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jueves, 11 de enero de 2018
Juan de Mariana, Tratado sobre los juegos públicos
Juan de Mariana, del que ya hemos comunicado diversas obras, publicó en 1609 sus Joannis Marianae septem tractatus, de los que extraemos el que hoy nos ocupa. En el segundo volumen de su edición de una selección de sus obras, Pi y Margall la presentaba así: «En su tercer tratado, De spectaculis, traducido por el mismo Mariana al castellano y publicado en esta colección, denuncia los escandalosos abusos del arte teatral en aquella época, y se declara contra ella, si bien ya al fin de su libro, haciéndose cargo de que no ha de lograr desterrarle de su patria, propone para su reforma una multitud de medidas que han sido adoptadas en siglos posteriores, y algunas en nuestros mismos tiempos. Se hace cargo también de la prostitución, y al paso que reconoce la triste necesidad de tolerarla, declama con sobrada justicia contra el establecimiento de los lupanares y contra toda intervención oficial que pueda darle cierto carácter de legitimidad y mas o menos directamente autorizarla. Este tratado es digno de ser consultado por las noticias que da acerca del teatro antiguo, y más que todo por su teoría sobre el placer de que nos hemos ocupado en la división primera de nuestro Discurso.» Y también reflexiona sobre el arte del toreo.
martes, 27 de enero de 2015
Juan de Mariana, Tratado y discurso sobre la moneda de vellón
Juan de Mariana, de quien ya hemos presentado su Historia general de España y su Del rey y de la institución de la dignidad real, publicó en 1609 en Colonia un volumen en latín titulado Ioannis Marianae septem tractatus. Entre los ensayos que contenía se encontraba este De monetae mutatione, que más tarde será traducido por su propio autor, aunque no impreso, a causa del revuelo que produjo su contenido original, repitiéndose la agitación que años atrás había producido el De rege et regis institutione, con su defensa del regicidio. Este nuevo escándalo nos lo cuenta así Lucas Beltrán, en el estudio que le dedica:
«El duque de Lerma, favorito de Felipe III, creyó que este trabajo le atacaba personalmente y dio orden a los representantes de España en las capitales europeas de comprar y recoger en las librerías los ejemplares que encontrasen. Parece que la orden fue tan bien cumplida que pocos de ellos se salvaron de ser destruidos, y menos numerosos todavía fueron los que lograron entrar en España. (…) La Inquisición le procesó y en septiembre de 1609 fue preso y conducido al convento de San Francisco de Madrid. Mariana tenía setenta y tres años, pero mostró firmeza durante el proceso, reconoció que era el autor de los siete libros publicados en Colonia y no se retractó de nada de lo que allí estaba escrito. Tras un año de reclusión en el convento y de haberse comprometido a no reimprimir el trabajo De monetae mutatione sin hacer en él ciertas correcciones, fue puesto en libertad sin condena y regresó a Toledo.»
¿Cuál es el escandaloso contenido de esta obra? El autor parte de los presupuestos políticos analizados en la anterior obra citada: quiere delimitar los campos por los que se extiende la autoridad real, como consecuencia de de la primitiva delegación del poder por parte de los que pasaron entonces a ser sus vasallos. Son rechazables todas las extralimitaciones, que tenderán a convertirlo en tirano: en ningún caso el rey es el propietario del reino y de los bienes que contiene. Sin embargo para cumplir su función requiere de de recursos, que obtendrá por medio de los tributos que sus vasallos consientan en concederle. Mariana observa que en ocasiones los reyes acuden a un subterfugio para aumentar sus recursos, y es manipular el valor de la moneda disminuyendo la cantidad de metales preciosos que contiene. A partir de aquí, el autor realizará un exhaustivo análisis económico y moral de sus consecuencias en la sociedad.
