viernes, 20 de mayo de 2016

Félix José Reinoso, Examen de los delitos de infidelidad a la patria imputados a los españoles sometidos bajo la dominación francesa

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Dice el afrancesado (aunque no exiliado) Félix José Reinoso (1772-1841) en el capítulo XXIX de esta obra, con cierto talante profético que sería aplicable a muchos otros conflictos contemporáneos, en España y fuera de ella: «Hemos visto con una frialdad estúpida arrastrar a centenares los españoles a una prisión arbitraria, en los mismos días en que nos llamábamos libres. ¡Bien hecho! decía tal vez el incauto vulgo: que se castigue a los afrancesados. El pueblo sencillo no conoce que, roto una vez el dique de las leyes, que contiene la arbitrariedad de los magistrados, todos quedan expuestos a la inundación. Nunca faltarán ocasiones especiosas para perder al ciudadano, cuando haya interés en hacerlo. Hoy se les persigue con el nombre engañoso de afrancesados; mañana se atropellará a los patriotas más decididos, so color de partidarios de Ballesteros; acaso otro día se les vejará bajo pretexto de secuaces de los ingleses; luego se les proscribirá por el título de serviles o de liberales. ¿Quién dormirá seguro, si la ley no vela en su defensa? (…) Representantes de la nación: si no protegéis la seguridad de los españoles; si acostumbráis al pueblo a tolerar pacientemente la arbitrariedad judicial, ¿qué asilo reserváis para guareceros vosotros? ¿Os defenderán de los atentados dos renglones de la constitución, que os llaman inviolables?»

Naturalmente, la obra fue criticada (y condenada) tanto desde la orilla liberal como desde la tradicionalista. Así, el conde de Toreno, en su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, libro XXI, escribe: «Un literato distinguido y varón apreciable publicó en Francia, años atrás, en defensa de los comprometidos con el intruso, a cuyo bando pertenecía, una obra, muy estimada de los suyos, y en realidad notable por su escogida erudición y mucha doctrina. Lástima ha sido se muestre en ella su autor tan apasionado y parcial; pues al paso que maltrata a las Cortes y censura ásperamente a muchos de sus diputados, encomia a Fernando altamente, calificándole hasta de celestial. Y no se crea pendió el desliz del tiempo en que se escribió la obra; porque si bien suena haberse concluido ésta al volver aquel monarca a pisar nuestro suelo, su publicación no se verificó hasta dos años después, cuando, serenado el ánimo, podría el autor, encerrando en su pecho anteriores quejas, haber dejado en paz a los caídos, ya que quisiera prodigar lisonjas e incienso a un rey que, restablecido en el solio, no daba indicio de ser agradecido con los leales, ni generoso con los extraviados o infieles. El libro que nos ocupa hubiera quizá entonces gozado de más séquito entre todos los partidos, como que abogaba en favor de la desgracia, y no se le hubiera tachado de ser un mero tejido de consecuencias erróneas, mañosa y sofísticamente sacadas de principios del derecho de gentes, sólidos en sí, pero no aplicables a la guerra y acontecimientos de España.»

