Los nacionalismos decimonónicos se azacanaron en revestir con todo tipo de oropeles la que en esencia es una creencia sencilla y bastante escueta: lo existente es la Nación, y nosotros somos (en el pasado, en el presente y en futuro) meras partículas al servicio de esta realidad que nos supera y de la que nos sabemos átomos. La Nación es perfecta; los individuos, por desgracia, son limitados, y por error o por malicia pueden traicionar y dañar a la Nación: es lo que explica los declives, los oscurecimientos, y su supeditación a otras naciones, a pesar de que objetivamente sean inferiores. Pero la Nación (por lo menos la nuestra ―da igual cual sea―), necesariamente ha de renacer y salir de la esclavitud o postración en que se encuentra, y recuperará el puesto de cabeza que en justicia le corresponde. En situaciones parejas siempre surgió el personaje providencial que empujó hacia adelante a la Nación. No importa si su patente esfuerzo, generosidad, inteligencia y fortaleza, siempre admirables, tengan éxito o no: en cualquier caso su heroica vida avivará la conciencia nacional, asegurará su pervivencia, y afirmará la seguridad en un futuro de plenitud. Las derrotas, por tanto, no son tales, sino el medio imprescindible por el que se purifica la Nación para así alcanzar su indudable destino de plenitud.
Pero naturalmente, junto con los héroes están los traidores que maquinan por motivos siempre inconfesables contra la Nación, y que resultará tentador caracterizar con las herramientas racistas que el darwinismo social ha proporcionado a la intelectualidad occidental, Así, Juaristi nos cuenta cómo en Amaya, la conocida novela que comunicamos, «se describe la situación de Vasconia en los tiempos de la invasión de España por los árabes. Buena parte de los vascos ya se ha convertido al cristianismo, pero persiste un grupo refractario, pagano, encabezado por la sacerdotisa Amagoya, que practica aún la antigua religión natural del patriarca Aitor, tal como [Joseph-Augustin] Chao la había imaginado en el Voyage en Navarre (digamos de paso, que la propia figura de Aitor, padre del pueblo vasco, es creación exclusiva de Chaho). Pues bien, por las páginas de Amaya transita un inquietante personaje que se hace pasar por bizantino entre los visigodos y por aquitano entre los vascos; que se hace llamar por aquellos Eudon y Asier (El Principio) por estos; que es prohijado por la anciana Amagoya, a la que engatusa fingiéndose un fiel seguidor de la religión primitiva, y que se revelará finalmente como el espía judío Aser, que conspira con los de su casta para entregar España a los musulmanes. No es difícil trasladar a términos más actuales el universo novelesco de Amaya. Los cristianos vascos y visigodos corresponden a los carlistas, llamados a salvar a España de la opresión de los revolucionarios, representados aquí por los invasores árabes. La trasposición de los judíos en masones resulta aún más fácil si se tiene en cuenta que el fantoche que agitaba con predilección la extrema derecha de la época (tanto los neocatólicos como los carlistas) era el de la conspiración judeo-masónica, que ya había conseguido arrebatar al Papa sus territorios y trabajaría en la sombra para apoderarse de la muy católica España.»
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