lunes, 10 de junio de 2024

Isidoro de Sevilla, Historia de los reyes godos, vándalos y suevos

De un códice del siglo X
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Ramón Menéndez Pidal, en su Universalismo y nacionalismo. Romanos y germanos (1940), extensa introducción al tomo III de la monumental Historia de España que dirigía, se refiere así a la obra que comunicamos esta semana.

«Al leer a Idacio asistimos al laborioso parto de España y de su historia; en el Biclarense vemos crecer una historia de España , aunque sujeta todavía a una crónica de emperadores; Isidoro es el primero que saca esta historia de la tutela imperial, para darle independencia y espíritu propio. El metropolitano de Sevilla no es godo, como el monje Biclarense es romano, y, sin embargo, participa del mismo entusiasmo goticista, pues ya para unos como para otros los destinos de España estaban indisolublemente ligados a los del pueblo que había hecho de la Península una monarquía poderosa. La historia isidoriana del pueblo glorioso temido de Alejandro, de Pirro, de César, toda ella computada por la era española, termina en el año 624 con las victorias de Suintila, en especial la conquista de las últimas ciudades que el Imperio romano conservaba en la Bética; así se repite: Suintila fue el primero que tuvo la monarquía de toda España, totus Hispaniæ, del lado de acá del Estrecho. La marina creada por Sisebuto acechaba el momento de transfretar, para hacerse con la Tingitana, que aún retenía el Imperio bizantino y que era parte integrante de la España romana.

»Es época de entusiasmo gótico, y ese entusiasmo dicta a Isidoro el prólogo de su Historia, en loor de España, De laude Spaniæ, donde define qué es para él España y qué es lo que la hace amable.

»De todas las tierras cuantas hay desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sacra España, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos. Bien se te puede llamar reina de todas las provincias…; tú, honor y ornamento del mundo, la más ilustre porción de la tierra, en quien la gloriosa fecundidad de la raza goda se recrea y florece. Natura se mostró pródiga en enriquecerte; tú, exuberante en fruta, henchida de vides, alegre en mieses…; tú abundas de todo, asentada deliciosamente en los climas del mundo, ni tostada por los ardores del sol, ni arrecida por glacial inclemencia… Tú vences al Alfeo en caballos y al Clitumno en ganados; no envidias los sotos y los pastos de Etruria, ni los bosques de Arcadia… Rica también en hijos, produces los príncipes imperantes, a la vez que la púrpura y las piedras preciosas para adornarlos. Con razón te codició Roma, cabeza de las gentes, y aunque te desposó la vencedora fortaleza Romulea, después de florentísimo pueblo godo. Tras victoriosas peregrinaciones por otras partes del orbe, a ti te amó, a ti raptó, y te goza ahora con segura felicidad, entre la pompa regia y el fausto del Imperio.

»Esta férvida Laus Sapaniæ se inspira, a mi ver, principalmente en la Laus Serenæ de Claudio, que ya conocemos. Isidoro, con su vaga mención de la riqueza de España en príncipes y gentes, nos impresiona menos que Claudiano con sus precisas alusiones a los augustos hispanos; es que Isidoro tiene el mal acuerdo (lo mismo en todo su relato histórico) de buscar elevación o elegancia en la vaguedad, huyendo la individuación de personas y lugares; no estima, como Claudiano, el alto valor poético de lo concreto. Sin embargo, él comunica más emoción a sus palabras y mayor alcance desde el momento que, lejos de hablar de una región del mundo entero, habla como historiador de un pueblo. Por esto el loor isidoriano se aparta de toda la serie de loores de España que produjo la literatura latina. No es el postrero en la serie de ellos; no es, como se ha dicho, el canto del cisne de la provincia romana, sino, al contrario, es el canto auroral de la alondra que acompaña a los desposorios de España con el pueblo godo y anuncia el advenimiento de la nueva nación. El nuevo loor lo dice; por eso Isidoro, que sabe bien lo que en la nueva edad del Occidente significa el germanismo, confunde la historia de España con la del antiquísimo pueblo emigrante introducido en ella por Ataúlfo.

»Esa concepción de San Isidoro era participada por todos. La patria y los godos son dos cosas inseparables; Gothorum gens ac patria es la expresión corriente, lo mismo en las leyes que en los cánones, para significar el interés general del Estado.

»En esta edad germanorromana el universalismo imperial desaparece, quedando sólo representado por el universalismo eclesiástico, y surge un sentimiento contrario: el nacionalismo político y cultural. Los germanos son los que suelen dar nombre a estos círculos nacionales nuevos: Anglia, Francia, Burgundia, Lombardía…; España está a punto de ser una Gotia si no es porque Ataúlfo dijo que no quería que eso sucediera; pero aunque el rasgo fisonómico más saliente de los nuevos países es germánico, el sentimiento nacional es una creación románica. Lo vimos, como escabulléndose del universalismo agustiniano, surgir de la provincialización del Imperio en Paulo Orosio. Isidoro nos lo da ya perfecto, en cuanto a lo político, en el loor de España; y en cuanto a lo cultural, nos lo formula el concilio IV por él presidido, proclamando la unificación de la Iglesia en toda España (téngase presente que en esta época la cultura es exclusivamente eclesiástica): una misma disciplina, una liturgia, unos mismos himnos para todos los que vivimos —dice el concilio— abrazados por una misma fe y un mismo reino, qui una fide complectimur et regno. Al lado del Estado nacional se crea, no digamos una Iglesia nacional en el sentido propio de la frase, pero sí una Iglesia nacionalizada y coherente, bajo la supremacía de Toledo, Iglesia unificada por una liturgia especial, que fue llamada isidoriana, la cual no dejará de existir sino en el siglo XI por tenaz empeño de Gregorio VII.

»A pesar de la desaparición del Estado godo, las posteriores historias de España se llamaron frecuentemente Historia de los godos, imitando a la de Isidoro; y la autoridad del gran polígrafo hizo que la Laus Spaniæ, el himno natalicio del pueblo hispanogodo, quedase entre los connacionales del obispo hispalense como el credo nacionalista profesado durante muchos siglos, reiterado y refundido en múltiples formas, lo mismo en tiempos muy críticos para el amor patrio que en épocas de nueva exaltación optimista.»

Presentamos el texto original del año 624, ampliación de otra versión anterior más reducida, y una traducción propia. También hemos agregado unos pocos pasajes de las Etimologías —la gran obra de Isidoro y la de mayor difusión a lo largo de los siglos—, referentes a su concepción de la Historia, a los pueblos godos, vándalos, suevos e hispanos, y a la propia Hispania. En su día ya comunicamos su Crónica Universal.

El inicio de la Historia Vandalorum en un códice de los siglos XI o XII.

lunes, 27 de mayo de 2024

Ángel Salcedo Ruiz, Contra el regionalismo aragonés

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El nacionalismo moderno, con potentes fundamentos desde la afirmación de las monarquías autoritarias y con el aporte ideológico decisivo de la Ilustración y el romanticismo, se generaliza en España con la guerra de Independencia, tanto entre los partidarios del liberalismo como entre los de la tradición. Coincide en el tiempo, por tanto, con el acelerado declive del reino, que le apea del estatus de gran potencia a causa de su prolongada inestabilidad política y de la pérdida de su imperio.

