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Las viejas pirámides de Gizeh siempre han destacado, dominantes, en el panorama de los siglos, impidiendo el olvido de la prodigiosa civilización que las construyó, y conservando la admiración por sus logros. Pero su recuerdo quedó durante mucho tiempo reducido a lo contenido y mediatizado en las tradiciones clásicas y bíblicas, y su originaria cultura cayó, con su idioma, rápidamente en la oscuridad. Su recuperación fue obra de una plétora heroica de sabios que a lo largo del siglo XIX, desde los trabajos de desciframiento de sus escrituras por parte de Champollion, hicieron revivir el conocimiento directo de la cultura egipcia.
El francés Gastón Maspero (1846-1916) representa la edad dorada de la egiptología. Sus abundantísimas transcripciones e interpretaciones de los viejos textos faraónicos, sus estudios sobre arquitectura y arte, su larga estancia en Egipto como director de la misión arqueológica francesa, el descubrimiento del escondrijo de Deir-el-Bahari, el estudio de las momias reales, la reorganización y catalogación del museo de El Cairo, numerosas excavaciones y trabajos de conservación de monumentos, dan fe de ello. Y no menos decisivo resultó que, cuando lord Carnavon, rico inglés deseoso de financiar nuevas investigaciones, le pidió en 1907 un arqueólogo experto, Maspero le recomendase al joven Howard Carter, que ya había trabajado anteriormente para él. Decisión especialmente trascendente por sus resultados futuros...
Pero además, Maspero contribuyó poderosamente a la difusión de unos resultados científicos que podrían haber resultado tremendamente herméticos incluso para el público culto en general, fuera del reducido círculo de los especialistas, con publicaciones que comprenden desde manuales escolares hasta obras de alta divulgación. Y hoy comunicamos un auténtico clásico de la historiografía, que fue —durante muchos años— la decisiva obra de conjunto sobre el Próximo Oriente antiguo. Publicada originariamente en 1875, continuamente revisada y reelaborada, a la muerte de su autor había alcanzado la duodécima edición en lengua francesa y numerosas traducciones a las principales lenguas modernas.
En un artículo publicado tras su fallecimiento (que incluimos anexo en nuestra entrega), su discípulo y continuador Alexandre Moret se refería así a la Historia antigua de los pueblos de Oriente: «Esta resurrección del pasado... constituye el principal atractivo de su gran Historia, que comenzó a publicarse por entregas en 1894; era su manual de 1875, pero rehecho, enriquecido con una documentación formidable, ilustrado con todo lo que los monumentos figurativos podían proporcionar para aclarar el texto. Aquí nuevamente, a pesar de sus tres volúmenes, el libro de Maspero no revela ni la décima parte de su trabajo. La materia histórica de todo el Oriente antiguo, la había trabajado y vuelto a trabajar en todos sus detalles; cuanto más ingrata o difícil parecía, más parecía complacerse en ella y jugar con ella. Tal es la impresión que a menudo he sentido en los cursos del Collège de France donde Maspero nos iniciaba en la preparación de su obra.
»En primer lugar, se atrevió a escribir una historia sincrónica del Oriente; sus predecesores habían tratado por separado Egipto, Caldea, Palestina, Persia, dejando al lector la tarea, bastante ardua, de restablecer en el mismo plano las civilizaciones paralelas. Maspero suprimió esos tabiques impermeables; comenzando por Egipto, lo muestra en relaciones de comercio, religión y política con sus vecinos del este y del oeste. Tras los orígenes, describe los primeros contactos de los pueblos y finalmente los imperios rivales de Egipto, Asiria y Persia, hasta la llegada de Alejandro, señalando sus acciones y reacciones mutuas.
»Se puede imaginar la erudición que supone una tarea así de compleja. De hecho, las páginas relacionadas con los países no egipcios están tan documentadas y cuidadas como la historia de Egipto. En su juventud, Maspero había estudiado el hebreo y los cuneiformes; era capaz de supervisar el trabajo de los asiriólogos y hebraístas refiriéndose a los documentos originales. Él confesaba a sus alumnos que le daba cierto gusto revelar a los especialistas en Asia documentos escritos o figurativos poco conocidos por ellos. Esta erudición nunca resulta abrumadora para el lector, porque nada iguala la viveza de los cuadros que dibuja sobre las grandes épocas del mundo oriental. No es que abuse de vastas síntesis ni de ideas generales; al contrario, desconfiaba de ellas, tanto en historia como en religión, y prefería una acumulación de detalles expresivos. Entre tantos materiales, Maspero se sentía cómodo; lejos de sentirse aplastado por la documentación enorme, levantaba esa masa con ambas manos, la modelaba con toques precisos y repetidos, y dejaba figuras con un relieve tan exacto que parecía haber vivido con los grandes reyes y los pueblos cuya historia milenaria resucitaba.»
Y concluye con esta valoración de su maestro: «Maspero cierra la serie de aquellos que él llamaba los egiptólogos universales. Le escuché decir de él mismo: Seré el último egiptólogo completo. Tal es de hecho el lugar que ocupó, tal será su título ante la posteridad: el último de los fundadores de la egiptología y uno de los más grandes. Al principio, se encontró frente a una ciencia aún limitada, un campo inmenso pero que una inteligencia como la suya podía sin embargo abarcar; gramática, historia, religión, arqueología, se entrelazaban allí como la vegetación en los pantanos del Nilo, y los pioneros la recorrían sin examinar los detalles ni descubrir las perspectivas. Más tarde, después de haber fluido desde su fuente como un río único, la egiptología, al expandirse como el Nilo en un delta, se dividió en ramas abiertas sólo a especialistas. Las circunstancias favorables colocaron a Maspero en la misma bifurcación de este delta, ahí donde todo el curso aún es canalizable, pero desde donde se pueden ver abrirse delante de uno las ramas divergentes. Participando de la antigua generación, tuvo la alegría de poder seguir con la mirada los diversos caminos en los que se involucrarían sus sucesores; contribuyendo a los avances de las ciencias especializadas, siguió siendo para el gran público aquel que reunía en sí los resultados obtenidos y la intuición de las investigaciones futuras.»
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| Maspero examina la momia de Ramsés II ante el jedive Tewfik en el museo de Boulaq (El Cairo). Le Monde Illustré, 10 de julio de 1886. |


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