viernes, 25 de mayo de 2018

Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII

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Jon Juaristi, en un pasaje de su sugestivo El bucle melancólico, nos presentaba así a «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895), autor de la más famosa novela del renacimiento cultural regionalista, Amaya o los vascos en el siglo VIII (1879). Durante la primera guerra civil, Navarro Villoslada se distinguió como miliciano liberal en Viana, su pueblo natal. Espartero le encargó inspeccionar los telégrafos ópticos de Navarra, y él agradeció la confianza del general escribiendo un poema de timbre épico, Luchana (1841), sobre la batalla en que éste obligó a los carlistas a levantar el cerco de Bilbao, en la Navidad de 1836. Pero su esparterismo juvenil fue cediendo bajo el reinado de Isabel II, y ya a comienzos de la década de 1869 se unió al grupo neocatólico dentro de las filas del partido moderado. De ahí pasará al carlismo tras la revolución de 1868 y recorrerá Europa con el Pretendiente, don Carlos de Borbón y Austria-Este, en busca de apoyos políticos para su causa. Sin embargo, abandonaría toda actividad política en 1872 por hallarse disconforme con el belicismo de don Carlos. Llamado de nuevo por éste en 1885, asumió la jefatura del partido carlista, para dimitir al cabo de un mes y retirarse a su casa familiar de Viana.»

Los nacionalismos decimonónicos se azacanaron en revestir con todo tipo de oropeles la que en esencia es una creencia sencilla y bastante escueta: lo existente es la Nación, y nosotros somos (en el pasado, en el presente y en futuro) meras partículas al servicio de esta realidad que nos supera y de la que nos sabemos átomos. La Nación es perfecta; los individuos, por desgracia, son limitados, y por error o por malicia pueden traicionar y dañar a la Nación: es lo que explica los declives, los oscurecimientos, y su supeditación a otras naciones, a pesar de que objetivamente sean inferiores. Pero la Nación (por lo menos la nuestra ―da igual cual sea―), necesariamente ha de renacer y salir de la esclavitud o postración en que se encuentra, y recuperará el puesto de cabeza que en justicia le corresponde. En situaciones parejas siempre surgió el personaje providencial que empujó hacia adelante a la Nación. No importa si su patente esfuerzo, generosidad, inteligencia y fortaleza, siempre admirables, tengan éxito o no: en cualquier caso su heroica vida avivará la conciencia nacional, asegurará su pervivencia, y afirmará la seguridad en un futuro de plenitud. Las derrotas, por tanto, no son tales, sino el medio imprescindible por el que se purifica la Nación para así alcanzar su indudable destino de plenitud.

Pero naturalmente, junto con los héroes están los traidores que maquinan por motivos siempre inconfesables contra la Nación, y que resultará tentador caracterizar con las herramientas racistas que el darwinismo social ha proporcionado a la intelectualidad occidental, Así, Juaristi no cuenta cómo en Amaya, la conocida novela que comunicamos, «se describe la situación de Vasconia en los tiempos de la invasión de España por los árabes. Buena parte de los vascos ya se ha convertido al cristianismo, pero persiste un grupo refractario, pagano, encabezado por la sacerdotisa Amagoya, que practica aún la antigua religión natural del patriarca Aitor, tal como [Joseph-Augustin] Chao la había imaginado en el Voyage en Navarre (digamos de paso, que la propia figura de Aitor, padre del pueblo vasco, es creación exclusiva de Chaho). Pues bien, por las páginas de Amaya transita un inquietante personaje que se hace pasar por bizantino entre los visigodos y por aquitano entre los vascos; que se hace llamar por aquellos Eudon y Asier (El Principio) por estos; que es prohijado por la anciana Amagoya, a la que engatusa fingiéndose un fiel seguidor de la religión primitiva, y que se revelará finalmente como el espía judío Aser, que conspira con los de su casta para entregar España a los musulmanes. No es difícil trasladar a términos más actuales el universo novelesco de Amaya. Los cristianos vascos y visigodos corresponden a los carlistas, llamados a salvar a España de la opresión de los revolucionarios, representados aquí por los invasores árabes. La trasposición de los judíos en masones resulta aún más fácil si se tiene en cuenta que el fantoche que agitaba con predilección la extrema derecha de la época (tanto los neocatólicos como los carlistas) era el de la conspiración judeo-masónica, que ya había conseguido arrebatar al Papa sus territorios y trabajaría en la sombra para apoderarse de la muy católica España.»