En cualquier caso, la obra de Reinoso constituyó un considerable éxito. Juan López Tabar, en su Los famosos traidores. Los afrancesados durante la crisis del Antiguo Régimen (Madrid 2001), nos lo expone así: «Pero sin duda sería el Examen de Reinoso la cumbre de la literatura afrancesada. Redactada con gran habilidad y fuerza persuasiva, esta obra, a la que Menéndez Pelayo llamó el alcorán de los afrancesados (…), colmaría las expectativas de los refugiados, que vieron en ella la mejor de sus defensas. El propio calificador de la Inquisición encargado de la censura de la obra se rendiría ante esta evidencia, señalando que el autor ha agotado todo el caudal de su ingenio y podría decirse que nada queda que añadir a la causa que intentan defender. Años más tarde Javier de Burgos era tajante al referirse a este libro, al declarar que la defensa de los afrancesados la hizo ya para siempre Reinoso, y no ha habido entre sus enemigos ninguno tan petulante o tan sabio que se atreva a contradecir ni una sola sílaba de su libro inmortal.» Sin embargo, «Reinoso, que al parecer tuvo muy presente a la hora de escribir su obra a su amigo Sotelo, encarcelado en Zaragoza, tuvo que eliminar algunos pasajes comprometedores en los que criticaba la conducta de Fernando VII ante el cariz que tomaron los acontecimientos políticos, y tras desistir de su publicación en Madrid (para lo cual Joaquín de Uriarte había iniciado algunos contactos con el duque de San Carlos), mandó el manuscrito a Lista para que intentara su publicación en Francia (…) Lista fue el responsable de su publicación en Francia, y en palabras de Juretschke, sólo a su esfuerzo y celo se debe que el libro saliera en Francia, pues él busca papel e imprenta, lee las pruebas y se ocupa de la distribución y venta de la obra. No en vano, Lista se mostraba entusiasta con la misma, como lo certifica en una de sus cartas a Reinoso: ¿qué quieres que te diga de tu obra? Lo que ya te he dicho otra vez. Ella será el código a que recurrirán en los siglos futuros los perseguidos por opiniones políticas, y se muestra tajante en cuanto a sus posibilidades: es esperada tu obra con ansia, le dice, y será devorada.»

Carta anónima en que se acusa de afrancesado a Francisco Castellano

viernes, 13 de mayo de 2016

John Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil

Retrato, por Godfrey Kneller
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René Pillorget (en Del absolutismo a las revoluciones), presentaba así la obra que nos ocupa, del médico y filósofo John Locke (1634-1704), considerándola la primera crítica seria del absolutismo, de la dominante monarquía de origen divino defendida por Bossuet: «Su Ensayo sobre el gobierno civil, publicado en 1690, no debe su resonancia ni a la fuerte personalidad del autor, ni a la osadía de sus tesis. Existían, empezando por el Leviatán, otras obras políticas más vigorosas. Pero apenas si las había cuya influencia fuera tan profunda y duradera. El Ensayo constituye el tipo de libro publicado en el momento pintiparado para obtener un prodigioso éxito y que refleja el estado de ánimo de una clase social en ascensión: Locke, analizador de “Gloriosa Revolución” de 1688, condensó en él lo esencial de su pensamiento y expresó así el ideal de la burguesía.

»Originario de una familia puritana, entusiasta de Cromwell en su juventud, había participado, bajo Carlos II, en las luchas de los whigs, partidarios de la reducción de la prerrogativa regia, contra los tories, partidarios de su extensión. Desterrado cinco años en Holanda, volvió de ella con Guillermo de Orange y, en su Ensayo, justificó a la revolución triunfante. La aspiración profunda de Hobbes, su “sed”, el ímpetu afectivo cuya traducción intelectual constituían sus ideas, no era otro que el deseo de una autoridad absoluta, sin quiebra, que eliminase todo riesgo de anarquía, aun a costa de sacrificar la libertad. La “sed” de Locke, su impulso fundamental, no era otra cosa que una viva hostilidad al Poder absoluto, un deseo de ver a la autoridad contenida, limitada por el consentimiento del pueblo, por el derecho natural, a fin de que fueran eliminados todos los riesgos de arbitrariedad o de despotismo, aun a costa de abrir una brecha a la anarquía. Esta pasión antiabsolutista se explicaba por su educación y por las peripecias de su vida.»

El resultado fue la monarquía parlamentaria, que despertará el interés y la admiración de ilustrados como Montesquieu. Sin embargo, en la misma Inglaterra acabará interpretándose la revolución como una reacción de sus tradiciones políticas, en defensa de su particular forma de vida y en contra del foráneo modelo del absolutismo. Y, por tanto, el posterior liberalismo tendrá raíces británicas (obviando el hecho de la abundancia de puntualizaciones, críticas y reparos, a las pujantes monarquías autoritarias, de forma continuada desde más de un siglo antes: Vitoria, Mariana, Fénelon...)

