martes, 14 de agosto de 2018

Guillermo de Poitiers, Los hechos de Guillermo, duque de los normandos y rey de los anglos

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Guillermo de Poitiers (c. 1020-1090) fue un clérigo normando (Poitiers fue meramente un lugar de exilio y residencia, como nos informa en un pasaje de la obra), antiguo caballero, que formó parte de la corte y séquito del duque de Normandía Guillermo el Conquistador (1028-1087). Aunque no tomó parte en la campaña de Inglaterra que culmina en la batalla de Hastings (1066), aprovechó su posición y relaciones para redactar la crónica titulada Gesta Willelmi ducis Normannorum et regis Anglorum, apenas unos años después de la conquista, entre 1071 y 1077, de la que constituye una de las principales fuentes más cercanas en el tiempo a los hechos, junto con el conocido como Tapiz de Bayeux. Fue aprovechada por historiadores posteriores como el cronista inglés Orderico Vital, en su Historia Eclesiástica. No se ha conservado íntegra, y el texto actual deriva de la edición que realizó el importante historiador francés André Duchesne en 1619, a partir de manuscritos hoy perdidos. Abarca los años comprendidos entre 1047 y 1068, con referencias a acontecimientos anteriores.

Por supuesto, es un panegírico de su protagonista, al que parangona con otro conquistador de Britania, Julio César. Lo elabora al modo de los admirados modelos clásicos: «Recuerda la antigua Grecia que el átrida Agamenón marchó con mil naves para vengar el tálamo de su hermano: nosotros damos testimonio de que Agamenón fue a buscar la Corona regia con más de mil. Se cuenta que Jerjes unió mediante un puente de naves las famosas ciudades de Sestos y Ábidos, separadas por el mar. Nosotros no decimos sino la verdad, que Guillermo reunió bajo el único timón de su poder las tierras normandas y anglas.» En este sentido, François Guizot, en su traducción de la obra (Caen, 1826) señala: «Guillaume de Poitiers est, à coup sûr, un des plus distingués de nos anciens historiens; il ne manque ni de sagacité pour démêler les causes morales des événemens et le caractère des acteurs, ni de talent pour les peindre. Il connaissait les historiens Latins, et s'est évidemment appliqué à les imiter; aussi Orderic Vital et plusieurs de ses contemporains l'ont-ils comparé à Salluste; il en reproduit quelquefois en effet, avec assez de bonheur, la précision et l'énergie; mais il tombe bien plus souvent dans l'affectation et l'obscurité.»

¿Y qué podemos añadir sobre el personaje historiado y ensalzado? Guillermo el Conquistador pasa por ser el primer rey de Inglaterra. El siempre sugerente y discutible Chesterton, en su Pequeña historia de Inglaterra (1917, en plena y patente crisis del liberalismo), lo trasciende y envuelve en su visión del Jano Bifronte que para él constituyen Francia e Inglaterra: «Hay paradojas permitidas si han de servir para enderezar añejos errores, y hasta puede exagerárselas sin peligro, siempre que no vengan aisladas. Tal la que propongo al comenzar el presente capítulo refiriéndome a la energía de los monarcas débiles. Su complemento —aplicable al caso de la crisis del gobierno normando— es la debilidad de los monarcas fuertes: Guillermo de Normandía triunfó por el momento, pero no definitivamente; había en su gran triunfo un germen de fracaso cuyos frutos brotarían después de su muerte. Su principal objeto era reducir el organismo de Inglaterra a una aristocracia popular como la de Francia. A este fin despedazó las posesiones feudales; exigió voto directo de sumisión por parte de los vasallos, y se volvió contra los barones de todas las armas, desde la alta cultura de los eclesiásticos extranjeros hasta las más rudas reliquias de la costumbre sajona.

