lunes, 21 de septiembre de 2026

Miguel Primo de Rivera, Balance de la Dictadura y otros textos

Retrato, por Bagaría

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Rafael Sánchez Ferlosio nos transmite el testimonio de Yarfoz, que corresponde a un género literario muy practicado en la era grágido-atánida. Los testimonios comenzaban ritualmente con «la autopresentación del autor, que lo caracteriza expresamente como relato personal, y, como era igualmente ritual, por la exposición del motivo… A veces, sin embargo, el único efecto que buscaba el testimonio era el de producir como verdad ante los demás una versión de los hechos ignorada o, más a menudo, no creída en su día. El no creído escribía para después de su muerte, porque juzgaba que solo desinterés o indiferencia de difunto podía garantizar y autorizar una verdad como verdad, supuesto que pasión, temor ni empeño alguno podían llevarle ya a preferir una versión mejor que otra. El testimonio era, pues, la verdad sobre aquello, la reivindicación de los hechos y, con ella, la del no creído.»

Algo así parece querer trazar, en febrero de 1930, unas pocas semanas después de haber abandonado el poder, el general Miguel Primo de Rivera (1870-1930). Aprovechando el encargo que le hace un periódico argentino, redactará cuatro artículos que luego, tras su próxima muerte, serán muchas veces reimpresos y traducidos. Comienza así el primero de ellos: «La Nación, de Buenos Aires, gran periódico que, por tantas razones, merece mis simpatías, me ha requerido a publicar en él una serie de artículos que, por dedicados a la génesis, nacimiento, desarrollo y fin del período de gobierno dictatorial por que España ha pasado, han de ofrecer innegable interés histórico y un matiz de muy viva actualidad. De mi parte, he de poner toda la objetividad y templanza que un estudio de esta naturaleza exige, y anticipo la declaración de que el ambiente en que escribo, París, evocador de días de alegre juventud, siempre acogedor benévolo de ideas y personas, no puede ser más propicio a la reconstitución serena de tiempos y sucesos, que, por agitados y rápidamente vividos, a mí mismo me parecen ya lejanos.»

Lo cierto es que, como balance, como testimonio de su dictadura, resulta excesivamente somero, aunque no carente de interés. Una y otra vez se lamenta del escaso espacio de que dispone, y promete explayarse largamente en el futuro para relatar por extenso su obra política. Su muerte, sólo tres semanas después, lo impedirá. Parece adivinarlo cuando afirma: «Todo queda a disposición de los que, en su día, con mayores aptitudes que yo, quieran ser sus cronistas.» Son muchos los aspectos de la Dictadura que no llega a tocar en sus artículos, y su tono es claramente autojustificativo. Pero todo ello no les priva de interés.

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Con el golpe de estado de 1923, Primo de Rivera inició lo que puede llamarse el medio siglo autoritario español, que sólo concluirá con la Reforma Política de 1976, y las consecuentes elecciones generales del siguiente año. A lo largo de esos cincuenta años se sucederán diversos regímenes, cada uno con su perfecta receta para remediar por completo los males del país; eso sí, con muy escaso respeto a las ideas políticas diferentes y a las personas que las sostienen; la dictadura militar, la segunda república, la guerra civil y el régimen de Franco son sus hitos principales. Totalmente diferentes entre sí, sin embargo presentan una inquietante coincidencia: todos ellos fueron recibidos con gran entusiasmo por unas amplias mayorías.

Allison Peers, en La tragedia española, enjuició así la dictadura: «El 28 de enero de 1930, Don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, Marqués de Estella y Dictador de España, dejó el cargo para el que se había autoproclamado seis años y cuatro meses antes, y se retiró a París, donde, apenas siete semanas después, falleció. El experimento de Primo de Rivera con la dictadura había comenzado bien, pues representaba un intento novedoso y atractivo de acabar con el fenómeno español de los gobiernos en constante cambio y de resolver el problema de la ineficacia administrativa, que hasta entonces se había resistido a ser solucionada. Terminó mal, y se esgrimen diversas razones para explicar su desenlace, pero las verdaderas causas residían en los caracteres del Dictador y del pueblo español.

»El Dictador era un andaluz benevolente, con todas las virtudes y defectos propios de los andaluces. Le encantaba la ostentación y el boato; hablaba demasiado, sobre todo a través de fantásticos comunicados oficiales; exageraba sin reparos; sus generosas promesas a menudo superaban su capacidad de cumplimiento; y, cuando se enfurecía, actuaba como un padre imprudente e impulsivo, imponiendo los castigos más severos, para luego modificarlos o condonarlos por completo en cuanto se le pasaba la ira. Le gustaba creer que su gobierno era suave y paternal, no una dictadura, parafraseando el juego de palabras de moda en España en aquella época, sino una dictablanda.»

