sábado, 1 de agosto de 2026

George Orwell, La Bomba Atómica y tú. Artículos para después de una guerra

PDF, EPUB Y MOBI EN INTERNET ARCHIVE 

Eric Arthur Blair (1903-1950), el reconocido Georges Orwell, publicará tras la Segunda Guerra Mundial sus dos grandes novelas, Rebelión en la Granja (1945), y 1984 (1949), eficaces y clásicas (y por tanto vigentes) condenas del comunismo. Éste resultaba ser el totalitarismo que había triunfado sobre sus rivales, a los que nuestro autor también había combatido con anterioridad; incluso brevemente con las armas en la mano. Y ahora lo va a hacer sin renunciar ni a su ideología socialista, que ha de considerarse revolucionaria, ni a sus acendradas exigencias éticas.

Y es que Orwell es ante todo un periodista que se implica profundamente en las cuestiones que investiga, sumergiéndose en ellas como un actor más para poder narrarlas desde dentro, comprenderlas y valorarlas, mejor que juzgarlas, aunque sin miedo a tomar partido. Sustanciosos frutos de esta actitud habían sido sus anteriores y espléndidos libros-reportaje Sin blanca en París y Londres (1933), El camino a Wigan Pier (1937) y Homenaje a Cataluña (1938).

En esta entrega de Clásicos de Historia se han traducido una veintena de artículos seleccionados entre los más de un centenar y medio de artículos que coleccionaron Sonia Orwell y Ian Angus en su In front your Nose 1945-1950 (Londres 1968). Hemos elegido preferentemente aquellos en los que Orwell reflexiona sobre el mundo que ha surgido tras la guerra. Puede resultar sorprendente en ellos su percepción profundamente humana y su mirada ética por encima de ideologías y modas dominantes.

Lo vemos así en el artículo La venganza es amarga, escrito en un momento en el que menudeaban los ajustes de cuenta con el enemigo vencido, «en el incómodo y autojustificativo periodo de caza a los colaboracionistas que siguió a la Liberación», como dice Orwell en otro artículo que también reproducimos. Pues bien, afirma que «la venganza es un acto que se desea cometer cuando uno se siente impotente y precisamente por eso, en cuanto desaparece la sensación de impotencia, el deseo también se desvanece.» Qué distante del viejo refrán español...

Orwell aborda muchas otras cuestiones, por ejemplo el cientifismo dominante que ensalza al científico y convierte la ciencia en una verdad revelada, con desprecio de las humanidades: «¿Pero es realmente cierto que un científico, en este sentido más restringido, tenga más probabilidades que otras personas de abordar problemas no científicos de manera objetiva? No hay muchas razones para pensarlo.»

Su rechazo constante al imperialismo no le impide condenar también los nacionalismos recalcitrantes: «Pero, ¿por qué se tienen que tolerar los peores extremos del jingoísmo y el racialismo cuando provienen de un irlandés? ¿Por qué una afirmación como Mi país, tenga razón o no, es reprensible si se aplica a Inglaterra y digna de respeto si se aplica a Irlanda (o, para el caso, a la India)?»

En otro artículo acuña la fórmula del Gradualismo Catastrófico como el medio al que se acude para justificar lo injustificable (un régimen, un gobierno). «Según esta teoría, nada se logra sin derramamiento de sangre, mentiras, tiranía e injusticia, pero, por otro lado, no se debe esperar un cambio considerable para bien como resultado incluso de la mayor agitación (…) La fórmula que se emplea habitualmente es No se puede hacer una tortilla sin romper huevos. Y si uno responde, Sí, pero ¿dónde está la tortilla?, la respuesta probablemente sea: Bueno, no se puede esperar que todo suceda de inmediato.»

Orwell toca asuntos muy diversos: Los que llamó Buenos malos libros, siguiendo una expresión de Chesterton; el maniqueísmo político que tienta a los periodistas en A través de un color de rosa; la influencia política en determinadas actuaciones policiales, en Libertad en Hyde Park; una interesante confrontación de Un mundo feliz con Nosotros, de Huxley y Zamiatín, justo cuando ha iniciado la escritura de 1984; el antisemitismo, a raíz de un texto de Sartre en el que percibe cierta cercanía paradójica al prejuicio racial; una reseña de las memorias de Churchill, al que equivocadamente considera «realmente desahuciado» en lo político, y a las que, a pesar de situarlas en sus antípodas ideológicas, elogia porque «en general, los escritos de Churchill se parecen más a los de un ser humano que a los de una figura pública.»

Acabemos con una ligera referencia al premonitorio artículo titulado La bomba atómica y tú, en el que denuncia la atrocidad que ésta entraña, y anuncia el equilibrio del miedo que caracterizará a la Guerra Fría: posiblemente la bomba atómica «ponga fin a las guerras a gran escala a costa de prolongar indefinidamente una paz que no es paz.» Pero podemos constatar una interesante coincidencia entre dos autores tan considerablemente disímiles. Orwell elogia a «varios físicos británicos y estadounidenses (que) se negaron desde el principio a investigar la bomba atómica, sabiendo bien para qué se usaría. Aquí tienen un grupo de hombres sensatos en medio de un mundo de lunáticos.»

Apenas un par de meses antes, Tolkien había escrito en una carta a su hijo movilizado Christian: «La noticia de hoy acerca de las bombas atómicas es tan aterradora que uno queda aturdido. La completa locura de esos físicos lunáticos al consentir llevar a cabo un trabajo semejante con fines belicistas: ¡planear con calma la destrucción del mundo! Semejantes explosivos en manos de los hombres, mientras su condición moral e intelectual declina, es poco más o menos tan seguro como dar armas de fuego a los internos de una cárcel diciendo que se espera que eso asegure la paz.» Y en otra carta: «No se puede luchar con el Enemigo con su propio Anillo, sin convertirse uno a su vez en Enemigo; pero desdichadamente la sabiduría de Gandalf parece haber desaparecido con él hace mucho en el Verdadero Oeste...»

Las dos ilustraciones son de Sébastien Verdier