viernes, 16 de noviembre de 2018

Julián Ribera, La supresión de los exámenes

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De Julián Ribera (1858-1934) ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana, su La enseñanza entre los musulmanes españoles, y sus ediciones de la Historia de los jueces de Córdoba de Al-Jušanī, y de la Historia de la conquista de Al-Ándalus de Ibn al-Qutiyya. Hoy cambiamos de tercio. Los días 19 y 20 de abril de 1900, este ilustre arabista pronunció dos conferencias en la espléndida y no muchos años antes inaugurada Facultad de Medicina y Ciencias de la Universidad de Zaragoza, espléndida obra del arquitecto Ricardo Magdalena que todavía hoy luce en la plaza de Basilio Paraíso (otro interesante personaje de esos mismos años). En dichas conferencias hizo balance de los problemas de la universidad española, en un momento en el que se multiplicaban, tras el Desastre, las exigencias de reformas múltiples en un país y una sociedad a las que se tildaban de dormidas, enfermas, cuando no exánimes. Cabe suponer que sus críticas y propuestas fueran juzgadas como excentricidades de sabio. Y quizás también hoy. Sin embargo, consideramos de interés y actualidad su contenido.

En 1927, con motivo de su jubilación, se le ofreció a nuestro autor la tradicional obra de homenaje, titulada Disertaciones y Opúsculos, en dos volúmenes. La introducción corrió por cuenta de su discípulo Miguel Asín y Palacios (de quien comunicamos en su día La escatología musulmana en la Divina Comedia), y en ella señalaba que «extramuros del arabismo y de la historia buscó, además, terreno en que ejercitar sus dotes de observador de los fenómenos sociales, aspirando a resolver en sí mismo los problemas que estos fenómenos plantean, después de haberlos explicado históricamente. Y también en este estudio positivo Ribera atina a vislumbrar nuevos puntos de vista y soluciones originales en diferentes problemas.» Y un poco más adelante: «Plantea, finalmente, de manera original el problema pedagógico, señalando como la sola orientación útil para resolverlo el estudio de la manera de aprender, mejor que el de la manera de enseñar, punto de vista este último que ha sido la exclusiva preocupación de los pedagogos hasta el presente.» Y podríamos añadir que hasta hoy.

Ilustración de Ever Meulen.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Gonzalo Fernández de Oviedo, Relación de lo sucedido en la prisión del rey de Francia

Monumento por Vaquero
Turcios en Santo Domingo
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«Con este título se conserva, entre los MSS. de la Biblioteca Nacional, un códice de letra de fines del siglo XVI (X. 227, en 4.° con 156 ff.) En una de las hojas en blanco, que tiene al principio, se escribió, en época posterior, una que podríamos llamar nueva portada, en la cual, después de copiado aquel título con muy ligeras e insignificantes variaciones, se añadieron estas palabras: Escrita por el capitán Gonzalo Hernández de Oviedo y Valdés, alcaide de la fortaleza de la ciudad de S. Domingo, de la Isla Española, y coronista de la Sac. Cesár, y Cathól. Maj. del Emper. Carlos V, y de la Sereniss. Reina D.ª Juana su madre.

»Hay asimismo en otra hoja, escrita en veinte líneas, y al parecer de la misma mano que reformó el título, una brevísima noticia de la vida del autor de la Relación, cuyo interés ha desaparecido después que la Academia de la Historia ha publicado su biografía en el tomo 1.° de la Historia general y natural de las Indias (1851-55.)

»Aun cuando el epígrafe de esta Relación parece limitarla a lo ocurrido desde la batalla del parque de Pavía hasta conseguir su libertad el rey de Francia, abraza sin embargo mayor espacio de tiempo, pues llega hasta el año 1533, refiriendo aquellos sucesos más dignos de memoria que, así dentro como fuera de España, ocurrieron.

»Y más bien que Relación formal de tales acaecimientos, puede considerarse este escrito como un registro en que los hechos se apuntan con más o menos reposo, tomándose en cuenta las circunstancias de más bulto, con propósito de amalgamarlos después y componer con ellos verdadera y cabal historia.

