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lunes, 5 de febrero de 2024

Juan Moneva y Puyol, Política de represión y otros textos

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Julián Marías, en su siempre sugestiva España inteligible, caracterizaba así las circunstancias a las que nos acercamos esta semana: «A medida que la modernización de España se va consiguiendo, que la industrialización va teniendo más peso en la economía y la sociedad, el problema obrero se hace más apremiante. Y a esto se añade que los movimientos de resistencia, o francamente subversivos como el anarquismo, se extienden al campo, donde las condiciones de vida son precarias... Las organizaciones son más poderosas, más capaces de presión; se reacciona a ello con temor o coacción, más que con esfuerzos de plantear inteligentemente los problemas; las tensiones aumentan. Esta situación es aprovechada con fines estrictamente políticos, en ambos sentidos; no se buscan, o demasiado poco, soluciones técnicas que procuren el aumento de la riqueza, muy escasa, y una distribución más justa de ella… Acontecimientos como la Semana Trágica en Barcelona (1909) o la huelga general de 1917 agravan la situación. Cada vez más van tomando cuerpo la subversión y la represión, actitudes que hacen imposible el diálogo, y más aún el tratamiento razonable de los problemas reales… Finalmente, sobre todo en Cataluña y en su tendencia anarquista, se producirá una oleada de terrorismo obrerista, combatido en ocasiones por otro de signo contrario, y las tensiones llegarán a tener suma gravedad.»

Son los años de plomo, una época de luchas sociales en progresión constante. Y es en 1921 cuando el abogado y catedrático de Derecho Juan Moneva y Puyol pronuncia la interesante conferencia que presentamos, en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid. En ella parte de la evidencia todavía negada por muchos: existe una auténtica guerra social, con los mismos modos y procedimientos y justificaciones de la guerra militar. Ambas son equiparables. Ahora bien, con esta afirmación no quiere dignificar la guerra social: le niega cualquier tipo de gloria al igual que hace con la guerra militar. «Los intelectuales, los hombres de paz, y más que todo eso, los cristianos, no tenemos para qué distinguir especies de guerra; todas las guerras, toda clase de guerras, son catálogos de hechos tales que cada uno, en sí, es crimen patente.»

Clases acomodada y proletaria se encuentran enfrentadas, ambas defendiendo su derecho al bienestar. Y hoy por hoy no existe un superior dirimente que haga justicia, que reconozca a cada una lo que corresponde. Al contrario, los gobiernos toman partido por los fuertes, los acomodados, y quieren solucionar el enfrentamiento mediante la aplicación de la ley, mediante la represión. Y hay un error de fondo en ello, el de caracterizar como delitos tan sólo a los crímenes de la otra clase, mientras se toleran, se disimulan o se embellecen los de la propia. Todo el rigor se reserva para el enemigo: «ha habido represión; está habiendo represión; no es calculable el término de ella, y en cada disposición represiva no es tan de temer el rigor de una Autoridad, sanguinaria que fuese, como la inevitable abdicación de esa Autoridad en el criterio de sus informadores», esto es, de la arbitrariedad. Y refiere listas de proscripciones, torturas, ley de fugas…

Pero Moneva no atribuye el mal sólo a gobernantes y acomodados, sino a la violencia que caracteriza a la sociedad española. «El pueblo español es sanguinario… desde niños aprenden la violencia, padecida de todo mayor con quien topan; a veces también les es enseñada la crueldad como virtud en las figuras de los grandes atormentadores de individuos y pueblos; Cortés y Pizarro son más glorificados en las escuelas de primera enseñanza que San Francisco de Asís y que Newton.» Y, con ribetes de profecía, se lamenta: «es la revelación de una conciencia colectiva, y también un augurio de cómo será cada generación así formada.» Y concluye: «la Justicia no ha de venir de superponer una mano a otra mano en señal de triunfo y de dominio, sino de juntar una mano a otra mano en alianza de amor; y esto sin ilusiones de una Arcadia inactual, utópica y fantástica, mas en realidad social plena de Paz lograda por el sacrificio de todos, principalmente por el sacrificio de quien tiene muchas ventajas que sacrificar.»

Completamos el texto de esta conferencia con varios artículos de prensa en los que Moneva se refiere a concretos conflictos sociales y políticos, y a la represión que provocan. Podríamos considerarlo aplicaciones prácticas de lo anterior. Los tres primeros se refieren a unos asesinatos en el marco de un duro conflicto laboral en la Zaragoza de 1920. Otro, de 1931, se refiere al revanchismo y represión que ha emprendido la nueva clase dirigente contra los considerados enemigos políticos de la naciente república. La crítica en este sentido se agudiza al año siguiente, y le lleva a recordar la conferencia de 1921; y en otro artículo posterior a la sublevación de Sanjurjo insiste en la necesidad de reconciliación. Los acontecimientos, como sabemos, evolucionaron en sentido contrario, y cuando en 1936 España llegue a la senderiana «orilla donde sonríen los locos», todavía levantará públicamente la voz en el último artículo que publicamos, con un transparente llamamiento al cese de fusilamientos y represión desaforada que se ha generalizado.

Moneva, desde su arraigado talante moral que le había impuesto enfrentamientos y denuncias de diversas autoridades en tiempos de la monarquía, de la dictadura de Primo de Rivera y de la República, aprovechará ahora su prestigio y relaciones, y multiplicará las gestiones en este sentido. Naturalmente esta actitud le saldrá cara: temporalmente suspendido de empleo y sueldo, multado y sometido a proceso por parte primero de la Comisión Depuradora de Universidades, y después por el Tribunal de Responsabilidades políticas. De todos ellos, sin embargo, saldrá bien parado. Incluimos en esta entrega los dos escritos con los que se defiende de los cargos que se le imputan, así como algunos de los informes que se presentaron. 

Juan Moneva y Puyol (1871-1951) fue un destacado intelectual aragonés. Su carácter tan personal, su independencia de criterio, su tendencia a la contradicción, hicieron de él un personaje popular fuente de continuas anécdotas en la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX. Se licenció en Química y en Derecho, fue abogado ejerciente y catedrático de Derecho canónico. Pero sus intereses superaron su dedicación oficial, al igual que ocurre con el catedrático de griego que fue Unamuno. Durante gran parte de su vida fue un fecundísimo colaborador de la prensa. Se ocupó de gran variedad de temas, pero entre todos ellos destacan los aragonesistas (un tanto al modo de Cambó), los pedagógicos (centrados en la enseñanza universitaria, lo que le depara algunos enfrentamientos con sus compañeros y algún expediente), los políticos (especialmente en tiempos de la segunda república), y siempre los moralistas. Aunque se han publicado diversas selecciones de sus artículos, muchos quedan todavía enterrados en las hemerotecas...

