viernes, 22 de junio de 2018

Emile Verhaeren y Darío de Regoyos, España Negra

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Luis Antonio de Villena escribía en 2014: «Darío de Regoyos (1857-1913) era asturiano y fue a estudiar pintura a Madrid, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde tuvo la suerte de tener por maestro a un notable pintor de origen belga, Carlos de Haes, que viendo los claros talentos del asturiano y teniendo contactos con la École Royale des Beaux Arts en Bruselas, lo hizo viajar allá, a seguir sus estudios, en 1879. Ese viaje (y el arte nuevo que de él salió) le hizo estar a Regoyos más de diez años fuera de su país, que así empezó a conocerlo tarde y mal. En Bruselas, Regoyos tuvo el magisterio y la amistad de James Ensor, que llegó a retratarlo. También amistó con el poeta simbolista flamenco (pero que escribía en francés) Émile Verhaeren (...) En 1888 y en 1891 hizo puntuales viajes a España con el poeta Verhaeren para ver paisajes, iglesias y museos. El poeta publicó, poco más tarde, sus impresiones de viaje en la prensa belga. Pero cuando ese recorrido se hizo célebre fue cuando Regoyos (que vivía de nuevo en España desde 1894) publicó los textos traducidos de Verhaeren con dibujos suyos en un volumen, delgado y alto, titulado La España negra (1899). Ante el título, muchos desconocedores de la obra creen que habla del sur o de Extremadura. Nada más lejos, son los campos y aldeas de Guipúzcoa y Navarra lo que, fundamentalmente, describe el libro, buscando el tipismo oscuro de la época, como las iglesiucas donde aún había Cristos con melena natural. Nunca llegaron al sur. No sé si a Darío de Regoyos (cuya pintura, en general, tiene poco que ver con ese libro) le hizo bien su autoría.»

Y sin embargo resulta de subyugante lectura y contemplación. No tanto por la España parcial y selectiva que nos describe, sino como reflejo de la mentalidad de un amplio sector de la intelectualidad finisecular del XIX, y del modo sesgado de observar la realidad que les rodea. Naturalmente, todo viajero suele descubrir en sus viajes aquello que lleva consigo desde antes de partir. Verhaeren y Regoyos, por supuesto, encuentran (o más bien crean) la España negra que buscan como lógica consecuencia del magma de sus propias obsesiones simbolistas, modernistas, postimpresionistas, decadentistas del penúltimo cambio de siglo. Y en este sentido todo lo que amorosamente describen en textos y grabados: primitivismo, superstición, pobreza, barbarie, tristeza dominante, culto a la muerte…, se valora precisamente por lo que supone con su mera existencia, de rechazo, de denuncia de la sociedad burguesa decimonónica, de su satisfecha seguridad y confianza en sí misma, de su optimismo progresista, en suma de su enervante filisteísmo.

Ahora bien, si es cierto la sociedad española de la época era mucho más que la España negra, que España había logrado por fin una suficiente estabilidad y equilibrio que le permitía modernizarse considerablemente, también lo es que aquella se manifestaba en numerosos aspectos. Y se mantendrá latente, y persistirá, y en coincidencia con la general crisis europea, agudizará sus aristas más morbosas. Pocos años después otro artista, José Gutiérrez Solana (éste más inclinado hacia el expresionismo), recuperará el título para su libro La España negra. Y resulta tentador comparar el primer plano de la cabeza del caballo en el grabado de Regoyos titulado Víctimas de la fiesta, en esta obra, con la de su equivalente en el Guernica de Picasso… En 1936 la España negra, con su desprecio de la vida, prevalecerá en ambos bandos contendientes, y relegará durante bastante tiempo a las demás Españas posibles.

viernes, 15 de junio de 2018

Francisco de Quevedo, España defendida y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros y sediciosos

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |


Escribe Pablo Jauralde Pou en su exhaustivo Francisco de Quevedo (1580-1645), Madrid 1999: «Hacia mediados de septiembre [de 1609] los mentideros cortesanos dan por seguro que el Duque de Osuna va a ser nombrado Virrey de Sicilia. Se está comenzando la expulsión de los moriscos del Reino de Valencia. Quevedo, justo en esos momentos, comienza a redactar vehementemente una obra filológico-política: el 20 de septiembre dedica en Madrid su España defendida y los tiempos de ahora…, al rey Felipe III. El manuscrito que nos ha conservado obra tan singular es autógrafo y va encabezado por la dedicatoria, lo que quiere decir ―además de por otras razones― que Quevedo empezó escribiendo la dedicatoria y luego se extendió a redactar toda la obra, que quedará incompleta y no llegará ni a enviarse al Monarca ni a publicarse.

