viernes, 30 de noviembre de 2018

Ángel Ossorio y Gallardo, Historia del pensamiento político catalán durante la guerra de España con la República francesa (1793-1795)

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La profesora Ma. Betlem Castellà i Pujols, en su La Guerra Gran a l'abric de la historiografia catalana (Manuscrits 18, 2000), analiza las distintas interpretaciones a que ha dado lugar la Guerra del Rosellón, entre la España de Carlos IV y la Francia de la Convención, observando que «la Guerra Gran s’ha caracteritzat també, fins els anys seixanta d’aquest segle, per servir a un discurs polític, ja sia reaccionari, catalanista o liberal. Tanmateix, els historiadors catalans de finals d’aquest segle han sabut atorgar-li la importància que mereixia i desabillar-la dels tòpics que majoritàriament l’han acompanyat d’ençà de 1793-1795.» Y naturalmente revestirla de los nuevos tópicos derivados por los planteamientos ―entre otros― de Pierre Vilar y Roura i Aulinas, que resultan más de su gusto. Pero no entremos en esta vidriosa cuestión, y centrémonos en la reseña que hace de la obra que nos ocupa esta semana:

«Àngel Ossorio, governador civil de Barcelona sota el govern de Maura i durant els fets de la Setmana Tràgica, considerà que el conflicte [la Guerra del Rosellón] propicià que Catalunya tingués present que […] ella por sí sola, no constituía la plenitud de su substancia. En otros términos, que no vivía sólo por sí y para sí. Mas claro todavía, que su esencia era religiosa y monárquica y que todas sus franquicias, todos sus derechos históricos, todos sus sueños realizados no serían absolutamente nada si ligaba su suerte a la de unos sectarios, contradictores de los dogmas con los cuales había sido poderosa la tierra catalana. Vio, en fin, que por encima de Cataluña estaban la religión y la monarquía y se prestó a defenderlas, fusionando su interés con el interés general de España. De fet, Ossorio i Gallardo pretenia, en un moment políticament complex, atenuar, mitjançant les seves interpretacions de la Guerra Gran, les diferències i discrepàncies entre el llevant i el ponent peninsular manifestant sovint que […] todo lo catalán —lo que gusta y lo que enoja— es netamente español y para España existe, siendo ceguera fatal el repelerlo como extraño en vez de cuidarlo como propio.

»Es podria precisar, sobretot arran de la monografia d’Àngel Ossorio, que la Guerra Gran ja no servia per manifestar exclusivament particularitats i diferències de Catalunya respecte a Espanya, talment com havia estat majoritàriament el cas durant la Renaixença; sinó que servia per manifestar per damunt de les particularitats —enmig del predomini del conservadorisme— les similituds de Catalunya amb la resta de l’Estat espanyol. Amb aquesta idea d’acostar Catalunya i Espanya, no ha de resultar estrany que Ossorio i Gallardo critiqués les interpretacions donades pels historiadors de Catalunya a la Guerra Gran, implicats bona part d’ells en el moviment del catalanisme polític: Los catalanistas han dado a la guerra una importancia exagerada. Algunos, como Bori i Fontestá llegan a decir que Cataluña se dispuso a constituirse en diputación, y que Godoy se apresuró a preparar la paz para ahogar esos gérmenes regionalistas. ¡Es un colmo suponer que la paz de Basilea se debió a la prevención contra el catalanismo! No me parece tampoco fácilmente demostrable el aserto de Pella y Forgas de que en esa guerra nació el partido liberal catalán contemporáneo. Son igualmente exagerados los que creen ver en 1795 cuajada la simiente del regionalismo actual y preocupado de exterminarla el Estado Español.