Sólo más tarde, en el último cuarto del siglo XIX, nacerán y se difundirán los nacionalismos particularistas, primero en Barcelona, luego en Bilbao y finalmente en otras regiones. En cierta medida, y a pesar de que persigan la distinción o ruptura con España, estos nacionalismos alternativos son reflejos especulares del nacionalismo español, con múltiples coincidencias. A aquellos y a éste se les puede aplicar por igual conocidas expresiones que han dado título a algunos libros imprescindibles: la nación siempre es una Mater dolorosa cuyo dificultoso servicio supone a su adorador el ingreso en un bucle melancólico.

Pues bien, el aragonesismo político también surge en ese ambiente finisecular, y aunque con menos resultados que el catalanismo y el vasquismo, dará lugar a un movimiento minoritario que perdurará en el tiempo. Uno de sus representantes fue Juan Moneva y Puyol, de quien comunicamos algunos de sus artículos aragonesistas en Cuestiones políticas (republicanas y regionalistas). Los dos centros principales del nacionalismo aragonés fueron Zaragoza y Barcelona, esta última a causa de la abundancia de inmigrantes (en ese tiempo proceden del valle del Ebro y del Levante mediterráneo) que capta su poderosa industrialización. Habrá una relación difícil entre los nacionalismos catalán y aragonés, en la que se alterna atracción y repulsión.

Presentamos hoy un serie de artículos que un observador ajeno (que podríamos considerar nacionalista español) consagra a este regionalismo aragonés. Los publica entre 1918 y 1920 en el venerable Diario de Barcelona, ciudad en la que reside tras una estancia anterior de más de un año en Zaragoza. El gaditano Ángel Salcedo Ruiz (1859-1921) fue un abogado, jurídico militar, intelectual y político, de abundante obra publicada. En julio de 1918 fue nombrado Auditor de la capitanía General de la 5.ª Región Militar, con destino en Zaragoza, donde permaneció hasta septiembre de 1919, cuando se trasladó a Barcelona, desempeñando el mismo cargo en la 4.ª Región hasta marzo de 1920.

La postura del autor es clara: «Recién llegado a Zaragoza me apresuré a manifestar en el Diario mi primera impresión sobre el regionalismo aragonés; y... escribí que, a mi juicio, hay en Aragón mucho afecto a la tierra natal; sentimiento de solidaridad regional en cuanto que los aragoneses todos se sienten un pueblo, o, quizá mejor, una gran ciudad campesina cuyo barrio central y verdaderamente urbano es Zaragoza, en la clase culta entusiasmo por el pasado glorioso, y en todos vivo deseo de fomentar los intereses económicos de la región, singularmente los agrícolas, cifrados hoy en las obras hidráulicas; que, fuera de esto, en ninguna ciudad española es el natural de otras regiones menos forastero que aquí; y, finalmente, que el regionalismo a la catalana, sostenido por algunos intelectuales, no encuentra eco en la opinión, sino una resistencia formidable, porque es la de todos, y más que airada, pasiva y zumbona, propia del intenso temperamento satírico de un pueblo como el aragonés.»

Hemos agregado en anexo varios artículos citados por Salcedo y otros de sus contradictores, a favor o en contra de Aragón y el aragonesismo.

lunes, 13 de mayo de 2024

Juan Moneva y Puyol, Disertaciones políticas (republicanas y regionalistas)

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Hace unos meses presentábamos Política de represión y otros textos del interesante personaje que fue el catedrático, abogado y publicista Juan Moneva y Puyol (1871-1951). Ahora traemos una selección de los artículos que publicó entre 1930 y 1933 en el diario zaragozano La Voz de Aragón, muchos de ellos con el epígrafe común de Disertaciones políticas. Aunque siempre había estado interesado en estas cuestiones, e incluso había desempeñado una dirección general durante varios meses en un gobierno Maura, es ahora, tras el fin de la dictadura de Primo de Rivera en la que había sido procesado por un tribunal militar, cuando sus constantes y abundantes colaboraciones periodísticas se centran más en las cuestiones políticas.

Consciente de los desaciertos de los gobiernos Berenguer y Aznar, recibe esperanzado la proclamación de la república. Juzga así las elecciones municipales que la trajeron: «El acierto de la elección del 12 abril 1931, aun afectada como está la incongruencia de no atender a su finalidad mas a otra diversa, finca en que corresponde exactamente a la opinión pública; la gente sentía al igual de lo que expresaron los escrutinios; la gente se hallaba conforme con dar a los sufragios una aplicación diferente de la legalmente confesada, que era elegir concejales.»

Y pocos días después: «Afirmo... ser lo que llaman la derecha... sostenemos el derecho a ser cristianos católicos y el de inspirar en eso toda nuestra actuación de las cosas humanas… Nos queda solamente la República; ni aun podemos decir que nos han quitado la Monarquía y el Monarca que preferíamos; había, respecto de eso, en las derechas, muchos descontentos; todos los que detestábamos la Dictadura; todos los que consideramos primer tesoro político la libertad ciudadana. Por eso... porque la República no repugna a nuestra conciencia ni es incompatible con nuestro programa de fondo, opino que todo político de derecha debe avenirse llanamente, sinceramente, cuanto antes, a la República, laborar en ella y formar en sus partidos o, si ninguno de ellos satisface a nuestras ideas, formar otro de sus partidos.»

Moneva se definirá, pues, como liberal, católico, de derechas y aragonesista. Pero su talante crítico le llevó pronto a reprochar algunas actuaciones de la naciente república, si al principio menores e incluso disculpables y disculpadas, pronto de mayor gravedad, como el tan desacertado como interesado sistema electoral impuesto, que mantenía fuera del censo a las mujeres, que sí había incluido la pasada dictadura, y que conjugaba el sistema mayoritario con el predominio de distritos electorales provinciales, favoreciendo así el monopolio del poder de la coalición gobernante:

«Pero los hombres del Nuevo Régimen, cuyo único título, para comenzar a imperar y para seguir imperando, es llevar la representación del Pueblo, no quisieron exponerse a que el Pueblo pudiera votar con criterio político, eligiendo en listas homogéneas; fue conservado el sistema antiguo, invitatorio a la promiscuidad, que hace imposible conocer el criterio político del País. Y hubo promiscuidad en las candidaturas; a veces, más candidaturas promiscuas que de las otras; de las otras; no sé caracterizarlas de otro modo, pues la más extendida, por ser la ministerial, era promiscua; la formaban, como queda ya dicho, representantes de políticas incompatibles entre sí; y esto, cuando más interesaba definir la actitud política de cada cual, pues la labor de las Cortes elegidas había de ser Constituyente; más política, pues, que la de otras Cortes cualesquiera.»

Posteriormente sus críticas aumentarán a causa de la política represiva del gobierno, por su talante cada vez más anticatólico, y por su descomunal ocupación del Estado, repartido como un botín: «botín, premio útil de la victoria, no ganado por el esfuerzo laborioso, son los haberes, únicos pocas veces, múltiples las más; las comisiones retribuidas; la acumulación de favores; tales puestos dados graciosamente, sin que en el nombrado preceda la prueba de un concurso, o de aquel esfuerzo y sobresalto que es una oposición; ingreso en carreras por lo alto de sus escalafones; dispensa de servir un cargo, sin disminución de sus ventajas. Y botín, para otro estamento, es el nuevo régimen agrario… y botín —enorme paradoja—, todo el régimen administrativo del Trabajo, iniciado, no ya sólo en tiempo de Monarquía, mas en tiempo de Dictadura… (cuando) en el Ministerio del Trabajo imperó la Unión General de Trabajadores tanto como ahora.»