»España defendida se plantea como una de esas obras enciclopédicas con que nos regaló el siglo XVI, tarea para la que Quevedo, en verdad, no estaba preparado. Para trazarla se necesitan recursos filológicos muy ricos, conocimiento de la historia, claridad en la disposición cronológica, manejo de etimologías, discusión de las modernas teorías sobre la formación de la cultura y los pueblos europeos, su relación con la cultura oriental… Cierta disciplina en el método, cierto sosiego biográfico, cierta objetividad. El texto resultante quizá hubiera debido estar escrito en latín… Quevedo no escribía fácilmente latín (sus cartas a Lipsio no son autógrafas, solo llevan la firma; sus cartas a Chiflet deben haberse escrito con ayuda…

»Pero ¿por qué Quevedo se plantea esta tarea superior a sus fuerzas?: por los libros que le están llegando, que no son precisamente manualillos u obras inocentes: el menor Atlante de Mercator, el Cronicón de Eusebio de Scalígero, las ediciones de Catulo de Muret, los Anales eclesiásticos del Cardenal Baronio, la historia de las Indias de Girolomo Benzoni… En la mayoría de los casos, las últimas obras de los grandes humanistas del siglo XVI, ante las cuales todavía hoy ―o sobre todo hoy― nos sentimos abrumados y empequeñecidos. En aquellos monumentos de erudición y sabiduría se habla ocasionalmente de España y de los españoles, como de otros pueblos, y se emiten juicios de valor, que ya habían sido contestados en otros lugares, por ejemplo por Roberto Titio, en Italia. A la desmesura erudita, un Quevedo premioso y vehemente contesta con la hipérbole gesticulante. Quevedo se siente directamente concernido como español y se dispone a responder por mi patria y por mis tiempos. “Hijo de España, escribo sus glorias... Bien sé a cuantos contradigo, y reconozco los que se han de armar contra mí; mas no fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos antes para vencerlos después, y lo haré con estas memorias, que serán las primeras que, desnudas de amor y miedo, se habrán visto sin disculpa de relaciones e historia”...»

A pesar de lo inacabado, de lo infructuoso, de lo errático (y de también de lo premioso) de su proyecto, la obra no deja de tener interés. Julián Marías, en su España inteligible. Razón histórica de las Españas, Madrid 1985, lo enuncia así, de un modo que puede parecer un tanto excesivo, sobre todo al concluir la lectura de la obra: «Uno de los testimonios más lúcidos y expresivos de la reacción temprana a la Leyenda Negra es el de Quevedo. En 1609 escribe su España defendida. Lo más interesante es que la preocupación de Quevedo se reparte entre los extranjeros que atacan y calumnian a España y los españoles que los siguen, o desconocen nuestra realidad, o escriben sobre nuestra historia con tal incompetencia, que es mucho peor que si no escribieran. Es decir, que está atento a la participación española en la situación que ya entonces se estaba creando. Citaré algunos fragmentos especialmente reveladores: (…) El texto de Quevedo no puede ser más elocuente. Y lo decisivo a mi juicio es su amarga queja por el desconocimiento que los propios españoles tienen de su realidad, hasta el punto de que prefiere el olvido al tratamiento que le han dado la mayoría de los escritos existentes. Han pasado casi cuatro siglos, y las palabras de Quevedo conservan mucho de su validez.»

viernes, 8 de junio de 2018

Miguel de Unamuno, Artículos republicanos (1931-1936)

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |


«Lo que yo escribo es, después que lo he escrito, de quien quiera aprovecharse de ello, y si acierta a valorarlo mejor que yo, es más suyo que mío. Pero... ¿no he dicho estas mismas cosas otras veces? ¿No me estoy repitiendo? Estoy viviendo, y mi vida es escribir, la tuya, lector, es ahora leerme. Y el eco que te llegue de pasadas cosas mías te dará otra nota que la que ahora oyes.»
(Cit. por Manuel García Blanco, en su Prólogo al tomo V de las Obras Completas de Unamuno.)

