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lunes, 10 de abril de 2023

Juan Fernández de Heredia, Libro de los fechos et conquistas de la Morea

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La obra de esta semana nos muestra la facilidad con la que se puede deteriorar un buen propósito. Jufre de Villardoyn, mariscal del condado de Champaña, promueve una nueva campaña en defensa de los cristianos orientales y por la recuperación de Tierra Santa. Son muchos los intereses que hay que aunar (franceses, alemanes, venecianos, el papado…), y la expedición resultará conflictiva desde su arranque y nunca llegará a Palestina. Trocará sus objetivos idealistas por los más seculares de proporcionarse poder y riqueza en la Romania, el viejo imperio romano de oriente. Tendrán éxito, aunque un éxito trufado de luchas, conflictos y traiciones que devorará a sus protagonistas y sus descendientes durante dos siglos.

La clásica Historia de Imperio Bizantino, de Alexander A. Vasiliev nos sitúa así en el tiempo y lugar: «La cuarta Cruzada es un fenómeno histórico de extrema complejidad, y donde se hallan intereses y sentimientos de variedad máxima. Tales son: un noble impulso religioso, la esperanza de recompensas en la vida futura, el deseo de cumplir proezas morales y la fidelidad a los compromisos contraídos con la Cruzada, todo ello mezclándose a un deseo de aventuras y lucro, a la pasión de los viajes y a la costumbre feudal del combate perpetuo. Pero en la cuarta Cruzada se advierte un rasgo original que, en rigor, ya se había manifestado en las expediciones precedentes: los intereses materiales y los sentimientos profanos tuvieron mucha preponderancia sobre los impulsos religiosos y morales, lo que demostró de manera rotunda la toma de Constantinopla por los cruzados y la fundación del Imperio latino.»

Y más adelante: «La cuarta Cruzada... tuvo como resultado el fraccionamiento del Imperio bizantino y la fundación en su territorio de varios Estados, unos latinos y otros griegos. Los primeros recibieron la organización feudal imperante en el occidente de Europa (…) Todo el siglo XIII transcurrió en continuas lucha de dichos Estados, que efectuaron entre sí las más dispares combinaciones. Ora lucharon los griegos contra los usurpadores francos, turcos y búlgaros; ora unos griegos pelearon con otros griegos, introduciendo nuevos elementos de discordia en la perturbada vida interna bizantina; ora los francos se batieron contra los búlgaros, y así sucesivamente. A estos choques militares seguían alianzas y pactos diversos, en general quebrantados con tanta facilidad como convenidos (...) Un historiador (Neumann) dice: “Todos esos Estados feudales del Occidente, separados unos de otros, no hicieron obra constructiva, sino más bien destructora, y así fueron destruidos ellos mismos. Oriente quedó dueño de la situación en Oriente”.»

Entre las diversas obras a que dio lugar estos conflictivos acontecimientos (el mismo Geoffrey de Villehardouin que hemos citado escribió una crónica de sus hechos), comunicamos en Clásicos de Historia la aragonesa compilada o meramente copiada por Bernardo de Jaca a iniciativa de Johan Ferrandez de Heredia (1310-1396), el gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén (Hospitalarios o caballeros de Rodas), que jugó un importante papel en la vida política y militar de la Cristiandad del siglo XIV. Y que también contribuyó poderosamente al desarrollo de la cultura occidental con la creación un fecundo scriptorium, en el que se traducen autores clásicos como Plutarco y Tucídides (directamente del griego) y otros latinos, autores modernos como Marco Polo, y se elaboran y compilan otras obras, como la Grant Cronica de Espania y la Crónica de los Conquiridores. Estamos en el siglo XIV, la época en la que entra en su crisis definitiva la Europa medieval, repleta de guerras, epidemias, hambrunas y muerte ―los jinetes del Apocalipsis―, pero en la que entre el desastre general comienzan a germinar las simientes de lo que con el tiempo será el renacimiento.

Un autor anónimo, posiblemente francés helenizado o griego, escribió a principios del siglo XIV una crónica centrada en la historia de los principados latinos de la península de Morea, el antiguo Peloponeso, durante el siglo anterior. Se conservan cuatro versiones diferentes, en griego (es la única versificada), en francés, en italiano, y la que presentamos, redactada en el aragonés literario y cancilleresco de la corte de Aragón, fácilmente comprensible. Esta última es la más extensa ya que mientras que las otras concluyen en 1292 o 1303, ésta prolonga la narración de los acontecimientos hasta 1377, con la cesión temporal de la Morea a la Orden del Hospital, e incluye información sobre las intervenciones de los súbditos de los reyes de Aragón y de Mallorca.