»Aun así y todo, ofrece el mayor interés la Relación presente, pues respirando toda ella veracidad, que es la ley y condición primera de todo trabajo de esta índole, y que de seguro caracteriza los de Oviedo, reúne fuera de esto la inapreciable ventaja de haber sido testigo ocular de muchas cosas que refiere, habiendo recibido otras de boca de graves y fidedignos sujetos que las presenciaron.

»Otro de los hechos aquí narrados, y que forma como una segunda parte de la Relación, es el famoso cerco de Nápoles y victoria del ejército imperial (1528), suceso que cuenta Fernández de Oviedo, no con palabras propias, sino tomadas, según él mismo confiesa, de una relación que dice se mandó de Roma por el embajador Micer May al duque de Calabria, y que ocupa desde el folio 123 del códice hasta el fin. Dámosle también a luz, persuadidos de que el tono de verdad que en todo él se nota, su riqueza de pormenores y su estilo bastante correcto y animado, le granjearán el aprecio de las personas entendidas.»

Presentación de los editores originales de esta obra, los sres. marqueses de Pidal y de Miraflores y D. Miguel Salvá, en 1861.

Manuel Arroyo, La duquesa de Alençon presentada a su hermano el rey de Francia
Francisco I, por el emperador Carlos V (1887) Museo del Prado, Madrid.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Juan de Oznaya, Historia de la guerra de Lombardía, batalla de Pavía y prisión del rey Francisco de Francia

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Juan de Carvajal fue un paje de lanza del joven D. Alonso de Ávalos, marqués del Vasto, sobrino a su vez del marqués de Pescara, al que acompañó en la famosa batalla de Pavía, con la que la naciente monarquía hispánica se afirmó definitivamente en el norte de Italia. Tío y sobrino pertenecían a una aristocrática familia italiana, con raíces en la corona de Castilla (el toledano López de Ávalos, refugiado en Valencia), en la de Aragón (los catalanes Cardona, ya trasplantados a Sicilia), y en el reino de Nápoles (los Aquino, de Pescara). Es por tanto uno de los exitosos linajes hispano italiano que tanto contribuyeron al desarrollo del nuevo imperio.

En cambio, poco es lo que se sabe de Juan de Carvajal. Posiblemente plebeyo, podemos imaginarlo como un uno de tanto jóvenes que ya sea en los tiempos de Alonso V, ya sea en los del Gran Capitán, se lanzaban a la aventura italiana. En ocasiones, a consecuencia de sus dotes o de sus relaciones, lograban situarse a la sombra de un poderoso, como posiblemente hizo nuestro autor de esta semana. Juan de Carvajal participará en toda la guerra de Lombardía, desde el interrumpido ataque a Francia (empresa de Marsella), el sitio de Pavía y las penalidades del ejército hispano-italiano-alemán, contra el muy superior franco-italiano-alemán. Sin olvidar la significativa presencia de franceses en el ejército imperial (el duque de Borbón), y de españoles en el francés. Que así de extranacionalista era la Europa de entonces. Su experiencia y su buena memoria le permitirá narrar, unos veinte años después esta su experiencia de juventud, deteniéndose con morosidad en acontecimientos pequeños y grandes, explicando tácticas (las encamisadas), anécdotas bélicas y de espionaje, y por supuesto, componiendo alambicados discursos y arengas que pone en boca de los principales personajes.

Y tras la vida aventurera, como tantos otros soldados de aquel siglo y del siguiente (Alonso de Contreras, abandonando por un desengaño la milicia para convertirse en ermitaño, aunque temporal), en una época indeterminada, Juan de Carvajal decide «trocar la tumultuosa vida de las armas por la pacífica del claustro», como dicen los editores de la obra que comunicamos. Ingresará en la orden de los dominicos, y pasará a llamarse Juan de Oznaya. Se ignora el discurrir del resto de su vida, pero en 1544, cuando residía en el convento de predicadores de San Ginés de Talavera, se lamenta por «ver un marqués de Pescara tan enterrado en el olvido de los que, cuasi ayer, sus maravillosas hazañas vimos.» Y en consecuencia, redacta esta obra que comunicamos, en la que pone por escrito lo que seguramente había narrado repetidas veces a lo largo de los años. Se conservan varias copias manuscritas, una de las cuales fue aprovechada de modo prácticamente íntegro (así de antiguo es el copy-paste) por Prudencio de Sandoval en su Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V.