»Pero el paralelo de este estado de cosas con el de Francia hace aún más verdadera nuestra paradoja. Es proverbial que los primeros reyes de Francia fueron unos muñecos; que los insolentes mayordomos de palacio eran los reyes de los reyes. Con todo, el muñeco se convirtió en ídolo, en ídolo popular de sin igual poder, ante el cual se inclinaban todos los mayordomos y los nobles. En Francia sobrevino el gobierno absoluto, precisamente porque no era gobierno personal. El rey era una entidad como la república. Las repúblicas medievales se mantenían rígidas, animadas del derecho divino. En la Inglaterra normanda, en cambio, parece que el gobierno fue demasiado personal para poder ser absoluto. En cierto sentido recóndito, pero real, Guillermo el Conquistador fue de hecho Guillermo el Conquistado. A la muerte de sus dos hijos, todo el país se derrumbó en un caos feudal, sólo comparable al que precedió a la Conquista. En Francia, los príncipes, que habían sido esclavos, se transformaron en seres excepcionales, casi sacerdotes, y uno de ellos llegó a ser santo. Pero nuestros mayores reyes continuaron siempre siendo barones, y, por la misma causa, nuestros barones vinieron a ser nuestros reyes.»


domingo, 5 de agosto de 2018

Indalecio Prieto, Artículos de guerra. Artículos publicados en El Liberal (Bilbao) en el verano de 1936


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Indalecio Prieto escribe el 13 de julio de 1936: «Si la reacción sueña con un golpe de Estado incruento, como el de 1923, se equivoca de medio a medio. Si supone que encontrará al régimen indefenso, se engaña. Para vencer habrá de saltar por encima del valladar humano que le opondrán las masas proletarias. Será, lo tengo dicho muchas veces, una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel. Aun habiendo de ocurrir así, sería preferible un combate decisivo a esta continua sangría.» Y tres días después: «Del mismo modo que la Historia llega a justificar las revoluciones del paisanaje, puede aprobar las insurrecciones militares cuando unas y otras concluyen con regímenes que, por cualquier causa, se hayan hecho incompatibles con el progreso político, económico o social exigido por los pueblos. Pero la Historia no aplaudirá jamás en el elemento civil el desorden constante, ni en el elemento militar la indisciplina continua porque ni ese desorden ni esa indisciplina son factores verdaderamente revolucionarios. España vive un período ya excesivamente largo de trastornos, que tienen su origen en perturbaciones de esa clase en uno y otro sector. Con que tales perturbaciones sólo existieran en uno de los campos, sería ya bastante para que su mantenimiento indefinido fuera dañosísimo; pero si persisten simultáneamente en ambas zonas, resulta del todo irresistible. Hay enfermos cuya dolencia no es mortal, pero la fiebre producto de la dolencia les consume. España está en este caso. La temperatura febril que padece la está aniquilando. ¿No hay modo de hacerla remitir?»

Y cuando ya se ha iniciado la sublevación militar, desde los micrófonos del ministerio de la Gobernación: «Quienes hayan leído mis últimos artículos en el diario donde habitualmente escribo, parte de los cuales fueron reproducidos por la prensa de Madrid, comprenderán que en lo que está actualmente ocurriendo en España no puede haber para mí el factor de la sorpresa. Porque en esos artículos me cuidé con reiteración machacona de advertir la existencia del peligro, de marcar sus dimensiones. Una de mis advertencias más cautelosas fue la de decir que quienes confiasen en que el movimiento subversivo no había de tener mayores proporciones que aquellas que alcanzó el del 10 de agosto de 1932 se equivocaban fundamentalmente, pero que se equivocaban, a mi juicio, y con igual magnitud, quienes preparando la subversión abrigasen la esperanza de un éxito tan fácil como aquel que fue conseguido el 13 de septiembre de 1923. Dije que la sublevación, para mí segura, cuya proximidad y cuya intensidad me cuidé de anunciar públicamente, habría de encontrar una gran resistencia; que la lucha habría de ser cruenta (…) Pues bien; estamos, no diré yo que en la plenitud de la subversión, porque no es plenitud cuando se está en un periodo de visible decaimiento; pero estamos en medio de la subversión, en la rebelión más honda, más profunda, más cruenta, más trastornadora de todas cuantas pueda registrar hoy la Historia de España. En este trance de dolor, en este trance dramático, intensamente trágico, constituye hoy España el espectáculo del mundo. El mundo entero tiene puestos en nosotros sus ojos.»

