viernes, 24 de marzo de 2017

Julián Ribera, Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana

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Claudio Sánchez Albornoz en su oceánica La España musulmana, señala al presentar su ramillete de textos andalusíes sobre los “Libros en Córdoba”: «Los cordobeses de la época califal amaban los libros. Sólo en el arrabal occidental de Córdoba se ganaban la vida copiando manuscritos 170 mujeres. Se publicaban al año en la ciudad sesenta mil volúmenes. El califa Al-Hakam reunió una biblioteca de cuatrocientos mil. Los nobles imitaron su ejemplo. Todos, magnates y estudiosos, rivalizaban en la adquisición de libros y en la formación de bibliotecas. Fue famosa la de Isa ben Futays. Había un floreciente increado de libros. Se pujaban en él las obras raras o lujosas. La noticia de uno de esos remates dice, más que ningún elogio, cuál había llegado a ser el gusto por el libro y la moda de reunirlos entre los cordobeses. Después, el dictador Almanzor, para congraciarse con los alfaquíes o teólogos, rígidamente intolerantes, y con las masas ignaras que les seguían, ordenó el espurgo de la magnífica biblioteca califal, única en Europa. Durante las revoluciones cordobesas, de principios del siglo XI, se perdieron ricos tesoros bibliográficos en los incendios y saqueos de Medina al-Zahra y de Medina al-Zahira y de los palacios de los grandes, y muchos de éstos hubieron de vender sus bibliotecas. Pero a pesar de tanto desastre, todavía a fines del siglo XII Córdoba era, según Averroes, la ciudad que poseía más libros.»

En realidad Sánchez Albornoz está espigando la información que recogió el autor de la obra que presentamos, así como sus discípulos y compañeros del arabismo de hace un siglo: «Los grandes maestros Ribera y Asín... —dice el autor de España, un enigma histórico— han dado un impulso decisivo a los estudios arábigos. Debemos al primero monografías de gran valor científico sobre la lengua, la literatura, la enseñanza, la música y las instituciones de la España musulmana. Ha revolucionado el segundo el conocimiento de la filosofía y la mística hispano-árabes. Ambos han descubierto horizontes insospechados sobre las influencias culturales de Al-Ándalus en el Occidente Europeo. Sus discípulos, ya maestros a su vez han continuado su labor por las sendas que ellos abrieron y han abierto otras nuevas, por lo que hace al arte, a la poesía, a la filología, al derecho... de la España islamizada.» Y más adelante: «Cada día va siendo aceptada por mayor número de estudiosos —y si no fuera de paternidad hispánica habría sido ya admitida sin contradicción— la teoría del maestro Ribera sobre el origen hispano-árabe de la música medieval de los trovadores y de los minnesinger. El gran patriarca del arabismo español ha ido marcando los cambios que los andaluces introdujeron en la música oriental —la transformaron de monódica en coral, y trocaron y vivificaron su tonalidad, su ritmo y su armonía— y ha ido señalando sus contactos con la música de aquende y de allende el Pirineo y las sendas por donde pudo llegar la arábigo-hispana hasta Provenza. Otra tesis del mismo Ribera, sobre el origen andaluz de la lírica europea, ha sido reforzada por los estudios de Nykl y ha sido demostrada en los últimos tiempos por un romanista de la talla de Menéndez Pidal.»

viernes, 17 de marzo de 2017

León de Arroyal, Pan y toros. Oración apologética en defensa del estado floreciente de España