Jesús Bogarín Díaz, en su contribución a La memoria del jurista español (2019) lo califica así: «además de destacar su mérito en la ciencia canonística que oficialmente profesó, podríamos describir a don Juan Moneva Puyol, siquiera de modo impresionista, llamándolo de estirpe zaragozana, hombre de gran personalidad, docente práctico, erudito investigador del derecho histórico aragonés, defensor y promotor del derecho foral, apasionado aragonesista, exiliado canónico en Huesca, amigo no separatista de Cataluña, examinador multilingüe, innovador en el mundo de la fotografía, reconocido lingüista y, en particular, lexicógrafo, pionero laboralista, político escasamente militante, literato cabal, crítico literario y tertuliano… a man for all seasons

E indudablemente, un Quijote.

lunes, 17 de julio de 2023

Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Retrato imaginario, hacia 1870

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Julián Marías en su Cervantes clave española: «No hace mucho tiempo hice un experimento curioso: releer el Quijote íntegro, sus dos partes, sin notas ni pausas, en poco más de una semana, como se lee usualmente una novela ―que es precisamente lo que es el Quijote―. Así lo leían sus contemporáneos; primero, claro es, el Quijote originario, el de 1605; luego, desde 1615, la segunda parte y después probablemente las dos juntas. Creo que esta lectura rápida y continua es insustituible y completa la más usual, fragmentaria, demorada, con reflexiones y comentarios. Se descubre así la estructura del Quijote, el peso de sus diferentes porciones y elementos, su verdadero ritmo interno, su significación como una empresa unitaria, articulada en dos etapas.»

«Me interesa un Cervantes para lectores. Los libros son para leerlos. La tendencia dominante hoy entre los estudiosos es analizar los libros, hacer papeletas de ellos (mejor, perforadas y destinadas a un computador) y, si es posible, no leerlos.» «La fragmentación erudita y estudiosa del Quijote lo atomiza, porque lo reduce a sus elementos, y no podemos irnos a vivir a ellos, como no podemos beber el oxígeno y el hidrógeno que componen el agua, ni ver con las vibraciones electromagnéticas a que puede reducirse la luz»

«Conviene, pues leer este libro como una novela, seguir su corriente, habitar vicariamente en ese mundo que era el de Cervantes. Pero se preguntará cómo puede hacerse esto. ¿No son las circunstancias enteramente distintas? ¿Cómo puedo irme a vivir al mundo de un hombre que murió en 1616 y a quien no he tenido la suerte de conocer, con quien nunca he podido hablar? La posibilidad estriba en que Cervantes hizo ese mundo inteligible, lo hizo comunicable mediante esa extraña transparencia que introduce eso que llamamos literatura. Aunque no siempre se vea con claridad, la literatura consiste en dar transparencia a la vida y al mundo y hacer así posible la transmigración imaginaria a mundos ajenos.

»Por eso es una fabulosa dilatación de la circunstancia. Gracias a ella puede salir el hombre de su circunstancia real, del mundo en que efectivamente vive, con todas sus limitaciones , y puede alcanzar en principio otras formas de vida, otras épocas, vivencias que nunca ha tenido y que son inteligibles gracias a la recreación literaria. El que nunca se ha enamorado entiende lo que es amor, el que nunca ha tenido celos entiende el Otelo, el que no ha estado desesperado entiende la desesperación, el que no ha dudado entiende la duda de Hamlet. El Quijote es acaso el mayor ejemplo de esa posibilidad de dar transparencia, coherencia y comunicabilidad al mundo.»

Pero volvamos a ras de tierra. Es el mismo Miguel de Cervantes (1547-1616) el que nos ¿anima? a la lectura del Quijote: «Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de contento.

»Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de Don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte, casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice: que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te exenta y hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella.»

He utilizado el Quijote publicado por Ediciones de La Lectura, Madrid 1911-1913. Por mi parte, he actualizado ligeramente el lenguaje, cuya conveniencia sostenía Julián Marías en la obra que he citado más arriba. He eliminado ciertas fórmulas usuales en tiempo de Cervantes (sostenello por sostenerlo, etc.), pero he respetado los abundantes arcaísmos en la forma de hablar de Don Quijote y otros personajes, cuando imitan a las novelas de caballería.

Daumier, Don Quijote y Sancho

lunes, 24 de octubre de 2022

Antonio Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista

Tomo I  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo III  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo IV  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo V  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
 Tomo VI  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

España entra definitivamente en la edad contemporánea en 1808 con el motín de Aranjuez, el primero de los numerosísimos golpes de estado que ―exitosos o fallidos― van a repetirse durante dos siglos, hasta el reciente de 2017. En resumidas cuentas, todos persiguen lo mismo: la sustitución de un sistema de administración y gobierno del estado por otro distinto, con mayor o menor violencia, pero siempre conculcando la constitución, leyes y valores existentes. Las justificaciones serán múltiples, al igual que los proyectos que se trazan, pero todos son deudores del dominio de las ideologías todavía hoy patente. Sus respectivos autores están convencidos de que verdaderamente representan al pueblo, a la nación, al bien más elevado, y por ello tienen derecho (y obligación) a imponerse por la fuerza a los refractarios, que por serlo merecen el destino que se les reserva.

Tras la guerra de la Independencia, con su doble revolución nacionalista-tradicional por un lado y liberal-secularizadora por otro, y los desgarradores bandazos del reinado de Fernando VII, el enfrentamiento y fractura de estos mimbres se hace total durante la minoría de edad de Isabel II, con la primera guerra carlista y la definitiva revolución liberal. A partir de entonces cristalizará una violencia dominante, patente o subterránea, que lleva a Julián Marías (España inteligible. Razón histórica de las Españas, Madrid 1985) a sostener que «en el fondo del alma de los españoles empieza a germinar la sospecha de que su país esté hecho de una sustancia explosiva, pronta a estallar en violencia. Los que no se sienten inclinados a ella sienten temor y, lo que es más grave, cierta repugnancia. Por un mecanismo que es muy parecido al inspirador de la leyenda negra, esta impresión se generaliza: más allá de los hechos concretos que podrían justificarla, se extiende a toda la realidad española. Se empieza a pensar que España es eso, violencia, siempre dispuesta a desatarse (…) Las máximas violencias del reinado de Fernando VII, tanto contra los liberales desde 1814 como contra los realistas desde 1820 y nuevamente contra los liberales después de 1823; la matanza de los frailes en Madrid en 1834, las ferocidades de la guerra carlista, son a la vez planeadas y explosivas. Es decir, revelan una posibilidad de manipulación que, una vez desatada, no se puede refrenar. Esto es lo que determina una actitud de temor en la sociedad española —independiente de la frecuente valentía de sus individuos—, que es el factor negativo más importante de la historia contemporánea.»