Reproducimos los artículos que este dirigente del partido socialista escribe en su diario habitual, El Liberal de Bilbao, desde primeros de julio hasta el mes de septiembre, en el que entra a formar parte del nuevo gobierno de concentración de izquierdas burguesas y obreras (y de exclusión radical de todo lo demás) presidido por Largo Caballero. En el fondo, supone el triunfo de lo propuesto sin éxito por Prieto desde febrero, como pone de manifiesto, años después, en sus Cartas a un escultor (1961): «...mi ingrata campaña en pro de un Gobierno de coalición. Quiero hacer constar que esa campaña, salpicada de graves incidentes —en Écija fue descalabrado mi secretario, Víctor Salazar, quien, además, para que no lo lincharan, estuvo refugiado en la Casa Consistorial hasta que acudieron en su auxilio fuerzas de asalto y lo rescataron—, esa campaña no tenía por único objeto convencer a Francisco Largo Caballero y a sus seguidores de la conveniencia de formar un Gobierno republicano-socialista, sino que también se encaminaba a persuadir a Manuel Azaña, igualmente opuesto a dicha coalición, como lo demostró no invitando a ella cuando en febrero de 1936 se hizo cargo del Poder. Ni siquiera invitó a que Julián Besteiro presidiera las nuevas Cortes, pese al gran acierto con que presidió las Constituyentes, reservando el puesto a Diego Martínez Barrio, de muy escasa personalidad política y de muy escasa fuerza parlamentaria.»


viernes, 27 de julio de 2018

Francisco Franco, Discursos y declaraciones en la Guerra Civil

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Presentamos un conjunto de alocuciones, arengas y entrevistas concedidas a la prensa por parte del general Franco durante la Guerra Civil, todas ellas con un patente objetivo propagandístico y con manifiestas declaraciones doctrinarias. En este sentido, el 6 de octubre de 1937, cuando la guerra civil ―la orilla donde ríen los locos, según Sender― hacía más de un año que se prolongaba y arraigaba cada vez más, escribía Manuel Azaña en su diario: «Cuando se hablaba del fascismo en España, mi opinión era ésta: hay o puede haber en España todos los fascismos que se quiera. Pero un régimen fascista, no lo habrá. Si triunfara un movimiento de fuerza contra la República, recaeríamos en una dictadura militar y eclesiástica de tipo tradicional. Por muchas consignas que se traduzcan y muchos motes que se pongan. Sables, casullas, desfiles militares y homenajes a la Virgen del Pilar. Por ese lado, el país no da otra cosa. Ya lo están viendo. Tarde. Y con difícil compostura.»

Stanley G. Payne, en su estudio histórico del falangismo titulado Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español (1997, pág. 701) comentaba así esta cita de Azaña: «Pero los análisis políticos de Azaña, aunque en apariencia plausibles, estaban inusitadamente equivocados en uno o más aspectos importantes. En este caso, parece estar definiendo el régimen de Franco como una dictadura militar y eclesiástica de tipo tradicional. ¿A qué clase de tipo tradicional se refería? El único candidato posible sería el régimen de Primo de Rivera. Desde luego, Franco extrajo inspiración de la primera dictadura española, pero pensar en Franco como en un segundo Primo de Rivera es un profundo error. Franco era mucho más radical, mucho más sanguinario y mucho más autoritario, y estaba decidido a crear un régimen duradero para el siglo XX. Encarnaba una nueva derecha española radical, mucho más innovadora y vigorosa de lo que creía Azaña. El régimen de Franco no buscaría abrazar plenamente la tradición hasta después de que sus aliados favoritos hubieran librado y perdido una gigantesca guerra mundial.

