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| Retrato por Amrita Sher-Gil, 1935 |
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Las catástrofes humanas (que no humanitarias) se producen por causas naturales o por la acción del hombre, y en este segundo caso con frecuencia son consideradas como meros daños colaterales, consecuencias no deseadas o no previstas (aunque por lo general previsibles). Pero en ocasiones la catástrofe parece ser el fin realmente buscado con unas acciones determinadas. Es el caso de la hambruna que en los años treinta asoló buena parte de la Unión Soviética: especialmente Ucrania, pero también el Cáucaso, Asia central y otras zonas. Posiblemente su objetivo fue doble: sojuzgar definitivamente al campesinado imponiendo la colectivización de la agricultura, y doblegar a las poblaciones culturalmente no rusas.
Sus trágicos resultados, evidentes sobre el terreno, se pretendió que fueran rigurosamente ignorados en el extranjero mediante una cerrazón informativa severa, y también por medio de una propaganda desbocada, en buena parte gracias a la afectuosa colaboración de los numerosos compañeros de viaje occidentales. Sólo unos pocos periodistas, como Muggeridge o Gareth Jones, fueron capaces de atravesar el cordón sanitario establecido por las autoridades soviéticas, visitar las zonas afectadas, y alertar a la opinión mundial.
Malcolm Muggeridge (1903-1990) fue un destacado periodista y escritor británico. Socialista convencido, se trasladó a Moscú en 1932 como corresponsal de The Manchester Guardian. En marzo de 1933 envía por valija diplomática las tres primeras crónicas sobre la hambruna que llegan a Occidente, con el título general de El Soviet y el campesino. Notas de un observador. Aunque su periódico las publica (sin identificar a su autor, como era usual), las evidencias que presenta chocan con su línea editorial. Muggeridge es despedido, y expulsado lógicamente de la URSS. Poco después publicará otra serie de artículos bajo el título Rusia al descubierto, ahora en el diario conservador The Morning Post. Son los artículos que reproducimos aquí en traducción propia.
También incluimos, como anexo, la carta pública del también periodista Gareth Jones en corroboración de los artículos de Muggeridge; un pasaje de la obra de éste último The Thirties in Great Britain, publicada en Londres en 1940, en el que se refiere a los numerosos intelectuales y periodistas compañeros de viaje de los comunistas, admiradores absolutos de la URSS, que naturalmente se posicionaron en contra de las informaciones de Muggeridge; y como representación de estos últimos, otra carta pública de Bernard Shaw, también de 1933.
En Clásicos de Historia disponemos de un cierto número de obras en las que sus autores quieren transmitir su experiencia personal en la Unión Soviética: el comunista Anton Makarenko, el socialista Fernando de los Ríos, el anarquista Ángel Pestaña, el conservador belga Joseph Douillet, el periodista liberal Manuel Chaves Nogales. Y también sus análisis: el norteamericano John Reed, los españoles Francisco Cambó y Andrés Nin, y el británico Francis Yeats-Brown.
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| Iván Vladimirov, Requisando el trigo en las cercanías de Pskov, 1922 |
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Como complemento, traducimos aquí el artículo que Ian Hunter en Report Magazine del 27 de marzo de 2000, con el título A tale of truth and two journalists. Ian Hunter es profesor emérito de la Facultad de Derecho de la Universidad de Western Ontario y fue el primer biógrafo de Malcolm Muggeridge.
UNA HISTORIA VERDADERA Y DOS PERIODISTAS
Cuesta creer que haya pasado una década desde la muerte de Malcolm Muggeridge el 14 de noviembre de 1990. Siendo uno de los periodistas más fascinantes, casi no pasa un día sin que recuerde alguna de sus reflexiones o me maraville de nuevo ante su visión profética.
La integridad periodística de Muggeridge se forjó a raíz de una experiencia traumática: en 1932 viajó a Moscú como corresponsal de The Manchester Guardian. Las dos grandes obsesiones de Joseph Stalin —la colectivización de la agricultura y la deskulakización de los campesinos— se encontraban entonces en su apogeo más sangriento, pero pocos occidentales podrían haberlo intuido a partir de la servil cobertura periodística extranjera. El máximo exponente de la prensa en Moscú era Walter Duranty, del New York Times. Joseph Alsop diría más tarde de él: «Mentir era el oficio de Duranty.»
Durante dos décadas, Duranty fue el corresponsal extranjero más influyente en Rusia. Sus crónicas eran consideradas fidedignas; de hecho, Duranty contribuyó a moldear la política exterior norteamericana. Su biógrafa, Susan Taylor (autora de Stalin’s Apologist, Oxford University Press, 1990), ha demostrado que los reportajes de Duranty fueron un factor crucial en la decisión del presidente Roosevelt en 1933 de reconocer oficialmente a la Unión Soviética.