Pues bien, a mediados del siglo XIX Antonio Pirala (1824-1903) publica esta exhaustiva obra, de indiscutible valor, sobre la primera guerra carlista. Persigue el rigor y la imparcialidad: el primero incluyendo la ingente documentación que ha coleccionado (actualmente en la Real Academia de Historia); la segunda con un propósito explícito: «Sin pasiones políticas, sin odio en nuestro corazón, sólo amamos a nuestra patria y aborrecemos el crimen, con el que jamás transigiremos. Sin compromisos políticos, sólo la razón guiará nuestra pluma. Todos los hombres son iguales para nosotros, y ante nuestro criterio pasarán, no como las figuras de una linterna mágica, cuya óptica les engrandece, sino como los actores que, en pleno día, y a la brillante luz del sol, se presentan en la escena pública, a revelar por sí mismos sus más íntimos sentimientos.» Ahora bien, a pesar de sus intenciones, la Historia de la guerra civil es una obra de parte, aunque no de partido, en la que se asume como punto de partida una determinada ideología. Es interesante observar los cambios de tono a la hora de narrar los constantes desmanes que se llevan a cabo en los dos bandos; cómo se justifican, aunque se lamenten, determinados crímenes, excesos y discriminaciones; cómo se asume como inevitable un resultado de los acontecimientos acorde con la evolución del espíritu de los tiempos.

Pedro Rújula en El historiador y la guerra civil. Antonio Pirala (Ayer 55/2004: 61-81) pone de manifiesto que «Antonio Pirala... era un joven que se movía en los ambientes del partido progresista y que participaba con entusiasmo de la cultura del liberalismo, de ahí que todo ello apareciera convenientemente integrado entre las preocupaciones, los temas y la retórica propios de los liberales del momento (...) Pirala participaba de los presupuestos del liberalismo de su época e incluso, afín a los círculos del progresismo, era un defensor de la revolución como instrumento para el avance de los pueblos. Nosotros asentaremos ―afirmaba―, con perdón de los pesimistas, que las revoluciones han sido siempre el preludio de la ilustración de los pueblos: ellas les han precedido en su marcha regeneradora, y aunque parecían ser seguidas de principios disolventes, no lo eran sino de medios creadores para conseguir el fin a que aspira la sociedad.»

Recalca «su voluntad de abordar la guerra civil desde la perspectiva del liberalismo triunfante. La de Pirala era una interpretación del conflicto plenamente coherente con el régimen isabelino configurado en torno a la Constitución de 1846. El autor había manifestado la voluntad de situarse alejado de cualquier partidismo, pero no en el contexto de la guerra, que hubiera implicado buscar un punto de equilibrio entre el liberalismo y el carlismo, sino en el momento en el que se disponía a escribirla. Desde esta perspectiva podía considerar la revolución liberal como un elemento determinante y positivo, en el desarrollo de la nación española, sin equipararla en ningún caso a la defensa del absolutismo. Con la misma coherencia, el carlismo que aceptó la transacción en Vergara era tratado de manera condescendiente y comprensiva, puesto que terminaría por reconocer el orden isabelino fundiéndose así en el conjunto de la nación que pretendía construir el liberalismo. No sucedía lo mismo con la facción carlista seguidora de don Carlos que rechazó el acuerdo; ésta será censurada y expuestos todos sus defectos, generando así el efecto de aparecer como la depositaria de todas las perversiones. Su derrota no sólo significaría el fin del la guerra, sino la extinción del error, abriéndose con ello el camino para el entendimiento en el contexto del liberalismo moderado.»

Fusilamiento de la madre del general Cabrera, narrado en el tomo III.


lunes, 6 de septiembre de 2021

Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid

Por Rosario Weiss, en 1842

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Julián Marías publicó este artículo el 12 de agosto de 1993, en ABC, y su reproducción nos evitará presentar a nuestro autor de esta semana. El ilustre maestro volvió posteriormente al mismo asunto, en diversas conferencias fácilmente accesibles por la red.

LA ESPAÑA SOSEGADA DE MESONERO ROMANOS

El nombre de Ramón de Mesonero Romanos dice muy poco a la mayoría de los españoles; los madrileños lo asocian al nombre de una pequeña calle del antiguo Madrid, cortada por la Gran Vía; los historiadores, sobre todo los eruditos, lo conocen por algunas de sus obras acerca de Madrid o por sus «Memorias de un setentón». Es de esos autores que son de vez en cuando estudiados, pero no son leídos. Pienso que es el resultado de diversos azares, pero me parece lamentable.

¡Qué español fue don Ramón, y al mismo tiempo qué distinto de lo que suelen ser los españoles! Nació en Madrid en 1803, dentro de un decenio hará dos siglos; tuvo una vida larga para su tiempo, pues murió en 1882. Hijo de un hombre de negocios salmantino, los continuó con próspera fortuna. Fue uno de los pocos escritores que no tuvo problemas de dinero. Vivió con holgura, estabilidad y, lo que es más interesante, generosidad. Gustaba de ayudar a los escritores necesitados ―en principio lo eran casi todos—. Esa generosidad no se limitaba al dinero. Hasta donde se puede inferir, no era soberbio; tenía una actitud favorable, benévola hacia los demás ―caigo en la cuenta de que las palabras «benévolo» y «benevolencia» apenas se usan―. Tenía admiración por Larra, más joven que él, y por Galdós, a quien llevaba nada menos que cuarenta años. Lo ayudó mucho, le dio copiosa información para escribir los «Episodios nacionales», para los cuatro decenios que Mesonero había vivido pero no Galdós. Estaba persuadido de la superioridad del autor joven, y no le dolían prendas; sin duda pensaba que lo que él sabía sería utilizado con gran talento por Galdós.

Mesonero, independiente económicamente, lo fue también por dentro. Durante toda su vida procuró apartarse de la política; sin embargo, en ocasiones se ocupa de ella; siempre con desgana, y sólo en las épocas más críticas y dramáticas, en que la política se impone a la atención y rehuirla es huir de uno mismo. Don Ramón de Mesonero Romanos fue un gran «aficionado»; no fue un escritor «profesional» ―quizá porque no necesitaba vivir de su pluma―, pero escribió más que muchos profesionales. Tenía afición —lo que tantas veces falta hoy―, y algo más: escribía por vocación. No sólo el «Manual de Madrid» o «El antiguo Madrid», las colaboraciones en «Cartas Españolas», «La Revista Española», «Semanario Pintoresco». También «Escenas matritenses», «Panorama matritense», «Tipos y caracteres», «Recuerdo de un viaje por Francia y Bélgica», y como culminación las ya nombradas «Memorias de un setentón». ¿No valdría la pena leerlo?

Escribió gran parte de aquella curiosa publicación «Los españoles pintados por sí mismos» (a la que luego siguió «Las españolas pintadas por los españoles»). A mediados del siglo XIX se produce probablemente la mayor diversidad en la sociedad española: ha crecido, se han multiplicado los modos de vivir, los oficios y profesiones; y responden a otras tantas «formas de vida» ―a diferencia de lo que pasa ahora, en que las profesiones son innumerables, pero los tipos humanos son muy reducidos. Son interesantes los «contrastes» entre 1825 y 1845, los «tipos perdidos» (el religioso, el consejero de Castilla, el lechuguino, el cofrade, el alcalde de barrio, el poeta bucólico) y los «tipos hallados» (el periodista, el contratista, el juntera, los artistas, el elector, el autor de bucólica). ¿Sería posible algo parecido entre 1973 y 1993?