Ilustración de Juillard
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La obra que hoy comunicamos fue un exitoso panfleto satírico político en defensa de las ideas políticas más innovadoras de su tiempo. Corrió manuscrito (atribuyéndose torticeramente su autoría a Jovellanos) por España desde 1793 o incluso antes, al rebufo de la polémica iniciada con los juicios críticos sobre España de los ilustrados como Montesquieu y Voltaire, incrementada con el artículo de Nicolás Masson en el tomo I de la Geografía de la Enciclopedia metódica, y contestada, entre otros, por la Oración apologética de Juan Pablo Forner. Pan y toros supone la asunción de las críticas francesas, y el cuestionamiento y rechazo expreso de la amalgama de nuevas ideas y tradición con las que Forner quiere responderles. Sólo será impresa a partir de 1812, y continuará apareciendo Jovellanos como autor. Su difusión fue grande, especialmente en los momentos de mayor agitación política. Y la expresión del título se convertirá en un lugar común, especialmente desde el estreno de la zarzuela Pan y toros, de Picón y Barbieri, en 1864.

En 1904, el hispanista francés Morel-Fatio solicitaba a su amigo Menéndez y Pelayo información sobre la autoría de esta obra, y éste le respondía así: «Quién fuera éste, no creo imposible averiguarlo. El mismo Carmena parece que nos pone en camino, describiendo (número 165 de su Bibliografía) un ejemplar que llevaba esta nota manuscrita: Esta obrita falsamente se atribuye a Jovellanos: su autor es D. Luis (sic) de Arroyal, escrita en 1792. Creo que este D. Luis es D. León del Arroyal, poetastro bastante conocido y cuyas ideas avanzadas se transparentan en muchos de sus Epigramas. Sospecho que son de Arroyal las curiosas Cartas Políticas que Rodríguez Villa publicó a nombre de Campomanes. Recuerde Vd. que una de estas cartas está fechada en Vara de Rey, 1787. Precisamente en ese pueblo de la provincia de Cuenca, que no sé si sería su patria, residía Arroyal cuando terminó sus escolios a los Dísthicos de Catón, 1787. El espíritu de las Cartas y el de Pan y Toros me parecen uno mismo, en lo que toca a la crítica de la antigua monarquía española, aunque en la oración se expresa con más violencia. Vd. dará a esta conjetura el valor que pueda tener, si es que tiene alguno.»

Esta intuición del polígrafo fue definitivamente confirmada por François Lopez en su «Pan y Toros». Histoire d'un pamphlet. Essai d'attribution. Bulletin Hispanique, tome 71, n°1-2, 1969. pp. 255-279, artículo del que extraemos la cita anterior. Así presentaba el destacado hispanista nuestra obra: «Dans le courant de l'année 1812, alors que, depuis un peu plus de trois ans, une relative liberté d'expression était pratiquement instaurée en Espagne et que discours, proclamations et journaux foisonnaient dans toutes les provinces, un imprimeur madrilène, Santiago Fernández, donna au public un pamphlet de trente-deux pages promis à une étonnante carrière. Il était intitulé : Pan y Toros. Oración apológica (sic), que en defensa del estado floreciente de España en el reynado de Carlos IV, dixo en la plaza de toros de Madrid, D. G. M. de Jovellanos. Quelques semaines après, une nouvelle édition de cette brochure sortait des presses de la Imprenta Patriótica à Cadix, et l'année suivante une traduction anglaise en était faite et imprimée à bord d'un navire britannique croisant en Méditerranée.