Además, y en paralelo, buena parte de estos artículos se ocuparán de la promoción del nacionalismo o regionalismo aragonés (que Moneva considera lo mismo) y su rechazo del centralismo estatal. Aunque partícipe en Acción Popular, su influencia en este sentido fue muy limitada o nula, porque las «derechas detestan el Regionalismo, a no ser lo que ellas dicen un Regionalismo sano, lo cual quiere decir cantador de loores, en primer lugar, a la omnipotencia del Estado; un Regionalismo con la bandera estatal en lugar preferente; después de lo cual aun alguna vez se atreven a izar la bandera de la Región; pero nunca osan ensalzar la Región sin dar, oficiosas, la excusa no pedida de sin perjuicio de la supremacía de la Patria u otro giro análogo.» Con impotencia, considera su incapacidad para cambiar la situación como su último fracaso político.

El viejo sistema de la Restauración había garantizado medio siglo de funcionamiento ordinario del sistema liberal, de enorme inestabilidad hasta entonces, por medio de una alternancia política pacífica, y con la aceptación e inclusión de aquellos que rechazaban el propio sistema: tradicionalistas, republicanos, nacionalistas, socialistas… Pero con el fracaso de los esfuerzos modernizadores (Maura, Canalejas…), en 1923 se entraba definitivamente en lo que en otras ocasiones he llamado la etapa autoritaria de la España contemporánea, que se prolongará hasta la transición a la democracia. Cada ideología se reafirma y se hace más intolerante, rechazando cualquier componenda con aquellas otras que se le oponen. El poder se ocupa, y ya no se está dispuesto a compartirlo: todo lo más, a llegar a acuerdos oportunistas en los que cada parte quiere prevalecer.

Este conjunto de artículos de Moneva nos muestra su percepción muy personal sobre el devenir de la segunda república, con múltiples facetas y matices. Pero, además, muchas de sus reflexiones pueden ser confrontadas con acontecimientos actuales. Por ejemplo, la incidental que escribe el 15 de mayo de 1930: Sánchez-Guerra «quiso procesarme, año de 1914, por un artículo en el cual acusé de insinceras aquellas elecciones en las que fueron usados contra Maura y los mauristas papel sellado, talegos y trabucos. Me libró de aquella molestia una amnistía que dio aquel Gobierno; las amnistías son siempre modos que usa una situación política, no primordialmente para perdonar algo malo que otros han hecho, mas para hacerse perdonar algo malo que ha hecho ella.»

Plaza de la Constitución de Zaragoza, 14 de abril de 1931

lunes, 29 de abril de 2024

Andrés Nin, Las dictaduras de nuestros tiempos

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Andrés Nin (1892-1937) nos presenta así su obra desde Moscú, donde reside a la sazón (aunque a punto de ser expulsado por la limpieza que lleva a cabo Stalin entre los revolucionarios por entonces): «Tres motivos principales nos han movido a escribir estas páginas en respuesta al libro del Sr. Cambó (Las dictaduras): primero, el deseo de contribuir a la aireación de la casa abriendo las ventanas que dan al mundo; segundo, oponer al punta de vista de uno de los hombres más representativos de nuestra burguesía el punto de vista del sector más avanzado del proletariado; tercero, demostrar que la idea fundamental del Sr. Cambó consiste en asegurar, en una u otra forma, la dictadura de la clase capitalista.»

Y es que, desde la estricta ortodoxia marxista del autor, la única realidad política es la lucha de clases, esto es, la incuestionada fe en la existencia de las clases, esas poderosas entidades sociales, que con necesidad fatal engloban, determinan y predestinan a los individuos, meras células de aquellos organismos, plenamente supeditadas a ellos. (Otros cambian clases por razas, naciones y géneros siempre escogidos.) Derechos humanos, asociacionismo libre, elecciones, autodeterminación, sólo son respetables en la medida en que resulten instrumentos útiles para la derrota del enemigo social. La clase que inevitablemente ha de triunfar es la proletaria, compuesta básicamente por obreros industriales y mineros; pero como buen leninista, subraya la necesidad de una élite —el partido— que encabece y dirija la lucha, y que recoja la justa admiración, el respeto y la obediencia de aquellos.

El problema de la democracia, por tanto, es sencillo: la democracia no existe: es sólo un disfraz del dominio de la clase capitalista: «La dictadura burguesa, incluso en sus formas más democráticas, es un poder político ejercido por una minoría al servicio de una minoría, la dictadura proletaria es un poder ejercido de hecho por la mayoría al servicio de la mayoría.» Y aquí radica el craso pecado que, aparentemente escandalizado y ofendido, Nin reprocha a Cambó: «Al enfocar el problema, el Sr. Cambó comete un error fundamental: el de considerar la dictadura en los países burgueses como un fenómeno idéntico a la dictadura en el país de la revolución proletaria triunfante.» La cuestión no es ya que Cambó defienda el sistema democrático, sino que expresa numerosas coincidencias entre la dictadura comunista rusa y la dictadura fascista italiana, coincidencias que las separa a su vez de otras dictaduras más bien tradicionales.

Juan Avilés Farré, en La fe que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (Madrid 1999), nos presentaba así a nuestro autor «Nin era [hacia 1920] un joven maestro y periodista catalán, que había iniciado su actividad política en las filas republicanas y se había afiliado más tarde al PSOE, para abandonarlo decepcionado después de que en diciembre de 1919 éste rechazara por primera vez su incorporación a la Internacional Comunista. En esas mismas fechas… la CNT celebraba en Madrid el congreso en que decidió incorporarse a aquella y Nin aprovechó la ocasión para informar a los congresistas que él se consideraba un fanático de la acción, era partidario de la III Internacional porque ésta representaba por encima de las ideologías un principio de acción y se había dado de baja en el PSOE para luchar incondicionalmente con la CNT en el puro terreno de la lucha de clases. Poco más de un año después, cuando el 2 de marzo de 1921 fue detenido el secretario general de la CNT Evelio Boal, quien meses después sería asesinado, por la policía o con la complicidad de ésta, asumió sus funciones Nin, quien entonces era ya secretario de la confederación regional catalana y a su vez había salido indemne de un atentado en noviembre de 1920.»

Formó parte junto con Ángel Pestaña de la delegación de la CNT que viajó a Moscú en 1921, defendiendo desde entonces la incorporación de los anarcosindicalistas a la Internacional comunista. Y a diferencia de Pestaña, fue uno de los conversos al comunismo ruso, aunque pocos años después el enfrentamiento entre Trotsky y Stalin le hará volver a España, donde acabará por crear en 1935, junto con Joaquín Maurín, el minoritario POUM, Partido Obrero de Unificación Marxista, con cierto protagonismo en la Cataluña de principios de la guerra civil, y abundante fama en buena medida gracias a la que le dio Orwell. Finalmente en las jornadas de mayo de 1937 —una guerra civil dentro de la guerra civil— el POUM será violentamente disuelto por imposición del gobierno soviético, y su máximo dirigente asesinado en fecha y lugar desconocidos.

Vladimir Serov, Lenin en Smolny (1952)

lunes, 15 de abril de 2024

Francisco Cambó, Las dictaduras

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      Resulta llamativo cómo mucha gente ensalza las revoluciones y deplora las dictaduras, cuando las segundas suelen ser hijas de las primeras.

