viernes, 27 de julio de 2018

Francisco Franco, Discursos y declaraciones en la Guerra Civil

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Presentamos un conjunto de alocuciones, arengas y entrevistas concedidas a la prensa por parte del general Franco durante la Guerra Civil, todas ellas con un patente objetivo propagandístico y con manifiestas declaraciones doctrinarias. En este sentido, el 6 de octubre de 1937, cuando la guerra civil ―la orilla donde ríen los locos, según Sender― hacía más de un año que se prolongaba y arraigaba cada vez más, escribía Manuel Azaña en su diario: «Cuando se hablaba del fascismo en España, mi opinión era ésta: hay o puede haber en España todos los fascismos que se quiera. Pero un régimen fascista, no lo habrá. Si triunfara un movimiento de fuerza contra la República, recaeríamos en una dictadura militar y eclesiástica de tipo tradicional. Por muchas consignas que se traduzcan y muchos motes que se pongan. Sables, casullas, desfiles militares y homenajes a la Virgen del Pilar. Por ese lado, el país no da otra cosa. Ya lo están viendo. Tarde. Y con difícil compostura.»

Stanley G. Payne, en su estudio histórico del falangismo titulado Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español (1997, pág. 701) comentaba así esta cita de Azaña: «Pero los análisis políticos de Azaña, aunque en apariencia plausibles, estaban inusitadamente equivocados en uno o más aspectos importantes. En este caso, parece estar definiendo el régimen de Franco como una dictadura militar y eclesiástica de tipo tradicional. ¿A qué clase de tipo tradicional se refería? El único candidato posible sería el régimen de Primo de Rivera. Desde luego, Franco extrajo inspiración de la primera dictadura española, pero pensar en Franco como en un segundo Primo de Rivera es un profundo error. Franco era mucho más radical, mucho más sanguinario y mucho más autoritario, y estaba decidido a crear un régimen duradero para el siglo XX. Encarnaba una nueva derecha española radical, mucho más innovadora y vigorosa de lo que creía Azaña. El régimen de Franco no buscaría abrazar plenamente la tradición hasta después de que sus aliados favoritos hubieran librado y perdido una gigantesca guerra mundial.

»Esto no significa que Franco no fuera jamás un fascista genérico en el sentido estricto. Más de veinte años [ahora, cuarenta] después de su muerte, Franco sigue escapando a una definición precisa salvo en las vagas y generales categorías de dictador y autoritario. Así, casi ninguno de los historiadores y analistas serios de Franco consideran que el Generalísimo haya sido un auténtico fascista. Paul Preston, de quien no se sabe que haya concedido jamás a Franco el beneficio de la duda, observó una vez en un coloquio de eruditos celebrado en Madrid que Franco no era un fascista sino algo mucho peor. En comparación, por ejemplo, con el paradigmático fascismo italiano, el Franco de los primeros diez años del régimen, después de haber llegado al poder mediante una cruenta guerra civil, era mucho más violento, autocrático y represivo en todos los sentidos ―político, cultural, social y económico.

»El estilo político de Franco, si bien conservó siempre los principios fundamentales de autoritarismo, nacionalismo, tradicionalismo y catolicismo, fue siempre ecléctico. No había mostrado el menor interés por el falangismo antes de la guerra civil, habiendo dedicado su atención política a la CEDA y habiendo sido elevado a los más altos puestos militares por los radicales y la CEDA. Poco después del comienzo de la guerra civil se apropió del lenguaje del totalitarismo y de un modelo de liderazgo carismático ad hoc para desarrollar un nuevo sistema autoritario con su propio partido único. Lo más próximo a un paradigma era la Italia de Mussolini, pero, si bien conservó los Veintiséis Puntos como doctrina de FET en 1937, Franco reconocía de forma explícita su objetivo consistente en una amalgama más ampliamente sincrética de falangismo y otras doctrinas de la derecha, flanqueadas y en una medida totalmente ambigua mediadas por una forma de catolicismo fuertemente tradicional y autoritario. En análisis político comparativo, todo esto no era más que semifascista.»



miércoles, 18 de julio de 2018

Lenin, La Gran Guerra y la Revolución. Textos 1914-1917

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Dimitri Volkogónov, en su El verdadero Lenin (traducción española de 1996, prologada por Manuel Vázquez Montalbán) escribía: «… nuestra visión de Lenin ha cambiado no sólo porque hemos descubierto que hay más que las historias que nos contaron durante décadas. Comenzamos a dudar de su infalibilidad sobre todo por que la causa que impulsó y que costó las vidas de millones de seres humanos ha sufrido una derrota histórica de la mayor envergadura. No resulta fácil escribir esto. Como antiguo estalinista que ha hecho la penosa transición al rechazo total del totalitarismo bolchevique, confieso que en mi cabeza el leninismo fue el último bastión que hube de echar por tierra. Viendo cada vez más archivos, cada vez más secretos, como también las grandes colecciones occidentales de la Universidad de Harvard y la Hoover Institution en California, el perfil de Lenin se modificó ante mis ojos: gradualmente el lugar del creador y profeta fue siendo ocupado por el del jacobino ruso. Me di cuenta de que nadie conoció a Lenin; siempre lo tuvimos ante nosotros pero con la mascarilla mortuoria del dios terreno que nunca fue.»

Y más adelante: «Lenin nunca ocultó su convicción de que sólo se podría construir el nuevo mundo con ayuda de la violencia física. En marzo de 1922 escribió a Kámenev: Es el mayor error pensar que la NEP acabará con el terror. Volveremos al terror y al terror económico. Y en efecto, hubo terror de todo tipo. Tras muchas décadas nosotros, los rusos, lo condenamos rehusando ―por vergüenza― responder a la pregunta de quién lo había comenzado y quién lo había convertido en un objeto sagrado del método revolucionario. No dudo de que Lenin quisiese la felicidad del pueblo en esta tierra o, por lo menos, de aquellos a quienes llamaba el proletariado. Pero consideraba normal que dicha felicidad se construyese sobre la sangre, la coerción y la negación de la libertad.»