viernes, 18 de mayo de 2018

Pompeyo Gener, Cosas de España (Herejías nacionales y El renacimiento de Cataluña)

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Pompeyo (o Pompeu, cuando escribía en catalán) Gener (1850-1920) fue un conocido periodista, escritor, publicista y funcionario en la Barcelona del penúltimo cambio de siglo. Fue progresista radical, republicano federal, y catalanista… racial. Desde una curiosa amalgama de cientifismo, positivismo y darwinismo social, bien cimentada con un historicismo romántico y emocional, rechazó la monarquía, el catolicismo, el krausismo y la España castellana. El resultado de esta mixtura es quizás un tanto endeble: las costuras (y costurones) son demasiados patentes, las contradicciones demasiados evidentes, y el complejo de superioridad demasiado racista. Con facilidad deja de lado aquellos datos que harían desentonar sus planteamientos. Por ejemplo, el entonces omnipresente carlismo catalán simplemente no existe. El lector no puede menos de sentirse tentado, muy a poco de iniciar la lectura de la obra, a aplicar al autor éste su periodo: «A partir de aquí, empieza a considerarlo todo inferior a lo suyo; toda opinión que en algo le contradiga le parece falsa; créese posesor de la verdad absoluta e indiscutible y desprecia toda razón, toda observación y todo invento, como una impertinencia.» Naturalmente, Gener lo aplica a los españoles…

Cosas de España fue publicada en 1903, pero en realidad es la reedición de su Herejías. Estudios de crítica inductiva sobre asuntos de España (Madrid 1887), al que añade La cuestión catalana, o sea la resurrección de un pueblo, materiales, nos dice, para un libro sobre el catalanismo que no llegará a escribir. Su tesis es la característica de los sectores supremacistas catalanes; sus objetivos son hartos conocidos, y sus argumentos son tan endebles como lo son hoy en día: «España está paralizada por una necrosis producida por la sangre de razas inferiores como la Semítica, la Bereber y la Mogólica, y por el espurgo que en sus razas fuertes hicieron la Inquisición y el Trono, seleccionando todos los que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos, serviles e imbéciles. La compresión de la inteligencia ha producido aquí una parálisis agitante. Del Sur al Ebro los efectos son terribles; en Madrid la alteración morbosa es tal que casi todo su organismo es un cuerpo extraño al general organismo europeo. Y desgraciadamente la enfermedad ha vadeado ya el Ebro, haciendo terrible presa en las viriles razas del Norte de la Península. (…) Desesperamos de que el elemento indogermánico verdaderamente humano que hay en la Península se levante y triunfe de esos neo-moros adoradores del Verbo, raza de gramáticos y de sofistas, y de esos neo-judíos que explotan en beneficio propio, hasta producir la esterilidad o apelar a la falsificación, desde el simple obrero que rueda un huso, al genio que concibe un invento. Mucho tememos que estas razas mestizas de Sarraceno, Vándalo y Mogol, unas; de Cartaginés e Israelita, otras, predominen ayudadas por el medio en que se vive en la Península, y que tan favorable les es. Desgraciadamente la Historia parece indicarlo. Expulsamos los franceses en seis años, los moros en setecientos; lo que es a los judíos no les echamos hasta que nos apercibimos que nos hacían la competencia en agiotaje.»