El pensamiento económico de Mariana ha atraído a muchos autores, aunque cada uno de ellos lo ha interpretado de modo diferente en función de la propia ideología (tomamos las referencias del estudio antes mencionado): Pi i Margall, que editó un buen número de obras de Mariana en la Biblioteca de Autores Españoles, lo percibe teocrático. Años después Joaquín Costa, en cambio lo considera defensor del colectivismo. Ya en el siglo XX, Diego Mateo del Peral observa su talante social que le lleva a ocuparse por los perjuicios que provoca la alteración de las moneda entre los más desfavorecidos. Por último, para Lucas Beltrán esta obra es ante todo «una defensa de la propiedad privada, de la democracia política, de los presupuestos equilibrados y de la moneda sana de valor estable, que resulta ventajosa para todas las clases sociales. Si no conociéramos ninguna otra obra del autor, no dudaríamos en calificarle de economista liberal.»
martes, 16 de septiembre de 2014
Lupercio Leonardo de Argensola, Información de los sucesos del reino de Aragón en los años 1590 y 1591
En el Sumario de lo que aconteció los años adelante, Juan de Mariana resume así los acontecimientos de que se ocupa el libro que presentamos:
«Antonio Pérez, secretario que fue del rey, y que en algún tiempo tuvo mano y cabida en la casa real, después que estuvo preso por espacio de más de doce años, se huyó de la cárcel, donde le tenían en Madrid por el mes de abril del año pasado. Pasó a Aragón para presentarse delante el justicia de Aragón y dar razón de la muerte que hizo dar al secretario Escobedo una noche al salir de palacio, junto con otras cosas que le achacaban. La alegría que con su llegada y huida recibieron algunos inquietos, en breve la trocaron en tristeza y en lágrimas. Tales son las cosas humanas. Fue así, que a 24 de mayo de este año de (15)91, de la cárcel del justicia de Aragón pasaron el preso a la de los inquisidores. El pueblo tomando las armas y apellidando libertad acometieron las casas donde estaba don Íñigo de Mendoza, marqués de Almenara, ministro por el rey; teníanle antes de esto sobre ojos, y así no pararon hasta que le dieron la muerte. Después de esto, con el mismo furor y rabia acudieron a la Inquisición con intento de quebrantar aquella cárcel, sin desistir hasta tanto que Antonio Pérez fue vuelto a la primera donde estaba. Lo que resultó fue que a 24 de septiembre se levantó otra vez el pueblo porque querían volver el preso a la Inquisición, y quebrantada la cárcel de la manifestación, le pusieron en libertad; hubo en esta revuelta algunos muertos y huidos. Antonio Pérez poco después se huyó a Francia, donde murió pasados algunos años.
»Aquellos ciudadanos revoltosos en breve pagaron el alboroto que levantaron, porque un buen ejército fue a Zaragoza, por general don Alonso de Vargas, soldado viejo y de muy gran valor, muy ejercitado en las guerras de Flandes y de gran renombre, por cuya diligencia el atrevimiento de aquellos ciudadanos fue reprimido; muchos perdieron las vidas; entre otros el mismo justicia de Aragón don Juan de Lanuza fue el primero que pagó con la cabeza por salir, como salió, con gente contra el estandarte real. También cortaron las cabezas a don Diego de Heredia y don Juan de Luna, que fueron los principales atizadores de aquel alboroto, sin otro buen número de personas justiciadas. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda fueron presos y enviados a Castilla, donde en breve fallecieron en la prisión; mas después los dieron por libres de traición. Para asentar las cosas de aquel reino se juntaron Cortes en la ciudad de Tarazona, y por presidente don Andrés de Bovadilla, arzobispo de Zaragoza. El mismo rey, tomando el camino de Valladolid, de Burgos y de Pamplona, últimamente al fin del año 1592 llegó a la dicha ciudad; iban en su compañía la infanta doña Isabel y su hermano el príncipe don Felipe, al cual en Pamplona y Tarazona juraron por heredero de aquellos estados. Por esta manera, casi pasados dos años después que las revueltas de Aragón comenzaron, castigados los culpados y puestas guarniciones en Zaragoza y en otros lugares, concluidas las Cortes de Tarazona, los alborotados últimamente se sosegaron, avisados por la experiencia y por su daño, que si los ímpetus de la muchedumbre son grandes, las fuerzas del rey son mayores; que el atrevimiento sin fuerzas es vano, y las más veces el pueblo se alborota para su mal.»
