martes, 21 de julio de 2026

Gilbert Keith Chesterton, El hombre que fue Jueves. Una pesadilla

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Jorge Luis Borges en Otras inquisiciones (1952): «Edgar Allan Poe escribió cuentos de puro horror fantástico o de pura bizarrerie; Edgar Allan Poe fue inventor del cuento policial. Ello no es menos indudable que el hecho de que no combinó los dos géneros. No impuso al caballero Auguste Dupin la tarea de fijar el antiguo crimen del Hombre de las Multitudes o de explicar el simulacro que fulminó, en la cámara negra y escarlata, al enmascarado príncipe Próspero. En cambio, Chesterton prodigó con pasión y felicidad esos tours de force…  Chesterton pensó, como Whitman, que el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna  desventura debe eximirnos de una suerte de cósmica gratitud… (Y así) Chesterton se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka, pero... algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central.»

Aprovechando este tiempo de descanso veraniego, traemos aquí El hombre que fue Jueves, la gran novela que Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) publicó en 1908. Fantástica narración en la que, junto a una trama policíaca y un fondo metafísico, se nos permite acercarnos y contemplar los años finales de la Belle époque, los años en que culmina la soberbia de ese Occidente formado a partes alícuotas por capitalismo, nacionalismo, imperialismo, racismo, cientifismo, esteticismo… un gigante con pies de barro aun bastante ignorados, pero que se pondrán de manifiesto con el estallido de la Gran Guerra. Pero mientras tanto, la enorme seguridad en sí misma de esta sociedad burguesa, convencida de caminar con firmeza por la senda del Progreso (lo que hoy llaman «estar en el lado correcto de la historia») hace que se desprecien las amenazas, y entre éstas la del Anarquismo, que tiende a percibirse como una mera molestia que, por más magnicidios y atentados indiscriminados que lleve a cabo, no deja de ser la reacción impotente de seres brutales e inferiores.

La reflexión, o mejor fábula, de Chesterton no podrá ser más diversa. Pero quizás sea mejor que atendamos a lo que el mismo autor nos dice sobre esta obra en su Autobiografía (1936), al hilo de la narración de sus preocupaciones u obsesiones juveniles:

«Todavía estaba esclavizado por aquella pesadilla metafísica de contradicciones entre mente y materia, por la perversa imaginería del mal y el peso de los misterios del cuerpo y el cerebro, pero para entonces ya me había rebelado contra ellos e intentaba construir una cosmología más saludable, aunque me pasara de la raya en lo relativo a la salud; incluso me califiqué a mí mismo de optimista porque estaba a un paso de ser un pesimista. Esa es la única excusa que puedo ofrecer. Toda esta parte del proceso fue después recogida en la informe forma de una novela titulada El hombre que fue Jueves (The Man Who Was Thursday). En su momento, el título llamó mucho la atención y los periodistas hicieron bromas a su costa. Algunos, al referirse a mis supuestas opiniones jocosas, simulaban confundirlo con El hombre que tenía sed (The Man Who Was Thirsty). Otros suponían naturalmente que Jueves era el hermano negro de Viernes. Y también los había que, con mayor perspicacia, lo trataban como un título totalmente anárquico como La mujer que fue ocho y media o La vaca que fue mañana por la noche. Pero me interesa lo siguiente: apenas nadie entre quienes leyeron el título parece haber visto el subtítulo —Una pesadilla— que daba respuesta a muchísimas preguntas de la crítica.

»Hago aquí una pausa porque esto es hasta cierto punto importante para comprender aquella época. Me han preguntado con frecuencia qué significado tiene en esta obra la monstruosa pantomima del ogro que recibe el nombre de Domingo; algunos han sugerido, y en cierto sentido no sin razón, que representaba una versión blasfema del Creador. Pero la cuestión es que toda la historia es una pesadilla sobre las cosas, no tal como son, sino como le parecían al joven ligeramente pesimista de los años noventa; y el ogro, que aparece brutal pero que  también es, en el fondo, benevolente, no es tanto Dios, en un sentido religioso o antirreligioso, sino la Naturaleza a los ojos de un panteísta cuyo panteísmo naciera del pesimismo. En cuanto al sentido de la historia, intentaba empezar pintando un cuadro negro del mundo y avanzar hasta dar a entender que el cuadro no era tan negro como se había pintado en un principio. Ya he explicado que todo esto era fruto del nihilismo de los noventa, patente ya en la dedicatoria que escribí a mi amigo Bentley, quien había vivido una etapa y unos problemas parecidos, y en la que preguntaba retóricamente: “¿Quién puede comprenderlo sino tú?” Un crítico respondió con mucha sensatez diciendo que si nadie salvo Mr. Bentley entendía el libro, no parecía razonable pedir a otros que lo leyeran.

