la Torratxa fue una revista republicana de carácter satírico editada en Barcelona desde 1872, inicialmente como compañera y ocasional sustituta de La Campana de Gràcia, del mismo editor, Inocencio López y su Librería Española. Tuvo un éxito considerable, y durante la Segunda República se convirtió en un órgano de propaganda, oficioso pero patente, de Esquerra Republicana de Catalunya. Manifestaba un fuerte talante nacionalista, anticlerical y de izquierdas (pero enfrentado a los anarquistas y a las izquierdas obreras). Durante la guerra civil, sin embargo, fue colectivizada por la UGT, y su catalanismo se diluyó considerablemente. La prensa de este tipo tuvo una larga vigencia, y en Clásicos de Historia ya hemos comunicado algunos ejemplos: la también republicana La Flaca durante el Sexenio revolucionario, la derechista Gracia y Justicia durante la Segunda república, y La Ametralladora durante la Guerra Civil, en el bando nacional.

La proclamación de la República, la recreación de la Generalitat, y los debates y aprobación del Estatuto de Cataluña en septiembre de 1932, ocuparon ampliamente (si no en exclusiva) a los colaboradores de la publicación, autores de textos y dibujos. A partir del 23 de septiembre, y durante nueve semanas, el Estatuto recibió un peculiar homenaje (más que análisis) de la revista. Tomó la forma de uno de los géneros de impresos populares más difundidos por toda la cultura occidental, especialmente en el siglo XIX y principios del XX: las aleluyas (auca, en catalán), quizás la modalidad de literatura de cordel más característica, junto con los romances de ciego, los gozos y novenas, etc. Consisten en relatos gráficos en los que cada viñeta es acompañada por un modesto pie en verso, con frecuencia simple pareados, dirigidas a las clases populares. Naturalmente en los años treinta las tradicionales aleluyas, distribuidas por pueblos y barriadas en pliegos sueltos, ya se encuentran en trance de desaparición. Sin embargo era un género tan conocido y difundido que se siguió recurriendo a él en revistas, con objetivos, autores y público totalmente diversos del original.

Es el caso que nos ocupa. Aparentemente se trata de resumir el contenido del Estatuto, artículo a artículo. En realidad es tan sólo propaganda del nacionalismo que practica Esquerra, y, sobre todo, del combate con los enemigos políticos del partido, al que se identifica a las claras con la propia Cataluña. El centenar y medio de viñetas y pareados permiten ajustar cuentas a personajes y entidades rivales, desde Alfonso XIII hasta la FAI, pasando por Unamuno y Ortega y Gasset. Monárquicos, católicos, agrarios, republicanos radicales, los mismos nacionalistas catalanes de la Lliga, son simplemente descalificados con todo tipo de insultos gruesos: ladrón, criminal, corrupto, fracasado, burro, idiota, carcamal, cabeza de chorlito, cara de orangután, ignorante, pedante, búho taciturno, violento… Ahora bien, las más gruesas y repetitivas invectivas se reservan a lo que se perciben como los más tenaces opositores al Estatuto, sus auténticas bestias negras: el republicano Miguel Maura y el agrario Royo Villanova. En cambio, las alabanzas son mucho más escasas: se reservan a Francesc Maciá y otros dos miembros de Esquerra Republicana, Ventura Gassol y Joan Lluhí. Y además, a un único no catalán, Manuel Azaña, elogiado hasta el ditirambo.

El tono violento de la revista (por entonces se multiplican los dibujos de horcas que se destinan a todo tipo de rivales) choca con estas loas a Azaña y los genéricos a la República española, que con frecuencia se presenta hermanada con Cataluña. En realidad, domina una concepción nacionalista que lleva a descalificar en bloque a los españoles, y a oponerlos tajantemente a los catalanes. Así, al ocuparse del artículo cuarto, sobre la condición de catalán, se ignora su contenido, y se extienden chuscas condiciones para ser reconocido como tal: rechazar los toros y el flamenco, saber decir “setze” y beber en porrón… Y un paso más: se señalan quiénes no pueden ser catalanes: los vagos, los chulos, los anarquistas, los católicos, los policías murcianos… Es decir, los españoles. Pero se sienten generosos, y dejan un portillo abierto: “Será catalá l’espanyol que aquí es porti com hom vol.”

Pero es que incluso entre los catalanes, Esquerra y la revista niegan la catalanidad de muchos de ellos. En diciembre, L’Esquella de la Torratxa incluye un dibujo sobre la constitución del Parlamento regional. La joven que personifica Cataluña agradece a Macià la tarea realizada, pero le asevera: “No debes ser blando con los no republicanos y con los falsos catalanes.”

lunes, 5 de diciembre de 2022

Concilio IV de Toledo (633)

Tremis de Sisenando

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En la Introducción al tomo III de la gran Historia de España que dirige, Ramón Menéndez Pidal subraya la importancia de las ideas políticas de Isidoro de Sevilla: «Esta concepción de San Isidoro era participada por todos. La patria y los godos son dos cosas inseparables; Gothorum gens ac patria es la expresión corriente, lo mismo en las leyes que en los cánones, para significar el interés general del Estado. En esta edad germanorromana el universalismo imperial desaparece, quedando sólo representado por el universalismo eclesiástico, y surge un sentimiento contrario: el nacionalismo político y cultural. Los germanos son los que suelen dar nombre a estos círculos nacionales nuevos: Anglia, Francia, Burgundia, Lombardía…; España está a punto de ser una Gotia si no es porque Ataúlfo dijo que no quería que eso sucediera; pero aunque el rasgo fisonómico más saliente de los nuevos países es germánico, el sentimiento nacional es una creación románica.»

Pues bien, tras el decisivo Concilio III de Toledo este proceso culminará en el IV, convocado en 633 para solucionar una de las frecuentes crisis políticas. Suintila había sido depuesto por Sisenando, con ayuda militar de los francos, y el nuevo rey de los godos ―nos cuenta Juan de Mariana en su Historia general de España― «como persona discreta advirtió que, por estar los naturales divididos en parcialidades y quedar todavía muchos aficionados al partido contrario, corría peligro de perder en breve lo ganado si no buscaba alguna traza para acudir a este peligro. Parecióle que el mejor camino sería ayudarse de la religión y del brazo eclesiástico, capa con que muchas veces se suelen cubrir los príncipes y aún solaparse grandes engaños. Juntó de todo su señorío como setenta obispos en Toledo con voz de reformar las costumbres de los eclesiásticos, por las revueltas de los tiempos muy estragadas; mas su principal intento era procurar que el rey Suintila fuese condenado por los padres como indigno de la corona, para que los que le seguían y de secreto le eran aficionados, mudado parecer, sosegasen (…) Lo que se pretendía con este decreto, y a que todo lo demás se enderezaba, era asegurar en el reino a Sisenando, y junto con esto para lo de adelante dar aviso que ninguno imitase ni se atreviese a hacer locuras semejantes.»