Y es que esta obra es una interesante muestra de la influencia que alcanzó el autodenominado racismo científico en los planteamientos políticos del XIX y del XX (y parece que más acá también). Lo que tiene de superficial, de pura agitación propagandística, de excesiva si queremos, nos atestigua la influencia enorme que alcanzó: sirve para justificar la expansión colonial, para defender la integridad nacional, para exigir la emancipación de la nación… y siempre para considerarse superior a los demás. El racismo de Gener es el moderno, y sobre él fundamenta todo su análisis. No es de extrañar la frecuencia con la que utiliza algunas palabras. Como es lógico, dada la temática del libro abundan las referencias a Cataluña y lo catalán (unas quinientas veces) y a España y lo español (una cifra similar). Pero es que raza o razas aparece en casi dos centenares de ocasiones, a los que hay que añadir sus denominaciones específicas, como arios, habitualmente identificados con los catalanes y contrapuestos a las otras supuestas razas que caracterizarían a castellanos, manchegos, andaluces… Resulta curioso la frecuencia (más de cien veces) con que Gener utiliza los comparativos inferior/superior para definir personas, poblaciones, territorios, literatura, ciudades, costumbres… El peso de su racismo sólo se modula cuando se interponen otras de sus obsesiones. Así, parece lamentar que la expulsión en masa de los moriscos a principios del siglo XVII se llevara a cabo «no por cuestión de raza alguna, sino por el interés de la religión católica.»

Cu-cut, 10 de septiembre de 1910

viernes, 11 de mayo de 2018

Homero, La Odisea

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M. I. Finley, en su luminoso El mundo de Odiseo, señalaba cómo las obras atribuidas a Homero «se ocupan de una era desaparecida, y su contenido es inequívocamente antiguo. La Odisea, en particular, abarca un amplio campo de actividades y relaciones humanas: estructura social y vida familiar, realeza, aristócratas y plebeyos, celebración de banquetes, arado de la tierra y cría de cerdos. De estas cosas sabemos algo en lo que se refiere al siglo VII, en el cual parece que fue compuesta la Odisea; pero lo que sabemos y lo que narra la Odisea simplemente no concuerda.» Y más adelante: «Si el historiador determinó que ni la Ilíada ni la Odisea fueron esencialmente contemporáneas a los sucesos que narran, debe examinar después su validez como cuadros del pasado. ¿Hubo alguna vez en Grecia una época en que los hombres vivían como lo describen los poemas (tras de haberlos desnudado de la intervención sobrenatural y de capacidades sobrehumanas)?»

Aparentemente, la acción de ambas obras transcurre en época micénica, pero «nuevamente Homero y la arqueología difieren repentinamente: en conjunto, aquél sabía dónde había florecido la civilización micénica, y sus héroes vivieron en grandes palacios en la Edad del Bronce, desconocidos en los propios días de Homero. Y esto es en realidad todo lo que sabía acerca de los tiempos micénicos, por lo que el catálogo de sus errores es muy extenso. Sus armas se parecen a las de su propio tiempo, totalmente distintas de las micénicas, aunque de manera persistente los arma con el bronce anticuado, y no con hierro. Sus dioses tenían templos, y los micénicos no construyeron ninguno; en cambio construyeron grandes tumbas abovedadas en las cuales sepultaban a sus jefes, mientras que el poeta los incinera. Un pequeño rasgo típico lo proporcionan los carros de combate. Homero había oído hablar de ellos; pero no sabía lo que realmente se hacía con los carros en una guerra. Y así sus héroes normalmente se alejan poco más de un kilómetro en los carros, de sus tiendas de campaña, se apean cuidadosamente de los mismos y luego proceden a combatir a pie. No menos completo es el contraste entre el mundo de los poemas y la sociedad revelada por las tablillas en Lineal B. La existencia misma de las tablillas es decisiva: el mundo homérico no sólo desconocía la escritura o los registros, sino que su sistema social era demasiado sencillo y sus operaciones demasiado limitadas, en escala demasiado pequeña, para que se necesitaran los inventarios o los registros que aparecen en las tablillas. En éstas se han identificado cerca de cien distintas ocupaciones agrícolas e industriales; Homero sólo conocía una docena, poco más o menos, y el porquerizo Eumeo las conserva todas fácilmente en la memoria, junto con el inventario de los rebaños de Odiseo.»

