sábado, 24 de mayo de 2014

José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias

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El jesuita José de Acosta (1540-1600) vivió en América casi veinte años, tras los que regresó a su España natal. A caballo de los dos continentes y en paralelo a su labor religiosa, elaboró su Historia natural y moral de las Indias: en que se tratan las cosas notables del cielo y elementos, metales, plantas, y animales dellas y los ritos, y ceremonias, leyes y gobierno, y guerras de los indios, que se publicó en Sevilla en 1590. Es una auténtica enciclopedia del nuevo mundo, al que describe como un conjunto unitario aunque diverso. Se ocupa de cuestiones geográficas, geológicas, climáticas..., de la hidrología, de la flora y de la fauna. Su curiosidad científica le lleva a analizar numerosas cuestiones para las que propone explicaciones en algunos casos adelantadas a su tiempo: el problema del poblamiento del continente, la influencia de la altitud sobre el nivel del mar en relación con las temperaturas, el soroche o mal de altura... Pero todo ello desde la perspectiva de sus habitantes, con los que se identifica plenamente. En la segunda mitad de la obra se centra en la descripción de las distintas sociedades, especialmente de los incas y los aztecas. Se ocupa de su religión y creencias, su cultura, su organización política y su historia. El resultado es muy innovador: una auténtica historia comparado de carácter etnográfico. En su esfuerzo para comprender sus costumbres, ritos, sistemas de escritura..., Acosta las relaciona con otras de las más diversas civilizaciones a las que tiene acceso: el mundo islámico, la India, China, Japón y, por supuesto, España. Pero tras este esfuerzo hay un objetivo claro.

Al comenzar el libro sexto de esta obra, el autor señala: «... pretendo en este libro escribir de sus costumbres y policía y gobierno (de los indios), para dos fines: el uno, deshacer la falsa opinión que comúnmente se tiene de ellos, como de gente bruta y bestial y sin entendimiento, o tan corto, que apenas merece ese nombre; del cual engaño se sigue hacerles muchos y muy notables agravios, sirviéndose de ellos poco menos que de animales y despreciando cualquier género de respeto que se les tenga. (…) El otro fin que puede conseguirse... (es que) deben ser gobernados conforme a sus fueros, que son como sus leyes municipales. Por cuya ignorancia se han cometido yerros de no poca importancia, no sabiendo los que juzgan, ni los que rigen, por dónde han de juzgar y regir sus súbditos. Que demás de ser agravio y sinrazón que se les hace, es en gran daño por tenernos aborrecidos como a hombres que en todo, así en lo bueno como en lo malo, les somos y hemos siempre sido contrarios.» No duda en condenar el abundante comportamiento inhumano de los conquistadores españoles (aunque no lo generaliza ni absolutiza al modo de Las Casas). Así, en otra de sus obras (De procuranda indorum salute) denuncia: «durante la guerra que se hizo contra los incas, se acostumbraba a exponer en la plaza pública a las mujeres colgadas en lo alto, que sostenían a sus propios bebés, asimismo colgados de sus pechos taladrados, para que en el mismo suplicio las madres estranguladas se vieran obligadas a ser la horca de sus hijos. ¡Ejemplo inaudito de crueldad!»

A causa de algunos problemas de salud y de ciertos conflictos internos en su orden, regresará a Europa tras su larga estancia americana, aunque todavía joven. Felipe III le enviará como agente suyo a Roma, lo que aparentemente agudizará su enfrentamiento con los superiores de la Compañía, y ya no ocupará puestos determinantes dentro de su orden. Juan de Mariana, coetáneo y también jesuita, se refiere un par de ocasiones a nuestro autor en su Discurso de las cosas de la Compañía: «...lo que hicieron con el padre Josef de Acosta y lo que buscaron contra él en los archivos, sólo porque pretendió, contra la voluntad del general, que se juntase congregación, que a mi ver, entre rufianes no pasaran más adelante.»


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