Las «Memorias» cubren la primera mitad del siglo XIX. Mesonero se ocupa de política ―desde fuera, sin partidismo― al narrar el reinado de Fernando VII. Siente profunda repugnancia, pero sin fanatismo: recoge lo poco positivo que puede encontrar; reconoce los momentos de mejoría; señala la torpeza e intolerancia de los constitucionales; siente horror por la violencia y la opresión. Verdadero liberal «sin color ni grito» ―como cantaban en el sitio de Bilbao y recuerda Unamuno―, está deseando dejar de hablar de política y ocuparse de otras cosas que le parecen más importantes, salvo en los momentos en que la política las avasalla. Y hay una extraña omisión: no habla de la separación de América, ocurrida en unos años de obsesión interna.

Lo que me parece más interesante en Mesonero es la presentación de una sociedad que «vive» aun en los peores momentos. Es la negación de la estúpida, y por ello funesta, fórmula: «Los mal llamados años». Para los que se ocupan de política, las cosas son atroces; para los demás, la vida sigue, por muy limitada que esté, y tiene remansos de paz, alegría, mejoras, prosperidad. Mesonero ve y comenta la transformación de Madrid, el lujo modesto, la alegría de la vida cotidiana. Ve, y cómo, las limitaciones de la política y la procesión que va por dentro. Percibe el liberalismo ambiente, el nacimiento del romanticismo, las tensiones que interrumpen una y otra vez la concordia; pero la vida colectiva sigue fluyendo.

Poseyó algo que no es frecuente: libertad interna. Fue siempre «libre» y aprovechó toda la libertad posible en cada momento. La ejerció hasta el máximo, con moderación y educación, sin desplantes ―que tantas veces encubren una retirada real―. En 1837, en pleno desarrollo del Romanticismo español, iniciado públicamente en 1834, escribió el ensayo, tan delicioso como interesante, «El Romanticismo y los románticos», y lo leyó ante ellos, los descritos con enorme ingenio; sí, pero sin perder la benevolencia: el reverso de su amigo Larra. El sosiego interior de Mesonero Romanos le permite descubrir el de España. No era cobarde; no era tampoco agresivo ―el valor no lo exige—. Miliciano nacional, fue con el Rey Fernando VII, conducido a Sevilla y Cádiz, y se expuso a las feroces persecuciones de 1823, sin desafiarlas abiertamente.

Mesonero tiene independencia de juicio frente a todos. No confunde España con grupos minoritarios que usurpan su nombre. A la mirada habitual, la historia española del siglo XIX parece el caos, una época en que la vida no era «posible»; pero fue «real» y esto es lo que muestra la obra de Mesonero Romanos. Es un modelo de percepción, de comprensión, de veracidad. Tenía la tendencia a no dejarse las cosas en el tintero, es decir, a no deformarlas, sobre todo por omisión ―las mayores falsedades consisten en no decir lo que hay que decir―; lo estamos viviendo con una intensidad devastadora y que compromete nuestro porvenir.

En la memoria de los españoles ha quedado la España de Larra; se ha olvidado la de Mesonero. Larra tenía sin duda más fuerza literaria, más «calidad de página», y esto es decisivo. Pero también ha intervenido a favor suyo su acidez, su propensión a lo negativo —es curioso que en su propia obra se olvida demasiado lo que se atreve a afirmar, como «En este país» y otros escritos muy reveladores―. Ha tenido la fortuna de que escritores posteriores y superiores lo hayan ensalzado y hecho revivir. No se podría enfrentar a Mesonero y Larra, porque el primero admiraba y quería al segundo; no se los puede contraponer; se los debería «completar». Eso que casi nunca hacen los españoles.

Julián MARÍAS
de la Real Academia Española

Leonardo Alenza, Café de Levante, 1839

viernes, 14 de septiembre de 2018

Benito Jerónimo Feijoo, Historia, patrias, naciones y España


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Escribió Julián Marías en su España inteligible: «…Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) representa mejor que nadie la nueva época. El espíritu de renovación en lo político y económico es lo que interesa a Macanaz; para Feijoo de trata de las ideas, de la Ilustración, dentro del catolicismo más abierto pero no menos ortodoxo que el de los tradicionalistas. En rigor, lo que pretende Feijoo en su Teatro crítico y en sus Cartas eruditas y curiosas es librar a los españoles de los “errores arraigados”, lo que llamaríamos hoy creencias sociales erróneas. La Inquisición, piensa Feijoo, ha impedido el desarrollo de la herejía en España, que apenas ha caído en pecados contra la fe por defecto; pero no por exceso, es decir, de superstición; los españoles no han dejado de creer en lo que hay que creer, pero han caído en creer muchas cosas indebidas; por otro camino, están en estado de error (…) Y hay un aspecto de la obra de Feijoo, a quien no se suele considerar un gran escritor, que nos llena de asombro: la extraña actualidad de su prosa, que leemos con naturalidad, casi como si se hubiera escrito en nuestro tiempo (…) Y cuando se piensa que se imprimieron y vendieron, en medio siglo, unos 400.000 volúmenes de escritos de Feijoo, en un país cuya población apenas rebasaba los diez millones, con un predominio rural como toda Europa, y por tanto un número reducido de lectores potenciales, asombra la amplitud de su influjo.»

La diversidad de cuestiones que interesan a nuestro autor es sorprendente, aunque predominan temas científicos (especialmente médicos) y tecnológicos, así como lo que podríamos denominar sociológicos, destinados a erradicar las falsas creencias y supersticiones. En esta ocasión hemos seleccionado del Teatro crítico universal (ocho tomos, 1726-39, con adiciones posteriores), un puñado de discursos para desengaño de errores comunes, centrados en las cuestiones históricas que preocupaban especialmente al benedictino: relacionadas con el método y sentido (Reflexiones sobre la Historia, Divorcio de la Historia y la Fábula…), defensa y justificación de España (Glorias de España, Españoles americanos…), sin caer en excesos y exclusiones (Amor de la patria y pasión nacional, Mapa intelectual, y cotejo de Naciones, Antipatía de franceses y españoles…), y otros relacionados (Defensa de las mujeres, Apología de algunos personajes famosos en la historia, Solución del gran problema histórico sobre la población de la América…)

Para explicitar la posición de Feijoo ante lo que más adelante se llamará el problema de España, Julián Marías cita las páginas de dedicatoria a Fernando VI en el tercer tomo de sus Cartas eruditas y curiosas, «tan iluminadoras de la continuidad sin ruptura con que se veía la historia de España, desde la Reconquista, con la cual empareja la empresa de paz y prosperidad de Fernando VI; se mira el pasado reciente (tal vez excesivamente prolongado) como un tiempo de humillación y abatimiento, como un contratiempo histórico, debido a “accidentes adversos”; se señala que esta Nación ha estado “como despreciada de las demás”; y se confía en que verdadera realidad sea pronto restaurada. La presencia de los factores económicos en la mente de este religioso es un signo del tiempo; y no lo es menos su profunda estimación, incluso espiritual, de la riqueza, preferida por él a la pobreza obligada, a la falta de lo necesario. Y su ardiente entusiasmo por la paz, su convicción de que la guerra es un mal para todos, hasta para los vencedores, su esperanza de que haya llegado la época en que los poderosos de la tierra lo comprendan así.»