A algunos historiadores, como el alemán Konrad Haebler en su Die Schlacht bei Pavia, no les satisfacía en demasía este texto. Así reseñaba esta postura Bienvenido Oliver y Esteller en el Boletín de la Real Academia de la Historia en 1889: «A juicio del Dr. Haebler, la Relación de Oznaya, copiada por Sandoval, no puede inspirar completo crédito, porque fue escrita unos veinte años después de la batalla, cuando los recuerdos de la misma no debían ser muy vivos, y porque era un simple soldado que a lo más podría conocer los hechos parciales en que intervino personalmente, pero muy imperfectamente el conjunto de ellos, ni el pensamiento a que obedecían los movimientos y operaciones de ambos ejércitos.» Un poco excesiva parece la crítica, que se podría extender a casi todas las fuentes históricas.

viernes, 26 de octubre de 2018

Ángel Pestaña, Setenta días en Rusia. Lo que yo vi

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Juan Avilés Farré, en su exhaustivo La fe que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (1917-1931), publicada en 1999, señala que «Las primeras noticias de la revolución rusa que en marzo de 1917 llegaron a España no causaron una gran impresión. Rusia era un país lejano del que poco se sabía, y toda la atención que los españoles prestaban a los acontecimientos internacionales se concentraba en un tema que se discutía apasionadamente: la Primera Guerra Mundial. Para unos, Francia encarnaba la libertad y el progreso, para otros, Alemania encarnaba el orden y la autoridad, así es que la cuestión de la guerra se incorporó al debate político interno (…) A través del apasionado prisma del debate entre aliadófilos y germanófilos fue como juzgó la opinión española las noticias que iban llegando, con retraso y de manera confusa, acerca de los acontecimientos revolucionarios que tenían lugar en la lejana Rusia.» Por otra parte, solo hubo una periodista española presente en la revolución, la corresponsal del diario ABC Sofía Casanova.

Naturalmente, con la toma del poder por parte de los bolcheviques y el inicio de la construcción de lo que se presenta como la primera sociedad comunista, el interés crece por parte de los distintos movimientos revolucionarios españoles, tanto los de signo marxista como los de tendencia anarquista. Las expectativas y entusiasmo que que despierta son enormes, y ello motivará dos expediciones que tuvieron lugar en 1920, coincidiendo con el final de la guerra civil rusa y de la guerra contra Polonia, en un momento en que parece que el nuevo régimen se afirma definitivamente. Por ello socialistas y anarquistas, de modo independiente, aprueban su adhesión provisional a la III Internacional, y envían sus respectivos representantes. El anarcosindicalista Ángel Pestaña, relojero de oficio y publicista, había sido comisionado por la CNT, y llegó a Rusia en junio. Fernando de los Ríos, catedrático de Derecho y diputado en Cortes, lo hizo en octubre encabezando la delegación del PSOE. Ambos escribieron numerosos informes, artículos y libros sobre su experiencia.

Presentamos hoy la primera de las dos obras que Ángel Pestaña (1886-1937) le dedicó. Setenta días en Rusia. Lo que yo vi, fue publicado en 1924; Setenta días en Rusia. Lo que yo pienso, lo fue en 1929. Durante su estancia estuvo en continuo contacto con dirigentes y funcionarios del nuevo estado, pero también con los cada vez más escasos, limitados y reducidos a la inacción opositores anarquistas o de otras tendencias revolucionarias. Entre ellos, con Kropotkin y su hija Sacha, que ejerce de traductora en ocasiones. La valoración que hace de la naciente Rusia leninista es ambivalente. Al narrar su marcha de Rusia, Pestaña escribe: «Tras nosotros quedaban, a despecho de la dictadura del proletariado, de la Cheka y de las persecuciones y arbitrariedades bolcheviques, los gérmenes de un mundo nuevo, los fulgores de una resplandeciente aurora social. El gesto más grande que por su liberación hiciera ningún pueblo. No importaba que el insano fanatismo de un partido hiciera malograr ese gesto; el pueblo lo había hecho, y esto era lo más interesante para quienes siempre hemos tenido fe en el pueblo.» Juan Aviles Farré concluye: «Antes de que partiera de Moscú, la prensa española ya había informado de su decepción y de una carta suya a la CNT, que no se había publicado pero de la que no era un secreto que mostraba su disconformidad con la III Internacional.»