»Pour rencontrer un tel succès, il fallait que l'ouvrage fût d'actualité ou passablement scandaleux. De fait, il répondait bien à ces deux conditions, par la violente diatribe qu'on y trouvait contre l'Inquisition et par ses attaques furibondes contre le clergé et les dévotions populaires. Certes, l'ardent réquisitoire de Pan y Toros ne se bornait pas à cela. Mais, au moment où le public attendait le grand affrontement qui, dans l'enceinte des Cortès, devait opposer partisans et adversaires du Saint-Office, il était naturel que les libéraux n'y vissent qu'une satire anticléricale et le pendant, en somme, du Diccionario crítico-burlesco de Gallardo qui venait de soulever un beau tumulte. Avec le rétablissement de l'absolutisme et de l'Inquisition, sa carrière qui avait si bien débuté se trouva évidemment interrompue, mais le libelle condamné ne tomba point pour autant dans l'oubli, car, durant le triennat constitutionnel qui succéda à cette période, les éditions reprirent avec une exubérance exceptionnelle. Pour la seule année 1820, en effet, on n'en connaît pas moins de treize. Vint ensuite une nouvelle ère de répression et donc une nouvelle condamnation qu'enfreignirent du reste deux impressions furtives sans doute faites en Espagne et deux ou trois éditions parisiennes de 1826 dont de nombreux exemplaires durent passer les Pyrénées. Enfin, à partir du ministère Mendizábal, Pan y Toros sort à nouveau de la pénombre et bénéficie de 1836 à 1884 d'une très large diffusion, tantôt publié en brochure, tantôt inclus dans les oeuvres de Jovellanos.»

viernes, 10 de marzo de 2017

Juan Pablo Forner, Oración apologética por la España y su mérito literario

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Tradicionalmente se percibió a Juan Pablo Forner (1756-1797) a través de la visión encomiástica de Menéndez Pelayo: «Forner, aunque malogrado a la temprana edad de cuarenta y un años, fue varón sapientísimo, de inmensa doctrina al decir de Quintana, que por las ideas no debía admirarle mucho; prosista fecundo, vigoroso, contundente y desenfadado, cuyo desgarro nativo y de buena ley atrae y enamora; poeta satírico de grandes alientos, si bien duro y bronco; jurisconsulto reformador, dialéctico implacable, temible controversista y, finalmente, defensor y restaurador de la antigua cultura española y caudillo, predecesor y maestro de todos los que después hemos trabajado en la misma empresa (...) No ha dejado ninguna construcción acabada, ningún tratado didáctico, sino controversias, apologías, refutaciones, ensayos, diatribas, como quien pasó la vida sobre las armas, en acecho de literatos chirles y ebenes o de filósofos transpirenaicos. Su índole irascible, su genio batallador, aventurero y proceloso, le arrastraron a malgastar mucho ingenio en estériles escaramuzas, cometiendo verdaderas y sangrientas injusticias, que, si no son indicios de alma torva, porque la suya era en el fondo recta y buena, denuncian aspereza increíble, desahogo brutal, pesimismo desalentado o temperamento bilioso, cosas todas nada a propósito para ganarle general estimación en su tiempo, aunque hoy merezcan perdón o disculpa relativa.»

Y más adelante continúa: «Forner, enemigo de todo resto de barbarie y partidario de toda reforma justa y de la corrección de todo abuso, como lo prueba el admirable libro que dejó inédito sobre la perplejidad de la tortura y sobre otras corruptelas introducidas en el derecho penal, fue, como filósofo, el enemigo más acérrimo de las ideas del siglo XVIII, que él no se cansa de llamar siglo de ensayos, siglo de diccionarios, siglo de diarios, siglo de impiedad, siglo hablador, siglo charlatán, siglo ostentador, en vez de los pomposos títulos de siglo de la razón, siglo de las luces y siglo de la filosofía que le daban sus más entusiastas hijos. Contra ellos se levanta la protesta de Forner más enérgica que ninguna; protesta contra la corrupción de la lengua castellana, dándola ya por muerta y celebrando sus exequias; protesta contra la literatura prosaica y fría y la corrección académica y enteca de los Iriartes; protesta contra el periodismo y la literatura chapucera, contra los economistas filántropos, que a toda hora gritan: humanidad, beneficencia, y protesta, sobre todo, contra las flores y los frutos de la Enciclopedia. (… Y) aprovechó un instante de tregua para lanzar contra los enciclopedistas franceses su Oración apologética por la España y su mérito literario, (en respuesta a) un geógrafo oscuro, Mr. Masson de Morvilliers.»