»Esto no significa que Franco no fuera jamás un fascista genérico en el sentido estricto. Más de veinte años [ahora, cuarenta] después de su muerte, Franco sigue escapando a una definición precisa salvo en las vagas y generales categorías de dictador y autoritario. Así, casi ninguno de de los historiadores y analistas serios de Franco consideran que el Generalísimo haya sido un auténtico fascista. Paul Preston, de quien no se sabe que haya concedido jamás a Franco el beneficio de la duda, observó una vez en un coloquio de eruditos celebrado en Madrid que Franco no era un fascista sino algo mucho peor. En comparación, por ejemplo, con el paradigmático fascismo italiano, el Franco de los primeros diez años del régimen, después de haber llegado al poder mediante una cruenta guerra civil, era mucho más violento, autocrático y represivo en todos los sentidos ―político, cultural, social y económico.

»El estilo político de Franco, si bien conservó siempre los principios fundamentales de autoritarismo, nacionalismo, tradicionalismo y catolicismo, fue siempre ecléctico. No había mostrado el menor interés por el falangismo antes de la guerra civil, habiendo dedicado su atención política a la CEDA y habiendo sido elevado a los más altos puestos militares por los radicales y la CEDA. Poco después del comienzo de la guerra civil se apropió del lenguaje del totalitarismo y de un modelo de liderazgo carismático ad hoc para desarrollar un nuevo sistema autoritario con su propio partido único. Lo más próximo a un paradigma era la Italia de Mussolini, pero, si bien conservó los Veintiséis Puntoscomo doctrina de FET en 1937, Franco reconocía de forma explícita su objetivo consistente en una amalgama más ampliamente sincrética de falangismo y otras doctrinas de la derecha, flanqueadas y en una medida totalmente ambigua mediadas por una forma de catolicismo fuertemente tradicional y autoritario. En análisis político comparativo, todo esto no era más que semifascista.»


miércoles, 18 de julio de 2018

Lenin, La Gran Guerra y la Revolución. Textos 1914-1917

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Dimitri Volkogónov, en su El verdadero Lenin (traducción española de 1996, prologada por Manuel Vázquez Montalbán) escribía: «… nuestra visión de Lenin ha cambiado no sólo porque hemos descubierto que hay más que las historias que nos contaron durante décadas. Comenzamos a dudar de su infalibilidad sobre todo por que la causa que impulsó y que costó las vidas de millones de seres humanos ha sufrido una derrota histórica de la mayor envergadura. No resulta fácil escribir esto. Como antiguo estalinista que ha hecho la penosa transición al rechazo total del totalitarismo bolchevique, confieso que en mi cabeza el leninismo fue el último bastión que hube de echar por tierra. Viendo cada vez más archivos, cada vez más secretos, como también las grandes colecciones occidentales de la Universidad de Harvard y la Hoover Institution en California, el perfil de Lenin se modificó ante mis ojos: gradualmente el lugar del creador y profeta fue siendo ocupado por el del jacobino ruso. Me di cuenta de que nadie conoció a Lenin; siempre lo tuvimos ante nosotros pero con la mascarilla mortuoria del dios terreno que nunca fue.»

Y más adelante: «Lenin nunca ocultó su convicción de que sólo se podría construir el nuevo mundo con ayuda de la violencia física. En marzo de 1922 escribió a Kámenev: Es el mayor error pensar que la NEP acabará con el terror. Volveremos al terror y al terror económico. Y en efecto, hubo terror de todo tipo. Tras muchas décadas nosotros, los rusos, lo condenamos rehusando ―por vergüenza― responder a la pregunta de quién lo había comenzado y quién lo había convertido en un objeto sagrado del método revolucionario. No dudo de que Lenin quisiese la felicidad del pueblo en esta tierra o, por lo menos, de aquellos a quienes llamaba el proletariado. Pero consideraba normal que dicha felicidad se construyese sobre la sangre, la coerción y la negación de la libertad.»