viernes, 15 de junio de 2018

Francisco de Quevedo, España defendida y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros y sediciosos


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Escribe Pablo Jauralde Pou en su exhaustivo Francisco de Quevedo (1580-1645), Madrid 1999: «Hacia mediados de septiembre [de 1609] los mentideros cortesanos dan por seguro que el Duque de Osuna va a ser nombrado Virrey de Sicilia. Se está comenzando la expulsión de los moriscos del Reino de Valencia. Quevedo, justo en esos momentos, comienza a redactar vehementemente una obra filológico-política: el 20 de septiembre dedica en Madrid su España defendida y los tiempos de ahora…, al rey Felipe III. El manuscrito que nos ha conservado obra tan singular es autógrafo y va encabezado por la dedicatoria, lo que quiere decir ―además de por otras razones― que Quevedo empezó escribiendo la dedicatoria y luego se extendió a redactar toda la obra, que quedará incompleta y no llegará ni a enviarse al Monarca ni a publicarse.

»España defendida se plantea como una de esas obras enciclopédicas con que nos regaló el siglo XVI, tarea para la que Quevedo, en verdad, no estaba preparado. Para trazarla se necesitan recursos filológicos muy ricos, conocimiento de la historia, claridad en la disposición cronológica, manejo de etimologías, discusión de las modernas teorías sobre la formación de la cultura y los pueblos europeos, su relación con la cultura oriental… Cierta disciplina en el método, cierto sosiego biográfico, cierta objetividad. El texto resultante quizá hubiera debido estar escrito en latín… Quevedo no escribía fácilmente latín (sus cartas a Lipsio no son autógrafas, solo llevan la firma; sus cartas a Chiflet deben haberse escrito con ayuda…

»Pero ¿por qué Quevedo se plantea esta tarea superior a sus fuerzas?: por los libros que le están llegando, que no son precisamente manualillos u obras inocentes: el menor Atlante de Mercator, el Cronicón de Eusebio de Scalígero, las ediciones de Catulo de Muret, los Anales eclesiásticos del Cardenal Baronio, la historia de las Indias de Girolomo Benzoni… En la mayoría de los casos, las últimas obras de los grandes humanistas del siglo XVI, ante las cuales todavía hoy ―o sobre todo hoy― nos sentimos abrumados y empequeñecidos. En aquellos monumentos de erudición y sabiduría se habla ocasionalmente de España y de los españoles, como de otros pueblos, y se emiten juicios de valor, que ya habían sido contestados en otros lugares, por ejemplo por Roberto Titio, en Italia. A la desmesura erudita, un Quevedo premioso y vehemente contesta con la hipérbole gesticulante. Quevedo se siente directamente concernido como español y se dispone a responder por mi patria y por mis tiempos. “Hijo de España, escribo sus glorias... Bien sé a cuantos contradigo, y reconozco los que se han de armar contra mí; mas no fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos antes para vencerlos después, y lo haré con estas memorias, que serán las primeras que, desnudas de amor y miedo, se habrán visto sin disculpa de relaciones e historia”...»

A pesar de lo inacabado, de lo infructuoso, de lo errático (y de también de lo premioso) de su proyecto, la obra no deja de tener interés. Julián Marías, en su España inteligible. Razón histórica de las Españas, Madrid 1985, lo enuncia así, de un modo que puede parecer un tanto excesivo, sobre todo al concluir la lectura de la obra: «Uno de los testimonios más lúcidos y expresivos de la reacción temprana a la Leyenda Negra es el de Quevedo. En 1609 escribe su España defendida. Lo más interesante es que la preocupación de Quevedo se reparte entre los extranjeros que atacan y calumnian a España y los españoles que los siguen, o desconocen nuestra realidad, o escriben sobre nuestra historia con tal incompetencia, que es mucho peor que si no escribieran. Es decir, que está atento a la participación española en la situación que ya entonces se estaba creando. Citaré algunos fragmentos especialmente reveladores: (…) El texto de Quevedo no puede ser más elocuente. Y lo decisivo a mi juicio es su amarga queja por el desconocimiento que los propios españoles tienen de su realidad, hasta el punto de que prefiere el olvido al tratamiento que le han dado la mayoría de los escritos existentes. Han pasado casi cuatro siglos, y las palabras de Quevedo conservan mucho de su validez.»

domingo, 22 de octubre de 2017

Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales



Serie I  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Serie II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Serie  III  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Serie IV  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Serie V  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Una buena parte de la imagen popular de los orígenes de la España contemporánea proceden de esta magna empresa de Benito Pérez Galdós, su recreación novelada. Su éxito entre el público se mantuvo hasta nuestros días, a través de cambiantes regímenes y modas ideológicas más o menos efímeras. Y eso a pesar de que Galdós no renuncia en ningún momento a enunciar sus propios principios y planteamientos: nacionalismo, liberalismo progresista y republicano, un anticlericalismo moderado aunque patente… Todo ello en absoluto limita su enorme interés literario e histórico, al contrario: advertimos sus tomas de partido, sus filias y sus fobias, como facetas que enriquecen nuestro acercamiento a la época, aunque no las comportamos. Pero quizás resulte más útil releer al maestro Julián Marías, en su artículo La clave de los Episodios Nacionales, publicado en ABC en 1987:

«Acabo de terminar la lectura ―relectura en gran parte― de los cuarenta y seis volúmenes de los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós. Los he leído seguidos y por su orden. La impresión que producen así es considerablemente diferente de la que viene de una lectura fragmentaria y a salto de mata. Debo adelantar que, salvo una decepción final de la que será menester hablar, pocas veces he tenido mayor placer literario, o he sentido mayor admiración por un novelista. Sorprenderá que diga esto a propósito de los Episodios, que suelen ser desestimados incluso por los devotos de Galdós (…) Los Episodios Nacionales suelen verse más como una crónica de tres cuartos de siglos de la historia de España, desde Trafalgar hasta los primeros tiempos de la Restauración. Sin duda son esto, con un valor asombroso, salvo contadas excepciones. Pero lo que los Episodios son, antes que otra cosa, es una maravillosa serie de novelas. Desiguales, ciertamente, pero casi siempre con enorme talento de novelista y de historiador a la vez.

»Galdós era un escritor fecundo y rapidísimo. Solía poner al final de sus libros las fechas de composición: la mayoría de los tomos de los Episodios fueron escritos en dos, tres, rara vez cuatro meses. Y sorprende la extraordinaria documentación que los respalda; no sólo la propiamente histórica, sino la geográfica de innumerables lugares, ciudades, pueblos, montes, ríos, llanuras, puertos de montaña o de mar; y la que corresponde a los oficios y a los diversos estratos de la sociedad: desde los conventos hasta la técnica de los cereros o de los pescadores. Los diez tomos de la primera serie y los diez de la segunda se escribieron entre 1873 y 1879, aunque parezca increíble; luego viene la gran interrupción, en que Galdós se dedica a la novela contemporánea, y en 1898 ―después de Misericordia, que es de 1897― reanuda la publicación de las series tercera y cuarta, veinte volúmenes hasta 1907. Por último, la serie final, incompleta, seis tomos entre 1907 y 1912. Hay diferencias importantes. Primero escribe Galdós de épocas no vividas por él (nació en 1843), imaginadas, reconstruidas, recreadas; en la cuarta serie empiezan a funcionar los recuerdos personales, la experiencia propia; la final, tan distintas de las anteriores, sobre todo los tres últimos volúmenes, se refiere a lo que Galdós vivió como adulto.

