miércoles, 21 de enero de 2026

Juan Valera, Sobre el concepto que hoy se forma de España y otros artículos sobre la leyenda negra y la guerra de Cuba

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El egabrense Juan Valera (1824-1905) es uno de los más destacados intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX. Diplomático, escritor especialmente epistolar, crítico literario y político ocasional, es el autor de Pepita Jiménez, una de las más afamadas novelas realistas españolas. Su carrera y su dominio de las principales lenguas clásicas y modernas le llevará por gran número de países de Europa y América: Nápoles (cuando la revolución de 1848), Lisboa y Río de Janeiro (le hicieron iberista convencido), Dresde y Francfort (el reino de Sajonia y la ciudad-estado), San Petersburgo (donde escribe sus Cartas desde Rusia, que tanto interesarán a Azaña), Washington (de 1884 a 1886, cuando se incrementan las campañas antiespañolas), Bruselas (dice de los belgas que combinan la arrogancia francesa con la pesadez alemana) y finalmente Viena, su último destino, del que se retirará en 1896. Vuelto a España, desde entonces incrementará su labor literaria, también en los periódicos.

En su día incluimos la extensa continuación de la Historia General de España de Modesto Lafuente, que realizó junto con Andrés Borrego y Juan Pirala. En esta entrega de Clásicos de Historia se han reunido diversos textos en los que Valera se ocupa de cómo se percibe a España en el exterior (y también en el interior). El más antiguo de ellos, y que sirve de título al conjunto, se publica en el umbral del caótico sexenio democrático, y el autor se lamenta de la creciente distancia a la que queda «el poderío, la riqueza y el bienestar de Francia, Inglaterra, Rusia, Alemania y otros Estados». Y señala:

«El concepto que en el día forman de España los extranjeros es casi siempre pésimo. Es más; en el afán, en el calor con que se complacen en denigrarnos se advierte odio a veces. Todos hablan mal de nuestro presente: muchos desdoran, empequeñecen o afean nuestro pasado. Contribuye a esto, a más de la pasión, el olvido en que nosotros mismos ponemos nuestras cosas. En lo tocante al empequeñecimiento de nuestro pasado hay, a mi ver, otra causa más honda. En cualquier objeto que vale poco o se cree valer poco, en lo presente, se inclina la mente humana a rebajar también el concepto de lo que fue, y al revés, cuando lo presente es grande, siempre se inclina la mente a hermosear y a magnificar los principios y aun los medios, por más humildes y feos que hayan sido.»

Los restantes textos que incluimos corresponden ya a la época de la Restauración, cuando ha cesado (o al menos se ha mitigado por un tiempo) el espasmo revolucionario del medio siglo anterior. En ellos analiza y critica lugares comunes como la atribución de la decadencia española a una supuesta y excepcional intolerancia española, que Valera observa similar o mayor en los restantes países europeos. Como hombre de letras que es, se ocupa ante todo de los libros en que se describe tergiversada o erróneamente a España, como los de J. W. Draper, C. King o H. C. Chatfield-Taylor. En otro extenso trabajo expone sus planteamientos iberistas, al comentar diversas obras de J. P. Oliveira Martins, sus coincidencias y discrepancias, lo que le permite precisar el significado que da a conceptos como nación, cultura, estado, región...

A partir de su jubilación, y durante un tiempo, se multiplican sus colaboraciones periodísticas, muchas de ellas de crítica literaria, pero también de temas de actualidad, como los tardoseculares nacionalismos regionales, los atentados anarquistas y su represión... Pero sobre todo de la guerra de Cuba y del apoyo norteamericano a los rebeldes, cuestiones con las que había tenido que bregar durante su embajada en Washington. Su pretensión es ante todo el análisis y crítica de los argumentos empleados por los independentistas cubanos. Lástima que algunos de sus planteamientos participen, aunque sea de forma templada, de ese racismo dominante en el liberalismo decimonónico.