Recientemente, en su 1688 La primera revolución moderna, Steve Pincus ha puntualizado esta visión tradicional, subrayando el carácter de ruptura que supuso la revolución (y el mismo Locke): En Inglaterra, «después de 1689, los revolucionarios crearon un nuevo tipo de Estado inglés y rechazaron el modelo de Estado absolutista y burocrático, desarrollado en Francia por Luis XIV. Pero no rechazaron el Estado, sino que crearon un Estado intrusista en muchos sentidos. Intentaron que Inglaterra dejara de ser una sociedad agraria y se transformara en una manufacturera, realizaron una masiva concentración militar necesaria para convertirse en el mayor poder militar que Europa jamás hubiese visto y promovieron una sociedad tolerante en cuestiones de religión. John Locke, a menudo descrito como uno de los primeros y más influyentes pensadores liberales, fue uno de estos revolucionarios. Si bien la Revolución Gloriosa constituyó un momento crucial en el desarrollo del liberalismo moderno, dicho liberalismo no fue hostil al Estado. El liberalismo engendrado en 1688-1689 fue revolucionario e intervencionista, más que moderado y antiestatalista.»

sábado, 7 de mayo de 2016

Conde de Toreno, Historia del levantamiento, guerra y revolución de España

Retrato por Manuel San Gil (Museo del Prado)

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En su estudio Hacia Cádiz, notas sobre el proceso constituyente, José Manuel Cuenca Toribio se refiere así a la obra que nos ocupa: «Historia del levantamiento, guerra y revolución de España. Pocos libros, en efecto, mejor intitulados en la bibliografía española que el del conde de Toreno, actor y protagonista en primera persona de algunas de las páginas más importantes de la contienda y autor apenas veinte años más tarde de una de las obras más auténticamente clásicas de la historiografía nacional. Pues, en verdad, la rotulación es un prodigio de cadencia secuencial, de perfecta acomodación a la naturaleza de los sucesos acontecidos y narrados. El levantamiento precedió a la guerra y ésta a la revolución, radicando en el levantamiento el primus movens y el hecho originario del inmenso proceso abierto en la vida española por la lucha contra la invasión napoleónica. Pese a que la índole de gran número de los análisis de la reciente investigación cuestiona la exactitud del título de la obra del aristócrata asturiano al identificar levantamiento y revolución, es difícil discutírsela. La larga cadena de violentas protestas contra la penetración francesa en el país, forjada durante un mes a lo largo de todo el territorio peninsular, fue ante todo un acto de reafirmación nacional y declaración de independencia frente a toda circunstancia que llevara al sometimiento al agresor. Que el levantamiento fuese espontáneo o generado, popular o interclasista, acto confuso y revuelto en el que, si no de inspiración colectiva, no hubo solución de continuidad en la participación del conjunto de la comunidad, en nada afecta a su significado como gesto de supervivencia de una nación abocada a su desaparición. La voluntad sobrehumana de toda una colectividad para arrostrar la prueba más honda de su historia reivindicando su identidad, sobrecogió a sus mismos protagonistas, infundiéndoles una confianza invencible sobre el final del proceso tan dramáticamente comenzado. A partir del alzamiento, todo fue posible; sin él, ni la guerra ni la revolución hubieran tenido lugar.»

