viernes, 5 de febrero de 2016

Eutropio, Breviario de historia romana

El emperador Valente
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Eutropio fue un alto funcionario de larga carrera en el declinante imperio romano del siglo IV, que conocemos con detalle a través de la obra de Amiano Marcelino, ya editada en Clásicos de Historia. Aunque se ignora mucho sobre su vida, se ha propuesto un posible origen griego, por su nombre y por el uso esporádico de vocabulario de esta procedencia. El hecho de que escriba en latín se explica por la preferencia por esta lengua en las obras de historia de la época, y por haber sido dedicada al emperador Valente, que no sabía griego. En cualquier caso, parece que nuestro autor ocupó progresivamente puestos de gran responsabilidad en la administración del estado: magister memoriae (como indica en la dedicatoria citada), procónsul de Asia, y como culminación de su carrera, cónsul de Roma junto con Valentiniano II. Eutropio fue, señala Emma Falque, «una persona competente y leal, y además un superviviente nato. Tuvo que ganarse el respeto no sólo de sucesivos emperadores de carácter e intereses dispares, sino también de jefes militares, funcionarios civiles y destacados senadores, lo que no resultaba una tarea fácil en aquellos tiempos.»

El Breviario de historia romana (o Breviarium ab urbe condita) es un excelente ejemplo de los epítomes o resúmenes que abundan por entonces, como el falsamente atribuido a Sexto Aurelio Víctor (así como los que realmente compuso). Las clases educadas los demandan, y numerosos escritores se apresuran a satisfacer sus gustos. Así, Eutropio sintetiza toda la historia romana, pero a diferencia de otros autores, utiliza un buen número de fuentes y procurar dotar al conjunto de un aspecto unitario, especialmente en los libros dedicados al imperio, en los que el hilo conductor de la narración son las biografías de los emperadores (un poco, al modo de Suetonio). El resultado constituyó un éxito: fue traducida al griego por Peanio hacia 380, y por tanto en vida del autor, y aún en otras dos ocasiones en el siglo VI, lo que es muestra de su popularidad. Y ésta todavía fue mayor entre los latinos: la utilizarán en sus obras san Jerónimo, Orosio, Casiodoro, Isidoro de Sevilla, Paulo Diácono (que la amplió hacia 800)... Los catálogos de bibliotecas monásticas catedralicias y universitarias medievales suelen poseerlo siempre, y su popularidad se mantendrá en los siglos siguientes, multiplicándose las versiones e impresiones en las más variadas lenguas. Muestra de ello es la traducción que presentamos, publicada por Juan Martín Cordero en 1561, y que acompaña al texto original latino.

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