La insurrección zaragozana tuvo una gran repercusión, dentro y fuera de España, pero en el debate posterior se mezclaban por un lado desde la defensa de la monarquía hispánica, la condena al particularismo aragonés por la resistencia hecha al rey y los atentados a sus representantes, y por otro lado la crítica al autoritarismo tiránico de Felipe II (desde la naciente leyenda negra, en buena medida propiciada por los escritos del mismo Antonio Pérez). En 1604, y entre ambas posturas, los diputados de Aragón (buena representación de sus élites) encargaron al ilustre Lupercio Leonardo de Argensola, a la sazón cronista del rey en Aragón, la composición de un escrito que defendiera tanto la lealtad mayoritaria de los aragoneses a su soberano, como la excelencia del sistema foral del viejo reino. El barbastrense lo redactó, nos cuenta, en apenas quince días. Sin embargo, tardará dos siglos en imprimirse, al rechazar el autor las modificaciones que quiere imponer el regente de la cancillería, doctor Torralba. Recupera, por tanto, el original y se niega a publicarlo, aunque circularán profusamente copias manuscritas.
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| Manuel Ferrán Bayona, Antonio Pérez liberado por el pueblo aragonés en 1591 (1860) |
domingo, 10 de agosto de 2014
Juan de Mariana, Del rey y de la institución de la dignidad real
«El príncipe, pues, jamás debe creer que es señor de la república y de cada uno de los súbditos, por más que sus aduladores se lo digan; sino que debe juzgarse como un gobernador de la república, que recibe cierta merced de los ciudadanos, la cual no le es permitido aumentar contra la voluntad de ellos. No obstante esto, se le ofrecerán medios honrosos para acumular tesoros y enriquecer el erario público, sin que los pueblos se muestren sentidos; lo uno con los despojos de los enemigos, como lo hizo en cierta ocasión Paulo en Roma, que habiéndose apoderado del tesoro real de los macedonios, tan gran cantidad de dinero atrajo al erario, que con sola la presa que hizo de un solo rey, bastó para no tener necesidad de imponer contribuciones a su pueblo; y lo otro, por el grande cuidado que debe tener de los impuestos, evitando que sean presa de los cortesanos y otros ministros; y de este modo, ¿cómo no quitará la ocasión al robo de las rentas reales? ¿A cuántos fraudes y engaños no está expuesto el manejo de los caudales públicos? Además de esto, la modestia, la sencillez del palacio del príncipe, que es el mayor lauro de los reyes, equivale a grandes riquezas para conservar la república en la paz y en la guerra. Éstas son las verdaderas riquezas que se adquieren sin envidia y sin daño.»
Lo dice Juan de Mariana (1536-1624), de quien ya hemos presentado su Historia general de España, con la que iniciamos este blog de clásicos históricos. La obra que ahora presentamos, se escribió en la época de apogeo de los reyes autoritarios, con los siguientes objetivos: analizar y justificar las monarquías, exponer sus límites, educar al príncipe (se dirige al futuro Felipe III) y determinar sus obligaciones. Sin embargo, la polémica surgirá en lo concerniente a los casos en que el autor admite el tiranicidio, que ejemplifica con el caso reciente de Enrique III de Francia. El preilustrado Pierre Bayle, en su Dictionnaire historique et critique, condena este libro inquietante y venenoso, «que l'Espagne et l'Italie laissèrent passer, et qui fut brûlé a Paris, par arrêt de parlement, à cause de la pernicieuse doctrine au'il contenait. Il n'y a rien de plus sèditieux, ni de plus capable d'exposer les trônes à de fréquentes révolutions, et la vie même des princes au couteau des assassins, que ce livre de Jean Mariana.»