En esta entrega de Clásicos de Historia nos centramos en un puñado de textos de este auténtico padre del siglo XX (en su vertiente totalitaria). Corresponden al momento clave, cuando advierte la posibilidad de llevar a cabo la revolución social, anunciada y perseguida sin tregua por tantos revolucionarios de todos los países desde tanto tiempo atrás. Desde su ya prolongado exilio helvético, reconoce y aprovecha las circunstancias ―la guerra primero, la revolución de febrero después―, apresura y negocia su regreso a Rusia —el vagón sellado―, y se enfrenta al conjunto mayoritario de las fuerzas políticas existentes: demócratas, eseristas y mencheviques… ―y a buena parte de los dirigentes bolcheviques, que desconfían del golpe que Lenin promueve, al que consideran de éxito dudoso, cuando no contraproducente―.

Incluimos, por tanto, una parte significativa de la producción escrita de nuestro autor, grafómano empedernido, entre los años 1914 y 1917. De ellas destacan las Cartas desde lejos, las Tesis de abril, El estado y la revolución, las Cartas al Comité Central de septiembre y octubre, y por último sus intervenciones en el II Congreso de los soviets de diputados y obreros, inicio de una dictadura que se prolongará más de setenta años...



lunes, 9 de julio de 2018

Jaime I el Conquistador, Libro de sus hechos

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El Llibre dels feits de Jaime I (1213-1276) ha llegado a nuestros días a partir de dos códices de mediados y finales del siglo XIV redactados en catalán (aunque con inclusión de párrafos en castellano, aragonés y provenzal) y otro anterior, de 1314, en latín, bastante diferente. Las versiones romanceadas están redactadas en primera persona, pero no parece que se le pueda atribuirse una autoría directa al Conquistador. Algunos autores minimizaron su intervención, como Andrés Giménez Soler (por otra parte, muy severo en su juicio sobre Jaime I) en su La Edad Media en la Corona de Aragón: «Fue un hombre sin cultura; se conservan de su tiempo millares de documentos originales y ni uno solo signado de su mano, ni uno con probabilidad autógrafo. Y sin embargo, gran parte de la fama de que goza proviene de creerle autor de una historia de su reinado, llena de anécdotas en las que habla el propio rey. Tal crónica no era suya, y muy verosímilmente es traducción al catalán de una historia latina escrita por un dominico por encargo del propio rey.» Pero posteriormente estudios más ponderados, por ejemplo el de Martín de Riquer, subrayaron la importancia de la intervención del rey, posiblemente dictando sus recuerdos a los secretarios que formaban parte necesaria de una corte cada vez más compleja. Se ha observado una cierta abundancia de aragonesismos, atribuibles según los comentaristas tanto a la propia forma de expresarse de Jaime, como a la de los redactores finales del texto. Algunos han sugerido en este sentido la figura de Jaime Sarroca, hijo ilegítimo del rey y obispo de Jaca.

María Luz Rodrigo Estevan, en su Jaime I, Aragón y los aragoneses: reflexiones sobre un rey, un territorio y una sociedad (en La sociedad en Aragón y Cataluña en el reinado de Jaime I, Zaragoza 2009) escribe: «A diferencia de otros monarcas del Occidente medieval europeo que promocionaron la realización de crónicas de sus reinados, Jaime I optó porque su legado fuese un texto algo distinto y acometió la redacción de un libro en primera persona, a modo de memorias de su vida y su reinado, el Llibre dels feits del rei En Jaume. El texto (...) presenta una marcada intencionalidad en la selección y visión de los acontecimientos —como es habitual en las fuentes cronísticas— con el propósito de definir la imagen política que el propio Jaime I, instruido como rey guerrero y rey cristiano, quiso legar de sí mismo: un rey que se mueve entre la historia y el mito desde el momento mismo de su concepción, que es buen señor de sus vasallos, que busca consejo y consenso entre ellos y muestra su astucia y su autoridad frente a sus mañas y traiciones, que es consciente de la importancia del linaje, que es justiciero a la par que misericordioso, que emprende empresas militares expansionistas imbuidas del espíritu cruzado y, por supuesto, que actúa amparado y protegido por la divinidad en todas y cada una de sus acciones. Una imagen, sin duda, retomada y reforzada por la cronística y la historiografía posteriores.

»A través de una narración centrada en las conquistas de Mallorca y Valencia y de episodios que se desarrollan entre diálogos vivos y ágiles, el monarca trata de resaltar y justificar determinadas decisiones y acciones, silencia errores y episodios poco brillantes de su vida personal y política y, sobre todo, vierte continuamente opiniones y pareceres sobre los territorios que gobierna y sobre quienes le rodean, le aconsejan, le prestan ayuda o le traicionan en un período, el siglo XIII, en el que la Corona de Aragón abandona la sencillez de su estructura política y administrativa y de un entramado social que paulatinamente alcanza una mayor complejidad. Es precisamente la mirada subjetiva que Jaime I deja plasmada en su crónica la que va a servirnos de marco referencial de las reflexiones que exponemos a continuación...»

Presentamos la traducción que publicaron en 1848 Mariano Flotats y Antonio de Bofarull, con el aliciente de manifestar, también, rastros del naciente catalanismo, que les lleva a concluir su obra con una invocación a «la sombra del mejor rey del mundo, sombra querida, cuya memoria en vano borrará el tiempo, y cuya posesión se disputan poniendo a competencia sus más sinceros afectos, los catalanes, los mallorquines y los valencianos.»