Sin embargo tras el Desastre, en el último artículo que incluimos, parece contrarrestarlo en este lastimero párrafo: «La idea, por ejemplo, de la constante y creciente superioridad de unas razas humanas sobre otras, y de que se da una lucha por la vida en la que deben extinguirse más o menos lentamente los pueblos inferiores o decaídos, a fin de que ocupen su lugar y prevalezcan e imperen los pueblos superiores, más inteligentes y briosos, y la idea de la selección por cuya virtud van elevándose y magnificándose los mencionados pueblos y pereciendo los que decaen y se hunden, hacen que en nuestra época, aunque se hable mucho de filantropía y de justicia, sólo se atienda a la fuerza, se aprecie al que la tiene y el débil sea desdeñado y vejado; se profetice su próxima muerte como cosa segura y hasta se le niegue el derecho de seguir viviendo.»

Puck, Nueva York, noviembre de 1898

domingo, 11 de enero de 2026

Carlos Pereyra, El mito de Monroe

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Carlos Pereyra (1871-1942), de quien ya hemos comunicado algunas obras, escribió cargado de pasión la que hoy presentamos, quizás como reacción a la ocupación norteamericana de Veracruz en 1914, durante la revolución y guerra civil mejicana de la segunda década del siglo XX, prolongada en la siguiente con las guerras cristeras. Los acontecimientos actuales todavía en curso, quizás aviven el interés por esta centenaria obra del hispanista mejicano.

Pereyra se propuso analizar la llamada doctrina Monroe, incluida por el secretario de Estado John Quincy Adams en el mensaje del presidente James Monroe, el 2 de diciembre de 1823. En un momento en el que la América española ya había accedido en la práctica a la independencia (excepto Cuba y Puerto Rico), a falta del solemne final de Ayacucho, la declaración presidencial rechazó el establecimiento de nuevas colonizaciones europeas en América, y al mismo tiempo aseguró el respeto de las colonias ya existentes. En realidad todo ello parecía obedecer al interés británico por salvaguardar su predominio económico en los nuevos estados, en parte resultado de su impulso y protección, y poner trabas a la intervención de otras potencias de Europa. Y así había sido aparentemente acordado entre Washington y Londres.

Ahora bien, esta doctrina nunca se aplicará en sentido estricto: no se impedirá la ocupación y colonización del Canadá occidental, de las islas Malvinas, de la costa de los Mosquitos por parte de Gran Bretaña, así como la expansión de sus posesiones en las Guayanas a costa de Venezuela. Tampoco se aplicará en la intervención francesa en Méjico para establecer el desgraciado imperio de Maximiliano de Austria, o con ocasión de la breve recuperación de Santo Domingo por parte de España. Y lo mismo ocurrirá (o más bien no ocurrirá nada) cuando en numerosas ocasiones las potencias europeas se impongan por medios políticos, económicos o militares a los gobiernos de los nuevos estados aduciendo los más dispares agravios o reclamaciones.

Y sin embargo, la doctrina Monroe será prontamente mitificada, resumida en el pegadizo lema de América para los americanos. Y se atribuye a su mera proclamación la misma existencia y persistencia del mapa político americano. Y no sólo triunfa en los Estados Unidos esta leyenda rosácea y autosatisfactoria, sino incluso entre buena parte de las clases intelectuales y políticas hispanoamericanas, a pesar de la real carencia de resultados prácticos. Pereyra la expone así:

«Mr. Monroe radica las nueve décimas partes de su fuerza en el hecho de no tener historia. Como su historia es la historia de lo que no ha sucedido, pero que sin él hubiera sucedido de otra manera, el retablo del monroísmo tiene tantos milagros cuantas repúblicas hay en América. La Argentina le debe no ser inglesa; Cuba lo mismo, así como la libre Nicaragua; Méjico tiene la enorme deuda de no gemir bajo un yugo francés; Venezuela y Colombia no son alemanas por un prodigio igual a los anteriores; sin Monroe, Chile sería colonia y Perú virreinato; el Paraguay, establecimiento. En suma, la América entera no ha sido abierta a la colonización y a la conquista, como el África tenebrosa y no tenebrosa, porque Mr. Monroe dijo que los dos Continentes Americanos habían asumido y mantenían una condición independiente que los cerraba para siempre a las expansiones europeas.»