      «—¡Vaya! —exclamó irritado Syme—, ¿qué tiene de poética la rebelión? También se podría decir que es poético estar mareado. La enfermedad es una revuelta. Tanto enfermar como rebelarse puede ser el único remedio posible en ciertas ocasiones desesperadas; pero que me cuelguen si tienen algo de poético. La revuelta en abstracto es... repugnante. Sólo es un vómito.
      La chica hizo una mueca por un instante ante la desagradable palabra, pero Syme estaba demasiado acalorado para prestarle atención.
      —El que las cosas vayan bien —exclamó—, ¡eso es poético! Que nuestra digestión, por ejemplo, discurra sagrada y silenciosamente, ése es el fundamento de toda poesía. Sí, lo más poético, más poético que las flores, más poético que las estrellas… lo más poético del mundo es no estar enfermo.
      —De verdad —dijo Gregory, desdeñosamente—, los ejemplos que elije usted…
      —Le pido perdón —dijo Syme con gravedad—, olvidé que habíamos abolido todas las convenciones.»

Esto que Chesterton nos cuenta en El hombre que fue Jueves se puede aplicar a la opinión sobre las dictaduras que tiene Francisco Cambó (1876-1947). Éste publica la obra que comunicamos en 1929, veinte años después de la premonitoria novela del escritor inglés, cuando, tras «el reverdecimiento de la democracia» al concluir la Gran Guerra, proliferan los regímenes dictatoriales en Europa y América. «Hoy en Europa viven en régimen francamente dictatorial: Rusia, Italia, España, Portugal, Turquía, Lituania, Yugoeslavia y Albania. Polonia alterna los períodos de libertad con los de dictadura, según los estados de humor y de fatiga del mariscal Pilsudski. Grecia, Bulgaria y Hungría han pasado por el régimen dictatorial, y en cuanto a las dos últimas es difícil decir si en ellas la dictadura ha cesado...». Eso sí, afirma, las dictaduras se establecen en los países atrasados, con poco desarrollo económico y un bajo nivel cultural… ¡Es imposible que eso ocurra en Alemania, por ejemplo!

Las dictaduras se originan «en un acto de violencia: revolución civil, sublevación militar o acaparamiento ilegítimo, por una persona investida de autoridad, de facultades que no le eran propias. Significa en todas las ocasiones un golpe de Estado en que la fuerza se impone y el derecho es atropellado y vencido. En su funcionamiento estas dictaduras dan a quienes las ejercen una autoridad que no tiene, ni en las leyes ni en las instituciones, ninguna limitación. La razón de interés público, definida y apreciada por el dictador, es la suprema legitimación de sus actos. Los derechos de las personas individuales y colectivas son a veces abolidos explícitamente; pero cuando no son abolidos, resultan inexistentes por haber desaparecido las instituciones que los protegían. El fin de estas dictaduras suele ir acompañado de la violencia que ha presidido su nacimiento.»

Para Cambó, como para Chesterton, las sublevaciones que dan lugar a las dictaduras son intentos de solucionar graves problemas, aparentemente irresolubles por medios ordinarios y constitucionales. Y puede parecer que los soluciona con la concentración de autoridad, de medios y de recursos. Sin embargo, el remedio es siempre peor que la enfermedad, ya que desactiva entre la población ese civismo básico que lleva a interesarse y participar en la gestión de la comunidad, y que ahora desaparece ante la represión del régimen. La demagogia, el nacionalismo, el personalismo, son características propias de cualquier dictadura. Y sus consecuencias perdurarán y dificultarán la marcha del país una vez caída aquella.

Cambó analiza sobre todo las tres dictaduras «que presentan características esenciales y dignas de ser consideradas particularmente. La de Rusia, la de Italia y la de Turquía… Encarnan, en primer lugar y ante todo, no un simple golpe de Estado, sino una verdadera revolución… Una revolución puede comenzar, tan sólo, por un golpe de Estado; pero no llega a ser revolución hasta que tiene un alma, una idea que la forja y que la inspira. Un golpe de Estado es un mero acto de fuerza que puede, en determinados casos, salvar a un país de la crisis por que atraviese; hasta es posible que pueda ser pródigo en ventajas. Una revolución, iniciada también por un acto de fuerza, tiene un impulso y una orientación ideológica salvadora o catastrófica, propia de ángeles o propia de diablos, y en su trayectoria esparce el bien abundantemente… o es una nueva caja de Pandora.» No utiliza, aunque por entonces ya se ha acuñado, el término totalitarismo.

Cambó publicó Las dictaduras en España, en castellano y en catalán, durante el último año de la dictadura de Primo de Rivera (soy «ciudadano de un país que vive en régimen de dictadura y que ésta, con su actuación, ha ofendido mis sentimientos más arraigados y más íntimos.») Tuvo una considerable difusión, se tradujo a otros idiomas, y dio lugar a una interesante polémica, como veremos próximamente. En Clásicos de Historia ya hemos comunicado una selección de conferencias, discursos parlamentarios, folletos y artículos de Cambó que hemos titulado Un catalanismo de orden; textos 1907-1937.

Giacomo Balla, Marcia su Roma, 1930

lunes, 1 de abril de 2024

Manuel Chaves Nogales, La vuelta a Europa en avión (los reportajes del Heraldo)

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Manuel Chaves Nogales (1897-1944) fue un prestigioso periodista y escritor, doblemente exiliado de los dos bandos de la guerra civil, como tantos otros intelectuales de esos años. En los años veinte fue redactor jefe del Heraldo de Madrid, periódico madrileño de gran tirada, y en los treinta subdirector del nuevo diario Ahora, muy influyente durante la segunda república. Despertaron gran interés sus reportajes y entrevistas, aunque hoy día se le recuerde sobre todo por su A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, colección de relatos ambientados en la guerra civil escritos en 1937, y publicados en periódicos de diferentes países, y como libro en Santiago de Chile ese mismo año. De este autor comunicamos en su día sus Crónicas de la Revolución de Asturias.

En 1928, en los últimos tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, Chaves Nogales lleva a cabo un recorrido periodístico por buena parte de Europa, y entre agosto y noviembre publica en el Heraldo un conjunto de crónicas que arrancan en Madrid, y se desplazan a Francia, Suiza, Alemania y sobre todo Rusia, el verdadero objetivo del viaje: se ocupa de ella en diecinueve de los veintiocho artículos que componen la serie. Recorre durante varias semanas buena parte de Rusia: Smolensk, Moscú, el Cáucaso (con Bakú) y Leningrado:

«Yo he recorrido Rusia de punta a punta, he andado a mi placer por ciudades importantes y por aldeas, he viajado solo, siempre solo, sin decir a nadie a dónde iba ni con qué objeto, en avión, en ferrocarril, en auto y hasta en carro. Nadie me ha molestado nunca, ni me ha pedido un documento, ni me ha puesto la menor dificultad. Tengo, sin embargo, la impresión de que se me han seguido los pasos y de que se ha sabido en todo momento adonde iba y con quién me entrevistaba. Sería cándido suponer lo contrario. Pero no me ha ocasionado ni la más mínima molestia; como si yo fuese el amo de Rusia. Por eso afirmo que la Policía soviética es la mejor del mundo… como policía política.»