Naturalmente, esta apreciación le situó, por mucho tiempo, entre las filas mal denominadas reaccionarias. Hubo que aguardar a las interpretaciones mucho más ricas de José Antonio Maravall y de François Lopez para obtener una percepción más completa de su compleja y poliédrica posición política. Pedro Carlos González Cuevas, en su Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días, lo sintetiza así: «Otro protonacionalista español de la época es Juan Pablo Forner. Pero con el extremeño entramos en otro horizonte filosófico, muy distinto al de Zeballos o el de los jesuitas expulsos. Forner era acérrimo partidario del absolutismo real, en cuanto éste suponía una racionalización del Antiguo Régimen. En este sentido, para Forner la monarquía debía ser regalista y el absolutismo implicar anticlericalismo. Por ello, José Antonio Maravall ha aportado una coherencia a toda la obra forneriana en el sentido de introducir las nociones significativas de nación y patria como conceptos anuladores de las diferencias entre el Forner racionalista e ilustrado y el Forner supuestamente reaccionario. Forner es, ante todo, un nacionalista español, cuyo objetivo es defender a España de las acusaciones de incultura y brutalidad proferidas por Masson de Morvilliers y otros ilustrados franceses. En su célebre Oración apologética por España y su mérito literario, el extremeño ataca a Rousseau y Voltaire como sofistas ultramontanos y hace un balance positivo de la cultura española desde la época romana a la de Carlos III para apostar claramente por las ciencias experimentales, las únicas realmente útiles. Aunque reconoce que no hemos tenido un Cartesio o un Newton, hemos tenido justísimos legisladores y excelentes filósofos prácticos.»

viernes, 3 de marzo de 2017

Nicolás Masson de Morvilliers, España, dos versiones del artículo de la Encyclopédie méthodique

Hugo Pratt
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Víctor Cases, en su La polémica España de Masson de Morvilliers, encuadra así las circunstancias de la obra que nos ocupa, y la polémica que originó: «En 1782 salía a la luz el primer volumen de la Géographie moderne que formaba parte de la Encyclopédie méthodique editada por Charles-Joseph Panckoucke. En principio pocos podían esperar que este título ―uno de los 210 que componen la vasta empresa que duró medio siglo...― diera lugar a uno de los debates más acalorados y prolíficos de la España de finales del siglo XVIII. A pesar de que el pasaje ha sido citado en numerosas ocasiones, conviene refrescarnos la memoria: “¿Pero qué se debe a España? Y desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace diez, ¿Qué ha hecho ésta por Europa? Se parece hoy a esas colonias débiles y desgraciadas, que necesitan sin cesar el brazo protector de la metrópoli: hay que ayudarla con nuestras artes, con nuestros descubrimientos; se parece incluso a esos enfermos desesperados que, sin conciencia de su enfermedad, rechazan el brazo que les da la vida. Sin embargo, si hace falta una crisis política para sacarla de  este vergonzoso letargo, ¿qué es lo que espera aún? ¡Las artes están dormidas en ella; las ciencias, el comercio! ¡Necesita nuestros artistas en sus manufacturas! ¡Los savants están obligados a instruirse ocultando nuestros libros! ¡España carece de matemáticos, de físicos, de astrónomos, de naturalistas!”

»El fragmento no es sino un simple botón de muestra de las abundantes críticas vertidas en la entrada “Espagne” del primer volumen de la Géographie moderne, firmada por Nicolas Masson de Morvilliers. Como vemos, el texto dista de ser una descripción objetiva de los méritos y las deudas de la nación española, cuyos defensores no podían dejar pasar la ocasión de reivindicar una vez más las excelencias de una patria que soportaba una leyenda negra que influyó profundamente en la imagen que la conciencia española poseía de sí misma. Si bien hacia el final del artículo Masson de Morvilliers reconoce que en la actualidad puede hablarse de una tímida recuperación de España, avalada por las buenas medidas gubernamentales que tienden a corregir los déficits del reino, por la penetración de la filosofía en el territorio (que es fundamental, sin duda, subraya Masson, para derribar los prejuicios y supersticiones) y por el hecho de que los hombres de mérito, sea cual sea su  cuna, han  comenzado a ocupar determinados cargos públicos; si bien el autor francés ofrece algunos motivos para la esperanza, la polémica evidentemente ya está servida: el español es indolente, perezoso, apático, leemos en la Encyclopédie méthodique, España es un “pueblo de pigmeos”, “pobre en mitad de sus tesoros.” “El español tiene aptitud para las ciencias, dispone de muchos libros, y, sin embargo, es quizá la nación más ignorante de Europa. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que necesita la licencia de un fraile para leer y pensar?”

