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lunes, 13 de noviembre de 2023

Haeckel, Ripley, Vacher de Lapouge, Deniker y Grant: Las razas europeas en la Antropología racista. Textos, mapas y gráficos

Ernst Haeckel

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El norteamericano Luther L. Bernard escribía en 1926 en su An introduction to social psychology: «La raza es principalmente un concepto sintético abstracto, una manera de clasificar, utilizado para simbolizar una síntesis conceptual de muchas características que, más o menos arbitrariamente, acordamos denominar colectivamente con algún nombre específico de raza. Su unidad es simplemente una abstracción que existe como media estadística o promedio en nuestras propias mentes, sin una realidad objetiva concreta. No hay ninguna persona en una de las llamadas razas que sea totalmente típica de nuestro concepto abstracto y sintético de esa raza. Tampoco encontramos ninguna unidad o identidad concluyente de rasgos en los diversos miembros de una llamada raza. Siempre los rasgos extremos en una raza muestran mayores diferencias entre ellos, que los de las medias de dos razas cualesquiera. También hay un gran número de pueblos a los que es imposible clasificar de manera definitiva y científica dentro de una raza frente a otra, excepto sobre bases arbitrarias. Así, en este país clasificamos como negro a cualquier persona que se sepa que tiene rastros de sangre negra, aunque sólo una pequeña proporción de su herencia pueda haber provenido de ascendencia negra.

»Por lo tanto, la raza es principalmente un concepto estadístico abstracto, basado en promedios de ciertos rasgos aislados, y no un hecho biológico y psicológico concreto. Es un concepto colectivo o social. Pero no está totalmente divorciada de rasgos biológicos concretos. De hecho, el promedio estadístico se construye en torno a una síntesis de rasgos biológicos concretos. Estos constituyen la base de las distinciones raciales. Reconocida como tal, la raza es un símbolo social eficaz mediante el cual se controlan las relaciones humanas y se imponen ajustes colectivos a gran escala. Como fenómeno social abstracto o conceptual, la raza es muy real. También lo es el prejuicio racial, que es un fenómeno psico-social que surge de nuestro concepto sintético abstracto de raza y se ve reforzado por él. No todas las realidades son biológicas y concretas. Algunas son abstractas y sociales. Y este último puede ser tan poderoso a efectos de control como el primero. Pero no debemos confundir en nuestro pensamiento un hecho social conceptual abstracto con uno biológico concreto.»

En contra de lo sensatamente sostenido en el texto anterior, el llamado racismo científico asevera la división concluyente de la humanidad en especies o razas diversas tanto en el plano físico como en el psíquico y espiritual, y por tanto también en sus capacidades y en su valoración. Constituyó en su origen un consciente esfuerzo ideológico para justificar, expandir y generalizar el patente racismo práctico existente en diferente medida desde la Antigüedad. Podemos situar el origen del racismo científico en algunos pensadores de la Ilustración, que en su esfuerzo por mejorar la humanidad a la luz de la razón, quisieron debelar todo aquello que percibían como pretérito y oscurantista. Y entre ello la consideración de la unidad del género humano, cuya paternidad se atribuye a prejuicios religiosos... La conjunción de ciencia positivista, darwinismo social, progresismos políticos, e imperialismos nacionalistas, hará que durante los siglos XIX y XX el racismo científico se popularice en los países europeos y europeizados, y sirva para justificar el atroz reparto del mundo entre un puñado de potencias. Sin embargo, no faltarán tampoco los intelectuales, instituciones y amplios sectores sociales que se posicionen radicalmente en su contra. En Clásicos de Historia hemos comunicado abundantes obras en uno y otro sentido.

Pero aquí nos vamos a circunscribir a la Antropología física y, más en concreto, a la orientación racista que revistió en buena parte durante el siglo XIX y primera mitad del XX, consecuencia en gran medida del darwinismo social que convertía en dogmas la selección natural y la supervivencia del más apto. Se centró en el estudio, no de los seres humanos en su individualidad, sino en función de los supuestos grupos a los que pertenecían; y estos grupos (especies, razas, sub-razas…) pasaron a constituir el objeto de la ciencia: se les estaba concediendo a las razas un mayor grado de consistencia, de realidad, que a las personas. Con todo un aparatoso mecanismo metodológico que pesaba, medía, clasificaba, comparaba y, lógicamente, al final valoraba la distinta calidad de cada grupo, esta pseudociencia gozó de un inmerecido prestigio académico y social, que nos recuerda el caso tan anterior de la astrología judiciaria. Hoy aparentemente ambas están repudiadas en su totalidad.