»Tanmateix, i malgrat aquest embolcall polític que Miquel Oliver i Àngel Ossorio donaren a les seves obres, cal remarcar que els dos polítics-historiadors per elaborar la seva obra no sols empraren un nombre considerable d’estudis bibliogràfics, sinó que van fer un important treball d’arxiu, diferenciant els seus escrits dels estudis precedents que, majoritàriament, no fonamentaven les seves explicacions amb la documentació primària del període i empraven les monografies franceses escrites des d’inicis del segle XIX per sostenir part dels seus arguments. De fet, l’obra d’Ossorio i Gallardo fou fins als anys noranta —i, malgrat les seves interpretacions [subrayado de este editor digital]— l’únic treball global sobre la Guerra Gran, ja que aquest autor intentà no sols explicar les campanyes militars —referenciades en la majoria de les històries de Catalunya del XIX— sinó comprendre —segons ell— els motius que portaren a la guerra, el caràcter inexcusable del conflicte, la necessitat de defensar Déu i rei, i la conveniència de destronar la tirania regnant a França.»

Asedio de Perpiñán

viernes, 23 de noviembre de 2018

Rafael Altamira, Psicología del pueblo español

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Dice José Luis Abellán en su conferencia Rafael Altamira como arquetipo del intelectual moderno (2011): «Estaba este profundamente marcado tanto por su educación institucionista como por los condicionamientos históricos del momento. En lo que se refiere a la primera, se prolongó durante sus años de estudiante universitario, mediante la colaboración con Joaquín Costa, primero, y con Gumersindo de Azcárate, después, que llegó a convertirse en director de su tesis doctoral sobre el derecho comunal. Por lo que se refiere a los condicionamientos históricos, nada influyó tanto en Altamira como la repercusión en su ánimo de la derrota de 1898, que le hizo meditar profundamente sobre las causas de la decadencia española; para él estaba claro que todo era una consecuencia de la falta de patriotismo, y desde este momento adquiere plena conciencia de que hay que restaurar este a toda costa, lo que exige a su vez una meditación al respecto.

»Como con gran acierto ha señalado un reconocido estudioso de su obra [Rafael Asín], Altamira hace confluir algunas actitudes políticas, sociales regeneradoras y educativas en un solo término: patriotismo. Ese concepto guía su interés científico, su producción historiográfica y su actividad pública. El patriotismo es defensa de la idiosincrasia y amor a la patria y a lo que uno es de forma incondicional y crítica a la vez. Y no se trata de retórica, eso es muy fácil, sino de actitud y de constancia. El patriotismo como empresa común se va forjando lentamente, con contradicciones, pero subyace y se consolida en el inconsciente colectivo como lo demuestra la actitud de todo un pueblo en la guerra de la Independencia. La crítica a lo propio y el egoísmo eran sus peores enemigos. Esto se debe a nuestro acentuado individualismo si bien este no es siempre una característica negativa porque garantiza la libertad espiritual. La dejadez, la ignorancia y el menosprecio por lo nuestro son las señales inequívocas que muestran hasta qué punto el valor del concepto patriotismo se ha devaluado entre nosotros. Ya se ha explicado que como consecuencia de estas reflexiones una tarea fundamental de Altamira consistió en la vindicación de España y de su papel en la Historia.»

De Rafael Altamira (1866-1951) hemos comunicado anteriormente los dos tomos de su Historia de España y de la civilización española, la Filosofía de la historia y teoría de la civilización, y el prólogo de la edición española de la obra de Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Julián Ribera, La supresión de los exámenes

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De Julián Ribera (1858-1934) ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana, su La enseñanza entre los musulmanes españoles, y sus ediciones de la Historia de los jueces de Córdoba de Al-Jušanī, y de la Historia de la conquista de Al-Ándalus de Ibn al-Qutiyya. Hoy cambiamos de tercio. Los días 19 y 20 de abril de 1900, este ilustre arabista pronunció dos conferencias en la espléndida y no muchos años antes inaugurada Facultad de Medicina y Ciencias de la Universidad de Zaragoza, espléndida obra del arquitecto Ricardo Magdalena que todavía hoy luce en la plaza de Basilio Paraíso (otro interesante personaje de esos mismos años). En dichas conferencias hizo balance de los problemas de la universidad española, en un momento en el que se multiplicaban, tras el Desastre, las exigencias de reformas múltiples en un país y una sociedad a las que se tildaban de dormidas, enfermas, cuando no exánimes. Cabe suponer que sus críticas y propuestas fueran juzgadas como excentricidades de sabio. Y quizás también hoy. Sin embargo, consideramos de interés y actualidad su contenido.