»Como es obvio, las respuestas no tardaron en llegar. En 1784, aparecen las Observations de M. l’abbé Cavanilles sur l’article “Espagne” de la Nouvelle Encyclopédie, que fueron traducidas ese mismo año al castellano. Eminente botánico español afincado en París desde hacía varios años, Antonio José Cavanilles afirma que “estaba reservado a Mr. Masson el ofrecernos un modelo de la ignorancia más reprehensible y la más atrevida presunción” (…) La réplica del abate Cavanilles fue contundente, como lo será también la de Carlo Denina, que aparecerá dos años más tarde y, al igual que las Observations, será traducida inmediatamente al castellano. Pero la magnitud de la ofensa requería una respuesta institucional, y de este modo se anunciaba en la Gaceta de Madrid del 30 de noviembre de 1784 el nuevo tema propuesto por la Real Academia para el concurso de elocuencia del año siguiente: “Para la Oratoria. Una apología o defensa de la Nación, ciñéndose solamente a sus progresos en las ciencias y las artes, por ser esta parte la que con más particularidad y empeño han intentado obscurecer su gloria algunos escritores extranjeros, que llevados de sus engaños y faltos de seguras noticias, han publicado obras llenas de injurias e imposturas”. A partir de aquí comienza a gestarse la Oración apologética por la España y su mérito literario de Juan Pablo Forner.»

Y más adelante hace referencia a «la versión española publicada diez años más tarde, cuando vio la luz en la Imprenta de Sancha de Madrid la traducción de Juan Arribas y Soria y Julián de Velasco. Como cabía esperar, el artículo “España” de nuestra Geografía moderna no es una traducción literal de las páginas firmadas por Nicolas Masson de Morvilliers, sino una versión muy libre que parte de algunas (sólo algunas) de las reflexiones del autor francés e incorpora otras muchas cuestiones, entre ellas una relación exhaustiva de los reyes que han pasado por la Península o una historia de la monarquía hispana mucho más extensa e infinitamente más elogiosa que la trazada por Masson de Morvilliers, para terminar componiendo una apología de una nación cuyos literatos, teólogos, matemáticos y médicos ―leemos en las reflexiones finales del artículo― han inspirado en no pocas ocasiones a los tan cacareados savants extranjeros, ocupados en “las vanas sutilezas de la metafísica.”»

viernes, 24 de febrero de 2017

Los filósofos presocráticos. Fragmentos y referencias (siglos VI-V a. de C.)

Crónicas de Nuremberg (1493)
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Guillermo Fraile, en el tomo I de su Historia de la Filosofía, los presenta así: «La invasión dórica en el siglo XII obligó a emigrar a los jonios, los cuales buscaron refugio en las costas e islas adyacentes del Asia Menor, fundando numerosas colonias, consolidadas en el siglo VIII por una nueva oleada de emigraciones. En esas colonias (Mileto, Éfeso, Clazomenes, Samos…), en contacto directo con las culturas del Oriente Proóximo, nace la Filosofía. La importancia de este período es extraordinaria. El hecho de que la Filosofía griega culmine en los grandes pensadores atenienses del siglo IV ha repercutido sobre los que les anteceden, haciéndoles aparecer con el carácter de precursores. Ciertamente lo son, en cuanto que preparan el advenimiento de las grandes concepciones sistemáticas helenas. Pero tienen por sí mismos un alto valor. Aun cuando Grecia no hubiese llegado a las cumbres de Platón y Aristóteles, solamente las especulaciones de los presocráticos le darían derecho a ocupar un puesto destacado en la historia del pensamiento.