»Antes de empezar a escribir los Episodios Nacionales, ya en 1870, concibe Galdós la posibilidad ―y la conveniencia― de la gran empresa. Su novela La Fontana de Oro lleva un brevísimo prólogo, fechado en diciembre de ese año. Dice así: “Los hechos históricos o novelescos contados en este libro se refieren a uno de los períodos de turbación política y social más graves e interesantes en la gran época de reorganización que principió en 1812 y no parece próxima a terminar todavía. Mucho después de escrito el libro, pues sólo sus últimas páginas son posteriores a la revolución de septiembre, me ha parecido de alguna oportunidad en los días que atravesamos, por la relación que pudiera encontrarse entre muchos sucesos aquí referidos y algo de lo que hoy pasa; relación nacida sin duda de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable período de 1820-23. Esta es la principal de las razones que me ha inducido a publicarlo.” (...)

»Galdós era excepcionalmente inteligente. Su espontaneidad como escritor, su aparente descuido, su atención a los detalles cotidianos, incluso a los que se refieren a la comida, su trivialidad frecuente ―en general, y salvo “caídas” personales, justificada porque narra formas triviales de la vida―, todo eso ha hecho que con frecuencia se pase por alto su perspicacia, la hondura de su visión, la profundidad de los personajes. Hay una líneas en Montes de Oca, escritas en 1900, donde aparece la justificación de los Episodios como forma literaria y, si no me equivoco, mucho más: una comprensión profunda de la condición de la vida humana. Galdós dice así: “No hay acontecimiento privado en el cual no encontremos, buscándolo bien, un cabo que tenga enlace más o menos remoto con las cosas que llamamos públicas. No hay sucesos histórico que interese profundamente si no aparece en él un hilo que vaya a parar a la vida afectiva.”

»¿Qué quiere decir esto? Galdós comprende lo que es la circunstancialidad de la vida humana; lo privado, lo que se refiere a las personas como tales, no se reduce a ellas, sino que lleva a la realidad social, colectiva, pública, en que están insertas, de cuya sustancia están hechas. Es ilusorio el utopismo, y cuando se intenta por el escritor, las figuras humanas quedan mutiladas, paradójicamente menos personales. Pero, al mismo tiempo, descubre Galdós, casi sin darse cuenta, el carácter dramático de la vida, tanto individual como colectiva. Ningún suceso histórico interesa profundamente ―dice Galdós― si no está referido a la vida afectiva, es decir a la realidad palpitante, estremecida, de las vidas singulares; dicho con otras palabras, si no le pasa a alguien.

»Lo colectivo como tal no interesa, no conmueve, no apasiona; a última hora no es inteligible, carece de sentido, nos deja indiferentes. Es menester la proyección en vidas concretas, insustituibles, para que sintamos interés y para que podamos, simplemente, entender. Este es el error de muchos historiadores, muy especialmente en nuestra época, que olvidan que la historia está realizada por hombres y mujeres, es decir, por vidas individuales, aunque lo que resulta de sus acciones vaya más allá de ellas, de sus voluntades, de sus propósitos, hasta de lo que habían imaginado. Por eso la España del siglo XIX se comprende incomparablemente en los Episodios Nacionales: en ellos se ve que todo lo que sucedió entre 1805 y 1880 le pasó a alguien, a los personajes históricos tomados como personajes de ficción, mezclados con los que no eran más que eso (quizás Unamuno diría “nada menos que eso.”)

»Quiérese decir que unos y otros están imaginados, vistos por dentro, entrelazados además. Eso es, precisamente, la verdad histórica: los personajes “históricos”, famosos, han vivido con ―a veces para― los otros, los que no aparecen en los libros, los que han vivido solamente sus vidas privadas. Y por eso Galdós tiene que crear un fabuloso mundo de personajes de ficción, un asombroso mundo novelesco.»

viernes, 22 de julio de 2016

Platón, La república

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Julián Marías sintetiza así las ideas políticas de Platón (c. 427-347 a. C.): «La moral individual tiene una traducción casi exacta a la teoría de la constitución civil o politeía, tal como la expone en la República, y luego, en forma atenuada, de más fácil realización, en las Leyes. La ciudad se puede considerar también, a semejanza del alma, como un todo compuesto de tres partes, que corresponden a las psíquicas. Estas partes son las tres grandes clases sociales que reconoce Platón: el pueblo —compuesto de comerciantes, industriales y agricultores—, los vigilantes y los filósofos. Hay una correlación estrecha entre estas clases y las facultades del alma humana, y, por tanto, a cada uno de estos grupos sociales pertenece de modo eminente una de las virtudes. La virtud de las clases productoras es, naturalmente, la templanza; la de los vigilantes o guerreros, la fortaleza, y la de los filósofos, la sabiduría, la phrónesis o sophía. También aquí la virtud capital es la justicia, y de un modo aún más riguroso, pues consiste en el equilibrio y buena relación de los individuos entre sí y con el Estado, y de las diferentes clases entre sí y con la comunidad social. Es, pues, la justicia quien rige y determina la vida del cuerpo político, que es la ciudad. El Estado platónico es la polis griega tradicional, de pequeñas dimensiones y escasa población; Platón no llega a imaginar otro tipo de unidad política.

»Los filósofos son los arcontes o gobernantes encargados de la dirección suprema, de la legislación y de la educación de todas las clases. La función de los vigilantes es la militar: la defensa del Estado y del orden social y político establecido contra los enemigos de dentro y de fuera. La tercera clase, la productora, tiene un papel más pasivo y está sometida a las dos clases superiores, a las que tiene que sostener económicamente. Recibe de ellas, en cambio, dirección, educación y defensa. Platón establece en las dos clases superiores un régimen de comunidad no solo de bienes, sino de mujeres e hijos, que pertenecen al Estado. No existen propiedad ni familia privadas más que en la tercera clase. Las directivas no deben tener intereses particulares, para subordinarlo todo al servicio supremo de la polis.

»La educación, semejante para hombres y mujeres, es gradual, y ella es quien opera la selección de los ciudadanos y determina la clase a que habrán de pertenecer, según sus aptitudes y méritos. Los menos dotados reciben una formación elemental, e integran la clase productora; los más aptos prosiguen su educación, y una nueva selección separa los que han de quedar entre los vigilantes y los que, tras una preparación superior, ingresan en la clase de los filósofos y han de llevar, por tanto, el peso del gobierno. En la educación platónica alternan los ejercicios físicos con las disciplinas intelectuales; el papel de cada ciudadano está rigurosamente fijado según su edad. La relación entre los sexos y la generación están supeditadas al interés del Estado, que las regula de modo conveniente. En toda la concepción platónica de la polis se advierte una profunda subordinación del individuo al interés de la comunidad. La autoridad se ejerce de un modo enérgico, y la condición capital para la marcha de la vida política de la ciudad es que esta se rija por la justicia.»