Lo que respondió inicialmente a un intento de remediar un conflicto determinado, acabará por tomar una importancia decisiva. Así lo explica José Orlandis, en su Época visigoda (409-711): «El canon 75, último de los promulgados por el concilio, tuvo extraordinaria importancia y puede considerarse como el fundamento de la constitución política del reino. El carácter notoriamente excepcional que en la España del siglo VII se atribuía a este decreto lo resalta el hecho de que el quinto concilio toledano ordenase que en todos los concilios que se celebrasen en lo sucesivo fuera preceptiva la lectura de aquel texto, para que su memoria no se perdiera con el paso del tiempo. El canon del cuarto concilio toledano debía ser ―así se pretendió― la ley fundamental de la Monarquía católica y el texto constitucional por el que los principios doctrinales isidorianos se plasmaban en la realidad política. La finalidad perseguida por el decreto conciliar era, según sus propias palabras, fortalecer el poder de los monarcas y garantizar la estabilidad de la gens gothorum ―el pueblo de los godos― frente a las infidelidades y traiciones, tantas veces reiteradas en tiempos pasados. Como fundamento del deber moral de respeto y obediencia a los reyes, se aducen aquí unas razones de índole religiosa, que eran las apropiadas para la monarquía electiva y sacral que se trataba definitivamente de instituir.»

Sin embargo Chris Wickham, en su El legado de Roma, señala que «las leyes sobre la sucesión legítima dictadas por el cuarto concilio de Toledo en 633, por ejemplo, casi nunca se cumplieron. Pero los textos legales, tanto seculares como canónicos, eran moneda corriente en la práctica política hispánica. La gente (al menos cuando se trataba de obispos o aristócratas) sabía de su existencia; e incluso los reyes, si no disponían de apoyos lo bastante fuertes… podían verse atrapados por ellas. Esto indica una diferencia con respecto al estilo de la política franca [y de los otros reinos germánicos, añadimos]: en la Hispania visigoda, como también en menor medida en la Italia lombarda, los principios legales representaban importantes puntos de referencia; lo mismo había ocurrido en el imperio tardorromano, un imperio del cual, en ciertos aspectos, visigodos y lombardos distaban menos que de los francos.»

Códice Albeldense

lunes, 3 de octubre de 2022

Propaganda y doctrina. Editoriales y otros textos de la revista Escorial (1940-42)

Dionisio Ridruejo

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El destacado historiador Fernando García de Cortázar, recientemente fallecido, publicaba en el diario ABC del 27 de febrero de 2016 el siguiente artículo, con el título La revista Escorial:

A fines de 1940, arrancaba una de las revistas imprescindibles de la inmediata posguerra, publicada por un grupo de intelectuales falangistas liderado por Dionisio Ridruejo y Pedro Laín Entralgo. Llegaron a editarse algo más de sesenta números, con periodicidad mensual. Pero corresponde a los primeros su mayor expresividad al servicio del rescate y renovación de la cultura española. En ese instante trágico de Europa, Falange promovía con «Escorial» una empresa de dudosa pulcritud política, aunque de irreprochable consistencia moral. Para sus editores, el falangismo devolvería a la nación en ruinas la prestancia de una profunda regeneración. Y esa tarea había de emprenderse en el campo intelectual, que Ridruejo o Laín asumían como continuidad de lo que la violencia decidió en la guerra civil, como encuentro de las armas y las letras. A otras publicaciones, en especial a la «Revista de Estudios Políticos», había de corresponder la elaboración y difusión del mensaje ideológico del nuevo Estado. Otras instancias se encargarían de labores de propaganda. Pero «Escorial» aspiraba a algo que nunca logró: hacer de ese campo del espíritu un indispensable primer territorio de reconciliación de quienes se sintieran españoles.

«El primer objetivo de nuestra Revolución es rehacer la comunidad española, realizar la unidad de la Patria y poner a esa unidad ―de modo trascendente― al servicio de un destino universal y propio». Para ello, se deseaba escapar de una visión partidista, aun cuando la guerra civil hubiera sido una necesaria toma de partido, para evitar la disolución nacional en manos de intereses foráneos. Llegada la hora de la victoria, «convocamos aquí, bajo la norma segura y generosa de la nueva generación, a todos los valores españoles que no hayan dimitido por entero de tal condición». Que esta gavilla de falangistas pretendiera que el ideario y el régimen del 18 de julio de 1936 representaran el único cauce para continuar siendo español, muestra el reverso del «liberalismo» que a veces se les ha achacado.

En 1940, ni siquiera esta pequeña vanguardia de intelectuales negaba su afán totalitario, su deseo de ver todas las maneras de sentir España bajo las alas del proyecto falangista. Resulta imposible separar las rectas intenciones de tan selecto grupo de su consciente compromiso con el fascismo. Incluso los más honestos solo podían comprender el horizonte de nacionalización de la cultura a través de una doble tarea de integración y depuración.

Buena muestra de ello fue el primer número de la revista. Menéndez Pidal colaboró con su enérgica defensa de los valores de servicio a la monarquía y de voluntad evangelizadora de la conquista de América. José Corts Grau identificó las reflexiones renacentistas de Luis Vives con el sentido imperial del nuevo régimen. Eugenio Montes salió al paso de la deshumanización provocada por la autonomía de la técnica en la sociedad industrial. El marqués de Lozoya escribió una furiosa y burlona caricatura de Erasmo. Laín comenzó sus reflexiones sobre la singularidad cristiana de la medicina. Poemas de Adriano del Valle, Juan Panero y José María Alfaro llenaron, con desigual fortuna, las páginas dedicadas a la lírica.

Sin embargo, el artículo que había de señalar con más claridad el filo de la navaja moral sobre el que caminaban las intenciones nacionalizadoras de «Escorial» fue el texto de Ridruejo dedicado a Antonio Machado: «El poeta rescatado». La mezcla de amor y resentimiento, de reproche y alabanza, de injuria a la causa política de los vencidos y compasión por el drama personal de los derrotados, expresaba la severidad de una conciencia revolucionaria que solo entendía la reconciliación de los españoles mediante la más dura legitimación del 18 de julio. Que fuera imposible entenderlo de otro modo a la altura de 1940 nadie puede negarlo. Pero nadie puede negar tampoco que ese anhelo de construir la cultura de los españoles sin privilegio alguno de bando escogido resultara una ilusión ingenua y candorosa. Ridruejo parecía preguntarse cómo era posible que un español honrado hubiera podido oponerse a algo tan obviamente justo como Falange . En su actitud latían aún aquellas angustiosas palabras de José Antonio en su testamento, cuando manifestaba que una de las causas fundamentales de la guerra civil residía en que los buenos españoles no hubieran querido escuchar el mensaje falangista.