»El siglo y medio que transcurre entre Tales de Mileto y los sofistas constituye un período sumamente rico de vida intelectual. En contraste con la lentitud oriental, el pensamiento heleno sorprende por su brillante rapidez. Apenas comienzan a filosofar los griegos, imprimen a la especulación un impilso y un ritmo desconocido hasta entonces. La Filosofía, recién nacida en las primeras respuestas de los milesios al problema de la Naturaleza, se remonta rápidamente a las audaces concepciones de Heráclito, Parménides, Empédocles, Anaxágoras y los atomistas. El panorama intelectual es muy movido, Las controversias entre los filósofos contribuyen a afinar los conceptos y a crear una verdadera técnica filosófica. Rápidamente van surgiendo los problemas fundamentales, aunque todavía en forma embrionaria e implicados unos en otros. Aparecen también los primeros intentos de solución, aun cuando haya que reconocer que la importancia de los presocráticos consiste más en el hecho mismo de haberse planteado los problemas que en las soluciones concretas que les pudieron ofrecer.

»Los presocráticos elaboran sobre la marcha muchas nociones importantísimas: de ser y de hacerse, de sustancia y accidente, de movimiento y quietud, de naturaleza común y seres particulares, de realidad y de fenómenos, de materia y espacio, de finito e indefinido, de limitado e inlimitado, de tiempo y eternidad, de conocimiento sensitivo e intelectivo, de lleno y vacío, de divisible e indivisible, de número y medida, de identidad y contradicción, de ciencia y de opinión, de causa y efecto, de orden y de ley, de responsabilidad moral y de sanción, etc., etc. También se esbozan claramente las tendencias fundamentales que prevalecerán a lo largo de la Historia del pensamiento: realismo e idealismo, monismo y dualismo, mecanicismo y dinamismo, etc. En este aspecto los presocráticos pueden considerarse como precursores no sólo de Sócrates, sino de toda la Filosofía europea.»

Y más adelante concluye: «Los positivistas del siglo [ante]pasado saludaron con alborozo el acontecimiento del paso del mito a la ciencia, realizado en el suelo de Grecia, y que significaría una manifestación más del milagro helénico. Esto quiere decir que en Grecia, para explicar los fenómenos de la Naturaleza, se habrían sustituido por vez primera los espíritus por causas naturales, y la voluntad arbitraria de los dioses por leyes fijas y necesarias. La expresión tiene un cierto fondo de verdad. Pero es demasiado simplista para ser exacta. El tránsito a la ciencia se realiza en Grecia, pero tampoco de una manera rápida y total. En su primer período la Filosofía conserva todavía en gran parte la forma mitológica y antropológica. Las primeras tentativas de una representación racional del Universos arrastran por mucho tiempo un lastre considerable de mitos y alegorías. En los presocráticos perduran muchos elementos de los antiguos poemas cosmogónicos, mezclados con otros de procedencia órfica, o de una inspiración moral y religiosa muy semejante, como sucede en el pitagorismo y en Empédocles.»