En esta entrega de Clásicos de Historia nos centramos en un puñado de textos de este auténtico padre del siglo XX (en su vertiente totalitaria). Corresponden al momento clave, cuando advierte la posibilidad de llevar a cabo la revolución social, anunciada y perseguida sin tregua por tantos revolucionarios de todos los países desde tanto tiempo atrás. Desde su ya prolongado exilio helvético, reconoce y aprovecha las circunstancias ―la guerra primero, la revolución de febrero después―, apresura y negocia su regreso a Rusia —el vagón sellado―, y se enfrenta al conjunto mayoritario de las fuerzas políticas existentes: demócratas, eseristas y mencheviques… ―y a buena parte de los dirigentes bolcheviques, que desconfían del golpe que Lenin promueve, al que consideran de éxito dudoso, cuando no contraproducente―.

Incluimos, por tanto, una parte significativa de la producción escrita de nuestro autor, grafómano empedernido, entre los años 1914 y 1917. De ellas destacan las Cartas desde lejos, las Tesis de abril, El estado y la revolución, las Cartas al Comité Central de septiembre y octubre, y por último sus intervenciones en el II Congreso de los soviets de diputados y obreros, inicio de una dictadura que se prolongará más de setenta años...


lunes, 9 de julio de 2018

Jaime I el Conquistador, Libro de sus hechos

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El Llibre dels feits de Jaime I (1213-1276) ha llegado a nuestros días a partir de dos códices de mediados y finales del siglo XIV redactados en catalán (aunque con inclusión de párrafos en castellano, aragonés y provenzal) y otro anterior, de 1314, en latín, bastante diferente. Las versiones romanceadas están redactadas en primera persona, pero no parece que se le pueda atribuirse una autoría directa al Conquistador. Algunos autores minimizaron su intervención, como Andrés Giménez Soler (por otra parte, muy severo en su juicio sobre Jaime I) en su La Edad Media en la Corona de Aragón: «Fue un hombre sin cultura; se conservan de su tiempo millares de documentos originales y ni uno solo signado de su mano, ni uno con probabilidad autógrafo. Y sin embargo, gran parte de la fama de que goza proviene de creerle autor de una historia de su reinado, llena de anécdotas en las que habla el propio rey. Tal crónica no era suya, y muy verosímilmente es traducción al catalán de una historia latina escrita por un dominico por encargo del propio rey.» Pero posteriormente estudios más ponderados, por ejemplo el de Martín de Riquer, subrayaron la importancia de la intervención del rey, posiblemente dictando sus recuerdos a los secretarios que formaban parte necesaria de una corte cada vez más compleja. Se ha observado una cierta abundancia de aragonesismos, atribuibles según los comentaristas tanto a la propia forma de expresarse de Jaime, como a la de los redactores finales del texto. Algunos han sugerido en este sentido la figura de Jaime Sarroca, hijo ilegítimo del rey y obispo de Jaca.

María Luz Rodrigo Estevan, en su Jaime I, Aragón y los aragoneses: reflexiones sobre un rey, un territorio y una sociedad (en La sociedad en Aragón y Cataluña en el reinado de Jaime I, Zaragoza 2009) escribe: «A diferencia de otros monarcas del Occidente medieval europeo que promocionaron la realización de crónicas de sus reinados, Jaime I optó porque su legado fuese un texto algo distinto y acometió la redacción de un libro en primera persona, a modo de memorias de su vida y su reinado, el Llibre dels feits del rei En Jaume. El texto (...) presenta una marcada intencionalidad en la selección y visión de los acontecimientos —como es habitual en las fuentes cronísticas— con el propósito de definir la imagen política que el propio Jaime I, instruido como rey guerrero y rey cristiano, quiso legar de sí mismo: un rey que se mueve entre la historia y el mito desde el momento mismo de su concepción, que es buen señor de sus vasallos, que busca consejo y consenso entre ellos y muestra su astucia y su autoridad frente a sus mañas y traiciones, que es consciente de la importancia del linaje, que es justiciero a la par que misericordioso, que emprende empresas militares expansionistas imbuidas del espíritu cruzado y, por supuesto, que actúa amparado y protegido por la divinidad en todas y cada una de sus acciones. Una imagen, sin duda, retomada y reforzada por la cronística y la historiografía posteriores.