Pero, según escribe Pereyra, junto al original y al mito, ha de contemplarse el uso práctico de la doctrina Monroe: históricamente ha funcionado como el disfraz del nacionalismo exacerbado y orgulloso que subyace en la creencia del destino manifiesto del pueblo norteamericano. Es un mecanismo de justificación de su política internacional frecuentemente expansiva, supremacista, imperialista, en ocasiones profundamente injusta, y muchas veces causa de múltiples desmanes y desgracias. Estados Unidos se autoproclamó gendarme de América y no dudó en aplicar la ley del más fuerte en defensa de sus propios intereses, aunque revestidos siempre con un envoltorio humanitario. Theodore Roosevelt será un acabado ejemplo de esta postura.

Durante el primer siglo de la República, la relación de intervenciones en el continente es larga, en su práctica totalidad contra estados hispanoamericanos, además de la debilitada España del siglo XIX: la compra forzada de la Florida, la anexión de Tejas, California y Nuevo Méjico, los proyectos de construcción de un canal en Nicaragua, la creación del estado de Panamá para asegurar el definitivo canal, la guerra hispano-norteamericana y la ocupación de Cuba y Puerto Rico, y otras muchas intervenciones e imposiciones sobre los gobiernos de numerosos países, por las más peregrinas razones. En resumidas cuentas, América para los norteamericanos.

Al libro de Pereyra se le ha añadido como anexo el artículo El crimen de Woodrow Wilson, publicado en 1915.

Europa: No eres el único gallo en América.
Tío Sam: Ya lo sabía cuando os encerré.

jueves, 1 de enero de 2026

Ramón del Valle-Inclán, Visión estelar de un momento de guerra. La Media Noche. En la luz del día.

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Escribe Margarita Santos Zas en su Introducción a la vida y obra de Valle-Inclán: «El estallido de la I Gran Guerra en 1914 coincide, desde el punto de vista personal del escritor, con una etapa de reflexión que se traduce en silencio literario. Pero ese silencio está preñado de cambios que cristalizarían en breve. Valle se había declarado aliadófilo y había firmado con otros intelectuales un manifiesto a favor del bando aliado, que se publicó en el periódico El Liberal (5 de julio de 1915).

»La oportunidad de visitar el frente de guerra se presentó a través de Jacques Chaumié, cónsul francés en España, amigo, traductor y gran admirador del escritor, que fue el portavoz oficial de su Gobierno para invitarlo a París, probablemente en la visita que Chaumié hizo a Madrid con editores franceses en la primavera de 1915. Sin embargo, el viaje se retrasaría hasta 1916. El 30 de abril sale Valle con destino a París (según consta en su pasaporte), comisionado por Prensa Latina como cronista de guerra; y el 2 de mayo está en la capital francesa, como atestiguan sus primeras impresiones recogidas de puño y letra en un pequeño cuaderno de notas inédito (...), en el que el escritor dio cuenta puntual —a veces minuciosa y otras apresurada— de su sobrecogedora experiencia como testigo de guerra.

»Si el cuaderno citado es de excepcional valor para conocer la vivencia bélica del escritor y su posterior transmutación literaria, son también de gran interés las cartas que desde París escribió a su mujer y amigos, así como las entrevistas concedidas durante su estancia en Francia y posteriormente en España. De la reelaboración artística de aquella experiencia surge la serie de crónicas sobre la guerra, que se publicaron, a su regreso, en Los Lunes del Imparcial bajo el título genérico de Un día de guerra (Visión estelar), que daba cobijo a dos partes: la primera, La Media Noche (octubre-diciembre de 1916), versión que transformó considerablemente al editarla como libro en 1917; la segunda, En la luz del día (enero-febrero de 1917), quedó olvidada durante cincuenta años en las páginas de dicho periódico hasta que la rescató en 1968 Roberta Salper.