Y después: «Solemos olvidar que Homero no tenía ninguna idea de una edad micénica, ni del súbito rompimiento entre ella y la nueva época que siguió a su destrucción. La edad micénica es un concepto puramente moderno; el poeta creía que estaba cantando al heroico pasado de su propio mundo griego, a un pasado que él reconocía por la transmisión oral de los bardos que lo habían precedido. Las materias primas del poema consistían en las numerosas fórmulas heredadas, y a medida que pasaban a lo largo de las generaciones de bardos, sufrían cambio tras cambio, en parte por acción deliberada los poetas, sea por razones artísticas, sea por consideraciones políticas más prosaicas, y en parte por falta de cuidado y por indiferencia respecto a la veracidad histórica, producidos por los errores que son inevitables en un mundo sin escritura. No hay duda alguna de que hubo un núcleo micénico en la Ilíada y en la Odisea; pero era pequeño, y lo poco que contenía deformado hasta perder el sentido y la posibilidad de reconocimiento. Con frecuencia se contradecía a sí mismo el material, pero esto no era un obstáculo para su empleo.»

Definitivamente, «el mundo de Odiseo no fue la edad micénica, anterior en cinco o seis o siete siglos, pero tampoco fue el mundo del siglo VIII o VII a. C. La lista de exclusiones de instituciones y prácticas de la época es muy larga y significativa: no hay Jonia, no hay dorios de que hablar, no hay armas de hierro, no hay caballería en las escenas de batalla, no hay colonización, no hay mercaderes griegos, no hay comunidades sin reyes. Así pues, si hemos de colocar en el tiempo al mundo de Odiseo, como todo lo que sabemos por el estudio comparativo de la poesía heroica nos dice que debemos hacerlo, los siglos más probables parecen ser el X y el IX. Para entonces ya se había olvidado la catástrofe que acabó con la civilización micénica y se dejó sentir por todo el Mediterráneo oriental. O, antes bien, se había convertido en el “recuerdo” de una ya inexistente edad de héroes, de auténticos héroes griegos. Había comenzado la historia de los griegos como tales. En lo esencial, el cuadro de la sociedad y su sistema de valores que nos ofrecen los poemas es coherente. En algunos lugares, se les adhieren fragmentos anacrónicos, algunos demasiado antiguos y otros, particularmente en la Odisea, demasiado recientes, reflejos del propio tiempo del poeta.»

William Russell Flint

viernes, 4 de mayo de 2018

Sancho Ramírez, El primitivo Fuero de Jaca

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Escribió José María Lacarra en su clásico Aragón en el pasado (Zaragoza 1960): «Desde comienzo del siglo XI hay una renovación de la actividad comercial por las rutas de Europa, y, en lo que a nosotros afecta, entre la España musulmana y la España cristiana, que estaban smetidas a dos economías complementarias. Mientras la Europa cristiana tiene una economía esencialmente agrícola, con escaso metal amonedado, y éste a base del patrón plata, el mundo islámico ―y con él el bizantino― están más industrializados, con una industria de lujo y para la exportación, y disponen a la vez de grandes reservas auríferas. Tanto los reinos de la España cristiana como la Europa occidental necesitan completar su paupérrima economía con los productos industriales que adquieren en el ámbito musulmán o bizantino. Ruta obligada de este comercio eran los pasos del Pirineo ―por Narbona, Jaca y Pamplona―, todos ellos en manos de los cristianos españoles, y los dos últimos en territorio de Sancho el Mayor. Nada tiene, pues, de extraño que la primera tarifa que regule el intercambio de tales productos se deba a este monarca. Cristianos y moros pasan por las rutas de Pamplona y Jaca especias, tinturas, monedas de oro, tejidos de seda u otras ricas telas, tan apreciadas en los países del Norte, e incluso moros cautivos que sin duda venderían los cristianos de Aragón; del Norte llegan pieles, tejidos franceses o flamencos mucho más baratos, metales y armas, necesarias éstas para los reinos cristianos. Al constituirse Aragón en reino independiente, Ramiro I hereda esta organización aduanera, cuya cobranza se hacía en Jaca y Canfranc (...)