Coincidencias entre conservadores y anarquistas. Hergé: Tintín en el país de los Soviets.

viernes, 19 de octubre de 2018

Antonio Tovar, El Imperio de España

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Resulta innecesaria cualquier referencia a la altura intelectual y realizaciones del lingüista, catedrático y académico Antonio Tovar (1911-1985). Pero hoy rescatamos una obra de juventud escrita durante su etapa de propagandista de Falange, en la que ocupa importantes cargos en el equipo de Dionisio Ridruejo. Al igual que él, pronto será apartado en la jerarquía del régimen, pero mientras que Ridruejo marchará a la División Azul, evolucionará hacia la oposición al franquismo y dejará una estimable obra literaria, Tovar se empeñará en una labor científica de gran valor. Sin embargo, lo que hoy nos ocupa es una obra menor (que podemos imaginar rechazada por el Tovar posterior), que se publica como folleto anónimo de propaganda a fines de 1936, ya con su firma en 1937 en la revista FE, y posteriormente en 1940, ampliada con cinco conferencias.

La obra recoge un resumen de la historia de España: la interpretación falangista ortodoxa de primera hora, en buena medida deudora de Ramiro Ledesma y Giménez Caballero. Y, naturalmente, contiene todas las características propias del nacionalismo exacerbado: la existencia secular de la nación, que se percibe no sólo como una realidad superior (y más real) que los individuos que la componen. Su sentido ontológico propio (la unidad de destino en lo universal joseantoniana), al que deben contribuir con esfuerzo y devoción sus miembros, pero que también puede ser abandonado y traicionado, con la consiguiente ruina y decadencia de la nación, como ocurrió en el pasado y casi hasta el presente... Sin embargo, más decisivo fue en este sentido fue el ataque de los rivales, de los enemigos exteriores, envidiosos de nuestros éxitos y conjurados en nuestra destrucción… El remedio estará, por tanto, en imponer los objetivos propios de la nación mediante un esfuerzo unitario y violento de todos los nacionales. ¿Y cuál es el objetivo, el sentido del imperio español? Naturalmente, los ideales de la contrarreforma, interpretados ante todo como intolerancia, paradójicamente al modo de los que la rechazan: «prefiero el tremendo Felipe II de la leyenda negra al Felipe II un poco ñoño de los historiadores favorables.»

Y, para terminar, aun cabe otra reflexión sobre la íntima coincidencia argumental de los nacionalismos. Las últimas semanas las hemos dedicado en Clásicos de Historia al nacionalismo catalán. Puede resultar revelador (o a lo menos entretenido) enumerar las abundantes similitudes con la interpretación de la historia de Cataluña que realizó Rovira y Virgili, a pesar de presentarse como radical y conscientemente contrarias. En ambas se parte de la preexistencia de la nación, que en buena medida se articula a través del idioma; en ambas se añora la época espléndida y de plenitud que, en el pasado, supuso convertirse en cabeza de imperio; en ambas esta merecida posición fue truncada por la envidia y odio de los contrarios; en ambas abundan los connacionales débiles o traidores, que deben ser vencidos y convencidos; en ambas se constata la firme resolución presente de lograr por cualquier medio el restablecimiento del elevado papel que en justicia le corresponde a la nación.

