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lunes, 20 de marzo de 2023

Thomas Macaulay, Revolución de Inglaterra

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En 1834, cuando la monarquía parlamentaria británica se ha transformado definitivamente en un sistema liberal, se publica en Londres una obra de James Mackintosh (fallecido dos años antes) sobre la Gloriosa Revolución, que lleva al joven pero experimentado Thomas Macaulay (1800-1859), político e historiador, a elaborar el breve estudio en defensa y justificación de la revolución de 1688 que comunicamos esta semana. Posteriormente emprenderá la publicación de su voluminosa, documentada y exhaustiva Historia de la revolución de Inglaterra, que «se convirtió en la exposición clásica de la interpretación whig de la revolución», dice el profesor de Yale  Steve Pincus en su sugestivo 1688. La primera revolución moderna. Ahora bien, esta interpretación llevada a cabo desde el nacionalismo y el progresismo dominante en tiempos de Macaulay, parte de varias premisas que, actualmente, pueden ser discutibles. Estas afirmaciones tradicionales las sintetiza así Pincus: «En primer lugar, la revolución no fue revolucionaria… Fue incruenta, consensuada, aristocrática… En segundo lugar, la revolución fue protestante… En tercer lugar, la revolución puso en evidencia la naturaleza fundamentalmente excepcional del carácter nacional inglés… En cuarto lugar, no hubo reivindicaciones sociales en la base de la revolución...»

Pues bien, esta visión propia de la época victoriana se extendió y generalizó con rapidez hasta hacerse dominante, y prueba de ellos son lo frecuente de las citas de Macaulay, y las abundantes traducciones de la obra  a las principales lenguas (en español a principios del siglo XX). Todo contribuyó, pues, a separar la revolución inglesa del fenómeno posterior de las llamadas (durante un tiempo) revoluciones atlánticas, de fines del XVIII y principios del siguiente siglo. Sin embargo Pincus hace hincapié en cómo los avances historiográficos parecen conducir a una valoración diferente: «Estas nuevas pruebas históricas posibilitan el relato de una historia de la revolución de 1688-1689 radicalmente diferente. En este relato, la experiencia inglesa no es excepcional, sino, de hecho, típica (si bien precoz) de Estados que experimentan revoluciones modernas. La revolución de 1688-1689 es importante no porque reafirmara el excepcional carácter nacional inglés, sino porque constituyó un hito en la emergencia del Estado moderno.»

Señala asimismo como la Gloriosa Revolución es fundamentalmente el conflicto entre los dos programas modernizadores de la época, revolucionarios ambos, y tendentes por igual a la creación de un estado centralizado y poderoso: el modelo francés que aplica Jacobo II, y el modelo holandés de sus oponentes. Y pone de relieve que «a lo largo de las décadas de 1680 y de 1690, y posteriormente, los ingleses se hallaban política e ideológicamente divididos. No hubo un momento de cohesión inglesa en contra de un rey no inglés. A fines del siglo XVII no hubo un período en el que el prudente pueblo de Inglaterra colaborase para desembarazarse de un monarca irracional. La revolución de 1688-1689 fue, como todas las demás revoluciones, violenta, popular y disgregadora.»

Como veremos, Macaulay interpreta la revolución desde el punto de vista de los vencedores, a los que identifica con la nación, con el pueblo inglés que supone que mayoritariamente les respalda. Y lo hace desde el concepto moderno de progreso, que tiende a considerar como inevitable y justificado el resultado azaroso de los acontecimientos humanos… siempre y cuando coincidan con sus particulares preferencias ideológicas. En caso contrario no es progreso, es reacción. El interés en revisitar esta pequeña obra es pues doble: por un lado es una interpretación de la gloriosa que ha influido poderosamente a lo largo de los años, tanto en los historiadores como en los políticos. Y por otro puede resultar interesante considerar el planteamiento reduccionista de la realidad que subyace en ella, y que está plenamente vigente en las ideologías voluntaristas del momento actual.