El elogio de Machado, considerado por Ridruejo el mejor poeta español desde el siglo XVII, se convertía en algo menos generoso al retratarlo, por sus ideas políticas, como un hombre ingenuo, incapaz de comprender la complejidad social que le rodeaba. Un individuo cuyo distraído deambular de sabio y su bondadosa credulidad hacían de él uno «de esos secuestrados morales», víctima propiciatoria por »la senilidad, el hábito de la incomunicación y una cierta incapacidad para el entendimiento del mundo real». En el momento de ruptura de España, personas como Machado habían sido objeto de instrumentalización indecorosa, de «negocio» ideológico a manos de «una minoría rencorosa, abyecta, desarraigada, cuyo designio último puede explicarse por la patología o por el oro». Frente a ellos, se alzó la «verdadera, recta y limpia violencia nacional» de quienes deseaban reparar las injusticias sociales sin destruir el espíritu de la nación . A esa generación salida del combate pertenecía, según Ridruejo, el poeta que erró en sus decisiones políticas, con tanta fuerza como acertó en la construcción lírica de la reivindicación del ser español. La terca melancolía regeneracionista de un hombre del 98 podía cancelarse en el tiempo de la posguerra, cuando amanecía una España «que va a merecer el alma de su verso como la fortaleza merece la caricia».

Con estos mimbres que sus propios gestores modificarían años después, iniciaba su andadura «Escorial». Sus contradicciones, su voluntad de sumar, su frustración ante la imposibilidad de hacerlo con tan enérgica línea de discriminación, forman parte esencial de los esfuerzos por levantar, sobre tanta sangre derramada, sobre tanta ilusión depuesta, sobre tanta carne diezmada de la patria, una idea generosa y reconciliada de España.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Grabados de Les Français peints par eux-mêmes

Léon Curmer

Tomos I, II, III y IV |  PDF  |
Tomos V, VI, VII y VIII |  PDF  |

El impresor francés Léon Curmer (1801-1870) destacó especialmente por la edición de lujosos libros ilustrados, para lo que usó la nueva técnica de la cromolitografía patentada por Godefroy Engelmann en 1837. Uno de sus proyectos más interesantes fue la extensa Les Français peints par eux-mêmes, luego subtitulada Encyclopédie morale du XIXe siècle. Comenzó a publicarse por entregas en 1839 (fueron 422), y definitivamente en ocho volúmenes en 1841-42, a los que se añadió un noveno volumen de regalo a los suscriptores, titulado Le Prisme, con distinta estructura aunque también del género costumbrista. Su éxito fue considerable y rápidamente fue imitada en numerosos países, y, como vimos la semana pasada, también en España (Los españoles pintados por sí mismos).

Los cinco primeros tomos, los más característicos, se centran en tipos parisienses de todas las clases sociales, aunque buena parte del quinto se dedica a las fuerzas armadas, academias militares y Guardia Nacional: estamos en la monarquía de Luis Felipe y del liberalismo doctrinario. Los tres últimos volúmenes se ocupan de “las provincias”, con abundancia de tipos populares tradicionales, y también de los territorios coloniales de Argelia y Senegal, de las Antillas y la Guayana, y de la India. El propósito expreso es mostrar la enorme variedad de la sociedad contemporánea, en pleno proceso de transformación hacia el progreso, que es contemplado con claro orgullo, aunque tampoco falta cierto espíritu crítico y cierta añoranza sentimental por el pasado. Colaboraron un gran número de escritores (citemos a Balzac, autor de la primera entrega de la obra), e ilustradores (Honoré Daumier, Paul Gavarny…). En esta entrega hemos seleccionado los espléndidos grabados a toda página que enriquecen los textos y documentan visualmente los tipos de la época.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Los españoles pintados por sí mismos

Ignacio Boix Blay

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Grabados de 1843  |  PDF  |
Grabados de 1851  |  PDF  |

En el Epílogo a la obra que hoy comunicamos, asevera Ramón de Mesonero Romanos: «No concluiríamos nunca si hubiéramos de trazar uno por uno todos los tipos antiguos de nuestra sociedad, contraponiéndolos a los nacidos nuevamente por las alteraciones del siglo. El hombre en el fondo siempre es el mismo, aunque con distintos disfraces en la forma; el palaciego que antes adulaba a los reyes sirve hoy y adula a la plebe bajo el nombre de tribuno; el devoto se ha convertido en humanitario; el vago y calavera en faccioso y patriota; el historiador en hombre de historia; el mayorazgo en pretendiente; y el chispero y la manola en ciudadanos libres y pueblo soberano. Andarán los tiempos, mudaránse las horas, y todos estos tipos, hoy flamantes, pasarán como los otros a ser añejos y retrógrados, y nuestros nietos nos pagarán con sendas carcajadas las pullas y chanzonetas que hoy regalamos a nuestros abuelos. ¿Quién reirá el último?» La obra fue publicada por el destacado editor Ignacio Boix Blay en dos tomos en 1843 y 1844, con muy abundantes grabados, y constituyó un éxito considerable: en 1851 se reeditó en un único volumen, ahora a cargo de Gaspar y Roig editores, y con una nueva colección de ilustraciones. Prueba de su popularización es la aleluya que incluimos en esta entrada, impresa en Madrid por Marés en 1865. El hispanista italiano Francesco Vian, en la obra colectiva La España liberal y romántica (tomo XIV de la Historia general de España y América, Madrid 1990), se refería así a esta obra:

«El impulso vino de fuera. En Inglaterra se publicó Heads of the People, y en Francia, entre 1840 y 1842, una admirable recopilación, Les Français peints par eux mêmes, en ocho tomos, con una serie de “tipos” de París, de la provincia, del ejército, etc, ilustrada con más de mil litografías de Gavarni, Grandville, Monnier y otros importantes artistas. Su imitación española, más limitada y con cien grabados de Carnicero, Severini, Giménez, etc., consta de 98 piezas, casi todas en prosa, constituyendo en conjunto una preciosa antología del romanticismo español, de lectura ―hay que reconocerlo― agradabilísima, incluso hasta hoy día. Aquí están todos (excepto obviamente los grandes desaparecidos: Larra y Espronceda); los famosos ―Rivas y Zorrilla, Gil Carrasco y Bretón, Mesonero y Estébanez, García Gutiérrez y Hartzenbusch, Salas y Quiroga y Flores, Ochoa y Fermín Caballero―, y los menos o nada conocidos ―Ferrer del Río y Cueto, Navarrete y Asquerino, J. M. Díaz y Vicente de la Fuente, Castañeyra y Pedro de Madrazo, etc―.Y no sólo los escritores, sino también los “tipos” españoles habidos y por haber: el torero y la patrona de casa de huéspedes, el indiano y el ama de cura, el guerrillero y el hortera, el senador y el contrabandista, el calesero y la gitana, el patriota y la maja, el covachuelista y la monja, el gaitero gallego y la politicómana (sic), precursora de la actual feminista, etcétera.

