Carlos Pereyra (1871-1942), de quien ya hemos comunicado algunas obras, escribió cargado de pasión la que hoy presentamos, posiblemente como consecuencia de la ocupación norteamericana de Veracruz en 1914, durante la revolución y guerra civil mejicana de la segunda década del siglo XX, prolongada en la siguiente con las guerras cristeras. Los acontecimientos actuales todavía en curso, quizás aviven el interés por esta centenaria obra del hispanista mejicano.
Pereyra se propuso analizar la llamada doctrina Monroe, incluida por el secretario de Estado John Quincy Adams en el mensaje del presidente James Monroe, el 2 de diciembre de 1823. En un momento en el que la América española ya había accedido en la práctica a la independencia (excepto Cuba y Puerto Rico), a falta del solemne final de Ayacucho, la declaración presidencial rechazó el establecimiento de nuevas colonizaciones europeas en América, y al mismo tiempo aseguró el respeto de las colonias ya existentes. En realidad todo ello parecía obedecer al interés británico por salvaguardar su predominio económico en los nuevos estados, en parte resultado de su impulso y protección, y poner trabas a la intervención de otras potencias de Europa. Y así había sido aparentemente acordado entre Washington y Londres.
Ahora bien, esta doctrina nunca se aplicará en sentido estricto: no se impedirá la ocupación y colonización del Canadá occidental, de las islas Malvinas, de la costa de los Mosquitos por parte de Gran Bretaña, así como la expansión de sus posesiones en las Guayanas a costa de Venezuela. Tampoco se aplicará en la intervención francesa en Méjico para establecer el desgraciado imperio de Maximiliano de Austria, o con ocasión de la breve recuperación de Santo Domingo por parte de España. Y lo mismo ocurrirá (o más bien no ocurrirá nada) cuando en numerosas ocasiones las potencias europeas se impongan por medios políticos, económicos o militares a los gobiernos de los nuevos estados aduciendo los más dispares agravios o reclamaciones.
Y sin embargo, la doctrina Monroe será prontamente mitificada, resumida en el pegadizo lema de América para los americanos. Y se atribuye a su mera proclamación la misma existencia y persistencia del mapa político americano. Y no sólo triunfa en los Estados Unidos esta leyenda rosácea y autosatisfactoria, sino incluso entre buena parte de las clases intelectuales y políticas hispanoamericanas, a pesar de la real carencia de resultados prácticos. Pereyra la expone así:
«Mr. Monroe radica las nueve décimas partes de su fuerza en el hecho de no tener historia. Como su historia es la historia de lo que no ha sucedido, pero que sin él hubiera sucedido de otra manera, el retablo del monroísmo tiene tantos milagros cuantas repúblicas hay en América. La Argentina le debe no ser inglesa; Cuba lo mismo, así como la libre Nicaragua; Méjico tiene la enorme deuda de no gemir bajo un yugo francés; Venezuela y Colombia no son alemanas por un prodigio igual a los anteriores; sin Monroe, Chile sería colonia y Perú virreinato; el Paraguay, establecimiento. En suma, la América entera no ha sido abierta a la colonización y a la conquista, como el África tenebrosa y no tenebrosa, porque Mr. Monroe dijo que los dos Continentes Americanos habían asumido y mantenían una condición independiente que los cerraba para siempre a las expansiones europeas.»
Pero, según escribe Pereyra, junto al original y al mito, ha de contemplarse el uso práctico de la doctrina Monroe: históricamente ha funcionado como el disfraz del nacionalismo exacerbado y orgulloso que subyace en la creencia del destino manifiesto del pueblo norteamericano. Es un mecanismo de justificación de su política internacional frecuentemente expansiva, supremacista, imperialista, en ocasiones profundamente injusta, y muchas veces causa de múltiples desmanes y desgracias. Estados Unidos se autoproclamó gendarme de América y no dudó en aplicar la ley del más fuerte en defensa de sus propios intereses, aunque revestidos siempre con un envoltorio humanitario. Theodore Roosevelt será un acabado ejemplo de esta postura.
Durante el primer siglo de la República, la relación de intervenciones en el continente es larga, en su práctica totalidad contra estados hispanoamericanos, además de la debilitada España del siglo XIX: la compra forzada de la Florida, la anexión de Tejas, California y Nuevo Méjico, los proyectos de construcción de un canal en Nicaragua, la creación del estado de Panamá para asegurar el definitivo canal, la guerra hispano-norteamericana y la ocupación de Cuba y Puerto Rico, y otras muchas intervenciones e imposiciones sobre los gobiernos de numerosos países, por las más peregrinas razones. En resumidas cuentas, América para los norteamericanos.
Al libro de Pereyra se le ha añadido como anexo el artículo El crimen de Woodrow Wilson, publicado en 1915.
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| Europa: No eres el único gallo en América. Tío Sam: Ya lo sabía cuando os encerré. |


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