De él comenta Randall G. Holcombe: «Aunque el padre Juan de Mariana escribió muchos libros, el primero de contenido más claramente liberal fue el titulado en latín De rege et regis institutione (Sobre el rey y la institución real), que fue publicado en el año 1598 y en el que se incluye su famosa defensa de la doctrina del tiranicidio. Y es que, para el padre Juan de Mariana, cualquier ciudadano individual puede asesinar justamente a aquel rey que se convierta en tirano por imponer impuestos a los ciudadanos sin su consentimiento, expropiarles injustamente su propiedad, o por impedir que se reúna un parlamento democráticamente elegido.
»Las doctrinas sobre el tiranicidio incluidas en el libro de Mariana fueron las que aparentemente se alegaron para justificar el asesinato de los reyes tiranos franceses Enrique III y Enrique IV, por lo que el libro de Mariana fue quemado en París como resultado de un decreto emitido por su parlamento el 4 de julio de 1610. En España, y aunque las autoridades no se mostraban entusiastas sobre el contenido del libro, lo respetaron, básicamente porque estaba escrito en latín y pensaban que su contenido no habría de hacerse muy popular.
»Sin embargo, Mariana con su análisis no hizo sino defender la idea de que el derecho natural es siempre moralmente superior al poder de cada estado. Idea que había sido previamente elaborada con detalle por ese gran fundador del derecho internacional que fue el dominico Francisco de Vitoria (1485-1546), y que fue el primero en comenzar la tradición de los escolásticos españoles de denunciar la conquista y en particular la esclavización de los indios en la recién descubierta América.»
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| Hugues Merle, Asesinato de Enrique III por Jacques Clément (1863) |
sábado, 4 de enero de 2014
Juan de Mariana, Historia General de España
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En el prefacio de su De rege et regis institutione, publicada en 1599 cuando ya tenía más de sesenta años, Juan de Mariana nos narra un delicioso “veraneo” en un paraje ameno situado en las cercanías de su Talavera natal. Allí, junto con algún amigo necesitado de reposo, pasó varias semanas «entretenidos ambos en conversaciones instructivas y amistosas, en lo que encontrábamos no poco placer y esparcimiento». Una noche, «habiendo concluido nuestra tarea más temprano aquel día, contemplábamos bajo una añosa encina, hendida en su tronco, de frondoso ramaje y gigantesca, cuya copa nos interceptaba los rayos de la luna, los árboles derribados por la fuerza a mano de los vientos, como sucede con muchos en los bosques.» Este panorama, junto con las cartas recibidas de otros amigos, será el acicate para un diálogo reflexivo sobre el papel, condiciones y formación de los gobernantes de las repúblicas bien ordenadas.
El locus amoenus, el debate intelectual de altura, el análisis crítico de la sociedad, el mismo elitismo cultural... Nos encontramos ante un típico ambiente renacentista. Reconocemos el parentesco espiritual con Tomás Moro, Alfonso de Valdés, el mismo Cervantes... Y es que el jesuita Mariana, que se consideraba profesionalmente teólogo, es ante todo un humanista, un intelectual preocupado por muy variados campos del saber. Su independencia de criterio a la hora de enfocarlos no deja de sorprendernos todavía hoy: descaradamente monárquico, defiende la legitimidad moral del tiranicidio; condena tajantemente las corridas de toros, pero al mismo tiempo reprueba todas las representaciones teatrales; defensor de la monarquía autoritaria, exige la participación de la población en el establecimiento de impuestos; católico convencido, deplora los excesos homicidas que so capa de religión se producen periódicamente en las sociedades...