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Miguel Primo de Rivera pretendió mantener durante la dictadura un contacto permanente con la ciudadanía a través de numerosos viajes, alocuciones, cartas públicas, manifiestos y las famosas Notas oficiosas (de inserción obligada en los periódicos). Por ello, además de los cuatros artículos de 1930, hemos agregado algunos de estos textos, en los que se revela en mayor o menor grado el carácter y personalidad del dictador, o por lo menos la imagen que pretende mostrar ante el público. Por otro lado, una selección de los principales textos oficiales de la Dictadura (decretos, órdenes, el anteproyecto de constitución…) se recogió en su día en Medio siglo de legislación autoritaria en España (1923-1976).

Bagaría, en El Sol, 14 septiembre 1923

viernes, 11 de septiembre de 2026

Gastón Maspero, Historia antigua de los pueblos de Oriente

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Las viejas pirámides de Gizeh siempre han destacado, dominantes, en el panorama de los siglos, impidiendo el olvido de la prodigiosa civilización que las construyó, y conservando la admiración por sus logros. Pero su recuerdo quedó durante mucho tiempo reducido a lo contenido y mediatizado en las tradiciones clásicas y bíblicas, y su originaria cultura cayó, con su idioma, rápidamente en la oscuridad. Su recuperación fue obra de una plétora heroica de sabios que a lo largo del siglo XIX, desde los trabajos de desciframiento de sus escrituras por parte de Champollion, hicieron revivir el conocimiento directo de la cultura egipcia.

El francés Gastón Maspero (1846-1916) representa la edad dorada de la egiptología. Sus abundantísimas transcripciones e interpretaciones de los viejos textos faraónicos, sus estudios sobre arquitectura y arte, su larga estancia en Egipto como director de la misión arqueológica francesa, el descubrimiento del escondrijo de Deir-el-Bahari, el estudio de las momias reales, la reorganización y catalogación del museo de El Cairo, numerosas excavaciones y trabajos de conservación de monumentos, dan fe de ello. Y no menos decisivo resultó que, cuando lord Carnavon, rico inglés deseoso de financiar nuevas investigaciones, le pidió en 1907 un arqueólogo experto, Maspero le recomendase al joven Howard Carter, que ya había trabajado anteriormente para él. Decisión especialmente trascendente por sus resultados futuros...

Pero además, Maspero contribuyó poderosamente a la difusión de unos resultados científicos que podrían haber resultado tremendamente herméticos incluso para el público culto en general, fuera del reducido círculo de los especialistas, con publicaciones que comprenden desde manuales escolares hasta obras de alta divulgación. Y hoy comunicamos un auténtico clásico de la historiografía, que fue —durante muchos años— la decisiva obra de conjunto sobre el Próximo Oriente antiguo. Publicada originariamente en 1875, continuamente revisada y reelaborada, a la muerte de su autor había alcanzado la duodécima edición en lengua francesa y numerosas traducciones a las principales lenguas modernas.

En un artículo publicado tras su fallecimiento (que incluimos anexo en nuestra entrega), su discípulo y continuador Alexandre Moret se refería así a la Historia antigua de los pueblos de Oriente: «Esta resurrección del pasado... constituye el principal atractivo de su gran Historia, que comenzó a publicarse por entregas en 1894; era su manual de 1875, pero rehecho, enriquecido con una documentación formidable, ilustrado con todo lo que los monumentos figurativos podían proporcionar para aclarar el texto. Aquí nuevamente, a pesar de sus tres volúmenes, el libro de Maspero no revela ni la décima parte de su trabajo. La materia histórica de todo el Oriente antiguo, la había trabajado y vuelto a trabajar en todos sus detalles; cuanto más ingrata o difícil parecía, más parecía complacerse en ella y jugar con ella. Tal es la impresión que a menudo he sentido en los cursos del Collège de France donde Maspero nos iniciaba en la preparación de su obra.

»En primer lugar, se atrevió a escribir una historia sincrónica del Oriente; sus predecesores habían tratado por separado Egipto, Caldea, Palestina, Persia, dejando al lector la tarea, bastante ardua, de restablecer en el mismo plano las civilizaciones paralelas. Maspero suprimió esos tabiques impermeables; comenzando por Egipto, lo muestra en relaciones de comercio, religión y política con sus vecinos del este y del oeste. Tras los orígenes, describe los primeros contactos de los pueblos y finalmente los imperios rivales de Egipto, Asiria y Persia, hasta la llegada de Alejandro, señalando sus acciones y reacciones mutuas.

»Se puede imaginar la erudición que supone una tarea así de compleja. De hecho, las páginas relacionadas con los países no egipcios están tan documentadas y cuidadas como la historia de Egipto. En su juventud, Maspero había estudiado el hebreo y los cuneiformes; era capaz de supervisar el trabajo de los asiriólogos y hebraístas refiriéndose a los documentos originales. Él confesaba a sus alumnos que le daba cierto gusto revelar a los especialistas en Asia documentos escritos o figurativos poco conocidos por ellos. Esta erudición nunca resulta abrumadora para el lector, porque nada iguala la viveza de los cuadros que dibuja sobre las grandes épocas del mundo oriental. No es que abuse de vastas síntesis ni de ideas generales; al contrario, desconfiaba de ellas, tanto en historia como en religión, y prefería una acumulación de detalles expresivos. Entre tantos materiales, Maspero se sentía cómodo; lejos de sentirse aplastado por la documentación enorme, levantaba esa masa con ambas manos, la modelaba con toques precisos y repetidos, y dejaba figuras con un relieve tan exacto que parecía haber vivido con los grandes reyes y los pueblos cuya historia milenaria resucitaba.»