»A través de una narración centrada en las conquistas de Mallorca y Valencia y de episodios que se desarrollan entre diálogos vivos y ágiles, el monarca trata de resaltar y justificar determinadas decisiones y acciones, silencia errores y episodios poco brillantes de su vida personal y política y, sobre todo, vierte continuamente opiniones y pareceres sobre los territorios que gobierna y sobre quienes le rodean, le aconsejan, le prestan ayuda o le traicionan en un período, el siglo XIII, en el que la Corona de Aragón abandona la sencillez de su estructura política y administrativa y de un entramado social que paulatinamente alcanza una mayor complejidad. Es precisamente la mirada subjetiva que Jaime I deja plasmada en su crónica la que va a servirnos de marco referencial de las reflexiones que exponemos a continuación...»

Presentamos la traducción que publicaron en 1848 Mariano Flotats y Antonio de Bofarull, con el aliciente de manifestar, también, rastros del naciente catalanismo, que les lleva a concluir su obra con una invocación a «la sombra del mejor rey del mundo, sombra querida, cuya memoria en vano borrará el tiempo, y cuya posesión se disputan poniendo a competencia sus más sinceros afectos, los catalanes, los mallorquines y los valencianos.»

viernes, 29 de junio de 2018

Jerónimo de Blancas, Comentarios de las cosas de Aragón

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Jesús Lalinde, en su Los Fueros de Aragón (Zaragoza 1976), se refería así a la pervivencia del mito de los Fueros de Sobrarbe, como resumen de las libertades aragonesas: «Jerónimo Zurita se muestra cada vez menos entusiasta del mito a medida que avanza en su carrera historiográfica, y ha de ser su sucesor como cronista, Jerónimo de Blancas, el que culminará el progreso del mito y le dará su redacción más definitiva. Blancas, a diferencia de Zurita, no es un historiador escrupuloso y frío, sino un ideólogo que pone la Historia al servicio de una idea o de una política, en este caso la defensa del Reino frente al intervencionismo real. Su obra fundamental en este aspecto lo constituye la que, redactada primero en castellano, publica en latín en 1588, en la imprenta de los hermanos Lorenzo y Diego Robles, con el título de Comentarios sobre los asuntos de Aragón (Aragonensium rerum Commentarii), la cual recibe la adhesión de personalidades tan ilustres como el canonista aragonés y Arzobispo de Tarragona, Antonio Agustín, y suscita la desconfianza del Consejo Supremo de Aragón, que trata de impedir la publicación, o de Felipe I (II de Castilla), que trata de corregirla y moderarla.

»En la citada obra, Blancas se ocupa de la pérdida de España ante los moros, y la conquista de la ciudad de Zaragoza por éstos, para historiar después unos supuestos siete Reyes de Sobrarbe, que van desde García Jimeno hasta Fortún II; seguir con los Condes y Reyes de Aragón, entremezclando los régulos moros; ocuparse de la dignidad del Justicia y de la nobleza, describiendo la potestad de aquel y de sus lugartenientes, así como de las magistraturas antiguas, para realizar después una genealogía de los Justicias, desde Pedro Jiménez, que sitúa en el reinado de Alfonso el Batallador, hasta Juan Lanuza IV, llegando incluso a dar las Reinas de Sobrarbe y de Aragón.

