sábado, 21 de marzo de 2026

Johannes Scherr, Germania: dos mil años de historia alemana

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Johannes Scherr (1817-1886) fue un afamado historiador de la cultura; aunque alemán, desarrolló casi toda su carrera académica y literaria en Suiza, a la que se exilió tras su dedicación a la política en el parlamento de Württemberg y en la fracasada revolución de 1849. En 1852 publicó su extensa Geschichte deutscher Cultur und Sitte, “que comienza en el período de las migraciones, se extiende hasta el siglo XIX e incluye acontecimientos políticos únicamente para ilustrar los cambios en los estilos de vida y las actitudes intelectuales, y para criticar las formas despóticas de gobierno y la guerra. Sus descripciones de la cultura material, las condiciones sociales y las desigualdades, así como las costumbres y tradiciones, son particularmente significativas. Es una historia contada desde la perspectiva de la gente común. Scherr criticó la ortodoxia eclesiástica con la misma dureza con la que, en sus escritos posteriores a 1871, criticó la falta de contenido democrático en la constitución imperial de Bismarck.” (Hans Schleier)

En 1876, poco después de consumada la unificación alemana, publicó una síntesis de la anterior con el título Germania. Zwei Jahrtausende deutschen Lebens, que gozó de considerable difusión al ser traducida a otras lenguas. En español la edita Montaner y Simón en 1882, y es la versión que comunicamos esta semana. Es un interesante y acabado ejemplo de historia cultural, en este caso realizado desde un planteamiento liberal avanzado y radicalmente nacionalista. Supone al mismo tiempo una personal interpretación de la historia de Alemania, con continuos avances y retrocesos hacia su destino teleológicamente presentido: su unidad estatal y su primacía en el concierto de las naciones. Este planteamiento es la piedra de toque que le permite enjuiciar acontecimientos, actuaciones, costumbres y modas en cuanto a que contribuyan o no al cumplimiento de este destino.

Scherr observa la continuidad del carácter germano desde la Antigüedad. Así con la derrota de los germanos que invaden la Galia Cisalpina en la batalla de Vercelas (101 a. de C.): “De esta manera se inició el contraste histórico entre el carácter germánico y el romano, contraste que existe desde hace casi dos mil años, y que, si bien presentándose durante este tiempo bajo diversas formas, se ha conservado esencialmente el mismo, constituyendo hoy todavía el polo sobre el que gira el desarrollo europeo.” La oposición entre romanismo y germanismo constituye así para Scherr un eje perenne de la historia: ésta constatará los sucesivos avances y retrocesos de uno y otro:

“Fácilmente se comprenderá que el espíritu nacional debe lamentar que no se permitiera al pueblo alemán desarrollar su individualidad independientemente y libre de contacto con el extranjero, o en aquel caso con los romanos; pero la historia de la civilización tiene que prescindir muchas veces de tan bellos sentimientos para consignar hechos positivos, por más que no sean agradables, y para confirmar que en todas partes se ha dado el caso de que allí donde una cultura inferior se pone en contacto con otra superior, ésta es la que domina, o por lo menos influye en ella mucho, y no puede menos de suceder así.”

Carlomagno crea el gran imperio germánico sobre las tierras y las gentes dominadas por los germanos. Pero el momento decisivo es el posterior reparto de Verdún: “Del año 843 data, pues, la separación nacional, la independencia política de Alemania. La forma de gobierno siguió siendo por lo pronto la monárquica-carolingia, pero la debilidad de los ineptos sucesores de Ludovico el Alemán dio lugar a la paulatina decadencia de la monarquía.” Y la creación del Sacro Imperio Romano Germánico no será la solución, al disolverse en múltiples estados enfrentados. Las realizaciones culturales alemanas, científicas, técnicas, literarias…, serán espléndidas, pero su insuficiencia política trabará durante siglos su debido desarrollo. Y así, siglo tras siglo, hasta la prodigiosa resolución final que llevará a cabo el genio alemán representado por el reino de Prusia:

“Sabemos que la estupidez, la ignorancia, la mentira, la envidia y la malicia son grandes potencias en la tierra; pero el poder reunido de estas cinco grandes potencias no basta para oscurecer el esplendor glorioso del trabajo titánico que Alemania efectuó en siete meses. Con duraderas letras de fuego, como el rayo las inscribe en las rocas, la historia apuntará el trascurso de este trabajo en el libro de la eternidad, y allí podremos leer, cuando las pasiones, las calumnias y el odio de la edad presente hayan desaparecido, que la grandiosidad del drama heroico alemán de 1870 y 1871 fundóse primero, en la pureza y justicia de nuestra causa; segundo, en la unidad, hasta ahora sin ejemplo en la historia de nuestro país, de todas las clases, castas y oficios, en el pensamiento nacional (pues no importó nada que una minoría apenas visible hubiera querido hacer traición a este pensamiento), y tercero, en el aislamiento de la nación alemana; de modo que sin auxilio alguno de fuera, confiada sólo en su propia fuerza, logró tan asombrosos resultados y el justo premio de sus victorias, la Alsacia y la Lorena, propiedad nuestra antes robada y ahora reivindicada a sangre y fuego.”

miércoles, 11 de marzo de 2026

José María Salaverría, El instante dramático y otros artículos

Retrato por Juan de Echevarría

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José María Salaverría (1873-1940) fue un escritor guipuzcoano de la llamada Generación del 98, tanto por lo cronológico como por sus intereses, sus planteamientos formales, su individualismo… y su nacionalismo. Su obra fue abundante, sobre todo periodística, pero también publica novelas y cuentos, libros de viaje, ensayos, biografías. Se le cataloga habitualmente entre las figuras menores del noventayochismo, quizás solamente por el escaso interés que ha despertado entre críticos, académicos de la literatura, y en consecuencia, infortunadamente, entre editores y lectores.

Y también habrá contribuido a ello su evolución política desde posturas regeneracionistas hasta un radicalismo colindante con los fascismos. Ya en 1931 contribuirá con un artículo en la publicación La conquista del estado, de Ledesma Ramos. Admira a José Antonio (incluimos la entrevista que le hace en 1935), y naturalmente tomará partido por el bando nacional en la guerra civil, al que apoyará con su labor periodística. Ahora bien, deberá firmar sus artículos con seudónimo porque parte de su familia se encuentra en la zona republicana. Su evolución ha sido parecida a la de otros de sus compañeros generacionales, especialmente a la de Ramiro de Maeztu.

Salaverría publicó El instante dramático en 1934, a fines de año, después de la revolución de octubre. Es una obra breve, prácticamente un folleto, en la que reflexiona y valora los tres años de la República, dice, fuera de obediencias políticas a la izquierda «que vive en un trance de frenesí» y a la derecha que «tienen de la idea conservadora un concepto demasiado restringido.»

El autor asiste a la jornada del 14 de abril, se sorprende de la revolución y se pregunta: «¿Pero quién había destruido la monarquía? ¿Los delitos y maldades del propio rey? Entonces tendríamos que sumarnos a las voces escandalosas y sectarias de la calle. ¿Fue destruida por el empuje inteligente de los republicanos? Pero los republicanos fueron los primeros en asombrarse de su fácil e inesperada victoria. La facilidad y compostura con que se desplomó la monarquía en España sorprendió por igual a monárquicos y republicanos. Digamos entonces que a la monarquía no la ha derribado nadie; se cayó ella sola.»

Seguidamente analizará diversas facetas de los que considera una nueva realidad: especialmente el parlamento, al que ve rebosante de palabrería y puesto de espaldas al mundo real: «Al cruzar frente al palacio de las Cortes, tan resonante, tan custodiado por guardias de pistola y porra al cinto, yo no he podido impedir que me asaltase una mezcla de melancolía y de horror. Melancolía de las cosas que están minadas por dentro; horror de cuanto se ha hecho y dicho ahí dentro en los últimos años. Ahí han mugido en libertad los jabalíes y han cacareado las cotorras hasta enronquecer. Ahí se ha zarandeado la piel de toro de nuestra Península y se la ha desgarrado y humillado. Se han decretado todas las aventuras reformistas con una confianza alegre y valerosa. Han surgido las leyes más atrevidas e imposibles como si España, en vez de ser una vieja nación hecha y derecha, fuese el territorio mostrenco donde se pueden probar todas las fantasías sociales.»