»Estamos siempre, es claro, al nivel del “cuadro de costumbres”, o del “daguerrotipo”, padre legítimo de la “instantánea” fotográfica; pero al que tenga la paciencia de leer estas 382 páginas, a doble columna, le esperan deleitosas sorpresas. El ventero y El hospedador de provincia, de Rivas, por ejemplo, aunque superficiales (como todo lo que salió de la pluma del ilustre duque), se “pueden leer” mucho mejor que el inacabable Moro expósito; El pastor trashumante, El maragato y El segador, de Gil y Carrasco, son quizás las páginas más acabadas de la obra entera del novelista de El señor de Bembibre; El avisador, de Bretón de los Herreros, es un excelente boceto de “teatro por dentro”; brotes de futuros “episodios nacionales” se divisan en seudoautobiografías de “viejos” (escritas por jóvenes) como El diplomático, de Salas Quiroga, o El exclaustrado, de Gil y Zárate; “apuntes del natural” muy bien vistos y diseñados se hallan en El español fuera de España, de Ochoa; y en muchas páginas más se notan gérmenes de lo que serían muy pronto las “historietas nacionales”, “cuentos amatorios” y “narraciones inverosímiles” de Pedro Antonio de Alarcón, trait d’union ejemplar entre los prosadores de las dos mitades del siglo.

»Hasta los trazos más endebles e inconsistentes resultan significativos; como por ejemplo, La celestina, de Estébanez Calderón, un tema dramático eludido por miopía arcaizante e incapacidad de enfocar la realidad presente. La ausencia de espíritu crítico está comprobada, en primer lugar, por la falta absoluta del “retrato” o “perfil” que mejor hubiera configurado la actualidad literaria y artística: el del “romántico”. Lo reemplazan muy chapuceramente dos artículos que son entre los peores del libro: El aprendiz de literato, de un desconocido, Luis Loma y Corradi, y El poeta, que lleva una firma famosa, la de José Zorrilla, y que por eso mismo resulta más deplorable. ¿Quién mejor que Zorrilla hubiese podido expresar la estética de la época? Sin embargo, su artículo es de una increíble pobreza ideológica y ética. Zorrilla declara que no quiere hablar “de aquel muchacho de dieciséis años que viene a Madrid fugado de la casa paterna a sentar plaza de poeta porque ha oído decir que Byron y Walter Scott lo hicieron así…” (esto es, no quiere hablar de sí mismo: lo único que hubiera tenido verdadero interés); ni del “aficionado”, del “artista” y del “mentecato” (lo que también hubiera sido interesante, puesto que tantos existían en la realidad coeva).»

Imprenta Marés, Madrid 1865

lunes, 21 de junio de 2021

Memoria en defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña (1885)

 

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Concluían así los próceres catalanes redactores del documento que comunicamos esta semana: «Fundamos (nuestras) esperanzas en el renacimiento que se inició hace ya algunos años, y se ha desarrollado constantemente. Hace cosa de medio siglo, que si bien algunos hombres previsores habían emprendido la tarea de reivindicar nuestra historia, nadie pensaba que pudiesen nacer aspiraciones a un orden de cosas que fuese consecuencia de nuestras antiguas glorias. Y sin embargo, un renacimiento que empezó tímidamente en el terreno literario, halla hoy ya estrechos los límites de las artes y de las ciencias especulativas, aspira a fines de trascendencia práctica, y entra en el terreno político-social.»

Escribe Santos Juliá en su artículo Despertar a la nación dormida: intelectuales catalanes como artífices de la identidad nacional (“Historia y Política”, 8, 2002): Hasta 1886, «el sentimiento de patria catalana se había expresado políticamente en términos de regionalismo o federalismo, lo que no hacía incompatible su coexistencia, no exenta de problemas ni de un extendido sentimiento anticastellanista, con la identificación con la otra patria, la española. El lenguaje del doble patriotismo, característico de los tiempos románticos y del posterior auge del movimiento regionalista, encontró su momento culminante en el Memorial de Agravios presentado al rey Alfonso XII por el Centre Catalá en marzo de 1885. Unos meses antes, en enero, bajo la presidencia de Valentí Almirall, el Centre había convocado en la Lonja de Barcelona a todas las entidades cívicas para protestar contra el modus vivendi con Inglaterra y contra el proyecto de uniformizar el derecho civil. La comisión de doce miembros elegida para redactar la memoria y la que luego se encargó de presentarla ante el rey mostraban bien la capacidad del Centre Catalá para convocar a personalidades de la más variada procedencia social y de distintos horizontes ideológicos y políticos, desde el mismo Almirall, un republicano federal catalanista, hasta Mariá Maspons, notario, monárquico y diputado por el Partido Conservador. Entre ellos, destacados juristas contrarios a la implantación de un código civil uniforme, como Joan Permanyer i Ayats y Josep Pella i Forgas, poetas católicos como Jacint Verdaguer y Jaume Collell; o representantes de intereses industriales o agrarios, como Joan Antoni Sorribes, Benet Malvehí y Josep Pujol o del obrerismo moderado, como Manuel Vila.

»Ante el rey, Mariá Maspons i Labros afirmó la voluntad catalana de no debilitar, ni mucho menos atacar, la gloriosa unidad de la patria española. Al contrario, su propósito consistía en fortificarla y consolidarla, pero entendía que para lograrlo no era “buen camino ahogar y destruir la vida regional para sustituirla por la del centro”. Su deseo era que en España se implantara un sistema regional adecuado a sus condiciones, al estilo de los que seguían los gloriosísimos imperios de Austria-Hungría y Alemania, o el Reino Unido y que ya había seguido España “en los días de nuestra grandeza”. A partir de ahí, Maspons pasó a exponer todos los agravios históricos de que había sido víctima Cataluña: su sistema administrativo liquidado, su lengua reducida a los hogares o las conversaciones familiares, su derecho civil adulterado y, en fin, la industria promovida en 40 años de trabajos y privaciones sin cuento atacada por el tratado con Francia y por el modus vivendi con Inglaterra. Administración, lengua y derecho civil propios y defensa de los intereses de la industria y el comercio catalanes, tal era el resumen de las peticiones que interesaban por igual a burócratas, juristas, clérigos, literatos, políticos, industriales, comerciantes. La cuestión consistía en encontrar no sólo una institución, un organismo, que cobijara a gentes de tan diversa procedencia sino un lenguaje común en el que todos ellos pudieran encontrarse. Y tal sería la tarea de los jóvenes que en 1886 irrumpieron en la escena pública fundando el Centre Escolar; ellos sirvieron de argamasa de una coalición entre burgueses y profesionales y ellos codificaron un nuevo lenguaje en el que todos los catalanistas, fuera cual fuese su procedencia social y su proyecto político, pudieran encontrarse, el lenguaje del nacionalismo.»

