domingo, 21 de junio de 2026

Isidoro de Sevilla, Varones ilustres

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Completamos con esta entrega la terna de obras históricas de Isidoro de Sevilla (aprox. 556-636), tras la Crónica Universal y la Historia de los reyes godos, vándalos y suevos. A ellas añadimos ahora los Varones ilustres, que presentamos en su original latino y una traducción propia. El gran latinista Jacques Fontaine (1922-2015), en su espléndido Isidoro de Sevilla. Génesis y originalidad de la cultura hispánica en tiempos de los visigodos (Madrid 2002) se refería así a esta obra:

«Jerónimo había querido mostrar, el año 384, la creatividad literaria de los cristianos, realizando un primer catálogo de ciento diecisiete noticias en las que incluía al menos los nombres de los autores y los títulos de sus obras; lo había titulado, a la antigua Hombres ilustres. Hacia el año 470, Genadio de Marsella lo completó con un segundo opúsculo que llevaba el mismo título. El de Isidoro de Sevilla, escrito entre el 615 y el 618, bajo el reinado de Sisebuto, había sido precedido, probablemente, en el siglo VI, por otro catálogo, africano o español, que la tradición manuscrita no debía de asociar al de Isidoro hasta el siglo XII. El estudio reciente de esta tradición ha permitido distinguir estos dos estratos, todavía confundidos en la versión larga en 48 capítulos publicada por Arévalo en el siglo XVIII. De ellos, sólo el primero y los treinta y tres últimos son considerados hoy como obra de Isidoro.

»En este De uiris de Isidoro está representada España por 12 noticias, Italia por 7 y África por 6, la Galia y el Oriente griego por cuatro cada uno. Las noticias hispánicas proporcionan una idea del trasfondo cultural del siglo VI, sobre el que se destaca, en Sevilla, la actividad literaria de Isidoro. En él se percibe la importancia de lo que hemos llamado hace algunos años los prerrenacimientos periféricos, acaecidos en el contorno de la península.

»De ello dan testimonio Justo de Urgel, Máximo de Zaragoza y Juan de Gerona en la Tarraconense; Liciniano de Cartagena, Justiniano de Valencia y Eutropio (monje venido de África) en la Cartaginense; Apringio de Beja, de cuyo comentario al Apocalipsis tomó mucho Isidoro, en el sur de la Lusitania; la alta figura monástica y pastoral de Martín de Braga en el noroeste, en el antiguo reino suevo; y por último, en la Bética, Severo de Málaga —del que tal vez se ha identificado recientemente un extenso fragmento de epopeya bíblica en versos hexámetros, conservado en un manuscrito de Maguncia—, por no añadir aquí nada sobre Leandro de Sevilla, a quien Isidoro consagra la noticia más extensa, después de la dedicada a su amigo el papa Gregorio.

»Aparte de Juan (Crisóstomo) sólo aparecen tres orientales, y tratados de una manera bien mezquina, empezando por una noticia minúscula sobre el gran emperador Justiniano. Isidoro no retiene en esencia de sus obras —medio siglo después de su muerte— más que los rescriptos dirigidos por él contra los defensores africanos de los Tres Capítulos.»

Pero hay una importante aunque lógica carencia en los Varones ilustres: no figura el propio Isidoro de Sevilla, cumbre de los intelectuales de aquellos siglos, repetidamente copiado por toda Europa, y uno de los primeros autores cuya obra fue impresa en el siglo XV. Lo solucionamos agregando en apéndice la Renotatio que le dedica su discípulo, colaborador y amigo Braulio de Zaragoza.

Otro aspecto a subrayar es el hecho de que la práctica totalidad de los retratados son clérigos: diáconos, presbíteros, abades, obispos y papas. Quedan al margen una mujer, Proba esposa de Adelfio, y el emperador Justiniano. En otros dos casos, Toranio Rufino y el galo Juliano, no se especifica su estado. Eso sí, la práctica totalidad de las obras que se citan son de temática religiosa: Sagradas Escrituras, reflexión teológica, herejías, reglas monásticas, decretales y rescriptos, moralidad, etc. Pero no faltan otros asuntos, especialmente los referentes a la historia (Idacio, Víctor de Tunnuna, además de los citados más arriba), y en ocasiones se expresa que el autor citado es «hombre versado en los estudios liberales», algo que se sobreentiende en los demás. Son numerosas las referencias a la versificación, a la calidad del estilo, y al recuerdo y aprovechamiento de los autores clásicos, como hace la mencionada Proba con Virgilio.

Es evidente que en el siglo VI la alta cultura del Occidente europeo es eminentemente religiosa, y que Isidoro nos proporciona un elenco de intelectuales cristianos en su inmensa mayoría eclesiásticos. En cierta época se juzgó este hecho como síntoma de un retroceso cultural o de una cultura inferior. Ahora bien, no sabemos si ocurrió que la alta cultura se reservaba a los intelectuales clérigos, o si más bien los intelectuales creadores de la alta cultura consideraban lógico hacerse clérigos, del mismo modo que hoy se hacen profesores universitarios. Se podría alegar que el saber de entonces se basaba en una creencia. Pero lo mismo se puede afirmar del saber actual, que descansa también en múltiples creencias consideradas hoy evidentes e indiscutibles, entre ellas la de que cualquier tiempo pasado fue peor. En realidad, ambas altas culturas, la del siglo VI y la del siglo XXI, representan esfuerzos denodados por comprender, explicar y remediar el mundo en el que se vive; y en mayor o menor grado, sus esfuerzos obtienen unos resultados relativos pero apreciables. Y quizás lo más satisfactorio sea observarlas en sus avances, sus retrocesos, sus hallazgos y sus limitaciones, sin descalificaciones globales ni prejuicios (juicios previos), y valorándolas cada uno desde sus propios presupuestos libre y conscientemente elegidos.

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En ésta y en otras entradas de Clásicos de Historia hemos utilizado como retrato de Isidoro un fragmento de la miniatura que aquí presentamos completa. Procede de un ejemplar de las Etimologías del siglo X (Codex 167 Einsielden, Suiza), y aparecen dos figuras identificadas como Braulio e Isidoro. Pero gracias a Ignacio Cabello Llano averiguo que en realidad representaban a Isidoro y su escriba, y que en un momento posterior fueron alteradas las inscripciones. La figura entronizada de la izquierda, con palio y báculo episcopales, pasó a ser el obispo de Zaragoza Braulio, y la derecha, en pupitre, con pluma y estilete, se convirtió en Isidoro.

Sin embargo existen otras miniaturas que emparejan a Isidoro y Braulio, como la que incluimos a continuación. Pertenece al Codex Monacensis latinus 13031, de Baviera, y es del siglo XI.

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