sábado, 28 de febrero de 2015

Jean-Jacques Rousseau, El contrato social

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Es ésta una de las obras clave para entender la modernidad. No está, sin embargo, entre las que convirtieron a Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) en un personaje admirado y reverenciado (aunque también criticado) en los grandes salones de su tiempo. En ese sentido otras producciones suyas como la Nueva Eloísa, el Emilio o las Confesiones contribuyeron mucho más a su gran prestigio. Habrá que esperar a que, tras su muerte, los grandes acontecimientos revolucionarios a un lado y otro del Atlántico atraigan la atención sobre El contrato social, publicado originalmente en 1762, y que a partir de entonces se leerá e interpretará en función de las distintas variantes del sistema liberal.

En realidad, gran parte del contenido de esta obra no es original: la idea del pacto ―foedus― para constituir una comunidad es muy antigua, al igual que la participación práctica de sus miembros en los destinos de las colectividades, tanto privadas como públicas. En los últimos siglos, a pesar (o como consecuencia) del afianzamiento de la monarquía autoritaria, se habían multiplicado los planteamientos sobre el origen social del poder, tanto mediante interpretaciones legendarias de la historia (por ejemplo, los fueros de Sobrarbe), como mediante tratados políticos y morales: Mariana, Hobbes, Locke...

La originalidad de Rousseau radica en el tratamiento que da a estas ideas. Su estilo brillante, el gusto por las paradojas (que en ocasiones le lleva aparentemente a contradecirse a sí mismo), la maestría a la hora de acuñar frases redondas, le aseguró un duradero impacto y ha hecho que se le reconozca como el gran propagandista de la democracia. «Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; recibiendo también a cada miembro como parte indivisible del todo. En el mismo momento, en vez de la persona particular de cada contratante, este acto de asociación produce un cuerpo moral y colectivo, compuesto de tantos miembros como voces tiene la asamblea; cuyo cuerpo recibe del mismo acto su unidad, su ser común, su vida y su voluntad.»

Ahora bien, es una democracia sui generis. En primer lugar, rechaza tajantemente la elección de representantes; la suya es una democracia plebiscitaria, ateniense, formada por ciudadanos cuya principal tarea es la de ser ciudadanos, lo que naturalmente será obviado por los mismos revolucionarios y liberales rousseaunianos. «La idea de representantes es moderna, y se deriva del gobierno feudal, de este gobierno inicuo y absurdo, en el que se halla degradada la especie humana y deshonrado el dictado de hombre. En las repúblicas antiguas y aun en las monarquías jamás tuvo el pueblo representantes; esta palabra era desconocida. Es cosa muy particular que en Roma, en donde los tribunos eran tan sagrados, no se haya ni tan solo imaginado que pudiesen usurpar las funciones del pueblo.»

Pero es que además, rechaza la existencia de facciones (es decir partidos); y este principio de la unidad del pueblo sí que estará presente en los acalorados debates que tienen lugar en las Tullerías y en Cádiz. «Cuando se forman facciones y asociaciones parciales a expensas de la grande, la voluntad de cada asociación se hace general con respecto a sus miembros, y particular con respecto al estado: se puede decir entonces que ya no hay tantos votos como hombres, sino tantos como asociaciones (…) Conviene pues para obtener la expresión de la voluntad general, que no haya ninguna sociedad parcial en el estado, y que cada ciudadano opine según él solo piensa.»

Así llegamos al punto clave: la noción de voluntad general como algo diferente a la suma de voluntades de sus componentes. El cuerpo moral y colectivo que constituye el pacto social es por lo menos tan real y existente como sus miembros, con la diferencia a su favor de que es mucho más perfecto: «De lo dicho se infiere que la voluntad general siempre es recta, y siempre se dirige a la utilidad pública; pero de aquí no se sigue que las deliberaciones del pueblo tengan siempre la misma rectitud. Queremos siempre nuestra felicidad pero a veces no sabemos conocerla: el pueblo no puede ser corrompido, más se le engaña a menudo, y sólo entonces parece querer lo malo. Hay mucha diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general: esta solo mira al interés común; la otra mira al interés privado, y no es más que una suma de voluntades particulares, pero quítense de estas mismas voluntades el más y el menos, que se destruyen mutuamente, y quedará por suma de las diferencias la voluntad general.»

Y aquí es donde podemos reconocer a Rousseau no sólo padre de la democracia liberal, sino también de sus dos totalitarios hermanos en la modernidad, fascismos y comunismos, enfrentados entre sí pero coincidentes en el convencimiento de su posesión absoluta de la benéfica y acertada voluntad general: «A fin pues de que el pacto social no sea un formulario inútil, encierra tácitamente la obligación, única que puede dar fuerza a las demás, de que al que rehúse obedecer a la voluntad general, se le obligará a ello por todo el cuerpo: lo que no significa nada más sino que se le obligará a ser libre.» ¿Y si no se dejan? «En todos los estados sólo los malhechores impiden al ciudadano que sea libre. En un país en el cual toda esta gente estuviese en las galeras, se disfrutaría de la más perfecta tranquilidad.»

Y finalmente, en otro lugar: «Un poco de agitación da movimiento a los ánimos, y lo que hace que la especie prospere, no es tanto la paz como la libertad.» Pero, ¿qué libertad?

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