En el prefacio que citábamos señala Mariana: «Habiendo vuelto hace años de mi viaje a Francia e Italia, y fijado mi residencia en Toledo, trabajé en algunos años una historia en latín de los sucesos de España, cuya historia carecía de unidad y concierto.» Su Historia General de España es la obra que le aseguró la fama. La publicó inicialmente en latín (Historiae de rebus Hispaniae libri XX) a partir de 1592. En los años siguientes la amplió hasta los treinta libros y la tradujo al español. Fue un éxito editorial: se publicaron ediciones en 1601, 1608, 1616, hasta la definitiva de 1623, un año antes de la muerte de su autor. Su difusión e influencia se mantendrán durante más de dos siglos. En el prólogo de la Historia, Mariana se había dirigido al rey Felipe III con estas palabras: «Lo que me movió a escribir la historia latina fue la falta que de ella tenía nuestra España (mengua sin duda notable), más abundante en hazañas que en escritores, en especial de este jaez. Juntamente me convidó a tomar la pluma el deseo que conocí los años que peregriné fuera de España, en las naciones extrañas, de entender las cosas de la nuestra: los principios y medios por donde se encaminó a la grandeza que hoy tiene.»
Y ¿qué interés tiene hoy su lectura? Es evidente que hoy la ciencia histórica posee una gran masa de datos y observaciones que quedaban fuera del alcance de Mariana, y que su discurso es en buena medida obsoleto, y que depende de los parámetros ideológicos de su época (como por otra parte también ocurre con los discursos actuales). Sin embargo su lectura (su disfrute) es necesario para todo el que se interese por la historia de España. La Historia de Mariana es un clásico, elemento constitutivo de las tan diferentes interpretaciones actuales, que siempre tienen que contar con ella: de modo consciente o inconsciente se encuentra en ellas, en un plano subterráneo si queremos. Lo mismo ocurre con las visiones románticas, liberales, nacionalistas de otros autores posteriores, aunque también sean por lo general recusadas en nuestro tiempos.
Por otra parte el talante independiente y crítico de Mariana resulta siempre de agradecer. Podrá aceptar en ocasiones mitos y leyendas (como también se aceptan otros distintos en nuestra época), pero con más frecuencia, tras relacionar un hecho dudoso, o distintas versiones de otro, añade expresiones de este tipo: «La antigüedad de estas cosas y de otras semejantes, junto con la falta de libros, hace que no nos podamos allegar con seguridad a ninguna de estas opiniones, ni averiguar con certidumbre la verdad. Quedará al lector libre el juicio en esta parte.» Me parece que hoy en día muchos historiadores están mucho más seguros de su verdad...
Pero es que además la Historia de Mariana está muy bien escrita. Realizó una ardua tarea (él mismo lo dice) para conjuntar crónicas y todo tipo de fuentes. Pero mereció la pena: el resultado es una voz única, la del autor, que nos narra, que juzga, que nos impetra, que nos divierte..., especialmente cuando finge las voces de los grandes personajes en los más variados discursos o arengas (siguiendo sus tan admirados modelos clásicos). Su expresividad, su colorido, brilla hasta cuando nos aburre un poco (que también) tanto barullo (la vida misma) de reyes, nobles y batallas.
Sobre esta edición. La he realizado a partir de la excelente de 1780, que se basa en la de 1623. He actualizado la ortografía, los signos de puntuación, y de modo no exhaustivo, los nombres propios, sustituyéndolos por los comunes actualmente (Leuvigildo-Leovigildo). También en ocasiones he modernizado la forma de algunas palabras. Como justificación podemos citar al propio Mariana, aunque sea para discrepar de él: «Algunos vocablos antiguos se pegaron de las Crónicas de España de que usamos, por ser más significativos y propios, por variar el lenguaje, y por lo que en razón de estilo escriben Cicerón y Quintiliano.» Pienso que mantener los recebidos (por recibidos) y guardalle (por guardarle) tiene el mismo valor para el lector común que el mantener la diferenciación entre ſ y s, usual en la edición que manejo.
Tomo I: Libros I a X. Desde los orígenes hasta el siglo XII, con la llegada de los almorávides.
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