Fernando Álvarez Balbuena, en su El pensamiento político de don Miguel de Unamuno. Ensayo de reexposición y una carta inédita (El Catoblepas, número 103, septiembre 2010, página 12 ss.), escribía: «… buscamos en la obra de don Miguel de Unamuno no solo su pensamiento y sus ideas políticas, sino también los de su época. No son sus obras tratados de ciencia política; son obras literarias que abarcan novela, ensayo, poesía, filosofía y, en definitiva, pensamiento; pero precisamente por eso nos llevarán a una visión política de la realidad de su época con una mayor profundidad y con una participación personal difíciles de conseguir leyendo constituciones, leyes y decretos de aquel entonces. Estos serían los instrumentos mediáticos de una legislación y de las políticas que con ella se ocasionaron; pero las ideas que la informaron y los criterios políticos que guiaron la puesta en vigor de dichas leyes, serán mucho mejor comprendidos a través de las obras de los intelectuales de la época que influyeron decisivamente en el pensamiento político y en conformar lo que Ortega llama la vigencia social de las costumbres y de las ideas.

»Acertar pues, a dar una visión del pensamiento unamuniano, de sus cambios y de sus numerosas evoluciones, de su innegable vigor, de su genialidad, de su personalidad contradictoria y atormentada, así como valorar su influencia en las ideas políticas y en la sociedad de su tiempo, como lo que de él y de ellas llegó hasta nosotros, será nuestra tarea a lo largo de las páginas que siguen. En ellas, pese a nuestro deseo de objetividad, quizás no podremos eludir la admiración que el personaje nos provoca por lo que, seguramente, seremos víctima del prejuicio antedicho que nos inspira este vasco que, según sus propias palabras, lo era “por los dieciséis costados”, pero que, no obstante su condición de vascongado, amaba tanto a España que “le dolía”, le dolía hasta el cogollo del alma.»

Y esto es lo que proponemos en Clásicos de Historia: revisitar los artículos que Unamuno publicó durante los años de la Segunda República. El miércoles 13 de mayo de 1931, coincidiendo con los últimos coletazos de la primera crisis severa de la joven República, la llamada “quema de conventos”, el prestigioso diario El Sol de Madrid, que reunía a buena parte de la intelligentsia española del momento, anunciaba la incorporación de Unamuno a su plantel de firmas habituales. Su colaboración, habitualmente un artículo semanal, se mantuvo hasta el cambio de propietarios del periódico a finales de 1932, momento en el que Unamuno pasó al diario Ahora, subdirigido por Manuel Chaves Nogales, donde mantuvo la mayor parte de su producción periodística hasta el estallido de la guerra civil. A ellos sumó ocasionales artículos publicados en la prensa regional, y algunos reportajes que recogían discursos o conferencias de don Miguel: en las Cortes, en la Universidad...

En total son unos cuatrocientos los artículos publicados en la prensa periódica por el rector de Salamanca entre 1931 y 1936. En ellos brillan todas las facetas características del escritor, sus obsesiones, sus intereses, sus enfoques… y también su ego desmesurado que al principio le hace considerar la república como algo suyo: «Soy, ¿debo decírselo?, uno de los que más han contribuido a traer al pueblo español la República, tan mentada y comentada.» A su optimismo inicial le seguirán prontamente las dudas, los rechazos, las contradicciones y la búsqueda de alternativas… y un progresivo distanciamiento y pesimismo por su futuro, que le llevó a abandonar con frecuencia el comentario (así denominaba a sus artículos) de la actualidad, y buscar refugio en sus temas, paisajes y obsesiones características.