Pues bien, se debe destacar cómo en este Memorial de greuges, a pesar del patente reconocimiento de Cataluña como parte de España, se encuentra presente la base ideológica del ya próximo nacionalismo catalán, que proseguirá sin grandes cambios hasta nuestros días: «El pueblo de la parte española de la península no es, pues, un pueblo homogéneo, sino que está formado por varias razas, grupos o variedades, que presentan caracteres y tendencias no ya distintos sino diversos (…) Los dos grupos más importantes del pueblo de la parte española de la península, desde que se reunieron para formar un Estado, lejos de completarse mutuamente por medio de la armonización de sus caracteres y tendencias, llegaron a un resultado completamente distinto.» Naturalmente, estos dos grupos son el catalán y el castellano, en el que se subsumen todos los demás… Pero también podemos observar cierta falta de respeto a las formas legales, al dirigir el memorial al rey, a pesar, se reconoce, de que «ningún mandato suyo puede llevarse a efecto si no está refrendado por un Ministro», pero siempre podrá separarlo libremente de su cargo, y nombrar otro… Se constata, pues, cierta afición a los argumentos un tanto frívolos y capciosos. Y la venda antes de la herida: «No faltará tal vez quien nos acuse de pretender resucitar usos del absolutismo, por el mero hecho de dirigirnos al poder Real.»

Agregamos como Apéndice el texto del discurso (citado por Santos Juliá) que pronunció Mariano Maspóns ante el rey el 10 de marzo de 1885, y los de Eusebio Güell, Valentín Almirall y, de nuevo, Mariano Maspóns, en el curso del banquete que se les ofreció el 29 de marzo siguiente.

lunes, 8 de marzo de 2021

Los juicios por la sublevación de Jaca en el diario “Ahora”

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Tras la anticipada y fracasada sublevación de Jaca, en diciembre de 1930, sobre la que reprodujimos en su día las crónicas publicadas por el diario conservador ABC, los intentos de recuperación de la normalidad constitucional se deslizaron velozmente hacia la caída de la monarquía. El desistimiento de las izquierdas y derechas liberales, simbolizadas por Santiago Alba y Rafael Sánchez Guerra, tras la caída del gobierno Berenguer, supuso el reforzamiento definitivo de los elementos republicanos y socialistas, un buen número de ellos encarcelados a la espera del enjuiciamiento de sus responsabilidades por la sublevación. Uno de estos políticos, que se harán con el poder el 14 de abril, fue Miguel Maura, que escribe lo siguiente en su Así cayó Alfonso XIII:

«Habían sido juzgados y ejecutados los dos jefes más directos de la sublevación de Jaca, pero quedaba aún por verse la causa contra otros elementos militares que habían tomado parte en ella. Uno de los encartados, el capitán Sediles, estaba muy comprometido en el alzamiento, y el fiscal pedía la pena de muerte para él. El día 13 [de marzo] se celebró el consejo de guerra. Y, en efecto, se condenó a Sediles a la última pena, a otro capitán a reclusión perpetua, y a penas menores a dos oficiales y a un sargento. Así que fue conocido el fallo, los estudiantes y las organizaciones obreras pusieron el grito en el cielo exigiendo el indulto. No necesitaron esforzarse. Con antelación al propio consejo de guerra, el Gobierno ya había deliberado sobre el caso y acordado, por anticipado, que serían indultados los encausados sobre los que recayese la pena de muerte. Sin más trámites y sin conocer siquiera la sentencia aún inedita. Claro es que este apresuramiento contribuyó no poco a inspirar alientos y confianza a los revoltosos de aquellas jornadas.»

Y más adelante: «En ese ambiente francamente revolucionario y, además, de rebeldía general y de relajo máximo de la autoridad, fue señalado el día 20 para la celebración del consejo de guerra que había de juzgar al Comité encarcelado desde diciembre. El hecho de figurar entre los encartados don Francisco Largo Caballero, consejero de Estado, atribuía la jurisdiccional Consejo Supremo de Guerra y Marina. Presidía este alto tribunal el general Burguete, hombre de ideas avanzadas, muy aficionado a mostrar sus opiniones a través de diarios y revistas, e incluso de libros, y enemigo declarado, desde los tiempos de África, del general Berenguer, a la sazón ministro de la Guerra. Un hijo del general Burguete, Ricardo, había colaborado en la rebelión de diciembre, y su nombre figuraba, innumerables veces, en el sumario. Y ello era conocido al detalle por nosotros. No teníamos, pues, sino dejar hacer al Presidente del Tribunal y ayudar, si era necesario, con nuestra pasividad o nuestra protesta, para que el consejo de guerra fuese, como deseábamos, un gran espectáculo revolucionario.»

viernes, 9 de octubre de 2020

Revolución y represión en Casas Viejas. Debate en las Cortes


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Escribe el decisivo anarquista Juan García Oliver en sus tardías memorias tituladas El eco de los pasos: «La táctica de la “gimnasia revolucionaria” alcanzó un punto álgido en enero de 1933. La Federación nacional de Ferroviarios de la CNT acordó lanzarse a la huelga nacional en demanda de reivindicaciones ampliamente debatidas. Y señaló como fecha para iniciar la huelga el 8 de enero. Por conducto de su delegado en el Comité nacional de la CNT, pidió que las secciones de Defensa Confederal de todo el país la sostuviesen enérgicamente, para crear una situación de alarma en torno a su conflicto, pues en manera alguna querían perderlo (…) Sin pérdida de tiempo se pasaron las consignas a los cuadros de Defensa. La consigna fue “preparados para intervenir con todos los efectivos de combate”, lo que significaba un estrecho contacto de los cuadros con sus responsables, con todos los elementos disponibles en armas y explosivos. El plan fue meticulosamente estudiado por los que integrábamos el Comité regional de Defensa de Cataluña, asignándose a cada uno de nosotros un cometido insurreccional. El plan, además de acciones frontales en cada barriada, incluía la voladura de los edificios de Capitanía General, Gobernación y Jefatura Superior de Policía, trabajo encomendado a la sección de Alcantarillas (…)

»Cuando, por conveniencias del Comité de Huelga de los ferroviarios, nos llegó la comunicación de suspender las acciones, consideramos, a propuesta mía, que no había lugar a ello, por considerar que nuestras fuerzas de choque se creaban por y para la revolución, pero no para maniobras de tipo sindical. Si se incurría en maniobreos, pronto desaparecería el espíritu revolucionario de los que al entrar a formar parte de los cuadros de Defensa lo hacían convencidos de que no serían utilizados por conveniencias ridículas. Y el 8 de enero se libró una de las batallas más serias entre los libertarios y el Estado español. Fue la lucha que más impacto tuvo en el aparato gubernamental y la que determinó que los partidos republicanos y el Partido Socialista perdiesen su influencia sobre la mayoría popular de los españoles.