Unos meses después, ya en 1929, corregirá y ampliará considerablemente los artículos anteriores, y los publicará en libro con el título La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, cuando todavía perdura la dictadura en España. Tiene cierto interés observar las diferencias entre los artículos y el libro posterior, por lo que hemos incluido algunas notas y, como anexo, algunos pasajes relativos a la estancia del autor en Rusia, no incluidos en las crónicas periodísticas de su viaje.

Puede resultar llamativo el grado de libertad de expresión existente durante la dictadura de Primo de Rivera, a pesar de la existencia de la represión y de la censura previa: Chaves alaba los sistemas democráticos europeos y numerosos aspectos del régimen comunista ruso, y critica otros del español. Generalmente se califica la primera dictadura española del siglo XX como un régimen militar, autoritario y conservador. Y verdaderamente es así, pero al mismo tiempo fue también un régimen reformista que reconoció el voto femenino, que por primera vez nombró a mujeres para cargos públicos (desde concejales hasta parlamentarias), y que gozó del apoyo y colaboración de socialistas y ugetistas como Largo Caballero y de la propia organización…

Otra cuestión interesante es el plantearnos si podemos incluir a Chaves entre los abundantes intelectuales compañeros de viaje de los soviéticos en los años veinte y treinta. Se puede constatar su admiración sincera por muchas de las realizaciones que han llevado a cabo los comunistas, su creencia en que verdaderamente son los proletarios (esto es, los trabajadores industriales) los que ejercen y disfrutan el poder, su certidumbre de la pureza de motivaciones de los bolcheviques, su convicción en el apoyo absoluto de la población a los comunistas…

Pero Chaves también certifica la carencia absoluta de libertad de expresión, así como el talante represivo, militarista, burocrático y policíaco del régimen, y exclama: «Los bolcheviques no han conseguido sino aquello que los socialistas van logrando en los países capitalistas por medio de un procedimiento evolutivo. ¡Y para conseguir tan poco han sido necesarias esas infamias, esos crímenes de la Checa, las matanzas de Arkángel, el hambre, la guerra civil, el bloqueo, los niños abandonados y el Ejército Rojo!»

¿En qué quedamos? Quizás la explicación de esta ambivalencia nos la proporciona el mismo Chaves Nogales en las líneas primeras de su libro: «Para ponerse a escribir en los periódicos hay que disculparse previamente por la petulancia que esto supone, y la única disculpa válida es la de contar, relatar, reseñar. Contar y andar es la función del periodista (...), que no reclama la atención del lector si no es con un motivo: contarle algo, informarle de algo. Claro es que ésta no es la única misión del periodista, ni siquiera la más importante. Pero es la única que puede uno proponerse si no quiere sentar plaza de mixtificador.»

Y luego: «No aspiro a que cuanto digo tenga autoridad de ninguna clase. Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado, montado en un avión, describo paisajes, reseño entrevistas y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no les doy. Admito la posibilidad de equivocarme. Mi técnica —la periodística— no es una técnica científica. Andar y contar es mi oficio.»

lunes, 18 de marzo de 2024

Guillén de Lampart, Proclama por la liberación de la Nueva España y otros textos (1640-1651)

Retrato ideal en el monumento
a la Independencia (Méjico)

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Entre 1648 y 1664, Gregorio Martín de Guijo recogió en su diario todo tipo de acontecimientos y noticias locales de Ciudad de Méjico. En 1659 se refiere así a la celebración de un auto de fe: «Miércoles 19 de noviembre, a las seis horas de la mañana… y tras ellos empezaron a salir los penitenciados, que fueron en número de 32, y entre ellos negros y negras que habían renegado, y dos mulatas hechiceras… y luego se siguieron ocho hombres con sus capisayos y corozas para ser quemados, y entre ellos don Guillén de Lombardo, que había 17 años que estaba preso, y a todos ellos les acompañaban frailes de todos órdenes, y a don Guillén acompañaba el padre fray Francisco de Armenta, del orden de la Merced, catedrático de prima de teología… habiendo entregado al corregidor o remitido los que habían de ser quemados a las cuatro de la tarde…»

El reo citado era William Lamport, también conocido como Guillén de Lampart o Guillermo Lombardo de Guzmán, modélico ejemplo de hombre barroco desaforado. Ya hemos comunicado anteriormente otras vidas desbocadas de esos tiempos, como las de Jerónimo de Pasamonte, Catalina de Erauso, Alonso de Contreras, Thomas Gage, Alexandre Olivier Exquemelin... Lampart había nacido en Irlanda en 1611, y muy joven (posiblemente todavía niño) se trasladó a España como harán tantos compatriotas suyos a lo largo de varios siglos. Siguió estudios (en Santiago, en El Escorial) que le proporcionaron conocimientos de cierta consideración y un buen dominio de la cultura latina. Quizás los interrumpió para marchar a la guerra, pero en cualquier caso en 1640 se embarca en la flota de las Indias, formando parte del séquito del nuevo virrey de la Nueva España.

Se estableció en Ciudad de Méjico, donde se gana la vida con dificultad durante un par de años. Pero todo se le trastocó repentinamente, como nos cuenta Gonzalo Lizardo: «Aprehendido por el Santo Oficio el 26 de octubre de 1642, Lombardo protagonizó un tormentoso proceso que duró diecisiete años, durante los cuales realizó una fuga espectacular, pero malograda. Finalmente, fue quemado en la hoguera, el 19 de noviembre de 1659, por ser fautor y defensor de herejes, dogmatista inventor de otras nuevas herejías, alumbrado, sectario de Pelagio y Lutero, amén de practicar la astrología, hacer hechizos y pactar con el demonio.» No resulta original esta trayectoria, pero hay dos aspectos que lo hacen destacar sobre otros casos parecidos.

En primer lugar su ingente obra manuscrita, iniciada antes de su encarcelamiento y continuada con impulso grafómano después, que paradójicamente ha sobrevivido gracias a su proceso por parte de la Inquisición. En esta entrega de Clásicos de Historia vamos a incluir su proyecto de independencia de Irlanda (bajo la tutela de España), un informe a Felipe IV sobre los problemas en el virreinato, un nuevo proyecto de independencia, ahora de la Nueva España y otras provincias ultramarinas (bajo su propio gobierno como rey o emperador), un cartel de desafío a los inquisidores cuando brevemente se escapa de la cárcel, y su más extenso Cristiano desagravio y retractaciones. Después se concentrará en la redacción de su obra mayor, el Regio Salterio, compuesto por 918 salmos y 17 himnos, todos ellos en latín. Y aun se conservan «sus pocos poemas en español, sus epístolas, sus proclamas, sus panegíricos en latín, sus criptografías, sus pequeños tratados agrimensores, militares y astrológicos, además de las múltiples páginas que redactó en la cárcel para defender su causa», aún inéditas, según indica Gonzalo Lizardo.