Esa soledad, esa profunda independencia de Unamuno se observa hasta en el dramático final de su trayectoria. Álvarez Balbuena comenta así su actitud ante el arranque de la guerra civil (la orilla donde ríen los locos, que diría Sender años después): «Unamuno siempre estuvo solo, nadie compartió su angustia, todo el mundo se puso a cubierto tratando de librarse de la vorágine desatada. Intelectuales como Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Menéndez Pidal, Sebastián Miranda, Severo Ochoa y tantos otros, que fueron patrocinadores, amigos y entusiastas incondicionales del régimen republicano (...) aprovecharon la menor oportunidad que tuvieron para escaparse literalmente de España y, una vez en el extranjero, retirar su apoyo al régimen nacido el 14 de abril de 1931. Pero cuando el orden estuvo restablecido, gracias a, y a pesar de, la represión de la dictadura franquista, con muy pocas excepciones, como la de Picasso, Ochoa o Pablo Casals, que podían ganarse perfectamente la vida en el extranjero, volvieron para quedarse y algunos incluso hicieron declaraciones que favorecieron innegablemente al régimen, como Ortega y Gasset, cuando afirmó que España goza de insultante salud, también, algunos, para afear sotto vocce o en un silencio ―digno unas veces y cómplice otras― conductas que Unamuno combatió a cara y pecho descubiertos.»

viernes, 1 de junio de 2018

Libro de los Jueces o Fuero Juzgo

Recesvinto, en el Códice Albeldense
|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
El códice |  PDF  |

Ramón Menéndez Pidal, en su Introducción al volumen dedicado a la España visigoda en la monumental Historia de su dirección: «El bondadoso y sensual Recesvinto alcanza en el quinto año de su largo reinado el máximo de su actividad, que fue ante todo legislativa. Él fue autor de la redacción principal del código visigótico, publicado en 654, donde se aprovecha el Código de Eurico, ampliado por Leovigildo, y se añaden noventa y nueve leyes de Chindasvinto, más ochenta y siete del mismo Recesvinto.

»Cuando cada porción del reino franco buscaba leyes diversas para aquitanos, francos, borgoñones o alamanes, la Lex visigothorum es única para todo el reino, respondiendo al concepto unitario: una fides, unum regnum. Los godos han unificado a España, igualándose ellos a los hispanos no sólo en la fe, sino en toda la cultura. Así el Código de Recesvinto tiene por fuentes principales el Derecho romano y el canónico, rechazando expresamente todo Derecho no escrito, con lo cual rechaza las costumbres germánicas, que sólo habrán de obtener reconocimiento legal después de destruido el Estado godo. Han desaparecido las diferencias que separaban las dos razas en tiempo de Eurico. En la Lex visigothorum se recoge una ley antigua, al parecer de Leovigildo, derogatoria de la prohibición de matrimonios mixtos entre gentes godas y romanas, según la Constitución imperial de Valentiniano. Los godos ahora no conservan más que una superioridad; la de no ser elegible rey sino uno de su raza.

»Este código, elaborado por tantos reyes (después lo reformarán Ervigio, Egica y Witiza), pudo, por su alto valor, servir de ley a toda España durante muchos siglos después de acabado el reino godo, lo mismo a los mozárabes que a los cristianos del Norte, desde Santiago a Barcelona. Tuvo, además, bajo sus redacciones más viejas de Eurico y Leovigildo, conocido influjo sobre las primitivas legislaciones occidentales de salios, burgundios, alamanes, bávaros y longobardos. Esta excelencia de la Lex visigothorum responde al desarrollo general de la cultura visigoda.»

En el mismo volumen, Ramón Prieto Bances explica así la génesis del Liber iudiciorum: «Propónese Recesvinto ordenar la legislación y pide al concilio VIII de Toledo un proyecto legislativo. Nada contienen las actas del concilio toledano respecto al cumplimiento de este encargo; pero es lógico suponer que, dada la importancia de la obra, y requiriendo mayor espacio de tiempo que el brevísimo de las doce sesiones invertidas en la deliberación de los cánones establecidos, la misma asamblea nombrase de entre sus miembros una comisión de legistas para hacer la reforma. La compilación de Recesvinto se denominó Liber iudiciorum por ser destinada exclusivamente para uso y aplicación de los tribunales de justicia. El Liber iudiciorum no es un código, sino una mera compilación. No se llegó a la simplicísima unidad de un código, sino que se mantuvo la personalidad de cada uno de los variadísimos elementos legales de que se compuso (...)