Y concluye con esta valoración de su maestro: «Maspero cierra la serie de aquellos que él llamaba los egiptólogos universales. Le escuché decir de él mismo: Seré el último egiptólogo completo. Tal es de hecho el lugar que ocupó, tal será su título ante la posteridad: el último de los fundadores de la egiptología y uno de los más grandes. Al principio, se encontró frente a una ciencia aún limitada, un campo inmenso pero que una inteligencia como la suya podía sin embargo abarcar; gramática, historia, religión, arqueología, se entrelazaban allí como la vegetación en los pantanos del Nilo, y los pioneros la recorrían sin examinar los detalles ni descubrir las perspectivas. Más tarde, después de haber fluido desde su fuente como un río único, la egiptología, al expandirse como el Nilo en un delta, se dividió en ramas abiertas sólo a especialistas. Las circunstancias favorables colocaron a Maspero en la misma bifurcación de este delta, ahí donde todo el curso aún es canalizable, pero desde donde se pueden ver abrirse delante de uno las ramas divergentes. Participando de la antigua generación, tuvo la alegría de poder seguir con la mirada los diversos caminos en los que se involucrarían sus sucesores; contribuyendo a los avances de las ciencias especializadas, siguió siendo para el gran público aquel que reunía en sí los resultados obtenidos y la intuición de las investigaciones futuras.»

Maspero examina la momia de Ramsés II ante el jedive Tewfik
en el museo de Boulaq (El Cairo). Le Monde Illustré, 10 de julio de 1886.

martes, 1 de septiembre de 2026

Julián de Toledo, Historia de la expedición y victoria del rey Wamba

Wamba

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Escribe Justo Pérez de Urbel en Las letras en la época visigótica, que forma parte de la obra colectiva España visigoda (414-711 de J. C.), tomo III de la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal, en la segunda edición corregida y aumentada, publicada en Madrid el año de 1963:

«La ciudad real encontraba siempre un hombre sabio para gobernar su Iglesia, y esto es lo que dio origen a aquel aforismo que encontramos en el códice emilianense: Disciplina atque scientia de Toleto. Después de San Ildefonso aparece Quirico, que es tal vez autor del bellísimo símbolo del concilio XI de Toledo, y después de Quirico, San Julián, que es el escritor más fecundo y original de la escuela toledana. Ocupó la sede metropolitana diez años, desde el 680 hasta el 690. Colocado en las postrimerías del siglo, Julián se esfuerza por detener la decadencia, que se iba insinuando lo mismo en las letras que en los demás órdenes de la vida. Su primer cuidado fue conservar y aumentar la biblioteca catedralicia, corregir los códices viciados y completar los que estaban sin terminar. Para uso de los estudiantes de la escuela episcopal compuso un comentario de la gramática de Donato y otros escritos gramaticales.»

Escribió otras muchas obras: De comprobatione sextae aetatis (686), Prognosticum futuri soeculi (688), Antikemeinon, y otras de las que sólo quedan fragmentos. En conjunto alcanzaron una considerable difusión en la época carolingia, lo que se constata por el número de copias y citas conservadas. Y continúa así:

«Uno de los escritos más interesantes de San Julián es su Historia de la rebelión de Paulo contra Wamba y de la derrota de la Galia. Nada hay en ella de la sequedad de las crónicas anteriores. La narración es rápida, minuciosa y llena de vida. Hay descripciones de un realismo extraordinario, y la preocupación literaria del autor se descubre en los discursos que pone en boca de los principales personajes, y que nos recuerdan los de las historias romanas.

»El historiador encontrará, además, en estas páginas numerosos detalles de gran interés para el conocimiento de las costumbres en la época visigoda. Estos escritos hacen de San Julián el personaje más representativo de su tiempo después de San Isidoro; como escritor tal vez le supera, aunque no tiene su universalidad. Su erudición patrística es tan exacta como extensa; y no es menos profundo su conocimiento de las letras profanas.»

Presentamos el texto latino editado por W. Levinson en 1910 en los fecundos Monvmenta Germaniae Historica, y la excelente traducción del profesor Rafael Díaz y Díaz, publicada en 1990 en la revista Florentia Iliberritana. Revista de Estudios de Antigüedad Clásica. También reproducimos un pasaje del profesor José Orlandis, en el que se ocupa de la rebelión del conde Paulo y de la expedición del rey Wamba. Se ha tomado de Época visigoda (409-711), tomo 4 de la Historia de España coordinada por Ángel Montenegro Duque, y publicada en Madrid en 1987.