viernes, 22 de junio de 2018

Emile Verhaeren y Darío de Regoyos, España Negra

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Luis Antonio de Villena escribía en 2014: «Darío de Regoyos (1857-1913) era asturiano y fue a estudiar pintura a Madrid, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde tuvo la suerte de tener por maestro a un notable pintor de origen belga, Carlos de Haes, que viendo los claros talentos del asturiano y teniendo contactos con la École Royale des Beaux Arts en Bruselas, lo hizo viajar allá, a seguir sus estudios, en 1879. Ese viaje (y el arte nuevo que de él salió) le hizo estar a Regoyos más de diez años fuera de su país, que así empezó a conocerlo tarde y mal. En Bruselas, Regoyos tuvo el magisterio y la amistad de James Ensor, que llegó a retratarlo. También amistó con el poeta simbolista flamenco (pero que escribía en francés) Émile Verhaeren (...) En 1888 y en 1891 hizo puntuales viajes a España con el poeta Verhaeren para ver paisajes, iglesias y museos. El poeta publicó, poco más tarde, sus impresiones de viaje en la prensa belga. Pero cuando ese recorrido se hizo célebre fue cuando Regoyos (que vivía de nuevo en España desde 1894) publicó los textos traducidos de Verhaeren con dibujos suyos en un volumen, delgado y alto, titulado La España negra (1899). Ante el título, muchos desconocedores de la obra creen que habla del sur o de Extremadura. Nada más lejos, son los campos y aldeas de Guipúzcoa y Navarra lo que, fundamentalmente, describe el libro, buscando el tipismo oscuro de la época, como las iglesiucas donde aún había Cristos con melena natural. Nunca llegaron al sur. No sé si a Darío de Regoyos (cuya pintura, en general, tiene poco que ver con ese libro) le hizo bien su autoría.»

Y sin embargo resulta de subyugante lectura y contemplación. No tanto por la España parcial y selectiva que nos describe, sino como reflejo de la mentalidad de un amplio sector de la intelectualidad finisecular del XIX, y del modo sesgado de observar la realidad que les rodea. Naturalmente, todo viajero suele descubrir en sus viajes aquello que lleva consigo desde antes de partir. Verhaeren y Regoyos, por supuesto, encuentran (o más bien crean) la España negra que buscan como lógica consecuencia del magma de sus propias obsesiones simbolistas, modernistas, postimpresionistas, decadentistas del penúltimo cambio de siglo. Y en este sentido todo lo que amorosamente describen en textos y grabados: primitivismo, superstición, pobreza, barbarie, tristeza dominante, culto a la muerte…, se valora precisamente por lo que supone con su mera existencia, de rechazo, de denuncia de la sociedad burguesa decimonónica, de su satisfecha seguridad y confianza en sí misma, de su optimismo progresista, en suma de su enervante filisteísmo.

Ahora bien, si es cierto la sociedad española de la época era mucho más que la España negra, que España había logrado por fin una suficiente estabilidad y equilibrio que le permitía modernizarse considerablemente, también lo es que aquella se manifestaba en numerosos aspectos. Y se mantendrá latente, y persistirá, y en coincidencia con la general crisis europea, agudizará sus aristas más morbosas. Pocos años después otro artista, José Gutiérrez Solana (éste más inclinado hacia el expresionismo), recuperará el título para su libro La España negra. Y resulta tentador comparar el primer plano de la cabeza del caballo en el grabado de Regoyos titulado Víctimas de la fiesta, en esta obra, con la de su equivalente en el Guernica de Picasso… En 1936 la España negra, con su desprecio de la vida, prevalecerá en ambos bandos contendientes, y relegará durante bastante tiempo a las demás Españas posibles.

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