En 1927, con motivo de su jubilación, se le ofreció a nuestro autor la tradicional obra de homenaje, titulada Disertaciones y Opúsculos, en dos volúmenes. La introducción corrió por cuenta de su discípulo Miguel Asín y Palacios (de quien comunicamos en su día La escatología musulmana en la Divina Comedia), y en ella señalaba que «extramuros del arabismo y de la historia buscó, además, terreno en que ejercitar sus dotes de observador de los fenómenos sociales, aspirando a resolver en sí mismo los problemas que estos fenómenos plantean, después de haberlos explicado históricamente. Y también en este estudio positivo Ribera atina a vislumbrar nuevos puntos de vista y soluciones originales en diferentes problemas.» Y un poco más adelante: «Plantea, finalmente, de manera original el problema pedagógico, señalando como la sola orientación útil para resolverlo el estudio de la manera de aprender, mejor que el de la manera de enseñar, punto de vista este último que ha sido la exclusiva preocupación de los pedagogos hasta el presente.» Y podríamos añadir que hasta hoy.

Ilustración de Ever Meulen.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Gonzalo Fernández de Oviedo, Relación de lo sucedido en la prisión del rey de Francia

Monumento por Vaquero
Turcios en Santo Domingo
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«Con este título se conserva, entre los MSS. de la Biblioteca Nacional, un códice de letra de fines del siglo XVI (X. 227, en 4.° con 156 ff.) En una de las hojas en blanco, que tiene al principio, se escribió, en época posterior, una que podríamos llamar nueva portada, en la cual, después de copiado aquel título con muy ligeras e insignificantes variaciones, se añadieron estas palabras: Escrita por el capitán Gonzalo Hernández de Oviedo y Valdés, alcaide de la fortaleza de la ciudad de S. Domingo, de la Isla Española, y coronista de la Sac. Cesár, y Cathól. Maj. del Emper. Carlos V, y de la Sereniss. Reina D.ª Juana su madre.

»Hay asimismo en otra hoja, escrita en veinte líneas, y al parecer de la misma mano que reformó el título, una brevísima noticia de la vida del autor de la Relación, cuyo interés ha desaparecido después que la Academia de la Historia ha publicado su biografía en el tomo 1.° de la Historia general y natural de las Indias (1851-55.)

»Aun cuando el epígrafe de esta Relación parece limitarla a lo ocurrido desde la batalla del parque de Pavía hasta conseguir su libertad el rey de Francia, abraza sin embargo mayor espacio de tiempo, pues llega hasta el año 1533, refiriendo aquellos sucesos más dignos de memoria que, así dentro como fuera de España, ocurrieron.

»Y más bien que Relación formal de tales acaecimientos, puede considerarse este escrito como un registro en que los hechos se apuntan con más o menos reposo, tomándose en cuenta las circunstancias de más bulto, con propósito de amalgamarlos después y componer con ellos verdadera y cabal historia.

»Aun así y todo, ofrece el mayor interés la Relación presente, pues respirando toda ella veracidad, que es la ley y condición primera de todo trabajo de esta índole, y que de seguro caracteriza los de Oviedo, reúne fuera de esto la inapreciable ventaja de haber sido testigo ocular de muchas cosas que refiere, habiendo recibido otras de boca de graves y fidedignos sujetos que las presenciaron.

»Otro de los hechos aquí narrados, y que forma como una segunda parte de la Relación, es el famoso cerco de Nápoles y victoria del ejército imperial (1528), suceso que cuenta Fernández de Oviedo, no con palabras propias, sino tomadas, según él mismo confiesa, de una relación que dice se mandó de Roma por el embajador Micer May al duque de Calabria, y que ocupa desde el folio 123 del códice hasta el fin. Dámosle también a luz, persuadidos de que el tono de verdad que en todo él se nota, su riqueza de pormenores y su estilo bastante correcto y animado, le granjearán el aprecio de las personas entendidas.»

Presentación de los editores originales de esta obra, los sres. marqueses de Pidal y de Miraflores y D. Miguel Salvá, en 1861.