»El paso de mercaderes entre la España musulmana y la Europa cristiana se ve reforzado a fines del siglo XI por otra corriente de viajeros, que también nos llegan de Europa por la ruta de Canfranc-Jaca: son los peregrinos, que en gran número empiezan a acudir a Santiago de Compostela. El arancel de aduanas a que antes hemos hecho alusión ya prevé que al peregrino no se cobre nada por las cosas que lleve por razón de su viaje. Pero si en la ruta de peregrinación se dedica al comercio, sus mercancías serán pesadas a la ida y a la vuelta, pagando las tasas correspondientes por las mercancías vendidas. Las parias musulmanas, los peajes de Jaca, así como los impuestos que se pagaban en su mercado, hubieran constituido un ingreso de excepcional importancia para cualquier Estado de la Europa cristiana, cuanto más para el reino de Aragón, país de paupérrima economía agraria y ganadera, que además tenía que sustraer del trabajo gran número de brazos para emplearlos en las defensas de las fronteras (…)

»En este ambiente se explica la revolución que supuso la creación de la ciudad de Jaca, y la instalación en ella de un grupo de hombres libres, con un estatuto de libertad personal y aun de franqueza, gente que en buena parte se dedican al comercio y a la artesanía y que no están sujetas a la dependencia de otro por razón del suelo que cultivan o de la tierra en que viven. Sancho Ramírez concedió, en efecto, a quienes acudieran a poblar Jaca el que pudieran comprar y vender sus heredades a quienes quisieran, y sin que quedaran gravadas por ningún censo que implicara sujeción a ningún señor; se acortaron los plazos de prescripción para estas adquisiciones y se eximió a sus moradores de algunas limitaciones a su libertad, aneja a su anterior condición villana. Como mercaderes que eran, se castigaba el falseamiento de pesas y medidas, se reducían considerablemente sus obligaciones militares, se suavizaban las penas y se humanizaban los procedimientos judiciales, tomándose medidas para asegurar la inviolabilidad de domicilio.

»No se trataba tanto de aumentar el número de hombres libres como de atraer una masa de pobladores que desarrollasen unas actividades que se estimaban necesarias y que no se practicaban en el reino: eran pequeños comerciantes, artesanos, cambiadores de moneda u hospederos de mercaderes y peregrinos. Los había judíos y sarracenos, pero la masa de los recién llegados procedían del sur de Francia, probablemente de la zona de Toulouse y de Gascuña (…) De esta forma surgirá en Jaca una sociedad nueva, sobre nuevas bases jurídicas; en suma, un derecho urbano de hombres libres.»


viernes, 27 de abril de 2018

Juan I de Inglaterra, La Carta Magna

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Escribía Juan Reglá en su conocido manual de Historia de la Edad Media, tomo II: «La derrota angloangevina de Bouvines obligó a Juan Sin Tierra a capitular ante sus barones sublevados, los cuales, con el apoyo del clero y de la burguesía londinense, impusieron al monarca la Carta Magna (1215), primer monumento de las libertades inglesas. La curia de los reyes ingleses, limitada a una misión consultiva, integrada por los barones, prelados y delegados de la ciudad de Londres ―Concilium magnum generale― se convertía ahora en órgano esencial del gobierno, ya que era indispensable su consentimiento para establecer cualquier impuesto real. Los barones, la Iglesia y la burguesía limitaron el absolutismo a que tendía la realeza en nombre de los derechos nacionales. En 1216, ya bajo Enrique III, el Concilium tomó el nombre de Parlamento y se convirtió en una asamblea política. En la Carta Magna de 1215 radica la base de las instituciones sobre las cuales se levantaría el edificio de la Historia británica. El país, con un mayor grado de centralización que las restantes monarquías de la época, se divide en condados gobernados por funcionarios, los sheriffs. El monarca posee en todo el territorio los poderes jurisdiccionales, que ejerce por medio de jueces y jurados de notables. A fines de la centuria se organiza el procedimiento de apelación para las causas criminales. Bajo la influencia directa del Derecho romano, a través de la famosa escuela de Bolonia, la jurisprudencia y los statuts del monarca crean un Derecho nacional coherente.»