»Aquella excepcional experiencia, a mayores de su significado humano, tiene una importante trascendencia estética. Valle tuvo ocasión de recorrer las trincheras aliadas, ver la ciudades bombardeadas, los hospitales de la retaguardia, conocer a altos mandos del Estado Mayor francés y participar del horror, la destrucción y la muerte de una guerra distinta a todas las que le precedieron. Pero la vivencia que más hondamente caló en el escritor fue un vuelo sobre los campos de batalla, que relataría, entre otros, a su amigo Tanis —Estanislao Pérez Artime— en carta fechada el 3 de junio de 1916: Yo he volado sobre las trincheras alemanas, y jamás he sentido una impresión que iguale a ésta en fuerza y belleza.

»Aquel vuelo, confiesa a Corpus Barga, acompañante en este viaje: Será el punto de vista de mi novela, la visión estelar. A partir de ella escribe La Media Noche. Visión estelar de un momento de guerra (1917). Este importante hallazgo comporta el protagonismo múltiple, la reducción y la simultaneidad temporal, la multiplicidad de focos espaciales y el fragmentarismo constructivo. Estas implicaciones técnicas determinan la modernidad de este texto y de la novelística posterior.»

Ahora bien, además de un aguzado reportaje, un gran aporte estético, y una denuncia de las calamidades de la guerra, no podemos soslayar que en buena medida es también un inteligente producto de propaganda, en el marco del crudo enfrentamiento que se desarrolló en la neutral España entre aliadófilos y germanófilos. Valle-Inclán no duda en absoluto a la hora de tomar partido entre los poilu (a los que él traduce por peludos) y los boches. La cuestión es que lo hace de un modo no sólo inelegante sino también injusto. Las condenas se restringen a los alemanes, acompañadas de gruesas descalificaciones. En cambio se elude cualquier crítica hacia la dirección de la guerra por parte francesa, y se narra con indiferencia (que roza la justificación) la decisión temporal del mando inglés de no hacer prisioneros...

Trinchera en Souchez (Artois), diciembre 1915. Acuarela de Francois Flameng (1856-1923)

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Feliz Navidad

Sepulcro de San Ramón. Antigua catedral de Roda de Isábena (Aragón). Siglo XII.
 

[CASPAR]
¡Dios criador, cuál maravila,
no sé cuál es aquesta strela!
Agora primas la he veída;
poco tiempo ha que es nacida.
¿Nacido es el Criador
que es de las gentes Senior?
Non es verdad, no sé qué digo;
todo esto non vale un figo.
Otra nocte me lo cataré,
si es verdad bine lo sabré.
¿Bine es verdad lo que yo digo? 
En todo, en todo lo prohío.
¿Non pudet seer otra sennal?
Aquesto es i non es ál;
nacido es Dios, por ver, de fembra
in aquest mes de december.
Alá iré; ó que fure, aoralo he;
por Dios de todos lo terné.

[BALTHASAR]
Esta strela non sé dónd vinet,
quín la trae o quín la tine.
¿Por qué es aquesta sennal?
En mos días non vi atal.
Certas nacido es en tirra
aquel qui en pace y en guerra
senior ha a seer da oriente
de todos hata in occidente.
Por tres noches me lo veré
y más de vere lo sabré.
¿En todo, en todo es nacido?
Non sé si algo he veído.
Iré, lo aoraré,
y pregaré y rogaré.

[BALTHASAR]
Val, Criador, atal facinda
¿fu nuncas alguandre falada
o en escriptura trubada?
Tal estrela non es in celo,
d’esto só yo bono strelero.
Bine lo veo sines escarno
que uno omne es nascido de carne,
que es senior de todo el mundo, 
así cumo el cilo es redondo.
De todas gentes senior será
y todo seglo jugará.
¿Es? ¿Non es?
Cudo que verdad es.
Veerlo he otra vegada,
si es vertad o si es nada.
Nacido es el Criador
de todas las gentes mayor.
Bine lo veo que es verdad;
iré alá, por caridad.

* * *

[CASPAR]
Dios vos salve, senior
¿Sodes vos strelero?
Dezidme la verdad,
de vós sabelo quiro.
¿Vedes tal maravilla?
Nacida es una strela.