Por su parte Roberto Breña, en su La Historia de Toreno y la historia para Toreno: el pueblo, España y el sueño de un liberal, nos impetra: «En última instancia, mi principal objetivo es animar al lector (culto, mas no especialista) a aventurarse en la lectura de una obra que, 175 años después de haber sido publicada, sigue siendo la más importante visión de conjunto que existe sobre una sublevación popular, un enfrentamiento militar y una revolución política que, con todas las reservas del caso y haciendo abstracción de la historia posterior inmediata, implicó dos “hechos” históricos de la mayor trascendencia. Por un lado, el ingreso de España y de prácticamente todo el mundo hispánico en la “modernidad política”. Esto es, limitándonos a la Península, el inicio de la historia contemporánea de España. Por otro, el inicio de la historia tout court de esa región del mundo occidental que desde hace tiempo denominamos América Latina». Aunque, advierte: «La Historia del levantamiento, guerra y revolución de España es, básicamente, un texto de historia militar. No creo exagerar cuando digo algo que para los historiadores es una perogrullada, pero tal vez no lo sea para algunos de los lectores de esta reseña: más de tres cuartas partes de la Historia de Toreno son descripciones de escaramuzas, sitios, batallas, marchas y contramarchas. Jugando un poco con el título de la obra, se podría decir que el levantamiento y la revolución (en la medida en que podemos circunscribir la revolución a la política) son las damas de compañía de la reina Guerra.»

Para acabar, una última reflexión. Toreno creará la interpretación canónica, nacionalista y liberal (por este orden) de la guerra de la Independencia. Aunque lleva a cabo su labor con alusiones al sine ira et studio de Tácito, y aunque se esfuerza por evitar una tendenciosidad manifiesta, sus simpatías (patrióticas, políticas) tiñen poderosamente sus planteamientos y sus apreciaciones. Sus juicios de valor ―presentados como necesarios, ineludibles―, le conducen a motejar por igual a los afrancesados (a pesar de su tendencia reformista) y a los antiliberales (a pesar de su indudable patriotismo). Pero es que su análisis lo realiza desde sus propias circunstancias vitales: sus loas a la reacción antifrancesa del pueblo, de la nación, choca con frecuencia con su mentalidad elitista, derivada tanto de su origen familiar como de sus simpatías ilustradas y liberales. Por citar unos, entre muchos ejemplos, se esforzará en reducir el papel de las órdenes religiosas (especialmente las mendicantes) en la movilización de la resistencia, así como lamentará el hecho de que no se exijan unos límites de renta para poder ser ciudadanos activos como electores. Desde su punto de vista la revolución ha sido la del pueblo español, pero con sus dirigentes (liberales) naturales. De ahí el íntimo desconcierto y la patente melancolía que nos transmitirá el fin de su obra, cuando nos narre el recibimiento entusiasta que ese pueblo, supuestamente reformista y revolucionario, presta a un Fernando VII que no esconde sus intenciones de restablecer la legislación tradicional.

Goya, Desastres, nº 3: Lo mismo.

miércoles, 27 de abril de 2016

Miguel Asín Palacios, La escatología musulmana en la Divina Comedia

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Carlos Seco Serrano escribe: «A la generación de 1915 pertenece también la figura más eminente del arabismo español en lo que va de siglo [XX], Miguel Asín Palacios (1871-1944). Heredero de la tradición iniciada por Codera y Ribera, Asín Palacios, sacerdote y catedrático de la Universidad Central, lleva a cabo, en los días en que Menéndez Pidal alumbra su famosa España del Cid, la publicación de un libro fundamental para medir el alcance de la influencia árabe ―a través del puente español― en los orígenes del Renacimiento europeo, La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919), cuyas tesis ―escribe Torrente Ballester―, “por sorprendentes y quizás por incómodas para las vanidades nacionalistas, tardaron en aceptarse fuera de España”. En la misma línea se sitúan sus estudios El Islam cristianizado, Huellas del Islam, Algacel… Como en el caso de los otros grandes maestros universitarios a que antes nos hemos referido, el valor de la obra de Asín no se agota en ella misma, sino que se proyecta en la brillante pléyade de sus discípulos.»