William Russell Flint, The Odissey of Homer, 1924

viernes, 17 de febrero de 2017

José Gutiérrez-Solana, La España negra

Autorretrato
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Un viejo conocido nuestro, don Jorgito el Inglés, ejemplarmente traducido por Azaña, nos deleitó con la descripción de una España que era, al mismo tiempo, la de su tiempo y la suya propia, fabricada desde el romanticismo, desde los prejuicios británicos, y sobre todo desde la misma emanación avasalladora de su personalidad. El gran pintor José Gutiérrez-Solana (1886-1945) publica en 1920 La España negra, en la que lleva a cabo un proceso comparable de construcción de la realidad. Tras una pesadilla en la que se ve a sí mismo cadáver, emprende un animado aunque deslavazado viaje que le conduce por Santander, las dos Castillas, Aragón y Zamora. Y en todas ellas contempla y describe una sociedad intemporal de máscaras y autómatas de mecanismos rotos. La crítica y condena es patente, los dicterios son gruesos y tajantes. Y sin embargo… cierta paradójica combinación de distanciamiento y ternurismo disfrazado, impide que la caractericemos de inmisericorde.

Camilo José Cela, en su discurso de recepción en la Real Academia Española (1957) lo expresó así: «Solana se fabricó, a su imagen y semejanza, un mundo en el que vivir, otro en el que agonizar y aún otro, trágico y burlón, en el que morir. Los personajes, los temas y los escenarios de Solana hacen eclosión, como la flor que se abre, en sus primeras páginas y ya no le abandonarán hasta su muerte. Sus chulos, sus criadas, sus mendigos, sus sacamuelas, sus charlatanes, sus boticarios, sus carreteros, sus pellejeros, sus modistillas, sus horteras, sus soldados, sus organilleros, sus criminales, sus cajistas, sus monstruos, sus enfermos, sus encuadernadores, sus verdugos —aquellos verdugos que, ¡vaya por Dios!, iban perdiendo la afición—, sus chalequeras, sus peinadoras, sus tullidos, sus traperos, sus curas, sus zapateros y sus cigarreras, toda la abigarrada fauna ibérica de la que quiso rodearse, formó, en apretadas filas, en compacto y bullidor batallón, tras Solana, que gozaba, como un niño que descubre y que se inventa el mundo, sabiéndose escoltado por tan fiel —y saltarín y entrañable— guiñol de cristobitas de carne y hueso.»

Y más adelante: «El mundo de Solana en este libro —no olvidemos su título— es aún más sombrío que en los anteriores y su musa parece como gozarse en bucear la España más amarga, más estática, más seca y monstruosa.» Y aún después: «Quisiéramos ahora añadir que este viejísimo mundo en que Solana se movía y hacía moverse a sus criaturas, fue, en él, un mundo inventado, un mundo creado y vuelto a crear, desde el principio al fin y una vez y otra, para su mejor y más emocionado reflejo: un mundo estrenado —en su tiempo— por él; un mundo de primera mano, no obstante su aspecto de trasnochado bazar de chamarilero o de abigarrado y sangrante escaparate de casquero. Pudiera decirse que la España de Solana —o, mejor, la sola España de Solana— no es España o, dejémoslo aún más claro, no es toda España. Probablemente, no se encontrarían razones lo bastante sólidas para contradecir o, al menos, desvirtuar tal aseveración. Y, sin embargo, tampoco podría negarse —quien este argumento esgrimiera— a admitir que la España de Solana sí fue, en su macabra violencia, en su doliente desnudez, un poco el alcaloide de la España eterna, de la España que duerme —a veces con hambre saltándole en la panza— con la cabeza debajo del ala sin plumas y, en la cabeza, las más estrafalarias y descomunales figuraciones.»

Y Gregorio Marañón, en su discurso de contestación aporta esta consideración: «¿Cuál era la limitación de Solana, la de sus libros como la de su pintura? Sin duda, su sinestrismo, o sea, la incapacidad de ver, en el panorama del mundo, todo aquello que no fuera infeliz, funesto o aciago. Este sinestrismo es distinto de lo que hoy se llama tremendismo. El sinestrismo es una actitud nativa, del espíritu y no de los ojos, no exenta de ternura, llena de profundidad filosófica, que si unas veces parece descarada, otras encubre una intención ascética. Mientras que el tremendismo es un gesto artificioso, superficial y casi siempre insincero, hecho de deliberada batahola para impresionar a los demás. No hay confusión posible. El sinestrismo es una noble actitud, que ya aparece en la Biblia, que tiene su gran esplendor, de verdadero espíritu de siglo, en la Edad Media, como apunta Cela, en relación con Solana, y que se extingue después, por lo menos como actividad colectiva, a medida que la humanidad progresa y se hace más fuerte y más alegre.»