viernes, 12 de octubre de 2018

Antonio Royo Villanova, El problema catalán y otros textos sobre el nacionalismo

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La semana pasada constatábamos cómo los argumentos históricos, culturales y políticos con los que Antonio Rovira y Virgili defendía sus planteamientos nacionalistas hace un siglo son en buena medida los mismos que se utilizan hoy en día. Esta pervivencia quizás se deba a que el nacionalismo catalanista es ante todo un creencia, la asunción voluntaria por parte de sus seguidores de un complejo ideológico que se percibe como bueno, como verdadero, y ―lo que quizás sea más decisivo― evidente. De este modo, cualquier crítica a sus presupuestos tiende a desecharse, y pueden atribuirse motivos espurios a sus opositores. Ahora bien, en las críticas al catalanismo nacionalista también observamos un fenómeno paralelo: sus argumentos tienen también una larga vida, en buena medida porque también suelen realizarse desde una postura nacionalista contrapuesta. También insisten en unos presupuestos verdaderos, buenos y evidentes. Quizás la única diferencia estriba en que al partir de un nacionalismo que considera Cataluña y lo catalán como parte constitutiva de España, no necesita multiplicar los gestos de desprecio y descalificación a que se sienten obligados sus oponentes…, pero en cuenta abunda en gestos de ofensa y escándalo. Lo constataremos en la obra de esta semana.

El zaragozano Antonio Royo Villanova (1869-1958), catedrático de derecho administrativo, periodista, político, ministro…, dedicó considerables energías al ya entonces llamado problema catalán. Procedente del ala izquierda del partido liberal, será partidario de la descentralización al modo de Joaquín Costa, al que admira y trata (y que le prologará una de sus primeras obras), aunque se mostrará crítico con los proyectos rivales del conservador Maura. Opositor a la dictadura de Primo de Rivera, recibirá con entusiasmo la proclamación de la segunda República, y será elegido diputado en las Cortes Constituyentes. Desarrollará una abundante actividad en el parlamento y en los periódicos para manifestar su rechazo a la aprobación del Estatuto catalán, siendo considerado como uno de sus más acérrimos opositores. Todavía hoy se le percibe así desde algunos sectores, quizás algo excesivamente. Así, en un reciente número de una revista universitaria de Historia contemporánea―, se le califica como «furibundo anticatalanista», y se titula/define el artículo que le dedican con la expresión «A sangre y fuego», que parece proceder de una cita de la anarquista Solidaridad Obrera que Royo reproduce en uno de los artículos que publica en el izquierdista diario La Libertad. Todo ello parece un poco excesivo.

Incluimos los siguientes textos: El problema catalán (impresiones de un viaje a Barcelona), de 1908, centrado en el triunfo electoral de Solidaridad Catalana, la exitosa coalición construida por catalanistas, carlistas, y un sector del republicanismo, que constata el principio del fin del tradicional y manipulado régimen de elecciones desde la Restauración. Una década después pronuncia en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación la conferencia Las bases doctrinales del nacionalismo (enero de 1917); se manifiesta un deterioro progresivo del sistema (que ese mismo año se agudizará), pero Royo todavía es optimista ante la deriva del catalanismo. La situación cambia desde la proclamación de la República, quince años después, y surge el Royo más bronco ante lo que percibe como cesiones perjudiciales al nacionalismo catalán. Diputado en las constituyentes, desarrollará una considerable campaña en este sentido. Publicamos los artículos que con este tema publica en el diario La Libertad, que hemos mencionado antes, durante los años 1931 y 1932, y su Discurso sobre el Estatuto de Cataluña, en las Cortes (27 de mayo de 1932).

Gracia y Justicia, 7 de mayo de 1932

viernes, 5 de octubre de 2018

Antonio Rovira y Virgili, El nacionalismo catalán. Su aspecto político. Los hechos, las ideas y los hombres

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El publicista y político Antonio Rovira y Virgili (1882-1949), que había evolucionado desde el federalismo republicano hasta la Lliga de Prat de la Riba y de Cambó (de la que separará poco después) presentó en la obra que comunicamos, de 1917, la plasmación aparentemente definitiva del movimiento nacionalista catalán. Es un nacionalismo esencialista, voluntarista, predestinado, que parte de la asunción de una verdad absoluta evidente por sí misma: «Estamos en presencia de la reformación de un pueblo, de la reencarnación de un alma nacional. Cataluña vuelve a ser una nación. No es una teoría. Es un hecho vivo. Y constituye un crimen de lesa libertad, de lesa cultura, de lesa humanidad contrariar este movimiento.» «Desde el punto de vista político, no se trata ya de una cuestión de doctrina, ni de historia, sino de un hecho. La doctrina puede ser discutida, la historia puede ser interpretada diversamente. Pero el hecho no puede negarse: y este hecho es que Cataluña reclama su autonomía plena, política y espiritual. Los políticos y los escritores de la España castellana tienen derecho a discutir nuestras teorías. No lo tienen a oponerse a nuestra voluntad.»