Y es Ángel González Palencia, uno de los discípulos de Asín, el que en la necrología que dedicó a su maestro en el año de su muerte, narra así el proceso de elaboración de la obra que nos ocupa: «Elegido individuo de número de la Real Academia Española en 14 de enero de 1915, vaciló mucho en la busca de tema para su discurso de recepción. Empezó a trabajar en algunos temas, que no tardaba en abandonar por parecerle pobres de contenido y, por tanto, de resultados poco apreciables. Por fin, se decidió a continuar ahondando en el estudio de un punto iniciado en un apéndice de su Abenmasarra, sobre las posibles relaciones entre algún pasaje de la Divina Comedia, de Dante, y ciertas doctrinas de Aben Arabi de Murcia.

»Aplicóse al trabajo preliminar de recogida de materiales, previa lectura de cuantos textos permitieran abrigar la esperanza de alguna recolección. Y al estudiar la literatura sobre temas de ultratumba escrita en árabe, comparándola con las páginas del Fotuhat del místico murciano, halló una cantera del más rico valor para su objeto. Pero cuando ya tenía muy adelantada esta labor preparatoria, y veía claro el esbozo de su nueva obra, una contrariedad estuvo a punto de dar al traste con su salud, amenazada siempre por la neurastenia. Fue el caso que llegó a su noticia la ficha bibliográfica de un trabajo escrito por el orientalista francés E. Blochet, con el título de Les sources orientales de la Divine Comédie (París, 1901), que era precisamente lo que iba dibujándose en su investigación propia. Los días transcurridos entre su conocimiento de la existencia de tal escrito y la llegada del libro a Madrid, fueron de una angustia mortal para don Miguel. Veía inutilizado su trabajo de varios meses, años quizá, y de nada servían las consideraciones prudentes que don Julián [Ribera] le hacía sobre la dificultad, imposibilidad casi, de coincidir dos personas en el desarrollo del mismo tema. Visto el libro de Blochet, renació la calma en el conturbado espíritu del académico electo, y preparó cuidadosamente, sin escatimar tiempo ni trabajo, su libro sobre La escatología musulmana en la Divina Comedia.

»El día 26 de enero de 1919 será de imborrable recuerdo en los anales de la Academia Española. La impresión que produjo la lectura del habilísimo extracto que el autor hizo de su libro, fue extraordinaria. Y pronto había de adquirir resonancia mundial, tanto por la importancia del tema tratado, como por la severa argumentación documentada que se empleaba. Se trataba de aclarar el oscuro problema de las fuentes posibles de la Divina Comedia, y don Miguel señalaba las leyendas escatológicas de los musulmanes, de un lado, y los escritos de Aben Arabi de Murcia, por otro, como posibles elementos que sirvieran a la genial inspiración del Alighieri para la construcción de su obra grandiosa. Lanzado el tema desde la excelsa tribuna de la Real Academia Española, había de alcanzar pronto su máxima difusión en Europa y América. Seguramente que en lo que va de siglo no ha habido polémica más amplia y más discreta acerca de un tema de literatura comparada. Basta para comprobarlo leer el artículo que para resumir el Juicio crítico de una polémica publicó el mismo autor en 1924 ―Boletín de la Real Academia Española―, donde contestó debidamente a sus contradictores.»

viernes, 15 de abril de 2016

José Ortega y Gasset, España invertebrada

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«Las ideas expuestas por Ortega en España invertebrada (1921) resultan de sobra conocidas: España, a diferencia de Francia y Alemania, careció de un feudalismo auténtico, y a lo largo de la historia le han faltado minorías rectoras; de ahí que su vertebración como nación sea débil. Varios de los temas esbozados entonces alcanzarán luego un desarrollo cumplido, caso de la escasez de minorías, al que dedicaría su internacionalmente famoso libro La rebelión de las masas (…)

Ortega, en mi opinión, innovó radicalmente el modo de aproximación a la problemática histórico-cultural. Siguiendo el camino abierto por el historiador suizo Jacob Burckhardt y prolongado por el humanista holandés Johan Huizinga, amigo suyo, conjugará los datos históricos de una manera desconocida en los talleres del humanismo español (…) La obra de Ortega supuso la oportunidad hace tres cuartos de siglo de que el estudio de la cultura española entrara por los carriles del cuestionamiento de las premisas teóricas (metodológicas), tanto históricas como filosóficas, de que a la tradición erudita (…) se le sumara una de interpretación, basada en el contraste de los métodos de análisis.»