El otro aspecto que hace memorable al personaje es su personalidad fantasiosa, fabuladora y falaz, que le llevan a inventarse a sí mismo con un prodigioso trastoque de su biografía, que ignora sus múltiples contradicciones, y que siempre pretende exaltarse en grado sumo en su linaje y en sus capacidades y acciones intelectuales, militares, políticas y religiosas. Descendiente de reyes y aristócratas, hijo de Felipe III, autor con diez años de una crítica al rey Carlos I de Inglaterra (en realidad reinaba Jacobo VI), lo que le obliga a expatriarse. Es capturado por piratas que le hacen su almirante, cargo que ejerce victoriosamente durante tres años hasta reconciliarlos con el rey de España, a los catorce años de edad… Luego, una exitosa carrera militar, política y diplomática por cuenta de Felipe IV y del conde duque de Olivares, que le conceden todo tipo de títulos, hábitos y recompensas. Después, enviado a las Indias como una especie de egregio super-espía. Y finalmente su plan para coronarse rey de la América citerior (aunque en algún momento posterior se justificará diciendo que era un mero medio para descubrir a los traidores…)

Tras varios siglos de olvido, desde el porfiriato fue recuperado el personaje como precursor de la independencia mejicana, y reinterpretado de múltiples modos; héroe nacional, héroe trágico, antihéroe tragicómico, desequilibrado convencido de sus delirios…

Quizás podamos apreciarlo de otro modo, como un fenómeno no tan sorprendente sino representativo de la crisis que atraviesa la Monarquía Hispánica por esos tiempos. No habían sido excepcionales los hijos naturales que alcanzan un elevado rango (don Juan de Austria), ni los simuladores que se hacían pasar por altos personajes (el Pastelero de Madrigal, relacionado con la hija natural del anterior), Y tampoco las rebeliones y conspiraciones en distintos estados de la monarquía (Cataluña, Portugal, Nápoles, Andalucía, Aragón…) Por otra parte, la situación interna de la Nueva España es compleja y delicada, con la presencia abundante e influyente de mercaderes portugueses (algunos de ellos cristianos nuevos), y el enfrentamiento entre el virrey, duque de Escalona, y el visitador general y obispo de Puebla, Juan de Palafox, y de éste con los jesuitas. El primero resultará sospechoso por sus lazos familiares con el nuevo rey de Portugal, y será sustituido por el segundo.

En estas circunstancias pudo verse implicado Lampart con una participación secundaria magnificada por su megalomanía, que acabó por devorarle y convertirle en víctima. Su afición por la astrología, los sortilegios y la nigromancia hicieron el resto, y le conducirán a las cárceles de la Inquisición. Y su prolongada prisión posiblemente se debió tanto a la competencia entre las distintas autoridades que se entrecruzan y que toman decisiones opuestas (el Rey y la Suprema que reclaman al reo desde Madrid, la Inquisición local...), como a la propia actitud combativa y pleiteadora de Lampart, que arguye con múltiples razones religiosas, históricas y morales; que recusa y acusa a sus jueces; que se retracta y arrepiente, y por ello se considera merecedor de elogios y agradecimientos.

Su escritura durante estos años es ingente e incesante, con frecuencia abstrusa, recargada y falsaria. Cita, comenta y parafrasea todo tipo de autores, desde los pensadores de la Antigüedad hasta las obras de Cervantes, María Zayas y Calderón, del que se identifica con el príncipe Segismundo. Ante esta obra descomunal, Gonzalo Lizardo sostiene que «algunos, finalmente, sospecharán que todo —su conjura, sus desacatos, sus provocaciones, su fuga, su recaptura— fue una estrategia de ese pirata irlandés, humanista español y hereje novohispano, para conseguir que sus escritos sobrevivieran y así me pudiera eternizar en otro siglo que fuera, como Lombardo llegó a sugerir en su proceso.»

En algún momento anterior a su viaje a Méjico, Lampart encargó o realizó este imaginativo escudo, con corona de marqués. En los cuarteles, un águila bicéfala con corona imperial (¿Habsburgo?), un león rampante con una media luna, un arpa coronada (¿Irlanda?), y tres calderos al fuego. Según Fabio Troncarelli, es una reinterpretación de las armas de los Lamport de Ballyhire.

lunes, 4 de marzo de 2024

Carlos Pereyra, La obra de España en América

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«La tendencia del autor es esencialmente crítica. Estima que una admiración indiscreta daña tanto o más que una hostilidad cerrada, sobre todo cuando lo que se busca no es defensa de causas sino descubrimiento de verdades. Convertir leyendas negras en leyendas blancas es tan ilegítimo para la crítica como lo contrario. Y en los tiempos de fineza analítica que alcanzamos, puede ser más temible para los que escriben sobre asuntos históricos verse condenados por una sonrisa que por una franca desaprobación.»

Así manifiesta su propósito Carlos Pereyra; y el lector, también críticamente, valorará hasta qué punto lo alcanza. La obra de España en América se publicó en 1920, y más que un estudio histórico es un combativo ensayo contra la leyenda negra (está reciente la publicación del libro de Julián Juderías), y en un segundo plano, también contra la actuación de los Estados Unidos en la llamada América latina. Predomina, por tanto, lo comparativo: no oculta desmanes ni desmesuras, aunque tiende a pasar a la ligera sobre ellos; y se centra en buena medida en los resultados, valorados positivamente, de la conquista y la colonización, en comparación con las de franceses, ingleses y norteamericanos:

«Se afirma aquí la admiración a España, pero es una admiración que nace del objetivismo, del estudio ecuánime de los hechos, emprendido con espíritu desinteresado… La obra de España fue colosal. Lo fue militarmente. Pero se muestra más grande aún en el orden económico y en el orden moral. Todo ello aparece aquí con el propósito de señalarlo francamente, para despertar sentimientos de admiración. Pero como esos sentimientos no existían en el autor antes de comenzar sus estudios, y como le fueron sugeridos por vía tan indirecta que muchos de ellos nacieron revisando afirmaciones antiespañolas de historiadores a quienes consideraba en posesión de la verdad, tienen toda la desinteresada pureza de su origen intelectual.»

El jurista, diplomático e historiador mejicano Carlos Pereyra (1871-1942) fue uno de los numerosos intelectuales americanos hispanófilos (hoy un tanto difuminados con el auge/moda del indigenismo). En el centenario de su nacimiento Luis Rublúo Islas, historiador, poeta y ensayista mejicano fallecido recientemente, reinterpretaba así las críticas con que se le motejaba: «lo llaman reaccionario, conservador e hispanista; términos, los primeros dos, tan elásticos y caprichosos como oír de algunos, revolucionario y socialista… En cuanto al tercer vocablo, ¡en buena hora existe el hispanismo, como el helenismo y el hebraísmo! Términos que sintetizan el esfuerzo gigante de culturas que no reconocen tiempo ni espacio, el único poder humano perdurable y siempre bien recibido… Pereyra como reaccionario llevó simplemente la acción contraria a la opinión y al hecho que juzgó equivocados, y como conservador guardó los principios para darlos en oportunidad como guía para seguir un camino, el único permitido al hombre para conservar su fe en el futuro; como hispanista, por último, observó nítidamente las raíces de una cultura que nos honra y anticipa ahora de nuestra condición como grupo humano.»