»En Barcelona y en Cataluña, la conmoción fue enorme al enterarse la gente de las terribles palizas que nos propinaron los guardias de asalto en la Jefatura Superior de Policía, tanto a mí ―pero a mí con predilección― como a mis compañeros (…) que caímos presos en una muy bien preparada trampa que nos tendió la Guardia Civil. Pero lo que nos hicieron a nosotros en los pasillos de la Jefatura de Policía los guardias de asalto, que se dedicaron a machacar nuestras cabezas y costillas con las culatas de los mosquetones, fue pálida orgía comparado con la brutalidad con que los guardias de asalto llevaron el ataque contra el pueblecito de Casas Viejas, donde acribillaron a tiros y quemaron dentro de su casa al compañero Seis Dedos y a su familia.»

La sublevación anarquista de enero de 1933 fracasó, como lo había hecho la anterior en un año y las posteriores (antes de la guerra civil…). Pero fueron los acontecimientos de Casas Viejas, citados al paso por García Oliver, los que dieron lugar a considerables consecuencias políticas en la Segunda República. El gobierno Azaña, formado por republicanos de izquierdas y socialistas, reaccionó con dureza ante la insurrección, y los guardias de Asalto enviados a aquella pequeña localidad gaditana, donde ya se habían producido varias víctimas entre las escasas fuerzas de orden público, llevaron a cabo una durísima represión, con el incendio provocado de la casa en que se habían refugiado y seguían la lucha algunos anarquistas, y posteriormente el fusilamiento de doce vecinos escogidos poco menos que al azar.

Ahora bien lo que magnificó el sangriento episodio fue el esfuerzo por parte de las autoridades para, primero, ocultar el acontecimiento; después para maquillar las severas órdenes impartidas; y finalmente para rechazar cualquier vinculación que se les pudiera encontrar. Esta estrategia resultó inviable por la actuación de la prensa y de los diputados de oposición (básicamente los republicanos situados a izquierda y derecha de la coalición) desde que se reabrieron las sesiones en las Cortes el 1 de febrero. Los debates fueron elevando su tono conforme aumentó la información sobre lo realmente ocurrido, y sobre la responsabilidad del gobierno con las medidas adoptadas. Sin embargo, la coalición gobernante se mantuvo cohesionada y derrotó a la oposición en todas las votaciones que se hicieron a este efecto. Pero su triunfo fue aparente: su descrédito no hizo más que aumentar en los meses consecutivos, con severas derrotas en las elecciones municipales parciales, en la de miembros para el Tribunal de Garantía Constitucionales, y finalmente en las legislativas.

viernes, 22 de mayo de 2020

Cartas de particulares sobre la rebelión de Cataluña (1640-1648)

Pascual de Gayangos

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Hemos comunicado en las últimas semanas algunas de las principales obras de combate a que dio lugar la rebelión catalana de 1640: la Proclamación católica y el Epítome de Gaspar Sala, del lado «catalán-francés», y el Aristarco de Rioja y La rebelión de Barcelona de Quevedo, del lado hispánico. La semana pasada añadimos un ejemplo de «catalán-hispánico», la Cataluña desengañada de Ros. En realidad, la cosecha propagandística fue exuberante, como en todo conflicto que se enquista y eterniza, y podríamos proseguir con la Súplica de la... ciudad de Tortosa de La Parra, Noticia universal de Cataluña de Francisco Martí y Viladamor, Presagios fatales de Dalmau, Lágrimas catalanas de Gaspar Sala, Idea del Principado de Cataluña de Pellicer, Locuras de Europa de Saavedra Fajardo, y además un sinfín de escritos breves y hojas volanderas a las que contribuyeron los anteriores y otros autores anónimos o reconocidos, pero siempre con similares objetivos políticos, en uno y otro bando.

¿Y qué efectividad tuvo ese enorme esfuerzo publicístico? Hoy proponemos una mirada diferente, y nos volvemos hacia los receptores de toda esa balumba de papel impreso, aquellos sectores de la población española que no sólo se interesan por lo que estaba pasando (aparentemente lo fue toda la población), sino que se preocuparon por estar informados, del modo posible en la época, mediante cartas con corresponsales varios. Pues bien, a mediados del siglo XIX Pascual de Gayangos exploró los abundantes manuscritos incautados a los jesuitas cuando su expulsión en tiempos de Carlos III, que habían sido depositados en la Real Academia de la Historia. «Algunos de los tomos de dicha colección, procedentes del colegio de San Hermenegildo de Sevilla, contienen casi en su totalidad las cartas que ya de la Corte, ya de Salamanca, Valladolid, Segovia, Granada y Cádiz escribían al P. Rafael Pereyra, en Sevilla, sujetos tan autorizados y competentes como el P. Andrés Mendo, autor del Príncipe Perfecto; el P. Juan Chacón, conocido por sus obras teológicas; los padres Avilés, Mendoza, Pimentel, Arriaga, Villacastín, y otros claros varones de la misma Compañía (…) Una correspondencia de este género, seguida por hombres de no vulgar erudición, dotados de penetración y buen juicio, y en posición ventajosa para adquirir noticias y juzgar a su manera de los acontecimientos políticos, no podía menos de ofrecer interés, y contribuir al esclarecimiento de la historia patria.