Por su parte, el siempre sugestivo Gilbert Keith Chesterton, en su Breve historia de Inglaterra, la valoraba así hace casi un siglo: «Durante el reinado de Juan y de su hijo, siguieron siendo los barones los dueños del poder, y no el pueblo; pero entonces comenzaron sus contemporáneos ―y los historiadores constitucionales después― a percibir cierta justificación para hacerse con él (…) La Carta Magna no fue un paso adelante en el camino de la democracia, sino un paso atrás en el despotismo. Esta doble interpretación nos facilita la inteligencia de todos los ulteriores sucesos. Un régimen aristocrático algo tolerante vino así a conquistar, y muchas veces lo mereció, el nombre de libertad. Y toda la historia de Inglaterra podría resumirse advirtiendo que, de los tres ideales de la divisa francesa —Libertad, Igualdad, Fraternidad— los ingleses han demostrado gran apego al primero y han perdido, en cambio, los otros dos.»


viernes, 20 de abril de 2018

El orden público en las Cortes de 1936

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 El 17 de julio de 1936 el dirigente socialista Indalecio Prieto, enscribía en El Liberal, de Bilbao, su habitual artículo, titulado en esta ocasión Reflexiones de la hora.

Madrid, 16.―Los ciudadanos de un país civilizado ―perdóneseme la redundancia, porque en un país sin civilizar no existe ciudadanía― tienen derecho a la tranquilidad, y el Estado, tiene el deber de asegurarla. Hace ya algún tiempo ―¿a qué vamos a engañarnos?― que los ciudadanos españoles se ven desposeídos de ese derecho porque el Estado no puede cumplir el deber de garantizárselo. Cuando la intranquilidad proviene de elementos sociales sobre los que carece de control directo el Gobierno, la protesta contra ella no hiere tan hondamente a los gobernantes como cuando la intranquilidad se produce por la agitación de organismos adscritos al servicio estatal. En este último caso, el desasosiego público resulta francamente intolerable, y más todavía si lo ocasionan individuos de institutos armados.

La fuerza pública ha de estar sometida en todo instante a las órdenes del Gobierno, bueno o malo, perfecto o defectuoso, como sea. A ella no le incumbe medir la capacidad o incapacidad de los Gobiernos, ni le es lícito acogerlos con distintos grados de simpatía. La fuerza pública, en tanto no se la invite a salirse de la órbita legal, ha de estar sometida incondicionalmente a quienes gobiernen. Otra conducta equivale a seguir caminos de anarquía.

Del mismo modo que la Historia llega a justificar las revoluciones del paisanaje, puede aprobar las insurrecciones militares cuando unas y otras concluyen con regímenes que, por cualquier causa, se hayan hecho incompatibles con el progreso político, económico o social exigido por los pueblos. Pero la Historia no aplaudirá jamás en el elemento civil el desorden constante, ni en el elemento militar la indisciplina continua porque ni ese desorden ni esa indisciplina son factores verdaderamente revolucionarios.

España vive un período ya excesivamente largo de trastornos, que tienen su origen en perturbaciones de esa clase en uno y otro sector. Con que tales perturbaciones sólo existieran en uno de los campos, sería ya bastante para que su mantenimiento indefinido fuera dañosísimo; pero si persisten simultáneamente en ambas zonas, resulta del todo irresistible. Hay enfermos cuya dolencia no es mortal, pero la fiebre producto de la dolencia les consume. España está en este caso. La temperatura febril que padece la está aniquilando. ¿No hay modo de hacerla remitir?