Salaverría urge: «la República tiene rápidamente que encontrarse a sí misma; España, lo más aprisa posible, tiene que encontrarse y recuperarse a sí misma...», y es que España «es el país que no sabe jugar a la democracia, y, en efecto, ya ha tomado todo el aire de una convulsa República hispanoamericana. Los partidos políticos no son tales partidos a la europea, sino bandos inspirados por la ferocidad y llenos del ansia descarada de asaltar el Poder sea como sea, para desahogar los odios y para conquistar los cargos y los sueldos. Y el gobernar, en el sentido de una actividad directora y administradora, pierde toda eficacia para ceder el paso a un frenético politiqueo, más absorbente e infecundo que nunca.

»Las fuerzas de disgregación y anarquía, entre tanto, se desarrollan violentamente; Cataluña se aleja un poco más cada día del núcleo nacional, y el obrerismo, libre de toda represión, formando un mundo nutrido frente al Estado, en realidad se ha montado sobre el país y hace lo que quiere y cuando quiere. Y con un espíritu francamente marcial. Así es como ha podido ocurrir lo que era inevitable: esa feroz y desatinada revolución del mes de octubre, en la que se habían confabulado todas las fuerzas desintegradoras de la sociedad y la nacionalidad. La revolución ha podido ser vencida por la fidelidad del Ejército. ¿Pero se han matado las raíces del mal? ¿Se le han arrancado las uñas y los dientes al separatismo y al marxismo?»

Salaverría concluye atribuyendo el fracaso de la República al hecho de ignorar o pisotear a la media España católica, que es la que ahora debe reparar los daños desde el gobierno. Pero, parece lamentar, no son fascistas, por más que así se les moteje desde el obrerismo. «El fascismo a la italiana y a la alemana es, ante todo, un movimiento marcial y principalmente patriótico y nacionalista, en tanto que el derechismo católico español está orientado del lado del Vaticano, y para Roma sólo existe la Iglesia; lo nacional y patriota se pierde en un distante segundo término. Y la Iglesia, además, hoy es pacifista, incapaz de movilizar en sus masas una corriente de violencia combativa, una actividad marcial frente al guerrerismo obrerista. Para eso únicamente sirve el auténtico fascio.»

Hemos agregado una decena de artículos del autor de los años de la República. Salaverría vivió ante todo de sus abundantísimas colaboraciones publicadas en múltiples cabeceras de la prensa española y americana (residió varios años en Argentina). La mayoría de los que se reproducen aquí proceden del monárquico ABC y del conservador El Pueblo Vasco. Varios de ellos los he tomado de la tesis doctoral de Miren Bilbao Notario titulada José María Salaverría: España en su pensamiento político.

De la portada de una novela de Salaverría

domingo, 1 de marzo de 2026

Eduardo Barriobero, Un Tribunal Revolucionario. Cuenta rendida por el que fue su presidente

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Eduardo Barriobero (1875-1939) fue un republicano federal en la estela pimargaliana, masón y miembro antiguo de la CNT. Diputado frecuente desde 1914, en las primeras Cortes republicanas forma parte de los antigubernamentales catalogados como jabalíes, que tanto disfrute proporcionan a los comentaristas políticos, como Wenceslao Fernández Flórez. Lo podemos observar en sus intervenciones en los debates sobre el voto femenino o sobre Casas Viejas, por ejemplo. Con patente desencanto por su parte quedó fuera del parlamento en 1933 y otra vez en 1936.

Fue abogado ejerciente, e intervino en muchos de los más importantes procesos político-sociales, especialmente en defensa de activistas de la CNT y la FAI (entre otros a García Oliver). Su actividad en este sentido se produjo tanto durante la monarquía como durante la República. En esta última defendiendo a los libertarios que pretendían llevar a cabo la huelga general revolucionaria y que se sublevan en enero de 1932, en enero y diciembre de 1933, y finalmente en octubre de 1934, ahora aliados con sus tradicionales enemigos los socialistas. Y por último, fue también un prolífico escritor: artículos de prensa, novelas, ensayos jurídicos y políticos, traducciones (por ejemplo, de Rabelais), teatro...

