PDF, EPUB Y MOBI EN INTERNET ARCHIVE
Jesús Prieto García, en El PSOE y la Dictadura de Primo de Rivera, analizaba y valoraba en 2020 la bibliografía existente sobre el papel del partido y el sindicato socialistas entre 1923 y 1930. Una de las conclusiones a las que llega es que «encontramos cierta unanimidad a la hora de valorar la colaboración. Existió, con enormes discrepancias y tensiones, fue claramente buscada y protegida por el régimen, tuvo resultados visibles para la situación de las clases trabajadoras, se mantuvo hasta el final de la Dictadura, pese a ciertas incoherencias mantenía la lógica política y social socialista hasta aquel momento, sin suponer un trauma doloroso, promovió dentro del movimiento la hegemonía de la estrategia reformista frente a la revolucionaria, con una clara dirección sindical, provocó también la escisión de diferentes corrientes dentro del partido que estallarían en años sucesivos, y su existencia tuvo como resultado que partido y sindicato asistiesen al nacimiento de la República en mejores condiciones organizativas que el resto de fuerzas políticas, sobre todo respecto a las de izquierdas.»
Reconoce como la obra de mayor peso en este sentido la que «José Andrés-Gallego publicó en 1977, El socialismo durante la dictadura, que todavía hoy se mantiene como la principal referencia sobre el asunto (...) En ella se pormenoriza esta relación, conteniendo los principales episodios, controversias y personajes socialistas, hasta el punto de que en obras posteriores no encontraremos ningún aspecto que no se esté ya mencionado en ella (…) El núcleo principal de la obra es su amplio y exhaustivo apéndice documental, que será la base de prácticamente todos los estudios posteriores que se lleven a cabo. Estamos ante un volumen que intenta ser aséptico, buscando la justificación de todos los puntos de vista, y evitando entrar en la valoración de aquellos más polémicos, como serían la posición socialista respecto a la persecución del movimiento obrero y político ajeno al socialismo o la oposición política e intelectual a la propia Dictadura.»
* * *
José Andrés-Gallego lo había expresado así: «Sobre la filosofía social (si tal cabe decir), nacionalista y cristiana, del nuevo régimen; eliminados el anarquismo, el anarcosindicalismo y el comunismo (al tiempo, en realidad, en que esa eliminación se consigue), el Directorio militar parece hallarse en la disyuntiva: entre la anulación del movimiento obrero legal y su encauzamiento. Es éste, sin duda alguna, uno de los aspectos de mayor interés en la historia de la Dictadura. Porque, como es sabido, Primo de Rivera opta por el segundo camino. Pero es que, además, lo hace con una pretensión peculiar, que es la que le da su originalidad más acusada respecto a los coetáneos totalitarismos de derecha y en concreto respecto a los fascismos. No sólo pretende crear un nuevo cauce sindical ajustado a su estilo de gobierno... sino que, desde mucho antes, se esfuerza en la atracción del socialismo para esa tarea.»
Y este entendimiento se hace muy pronto de conocimiento público. Y así, cita un artículo del diario católico El Debate de 1923: «El Socialista está tratando al Directorio militar con consideraciones que no recordamos haya guardado a Gobierno alguno.» Y pocos meses después, insiste en que sus políticos «logran un trato de favor en los centros oficiales, que se traduce en consideraciones desproporcionadas y en otros beneficios materiales que no es preciso puntualizar.»
Continúa el profesor Andrés-Gallego: «Desde el otoño mismo de 1923 se aprecia un sistemático empeño de la Administración militar en realizar al máximo la atracción de los socialistas (…) Me refiero a la táctica de ofrecer a aquellos puestos en organismos estatales, desde los que de hecho participen en la gobernación del país. Ya no sólo se trata, por lo tanto, de la continuación en los que detentan, sino de la ocupación de otros. Y, éstos, unas veces es claro que proceden de una oportunidad derivada de normas legales con distinto fin; pero en otros cabe pensar que el Directorio busca expresamente la manera de abrir un cauce nuevo a los socialistas.»
