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| El emperador Zenón |
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Desde fecha temprana, algunos intelectuales cristianos se apresuran a estudiar e interpretar la historia, con el propósito de relacionar la tradición clásica greco-romana con la bíblica y la posterior cristiana. Quizás podemos considerar como iniciador de esta tarea a Eusebio de Cesarea (263-339) autor de una Crónica, Παντοδαπὴ ἱστορία, que resultó fundamental. En esta obra se recogen y se citan pormenorizadamente numerosas fuentes, de las que en ocasiones sólo se han conservado estos fragmentos (es el caso de Manetón, Beroso y Megástenes). Dicha Crónica será traducida al latín por Jerónimo de Estridón (340-420), que la amplía al continuar el registro de los principales acontecimientos de su tiempo. Por entonces el hispano Paulo Orosio (383-420) compone la primera gran historia universal romano cristiana, gran esfuerzo de síntesis e interpretación.
Pero son mucho más abundantes los humildes continuadores de Eusebio y de Jerónimo, que se limitan a registrar aquellos acontecimientos de los que tienen noticia directa o indirectamente. Entre ellos están Próspero de Aquitania (390-455), Idacio de Chaves (400-469),Víctor de Tunnuna († 570), Juan de Biclaro (540-621), e Isidoro de Sevilla (560-636). Algunos lectores de estas Crónicas manuscritas que tan penosamente se difunden, incluso desean colaborar, anotando al margen, en el epígrafe con la fecha correspondiente, los hechos que han llegado a su conocimiento. Es lo que hizo un anónimo habitante de la Tarraconense, quizás de Zaragoza, que enriquece así con marginalia su ejemplar del Cronicón de Víctor de Tunnuna. Mommsen los recogió y publicó con el nombre de Crónica Caesaraugustana (450-568).
Pues bien, hoy presentamos la Crónica que redactó el obispo Víctor de Tunnuna, ciudad del África proconsular sufragánea de Cartago, y en su vida bajo el dominio primero del reino de los vándalos, y luego del emperador romano Justiniano. Aymenn Jawad Al-Tamimi nos la presenta así en su traducción inglesa del Cronicón:
«Víctor de Tunnuna fue un obispo del norte de África (probablemente de la actual Túnez) que vivió en el siglo VI d. C. y defendió con firmeza lo que consideraba la verdadera ortodoxia católica, tanto al afirmar las actas del Concilio de Calcedonia (451 d. C.) en su totalidad como en sus detalles. Por ello, fue un defensor acérrimo de la visión cristiana convencional actual de que Cristo tenía dos naturalezas en una sola persona (una naturaleza plenamente humana y una naturaleza plenamente divina). Además, abrazó la visión ortodoxa de las tres personas de la Trinidad (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) como consustanciales y coeternas, en contraposición a los vándalos arrianos que dominaron su región hasta su exterminio por los bizantinos.
»A la luz de las inquietudes teológicas de Víctor, gran parte de su crónica, que constituye una continuación de la crónica de Próspero de Aquitania y abarca un período de poco menos de 125 años (c. 444-567 d. C.), consiste en entradas que tratan sobre la oposición al Concilio de Calcedonia, representada principalmente por las corrientes miafisitas y/o monofisitas (es decir, aquellos que sostenían que Cristo tenía una sola naturaleza en lugar de dos), y posteriormente sobre la controversia en torno a tres capítulos específicos del Concilio. Por su defensa de estos tres capítulos, en contraposición a la supuesta oposición del emperador bizantino Justiniano, Víctor sufrió repetidos encarcelamientos, palizas y exilio. También parece haber muerto en el destierro.
»El enfoque geográfico de la crónica se centra en la región natal del autor, el norte de África, y en los territorios del Imperio Romano de Oriente (que sobrevivió al colapso del Imperio Romano de Occidente y que posteriormente se conocería como el Imperio Bizantino). Italia, corazón del antiguo Imperio Romano de Occidente, recibe poca atención en cuanto a los acontecimientos políticos posteriores a su colapso, centrándose la atención en la sucesión de los obispos de Roma (es decir, los papas católicos). Mientras tanto, España no se menciona en absoluto.»
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| Vasili Súrikov, El concilio de Calcedonia (1876) |