Su lectura nos abruma considerablemente por la reiteración de combates, asedios, reclamaciones y denuncias, rebeldías, envenenamientos, traiciones, y un amplio surtido de tortuosas maniobras para hacerse con el poder y mantenerse en él. Y todo ello relatado fríamente y con sencillez. Sirva como ejemplo el párrafo con el que justifica el abandono de los propósitos de cruzada: «...dixo las nuevas al legado del papa et al capitan de la huest et a los otros caballeros et senyores, como los griegos de Contastinoble habian muerto al emperador et no querian pagar la moneda ni yr en lur conpanya: porque él los pregaba que quisiessen vengar la muerte de los emperadores qui eran estados muertos, et que por la traycion que habian fecho, razonablemente podian tomar el imperio et ferlo lur, pues que los emperadores eran muertos.»

Página de inicio de la obra.

martes, 22 de marzo de 2016

Prisco de Panio, Embajada de Maximino a la corte de Atila


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Prisco de Panio (c. 410-472), también llamado Prisco de Tracia, participó en la embajada enviada por el emperador Teodosio II a la corte de Atila, caudillo de los hunos. Nos dejó un pormenorizado informe de la expedición y numerosos textos sobre este pueblo, entonces en pleno apogeo y aparentemente invencibles. Los historiadores que le sigan en el siglo VI, como Casiodoro o Jordanes, tomaran la obra de Prisco como fuente principal sobre los hunos. Susan Bock lo expresa así en su obra Los hunos, tradición e historia (Murcia 1992):

«Casi todo lo que acontece hasta la muerte de Teodosio II nos es conocido por el testimonio de Prisco, un testigo de excepción de los acontecimientos durante esta embajada y el único que nos ha dado una historia de este período. Pero su obra no ha llegado intacta sino en fragmentos y presenta algunas dificultades para los historiadores modernos. En su obra, los términos técnicos, cronologías y cifras se evitan según la moda literaria de la época, igual que su uso del término escita cuando se refiere a los hunos. Este era el nombre dado a todos los nómadas en general. No todos los escitas eran hunos. Natural de Panio, en Tracia, Rhetor et Historike,  fue la fuente principal sobre los hunos para los autores antiguos y, a pesar de que la mayor parte de su obra se ha perdido, para los historiadores posteriores. Su historia comienza en el año 434, cuando Atila y Bleda aparecen como los nuevos jefes de los hunos. El historiador godo Jordanes le cita como fuente con frecuencia y, aunque a veces no le cita, los años 430 a 474 de su Getica, quizá los más vívidamente descritos, parecen estar basados, o copiados directamente, de la Historia Bizantina de Prisco. Mommsen dice que Jordanes no dice más de Atila de lo que se puede encontrar en Prisco.

»No sabemos nada de este historiador antes de su viaje con la embajada de Maximino a la corte de Atila. Se supone que ocupó un cargo de cierta importancia en el gobierno y que entabló amistad con su superior Maximino. W. Ensslin piensa que quizá Prisco trabajaba en uno de los scrinia bajo el mando del Magister Officiorum. Lo que parece respaldar esta hipótesis, de que ostentó un cargo de alguna relevancia y que tuvo acceso a los documentos oficiales, es el gran número de detalles que narra sobre los tratados entre los hunos y el imperio. Thompson recuerda que en el imperio tardío era la práctica el incluir en las embajadas un filósofo o sofista, oradores elocuentes, y que probablemente Prisco fue invitado a tomar parte en ésta porque ya había alcanzado cierta fama como orador en la escuela sofista (…) A pesar del gran valor de su obra, Prisco, como todos los demás historiadores antiguos, ha sido duramente criticado. Se tiende a ignorar que su Historia Bizantina, fue más bien un esfuerzo literario que seguía las normas literarias de su época y no la historia de una época como nosotros la entendemos. Los principales fallos en su obra son las imprecisas descripciones geográficas, la ausencia de información militar o estratégica (quizá porque no tenía interés o conocimientos en esos campos), una falta de traducciones precisas de los títulos y cargos, y un prejuicio patriótico sobre la superioridad de todo lo romano.»