»Formóse el Liber iudiciorum con trescientas diecinueve leyes anteriores a Recaredo, que llevan casi todas el título de Antiqua, y algunas el de Antiqua emendata, por haber sido corregidas por los compiladores recesvindianos; van, además, tres de Recaredo, dos de Sisebuto, noventa y ocho de Chindasvinto y ochenta y nueve de Recesvinto, y quince capítulos de filosofía política, tomados de las Etimologías de San Isidoro. Estos quince capítulos carecen de inscripción; pero los demás, que corresponden a Recaredo y a sus sucesores, llevan el nombre del monarca que los hizo. En total suman quinientos veintiséis capítulos (… Su) contenido es, pues, principalmente, Derecho civil, Derecho penal y Derecho procesal. No trata nada de Derecho político.» Una generación después, hacia 681, Ervigio promueve una reforma: añade un nuevo título dedicado a los judíos y compuesto de veintiocho leyes, otras nueve leyes, y elimina cuatro más. También se procede una corrección general de todo el texto.

«Los principales códices en que se transmite el Liber iudiciorum son: el Vaticanus Reginae Christinae (número 1.024), del siglo VIII, y el Parisiensis (Lat. 4.668), del siglo IX, donde se conserva completo; y los códices del Museo Británico (33, 610), de los siglos VIII o IX, y el Holkhanensis (210), del siglo IX, que lo conservan completo. De las ediciones del Liber iudiciorum, la más perfecta es la de Zeumer, publicada en 1902. También es interesante la que hizo la Academia Española en 1815.» Es esta última la que hemos utilizado, y reproducimos aquí la versión romanceada en el siglo XIII, del códice conservado en el Archivo municipal de Murcia.

Fol. 44

viernes, 25 de mayo de 2018

Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Jon Juaristi, en un pasaje de su sugestivo El bucle melancólico, nos presentaba así a «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895), autor de la más famosa novela del renacimiento cultural regionalista, Amaya o los vascos en el siglo VIII (1879). Durante la primera guerra civil, Navarro Villoslada se distinguió como miliciano liberal en Viana, su pueblo natal. Espartero le encargó inspeccionar los telégrafos ópticos de Navarra, y él agradeció la confianza del general escribiendo un poema de timbre épico, Luchana (1841), sobre la batalla en que éste obligó a los carlistas a levantar el cerco de Bilbao, en la Navidad de 1836. Pero su esparterismo juvenil fue cediendo bajo el reinado de Isabel II, y ya a comienzos de la década de 1869 se unió al grupo neocatólico dentro de las filas del partido moderado. De ahí pasará al carlismo tras la revolución de 1868 y recorrerá Europa con el Pretendiente, don Carlos de Borbón y Austria-Este, en busca de apoyos políticos para su causa. Sin embargo, abandonaría toda actividad política en 1872 por hallarse disconforme con el belicismo de don Carlos. Llamado de nuevo por éste en 1885, asumió la jefatura del partido carlista, para dimitir al cabo de un mes y retirarse a su casa familiar de Viana.»

Los nacionalismos decimonónicos se azacanaron en revestir con todo tipo de oropeles la que en esencia es una creencia sencilla y bastante escueta: lo existente es la Nación, y nosotros somos (en el pasado, en el presente y en futuro) meras partículas al servicio de esta realidad que nos supera y de la que nos sabemos átomos. La Nación es perfecta; los individuos, por desgracia, son limitados, y por error o por malicia pueden traicionar y dañar a la Nación: es lo que explica los declives, los oscurecimientos, y su supeditación a otras naciones, a pesar de que objetivamente sean inferiores. Pero la Nación (por lo menos la nuestra ―da igual cual sea―), necesariamente ha de renacer y salir de la esclavitud o postración en que se encuentra, y recuperará el puesto de cabeza que en justicia le corresponde. En situaciones parejas siempre surgió el personaje providencial que empujó hacia adelante a la Nación. No importa si su patente esfuerzo, generosidad, inteligencia y fortaleza, siempre admirables, tengan éxito o no: en cualquier caso su heroica vida avivará la conciencia nacional, asegurará su pervivencia, y afirmará la seguridad en un futuro de plenitud. Las derrotas, por tanto, no son tales, sino el medio imprescindible por el que se purifica la Nación para así alcanzar su indudable destino de plenitud.