»Pero hablo de ello aquí porque, aunque sucedía al principio de la historia, estaba destinado a significar otra cosa antes del final de la novela. Sin aquel lejano efecto final, el recuerdo puede parecer tan absurdo como el libro, pero de momento sólo puedo dejar aquí constancia de los dos hechos que, de alguna forma y en cierto sentido, conseguí ratificar. En primer lugar, intentaba de una manera vaga fundar un nuevo optimismo, no sobre el máximo bien sino sobre el mínimo. No me importaba demasiado el pesimista que se quejaba de que lo bueno existiera en una proporción tan pequeña, sino que me enfurecía —al borde del asesinato— el pesimista que preguntaba para qué servía lo bueno. En segundo lugar, incluso en los primeros tiempos y por los peores motivos, yo ya sabía demasiado como para fingir que me libraba del mal. Al final, introduje un personaje que, con total comprensión de lo que hace, realmente rechaza y desafía al bien. Mucho después, el padre Ronald Knox, con aquel modo suyo tan singular, me dijo que estaba seguro de que usarían el resto del libro para probar que yo era un panteísta y un pagano, y que los futuros críticos demostrarían fácilmente que el episodio del Acusador era una interpolación escrita por algún cura.

»Ese no era el caso, sino realmente todo lo contrario. En aquella época, me habría molestado tanto como a cualquier otro escritor en millas a la redonda si hubiera descubierto que un cura se metía en mis asuntos o hacía acotaciones a mis manuscritos. Escribí aquella declaración en la novela para dar testimonio del peor pecado (el imperdonable pecado de no desear ser perdonado), no porque lo hubiera aprendido de algunos de los millones de curas que nunca había conocido, sino porque lo había aprendido de mí mismo. Yo ya estaba bastante seguro de que, si lo deseaba, podía apartarme de la vida completa del universo. Cuando le preguntan a mi esposa quién la convirtió al catolicismo, siempre responde: “el diablo”.

»Pero todo aquello sucedió tanto tiempo después que no guarda relación con la filosofía llena de vacilaciones y conjeturas de la novela en cuestión. Preferiría citar el homenaje de un hombre totalmente distinto que fue, no obstante, uno de los pocos que, por una u otra razón, han sacado algo en limpio de esta desgraciada historia de mi juventud. Era un distinguido psicoanalista de los más modernos y científicos, no un cura, ni mucho menos; podríamos decir como el francés al que le preguntaron si había almorzado en el bote: “au contraire”. No creía en el demonio, Dios no lo quisiera, si es que existía algún Dios para quererlo. Pero era un entusiasta y vehemente estudioso de su especialidad, y me puso los pelos de punta cuando me comentó que había encontrado muy útil aquella novela mía de juventud como remedio para sus pacientes más patológicos; sobre todo, el proceso por el que los anarquistas más diabólicos resultan ser buenos ciudadanos disfrazados. “Conozco unos cuantos hombres que casi se volvieron locos —dijo gravemente—, pero se salvaron porque habían entendido realmente El hombre que fue jueves.” Es posible que fuera generosamente exagerado y por supuesto, es posible que él mismo estuviera loco, pero entonces también lo estaba yo. Confieso que me halaga pensar que, en aquella época mía de locura, pude resultar de alguna utilidad a otros lunáticos.»

La novela tuvo una considerable repercusión y fue rápidamente traducida a las principales lenguas. El gran escritor mejicano Alfonso Reyes (1889-1959) llevó a cabo la excelente versión española, y le antepuso un Prólogo muy interesante, fechado en 1919. Es la vieja edición de Austral. Más tarde la profesora Alicia Bleiberg (n. 1938) realizó otra, también excelente, para Alianza. Como ambas traducciones están todavía protegidas por los derechos de autor, hemos preparado otra más, que lógicamente no podrá competir con aquellas; tan sólo se propone salir del paso. Fueron también muy numerosas las adaptaciones radiofónicas de la novela, y entre todas debemos mencionar la que realizó en 1938 Orson Welles para el Mercury Theatre on the Air, unas semanas antes de la tan célebre emisión de La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Podemos imaginar qué papel habría hecho como Domingo el desaforado Orson en una conjetural película sobre la novela...

En Clásicos de Historia ya incluimos en su día otra novela de Chesterton, La esfera y la cruz, publicada en 1909, en la traducción de Manuel Azaña.

Ilustración de Chesterton para otra historia.

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