La verdad del hecho nacional, la nacionalidad catalana existente desde la noche de los tiempos (los catalanes son la autentica etnos ibérica), deviene así en una certidumbre, y es indiferente constatar la irrelevancia de la idea nacionalista en el pasado. Cataluña es una realidad objetiva en sí misma, independiente de los meros individuos que la habitan. No es significativo el hecho de que muchos de ellos se sientan españoles o franceses o valencianos; no tienen importancia sus preferencias, gustos, deseos, tanto de ellos como se sus antepasados. Es más, el único criterio válido que parece desprenderse para enjuiciarlos es el siguiente: en su vida, en sus acciones, ¿han contribuido a la afirmación de la nacionalidad, la cultura, la realidad catalana? ¿O se han convertido en un factor de desnacionalización? Pero el nacionalismo catalán es pancatalanista: «para el nacionalismo catalán, Cataluña es una nación formada por cuatro regiones: el Principado de Cataluña o Cataluña estricta, Valencia, las Baleares y el Rosellón.»

Resulta muy significativo el resumen de la historia de Cataluña que ocupa la primera parte de la obra: «El nombre de Aragón y el de aragonés, aplicados a la Confederación catalano-aragonesa y a sus hombres y cosas, no es sino una abreviatura, una designación oficial y diplomática, una denominación convencional, artificial. Pero si se quiere significar, con un nombre solo, el espíritu, la esencia, la médula de la Confederación y de las obras que realizó, entonces debe decirse Cataluña y catalán.» «La cultura francesa y la castellana balbuceaban todavía, cuando ya se hallaba la cultura catalana en plena juventud.» «De algunos de aquellos monarcas, como Jaime I, Pedro III y Martín I, podríamos decir, sin sonreírnos, que eran, no ya catalanes, sino catalanistas. Sus repetidas querellas con los nobles aragoneses son algo así como un antecedente, como una iniciación del secular desacuerdo, profundamente psicológico, entre Cataluña y Castilla.» «Todos los historiadores y tratadistas que han estudiado las instituciones políticas de la Cataluña medioeval, convienen en que nuestra nación fue un modelo de democracia.» Y así sucesivamente hasta que se produce «el fin de la nación catalana», naturalmente por factores espurios, ya sean foráneos (el aragonés Benedicto XIII y el castellano Fernando de Antequera) o traidores (el valenciano Vicente Ferrer)», que provocarán «la castellanización espiritual y política.» Pero el Genio de la nación renacerá…, es el resurgir del nacionalismo que se expone (es quizás lo más interesante) en la segunda parte.

En relación con esta (y todas las demás) interpretaciones nacionalistas e ideologizadas, quizás venga a cuento este pasaje de Emilio Gentile, en las consideraciones finales de su Fascismo. Historia e interpretación: «Evidentemente el historiador no puede eliminar de su mente y su personalidad del estudio del pasado, pero puede esforzarse en no reconstruir el pasado a su imagen y semejanza evitando estudiar la Historia para encontrar complacido, como hacía la reina de Blancanieves interrogando al espejo mágico, la conformación de sus propios prejuicios, sus propios deseos, sus vanidades y ambiciones (…) Creo que el historiador, y sobre todo el historiador del pasado contemporáneo, no debería buscar en la Historia el eco de sus propios prejuicios, el aplauso de sus propios ideales, el pasatiempo para sus propias fantasías y ni siquiera la ocasión para remodelar la humanidad a su imagen o pronunciar veredictos inapelables como un dios joven al inicio de la creación o al final del Juicio Universal. En un debate sobre Historia Contemporánea, hace algunos años, tuve la ocasión de decir que el historiador de nuestro tiempo tiene una enorme responsabilidad que sólo puede ser llevada con un estricto sentido de la humildad en comparación con la propia tarea, que no es la de pedagogo, profeta, moralista o justiciero, sino la tarea del conocimiento racional del pasado humano incluso en sus manifestaciones más cerriles.»

Quince años después: L'Esquetlla de la Torratxa, 1932