Manuel Arroyo, La duquesa de Alençon presentada a su hermano el rey de Francia
Francisco I, por el emperador Carlos V (1887) Museo del Prado, Madrid.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Juan de Oznaya, Historia de la guerra de Lombardía, batalla de Pavía y prisión del rey Francisco de Francia

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Juan de Carvajal fue un paje de lanza del joven D. Alonso de Ávalos, marqués del Vasto, sobrino a su vez del marqués de Pescara, al que acompañó en la famosa batalla de Pavía, con la que la naciente monarquía hispánica se afirmó definitivamente en el norte de Italia. Tío y sobrino pertenecían a una aristocrática familia italiana, con raíces en la corona de Castilla (el toledano López de Ávalos, refugiado en Valencia), en la de Aragón (los catalanes Cardona, ya trasplantados a Sicilia), y en el reino de Nápoles (los Aquino, de Pescara). Es por tanto uno de los exitosos linajes hispano italiano que tanto contribuyeron al desarrollo del nuevo imperio.

En cambio, poco es lo que se sabe de Juan de Carvajal. Posiblemente plebeyo, podemos imaginarlo como un uno de tanto jóvenes que ya sea en los tiempos de Alonso V, ya sea en los del Gran Capitán, se lanzaban a la aventura italiana. En ocasiones, a consecuencia de sus dotes o de sus relaciones, lograban situarse a la sombra de un poderoso, como posiblemente hizo nuestro autor de esta semana. Juan de Carvajal participará en toda la guerra de Lombardía, desde el interrumpido ataque a Francia (empresa de Marsella), el sitio de Pavía y las penalidades del ejército hispano-italiano-alemán, contra el muy superior franco-italiano-alemán. Sin olvidar la significativa presencia de franceses en el ejército imperial (el duque de Borbón), y de españoles en el francés. Que así de extranacionalista era la Europa de entonces. Su experiencia y su buena memoria le permitirá narrar, unos veinte años después esta su experiencia de juventud, deteniéndose con morosidad en acontecimientos pequeños y grandes, explicando tácticas (las encamisadas), anécdotas bélicas y de espionaje, y por supuesto, componiendo alambicados discursos y arengas que pone en boca de los principales personajes.

Y tras la vida aventurera, como tantos otros soldados de aquel siglo y del siguiente (Alonso de Contreras, abandonando por un desengaño la milicia para convertirse en ermitaño, aunque temporal), en una época indeterminada, Juan de Carvajal decide «trocar la tumultuosa vida de las armas por la pacífica del claustro», como dicen los editores de la obra que comunicamos. Ingresará en la orden de los dominicos, y pasará a llamarse Juan de Oznaya. Se ignora el discurrir del resto de su vida, pero en 1544, cuando residía en el convento de predicadores de San Ginés de Talavera, se lamenta por «ver un marqués de Pescara tan enterrado en el olvido de los que, cuasi ayer, sus maravillosas hazañas vimos.» Y en consecuencia, redacta esta obra que comunicamos, en la que pone por escrito lo que seguramente había narrado repetidas veces a lo largo de los años. Se conservan varias copias manuscritas, una de las cuales fue aprovechada de modo prácticamente íntegro (así de antiguo es el copy-paste) por Prudencio de Sandoval en su Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V.

A algunos historiadores, como el alemán Konrad Haebler en su Die Schlacht bei Pavia, no les satisfacía en demasía este texto. Así reseñaba esta postura Bienvenido Oliver y Esteller en el Boletín de la Real Academia de la Historia en 1889: «A juicio del Dr. Haebler, la Relación de Oznaya, copiada por Sandoval, no puede inspirar completo crédito, porque fue escrita unos veinte años después de la batalla, cuando los recuerdos de la misma no debían ser muy vivos, y porque era un simple soldado que a lo más podría conocer los hechos parciales en que intervino personalmente, pero muy imperfectamente el conjunto de ellos, ni el pensamiento a que obedecían los movimientos y operaciones de ambos ejércitos.» Un poco excesiva parece la crítica, que se podría extender a casi todas las fuentes históricas.