domingo, 5 de noviembre de 2017

Baltasar Gracián, El Criticón

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Vamos a acercarnos a la mentalidad barroca por medio de la obra que hoy proponemos. Ahora bien, es una visión desencarnada: no hay individuos y personas, sino tipos, conceptos y actitudes; y tras los sentimientos y emociones, siempre se descubre el interés. Y sin embargo tras el amargo, desencantado relato, se advierte siempre la presencia aguda, desentrañadora, del autor. Y lo que descubre ―o mejor desencubre― de la crítica sociedad de su tiempo, nos resulta igualmente vivo, pertinente y perspicaz aplicado a las crisis sociales del nuestro.

Escribe Manuel Alvar (Aragón, literatura y ser histórico, 1976): «...hemos llegado a la culminación de la literatura aragonesa, si no de muchas otras literaturas: Gracián. Y en Gracián se condensan todas las quintaesencias que he descrito: la protesta contra lo que debiera ser y no es, el apreciar lo que se estima como justo, el orden frente al caos, el captar la intensidad expresiva, la protesta contra la sinrazón, el relativismo de nuestras capacidades y, como consecuencia, soledad y desengaño. Porque nuestro gran escritor es ―siempre― un escritor ético. Cada libro suyo aspira ser un arquetipo de imitaciones: héroes, discretos, prudentes, agudos, serán los varones que nos proponga a imitación, aunque ―también él― caiga en elogios de homúnculos o de realidades que son ―desde nuestra perspectiva― miserables. Pero es que la realidad cambia con la fuga del tiempo y el hombre ―hasta el hombre de excepción― es una criatura dentro de su contingencia.

»Si acertamos a leer el epistolario del jesuita encontraremos patentes todas estas críticas que la letra impresa ―él, que tuvo que publicar con seudónimo― no le dejaría divulgar. Nada tan dramático como aquellas dos cartas de 1655 que escribe a Francisco de la Torre: nuestra realidad ya no es, todo se ha perdido o está a punto de perderse; sin embargo ―como rictus amargo de esperpento―, para remedio de males “no hay otra nueva de consuelo en España, sino el estar preñada la reina.” Amargura y dolor pespunteado sobre un carnaval grotesco, y quiera Dios que no se repita: “El gobernador está en Calatayud; fue a sosegar un motín que se levantó por causa del desaire de no haberles dado ni obispo ni cátedras, y dicen que los de Tarazona, en triunfo de la victoria, sacaron un obispo de paja, y lo quemaron, diciendo: Judíos de Calatayud, ¡socorred a vuestro obispo, que se quema!” Todo cuanto Gracián descubre con sus ojos no es sino motivo de desengaño. Porque la ruina del país es fruto del caos, y la realidad no permite otra cosa que aprender mentiras o vaciedades (…)

»Como “los hombres no son ya los que solían”, Gracián se enfrenta con la necesidad de mudar el mundo. Inútil pretensión que sólo puede conducir al fracaso: cada día tratan de adobarlo los necios, pero el mundo sigue sin concierto y entonces “viéndome sin amigos vivos, apelé a los muertos, di en leer, comencé a saber y ser persona.”» Pero concluyamos dándole la palabra al discreto autor: «No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día (…) ¡Oh! gran gusto el leer, empleo de personas que si no las halla, las hace.»

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