Eduardo Barriobero (1875-1939) fue un republicano federal en la estela pimargaliana, masón y miembro antiguo de la CNT. Diputado frecuente desde 1914, en las primeras Cortes republicanas forma parte de los antigubernamentales catalogados como jabalíes, que tanto disfrute proporcionan a los comentaristas políticos, como Wenceslao Fernández Flórez. Lo podemos observar en sus intervenciones en los debates sobre el voto femenino o sobre Casas Viejas, por ejemplo. Con patente desencanto por su parte quedó fuera del parlamento en 1933 y otra vez en 1936.
Fue abogado ejerciente, e intervino en muchos de los más importantes procesos político-sociales, especialmente en defensa de activistas de la CNT y la FAI (entre otros a García Oliver). Su actividad en este sentido se produjo tanto durante la monarquía como durante la República. En esta última defendiendo a los libertarios que pretendían llevar a cabo la huelga general revolucionaria y que se sublevan en enero de 1932, en enero y diciembre de 1933, y finalmente en octubre de 1934, ahora aliados con sus tradicionales enemigos los socialistas. Y por último, fue también un prolífico escritor: artículos de prensa, novelas, ensayos jurídicos y políticos, traducciones (por ejemplo, de Rabelais), teatro...
Con el triunfo del Frente Popular Barriobero parece destinado a escalar las cúspides del sistema judicial: presidente del Tribunal Supremo, o de su Sala de lo Criminal… Pero «se interpusieron la Guerra y la Revolución.» Rápidamente se convierte en miliciano: «tres días anduve por las calles de Madrid con mi fusil al hombro.» Tras entregar a la Dirección de Seguridad a dos monjas y un cura a los que acusa de haber tiroteado a su cuadrilla desde un convento, participa en las incautaciones a favor del Partido Federal para establecer un hospital de convalecientes y un Ateneo Popular.
Sin embargo su carrera revolucionaria en Madrid se interrumpe ante el goloso ofrecimiento que se le hace por parte de los anarquistas de Barcelona: «Nos hemos incautado —me dijeron— del Palacio de Justicia y es preciso que venga usted en seguida para ponerse al frente de la Justicia revolucionaria de Cataluña.» Ahora bien, cuando llega a Barcelona, sus expectativas se reducen considerablemente: la oposición de los nacionalistas catalanes hacen que su papel se reduzca desde las alturas de un Tribunal Revolucionario a una simple Oficina Jurídica de la Audiencia de Barcelona. Sus funciones, sin embargo, aunque indeterminadas y básicamente consultivas, le permiten actuar revolucionariamente, y resolver por su cuenta las consultas que se les presentan.
Barriobero convierte la Oficina Jurídica en un ente autosuficiente, que se financia con un porcentaje de los fondos que pasan por sus manos. Se actuará duramente contra usureros y prestamistas, contra propietarios de fincas y patronos de fábricas, estableciendo multas e indemnizaciones. Y naturalmente, se ocuparán de la «represión de las actividades contrarias al régimen». Respecto a esto último «para cumplir nuestro cometido organicé cuatro equipos de milicianos que trajesen a nuestra presencia los presuntos enemigos del Régimen y, en busca de pruebas, registraran sus domicilios». Y «si en los registros no se les encontraba cosa que probara actividades actuales, nos limitábamos a imponerles una multa... Si en sus casas se encontraba algo que hiciera presumir el auxilio actual a los rebeldes, los entregábamos a los Tribunales Populares.»
En el curso de estas operaciones hallaron documentos que comprometían a ciertos nacionalistas catalanes con la dictadura de Primo de Rivera, con los Sindicatos Libres, con las administraciones de Lerroux... Esto provocó un fuerte reacción por parte de la Generalitat en su defensa, y un incremento de la animadversión a la Oficina. Menudean las acusaciones y finalmente en noviembre del mismo 1936, quedarán disueltas las Oficinas Jurídicas. Y comienzan las acusaciones: si falta cierta cantidad de dinero, si Barriobero pasó a Perpiñán y contrató una caja de seguridad… Y Barriobero se justifica: puede demostrar las entregas del dinero incautado a las autoridades y a diversas instituciones de la República; llevó los documentos comprometedores de personajes de la Esquerra a Francia ante el temor de robos y asaltos… Y con esa intención escribe en 1937 el libro que presentamos.
No fue suficiente. Los intentos de lograr un cargo en Valencia que le mantenga a salvo no dan resultado, por la animadversión de Azaña y los republicanos de izquierda, por la misma división de los anarquistas, y no digamos tras los sucesos de mayo. Será procesado y encarcelado, aunque la protección de la que aun goza por sus actividades pasadas, hace que pronto sea recluido en un hospital penitenciario, donde es de suponer que persistieron sus padecimientos y se incrementó su desencanto. Se dice que ante la próxima caída de Barcelona se le ofreció el traslado a Francia, y que él lo rechazó. Capturado por el ejército franquista, su fama, su actividad durante la República, y su propio testimonio expresado en sus libros aseguraron el resultado del consecuente consejo de guerra: fue fusilado apenas tres días después de la toma de la ciudad.
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| La Oficina Jurídica de Barcelona, con Barriobero. |