Pero naturalmente, junto con los héroes están los traidores que maquinan por motivos siempre inconfesables contra la Nación, y que resultará tentador caracterizar con las herramientas racistas que el darwinismo social ha proporcionado a la intelectualidad occidental, Así, Juaristi no cuenta cómo en Amaya, la conocida novela que comunicamos, «se describe la situación de Vasconia en los tiempos de la invasión de España por los árabes. Buena parte de los vascos ya se ha convertido al cristianismo, pero persiste un grupo refractario, pagano, encabezado por la sacerdotisa Amagoya, que practica aún la antigua religión natural del patriarca Aitor, tal como [Joseph-Augustin] Chao la había imaginado en el Voyage en Navarre (digamos de paso, que la propia figura de Aitor, padre del pueblo vasco, es creación exclusiva de Chaho). Pues bien, por las páginas de Amaya transita un inquietante personaje que se hace pasar por bizantino entre los visigodos y por aquitano entre los vascos; que se hace llamar por aquellos Eudon y Asier (El Principio) por estos; que es prohijado por la anciana Amagoya, a la que engatusa fingiéndose un fiel seguidor de la religión primitiva, y que se revelará finalmente como el espía judío Aser, que conspira con los de su casta para entregar España a los musulmanes. No es difícil trasladar a términos más actuales el universo novelesco de Amaya. Los cristianos vascos y visigodos corresponden a los carlistas, llamados a salvar a España de la opresión de los revolucionarios, representados aquí por los invasores árabes. La trasposición de los judíos en masones resulta aún más fácil si se tiene en cuenta que el fantoche que agitaba con predilección la extrema derecha de la época (tanto los neocatólicos como los carlistas) era el de la conspiración judeo-masónica, que ya había conseguido arrebatar al Papa sus territorios y trabajaría en la sombra para apoderarse de la muy católica España.»

viernes, 18 de mayo de 2018

Pompeyo Gener, Cosas de España (Herejías nacionales y El renacimiento de Cataluña)

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Pompeyo (o Pompeu, cuando escribía en catalán) Gener (1850-1920) fue un conocido periodista, escritor, publicista y funcionario en la Barcelona del penúltimo cambio de siglo. Fue progresista radical, republicano federal, y catalanista… racial. Desde una curiosa amalgama de cientifismo, positivismo y darwinismo social, bien cimentada con un historicismo romántico y emocional, rechazó la monarquía, el catolicismo, el krausismo y la España castellana. El resultado de esta mixtura es quizás un tanto endeble: las costuras (y costurones) son demasiados patentes, las contradicciones demasiados evidentes, y el complejo de superioridad demasiado racista. Con facilidad deja de lado aquellos datos que harían desentonar sus planteamientos. Por ejemplo, el entonces omnipresente carlismo catalán simplemente no existe. El lector no puede menos de sentirse tentado, muy a poco de iniciar la lectura de la obra, a aplicar al autor éste su periodo: «A partir de aquí, empieza a considerarlo todo inferior a lo suyo; toda opinión que en algo le contradiga le parece falsa; créese posesor de la verdad absoluta e indiscutible y desprecia toda razón, toda observación y todo invento, como una impertinencia.» Naturalmente, Gener lo aplica a los españoles…