(Heilette van Ree, El análisis cultural moderno: España invertebrada de José Ortega y Gasset)

viernes, 8 de abril de 2016

Ángel Ganivet, Idearium español

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Ángel Ganivet es, como tantos otros ―regeneracionismo, generaciones del 98, del 14, del 27―, hijo crítico del fructífero periodo de la Restauración. Todos ellos tienden a dar por supuestos los logros de ésta ―gobierno civil, poder compartido y alternancia política, marco de libertades, crecimiento económico que se traduce en progreso social, cultural y de nivel de vida―, que, a su atenta, perspicaz y casi obsesiva mirada, quedan enmascarados, prácticamente ocultos, por sus defectos ―caciquismo, corrupción, ignorancia, atraso secular, incuria...―, que pasan a ser apreciadas como la esencia propia de la nación. Es el llamado problema de España que ahora toma proporciones cada vez mayores, aunque posee viejas raíces; de las viejas y de las nuevas ya hemos incluido algunas muestras en Clásicos de Historia: Cadalso, Cánovas, Costa, Lucas Mallada, Juderías... Ahora bien, hacia el penúltimo cambio de siglo parecen agudizarse entre los intelectuales jóvenes la urgencia de buscar remedios a esta situación: es el siglo XX que agudiza las críticas al viejo liberalismo, decimonónico y burgués, y multiplica los análisis y la propuesta de soluciones.

El granadino Ángel Ganivet (1865-1898), cónsul de España en Amberes, Helsinki y Riga, por sus variados escritos y por su prematura muerte en esa última ciudad, será considerado como el precursor de la generación del 98. Su breve ensayo Idearium español, publicado en 1897, gozará de una considerable influencia, más por lo sugestivo del tono de la obra, que por el contenido estricto de sus apreciaciones. Naturalmente, su reflexión se enmarca en el estricto nacionalismo español que ha tomado forma desde el liberalismo y el tradicionalismo a lo largo del siglo XIX. Parte, por tanto, de la determinación de los componentes de lo español: influencia determinante de lo peninsular, senequismo, cristianismo y temperamento árabe. Y de su historia, con proyectos desmesurados y admirables, pero que han abocado a la decadencia. La solución estará en volverse hacia dentro, en reconcentrar sus energías, en un retraimiento que le aparte de una política exterior para la que no posee las energías y los medios necesarios. Relativiza, por tanto, los grandes proyectos nacionales: Gibraltar, el iberismo hispano-luso, las mismas conflictivas colonias caribeñas y asiáticas… Pone de relieve el gran defecto hispano, la abulia, la ausencia de voluntad. Y el remedio procederá de la restauración de la vida espiritual española.

Esta obra, a pesar de la considerable repercusión inicial de que gozó, con los años quedará relegado y un tanto olvidado. Manuel Azaña le dedicó varios ensayos, y puso de relieve sus limitaciones:  «El Idearium es un libro “inspirado”. Le inspira el amor a España, el sentimiento patriótico. Su móvil profundo es la necesidad de no verse, ―en cuanto español― solo, perdido en la historia, y el consiguiente deseo de poner a salvo los valores que naufragaban. El sentido general del Idearium es de reacción anticrítica; su espíritu, de conformidad con la tradición, que es especiosa, y como siempre, saca del mero hecho de haberse ido formando la razón mayor para subsistir e imponerse. Tal género de escritos rara vez evitan el peligro de alterar frívolamente las representaciones históricas. Pueden estar bien como efusión lírica, pero entremeter el sentimentalismo vago en tratados de filosofía de la historia, si es bueno para consolarse de añoranzas, lleva en derechura a confundir una emoción con un juicio, y al amparo de un goce estético pasan de contrabando, como verdades probadas, las imaginaciones del autor. En el Idearium, libro atrayente, entre otros motivos por el calor y la honrada intención con que está escrito, ese defecto es obvio, así como la flaqueza y confusión del discurso. No siempre se sabe cuándo el autor expone y cuándo aprueba. Pasa con excesiva sencillez de la crítica al donaire. Pretende explicar demasiadas cosas a fuerza de alegorías…» (Plumas y palabras, 1930)