Por su parte, en su clásica Historia del Imperio Bizantino (tomo I), Alexander A. Vasiliev nos presenta así el marco histórico del texto que presentamos: «En la pars orientalis (del Imperio), Teodosio tuvo que luchar contra los salvajes hunos, quienes invadieron el territorio bizantino y llegaron, en sus devastadoras, incursiones, al pie de las murallas de Constantinopla. El emperador hubo de pagarles una importante suma y cederles territorios al sur del Danubio. Las relaciones pacíficas que se establecieron a continuación con los hunos, motivaron el envío de una embajada al gran campamento huno de Panonia. Al frente de la embajada iba Maximino. Un amigo de éste, Prisco, que le acompañó a Panonia, ha dejado una relación completa de la embajada y una descripción interesante de la corte de Atila y de los usos y costumbres de los hunos. Tal descripción es particularmente interesante en el sentido de que puede ser considerada un relato, no sólo de la vida de los hunos, sino de las costumbres de los eslavos del Danubio medio, a quienes los hunos habían sometido.»

El Banquete de Atila, por el pintor húngaro Mór Than (1870)

sábado, 10 de enero de 2015

Procopio de Cesárea, Historia secreta

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Escribe Alexander A. Vasiliev en el primer tomo de su clásica Historia del Imperio Bizantino: «El historiador principal del período de Justiniano fue Procopio de Cesárea, quien en sus escritos nos da un cuadro muy completo de un complejo reinado rico en sucesos. Tras estudiar Derecho, Procopio pasó a ser secretario y consejero del famoso Belisario, con quien participó en las. campañas contra vándalos, godos y persas. Procopio es notable a la vez como historiador y como escritor. Como historiador se hallaba en situación muy favorable respecto a fuentes e informaciones directas. Su intimidad con Belisario le permitía consultar todos los documentos oficiales conservados en despachos y archivos, y, por otra parte, su intervención activa en las campañas militares y el perfecto conocimiento que tenía del país, le dieron ocasión de obtener una documentación del más alto precio, merced a sus observaciones personales y a los testimonios que recogió de boca de sus contemporáneos.

»En estilo y composición, Procopio imita a menudo a los historiadores clásicos, sobre todo a Herodoto y Tucídides. Pero, aunque su lenguaje dependa del antiguo griego de los clásicos historiadores y aun cuando la exposición resulte un tanto artificial, Procopio nos presenta un estilo lúcido, vigoroso, lleno de imágenes. Tres obras se deben a la pluma de Procopio. La más considerable es la Historia en ocho libros, que relata las guerras de Justiniano contra persas, vándalos y godos. El autor muestra en esta obra otros numerosos aspectos del gobierno de Justiniano. Aunque el espíritu general de la obra sea algo laudatorio respecto al emperador, no obstante ofrece repetidas veces la expresión de la amarga verdad. La Historia puede considerarse una historia general de la época de Justiniano.

»La segunda obra de Procopio, Sobre las construcciones es un panegírico ininterrumpido del emperador y fue probablemente escrita por orden de éste. El fin principal del libro es dar una lista y descripción de la multitud de edificios erigidos por Justiniano en las diversas partes de su vasto Imperio. Prescindiendo de las exageraciones retóricas y las alabanzas excesivas, la obra contiene una rica documentación geográfica, topográfica y financiera y es una fuente valiosa para la historia económica y social del Imperio.

»La tercera obra de Procopio, sus Anécdotas o Historia secreta, difiere en absoluto de las otras dos, y constituye un libelo grosero contra el gobierno despótico de Justiniano y de Teodora, su mujer. El autor se propone difamar al emperador, a Teodora, a Belisario y a la esposa de éste, y Justiniano aparece como autor de todos los males que afligieron al Imperio en aquel período. Esta obra presenta tan impresionantes contradicciones con las otras dos, que los críticos empezaron dudando de la autenticidad de la Historia secreta, pues parecía imposible que los tres libros hubiesen sido compuestos por una misma persona. Sólo tras un estudio profundo y comparativo de la Historia secreta y de otras fuentes sobre la época de Justiniano se ha admitido en definitiva que la obra es un escrito auténtico de Procopio. Bien utilizada, la Historia secreta es una fuente importante para la historia interior del Imperio bizantino en el siglo VI. De modo que todos los trabajos de Procopio, a pesar de sus exageraciones sobre las cualidades o vicios de Justiniano, son documentos contemporáneos de la mayor importancia y nos permiten conocer de manera directa e íntima la historia de ese período. Pero esto no es todo. La historia y la antigüedad eslavas hallan en Procopio informes de valor inapreciable sobre la vida y creencias de los eslavos, así como los pueblos germánicos pueden espigar en las obras de ese autor numerosos hechos tocantes a su historia primitiva.»