»Blancas condensa los Fueros de Sobrarbe en seis leyes, que redacta en latín y con el estilo enfático del arcaico Código romano de las XII Tablas, alegando no poder hacerlo en el lenguaje originario dado el transcurso del tiempo. Las cuatro primeras leyes parece adoptarlas de la Crónica del Príncipe de Viana, que cita expresamente, en tanto que las dos últimas las toma de otros lugares, que puede ser la Crónica de Beuter, auxiliándose con las obras de Cerdán, Sagarra, Bages y Molino, así como con los Privilegios de la Unión, los cuales, precisamente, no edita como consecuencia de prohibición real. De Beuter ha tomado también la genealogía de los Reyes de Sobrarbe, que inicia con García Jiménez como contemporáneo de Don Pelayo y sus tres sucesores, a los que sigue una elección, que es la del Rey Íñigo Arista en el año 868, donde puede situarse el origen del juramento.

»El primer Fuero de Sobrarbe según Blancas es el de Gobierna el reino en paz y justicia; y concédenos fueros mejores (In pace et iustitia Regnum, regito; Nobisque foros meliores irrogato). Su contenido se encuentra en el Fuero General de Navarra, con arreglo al cual el monarca jura mejorarles, y no empeorarles, hasta el punto de que algunas de las concesiones importantes de Fueros en Navarra se conocen como amejoramientos, lo que, sin embargo, no sucede en Aragón. El segundo Fuero dice que lo que se tome a los moros sea dividido no sólo entre los ricos hombres, sino también entre los caballeros y los infanzones; mas el extranjero no tome nada de esto (Et mauris vindicabunda dividuntur inter ricos-homines non modo; sed etam inter milites, ac infantiones: peregrinus autem homo, nihil inde capito). En realidad es la vieja conquista nobiliaria, especialmente conseguida a partir de Pedro I, y que ha cristalizado, sobre todo, en las cortes de Ejea de 1265 y en el Privilegio General. El Fuero tercero dice que No sea lícito al rey dictar leyes, sino atendiendo el consejo de los súbditos (Iura dicere regi nefas esto, nisi adhibito subditorum consilio), y el cuarto fuero advierte al monarca: Guardaos de emprender guerra, tratar la paz, dar treguas o tratar otra cosa importante, sin el consentimiento de los principales (Bellum aggredi, pacem inire, inducias agere, remve aliam magni momenti pertractare, caveto Rex, praeterquam seniorem anuente consencu), fueros ambos que habían nacido en el Privilegio General.

»El Fuero V de Sobrarbe, que en realidad procede de las cortes de Ejea de 1265, constituye la entronización del Justicia, diciendo: Para que no sufran daño o detrimento alguno nuestras leyes o nuestras libertades, haya presente un Juez medio, al cual sea justo y lícito apelar del Rey, si dañase a alguno, y evitar las injusticias si alguna hiciese a la república (Ne quid autem, damni, detrimentive leges, aut libertates nostrae patiantur, Judex quidam medius adesto, ad quem a Rege provocare, si aliquem laeserit, injuriasque arcere si quas forsam reipublicae intulerit, jus fasque esto). El Fuero VI dice que Si aconteciera en el futuro oprimir el Rey contra fueros y libertades del Reino, sea libre el Reino para ofrecerse a otro Rey, fiel o infiel (Si contra foros aut libertates regnum a se premi in futurum contingeret ad alium sive fidelem sive infidelem regem adsciscendum liber ipsi regno aditus pateret). Este Fuero procede sustancialmente de los Privilegios de la Unión, triunfantes como se sabe con Alfonso III y derogados por Pedro IV (II de los Fueros). El posible ofrecimiento del Reino a un monarca infiel tiene antecedentes medievales en la obra perdida de Martín Sagarra, que admitía la entrega a un rey pagano.