Y la logró. Más adelante cita al comunista revolucionario Joaquín Maurín cuando afirma que si fueran contabilizados los actos de propaganda realizados por socialistas bajo la Dictadura «sumarían centenares y centenares. Les fue concedida libertad completa de acción. Delegados y propagandistas recorrían la Península de un extremo al otro cantando las excelencias de la socialdemocracia.»
* * *
Pues bien, de esta importante obra hemos seleccionado una serie de documentos especialmente significativos: son notas, informes y declaraciones oficiales, correspondencia entre las Ejecutivas del partido y el sindicato con las Agrupaciones regionales, y debate entre el sector mayoritario dominante, con Largo Caballero a la cabeza, y los grupos minoritarios que en distinto grado discrepan de la colaboración, entre los que destacan los encabezados por Prieto y Besteiro. Será la presión sostenida de éstos la que obligue a los máximos dirigentes, a pesar suyo, a rechazar la participación en la Asamblea convocada por Primo de Rivera. Especial relevancia tienen las intervenciones en los Congresos extraordinario y ordinario de 1927 y 1928, debidamente autorizados por la dictadura. La mayoría de estos documentos se publicaron libremente en El Socialista.
La colaboración con la Dictadura es evidente: se ocuparon cargos ejecutivos en ayuntamientos y otras instituciones, siendo el florón más representativo el nombramiento de Largo Caballero como miembro del Consejo de Estado. Además, se obtuvo un casi monopolio de la representación de los trabajadores en los Comités Paritarios de la Organización Corporativa Nacional. Por un lado, la dictadura reprimió severamente a los anarcosindicalistas de la CNT, los más poderosos (y violentos) en los años anteriores. Y por otro lado, la dictadura no necesitaba ganarse la colaboración de los sindicatos libres, católicos o meramente profesionales, por lo que extremó la concesión de beneficios a los socialistas de la UGT.
Esta situación ventajista beneficiará poderosamente al PSOE, que pasará de ser un partido pequeño (aunque moderno) con una implantación limitada a ciertas zonas, a constituir una organización poderosa, como se probará tras la caída de la dictadura. En fecha tan temprana como 1925, unos meses antes de su muerte, el patriarca Pablo Iglesias propone en El Socialista la que será la canónica justificación (el relato, que suele decirse hoy) de esta colaboración. En primer lugar, negar la mayor: ante el pronunciamiento militar «lo mismo las organizaciones obreras que el Partido Socialista se hicieron cargo de las nuevas circunstancias, y ni entraron por el camino de la demencia, que algunos deseaban, ni buscaron —su dignidad se lo impedía— la benevolencia del Directorio.» Simplemente, «decidieron proseguir su labor de organización y propaganda. Calcularon que procediendo así miraban por los intereses de la clase trabajadora y atendían a la vez a los del país. Y sus cálculos no han resultado fallidos.» Y enumera los aumentos de afiliados, de puestos ocupados, de conflictos laborales ganados, de tirada de sus órganos de prensa, del paro en el Primero de Mayo… Todo lo cual ha sido conseguido, no por medio del enfrentamiento con una dictadura que concentra todos los poderes, sino permitido y facilitado por ésta. Si no buscaron su «benevolencia», lo cierto es que lograron mucho más.
Aunque de forma interesada, y con no muy límpidas intenciones, no andaba muy descaminado el estalinista británico Rajani Palme Dutt cuando afirmaba en su Fascism and social revolution (1935): «El fascismo, ante sus crecientes dificultades internas y el descontento masivo, aún puede verse obligado a recurrir a la Social Democracia en busca de ayuda, y... puede abrirse un renovado ámbito de actividad permitida para la dirigencia socialdemócrata y sindical dentro del fascismo (…) Hasta ahora estos son sólo signos; pero no se excluye la posibilidad de que el fascismo en dificultades pueda recurrir a la colaboración de una sección de la dirigencia socialdemócrata y sindical antigua, como lo hicieron Primo de Rivera en España, Pilsudski en Polonia, el fascismo búlgaro, etc.»
![]() |
| Largo Caballero en Ponferrada en el año 1921 |


No hay comentarios:
Publicar un comentario