»Desgraciadamente la colección que empieza en el año 1634 no pasa del 1648, no siendo fácil determinar si la interrupción es debida al fallecimiento de la persona a quien las cartas iban dirigidas, o al extravío de alguno de los tomos (…) Así y con todo, la colección del docto jesuita nos ofrece una serie no interrumpida de cartas, que comprende 14 años del reinado de Felipe IV, desde la célebre batalla de Norlinguen, en Alemania, hasta el levantamiento de Tomás Aniello, en Nápoles, incluyéndose en dicho período las guerras de Francia e Italia, la separación de Portugal y rebelión de Cataluña, la caída del Conde-Duque, el viaje del Rey a Aragón, y otros acontecimientos no menos importantes de la Monarquía. Todas juntas, y prescindiendo de su especial carácter, forman una obra muy parecida en su contexto a las Relaciones de Luis Cabrera de Córdoba, publicadas en 1857 a expensas de la primera secretaría del Despacho, y a las que con el título de Avisos dejó después escritas D. José de Pellicer (…)

»Fáltanos ahora quilatar el valor que en sí pueda tener esta correspondencia, y la fe que merecen las noticias en ella contenidas, pues de otra manera faltaríamos al deber que voluntariamente se impone el que da a luz documentos históricos. El fondo de las cartas, principalmente lo relativo a noticias extranjeras, está tomado de relaciones impresas y manuscritas, avisos de mercaderes y soldados, comunicaciones de jesuitas establecidos en Italia, Inglaterra, Francia y Alemania. Ni podían ser otros los medios de proporcionarse noticias en aquel siglo, en que el Gobierno rara vez daba a luz documentos oficiales. Entre la multitud de relaciones y gacetas impresas durante el largo reinado de Felipe IV, muy pocas tienen autor conocido, y las más son obra de libreros ignorantes que imprimían cuanto les venía a las manos sin reparar en su contenido, con tal que esto excitara la curiosidad del vulgo, y halagase sus pasiones (…) Pero las noticias del P. González, y demás corresponsales del P. Pereyra, preciso es decirlo, están por lo común fundadas en materiales más sólidos y de origen más puro; despachos de embajadores y virreyes, cartas de secretarios de señores y oficiales de graduación se hallan a menudo intercaladas en las suyas, sin contar las comunicaciones de sus mismos hermanos y correligionarios establecidos en todos los países donde el nombre español era aun temido y respetado; alguna vez, aunque rara, usan papeles de carácter reservado e insertan despachos oficiales. Tal es en resumen la correspondencia que ahora se publica.»

Manuscrito de mediados del siglo XVII

viernes, 1 de mayo de 2020

La Flaca. Dibujos políticos de la primera etapa (1869-1871)

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El Sexenio democrático… Algún historiador lo ha considerado una ocasión perdida: casi todas las tendencias liberales lograron ponerse de acuerdo para acabar el reinado de Isabel II. Aunque con importantes logros en su haber (la construcción del estado liberal, el inicio de la recuperación económica...), la clase política se había demostrado incapaz de crear unos cauces ordenados y respetados por todos para la participación política. Con la revolución de 1868 (en esencia, otro pronunciamiento militar más) se quiso diseñar un nuevo régimen que respetase la intervención del conjunto de la sociedad, y de ahí que se estableciese el sufragio universal masculino por primera vez en España, siendo uno de los primeros países del mundo que lo hicieron.

El consenso, sin embargo, terminó en el momento en que se ocupó el poder. Entonces recomenzaron las maniobras, las zancadillas y las luchas políticas que provocaron una enorme inestabilidad (gobierno provisional, regencia, monarquía democrática, república parlamentaria, república autoritaria...), hasta tres guerras paralelas (primera guerra de Cuba, tercera guerra carlista, sublevaciones cantonales), y el considerable hartazgo del conjunto de la sociedad, que dio la espalda a las mismas instituciones democráticas que se habían establecido, al ser consideradas mero simulacro. El régimen del Sexenio se desmoronó por sí solo. Pero cuando finalmente cayó, lo hizo del mismo modo como había comenzado: mediante un nuevo pronunciamiento militar que restableció el trono de los Borbones en la persona de Alfonso, el hijo de Isabel II.

Pues bien, esta semana Clásicos de Historia da un vistazo a los dos primeros agitados años del Sexenio, a través de los ácidos, críticos y ocurrentes dibujos de la revista barcelonesa La Flaca, que gozó de enorme popularidad y difusión, y también numerosas suspensiones. Se definió como liberal y anticarlista, pero era mucho más que eso: anticlerical, antimonárquica, anti políticos maniobreros y aprovechados… Y por supuesto anti Prim.

viernes, 11 de octubre de 2019

Las miniaturas del Códice Manesse

Rudolf von Neuenburg

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El Códice Manesse, elaborado hacia 1310-1340 en la región del lago Constanza, contiene la más destacada colección de la lírica cortesana alemana, con poesías de 140 minnesänger de los siglos XII al XIV, en su mayoría nobles, aunque también figuran burgueses y juglares. Pero lo que comunicamos aquí son las 137 miniaturas (más un dibujo a pluma sin iluminar) que representan a los poetas. Éstas nos acercan visualmente al mundo caballeresco del amor cortés que, poco después de concluir el códice va a ser profundamente afectado por el azote de la peste negra de mediados del siglo. Gran parte de la Cristiandad se tambaleará ante esta plaga, y cuando se supere la profunda crisis, el mundo comenzará a cambiar a marchas forzadas hacia la modernidad y el renacimiento. Pero el Códice Manesse todavía nos muestra una sociedad (o más bien a una parte de la sociedad) plena y que confía en sí misma.

Ingo F. Walther, en su Codices illustres (2005), recalca lo innovador y atractivo de este aspecto: «El iluminador del Codex Manesse no se limita en su trabajo a reproducir 137 veces al poeta en actitud de meditar, de de dictar o de recitar; lo presenta también interviniendo en combates como caballero armado, cazando, jugando, participando en en espectáculos cortesanos como la música y el baile, comiendo, bebiendo, bañándose en plena naturaleza o conversando familiarmente y abrazando con ternura a su amada. Introduce variaciones en los retratos asignando determinados atributos a los personajes: una espada al caballero, una cinta (o cartela) escrita o un adorno floral al poeta, un castillo como residencia de la dama, o una serie de almenas desde donde los espectadores contemplan los acontecimientos (…) Las ilustraciones reflejan vivamente el variado mundo de la nobleza en la época de los Hohenstaufen, a principios del siglo XIV; lo hacen, desde luego, a través del ojo del artista, siendo el mundo real totalmente distinto.»

Aunque intervinieron cuatro miniaturistas, la mayor parte de las ilustraciones fueron realizados por el llamado Maestro del Fondo, en un estilo deudor de los espléndidos modelos franco góticos, de colores vivos e intensos, pero cada vez más refinados y elegantes. Se reconocen sus miniaturas, señala Walther, por su marco de bandas en azul, rojo y dorado. Respecto a los otros tres iluminadores, algo más tardíos, el mismo autor los caracteriza «por su riqueza de figuras, su amplitud narrativa y sus escenas de género. Reproducen acciones escénicas en las que también intervienen sirvientes, músicos, y ayudantes de caza y de torneos.»