Duranty, un hombrecillo poco atractivo, hipersexualizado y con una pierna de palo, falsificó hechos, difundió mentiras y medias verdades, inventó sucesos que nunca ocurrieron e hizo la vista gorda ante la hambruna provocada por el hombre que causó la muerte por inanición de más de 14 millones de personas (según una Comisión Internacional de Juristas que examinó esta tragedia entre 1988 y 1990). Cuando comenzaron a filtrarse fragmentos de la verdad, Duranty acuñó la frase: «No se puede hacer una tortilla sin romper huevos». Esta frase, o alguna variante, ha resultado útil desde entonces para una gran variedad de ideólogos que sostienen que un fin noble justifica los medios viles. Sin embargo, cuando el comité del Pulitzer le otorgó el premio a Duranty (en 1932, en el apogeo de la hambruna), citaron su «erudición, profundidad, imparcialidad, buen juicio y excepcional claridad».
Una historia que circulaba entre los informantes de Moscú que intentaban explicar a Duranty era que era necrófilo; a cambio de reportajes favorables, las autoridades soviéticas podrían haberle permitido acceso nocturno sin supervisión a las morgues de la ciudad. Sea cierto o no (y la biógrafa de Duranty, Susan Taylor, deja esta cuestión abierta), lo cierto es que el régimen ejercía algún tipo de control sobre Duranty; lo colmaban de privilegios: un lujoso apartamento, un automóvil y caviar fresco a diario.
Entra entonces en escena Malcolm Muggeridge. En la primavera de 1933, Muggeridge hizo algo audaz: sin permiso, emprendió un viaje en tren a través de lo que antes había sido el granero de la Unión Soviética, Ucrania y el Cáucaso Norte. Muggeridge jamás olvidó lo que presenció. En una serie de artículos que sacó clandestinamente en la valija diplomática, describió una hambruna provocada por el hombre que se había convertido en un holocausto: millones de campesinos muriendo como ganado hambriento, a veces a la vista de graneros repletos, custodiados por el ejército y la policía. «Una madrugada, en una estación de tren, vi una fila de personas con las manos atadas a la espalda, siendo empujadas a punta de pistola hacia vagones de ganado; todo tan silencioso, misterioso y horrible en la penumbra, como un macabro ballet». En una granja cooperativa alemana, un oasis de prosperidad en la colectivización del desierto, vio a campesinos arrodillados en la nieve, mendigando un trozo de pan. En su diario, Muggeridge escribió: «Sea lo que sea que haga o piense en el futuro, jamás fingiré no haber visto esto. Las ideas van y vienen; pero esto es más que una idea. Son campesinos arrodillados en la nieve pidiendo pan. Algo que he visto y comprendido.»
Pero pocos le creyeron. Sus despachos fueron recortados. Fue despedido por The Guardian y obligado a abandonar Rusia. Muggeridge fue vilipendiado, calumniado y difamado, sobre todo en las páginas de The Manchester Guardian, donde la simpatía por lo que se denominaba «el gran experimento soviético» era la norma. La voz de Walter Duranty encabezó el coro de denuncias y negaciones, aunque en privado Duranty le comentó a un conocido del Ministerio de Asuntos Exteriores británico que al menos diez millones de personas habían muerto de hambre, añadiendo, con su característico humor: «Pero sólo son rusos.»
Beatrice Webb (tía política de Muggeridge) admitió que «en la Unión Soviética, la gente desaparece», pero aun así calificó los informes de Muggeridge sobre la hambruna como «viles mentiras». El reverendo Hewlett Johnson, decano de Canterbury, aplaudió la «firmeza y generosidad» de Stalin. George Bernard Shaw realizó una gira relámpago y se declaró plenamente satisfecho de que hubiera comida suficiente para todos en el paraíso obrero.
Si bien la reivindicación tardó en llegar, no pudo ser más dulce que cuando la biógrafa de Duranty, Susan Taylor, escribió en 1990: «De no ser por los relatos de Muggeridge sobre la hambruna de la primavera de 1933 y su tenaz crónica del suceso, las consecuencias del crimen para quienes lo sufrieron bien podrían haber permanecido ocultas al escrutinio público, tal como pretendían sus perpetradores. Ha recibido poco reconocimiento por ello a lo largo de los años, aunque cada vez son más quienes reconocen el singular acto de honestidad y valentía que supuso su reportaje.»
Por desgracia, cuando estas palabras se escribieron, Muggeridge ya había fallecido. Aun así, merece la pena recordarlas.
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| Ivan Vladimirov, Requisando la vaca. |


