lunes, 1 de diciembre de 2014

Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma

Retrato por Cornelisz Vermeyen (Londres, National Gallery), con una miniatura de Gattinara
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Se dice que el duque de Borbón arengaba así a sus tropas, a las puertas de Roma: «Yo hallo muy ciertamente, hermanos míos, que ésta es aquella ciudad que en los tiempos pasados pronosticó un sabio astrólogo diciéndome que infaliblemente en la presa de una ciudad el mi fiero ascendente me amenazaba la muerte. Pero yo ningún cuidado tengo de morir, pues que, muriendo el cuerpo, quede de mí perpetua fama por todo el hemisferio.» (citado por Menéndez Pelayo en su Historia de los Heterodoxos). Y se cumplió el pronóstico, y se produjo el decisivo saco de Roma de 1527: el ejército del emperador humilló la Urbe, caput mundi del viejo imperio y del mundo cristiano. Muchas trayectorias variarán en consecuencia, en lo político, en lo religioso y en lo cultural...

Pues bien, Alfonso de Valdés (1490-1532), humanista como su hermano Juan, el autor del Diálogo de la lengua, escribe a su admirado Erasmo: «El día que nos anunciaron que había sido tomada y saqueada Roma por nuestros soldados, cenaron en mi casa varios amigos, de los cuales unos aprobaban el hecho, otros le execraban, y, pidiéndome mi parecer, prometí que le daría in scriptis, por ser cosa harto difícil para resuelta y decidida tan de pronto. Para cumplir esta promesa escribí mi diálogo De capta et diruta Roma en que defiendo al césar de toda culpa, haciéndola recaer en el pontífice, o más bien en sus consejeros, y mezclando muchas cosas que tomé de tus lucubraciones, oh Erasmo. Temeroso de haber ido más allá de lo justo, consulté con Luis Coronel, Sancho Carranza, Virués y otros amigos si había de publicar el libro o dejarle correr tan sólo en manos de los amigos. Ellos se inclinaban a la publicación, pero yo no quise permitirla. Sacáronse muchas copias, y en breve tiempo se extendió por España el Diálogo, con aplauso de muchos» (Ibid.)

Rafael Altamira  nos presenta a nuestro autor así: «Entre los erasmistas (españoles), distinguióse en los primeros años del reinado de Carlos I un escribiente de la cancillería llamado Alfonso de Valdés, que luego ocupó el cargo de secretario del monarca. Merced a esto, pudo favorecer y defender grandemente a Erasmo contra sus perseguidores en España y difundió los escritos del humanista alemán, incluso costeando ediciones de su peculio. El asalto y saqueo de Roma le dieron motivo para escribir un diálogo en que, además de sincerar al rey de la parte de culpa que podía corresponderle en aquel hecho, y de considerar éste como justo y natural castigo de la corrupción de la curia romana, desliza proposiciones evidentemente análogas a otras protestantes, por lo cual le consideran hoy muchos autores como uno de los primeros reformistas españoles, aunque su doctrina no es acentuada ni explícita.» (Historia de España y de la civilización española).

La finalidad de la obra es doble, política y religiosa, y siempre en defensa de objetivos reformistas para mejorar la sociedad, eliminando las lacras que la corrompen. Ahora bien, la solución que se propone es la intervención decisiva del podre temporal, del emperador: «―Vos querríais, según eso, hacer un mundo de nuevo.―Querría dejar en él lo bueno y quitar de él todo lo malo.―Tal sea mi vida. Pero no podréis salir con tan grande empresa.―Vívame a mí el Emperador don Carlos y veréis vos si saldré con ello.» Esta consideración resulta de un modernidad inquietante, signo y anuncio de los derroteros que va a seguir Occidente, y presentes aún en nuestros días...


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