Folio 82 verso, Der Schenk von Limpurg

viernes, 20 de septiembre de 2019

El voto femenino: debate en las Cortes de 1931

Clara Campoamor

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Desde principios del siglo XX las reclamaciones para el reconocimiento del derecho del voto femenino en España, existentes desde tiempo atrás, se hacen más frecuentes en la vida política: aumenta el asociacionismo de mujeres en todo el arco ideológico y en todos los campos sociales, así como su presencia activa en los medios de comunicación y en la vida de la cultura. En 1907 se produce el primer intento de modificar en este sentido la legislación electoral, aunque sin éxito alguno. Otras enmiendas y proyectos de ley se presentarán en 1908 (por parte de un senador conservador y, de forma independiente, por un grupo de diputados republicanos), y en 1919, por parte de un diputado conservador.

El primer reconocimiento legal del voto femenino tuvo lugar apenas iniciada la dictadura del general Primo de Rivera. En 1924 se aprobó el Estatuto municipal redactado principalmente por Calvo Sotelo, que reconocía el derecho a voto en las elecciones de Ayuntamientos a las españolas mayores de veintitrés años, no sujetas a la patria potestad, autoridad marital, ni tutela, que fuesen vecinas con casa abierta. Consecuencia de ello fue el nombramiento de las primeras mujeres concejales y, en 1927, el de de trece mujeres como miembros de la Asamblea Nacional reunida por el dictador. Entonces, en el Anteproyecto constitucional que se elaboró, se amplió el reconocimiento del voto femenino y se estableció el voto para todos los españoles mayores de 18 años, sin distinción de sexo. Ahora bien, estos cambios se produjeron en un régimen autoritario, en el que no se reconocían las libertades políticas básicas, y en el que no existían elecciones libres, y con su hundimiento quedaron truncados dichos cambios.

En 1931 se produjo la proclamación de la República, con un propósito expreso de democratización de la vida política española. Sin embargo, el gobierno provisional no mantuvo los avances establecidos por la dictadura respecto al voto femenino. La vieja Ley electoral liberal fue modificada, pero sólo concedió a las mujeres el sufragio pasivo, es decir el derecho a presentar su candidatura y ser votadas, y no el sufragio activo, es decir el derecho al voto. Para cambiar la situación hubo de esperarse a la elaboración de la nueva Constitución. Los debates a que dio lugar, tanto en la Comisión correspondiente como en el Pleno de las Cortes, fueron extensos y acalorados, fruto de la división de opiniones en el seno de la mayoritaria conjunción republicano-socialista, dominante entonces, e incluso en el seno de cada uno de los partidos que la componían. El voto femenino fue rechazado sobre todo por sectores radicales y radical-socialistas por motivos de oportunidad: se temía que las mujeres apoyaran en buena medida a las derechas no republicanas.

Este debate se desarrolló en varias sesiones, principalmente en septiembre de 1931, y concluyó con la definitiva aprobación del voto femenino en iguales condiciones que los varones. Aunque intervinieron una treintena de diputados, la voz principal a la que puede atribuirse el resultado fue la de la republicana radical Clara Campoamor, que tuvo que combatir la oposición de miembros de su propio partido, de los radicales-socialistas (entre los que estaba Victoria Kent), y de otros grupos republicanos. Presentamos un completo extracto de las sesiones celebradas entre los días 1 de septiembre y 1 de octubre de 1931, tomadas del Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes de la República Española.

Parte de los miembros de la Comisión Constitucional en las Cortes de 1931

viernes, 28 de diciembre de 2018

Trescientos Clásicos de Historia (2014-2018)

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«Volviendo este mismo folio aparece bajo un arco muy perfecto el Lector, sentado en rico y delicado sillón, de muchas molduras y labores, con almohadón y respaldo: adorna su cabeza un nimbo verde con estrellas pintadas de color rojo y blanco. La túnica que viste es larga hasta cerca de los pies, que aparecen envueltos en raro calzado, semejante a la madreña de Asturias, dejándose ver también su media corta y verde. Sobre todo lleva un manto abierto por delante, pero sujeto sobre el pecho por una fila de botones blancos, rojos y de fondo azul. Con la mano izquierda sostiene un bastón de punta metálica y puño redondo en el otro extremo. Señalando está con su diestra al códice de los cánones, que bajo otro arco bizantino se ve abierto y colocado en un atril, de molduras y trabajos hechos con elegancia. En la parte más alta del libro asoma una mano muy toscamente dibujada (mano de Dios), que lo mantiene abierto, y por encima está escrito: Codex: por debajo del pequeño facistol dice: Analogium, y a los pies del profesor (Lector) hay estas palabras: Incipit versificatio interrogatioque aput codicem lectoris. Lo que resta del dicho folio está ocupado por la inicial elegantísima de los versos que en preguntas y respuestas siguen sobre lo contenido del códice. En toda esta página abundan los vermiculados bizantinos, y otros mil caprichosos y raros adornos de aquel estilo arquitectónico.» La escena fue así descrita en 1874 por José Fernández Montaña, en el tomo III del Museo español de antigüedades.

En el Índice cronológico de este blog reproduje esta conocida miniatura del folio 20v del Códice Albeldense, en la que el lector conversa animadamente con el libro, convenientemente dispuesto, abierto sobre el atril o analogio (que cobija otros volúmenes). Ambos levantan su respectiva mano derecha, en característico ademán del orador. Y este ha sido el único propósito de Clásicos de Historia a lo largo de sus cinco años de existencia: facilitar que todos aquellos interesados entablen este animado diálogo con tantos testigos de otros tiempos y otros lugares que en muchos casos duermen un sueño persistente en bibliotecas con frecuencia sólo interrumpido por el interés encomiable y fructífero de estudiosos, especialistas e historiadores profesionales. Sus descubrimientos, planteamientos e hipótesis también nos interesarán e iluminarán, pero para nosotros, los meros consumidores de cultura, no sustituyen el contacto, la conversación a veces pausada, pero con frecuencia apresurada (e incluso descuidada), con lo que constituye nuestra verdadera memoria del pasado, con su esfuerzo por entenderse, sus patentes verdades, mentiras y tergiversaciones, sus obsesiones, y sus abundantes ángulos ciegos. Todo ello nos proporcionará espesor, profundidad y perspectiva a los actuales status quaestionis (además de una inconmensurable satisfacción intelectual).

Y la inmensidad de Internet nos posibilita y al mismo tiempo nos dificulta un multiplicado acceso a los textos, que con frecuencia quedan ocultos por océanos de otros productos que obedecen a propósitos diversos. Clásicos de Historia ha querido actuar en este sentido reuniendo y proponiendo el presente elenco, sin pretensiones académicas, científicas ni profesionales. Pero concluyamos ya; y un buen modo será acudir a Jorge Luis Borges en La Biblioteca de Babel (1941): «Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza.»

Ilustración de Joost Swarte