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| Retrato, por Bagaría |
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Rafael Sánchez Ferlosio nos transmite el testimonio de Yarfoz, que corresponde a un género literario muy practicado en la era grágido-atánida. Los testimonios comenzaban ritualmente con «la autopresentación del autor, que lo caracteriza expresamente como relato personal, y, como era igualmente ritual, por la exposición del motivo… A veces, sin embargo, el único efecto que buscaba el testimonio era el de producir como verdad ante los demás una versión de los hechos ignorada o, más a menudo, no creída en su día. El no creído escribía para después de su muerte, porque juzgaba que solo desinterés o indiferencia de difunto podía garantizar y autorizar una verdad como verdad, supuesto que pasión, temor ni empeño alguno podían llevarle ya a preferir una versión mejor que otra. El testimonio era, pues, la verdad sobre aquello, la reivindicación de los hechos y, con ella, la del no creído.»
Algo así parece querer trazar, en febrero de 1930, unas pocas semanas después de haber abandonado el poder, el general Miguel Primo de Rivera (1870-1930). Aprovechando el encargo que le hace un periódico argentino, redactará cuatro artículos que luego, tras su próxima muerte, serán muchas veces reimpresos y traducidos. Comienza así el primero de ellos: «La Nación, de Buenos Aires, gran periódico que, por tantas razones, merece mis simpatías, me ha requerido a publicar en él una serie de artículos que, por dedicados a la génesis, nacimiento, desarrollo y fin del período de gobierno dictatorial por que España ha pasado, han de ofrecer innegable interés histórico y un matiz de muy viva actualidad. De mi parte, he de poner toda la objetividad y templanza que un estudio de esta naturaleza exige, y anticipo la declaración de que el ambiente en que escribo, París, evocador de días de alegre juventud, siempre acogedor benévolo de ideas y personas, no puede ser más propicio a la reconstitución serena de tiempos y sucesos, que, por agitados y rápidamente vividos, a mí mismo me parecen ya lejanos.»
Lo cierto es que, como balance, como testimonio de su dictadura, resulta excesivamente somero, aunque no carente de interés. Una y otra vez se lamenta del escaso espacio de que dispone, y promete explayarse largamente en el futuro para relatar por extenso su obra política. Su muerte, sólo tres semanas después, lo impedirá. Parece adivinarlo cuando afirma: «Todo queda a disposición de los que, en su día, con mayores aptitudes que yo, quieran ser sus cronistas.» Son muchos los aspectos de la Dictadura que no llega a tocar en sus artículos, y su tono es claramente autojustificativo. Pero todo ello no les priva de interés.
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Con el golpe de estado de 1923, Primo de Rivera inició lo que puede llamarse el medio siglo autoritario español, que sólo concluirá con la Reforma Política de 1976, y las consecuentes elecciones generales del siguiente año. A lo largo de esos cincuenta años se sucederán diversos regímenes, cada uno con su perfecta receta para remediar por completo los males del país; eso sí, con muy escaso respeto a las ideas políticas diferentes y a las personas que las sostienen; la dictadura militar, la segunda república, la guerra civil y el régimen de Franco son sus hitos principales. Totalmente diferentes entre sí, sin embargo presentan una inquietante coincidencia: todos ellos fueron recibidos con gran entusiasmo por unas amplias mayorías.
Allison Peers, en La tragedia española, enjuició así la dictadura: «El 28 de enero de 1930, Don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, Marqués de Estella y Dictador de España, dejó el cargo para el que se había autoproclamado seis años y cuatro meses antes, y se retiró a París, donde, apenas siete semanas después, falleció. El experimento de Primo de Rivera con la dictadura había comenzado bien, pues representaba un intento novedoso y atractivo de acabar con el fenómeno español de los gobiernos en constante cambio y de resolver el problema de la ineficacia administrativa, que hasta entonces se había resistido a ser solucionada. Terminó mal, y se esgrimen diversas razones para explicar su desenlace, pero las verdaderas causas residían en los caracteres del Dictador y del pueblo español.
»El Dictador era un andaluz benevolente, con todas las virtudes y defectos propios de los andaluces. Le encantaba la ostentación y el boato; hablaba demasiado, sobre todo a través de fantásticos comunicados oficiales; exageraba sin reparos; sus generosas promesas a menudo superaban su capacidad de cumplimiento; y, cuando se enfurecía, actuaba como un padre imprudente e impulsivo, imponiendo los castigos más severos, para luego modificarlos o condonarlos por completo en cuanto se le pasaba la ira. Le gustaba creer que su gobierno era suave y paternal, no una dictadura, parafraseando el juego de palabras de moda en España en aquella época, sino una dictablanda.»
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Miguel Primo de Rivera pretendió mantener durante la dictadura un contacto permanente con la ciudadanía a través de numerosos viajes, alocuciones, cartas públicas, manifiestos y las famosas Notas oficiosas (de inserción obligada en los periódicos). Por ello, además de los cuatros artículos de 1930, hemos agregado algunos de estos textos, en los que se revela en mayor o menor grado el carácter y personalidad del dictador, o por lo menos la imagen que pretende mostrar ante el público. Por otro lado, una selección de los principales textos oficiales de la Dictadura (decretos, órdenes, el anteproyecto de constitución…) se recogió en su día en Medio siglo de legislación autoritaria en España (1923-1976).
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| Bagaría, en El Sol, 14 septiembre 1923 |


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