»La aportación de Blancas es muy importante desde el punto de vista ideológico, porque ofrece los supuestos Fueros de Sobrarbe en una forma muy concreta que las masas pueden creer y los grupos dirigentes pueden adoptar como programa político, sobre todo por el estilo lapidario empleado en ellos. Están orientados en el sentido nacionalista tradixional y llegan a consagrar la resistencia frente al tirano, doctrina muy extendida en la Europa del siglo XVI, incluida Castilla con la figura del Padre Mariana, lo que imprime al programa un carácter revolucionario. Un amplio sector de la opinión los rechaza, como lo demuestran las coplas que circulan en la época y que dicen: No he ser como Galbán, / Que dijo mil novedades / Cuando llamó papelotes / a los Fueros de Sobrarbe, pero en todo caso el problema de los Fueros de Aragón no deja indiferente a nadie.»

viernes, 22 de junio de 2018

Emile Verhaeren y Darío de Regoyos, España Negra

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Luis Antonio de Villena escribía en 2014: «Darío de Regoyos (1857-1913) era asturiano y fue a estudiar pintura a Madrid, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde tuvo la suerte de tener por maestro a un notable pintor de origen belga, Carlos de Haes, que viendo los claros talentos del asturiano y teniendo contactos con la École Royale des Beaux Arts en Bruselas, lo hizo viajar allá, a seguir sus estudios, en 1879. Ese viaje (y el arte nuevo que de él salió) le hizo estar a Regoyos más de diez años fuera de su país, que así empezó a conocerlo tarde y mal. En Bruselas, Regoyos tuvo el magisterio y la amistad de James Ensor, que llegó a retratarlo. También amistó con el poeta simbolista flamenco (pero que escribía en francés) Émile Verhaeren (...) En 1888 y en 1891 hizo puntuales viajes a España con el poeta Verhaeren para ver paisajes, iglesias y museos. El poeta publicó, poco más tarde, sus impresiones de viaje en la prensa belga. Pero cuando ese recorrido se hizo célebre fue cuando Regoyos (que vivía de nuevo en España desde 1894) publicó los textos traducidos de Verhaeren con dibujos suyos en un volumen, delgado y alto, titulado La España negra (1899). Ante el título, muchos desconocedores de la obra creen que habla del sur o de Extremadura. Nada más lejos, son los campos y aldeas de Guipúzcoa y Navarra lo que, fundamentalmente, describe el libro, buscando el tipismo oscuro de la época, como las iglesiucas donde aún había Cristos con melena natural. Nunca llegaron al sur. No sé si a Darío de Regoyos (cuya pintura, en general, tiene poco que ver con ese libro) le hizo bien su autoría.»

Y sin embargo resulta de subyugante lectura y contemplación. No tanto por la España parcial y selectiva que nos describe, sino como reflejo de la mentalidad de un amplio sector de la intelectualidad finisecular del XIX, y del modo sesgado de observar la realidad que les rodea. Naturalmente, todo viajero suele descubrir en sus viajes aquello que lleva consigo desde antes de partir. Verhaeren y Regoyos, por supuesto, encuentran (o más bien crean) la España negra que buscan como lógica consecuencia del magma de sus propias obsesiones simbolistas, modernistas, postimpresionistas, decadentistas del penúltimo cambio de siglo. Y en este sentido todo lo que amorosamente describen en textos y grabados: primitivismo, superstición, pobreza, barbarie, tristeza dominante, culto a la muerte…, se valora precisamente por lo que supone con su mera existencia, de rechazo, de denuncia de la sociedad burguesa decimonónica, de su satisfecha seguridad y confianza en sí misma, de su optimismo progresista, en suma de su enervante filisteísmo.

Ahora bien, si es cierto la sociedad española de la época era mucho más que la España negra, que España había logrado por fin una suficiente estabilidad y equilibrio que le permitía modernizarse considerablemente, también lo es que aquella se manifestaba en numerosos aspectos. Y se mantendrá latente, y persistirá, y en coincidencia con la general crisis europea, agudizará sus aristas más morbosas. Pocos años después otro artista, José Gutiérrez Solana (éste más inclinado hacia el expresionismo), recuperará el título para su libro La España negra. Y resulta tentador comparar el primer plano de la cabeza del caballo en el grabado de Regoyos titulado Víctimas de la fiesta, en esta obra, con la de su equivalente en el Guernica de Picasso… En 1936 la España negra, con su desprecio de la vida, prevalecerá en ambos bandos contendientes, y relegará durante bastante tiempo a las demás Españas posibles.