Pero el caso de la Antropología física no constituía un hecho excepcional, ya que algo semejante se daba en otros muy diversos campos: por aquel tiempo se consideraba más existente la Nación, el Pueblo, la Clase, que los meros individuos, que parecían interesar solamente en función de su inclusión en una de las categorías anteriores. Y en buena medida este planteamiento ha sobrevivido hasta nuestros días, popularizado por políticos, educadores e intelectuales. Y aun se han agregado nuevas categorías totalizantes, como el Género. El antiguo microcosmos que era antiguamente una persona, parejo en todos sentidos al universo completo, pasa a constituirse como mera fracción de los grupos con los que se identifica (o con los que se le identifica), recibiendo de ellos todo su valor, su mérito o su demérito. Lógicamente la libertad individual ya no es «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos», la voluntaria búsqueda de lo verdadero, lo bueno y lo hermoso, sino la mera satisfacción de deseos y pasiones.

Pero volvamos a estos nuestros oscuros clásicos de esta entrega. Naturalmente, las distintas razas se valoraban en función de aquella con la que cada autor se identificaba. De ahí la importancia que revisten las razas consideradas superiores, las europeas; nos centraremos en ellas. Y en este sentido hemos seleccionado algunos textos, mapas y esquemas, obra de algunos de los antropólogos físicos más destacados y representativos de los tiempos de la Belle Époque, antes y después del antepasado cambio de siglo. Son los siguientes: el naturalista y pensador alemán Ernst Haeckel (1834-1919); el economista y antropólogo norteamericano William Z. Ripley (1867-1941); el magistrado, antropólogo y político socialista, además de conde, Georges Vacher de Lapouge (1854-1936); el naturalista y antropólogo francés Joseph Deniker (1852-1918); y el abogado antropólogo y eugenista norteamericano Madison Grant (1865-1937).

 


lunes, 13 de marzo de 2023

Manuel Fraga Iribarne, Razas y racismo

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El joven catedrático Manuel Fraga Iribarne (1922-2012), antes de dar el salto a la política, publicó en 1950 este denso estado de la cuestión sobre el racismo, en el mundo que acaba de salir de la catástrofe de la segunda guerra mundial. Abruma un tanto la ingente acumulación de referencias, obras y autores, que presenta como un primer acercamiento a la situación real del racismo, todavía bien presente. Y es que «ante un mundo lleno de racismos diversos... habría que pasar breve revista a alguna de sus formas y características más significativas.»

Y la primera cuestión es lo problemático del concepto de raza. Citando al sociólogo L. L. Bernard: «la organización conceptual de los caracteres biológicos en una unidad colectiva racial es sociológica, no biológica… Su unidad no es más que una abstracción que existe como un término medio estadístico en nuestras mentes, sin una unidad objetiva completa.» Y aun más, «las razas puras no son una abstracción (como es la raza): son un mito. La mezcla racial va más allá de todo lo que cabe imaginar... Hoy podemos ver la enorme relatividad del concepto de raza en esa frase famosa que es el color y sus compuestos: hombre de color, gente de color, barrera de color, etcétera. A partir de un tipo falsamente llamado blanco, se distinguen sin discriminación sus mestizos con gente de un supuesto color, como siendo todos coloreados y distintos de la raza elegida.»

Fraga insiste en la persistencia del racismo, más allá de su cúspide hitleriana, y se extiende en los casos de Estados Unidos (que será objeto de un inmediato ensayo del autor, Razas y racismo en Norteamérica), de Sudáfrica y de la propia Europa: «los desplazamientos en masa de personas con criterios raciales, independientemente de toda culpabilidad o responsabilidad individual, lejos de cesar con la caída del III Reich, han sido agravados aún por los vencedores.» Respecto a la América hispana, en cambio, y de forma un tanto llamativa, insiste en el mayor peso que comportan las discriminaciones de clase sobre las de raza. Y omite por completo cualquier referencia a los racismos domésticos respecto a los gitanos.

El autor concluye contraponiendo a «esta doctrina de odio, falsa de arriba abajo en sus pretendidos fundamentos científicos», una noción de la raza desvinculada de lo biológico, y entendida como un estilo colectivo de vida basado en la homogeneidad cultural. Esto es, el concepto nacionalista ya un poco desgastado que ha venido sosteniéndose entre los intelectuales españoles de todo signo desde tiempo atrás, que más recientemente habían defendido Ramiro de Maeztu o García Morente, y que en este momento va quedando relegado a la ideología y valores del tradicionalismo del régimen de Franco.

Fraga desarrollará una amplia carrera política en el franquismo como uno de los más significados reformistas y modernizadores. Fue ministro de Información y Turismo en los años sesenta, y embajador en Gran Bretaña en los setenta. Tras la muerte de Franco y el arranque de la transición a la democracia, será nombrado vicepresidente del gobierno, pero las reticencias del presidente Arias Navarro darán lugar al nuevo gobierno de Adolfo Suárez. A partir de entonces Fraga encabeza la derecha democrática. Será uno de los ponentes de la nueva Constitución, más tarde jefe de la oposición, y finalmente presidente de la Junta de Galicia durante quince años.