sábado, 2 de abril de 2016

José Mor de Fuentes, Bosquejillo de la vida y escritos delineado por él mismo

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Guillermo Fatás presentaba así en 1983 al ilustrado tardío José Mor de Fuentes (1762-1848): «De auténtico nombre José Mor y Pano, nació en Monzón y allí murió, en total miseria, acogido a la caridad de un sastre. Estudió Humanidades en Zaragoza y en Vergara (el mejor centro superior español de entonces). Militar e ingeniero hidráulico, participa en la toma anglo-española de Tolón (1793) y se retira de la milicia en 1796. Enemigo de Godoy y admirador de la Revolución Francesa, escribió contra Napoleón cuando éste, proclamado emperador, invadió España. Vivió el Dos de Mayo en Madrid, viendo morir a su amigo Velarde. En Zaragoza se le ofreció el mando de la defensa, que recayó, luego, en Palafox. Participó en ella oteando, con un catalejo de la condesa de Bureta, los movimientos enemigos, como vigía de la Torre Nueva. En Madrid dirigió los periódicos liberales El Patriota y La Gazeta, abandonada por sus redactores.

»Constitucionalista, en 1823 emigró a Toulouse, volviendo a Monzón y Zaragoza en 1826. Fue, más tarde, a París. Traductor de Horacio y Salustio, de Goethe y de Rousseau, fue comediógrafo y poeta (muchas de cuyas obras transcurren o mencionan a Aragón y Zaragoza) y escribió una famosa e importante autobiografía, redescubierta por Azorín (el Bosquejillo, en 1836), en la que narra, con extraordinario atractivo para el lector, numerosos pormenores de su vida, tan ajetreada, mostrando su radical independencia personal y política, los pleitos con su familia, sus éxitos literarios, etc. Su novela La Serafina, por ejemplo, cuya acción transcurre en Zaragoza, fue editada tres veces en 1797 y reeditada en 1802 y 1807. Soñó, inútilmente, con una España “gallarda, pundonorosa e independiente.”»

No se puede dudar de la capacidad de Mor como observador de la agitada época que le tocó vivir: todo le interesa, a todos conoce, en todo interviene y, según nos asegura, todos ―desde los más altos personajes al último conocimiento fortuito que hace― quedan maravillados por su talento en los más variados campos: la agricultura, las lenguas (es un consumado políglota), las armas, la diplomacia, y sobre todo las letras: poeta, dramaturgo y novelista. Y sin embargo… Manuel Alvar, en su Aragón, literatura y ser histórico (1976), ya señaló alguna de sus limitaciones:

«Mor de Fuentes va a París en 1834 y no acierta a comprender nada de lo que allí ocurre. La enumeración ―desde unos años antes― resulta impresionante: 1826, Cinq-Mars; 1829, Orientales; 1827, prefacio de Cromwell; 1830, Hernani y Rojo y negro; 1831, Nuestra Señora de París; 1834, Papá Goriot... Mor ha ido a París para cumplir ―viejo ya― un sueño largamente acariciado; intenta ver todo, enterarse de todo, disfrutar de todo. Interesan sus ideas literarias: va al teatro y los “románticos” le parecen unos bárbaros; Scribe y Hugo, simples autores de “desatinos y mentecateces”; lee poesías, y Lamartine le resulta “llorón (…) con sus yertos sollozos”, “el Parnaso francés viene a ser actualmente un desierto”. El pobre Mor ―paleto y provinciano― no acertó en nada.»