Papiro Oxyrhynchus LII 3679, con un fragmento de La República.

viernes, 10 de junio de 2016

Aristóteles, Política

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Julián Marías se ocupa así de esta obra en su espléndida (y veterana) Historia de la Filosofía: «Aristóteles se ocupó a fondo de los problemas de la sociedad y el Estado en los ocho libros de su Política. Además, poseía un material documental extraordinario sobre las constituciones de las ciudades griegas (158, de las que sólo se ha conservado la de Atenas), y a esto unía un conocimiento profundo de las cuestiones económicas). Aristóteles reacciona frente a los sofistas y los cínicos, que por diversas razones interpretaban la ciudad, la polis, como nómos, ley o convención. Aristóteles, por el contrario, incluye la sociedad en la naturaleza. Su idea rectora es que la sociedad es naturaleza y no convención; por tanto, algo inherente al hombre mismo, no simplemente estatuido. De acuerdo con los principios de la ética aristotélica, toda actividad o praxis se hace en vista de un bien, que es, por tanto, su fin y le confiere su sentido. Aristóteles parte de este supuesto y de que toda comunidad (koinonía) o sociedad tiende a un bien, para interpretar el ser de la polis.

»Aristóteles considera el origen de la sociedad. Su forma elemental y primaria es la casa o la familia (οἰκία), formada por la unión del varón y la hembra para perpetuar la especie; a esta primera función sexual se une la de mando, representada por la relación amo-esclavo; esta segunda relación tiene como fin lograr la estabilidad económica en la oikía; por esto, para los pobres, el buey hace las veces del esclavo, como dice Hesiodo. La agrupación de varias familias en una unidad social superior produce la aldea o kóme. Y la unión de varias aldeas forma la ciudad o polis, forma suprema de comunidad para Aristóteles. El vínculo unitario de la aldea es la genealogía, la comunidad de sangre: los hijos y los hijos de estos. La polis es una comunidad perfecta, autárquica, que se basta a sí misma, a diferencia de las aldeas, que son insuficientes y se requieren unas a otras. El fin de la familia, de la oikía, es simplemente el vivir (τὸ ζῆν); el fin de la aldea o kóme es más complejo: el vivir bien o bienestar (τὸ ευ ζῆν): como la perfección de cada cosa es su naturaleza, y la polis es la perfección de toda comunidad, la polis es también naturaleza. Y, por consiguiente, el hombre es por naturaleza un animal político, un viviente social (ζώον πολιτικόν), y el que vive —por naturaleza y no azarosamente— sin ciudad es inferior o superior al hombre: el que no puede vivir en sociedad o no necesita nada por su propia suficiencia, no es un hombre, sino una bestia o un dios.

»La naturaleza social del hombre se manifiesta en el lenguaje, en el decir o logos. Los animales tienen también voz (φωνή) que expresa el placer y el dolor; pero la palabra (λόγος) está destinada a manifestar lo útil y lo perjudicial, lo justo y lo injusto; el conocimiento de esto es lo característico del hombre y el fundamento de las comunidades. La justicia, pues, es esencial a la ciudad —de acuerdo con Platón—; es el orden de la polis. El hombre puede funcionar como cosa —así la hembra o el esclavo— o como hombre, y esto solo puede hacerlo en la comunidad. El hombre es un animal que habla (ζώον λόγον ἔχον) y el hablar es una función social: es decir a alguien lo que las cosas son —por ejemplo, justas o injustas—. Por esto el hombre necesita una comunidad en que vivir, y su ser político se funda en su ser locuente. Esto es lo que no sucede a Dios —concretamente al dios aristocrático—, y por eso puede ignorar el mundo y ser simplemente nóesis noéseos, pensamiento del pensamiento, visión de la visión. Mientras el hombre necesita un ente sobre el cual verse su contemplación y un prójimo o semejante a quien decir lo que ha visto, Dios es la suma autarquía y se contempla a sí propio.

»Aristóteles concede un gran papel a la voluntad en lo social, y no distingue entre sociedades naturales, como la familia, en la cual se encuentra uno involuntariamente, y asociaciones fundadas por un acto voluntario, como un círculo, al cual se pertenece o se deja de pertenecer cuando se quiere. Más aún: insiste en el carácter voluntario e incluso violento de la constitución de las aldeas y ciudades, y dice que estas comunidades son por naturaleza. Hoy no diríamos esto. Y eso prueba que Aristóteles usa preferentemente el concepto de naturaleza de cada cosa, no en el de la naturaleza. Los dos sentidos se cruzan constantemente desde los presocráticos. Y por esto, por ser natural la sociedad y la culminación o perfección de esta la polis, resulta que la sociedad y el Estado se identifican: lo social es lo político, y la polis significa la interpretación estatal de la sociedad. Aristóteles no se da cuenta de que la sociedad no es el Estado, que en su circunstancia histórica coinciden: la sociedad perfecta es la polis, el Estado-ciudad. Y cuando, desde la fundación del Imperio alejandrino, estos viejos límites helénicos se rompen, el hombre antiguo queda desorientado respecto a los límites reales de las comunidades, con una desorientación que culmina en el cosmopolitismo de los estoicos.

»La jerarquía de los ciudadanos está de acuerdo con los posibles tipos de vida. Los trabajos inferiores, de finalidad económica, están a cargo de esclavos, al menos en parte. Aristóteles mantenía la idea de la esclavitud según la vieja convicción helénica de que los bárbaros debían servir a los griegos. En este punto discrepaba de la política que siguió Alejandro, y que abocó a la formación de las culturas helenísticas. La economía debe tender a la forma autárquica, a que la ciudad se baste en lo posible a sí misma. Aparece aquí nuevamente, trasladado a la comunidad política, el ideal griego de suficiencia. Por esto, Aristóteles es más favorable a la ciudad agrícola que a la industrial.

»Respecto a la forma del régimen o constitución, Aristóteles no cree que haya de ser forzosamente única. Considera posibles tres formas puras, regidas por el interés común. Estas tres formas degeneran si los gobernantes se dejan llevar por su interés personal. Según que la soberanía corresponda a uno solo, a una minoría de los mejores o a todos los ciudadanos, el régimen es monarquía, aristocracia o democracia. Las formas degeneradas respectivas son la tiranía, la oligarquía, basada casi siempre en la plutocracia, y la demagogia. Aristóteles insiste especialmente en las ventajas del «régimen mixto» o república (politeía), mezcla o combinación de las formas puras, por considerar que es el de mayor estabilidad y seguridad (aspháleia), pues esta es el tema fundamental de su Política. Es menester tener presente que Aristóteles, como Platón, piensa siempre en el Estado-ciudad, sin imaginar como formas deseables otros tipos de unidades políticas más amplias. En Aristóteles es esto tanto más sorprendente, aunque se explica por razones profundas, porque estaba siendo testigo de la transformación del mundo helénico, que pasó en su tiempo, y por obra de su discípulo Alejandro, de la multiplicidad de ciudades independientes a la unidad de un gran Imperio territorial, el efímero Imperio macedónico, pronto roto en los reinos de los Diádocos, pero que mantuvo desde entonces la idea de la monarquía de gran extensión, sin volver a la atomización de las ciudades.»