Oswaldo Guayasamín

lunes, 19 de febrero de 2024

Pedro Mártir de Anglería, Cartas del Nuevo Mundo 1493-1525

Retrato de un humanista, atribuido a Scorel
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Con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento de América, Marcelino Menéndez y Pelayo se ocupó del autor de esta semana en su ensayo De los historiadores de Colón:

«El humanista milanés Pedro Mártir de Anglería o Anghiera, andante en corte de los Reyes Católicos y de sus sucesores desde 1488 a 1526, preceptor de la juventud cortesana en las artes liberales; canónigo de Granada, que vio conquistar; primer Abad de la Jamaica, donde no residió nunca; embajador al Sultán del Cairo; miembro del primitivo Consejo de Indias; corresponsal asiduo de Papas, Cardenales, príncipes, magnates y hombres de letras, ofrece en su persona uno de los más antiguos y señalados tipos del periodismo noticiero. Mientras otros latinistas se esforzaban en renovar las formas clásicas de la historia y vestir con la toga y el laticlavio a los héroes contemporáneos, él escribía al día, en una latinidad moderna muy abigarrada y pintoresca, muy llena de chistosos neologismos, cuanto pasaba a su lado, cuantos chismes y murmuraciones oía, dando con todo ello incesante pasto a su propia curiosidad, siempre despierta, y a la de sus amigos italianos y españoles.

»Tenía para su oficio la gran cualidad de interesarse en todo y de no tomar excesivo interés por ninguna cosa, con lo cual podía pasar sin esfuerzo de un asunto a otro, y dictar dos cartas mientras le preparaban el almuerzo. Acostumbrado a tomar la vida como un espectáculo curioso, gozó ampliamente de cuantos portentos le brindaba aquella edad, sin igual en la historia, y estuvo siempre colocado en las mejores condiciones para verlo y comprenderlo todo, desde la guerra de Granada hasta la revuelta de las Comunidades. Su espíritu, generalmente recto, propendía más a la benevolencia que a la censura, sobre todo con aquellos de quienes esperaba honores y mercedes que contentasen su vanidad, muy subida de punto, aunque inofensiva, y su muy positivo amor a las comodidades y a las riquezas, que la fortuna le concedió ciertamente con larga mano.

»Hombre de ingenio fino y sutil, italiano hasta las uñas, quizá presumía demasiado de su capacidad diplomática; pero poseyó en alto grado el don de observación y el conocimiento de los hombres. Sus juicios no han de tomarse por definitivos, pero reflejan viva y sinceramente la impresión del momento. Él mismo, como todos los escritores de su género, rectifica a cada paso y sin violencia alguna lo que en cartas anteriores había consignado. El Opus Epistolarum es un periódico de noticias en forma epistolar, dividido en 812 números, y así es como debe juzgarse. Por desgracia, no lo poseemos en su forma primitiva. Retocado por el autor cuando había perdido ya la memoria de muchos incidentes, refundido (probablemente) después por mano desconocida, que dio a la mayor parte de las cartas una cronología absurda, barajó unas con otras y quizá se permitió graves intercalaciones, el Opus Epistolarum comienza a ser mirado como documento sospechoso (...) Tal paradoja no ha prosperado mucho, porque el carácter personalísimo de la correspondencia y el tono de actualidad que en ella reina parecen alejar la idea de un fraude, cuyo objeto tampoco se comprende; pero siempre quedan en pie graves sospechas de adulteración, y el testimonio de Pedro Mártir, cuando no está confirmado por otras autoridades más seguras, no obtiene ya aquella ilimitada confianza que le daba Prescott, por ejemplo.

»Afortunadamente, para nuestro objeto, estas dudas importan poco, puesto que no son muchas ni muy extensas las cartas del Opus Epistolarum que hablan de Colón, si bien todas ellas son curiosísimas como primeras nuevas y boletines de la victoria lograda sobre el Océano. La obra de Pedro Mártir que derecha y exclusivamente se refiere a los descubrimientos de América, es decir, sus ocho Décadas de Orbe Novo, no han sido de autenticidad sospechosa para nadie ni pueden serlo, puesto que en parte fueron publicadas en vida del autor mismo. De la veracidad de sus noticias responde no menor autoridad que la de Fr. Bartolomé de las Casas. “De los que escribieron cerca de estas primeras cosas, a ninguno se debe dar más fe que a Pedro Mártir, que escribió en latín sus Décadas, estando aquellos tiempos en Castilla, porque lo que en ellas dijo tocante a los principios fue con diligencia del mismo Almirante, descubridor primero, a quien habló muchas veces, y de los que fueron en su compañía inquirido, y de los demás que aquellos viajes a los principios hicieron. En las otras, pertenecientes al discurso y progreso destas Indias, algunas falsedades sus Décadas contienen.”

»Tenemos, pues, en las Décadas de Pedro Mártir una nueva versión de origen colombino (a lo menos en su mayor parte), favorable por consiguiente al descubridor, menos detallada y menos técnica que la de sus diarios y cartas, más artificiosa que la de Bernáldez: acomodada en suma al paladar del público letrado de Italia, que ávidamente devoraba estas Décadas, dando ejemplo de ello el mismo Papa León X, que las leía de sobremesa a su sobrina y a los Cardenales. Pedro Mártir debía buscar, por sus instintos de periodista, lo más ameno, lo más exótico, lo más pintoresco y divertido de aquella materia novísima, deteniéndose sobre todo en las rarezas de historia natural y en notar maligna y curiosamente los ritos y costumbres y supersticiones de los indígenas en aquello que más contraste presentaban con los hábitos del Viejo Mundo. Predominan en él, por consiguiente, los detalles antropológicos, y algunos se encuentran por primera vez en sus Décadas. sirva de ejemplo la exposición de la mitología de los indios en la Española, tomada de un librillo manuscrito que había compuesto Fr. Román Pane, de la Orden de San Jerónimo, primer catequista de aquellos salvajes; libro que luego insertó a la letra don Fernando Colón en la biografía de su padre. Esta especie de carnosidad científica realza sobremanera el libro de Pedro Mártir, además del habitual agrado de su estilo, incorrectísimo ciertamente y nada clásico, pero muy suelto, chispeante e ingenioso (...)

»De todos modos, es harto evidente el servicio que Pedro Mártir hizo a la historia de nuestro más glorioso reinado para que por defectos de forma hayamos de regatearle sus méritos de observador incansable y curioso, no menos que de abreviador sensato y lúcido. Trabajó, como Bernáldez, sobre papeles del Almirante, y además recogió de la tradición oral muchas noticias, porque “hablaba con todos y todos se holgaban de darle cuenta de lo que veían y hallaban, como a hombre de autoridad, y él que tenía cuidado de preguntarlo”, según dice Fr. Bartolomé de las Casas. Estaba en Barcelona en 1493, y presenció el triunfal recibimiento de Colón, sobre el cual por raro caso guardan absoluto silencio los documentos de nuestros archivos. El Almirante mismo le escribía de continuo y vivía con él en íntima familiaridad, intima familiaritate devinctus, como quien le había conocido aún antes de la toma de Granada. Tuvo, por consiguiente, las mejores ocasiones de informarse: convidaba a los conquistadores a su mesa, los abrumaba a preguntas como un reporter, y con el buen juicio que tenía, procuraba separar de sus relaciones la parte de hipérbole y de vanagloria. Algunas veces tropezó, no obstante, por la ligereza con que escribía; otras por falta de conocimientos náuticos.»