A la generación que le ha tocado vivir época tan agitada no le es fácil, atenta como se halla al incidente de cada día, apreciar en conjunto, panorámicamente esta descomposición. Eso lo podrán apreciar mejor que nosotros las generaciones venideras, cuando la Historia agrupe los sucesos, no sólo por su orden cronológico, sino también por su carácter. Quizá entonces se advierta que al período presente de la vida española, en el que tantas cosas están en crisis, hay que señalarle como punto inicial el año 1917, cuando nacieron las Juntas militares de Defensa.

Para la Historia, ese será un jalón. Para el periodismo —historia al menudeo, en que los acontecimientos grandes aparecen envueltos y casi ocultos entre nubes de sucesos chicos—, el jalón lo clavaríamos nosotros en el 16 de abril último, cuando el famosísimo entierro del alférez de la Guardia civil.

La postura de Indalecio Prieto que aquí se observa ofrece un cambio drástico respecto a la que ha manifestado (tanto él como los restantes dirigentes de todo el arco político de la Segunda República) en las sesiones de Cortes y de la Diputación permanente en los meses anteriores, al tratar del problema del orden público: ahora, se avizora ya el inicio de la guerra civil.


viernes, 13 de abril de 2018

Homero, La Ilíada

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Jacob Burckardt, en su monumental Historia de la cultura griega publicada en el penúltimo y nacionalista y liberal cambio de siglo, escribía: «A todos los pueblos jóvenes les proporciona la poesía mítica la posibilidad de vivir en lo durable y permanente, en la imagen iluminada de la nación; pero especialmente debieron los griegos esta vida a su Homero. Por eso tampoco en ninguna nación tuvo jamás un poeta tal posición entre viejos y jóvenes. Dice hermosamente Plutarco: “Homero solo ha triunfado sobre la variabilidad del gusto de los hombres; es siempre nuevo y de placentera hermosura juvenil” (…) Pero su fuerza se hizo incalculable cuando, de modo reconocido, se convirtió en el principal medio de educación de la nación a partir de la juventud. Los griegos son quizá la única nación culta que ya a los niños les ofrecía una imagen del mundo, éticamente muy libre y ―a diferencia de los libros de Moisés y el Shah Name― teológica y políticamente sin tendencia, contra lo cual Pitágoras, en seguida Jenófanes y (en los dos primeros libros de su República) Platón, más tarde, se levantaron; y así Homero les ha creado, no sólo los dioses, sino esencialmente mantenido o despertado en ellos la libertad humana. Es verdad que además de él se empleaban en la educación de la juventud poesías escogidas; pero La Ilíada y La Odisea eran con mucho las materias principales (…)

»Homero es para los griegos la fuente de las cosas divinas y humanas, en amplio sentido su código religioso, su maestro de guerra, su historia antigua, con la que aun más adelante se enlaza toda historia, y también suele referirse a él toda geografía; es para ellos mucho más de lo que hubiera podido ser un escrito y garantizado canto religioso, Hasta los literatos posteriores de época imperial, incluso hasta muy dentro ya de la época bizantina, llega un continuo estudio sobre él, crítico, estético, arqueológico, lingüístico. Se estudia su manera de designar las cosas y se busca explicar los pasajes oscuros, que no faltan, en lo que, desde luego, cuando no se sabe nada seguro, como Estrabón dice en una ocasión de éstas, se deja a veces obrar libremente a la fantasía. Había gentes que en cuestiones discutidas sólo a él seguían, y el mismo Estrabón encuentra necesario, con ocasión de una cita del catálogo de las naves, subrayar que se debe exponer la realidad, y sólo traer a colación las palabras correspondientes del poeta en cuanto convengan con aquélla; antes había sido su predominio en la educación tan grande, que toda afirmación se la creía confirmada cuando nada contradecía a la tan creída afirmación homérica sobre el asunto.»

Publicamos la atractiva traducción que publicó Luis Segalá y Estalella (1873-1938), también autor de una versión en catalán.

Eric Shanower, ilustración para su monumental Age of Bronze.