Manuscrito de mediados del siglo XV

sábado, 24 de octubre de 2015

Bernal Díaz del Castillo, Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva España

Rodolfo Galeotti, Retrato imaginario de Bernal Díaz

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Julián Marías, en su luminoso España inteligible. Razón histórica de las Españas, presenta así al autor y a la obra: «La historia verdadera de la conquista de la Nueva España es uno de los libros más apasionantes que se han escrito. Este soldado de Medina del Campo escribió ya viejo sus memorias de la increíble campaña de Hernán Cortés; era uno de los cuatrocientos cincuenta españoles que emprendieron la conquista del inmenso territorio. Hay que advertir desde luego que el descubrimiento y conquista de América no fue buen negocio para los que lo realizaron. Los esfuerzos, fatigas y padecimientos fueron increíbles. La distancia, las dificultades del terreno ―selvas, desiertos, cordilleras, ríos, animales feroces, mosquitos más feroces todavía―, sin contar los combates con los indios y de los españoles entre sí, tan frecuentes, ni los riesgos de la navegación transatlántica en veleros que rozaban las cien toneladas, todo ello hacía la vida de estos hombres extremadamente penosa, esforzada y peligrosa. Las probabilidades de sobrevivir eran mínimas, y bien lo sabían. Si se hiciesen cuentas, se encontraría que los descubridores y exploradores, en su inmensa mayoría, dejaron la piel en la empresa. El utilitarismo, la codicia, no es explicación suficiente.

»Fue decisivo el espíritu de aventura, el deseo de realizar hazañas extraordinarias y dignas de ser recordadas, el orgullo de pertenecer a una minoría capaz de grandes cosas. En el preámbulo de su historia, Bernal Díaz del Castillo habla de “los heroicos hechos y hazañas que hicimos cuando ganamos la Nueva España y sus provincias en compañía del valeroso y esforzado capitán don Hernando Cortés”; y anuncia que va a escribir como buen testigo de vista, “con la ayuda de Dios, muy llanamente, sin torcer a una partes ni a otra, y porque soy viejo de más de ochenta y cuatro años y he perdido la vista y el oído, y por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y descendientes, salvo esta mi verdadera y notable relación...” (…) Y añade: “Y porque haya fama memorable de nuestras conquistas, pues hay historias de hechos hazañosos que ha habido en el mundo, justa cosa es que estas nuestras tan ilustres se pongan entre las muy nombradas que han acaecido.” (…) El ejemplo de griegos y romanos, la voluntad de igualarlos o superarlos, aparece junto con los recuerdos de la caballería medieval y del Romancero, incluso en hombres de pocas letras, como Bernal Díaz del Castillo. (...)

»Al final de su historia, Bernal hace un balance conmovedor. Se dirige a la Fama, y le cuenta que en 1568 en que escribe su relación, de 450 soldados que pasaron con Cortés desde la isla de Cuba no quedan vivos más que cinco, “que todos los demás murieron en las guerras ya por sí dichas, en poder de indios, y fueron sacrificados a los ídolos, y los demás murieron de sus muertes; y los sepulcros que me pregunta dónde los tienen, digo que son los vientres de los indios, que los comieron las piernas y muslos, y brazos y molledos, y pies y manos, y lo demás fueron sepultados, y sus vientres echaban a los tigres y sierpes y halcones, que en aquel tiempo tenían por grandeza en casas fuertes, y aquellos fueron sus sepulcros, y allí están sus blasones.” Y de 1.300 hombres de Pánfilo de Narváez quedan vivos diez u once, y los 1.200 de Francisco de Garay, casi todos están muertos, y todos los quince de Lucas Vázquez de Ayllón. Y en una frase final, llena de veracidad y realismo, Bernal Díaz concluye: “Y a lo que a mí se me figura con letras de oro habían de estar escritos sus nombres, pues murieron aquella crudelísima muerte por servir a Dios y a Su Majestad, y dar luz a los que estaban en tinieblas, y también por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente venimos a buscar.” (...)

»Los descubridores y conquistadores hicieron pésimo negocio: los más consiguieron muerte desastrada, y los supervivientes, después de infinitos padecimientos y calamidades, algo muy parecido a la pobreza; querían evangelizar las Indias, servir al rey, alcanzar gloria y fama, realizar hazañas nunca vistas, tener aventuras, vivir con el alma en un hilo, descubrir novedades. Y además, jugar a la lotería de la riqueza, tener la esperanza de volver un día a Castilla, a Andalucía, a Extremadura, a la tierra vasca, llenos de recuerdos y con algún oro. En el fondo sabían que no lo iban a conseguir, que iban a dejar los huesos en América, y la carne en el vientre de un indio o un ave de rapiña; pero sin esa ilusión, ¿hubieran tenido arranque para pasar aquellos tártagos? Y todavía más, ¿hubieran sabido justificar aquella inverosímil aventura?»

Hasta aquí, Julián Marías. Una última observación; la Verdadera historia sorprende (y maravilla) con el tono coloquial que emplea el autor para referirnos sus descomunales remembranzas. Nos inunda y sumerge en una verborrea que subyuga, formada por incontables series de oraciones concatenadas (y… y… y...) a las que Bernal no sabe poner freno más que cortando el tema y cambiando de capítulo. El autor es consciente de su carácter reiterativo, pero sus frecuentes propósitos de ir a lo principal, de no repetir una y otra vez descripciones y enumeraciones, son siempre incumplidos. Por suerte, porque son estos rasgos los que permiten al lector incluirse en el corro de ávidos oyentes que, en torno al brasero, escuchan al viejo soldado…

Y ello, a pesar de que no dejan de percibir la molesta sospecha que también le surgió varios siglos después a Jorge Luis Borges en unas circunstancias comparables: «El coronel me recibió después de cenar. Desde un sillón de hamaca, en un patio, recordó con desorden y con amor los tiempos que fueron. Habló de municiones que no llegaron y de caballadas rendidas, de hombres dormidos y terrosos tejiendo laberintos de marchas, de Saravia, que pudo haber entrado en Montevideo y que se desvió, porque el gaucho le teme a la ciudad, de hombres degollados hasta la nuca, de una guerra civil que me pareció menos la colisión de dos ejércitos que el sueño de un matrero. Habló de Illescas, de Tupambaé, de Masoller. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi no quedaran recuerdos.» (La otra muerte, en El Aleph.)

No sabemos si este fue el caso de Bernal Díaz del Castillo, que también recordó (rehizo) con amor los tiempos que fueron.

Del Lienzo de Tlaxcala.