[BALTHASAR]
Nacido es el Criador,
que de las gentes es senior;
iré, lo aoraré.

[CASPAR]
Yo otrosí rogar lo he.

[MELCHIOR]
Seniores, ¿a cuál tirra, ó queredes andar?
¿Queredes ir conmigo al Criador rogar?
¿Avedes lo veído? Yo lo vo aorar.

[CASPAR]
Nos imos otrosí, si l’podremos falar.
Andemos tras el strela, veremos el logar.

[MELCHIOR]
¿Cúmo podremos provar si es home mortal,
o si es rey de terra o si celestrial?

[BALTHASAR]
¿Queredes bine saber cúmo lo sabremos?
Oro, mira i acenso a él ofreceremos;
si fure rey de terra, el oro querá;
si fure omne mortal, la mira tomará;
si rey celestrial, estos dos dexará,
tomará el encenso que l’pertenecerá.

[CASPAR y MELCHIOR]
Andemos y así lo fagamos.

* * *

[CASPAR]
¡Salve te el Criador,
Dios te curie de mal!
Un poco te dizeremos,
non te queremos ál.

[MELCHIOR]
Dios te dé longa vita
i te curie de mal.

[BALTHASAR]
Imos in romería
aquel rey adorar
que es nacido en tirra,
no l’podemos fallar.

[HERODES]
¿Qué decides, ó ides,
a quin ides buscar?
¿De cuál terra venides,
ó queredes andar?
Decidme vostros nombres,
no m’los querades celar.

[CASPAR]
A mí dizen Caspar,
est’otro Melchior,
ad aquest Balthasar.
Rey, un rey es nacido
que es senior de tierra,
que mandará el seclo
en grant pace sines guerra.

[HERODES]
¿Es así por verdad?

[CASPAR]
Sí, rey, por caridad.

[HERODES]
¿Y cúmo lo sabedes?
¿La provado lo havedes?

[CASPAR]
Rey, vertad te dizremos
que provado lo havemos.

[MELCHIOR]
Esto es grand maravila,
un strela es nacida.

[BALTHASAR]
Sennal face que es nacido
y in carne humana venido.

[HERODES]
¿Quánto ý ha que la vistes
y que la percibistis?

[CASPAR]Tredze días ha,
y mais non haverá,
que la havemos veída
y bine percibida.

[HERODES]
Pus andad y buscad
y a él adorad,
y por aquí tornad.
Yo alá iré
y adoralo he.

* * *

[HERODES]
¡Quín vio numcas tal mal,
sobre rey otro tal!
Aún non só yo morto,
ni so la terra pusto!
¿Rey otro sobre mí?
¡Numcas atal non vi!
El seglo va a çaga,
ya non sé qué me faga;
por vertad no lo creo
ata que yo lo veo.
Venga mío maiordoma
qui míos haveres toma.
Idme por míos abades
y por míos podestades
y por míos scribanos
y por míos gramatgos
y por míos streleros
y por míos retóricos;
dezir m’han la vertad,
si yace in escripto
o si lo saben ellos
o si lo han sabido.

* * *

[LOS SABIOS]
Rey, ¿qué te plaze? Henos venidos.

[HERODES]
¿Ý traedes vostros escriptos?

[LOS SABIOS]
Rey, sí, traemos,
los mejores que nós havemos.

[HERODES]
Pus catad,
dezidme la vertad,
si es aquel omne nacido
que estos tres rees m’han dicho.
Di, rabí, la vertad, si tú lo has sabido.

[EL RABÍ]
Por veras vos lo digo
que no lo fallo escripto.

[OTRO RABÍ]
Hamihala, ¡cúmo eres enartado!
¿Por qué eres rabí clamado?
Non entendes las profecías,
las que nos dixo Jeremías.
¡Par mi ley, nos somos erados!
¿Por qué non somos acordados?
¿Por qué non dezimos vertad?

[RABÍ 1.º]
Yo non la sé, por caridad.

[RABÍ 2.º]
Porque no la havemos usada.
ni en nostras vocas es falada.

Anónimo, Auto de los Reyes Magos. Siglo XII.