Con el triunfo del Frente Popular Barriobero parece destinado a escalar las cúspides del sistema judicial: presidente del Tribunal Supremo, o de su Sala de lo Criminal… Pero «se interpusieron la Guerra y la Revolución.» Rápidamente se convierte en miliciano: «tres días anduve por las calles de Madrid con mi fusil al hombro.» Tras entregar a la Dirección de Seguridad a dos monjas y un cura a los que acusa de haber tiroteado a su cuadrilla desde un convento, participa en las incautaciones a favor del Partido Federal para establecer un hospital de convalecientes y un Ateneo Popular.

Sin embargo su carrera revolucionaria en Madrid se interrumpe ante el goloso ofrecimiento que se le hace por parte de los anarquistas de Barcelona: «Nos hemos incautado —me dijeron— del Palacio de Justicia y es preciso que venga usted en seguida para ponerse al frente de la Justicia revolucionaria de Cataluña.» Ahora bien, cuando llega a Barcelona, sus expectativas se reducen considerablemente: la oposición de los nacionalistas catalanes hacen que su papel se reduzca desde las alturas de un Tribunal Revolucionario a una simple Oficina Jurídica de la Audiencia de Barcelona. Sus funciones, sin embargo, aunque indeterminadas y básicamente consultivas, le permiten actuar revolucionariamente, y resolver por su cuenta las consultas que se les presentan.

Barriobero convierte la Oficina Jurídica en un ente autosuficiente, que se financia con un porcentaje de los fondos que pasan por sus manos. Se actuará duramente contra usureros y prestamistas, contra propietarios de fincas y patronos de fábricas, estableciendo multas e indemnizaciones. Y naturalmente, se ocuparán de la «represión de las actividades contrarias al régimen». Respecto a esto último «para cumplir nuestro cometido organicé cuatro equipos de milicianos que trajesen a nuestra presencia los presuntos enemigos del Régimen y, en busca de pruebas, registraran sus domicilios». Y «si en los registros no se les encontraba cosa que probara actividades actuales, nos limitábamos a imponerles una multa... Si en sus casas se encontraba algo que hiciera presumir el auxilio actual a los rebeldes, los entregábamos a los Tribunales Populares.»

En el curso de estas operaciones hallaron documentos que comprometían a ciertos nacionalistas catalanes con la dictadura de Primo de Rivera, con los Sindicatos Libres, con las administraciones de Lerroux... Esto provocó un fuerte reacción por parte de la Generalitat en su defensa, y un incremento de la animadversión a la Oficina. Menudean las acusaciones y finalmente en noviembre del mismo 1936, quedarán disueltas las Oficinas Jurídicas. Y comienzan las acusaciones: si falta cierta cantidad de dinero, si Barriobero pasó a Perpiñán y contrató una caja de seguridad… Y Barriobero se justifica: puede demostrar las entregas del dinero incautado a las autoridades y a diversas instituciones de la República; llevó los documentos comprometedores de personajes de la Esquerra a Francia ante el temor de robos y asaltos… Y con esa intención escribe en 1937 el libro que presentamos.

No fue suficiente. Los intentos de lograr un cargo en Valencia que le mantenga a salvo no dan resultado, por la animadversión de Azaña y los republicanos de izquierda, por la misma división de los anarquistas, y no digamos tras los sucesos de mayo. Será procesado y encarcelado, aunque la protección de la que aun goza por sus actividades pasadas, hace que pronto sea recluido en un hospital penitenciario, donde es de suponer que persistieron sus padecimientos y se incrementó su desencanto. Se dice que ante la próxima caída de Barcelona se le ofreció el traslado a Francia, y que él lo rechazó. Capturado por el ejército franquista, su fama, su actividad durante la República, y su propio testimonio expresado en sus libros aseguraron el resultado del consecuente consejo de guerra: fue fusilado apenas tres días después de la toma de la ciudad.

La Oficina Jurídica de Barcelona, con Barriobero.