El cartel del crimen (1920)

viernes, 10 de febrero de 2017

Francisco Pi y Margall, Las Nacionalidades

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De Francisco Pi y Margall (1824-1901) ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales, obra con la que en 1855 intenta proporcionar al liberalismo una base ideológica rigurosa. Con ella podemos considerar que inicia su carrera política, desde entonces encuadrada en el ámbito republicano federal y demócrata. Apenas veinte años después, ya convertido en uno de los referentes del movimiento, ocupará el ministerio de la gobernación y luego la presidencia de una república a la que se ha llegado de un modo que él rechaza: por medio de la decisión de una asamblea parlamentaria, en lugar de mediante una constelación de levantamientos revolucionarios por toda la geografía española. Serán unos breves meses —de febrero a junio, y de junio a julio de 1873— en los que sus principios ideológicos, políticos e incluso morales, chocarán con una confusa realidad en la que se entremezcla la lucha política entre republicanos conservadores, centristas e intransigentes, sobre el telón de fondo de las guerras cubana, carlista y cantonales. Durante la república autoritaria de 1874 y la subsiguiente Restauración, Pi mantendrá sus principios y su vida política activa, por lo menos hasta la muerte de Alfonso XII.

Reflejará su valoración de estos acontecimientos recientes con los que se ha intentado llevar a la práctica sus planteamientos en su La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor. Y a continuación redactará un nuevo texto teórico para fundamentar su defensa del federalismo, que publicará en 1876: Las Nacionalidades, que aquí presentamos. Supone un esfuerzo para justificar sus principios mediante el análisis de la organización política de cuatro estados federales: el Imperio Alemán, los Estados Unidos, el Imperio Austríaco, y Suiza. Y, en consecuencia, la conveniencia de su aplicación en el caso español para superar los errores del unitarismo. La obra merece la pena por retrotraernos a su época y a sus planteamientos radicales pero aún plenamente liberales, por más que flirtee con el naciente socialismo.

Pero aun posee otros valores que quizás pueden resultar más sorprendentes e innovadores en su época. El catalán Pi y Margall se siente profundamente español desde el punto de vista histórico, político y (lo que quizás era más importante para él) cultural: fue un excelente literato y editor de grandes obras de la literatura, como la Historia de España de Mariana. Y sin embargo en esta obra nos resulta gratamente refractario a los excesos nacionalistas entonces ya comunes y habituales desde todas las posturas políticas. Así, sostiene que las naciones no dependen ni de las lenguas, ni de las fronteras naturales, ni de la historia, ni de las razas. Abunda en lo contradictorio, opuesto y nocivo de todos estos criterios, especialmente el último de ellos, que relaciona con las ideas de Haeckel. Naturalmente, la solución que propone será que cualquier nación es, en último caso, resultado del pacto, de la decisión de convivir. Y lo ejemplifica en el caso suizo: «Dentro de la misma Europa hay una nación que corrobora lo que estoy diciendo. Me refiero a Suiza, compuesta de veintidós cantones o Estados. De estos cantones, unos son por su origen alemanes, otros franceses, otro italiano; unos son protestantes, otros católicos; unos entraron libremente en la Confederación, otros por la fuerza; unos empezaron por ser meros aliados de la república, otros meros súbditos. Viven, sin embargo, formando todos tranquilamente un solo cuerpo, sobre todo desde que establecieron en toda su pureza los principios democráticos, y como los Estados Unidos, les dieron la nación por salvaguardia y escudo.»