Cosas de España fue publicada en 1903, pero en realidad es la reedición de su Herejías. Estudios de crítica inductiva sobre asuntos de España (Madrid 1887), al que añade La cuestión catalana, o sea la resurrección de un pueblo, materiales, nos dice, para un libro sobre el catalanismo que no llegará a escribir. Su tesis es la característica de los sectores supremacistas catalanes; sus objetivos son hartos conocidos, y sus argumentos son tan endebles como lo son hoy en día: «España está paralizada por una necrosis producida por la sangre de razas inferiores como la Semítica, la Bereber y la Mogólica, y por el espurgo que en sus razas fuertes hicieron la Inquisición y el Trono, seleccionando todos los que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos, serviles e imbéciles. La compresión de la inteligencia ha producido aquí una parálisis agitante. Del Sur al Ebro los efectos son terribles; en Madrid la alteración morbosa es tal que casi todo su organismo es un cuerpo extraño al general organismo europeo. Y desgraciadamente la enfermedad ha vadeado ya el Ebro, haciendo terrible presa en las viriles razas del Norte de la Península. (…) Desesperamos de que el elemento indogermánico verdaderamente humano que hay en la Península se levante y triunfe de esos neo-moros adoradores del Verbo, raza de gramáticos y de sofistas, y de esos neo-judíos que explotan en beneficio propio, hasta producir la esterilidad o apelar a la falsificación, desde el simple obrero que rueda un huso, al genio que concibe un invento. Mucho tememos que estas razas mestizas de Sarraceno, Vándalo y Mogol, unas; de Cartaginés e Israelita, otras, predominen ayudadas por el medio en que se vive en la Península, y que tan favorable les es. Desgraciadamente la Historia parece indicarlo. Expulsamos los franceses en seis años, los moros en setecientos; lo que es a los judíos no les echamos hasta que nos apercibimos que nos hacían la competencia en agiotaje.»

Y es que esta obra es una interesante muestra de la influencia que alcanzó el autodenominado racismo científico en los planteamientos políticos del XIX y del XX (y parece que más acá también). Lo que tiene de superficial, de pura agitación propagandística, de excesiva si queremos, nos atestigua la influencia enorme que alcanzó: sirve para justificar la expansión colonial, para defender la integridad nacional, para exigir la emancipación de la nación… y siempre para considerarse superior a los demás. El racismo de Gener es el moderno, y sobre él fundamenta todo su análisis. No es de extrañar la frecuencia con la que utiliza algunas palabras. Como es lógico, dada la temática del libro abundan las referencias a Cataluña y lo catalán (unas quinientas veces) y a España y lo español (una cifra similar). Pero es que raza o razas aparece en casi dos centenares de ocasiones, a los que hay que añadir sus denominaciones específicas, como arios, habitualmente identificados con los catalanes y contrapuestos a las otras supuestas razas que caracterizarían a castellanos, manchegos, andaluces… Resulta curioso la frecuencia (más de cien veces) con que Gener utiliza los comparativos inferior/superior para definir personas, poblaciones, territorios, literatura, ciudades, costumbres… El peso de su racismo sólo se modula cuando se interponen otras de sus obsesiones. Así, parece lamentar que la expulsión en masa de los moriscos a principios del siglo XVII se llevara a cabo «no por cuestión de raza alguna, sino por el interés de la religión católica.»

Cu-cut, 10 de septiembre de 1910

viernes, 11 de mayo de 2018

Homero, La Odisea

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

M. I. Finley, en su luminoso El mundo de Odiseo, señalaba cómo las obras atribuidas a Homero «se ocupan de una era desaparecida, y su contenido es inequívocamente antiguo. La Odisea, en particular, abarca un amplio campo de actividades y relaciones humanas: estructura social y vida familiar, realeza, aristócratas y plebeyos, celebración de banquetes, arado de la tierra y cría de cerdos. De estas cosas sabemos algo en lo que se refiere al siglo VII, en el cual parece que fue compuesta la Odisea; pero lo que sabemos y lo que narra la Odisea simplemente no concuerda.» Y más adelante: «Si el historiador determinó que ni la Ilíada ni la Odisea fueron esencialmente contemporáneas a los sucesos que narran, debe examinar después su validez como cuadros del pasado. ¿Hubo alguna vez en Grecia una época en que los hombres vivían como lo describen los poemas (tras de haberlos desnudado de la intervención sobrenatural y de capacidades sobrehumanas)?»