Desembarco de Guillermo de Orange y el ejército holandés en Brixham.

viernes, 13 de mayo de 2016

John Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil

Retrato, por Godfrey Kneller
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René Pillorget (en Del absolutismo a las revoluciones), presentaba así la obra que nos ocupa, del médico y filósofo John Locke (1634-1704), considerándola la primera crítica seria del absolutismo, de la dominante monarquía de origen divino defendida por Bossuet: «Su Ensayo sobre el gobierno civil, publicado en 1690, no debe su resonancia ni a la fuerte personalidad del autor, ni a la osadía de sus tesis. Existían, empezando por el Leviatán, otras obras políticas más vigorosas. Pero apenas si las había cuya influencia fuera tan profunda y duradera. El Ensayo constituye el tipo de libro publicado en el momento pintiparado para obtener un prodigioso éxito y que refleja el estado de ánimo de una clase social en ascensión: Locke, analizador de “Gloriosa Revolución” de 1688, condensó en él lo esencial de su pensamiento y expresó así el ideal de la burguesía.

»Originario de una familia puritana, entusiasta de Cromwell en su juventud, había participado, bajo Carlos II, en las luchas de los whigs, partidarios de la reducción de la prerrogativa regia, contra los tories, partidarios de su extensión. Desterrado cinco años en Holanda, volvió de ella con Guillermo de Orange y, en su Ensayo, justificó a la revolución triunfante. La aspiración profunda de Hobbes, su “sed”, el ímpetu afectivo cuya traducción intelectual constituían sus ideas, no era otro que el deseo de una autoridad absoluta, sin quiebra, que eliminase todo riesgo de anarquía, aun a costa de sacrificar la libertad. La “sed” de Locke, su impulso fundamental, no era otra cosa que una viva hostilidad al Poder absoluto, un deseo de ver a la autoridad contenida, limitada por el consentimiento del pueblo, por el derecho natural, a fin de que fueran eliminados todos los riesgos de arbitrariedad o de despotismo, aun a costa de abrir una brecha a la anarquía. Esta pasión antiabsolutista se explicaba por su educación y por las peripecias de su vida.»

El resultado fue la monarquía parlamentaria, que despertará el interés y la admiración de ilustrados como Montesquieu. Sin embargo, en la misma Inglaterra acabará interpretándose la revolución como una reacción de sus tradiciones políticas, en defensa de su particular forma de vida y en contra del foráneo modelo del absolutismo. Y, por tanto, el posterior liberalismo tendrá raíces británicas (obviando el hecho de la abundancia de puntualizaciones, críticas y reparos, a las pujantes monarquías autoritarias, de forma continuada desde más de un siglo antes: Vitoria, Mariana, Fénelon...)

Recientemente, en su 1688 La primera revolución moderna, Steve Pincus ha puntualizado esta visión tradicional, subrayando el carácter de ruptura que supuso la revolución (y el mismo Locke): En Inglaterra, «después de 1689, los revolucionarios crearon un nuevo tipo de Estado inglés y rechazaron el modelo de Estado absolutista y burocrático, desarrollado en Francia por Luis XIV. Pero no rechazaron el Estado, sino que crearon un Estado intrusista en muchos sentidos. Intentaron que Inglaterra dejara de ser una sociedad agraria y se transformara en una manufacturera, realizaron una masiva concentración militar necesaria para convertirse en el mayor poder militar que Europa jamás hubiese visto y promovieron una sociedad tolerante en cuestiones de religión. John Locke, a menudo descrito como uno de los primeros y más influyentes pensadores liberales, fue uno de estos revolucionarios. Si bien la Revolución Gloriosa constituyó un momento crucial en el desarrollo del liberalismo moderno, dicho liberalismo no fue hostil al Estado. El liberalismo engendrado en 1688-1689 fue revolucionario e intervencionista, más que moderado y antiestatalista.»