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| Retrato por Juan de Echevarría |
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José María Salaverría (1873-1940) fue un escritor guipuzcoano de la llamada Generación del 98, tanto por lo cronológico como por sus intereses, sus planteamientos formales, su individualismo… y su nacionalismo. Su obra fue abundante, sobre todo periodística, pero también publica novelas y cuentos, libros de viaje, ensayos, biografías. Se le cataloga habitualmente entre las figuras menores del noventayochismo, quizás solamente por el escaso interés que ha despertado entre críticos, académicos de la literatura, y en consecuencia, infortunadamente, entre editores y lectores.
Y también habrá contribuido a ello su evolución política desde posturas regeneracionistas hasta un radicalismo colindante con los fascismos. Ya en 1931 contribuirá con un artículo en la publicación La conquista del estado, de Ledesma Ramos. Admira a José Antonio (incluimos la entrevista que le hace en 1935), y naturalmente tomará partido por el bando nacional en la guerra civil, al que apoyará con su labor periodística. Ahora bien, deberá firmar sus artículos con seudónimo porque parte de su familia se encuentra en la zona republicana. Su evolución ha sido parecida a la de otros de sus compañeros generacionales, especialmente a la de Ramiro de Maeztu.
Salaverría publicó El instante dramático en 1934, a fines de año, después de la revolución de octubre. Es una obra breve, prácticamente un folleto, en la que reflexiona y valora los tres años de la República, dice, fuera de obediencias políticas a la izquierda «que vive en un trance de frenesí» y a la derecha que «tienen de la idea conservadora un concepto demasiado restringido.»
El autor asiste a la jornada del 14 de abril, se sorprende de la revolución y se pregunta: «¿Pero quién había destruido la monarquía? ¿Los delitos y maldades del propio rey? Entonces tendríamos que sumarnos a las voces escandalosas y sectarias de la calle. ¿Fue destruida por el empuje inteligente de los republicanos? Pero los republicanos fueron los primeros en asombrarse de su fácil e inesperada victoria. La facilidad y compostura con que se desplomó la monarquía en España sorprendió por igual a monárquicos y republicanos. Digamos entonces que a la monarquía no la ha derribado nadie; se cayó ella sola.»
Seguidamente analizará diversas facetas de los que considera una nueva realidad: especialmente el parlamento, al que ve rebosante de palabrería y puesto de espaldas al mundo real: «Al cruzar frente al palacio de las Cortes, tan resonante, tan custodiado por guardias de pistola y porra al cinto, yo no he podido impedir que me asaltase una mezcla de melancolía y de horror. Melancolía de las cosas que están minadas por dentro; horror de cuanto se ha hecho y dicho ahí dentro en los últimos años. Ahí han mugido en libertad los jabalíes y han cacareado las cotorras hasta enronquecer. Ahí se ha zarandeado la piel de toro de nuestra Península y se la ha desgarrado y humillado. Se han decretado todas las aventuras reformistas con una confianza alegre y valerosa. Han surgido las leyes más atrevidas e imposibles como si España, en vez de ser una vieja nación hecha y derecha, fuese el territorio mostrenco donde se pueden probar todas las fantasías sociales.»
Salaverría urge: «la República tiene rápidamente que encontrarse a sí misma; España, lo más aprisa posible, tiene que encontrarse y recuperarse a sí misma...», y es que España «es el país que no sabe jugar a la democracia, y, en efecto, ya ha tomado todo el aire de una convulsa República hispanoamericana. Los partidos políticos no son tales partidos a la europea, sino bandos inspirados por la ferocidad y llenos del ansia descarada de asaltar el Poder sea como sea, para desahogar los odios y para conquistar los cargos y los sueldos. Y el gobernar, en el sentido de una actividad directora y administradora, pierde toda eficacia para ceder el paso a un frenético politiqueo, más absorbente e infecundo que nunca.
»Las fuerzas de disgregación y anarquía, entre tanto, se desarrollan violentamente; Cataluña se aleja un poco más cada día del núcleo nacional, y el obrerismo, libre de toda represión, formando un mundo nutrido frente al Estado, en realidad se ha montado sobre el país y hace lo que quiere y cuando quiere. Y con un espíritu francamente marcial. Así es como ha podido ocurrir lo que era inevitable: esa feroz y desatinada revolución del mes de octubre, en la que se habían confabulado todas las fuerzas desintegradoras de la sociedad y la nacionalidad. La revolución ha podido ser vencida por la fidelidad del Ejército. ¿Pero se han matado las raíces del mal? ¿Se le han arrancado las uñas y los dientes al separatismo y al marxismo?»
Salaverría concluye atribuyendo el fracaso de la República al hecho de ignorar o pisotear a la media España católica, que es la que ahora debe reparar los daños desde el gobierno. Pero, parece lamentar, no son fascistas, por más que así se les moteje desde el obrerismo. «El fascismo a la italiana y a la alemana es, ante todo, un movimiento marcial y principalmente patriótico y nacionalista, en tanto que el derechismo católico español está orientado del lado del Vaticano, y para Roma sólo existe la Iglesia; lo nacional y patriota se pierde en un distante segundo término. Y la Iglesia, además, hoy es pacifista, incapaz de movilizar en sus masas una corriente de violencia combativa, una actividad marcial frente al guerrerismo obrerista. Para eso únicamente sirve el auténtico fascio.»
Hemos agregado una decena de artículos del autor de los años de la República. Salaverría vivió ante todo de sus abundantísimas colaboraciones publicadas en múltiples cabeceras de la prensa española y americana (residió varios años en Argentina). La mayoría de los que se reproducen aquí proceden del monárquico ABC y del conservador El Pueblo Vasco. Varios de ellos los he tomado de la tesis doctoral de Miren Bilbao Notario titulada José María Salaverría: España en su pensamiento político.
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| De la portada de una novela de Salaverría |


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