Aparentemente, la acción de ambas obras transcurre en época micénica, pero «nuevamente Homero y la arqueología difieren repentinamente: en conjunto, aquél sabía dónde había florecido la civilización micénica, y sus héroes vivieron en grandes palacios en la Edad del Bronce, desconocidos en los propios días de Homero. Y esto es en realidad todo lo que sabía acerca de los tiempos micénicos, por lo que el catálogo de sus errores es muy extenso. Sus armas se parecen a las de su propio tiempo, totalmente distintas de las micénicas, aunque de manera persistente los arma con el bronce anticuado, y no con hierro. Sus dioses tenían templos, y los micénicos no construyeron ninguno; en cambio construyeron grandes tumbas abovedadas en las cuales sepultaban a sus jefes, mientras que el poeta los incinera. Un pequeño rasgo típico lo proporcionan los carros de combate. Homero había oído hablar de ellos; pero no sabía lo que realmente se hacía con los carros en una guerra. Y así sus héroes normalmente se alejan poco más de un kilómetro en los carros, de sus tiendas de campaña, se apean cuidadosamente de los mismos y luego proceden a combatir a pie. No menos completo es el contraste entre el mundo de los poemas y la sociedad revelada por las tablillas en Lineal B. La existencia misma de las tablillas es decisiva: el mundo homérico no sólo desconocía la escritura o los registros, sino que su sistema social era demasiado sencillo y sus operaciones demasiado limitadas, en escala demasiado pequeña, para que se necesitaran los inventarios o los registros que aparecen en las tablillas. En éstas se han identificado cerca de cien distintas ocupaciones agrícolas e industriales; Homero sólo conocía una docena, poco más o menos, y el porquerizo Eumeo las conserva todas fácilmente en la memoria, junto con el inventario de los rebaños de Odiseo.»

Y después: «Solemos olvidar que Homero no tenía ninguna idea de una edad micénica, ni del súbito rompimiento entre ella y la nueva época que siguió a su destrucción. La edad micénica es un concepto puramente moderno; el poeta creía que estaba cantando al heroico pasado de su propio mundo griego, a un pasado que él reconocía por la transmisión oral de los bardos que lo habían precedido. Las materias primas del poema consistían en las numerosas fórmulas heredadas, y a medida que pasaban a lo largo de las generaciones de bardos, sufrían cambio tras cambio, en parte por acción deliberada los poetas, sea por razones artísticas, sea por consideraciones políticas más prosaicas, y en parte por falta de cuidado y por indiferencia respecto a la veracidad histórica, producidos por los errores que son inevitables en un mundo sin escritura. No hay duda alguna de que hubo un núcleo micénico en la Ilíada y en la Odisea; pero era pequeño, y lo poco que contenía deformado hasta perder el sentido y la posibilidad de reconocimiento. Con frecuencia se contradecía a sí mismo el material, pero esto no era un obstáculo para su empleo.»

Definitivamente, «el mundo de Odiseo no fue la edad micénica, anterior en cinco o seis o siete siglos, pero tampoco fue el mundo del siglo VIII o VII a. C. La lista de exclusiones de instituciones y prácticas de la época es muy larga y significativa: no hay Jonia, no hay dorios de que hablar, no hay armas de hierro, no hay caballería en las escenas de batalla, no hay colonización, no hay mercaderes griegos, no hay comunidades sin reyes. Así pues, si hemos de colocar en el tiempo al mundo de Odiseo, como todo lo que sabemos por el estudio comparativo de la poesía heroica nos dice que debemos hacerlo, los siglos más probables parecen ser el X y el IX. Para entonces ya se había olvidado la catástrofe que acabó con la civilización micénica y se dejó sentir por todo el Mediterráneo oriental. O, antes bien, se había convertido en el “recuerdo” de una ya inexistente edad de héroes, de auténticos héroes griegos. Había comenzado la historia de los griegos como tales. En lo esencial, el cuadro de la sociedad y su sistema de valores que nos ofrecen los poemas es coherente. En algunos lugares, se les adhieren fragmentos anacrónicos, algunos demasiado antiguos y otros, particularmente en la Odisea, demasiado recientes, reflejos del propio tiempo del poeta.»

William Russell Flint