En esta entrega de Clásicos de Historia reproducimos las cartas en que Pedro Mártir se ocupa del Nuevo Mundo. La traducción procede del primer tomo de Joaquín Torres Asensio, Fuentes históricas sobre Colón y América, Madrid 1892. Los correspondientes textos originales en latín los hemos extraído de Opus epistolarum Petri Martyris Anglerii mediolanensis, París 1670.

lunes, 5 de febrero de 2024

Juan Moneva y Puyol, Política de represión y otros textos

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Julián Marías, en su siempre sugestiva España inteligible, caracterizaba así las circunstancias a las que nos acercamos esta semana: «A medida que la modernización de España se va consiguiendo, que la industrialización va teniendo más peso en la economía y la sociedad, el problema obrero se hace más apremiante. Y a esto se añade que los movimientos de resistencia, o francamente subversivos como el anarquismo, se extienden al campo, donde las condiciones de vida son precarias... Las organizaciones son más poderosas, más capaces de presión; se reacciona a ello con temor o coacción, más que con esfuerzos de plantear inteligentemente los problemas; las tensiones aumentan. Esta situación es aprovechada con fines estrictamente políticos, en ambos sentidos; no se buscan, o demasiado poco, soluciones técnicas que procuren el aumento de la riqueza, muy escasa, y una distribución más justa de ella… Acontecimientos como la Semana Trágica en Barcelona (1909) o la huelga general de 1917 agravan la situación. Cada vez más van tomando cuerpo la subversión y la represión, actitudes que hacen imposible el diálogo, y más aún el tratamiento razonable de los problemas reales… Finalmente, sobre todo en Cataluña y en su tendencia anarquista, se producirá una oleada de terrorismo obrerista, combatido en ocasiones por otro de signo contrario, y las tensiones llegarán a tener suma gravedad.»

Son los años de plomo, una época de luchas sociales en progresión constante. Y es en 1921 cuando el abogado y catedrático de Derecho Juan Moneva y Puyol pronuncia la interesante conferencia que presentamos, en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid. En ella parte de la evidencia todavía negada por muchos: existe una auténtica guerra social, con los mismos modos y procedimientos y justificaciones de la guerra militar. Ambas son equiparables. Ahora bien, con esta afirmación no quiere dignificar la guerra social: le niega cualquier tipo de gloria al igual que hace con la guerra militar. «Los intelectuales, los hombres de paz, y más que todo eso, los cristianos, no tenemos para qué distinguir especies de guerra; todas las guerras, toda clase de guerras, son catálogos de hechos tales que cada uno, en sí, es crimen patente.»

Clases acomodada y proletaria se encuentran enfrentadas, ambas defendiendo su derecho al bienestar. Y hoy por hoy no existe un superior dirimente que haga justicia, que reconozca a cada una lo que corresponde. Al contrario, los gobiernos toman partido por los fuertes, los acomodados, y quieren solucionar el enfrentamiento mediante la aplicación de la ley, mediante la represión. Y hay un error de fondo en ello, el de caracterizar como delitos tan sólo a los crímenes de la otra clase, mientras se toleran, se disimulan o se embellecen los de la propia. Todo el rigor se reserva para el enemigo: «ha habido represión; está habiendo represión; no es calculable el término de ella, y en cada disposición represiva no es tan de temer el rigor de una Autoridad, sanguinaria que fuese, como la inevitable abdicación de esa Autoridad en el criterio de sus informadores», esto es, de la arbitrariedad. Y refiere listas de proscripciones, torturas, ley de fugas…

Pero Moneva no atribuye el mal sólo a gobernantes y acomodados, sino a la violencia que caracteriza a la sociedad española. «El pueblo español es sanguinario… desde niños aprenden la violencia, padecida de todo mayor con quien topan; a veces también les es enseñada la crueldad como virtud en las figuras de los grandes atormentadores de individuos y pueblos; Cortés y Pizarro son más glorificados en las escuelas de primera enseñanza que San Francisco de Asís y que Newton.» Y, con ribetes de profecía, se lamenta: «es la revelación de una conciencia colectiva, y también un augurio de cómo será cada generación así formada.» Y concluye: «la Justicia no ha de venir de superponer una mano a otra mano en señal de triunfo y de dominio, sino de juntar una mano a otra mano en alianza de amor; y esto sin ilusiones de una Arcadia inactual, utópica y fantástica, mas en realidad social plena de Paz lograda por el sacrificio de todos, principalmente por el sacrificio de quien tiene muchas ventajas que sacrificar.»

Completamos el texto de esta conferencia con varios artículos de prensa en los que Moneva se refiere a concretos conflictos sociales y políticos, y a la represión que provocan. Podríamos considerarlo aplicaciones prácticas de lo anterior. Los tres primeros se refieren a unos asesinatos en el marco de un duro conflicto laboral en la Zaragoza de 1920. Otro, de 1931, se refiere al revanchismo y represión que ha emprendido la nueva clase dirigente contra los considerados enemigos políticos de la naciente república. La crítica en este sentido se agudiza al año siguiente, y le lleva a recordar la conferencia de 1921; y en otro artículo posterior a la sublevación de Sanjurjo insiste en la necesidad de reconciliación. Los acontecimientos, como sabemos, evolucionaron en sentido contrario, y cuando en 1936 España llegue a la senderiana «orilla donde sonríen los locos», todavía levantará públicamente la voz en el último artículo que publicamos, con un transparente llamamiento al cese de fusilamientos y represión desaforada que se ha generalizado.

Moneva, desde su arraigado talante moral que le había impuesto enfrentamientos y denuncias de diversas autoridades en tiempos de la monarquía, de la dictadura de Primo de Rivera y de la República, aprovechará ahora su prestigio y relaciones, y multiplicará las gestiones en este sentido. Naturalmente esta actitud le saldrá cara: temporalmente suspendido de empleo y sueldo, multado y sometido a proceso por parte primero de la Comisión Depuradora de Universidades, y después por el Tribunal de Responsabilidades políticas. De todos ellos, sin embargo, saldrá bien parado. Incluimos en esta entrega los dos escritos con los que se defiende de los cargos que se le imputan, así como algunos de los informes que se presentaron. 

Juan Moneva y Puyol (1871-1951) fue un destacado intelectual aragonés. Su carácter tan personal, su independencia de criterio, su tendencia a la contradicción, hicieron de él un personaje popular fuente de continuas anécdotas en la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX. Se licenció en Química y en Derecho, fue abogado ejerciente y catedrático de Derecho canónico. Pero sus intereses superaron su dedicación oficial, al igual que ocurre con el catedrático de griego que fue Unamuno. Durante gran parte de su vida fue un fecundísimo colaborador de la prensa. Se ocupó de gran variedad de temas, pero entre todos ellos destacan los aragonesistas (un tanto al modo de Cambó), los pedagógicos (centrados en la enseñanza universitaria, lo que le depara algunos enfrentamientos con sus compañeros y algún expediente), los políticos (especialmente en tiempos de la segunda república), y siempre los moralistas. Aunque se han publicado diversas selecciones de sus artículos, muchos quedan todavía enterrados en las hemerotecas...

Jesús Bogarín Díaz, en su contribución a La memoria del jurista español (2019) lo califica así: «además de destacar su mérito en la ciencia canonística que oficialmente profesó, podríamos describir a don Juan Moneva Puyol, siquiera de modo impresionista, llamándolo de estirpe zaragozana, hombre de gran personalidad, docente práctico, erudito investigador del derecho histórico aragonés, defensor y promotor del derecho foral, apasionado aragonesista, exiliado canónico en Huesca, amigo no separatista de Cataluña, examinador multilingüe, innovador en el mundo de la fotografía, reconocido lingüista y, en particular, lexicógrafo, pionero laboralista, político escasamente militante, literato cabal, crítico literario y tertuliano… a man for all seasons

E indudablemente, un Quijote.