PDF, EPUB Y MOBI EN INTERNET ARCHIVE
Manuel de Faria y Sousa (1590-1649) es un espléndido y prolífico polígrafo barroco: poeta, historiador y sobre todo estudioso, comentador y editor de la obra cumbre de la literatura portuguesa, Os Lusíadas de Camoẽs. Como tantos otros escritores de la época tuvo que emplearse al servicio de destacados personajes, algunos de las ramas más preclaras de su extensa familia fidalga. Y asimismo como tantos otros paisanos suyos, Faria fue bilingüe y utilizó preferentemente el castellano, lengua que valoraba así: «siendo de común consentimiento, a quien la entiende, suave y majestuosa, no puedo acabar de entender la razón de hacerse difícil a algunas naciones, y principalmente a aquellas que le son tan cercanas, y en sus idiomas no diferencian de éste cosa considerable.» Se estableció en Madrid, donde publicó una parte importante de su obra, y permanecerá en la villa y corte hasta su muerte, tras la separación de Portugal de la monarquía compuesta hispánica.
Como historiador, Faria publicó su Epítome de las historias portuguesas en 1628, obra que fue varias veces reeditada y gozó de considerable difusión por Europa, constituyéndose en la fuente principal para el conocimiento del pasado portugués. Pero también fue discutida, lo que le impulsó a llevar a cabo un trabajo de documentación, rectificación, análisis y ampliación enorme, cuyos frutos sólo se publicarán unos años después de su muerte por impulso de su hijo, ya en Lisboa: los tres tomos de Europa portuguesa, los otros tres de Asia portuguesa y uno de África portuguesa. Desgraciadamente, el dedicado a la América portuguesa, o no fue concluido, o se perdió.
La historia de Portugal que hoy comunicamos es un excelente ejemplo de historia barroca, heredera y continuadora de la renacentista. Naturalmente, inicia su historia con Túbal, y prosigue con los reyes míticos, sus sucesores: Ibero, Idubeda, Brigo…, lo que le lleva a lanzar una andanada a las «opiniones escrupulosas», esto es escépticas, de Juan de Mariana. En cualquier caso, para Faria, Lusitania, esto es, Portugal, ya está constituido desde estos tiempos primigenios, y se explayará en la exposición de las admirables acciones de sus habitantes en sus tierras y fuera de ellas. Y así seguirá el paso de los siglos hasta la creación del reino de Portugal con Alfonso I, a partir del cual se sucederán los reinados de sus sucesores, en cuya narración ya podrá echar mano de la tradición cronística y cada vez más de fuentes diversas. Concluirá con la descripción geográfica y organizativa de Portugal.
El Epítome es, naturalmente, obra de su tiempo. Podemos reprocharle un talante crítico menor que el de Ambrosio de Morales o Mariana. Por otra parte, no faltan los pulidos discursos y arengas puestos en boca de personajes destacados, como en sus admirados modelos clásicos. Sobreabunda hasta el agotamiento la búsqueda de paralelos antiguos para cualquier acontecimiento moderno que se narra. El lenguaje es típicamente barroco, y aunque Faria es amigo de Lope de Vega (que escribe sobre él y le admira) y abomina de Góngora y su escuela, observamos una cierta exuberancia de lo que podríamos considerar períodos salomónicos y estípites verbales, que pueden acabar fatigando un tanto.
Hemos incluido en esta entrega de Clásicos de Historia los grabados que figuran en la edición original de Madrid 1628, con la evolución del escudo de armas portugués, y la galería de los reyes de Portugal que se estampa en la edición del Epítome de Bruselas 1677. Inicia la serie el conde don Henrique, y se continúa hasta Felipe IV (III de Portugal y de Aragón). Por la coincidencia con las descripciones de Manuel de Faria en el texto, los grabados parecen corresponderse con los retratos oficiales que se exponían en el palacio real de Lisboa, y luego en el de Madrid. Tras describir el aspecto físico de Alfonso IV, al tratar de su reinado, Manuel de Faria escribe: «Débese crédito a esta imagen, porque él mismo se hizo retratar, y con sus antecesores: imitáronle los herederos, y están hoy en el Palacio de Madrid estos retratos originales de nuestros reyes.»
* * *
Si bien Faria logró reconocimiento (más bien moral que de otro tipo) en vida y en la inmediata posteridad, pronto se convirtió en un autor relegado o conscientemente rechazado, a causa de su elección del castellano como medio principal de expresión escrita, sus abundantes conexiones con los medios culturales y políticos de la monarquía hispánica, y su permanencia en Madrid tras la independencia de Portugal. El profesor y poeta Jorge de Sena, en un interesante estudio de 1972 escribía:
«No se puede decir que la personalidad y la vasta obra de Faria e Sousa hayan sido controvertidas, pues se generalizó y aceptó fácilmente, sin visión crítica, condenarlo sin apelación, basándose en dos cuestiones convergentes: el hecho de que, en 1640, permaneciera en España, y la valoración peyorativa que la mayoría de los eruditos del siglo XIX hicieron de su inmensa labor como polígrafo —poeta, crítico, historiador, ensayista, etc. Se acumularon errores de perspectiva, y quizás también el intento más indecente de ocultar cuánto, al despreciarlo ostentosamente, se extraía de su erudición, de sus enfoques críticos, etc., especialmente en los estudios sobre Camões, al que había elevado a la categoría de gigantesco monumento.
»La cuestión de juzgar a un autor por el hecho de no haber regresado a Portugal después de la Revolución de 1640, que restableció el país separado del esquema de la Monarquía Dual, que, muy del agrado de las oligarquías portuguesas, había funcionado durante sesenta años (hasta que las dificultades españolas hicieron peligrar esa estructura, que daba a la aristocracia portuguesa una posición privilegiada en el complejo hispánico, y la hizo para ellos menos interesante que la independencia restaurada), es claramente una extrapolación política, e incluso desde una perspectiva histórica: muchos de los grandes portugueses y sus sirvientes no regresaron hasta después de que sus privilegios fueran garantizados por el tratado de paz de 1668, y el mismo anatema no pesa sobre ellos. Ni, que se sepa, llevaron a cabo una tarea semejante —la defensa y difusión internacional, en la lengua franca de la Europa del siglo XVII que era el castellano, de las glorias y la dignidad de Portugal—, al que desempeñó Faria e Sousa con sus obras historiográficas y su actividad como polígrafo.»
Y más adelante: «La obra de Faria e Sousa, como la de tantos otros de uno de los períodos más curiosos y menos estudiados de la historia portuguesa, debe juzgarse en el contexto político y cultural de su época, y no con los anacronismos del nacionalismo burgués y romántico que aún pesan tanto sobre los prejuicios historicistas portugueses. Portugal fue durante mucho tiempo —si no lo es ya— un país hispánico y actuó como tal, cuya historia y cultura resultan incomprensibles si se toman aisladamente del complejo ibérico, del mismo modo que la historia y la cultura de España, debido a la tremenda vanidad del imperialismo castellano, son de hecho incomprensibles sin la influyente y decisiva presencia de ese Portugal que, en 1580, ya contaba con más de cuatro siglos, no sólo como nación independiente, sino como una nación que se había proyectado, antes que ninguna otra, en una expansión deslumbrante, y desde fronteras que, con ligeras diferencias, se mantienen estables hasta nuestros días, tal como se habían establecido a mediados del siglo XIII.»


No hay comentarios:
Publicar un comentario